sábado, 12 de septiembre de 2009
Parvulario de verano 11. La voz auténtica de Beatriz Gimeno
BEATRIZ GIMENO
Uribe se perpetúa en el poder y las trampas de la prensa
Anda, me entero por El País de que el presidente Uribe quiere convocar un referéndum para modificar la constitución de su país con el objetivo de presentarse otra vez, de forma indefinida, a las elecciones. Qué curioso. Pero no vayan a pensar mal. Este caso no se parece en nada a esos otros de Evo Morales o Chávez, o Zelaya que han hecho exactamente lo mismo, (en el caso de Zelaya no ha podido, ya lo sabemos) con la única intención de perpetuarse en el poder. Este caso es distinto, dónde va a parar. La democrática Colombia (con el índice más alto de toda Latinoamérica en asesinatos políticos y donde no hay sindicalista o líder social que viva para contarlo) es completamente distinto.
Según El País, que da la noticia en pequeñito, Uribe no quería hacerlo, pobre hombre, casi le han obligado. El titular de la noticia no es “Uribe se perpetua en el poder”, ni nada de eso que leímos en el caso de Chávez o de Zelaya de quien se nos dijo que tal intento le costó un golpe de estado (ya nos explicó Vicenç Navaro que no es así). No, ahora el titular es: “El Senado aprueba el referéndum para la reelección de Uribe”. Qué cosas, el Senado por su cuenta va y obliga a Uribe a presentarse a presidente. Por si no quedara claro, en el texto de la noticia se transcriben entrecomilladas dos frases de Uribe que dejan clara cuál es su actitud acerca de su reelección: "Lo veo inconveniente por perpetuar al presidente, porque el país tiene muchos buenos líderes". "Y en lo personal, porque no quisiera la amargura de que las nuevas generaciones me vieran como alguien apegado al poder". Su Gobierno, sin embargo, ha presionado mucho para que se apruebe el proyecto de ley, prosigue la información.
Pero… ¡pobre hombre, cómo le hace esto el Gobierno, obligarle a presentarse con la amargura que dice que le produce! En fin, pareciera que no va a tener más remedio. Pero dos días después nos llega otra noticia aún más pequeñita. El Senado quiere que Uribe se presente a la reelección pero se ha encontrado con el pequeño problema de que ahora no se sabe qué senadores pueden votar y cuáles no porque resulta que la mayoría (¡la mayoría!) están siendo investigados por la justicia por corrupción. Eso sí que es un parlamento democrático.
Yo sólo les pido que hagan un pequeño ejercicio. Cojan los periódicos y lean los titulares con atención. Cuando ocurre cualquier cosa en la América Latina más partidaria de socializar que de privatizar, los titulares comienzan siempre: “Chavez, Evo, Correa...hacen esto o lo otro” como si Venezuela, Bolivia o Ecuador no tuvieran parlamentos democráticamente elegidos y las leyes no tuvieran que seguir sus trámites. Cuando lo mismo ocurre en la América Latina más partidaria de privatizar que de socializar, entonces los titulares siempre comienzan: “El senado de Colombia, o de Perú...” Aquí los responsables no son nunca Uribe o García, sino que la culpa se diluye en sus hipercorruptos (pero al parecer democráticos) parlamentos.
Y ya puestos a comparar y a analizar, fíjense como Evo es siempre Evo, como mucho Evo Morales, pero nunca Morales; y es que las mujeres y los indígenas con el nombre basta. Y si no que se lo digan a “Soraya” y el titular con el que abría su primera página El Mundo del día 25: “Soraya ultima un informe para probar la persecución del PP”. Ya sé que toco muchos temas, pero es que no doy abasto.
Beatriz Gimeno es escritora y ex presidenta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales
sábado, 5 de septiembre de 2009
Parvulario de verano 10-B. Propuesta para el siglo: seamos un grano en el culo
Ya que no nos ven, algo tendremos que hacer, ¿no? Sé que no estoy proponiendo un buen sitio para estar, pero es que estamos ahí, aunque no queramos. La propuesta es que, ya que estamos, incomodémosles. Si no nos ven, que nos sientan. Seamos una pequeña molestia multiplicada por centenares de miles de pequeñas molestias que les obligue a olvidar el Paraíso para crear un sistema más justo.
PRIMERO, basta de quejarnos en los bares de que no hay una izquierda que haga frente a todo eso. La izquierda somos nosotros, que no queremos estar en los grandes o pequeños partidos. En primer lugar, porque no estamos de acuerdo con el paquete completo y no queremos pertenecer a una secta.
Pero podemos crear pequeñas asociaciones o participar en ellas. Cada uno con el tiempo que pueda. Yo, por ejemplo, participo de una, Globalízate, que somos unos veintitantos, con un presupuesto anual irrisorio al que contribuimos cada uno con 30 € anuales. Hay quienes trabajan un montón, otros hacen lo que pueden. Yo, una traducción algunas semanas para alimentar de contenidos importantes la actualización semanal de nuestra página web, muy visitada y de la que se hacen eco medios de comunicación. Pero no voy a las acciones ni prácticamente a las reuniones. Nadie me lo echa en cara. Es fácil y me permite contribuir en la medida de mis posibilidades. Una compañera de los blogs, trabaja para SOS Racismo, otra, de los blogs y el taller, da clases a inmigrantes y entiende realidades que pasa a transmitir, otros... Hay miles de posibilidades y cada una de ellas incide en la realidad: hace visible lo que se empeñan en que sea invisible. Si todos los que nos quejamos nos dedicáramos a fortalecer con nuestro trabajo e ideas una pequeña asociación, esta, como le pasa a Globalízate, llega a ser conocida e impacta en la realidad. A vuestro alrededor existen. No las desaprovechéis.
SEGUNDO, hay que votar siempre. Ni siquiera es necesario votar a uno de los grandes para que no salga otro. Votar si se prefiere a partidos diminutos de la izquierda sin la menor posibilidad. Ahora explico por qué. Hay quienes proclaman la abstención como una postura activa. Pero la experiencia dice que les da lo mismo. Aunque vote solo el 50% se sienten legitimados y a la semana exhiben su porcentaje de votos sobre los votos emitidos. 2 millones de abstencionistas no sirven para nada, pero si votan, el partido que gana no lo hace con el 42% (parece siempre que representan al 42% de la población), sino con el 37, 36 o 35%. Y eso ya duele más: gobernar un país con el 35% de los votos sí roe un poco su legitimidad. Probadlo: no cuesta tanto y significa que no dejamos de usar una herramienta mínima de la que disponemos. La abstención la provocan siempre los partidos del Paraíso, porque saben que los suyos no fallarán. Evitemos esa trampa.
Parvulario de verano 10-A. No nos ven
Un amigo ha estado este verano en Latinoamérica. En un bar prestó atención a la conversación de la mesa de al lado. Una mujer joven, de unos cuarenta años, bien vestida, evidentemente venezolana de clase media de las de allí, dijo: “Tenemos que conseguir que Venezuela vuelva a ser un paraíso, donde podamos tener tres criadas”.
Otro amigo que trabaja en una multinacional vivió una restructuración de personal. Una decena de sus compañeros de aquí fueron despedidos, junto con algún centenar de los del resto del mundo. Lo normal. Dos meses después, un alto ejecutivo se mató en un accidente. Todos los empleados recibieron un mensaje en el que, aparte de las condolencias habituales, se hacía referencia a la tristeza por la condición en la que quedaban los hijos de este y se indicaba que se había abierto un fondo para asegurar su educación, fondo al que esperaban que contribuyeran todos los empleados.
En ambos casos, ¿son unos malvados? La señora venezolana, que por lo visto en la Venezuela de ahora no se puede conseguir criadas por la comida y una propinilla, ¿cree que cada una de sus criadas tiene a su vez en su casa otras tres, que les arreglan la casa y les dan masajes en los pies cuando regresan reventadas? ¿Y así una cadena de servidumbre de tres en tres? Y los ejecutivos que se apiadan de los pobres hijos del accidentado, ¿no saben que los despedidos tienen hijos que se verán gravemente afectados por la pérdida de trabajo de su padre o su madre?
No. No son malvados. No duermen mal. Simplemente: no existimos. No nos ven. No conocen nuestra existencia. Somos actores de reparto, instrumentos. Proletarios en el sentido histórico de la palabra: nos reproducimos para que haya el número suficiente de instrumentos. Todo lo más, formamos parte de estadísticas diversas, siempre en conjunto. Porcentajes de empleados, de desempleados, coste global del trabajo, coste de los servicios sociales y asistenciales. Y para manejar a esos conjuntos, dado que en las democracias todos podrían votar y se les acabaría el Paraíso, proveen de fondos suficientes a medios de comunicación que bombardean a las mentes de los proletarios; poco educadas, por cierto, que ya se han encargado de ello.
domingo, 30 de agosto de 2009
Parvulario de verano 9. La kerkaporta y el imbécil
El caso es que como educador insistía mucho en que no hay que pensar nunca que tu enemigo, social o personal, es imbécil. Para ser tu enemigo y cabrearte tiene que tener algo importante, que le permite ocupar el espacio desde donde te cabrea. Si piensas que es imbécil, eres tú el que acabas siéndolo, mientras él se aferra todavía más a su posición de ventaja. Para derrotar a un enemigo hay que estudiarlo, buscar puntos débiles, pero sobre todo conocer sus puntos fuertes. Ese era, en resumen, la teoría que transmitía.
Ahora, como libro para el metro, leo Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Sweig. El segundo capítulo está dedicado a la caída de Bizancio, donde el Imperio Romano de Oriente resiste mil años después de que hubiera caído el de Occidente. Políticamente, las condiciones están maduras para que las potencias occidentales no le ayuden a resistir. Personalmente, Mehmet, que pasa a ser Sultán a la muerte de su padre Murat, llevaba años dedicado al estudio de cómo podría tomar Bizancio. Estratégicamente, solo la murallas ciclópeas que construyó Teodosio y que mantuvieron y mejoraron los emperadores posteriores defiende la ciudad.
Mehmet contrata al mejor constructor de cañones, que fabrica un prototipo del cañón más grande que se había hecho nunca. Demostrada su eficacia, hace del mismo molde 20 o 30 más. Miles de trabajadores y centenares de bueyes dedican dos meses a arrastrarlos sobre rodillos de madera hasta ponerlos en posición.
Necesita después llevar su flota hasta la garganta profunda del Cuerno de Oro. Llevarla por mar es imposible, porque a la entrada está la ciudad genovesa de Galata, a la que debe neutralidad y no puede romperla en ese momento. Manda construir cilindros de madera y los barcos salen del mar, cruzan la lengua de tierra montañosa y llegan a donde él quería. Los bizantinos ven horrorizados cómo de la nada surge una flota que amenaza la parte que creían protegida.
Para no alargarme, llega el momento de los preparativos del ataque. Mehmet recorre los campamentos montado a caballo y prometiendo 3 días de saqueo libre a los que tomen la ciudad. Su botín es la ciudad. Que los guerreros que sobrevivan se enriquezcan, para que sus deseos de luchar aumenten.
A la una de la madrugada, el Sultán da la orden de asalto. En su plan de ataque, primero se abalanzan los bashi-bazuks. Semidesnudos e inexpertos, son sacrificados en el plan de ataque con el único fin de fatigar al enemigo sitiado. Tras ellos están las tropas principales, que les obligan a volver una y otra vez a sacrificar su vida para fatigar al enemigo, vestido con cotas de malla y armas pesadas que hunden en la carne de los atacantes desnudos.
Dos horas después, al clarear, atacan los anatolios y el combate ya es peligroso. Pero a pesar de que están descansados, de que van con cota de malla y buenas armas, y de que son más numerosos, son rechazados.
El Sultán tiene que utilizar a los jenízaros, la tropa de élite formada por 12.000 jóvenes entusiastas y bien formados, a la cabeza de los cuáles se pone él mismo. Pero los sitiados resisten en las murallas golpeadas, pero no derribadas, por los grandes cañones.
Y ahora sucede lo no esperado. Dos atacantes, que deambulan entre la segunda y la tercera muralla, se apoyan fatigados en la kerkaporta. Una puerta pequeña para el paso de vendedores antes de que se hayan abierto las grandes. La pequeña puerta cede, porque no estaba cerrada. Temen que sea una trampa, pero la cruzan con cuidado y descubren que no. Salen a llamar a sus compañeros y, en un grupo grande, la cruzan y comienzan a disparar a los defensores por detrás. Inmediatamente, un grito recorre las murallas: la ciudad ha sido tomada. Los defensores abandonan la lucha y la ciudad es tomada de verdad.
Bizancio estuvo a punto de mantenerse. La historia del mundo habría cambiado. Pero a pesar del trabajo de todos durante tantos siglos, de la defensa que diezmó a los defensores, un imbécil no cumplió su cometido: cerrar una pequeña puerta. Y se produjo su caída. A lo mejor había muerto, pero el imbécil de su jefe inmediato no se aseguró de que hubiera alguien que la cerrara.
Por tanto, no me retracto de mi teoría. El enemigo es poderoso e inteligente. No puedes enfrentarte a él creyendo otra cosa. Pero entre el enemigo, hay imbéciles. En lo peor del enfrentamiento, hay que vigilar siempre los posibles actos de un imbécil para convertirlos en una ventaja para ti. Te pueden facilitar la victoria. Y por supuesto, vigilar siempre a tus imbéciles.
sábado, 29 de agosto de 2009
Parvulario de verano 8. Aviso a parvularia
Me gustaría celebrarlo y cerrar el parvulario poniendo un pequeño texto de cada uno de vosotros. Libertad para hacerlo o no. Tema y formato libre. Mi mail en mi perfil.
domingo, 23 de agosto de 2009
Parvulario de verano 7. ¡Pierre Michon despega!
Se dice mucho que es un escritor de culto. Desde luego para mí lo es. De hecho, en octubre de 2007 le dediqué la entrada 100. Y creo que he hablado de él alguna que otra vez. Para leer esa entrada, haced clic en Entrada 100: los vivos y Pierre Michon.
Ojalá, con esta entrevista de El País en las primeras páginas de Babelia pase a ser un autor más leído y más comprado. Así se podrá traducir el resto de sus obras. Ojalá encarguen algunas de ellas a María Teresa Gallego. En todo caso, un libro más de este autor es siempre motivo de celebración.
sábado, 22 de agosto de 2009
Parvulario de verano 6. Robertson Davies

Pero no es por eso que lo pongo. Un parvulario tiene que ver con la educación y en el segundo volumen, Pargetter, su profesor en Oxford, le dice al protagonista una frase que creo que es una crítica demoledora del sistema educativo moderno, basado en la especialización. He visto como un rayo que gran parte de los males que tenemos se deben no a la educación (eso ya lo sabíamos todos), sino a la educación formal especializada desconectada de la sociedad y la cultura.
Esta es la frase, que está en la página 285 del segundo volumen, Mantícora:
«"Si la práctica de la profesión es todo lo que se le enseña, la práctica de la profesión será también lo que nunca llegue a saber", decía citando a Blackstone. Así pues leí mucho de historia, ya que en mis tiempos mozos le había cogido el gusto gracias a Ramsay, y leí unos cuantos grandes clásicos, los que han conformado la mentalidad de los hombres desde hace generaciones, y de los cuales no he conseguido retener más que la vaga sensación de lo largos que eran y de lo listos que tenían que ser quienes de veras los apreciaran. Lo que más me gustaba era la poesía, y leí mucha.»
[Gemma ha puesto en su comentario un vínculo a un artículo de Garía Montero que me parece muy interesante leer: lo podéis leer haciendo clic en Teoría impertinente de la literarura.]
Parvulario de verano 5. Límites del amor por Internet
Crescencio tiene una lista de libros que quiero sin prisa. Antes o después aparece uno en una de las bibliotecas que compra y me lo aparta. Cuando tengo prisa, me lo busca por las librerías de viejo de toda España y me lo compra. Es un método necesario, porque hay libros de venta no afortunada, pero gran valor en sí mismos, que desaparecen del mercado. Hoy, por ejemplo, tenía uno.
También me guarda y cuenta historias que recoge estando en la calle. Hoy me habló de un cliente joven, de unos treinta y cinco años, que solo busca y compra relatos. Le dijo que se iba de vacaciones a Nueva York. Al volver, le contó que la primera noche tenía una cita a ciegas con una amiga de una amiga de aquí y que fue un amor a primera vista. Loco, absoluto. Ni usó el hotel que había contratado.
Ahora están enamorados y demasiado lejos. Crescencio le dijo que, al menos, ahora Internet permitía mucha comunicación.
Cierto, contestó el cliente y supongo que también amigo de Crescencio. Pero en las conversaciones amorosas los silencios son muy importantes. ¿Cómo se usa el silencio en Internet?
sábado, 15 de agosto de 2009
Parvulario de verano 4. Viajes
Si nos vamos atrás-atrás, recuerdo que con unos 14 años le comenté a mi madre que muchas noches tenía un sueño angustioso en el que perdía un tren y corría por las vías hasta la siguiente estación, que estaba a punto de pillarlo pero se ponía otra vez en marcha. ¿Sabes lo que es eso?, me dijo, que cuando todavía no andabas mi madre enfermó en Madrid y tuve que hacer un viaje urgente, llevándote conmigo. En una de las largas paradas, bajé llevándote en brazos para comprar algo de comer y perdimos el tren. Fue angustioso y tú debiste captarlo.
Mano de santo. Fue oír aquello y no volver a tener el sueño. Pero el mar rollo de los viajes siguió. Que siempre, cuando llego, me encante lo que encuentro no elimina la terrible inseguridad y angustia previajera.
Además, a poco que me dejen, me las arreglo para embrollarlo todo. Es más, L, mi compañera, que es una excelente viajera profesional, cuando viaja conmigo ayuda todo lo que puede a mantener mi maldición del bebé perdido con su madre en una estación provinciana de tren. Como ejemplo, una relación sucinta del viaje de Madrid al pueblo de montaña de León. Los presumidos dicen que lo hacen en tres horas (no les creo). Yo lo hago en cuatro porque nunca paso de los ecológicos 120 por hora, salvo cuando me despisto y sin darme cuenta voy a más de 140 y piso el freno (¿alguno de esos momentos habrá coincidido con un radar y, además de ser lento, me multarán por exceso de velocidad?) Para saber si es la guinda del pastel habrá que esperar.
A las 08:15 del sábado pasado voy al aparcamiento, donde tengo el coche como lo han dejado L y una amiga tras una visita a Ikea. Imposible ver nada por el retrovisor interior del coche. Pero me parece bien, porque el mobiliario de la casa es de 1920 y tenía ganas de contar con sillones cómodos con lámpara de lectura.
A las 08:30 la recojo en el portal y, con más fuerza que maña, remetemos el pequeño equipaje entre las cajas. En la esquina de arriba, cuando he de girar, me dice que se olvidó de las llaves de la casa. “¿Vuelvo?”. “No, mi madre tiene copias”. Ya nos hemos alejado lo suficiente para que se dé cuenta de una cosa. “¿Y si no está cuando lleguemos?”. O sea, vuelvo; pero de más lejos.
A las 08:45, estamos en el portal de casa, con las llaves, y marchamos contentos y felices. ¡Ay! El quiosco de siempre que viajamos está cerrado por vacaciones. Ya en Princesa, solo encuentro uno lateral que me aparta del camino y me obligará a dar un rodeo. Pero no me voy de Madrid un sábado sin “mi” Babelia. ¿Sabéis que los tengo desde el número 1, encuadernados?
A las 09:00 tomamos la carretera que deberíamos haber tomado más de 20 minutos antes. Nada más terminar la autopista le pregunto si quiere tomar café en un sitio que está bien. Me dice que no y tomo la primera curva, pegando un frenazo en 50 metros y deseando que el de atrás sepa frenar, porque se ha producido un accidente de dos coches con vueltas de campana. En lugar de tomar café, esperamos paseando por la autovía a que todo se arregle. Ahora sí quiere tomar café. Paro en el primero que hay para que desayune; pero yo, desde luego, no quiero tomar café.
Volvemos al coche y 40 kilómetros después le digo que me estoy durmiendo. ¡Ahora! sí quiero tomar café. Así que paramos. Habréis visto que no nos tomamos casi nada a mal. Paramos en cuanto uno quiera: qué más da llegar más tarde.
Parece que ahora va a ir todo a las mil maravillas hasta el pueblo. Pero el exceso de confianza es malo. Veo que un dibujito del coche me indica que hay alguna puerta abierta. Como es un coche de gama baja, me dice que hay puerta abierta, pero no indica cuál: en los más caros te lo avisa con precisión. Yo creo que hacen todos los coches igual de buenos y les van quitando cosas conforme el precio va bajando. Empiezo a despotricar de la carga que llevamos y de que seguro que la colocó mal y una de las puertas de atrás no estuvo bien cerrada (por una rotura de una vértebra lumbar, no cargo con algo más pesado que una bandeja de pasteles y es L la que se ocupa de esas cosas). Como me conoce, aguanta con dignidad (o sea, sin oírme mucho) la diatriba. Parar en el arcén a recargar es peligroso, así que seguimos a baja velocidad hasta encontrar un punto adecuado.
Un coche me adelanta, me pita y señala una puerta abierta: ¡la mía!, que cerré mal al salir del café. Para esto el arcén sirve. Así que lo arreglo. Los siguientes 10 minutos de silencio de L me resultan humillantes.
Dado cómo iba el viaje, no parecía el mejor día para buscar una ruta alternativa. Desde luego, ninguna persona sensata lo plantearía. Nosotros sí. Con buenos mapas en la mano, L lo prepara todo muy bien. Solo me dice que le preste mucha atención en los últimos 2 kilómetros, que son los liosos para llegar antes y mejor a la carretera comarcal que lleva directa al pueblo.
Todo está preparado. Y va funcionando bien. Pero al entrar en esos dos kilómetros llenos de rotondas que la primera no la coges, la segunda sí y luego hay otra que... ¡Suena el móvil de L! Su madre está preocupada porque tendríamos que haber llegado hace mucho. Es más fácil desatenderme a mí que cortar a su madre en 100 metros. Me ocupo de todo y con sonrisa de triunfo le digo: “¡No ha sido tan difícil! Estamos en la nacional XXX que nos lleva a la comarcal YYY. Todo resuelto”.
Pierdo la tranquilidad al darme cuenta de un detalle. Me deslumbra el sol, que en la dirección correcta debería darme por detrás.
No hay nada que no se pueda arreglar y al final llegamos. Eso sí, sin tiempo para tomar unos vinos antes de comer.
jueves, 6 de agosto de 2009
Parvulario de verano 3. ¡Nos ha escrito Sirwood!
Un relato de Sirwood
Tengo yo un conocido de esos que ahora dicen subsajarianos. No sé quién enderezó este mundo y lo puso de cabeza a esa cosa que llaman Norte, las brújulas no me han enseñado nunca un camino más cierto que otro. Abdellatif se llama. Yo le llamo Fersi. Que nadie me pregunte por qué. A él no le molesta, y yo soy un vago para los nombres largos. Nos vemos los jueves; algún viernes, si viene mal terciada la ocasión. No sabe palabra de español. Yo, muy correspondiente, ignoró la lengua que reza.
Los jueves -digo- nos juntamos. El lugar no es relevante. Señalemos uno de esos bares de más Ducados que Winston, más Mahou que Heineken y más tortilla que volovans; muy de faria y carajillo-Veterano entre semana y DYC con Fanta los domingos. Algún raído mono azul nos presta a diario despreocupada compañía.
Fersi toma café, montañas de café, y habla por los codos. Yo, por mi parte, estoy apegado a un blanco Requena que no lo hay de mayor bondad que uno que tomé en Cariñena cuando el bautizo de mi sobrino, no sé los años.
Lo mío es hablar hasta desecarme las meninges. De cómo nos conocimos no tiene importancia. Es más, yo mismo lo he olvidado con todo propósito. Tomamos asiento y charlamos. Fersi agarra la taza humeante y me empieza a contar. Yo escucho. No sé qué dice, y sin embargo entiendo. Me habla de una llanura caliente y lejana; de padre a la puerta de casa con árbol y sol; de madre a por agua; de hermano sin pierna; de animal peligroso. Piedra, ruido y tormenta. Un primer vestido. De un murmullo que amedrenta la noche larga y espesa. Y también de algún desalmado que ayer regateaba el miserable precio de una de sus baratas alfombras de colores.
Lo comprendo todo. En los decires contentos, sus manos se abren, suben y vuelan alegres a la altura de la barbilla, como las de mi tía Ignacia cuando cribaba centeno en el tiempo de mies recogida. Me acude la música. Hay sinfonía. Cuando argumenta, vuelve las palmas, sus manos descienden y sus dedos hurgan removedores el vacío. Me llega entonces mi hermana amasando panes sobre el suave tablero del horno del pueblo (mis recuerdos de infancia se limitan a mujeres y cereales). Si por el contrario se enfada, golpea la mesa con fuerza. El enojo llega entonces vibrante a mi brazo, apoyado en el canto de melamina malquemado por los cigarros de tantas partidas. El blanco Requena tiembla en el vaso y su dorado ondular lee contra el cristal la intensidad del enfado, como un sismógrafo de almas. Si veo que acaba, apuro el trago y pido más vino y café. Es mi turno.
Le hablo yo entonces de lo que me agobia, de las cosas que entiendo o creo entender, de las que me asombran y de las que me angustian: de la visita al médico, del puto trabajo... algo de fútbol entre medias para que los hombres azules sigan de espaldas y pidan más Veterano. Le cuento lo que me crecen los chicos, de lo apurado del sueldo y de la maldita suerte que me tuvo que traer al mundo en un año de tan poco arreglo. Todas esas cosas de por aquí. Fersi me mira y atiende en silencio. Otro Requena mientras me voy vaciando. En el parloteo, me hago música. Yo sé que sueno. Fersi es mi público.
Sé que me entiende, aunque no sepa de qué le estoy hablando. En mis énfasis, enarca las cejas y abre su frente a dos arcoiris luminosos. A veces sonríe; otras lo veo entristecerse. Cuando no, enfila al techo una sonora carcajada. Si me advierte en desánimo, adelanta sus labios y dibuja un cero. Entonces disparo mi puño, que golpea leve su pecho, y él me aparta la mano con una palmadita cariñosa. A lo más, si le hablo con saña, suelta un taco.
—¡Joder, Sirwood. Mal! —exclama.
Es por ahora todo su castellano.
En casa, los hijos me gritan; yo les ladro. Mi mujer calla; yo le devuelvo el silencio. En el trabajo, el jefe chilla; yo bramo. Los compañeros farfullan. En el fútbol, la peña vocifera; yo vocifero y me hago jauría. En la iglesia, el cura sermonea; yo me sermoneo a mí mismo sin necesidad de sotana. En los conciertos coreo sin ganas y en los entierros no hago más que apretar manos falsamente condolecidas.
Fersi es mi mejor amigo.
[Sirwood, también conocido como "Anónimo S." y algunos otros anonimatos firmados, tiene como blogo el nombre oficial de Quia Sint y un blog, La sombra se desliza, que podéis encontrar en http://lasombrasedesliza.blogspot.com/]
jueves, 30 de julio de 2009
El tema era "la moda"
A Elena, que en el desayuno
me cuenta lo mejor de cada libro.
Bou abrió los ojos antes incluso de que se moviera ningún pájaro o animal del jardín, como los perros que van a la puerta de la casa cuando el dueño sale de las escaleras del metro. Presentía el clarear, su momento del día. Estiró una pierna hacia la derecha, rozando a Pec, quien seguía durmiendo acostado boca arriba sobre el embalaje de cartón de una nevera puesto sobre la hierba del jardín de una plaza.
—Amanece, Pec.
—Despiértame cuando sea verdad, Bou —contestó sin siquiera abrir los ojos, pues con ellos cerrados percibía la oscuridad.
Bou se estiró sobre el cartón y se puso en pie. La aparente molestia de haber pasado la noche boca arriba sobre esa superficie se convirtió al erguirse, como siempre, en una estimulación de la columna que convertía en una fiesta todos sus sentidos. El vino de la noche estaba ya en la vejiga, que vació contra un árbol. Después se acercó a una fuente; era importante que los jardines donde dormían la tuvieran. Se quitó la camisa, metió la cabeza bajo el grifo abierto y se lavó bien todo lo que estaba por encima de los pantalones. Se descalzó y se lavó los pies. Regresó a por el cartón, lo plegó y lo dejó apoyado junto a una papelera. Aseado, se sentó en un banco, muy cerca de donde dormía su amigo, fumó dos cigarrillos, plácidamente, y le despertó. Con 30 minutos de diferencia, Pec repitió una a una las acciones de Bou. Como las olas, iguales una a otra en intervalos de nueve. Se sentó en el banco y Bou le acompañó en su primer cigarrillo. En silencio, como recogidos cada uno en sí mismo, vieron el amanecer convertirse en día. Cuando la luz fue incontestable, se levantaron, desayunaron lo que les quedaba del día anterior; dos huevos crudos y manzana y media cada uno.
—¿Cómo andas de libros? —preguntó Pec.
—Tengo para dos o tres días, y ¿tú?
—También. ¿Hacemos día libre o vamos a un centro anglicano por ropa?
—Voto por una bolsa de ropa, así vamos al bar de Andrés a dejarla y lo vemos.
En su actual vida organizada, además de mendigar un tomate o una pieza de fruta a la entrada de un mercado, con lo que conseguían comida abundante y sana, y más dinero del que habrían recibido pidiéndolo directamente, que es el peor de los métodos, cada cierto tiempo iban a por ropa alguna institución benéfico-religiosa. La dejaban en el bar de Andrés, en el Pueblo de Vallecas, antiguo amigo de Bou que les había cedido una esquina del almacén para que la dejaran. Metían en las mochilas para una semana, porque en cuanto algo se ensuciaba se cambiaban y lo tiraban, para ir siempre aseados, y comían algo de proteínas con unos vasos de vino. Insistían en pagar, pero Andrés les engañaba y les cobraba de menos.
—¿Qué te parece la moda de este año? —dijo Pec señalando a una jovencita con pequeños pantalones cortos.
—Lo nuestro sí es moda, un compendio de la de los últimos veinte años: somos como un desfile histórico deambulando por la calle. ¿No crees que todo lo que nos dan, aunque un poco apagado por los lavados, estuvo de moda rabiosa en algún momento de ese tiempo? Pues los pantaloncitos de la niña, igual.
—Pero está mona, ¿no?
—¿Y qué año no lo han estado, Pec? Las jovencitas y jovencitos están en la fase biológica en la que genéticamente florecen para atraer. Se pongan lo que se pongan.
—Pero ¿te gustan esas piernas largas y delgadas bajo los pantaloncitos o no, Bou?
—Claro, han sido creadas para eso. Las piernas jóvenes. Los pantaloncitos solo hacen que enseñarlas. ¿Pero sabes lo que pienso? Que solo hay tres modas de verdad para las tres fases de la vida: tres características que son las que atraen o pueden atraer. Cuando eres joven, la sonrisa: no hay quien se resista a ella. Al madurar un poco, la mirada, cargada ya de sentido. Y después, cuando todo está perdido, algunos consiguen la elegancia, que puede permitir el reconocimiento de dos seres ya invisibles.
—Bou, no estarás mezclando la elegancia con la presencia física, ¿no?
—A veces sí. No tiene que ver con la ropa, sino con una estructura, un aura. Por eso hay viejas y viejos que atraen, porque transmiten una perfección rara.
—No creo, Bou, la elegancia es moral. Es un acrisolado. En el libro que estoy leyendo, el de Bellow, hay una historia que viene al caso. Un profesor americano, gay y algo entrado en años, publica por presión de un amigo un libro, que le hace famoso y rico. Los derechos del libro, conferencias del circuito de elite, todo eso. Un año después, en agradecimiento invita a su amigo a París, a un gran hotel. Una mañana le dice que se quiere comprar una chaqueta especial y van a una tienda carísima. La chaqueta es un sueño. Se la pone por la noche y el amigo se lo dice, que está espléndido. Van a un restaurante de lujo y durante el café, por un temblor de manos, se mancha la chaqueta echándola a perder. Pero no le da importancia. Eso es la elegancia, Bou.
—Que no es la moda.
—Exacto. La moda, hoy, está al alcance de cualquiera.
—Me recuerda lo que te conté que decía Lipovetsky en El imperio de lo efímero.
—Déjate de ese, que en sus últimas opiniones no dio ni una.
Y así siguieron. Recorriendo Madrid de punta a punta, leyendo horas en los parques o en albergues de día si llovía. Hablando de libros. Bou solo leía ensayo filosófico y social; Pec, literatura. Por las noches, cuando se permitían beber, hablaban de lo que habían leído hasta quedarse borrachos y dormidos. Así fue su vida desde que se conocieron en Salamanca, los dos mendigando y descompuestos. La primera noche se contaron la vida y resultó que había sido igual. Una posición cómoda y una boda. La incapacidad de responder a las expectativas de éxito que tenía la mujer de cada uno. La culpa de sentir que no triunfar era fracasar. El alcohol para matar la culpa. El divorcio en el que concedieron más de lo que debían. La ansiedad de estar solos y el alcoholismo. La pérdida del trabajo y de lo que tenían hasta aparecer una noche en la calle con una bolsa.
Pero al encontrarse, tan iguales, dejaron de sentirse solos, perdieron la ansiedad y hasta pudieron retrasar el alcohol, ahora vino barato, hasta el momento del anochecer. Organizaron una vida perfecta al gusto de los dos. De haberse conocido mucho antes. Lo que importa más, de haber sido capaces de reconocer cómo eran, lo poco que necesitaban para vivir tranquilos, podrían haber sido una pareja de amigos compartiendo vida y aficiones.
Podrían haber sido lo que querían. Tan absolutamente inútiles, desastrosos y felices como Bouvard y Pécuchet: sus héroes.
viernes, 24 de julio de 2009
Parvulario de verano 2. Los blogos
Los hielos tintinean al moverlo, alegrándote el corazón. Miras el vaso y notas que él te mira a ti, pero no es el abismo nietzshiano, sino la alegría, la que establece la relación. Así, tan contento y solo, pienso en lo que quería pensar: en los blogos. Sé, ya sé, que esto de Infernet, como lo llama mi amiga y comprada Aroa, es muy grande y hay de todo. Debe haber de todo. Niñas cursis donde escriben lo que sus mamás anotaban en cuadernos forrados de rosa. Buscones y busconas de un polvo (dicho sea sin el menor intento de atacar, porque cada uno se lo busca como puede). Infinitud de miserias y carencias humanas. Y también, ¡ay!, magnificencias que me pierdo.
No es esa mi blogosfera. ¡Qué va! Empecé con un grupo de amigos, casi todos dados a la literatura y fui ampliando el campo por casualidad, por comentarios inteligentes que me llevaban a la casa matriz y me la iba apropiando. Ahora tengo mi lista de favoritos abierta, a la derecha de mi blog, pero también la oculta, pues me cuesta ampliar la otra.
Y frente al whisky con hielo en un vaso de sidra de cristal falso, ¡mierda!, he recordado, como me prometí, la penúltima entrada a día de hoy de mi amiga Bárbara: porque he hecho amigas y amigos entrañables hasta debajo de las blogo-piedras. La entrada se llama “Reflejos” y su blog es ESTE. Cada vez escribe mejor, como nos pasa a todos, pero ha llegado a un estilo seco y emocionante que corta. Empieza así:
«Vale. Lo confieso. Últimamente no escribo en el blog con la misma alegría, no siento la necesidad morder mi lengua, la idea ya no golpea el interruptor de la luz de un manotazo impulsivo, el ansia no aguijonea las yemas de mis dedos, obligándolas a martillear con fuerza las teclas.
No. Más bien sucede que, en mi turno habitual, le cambio el gotero al de la trescientos dos con la displicencia de una enfermera sin vocación. El de dame una tregua lleva ya dos días con la misma bolsita del pis. Pues que se hubiera buscado otro nombre…». Y pienso, claro, en el primer subtema:
Que haya tardado tanto en escribir esto está relacionado con lo que se cuenta en esos dos párrafos. Nos pasa a todos. Incluso he presenciado la desaparición de blogs queridos (pienso en Nunuaria, en Paralelo 49, Ya es un blog, Rebeca, el casi desmantelamiento de Sindrogámico...) e insustituibles. Porque yo me meto en la blogoesfera a aprender del ser humano y a tender puentes. Cuando me los cortan del otro lado o los convierten en levadizos, ahora lo bajo o ahora lo subo, noto que me han cortado un pedacito de mí.
Pero lo cierto es que tendemos a cansarnos: todos. A dudar de lo que estamos haciendo. Los porqué, para qué, cómo, cuándo. Toda esa mierda que nos hace temer que nos estemos mirando el ombligo y nos lleva a abandonar las acciones para, ahora sí de verdad, quedarnos inactivos mirándonos el ombligo y los dedos de los pies.
Hay también causas“razonables”; como la mía, je, jé: he ampliado tanto el campo que por falta de tiempo me cuesta seguir a los que quiero seguir. Y luego, razón real, el prudente abandono del puesto de trabajo como avanzadilla de la lectura y el comentario de “mis” blogs. Contra eso no se puede decir nada: baja el tiempo dedicado. Personalmente, el jersey deja de “dar de sí” y empieza a quedarnos ridículo, con la panzota oprimida y esos brazos que no deberían seguir creciendo pero crecen (o la lana se apelotona y mengua). Pero dudamos y nos dejamos afectar por ese ataque implacable que suelen lanzarnos algunos, que es el segundo subtema:
Hasta llegamos a creérnoslo, nos da miedo y nos cortamos. Pues bien: en todos los blogs “míos”, o sea en los vuestros, encuentro un puntito de aprecio de uno mismo. ¿Qué se podía esperar? Pero no hay una exhibición de “pero qué chulo/chula soy”. Habrá de esos, pero no me he enganchado a ninguno.
Somos personas que comunicamos bastante lo que somos, muchas veces aventando los fallos. O comunicamos nuestra literatura, que es parecido a empelotarse. ¡¿Y qué?! Por eso nos conocemos y queremos. Los elogios, a veces excesivos, suelen venir en los comentarios. ¿Qué tiene de extraño? Hablando de mi experiencia, por cada uno que frecuento hay 20 que he conocido y rechazado. ¿Cómo no voy a adorar a aquellos que he elegido? Cuando comento, lo hago llevado por el cariño pero también por el entusiasmo fundamentado: es como releer a tus autores favoritos, pero en unas dosis tan pequeñas que no te cansas.
Cada uno es como es, pero se encuentran los que tienen que encontrarse. Apuesto a que, en mayor o menor grado, sois como yo: desde hace mucho tiempo mi acción favorita ha sido la conversación con amigos, contarles cómo eres, lo que te pasa, discutirlo. Y a cambio, hacer de voyeur y que me contaran, tratar de llegar a las fibras más interiores que pudiera. Era así y serlo me ha hecho más así todavía. ¿No es esto lo que hacemos en los blogs? Entonces, ¿qué tontería es esa del exhibicionismo y el voyeurismo? Nuestra naturaleza es la comunicación, lo que me lleva al tercer subtema:
Y me refiero a una amistad real, a abrazos virtuales que a veces se han hecho realidad. De la blogosfera procede la mayor parte de mis amigos. Amigos reales. Cuando les pasa algo me inquieto y les escribo, y cuando me notan “bajo” hacen lo mismo. Los encuentros físicos han sido todos felicísimos, sin excepción. Me siento acompañado y sé que os pasa lo mismo a vosotros. Es una verdadera bendición. A lo que se une una mejora real y constatable de nuestra escritura. ¿Qué da más?
No puede ser otra que aceptar los cansancios cuando se producen. Bajar el ritmo o desaparecer un tiempito para coger fuerzas. Pasa lo mismo con los amigos reales (y con los escritos reales que hacemos fuera del blog). A veces tendemos a la soledad y la introspección. Pero la clave de tantas cosas buenas se resume en una palabra: persistencia.
domingo, 19 de julio de 2009
Parvulario de verano 1. Presentación
Pero lo que empezó así, y se mantiene en muchos casos, ha tenido una devaluación al convertir la ciencia en propaganda atendida por los medios. Hasta la FAlangeESpañola de Aznar tiene su Universidad de verano. Y los medios ya no se refieren a un ciclo sobre las emisiones de gases de efecto invernadero o la relación entre los poetas místicos españoles y el sufismo. Se refieren a lo que ha dicho en la suya tal portavoz oficioso del PP o del PSOE o cualquier otro partido. ¡Ahora que con el verano pensábamos que nos habríamos librado de ellos re-escuchamos (leemos) las mismas cantinelas! En consecuencia, les he perdido el respeto. No a las de los científicos y sabios, cada vez más recoletas y alejadas; a veces, también más comerciales. Sino a las otras. Y por tanto, un poquitín al conjunto.
Por eso me atrevo a abrir la mía, aquí en el blog. Y sabiendo de mis merecimientos y nivel, creo que llamarla Parvulario es lo correcto. Un sitio fresquito, que a veces resultará tan pesado como yo, pero no es obligatorio leerlo, en donde poder escribir sobre lo que me dé la gana y cuantas veces quiera. Sin preocuparme del sentido o validez de las entradas. Es el momento ideal, porque casi todos los que pasáis por aquí estáis haciendo las maletas para perderos por ahí, lejos de Internet, y es como estar en la cocina, después de una comida con muchos amigos, que se han quedado medio adormilados en el salón y la terraza, hablando con uno o dos de ellos, en voz baja, de cosas intrascendentes o imprescindibles, delante de una taza tras otra de café.
jueves, 16 de julio de 2009
El tema era "gastronomía"
En cuanto se encontraron se comieron con los ojos y fue tal el resplandor que quedaron ciegos. Han decidido no tocarse por miedo a perder las manos, ahora que tanto las necesitan.
martes, 7 de julio de 2009
Camarote 503
a celebrar en cubierta año y medio del taller El Bremen
presentando un libro de relatos la mar de buenos de sus marineros más veteranos.
Ladrón de Tinta
(calle Noviciado, 2)
miércoles, 1 de julio de 2009
El tema era: Viaje
Otelo
Shakespeare
Y encendieron las luces de la casa
Organizar ese retraso no debe ser fácil, pero cuando el período se cumple no hay una segunda oportunidad. Dijo que no se moriría sin tener un nieto varón en los brazos. Ganó 28 años, pero lo tuvo, disfrutó de él un verano antiguo, de dos meses en la playa, y en el otoño empezaron las incomodidades.
Al mediodía de Nochebuena, la hermana llamó al hermano pequeño, que había ido por las fiestas a otra ciudad. No se puede hacer nada, tenemos que hablar. Mañana vuelvo y hablamos. No, ahora, para no pasar unos meses de fuertes dolores hay que medicarla, aunque viviría menos. ¿Hablaste con los hermanos? Cuatro somos demasiado para entendernos; decidimos tú y yo; luego se lo diremos. Por mí, pide las recetas. Ya las he pedido. Cómpralas en la farmacia. Ya las he comprado. Mañana al mediodía estoy ahí.
El hermano pequeño iba a casa de la hermana todas las mañanas, a las ocho y media o nueve. Quizá convenga hacerse una idea de una parte de la casa. Un recibidor da directamente al salón porque se habían quitado las puertas de comunicación. Y el salón da a un comedor. En una esquina de aquél un pasillo conduce a los dormitorios y los baños. Pero lo que importa es que una puerta a la derecha de ese pasillo, la primera, se abre a la antecocina. Después viene la cocina, que al fondo, a la izquierda, da a una terraza encristalada, mientras a la derecha está el pequeño recibidor de la puerta de servicio, desde el que se pasa a un pequeño cuarto soleado, entre el recibidor y la terraza, que le habían elegido para su tranquilidad.
El Primperán era ya una broma. Lo vomitaba todo, salvo alguna manzanilla bien azucarada con dos rodajitas de limón. Nada más llegar, el hermano le preparaba una, y un café para él. Entraba con la bandeja y tras el beso le preguntaba siempre si quería que avisara a los hermanos mayores, para que viniesen.
—Tienen sus cosas, su vida y trabajo. Es demasiado pronto.
Había ido perdiendo peso, pero parecía que la piel se le tensara. Cada día estaba más delgada, más joven, más como de dulce con su mirada de almendra. A todos los que iban entrando les contagiaba un ritmo pausado. Cuando el hermano salía a la terraza del salón a fumar un par de cigarrillos, tenía la sensación de arrastrar tras él una película demasiado expuesta a la luz, que lo iba amarilleando todo hasta quemarlo.
Una mañana, 18 días después, la hermana le dijo que había pedido que avisase a los hermanos para que vinieran enseguida. De aquella tarde, que los cuatro hermanos consideraban especial y memorable, en realidad ninguno recordaba nada. Solo una sensación de algo importante que les había quedado. La hermana comentó que más que una madre con sus hijos parecía una novia. El hermano pequeño recordaba que la había oído reír por primera vez en la vida, aunque muchas veces la recordara sonriendo. A las 8 le pusieron otra inyección. Dijo que estaba cansada y le molestaba la luz. Que quería quedarse sola. Se despidieron todos con un beso y fueron al salón. Poco después sonó el timbre que tenía a mano y al que acudió le dijo que la luz del recibidor era demasiado fuerte. La apagó. Un rato después, la luz de la cocina le resultaba insoportable y más tarde la de la antecocina y después la del pasillo. Apaga la luz y luego apaga la luz. Todos descansaban, en silencio o diciendo algo en susurros, en el salón y el comedor, con las lámparas imprescindibles. Hacia las dos de la madrugada, alguien que se acercó la notó demasiado quieta y avisó a los demás.
No respiraba ni tenía pulso. El hermano pequeño unió su pulgar derecho con el de la mano izquierda de ella; y su izquierdo con el derecho. Le habló de que estuviera tranquila, de que a lo mejor él tenía razón e iba a descansar en la nada, o que la tenía ella y vería pronto a su marido y sus padres. Le dijo que si notaba la oscuridad, se envolviera suavemente en ella porque tenía derecho al descanso, pero que si veía una luz, no se retasara en alcanzarla, que todos estaban bien y no tenía que preocuparse de ellos. En ese momento sonó el estertor y el cuerpo quedó en pausa infinita. El segundo de los hermanos comprobó con un espejo que no dejaba escapar aire. Sin perder tiempo, le cambiaron el camisón por un vestido que estaba preparado. Se dispersaron por la casa, sin ganas de hablar o mirarse.
Y encendieron las luces de la casa.
domingo, 21 de junio de 2009
Entretenidos datos que explican nuestro mundo
Dos datos estadísticos bastan para entender lo que nos rodea y para hacernos responsables:
En el año 2005 se igualó en el mundo el número de obesos y el número de hambrientos.
Actualmente, el presupuesto de 10 años para la FAO, el organismo que más puede hacer para terminar con el hambre en el mundo, equivale al presupuesto militar de 1 día en el mundo.
3.652 contra 1.
martes, 16 de junio de 2009
Esperando tiempos peores
Que se cansan de caminar sin rumbo y se apoyan en la baranda de una salida del metro, como esperando
Que a quien esperan ya no está o no existió nunca
Que no tienen dinero salvo para tabaco, para fumar dulcemente
Que no saben que los he visto al salir a pasear y de nuevo cuando regreso
Que están allí detenidos, como si hicieran algo
Que temen que el lunes de paro o de trabajo sea peor que el anterior
Que saben que lo será
Que disimulan que no están vencidos y esa falsa victoria es la única que creen ganar
Hombres a los que nunca les salió gratis una caricia
A los que su padre no les llevó a conocer el hielo
A los que de niños la noche no les era peor que el día.
Hay hombres, cuando notan que los miran con amor, que se asoman a la ventana, hablan del tiempo, quieren ir a comprar tabaco, tosen
Cuando se saben acosados, aplastados contra la pared
Cuando temen no estar otra vez a la altura
Cuando amores lejanos los zarandean y aparecen gotas de sudor bajo los párpados
Cuando temen llegar otra vez tan bajo
Cuando les inquieta no estar otra vez nunca solos en silencio en guerra consigo mismos
Cuando buscan una excusa y desaparecen
Cuando lamentan siempre tarde y a quien no deben.
Hay hombres como estos que durante el tiempo correspondiente ocupan una línea en el padrón municipal.
viernes, 12 de junio de 2009
Conciencia de perro
«El animal permanecía durante todo el ensayo tumbado a mis pies, observando atento los movimientos del actor y las actrices, o en ocasiones dormitaba y a veces roncaba. Pero desde el primer día, al llegar a la escena final donde la alumna es agredida y dominada hasta las últimas consecuencias por el profesor, Puck adoptaba una actitud vigilante, que me obligaba a retenerlo para que pudiera proseguir la acción, porque su instinto le transportaba a intervenir, para evitar que la alumna fuera agredida. No soportaba que alguien fuera maltratado. Cuando terminaba el ensayo y yo le liberaba, corría a abalanzarse sobre la actriz que interpreta a la alumna, para comprobar que efectivamente no había sufrido daño, y colmarla de lametones reparadores.
Pensarán ustedes que esto no tiene mayor importancia, y quizás sea cierto, pero lo que a mí me ha impresionado es que a lo largo de todos y cada uno de los ensayos no ha dejado de tener esa actitud y que indefectiblemente al llegar a la escena fatídica, despertaba de su aparente duermevela para prestarse a intervenir en defensa de la alumna, si yo no lo hubiera evitado sujetándole por el collar.
Puck, a lo largo de un mes y medio de ensayos, no ha querido admitir, por cotidiano, que alguien quiera dominar a otro con el uso de la fuerza ... y cada día ha intentado intervenir para evitarlo a pesar de que no se le ha permitido y que cada día ha podido comprobar que todo era puro juego. No ha aceptado en ningún momento que la repetición de una situación injusta la transformase en aceptable.
Me gustaría pensar que este juego que hoy les proponemos nos va a servir a todos para reflexionar y no admitir, sin excusas y bajo ningún concepto, ser protagonistas o cómplices de ninguna relación de poder, por reiterada y cotidiana que resulte, ni dejar que se instale en nuestras vidas cómodamente desde el televisor del salón de casa.»
jueves, 4 de junio de 2009
Sobre la venganza
LLEVAR LAS LATAS ERA LO MÁS DIFÍCIL
Aplastado por el cielo blanco de verano, casi sordo por las chicharras, de espaldas a la colonia de casas con jardín y árboles, que era lo que realmente le asfixiaba, Pablo esperaba a que sus amigos terminaran de merendar, en su postura habitual cuando estaba solo: en cuclillas, arañando con un palito la tierra reseca, mirando hasta el horizonte de ese Levante desértico con algunas matas pequeñas y muchas piedras. Cegado y oprimido por el cielo, inmune al calor.
Después del partido de fútbol de más de dos horas que jugaban nada más terminar la comida, había merendado la botella de litro de gaseosa fría que su madre le dejaba pagada en la tienda. El instinto de no pasar por casa era superior al de tomarse un bocadillo. En cuclillas, sordo y ciego, se sentía en paz y a salvo. Esperando a los amigos.
Loco.
Porque de principios de septiembre a finales de junio, salvo Navidad y Semana Santa, iba al colegio todos los días de lunes a sábado. Y el domingo a la misa obligatoria. Porque en verano, la familia se trasladaba a esa colonia y todos querían descansar y que hubiera silencio. Porque lo que él necesitaba era gritar, agitarse, golpearse. Vaciar la cabeza. Por eso pasaba todo el tiempo en el desierto, poblándolo de lo inimaginable, dedicado a proponer lo más absurdo. A pesar de que era el más débil, la imaginación y la resistencia le valían para que se le tuviera en cuenta.
De uno en uno se fue formando el grupo de esa tarde. Pocos, porque era domingo y había padres que deseaban disfrutar de sus hijos, más dos primas sin nombre que había que arrastrar y Mónica, que sí tenía nombre porque se lo había ganado. Participaba en todo menos en el partido de fútbol y era la única que podía conseguir los objetos necesarios, como latas vacías donde meter los escorpiones que cazaba Pablo y luego iban metiendo en un círculo de fuego. Sacaba seis meses a Pablo, que tenía doce años recién cumplidos. Era pelirroja, muy flaca, pecosa y valiente.
—¿Por qué hay que matarlos? —preguntó en la primera cacería.
—Porque son malos y pican a la gente —respondió Pablo.
No puso ninguna objeción y colaboró como una más. Cualquiera podría haber dicho que en toda la historia conocida por ellos en la zona, nunca jamás uno de esos pequeños escorpiones había picado a nadie, salvo a Pablo, cuando se escapó uno pequeñito de una lata, le cayó en el pie y le clavó el aguijón. Se le hinchó un poco el pie, le pusieron una crema, durmió mal una noche y asunto zanjado. Como el tema de por qué los mataban. Podían picar; y eso era suficiente para hacer lo que hacían.
Mónica y Pablo guardaban dos secretos. Una tarde, jugando al escondite en la casa de ella, un edificio enorme de dos plantas más una torre, se escondieron en el mismo armario y se besaron en los labios. Ella le toqueteó y abrazó, y él a ella. La importancia de aquello iba más allá del hecho de satisfacer una curiosidad que había sido tema de innumerables conversaciones. Algo les unía, sintió Pablo.
Días más tarde, salieron solos, dejaron las bicicletas abajo de la barranca y se metieron a explorar una cueva. Donde todavía había luz, volvieron a besarse.
—Si me enseñas tu palo te enseño mi rajita.
—Primero tú —contestó Pablo.
Era la primera vez que veía una. En aquel entonces a lo más que se podía llegar era a mirar en las enciclopedias fotos de negras con las tetas descubiertas. Estuvo mirándola embobado, tocándosela, notaba que le gustaba con aquel sudor que la humedecía. “Despacito”, le dijo; y siguió hasta respirar muy fuerte.
Cambió el turno, se lo enseñó y ella empezó a tocarlo, conforme iba creciendo. Empezó a temblarle y al final le salieron unas gotitas de líquido transparente. Mónica recogió un poco en la mano y los dos lo olieron y lo probaron con la punta de la lengua. Era asqueroso y ácido. Se volvieron a besar, riendo, para quitarse ese gusto. De aquello, ni una palabra. Habían descubierto el misterio y de eso no se habla. Subieron la pendiente y se quedaron sentados arriba, viendo el mar terroso que se extendía hasta una montaña del fondo. Pablo, desde entonces, se sintió más en paz, más dulce, menos loco.
El que se escapó aquella tarde y le cayó sobre el pie, en la parte que dejaba libre la alpargata, era un poco más grande. El pie se le hinchó más y le llevaron al médico. Su padre no creyó ya en la casualidad de que “iba andando por el campo y casi lo piso y me picó”. Quedaban ocho días para terminar el veraneo, diez para volver al colegio, y estuvo castigado a no salir de la casa y el jardín; sus amigos no podían entrar. Alguna vez hablaron por la verja. Mónica, hija de un militar, se volvía a La Coruña y no iba a volver otro año. Pablo, como un fantasma, daba vueltas a la casa por el jardín, pensando en lo que le había hecho su padre. No iba a matar más escorpiones y deseó que crecieran y uno grande le picara a él. Aún loco como estaba, se daba cuenta de lo improbable de que sucediera. Tenía que hacer algo.
En el primer día de colegio, a la hora del rosario no lo rezó. El cura le llamó después y le preguntó que porque había estado con la boca cerrada, sin contestar a las avemarías.
—Es que ya no creo en Dios, oí decir a mi padre que no existe.
