Paralelo 49 lo había visto. Cruzamos unos mensajes en los que ella pensaba que la entrada debía estar y me convenció bastante. Hoy es un día en que habría que regalarle algo y he pensado “reponer” la entrada. El regalo, claro, no es la entrada: es el hecho de darle la razón: felicidades, Par.

En esta ampliación de una de aquellas antiguas fotos pequeñísimas, por eso al ampliarla queda mal, está Mercedes, muy jovencita todavía en casa de sus padres, antes de que por amor a Pepe cambiara su destino (también él, empleado de tendencias revolucionarias, cambió el suyo: por amor a Mercedes renunció a incendiar el mundo). Lo tenía todo preparado para tomar el té: probablemente la única pasión hedonista que le conocí. Siempre lo hizo como una ceremonia, siguiendo todos los pasos para que estuviera buenísimo. Incluso en los peores tiempos, cuando tuvimos que renunciar a la mayoría de las cosas, seguimos tomando el mejor de los tes posibles, hecho de la mejor y más antigua manera (era el modo de hacer, lo que importaba).
Mercedes y yo nos llevamos a matar, y en esta frase no hay metáfora, ni símbolo, ni imagen que da a entender, desde que comenzaron esos diálogos anteriores al nacimiento, que por los sueños sabemos que se dan, y después de nacer, hasta que cumplí varios meses. Después, cuando los dos supimos que ninguno iba a morir por causa del otro, debimos hacer un pacto de amor, de libertad y de respeto (más de ella hacia mí; para el hijo una madre es un paisaje que ya estaba cuando él abrió los ojos: es lo que es). Duró siempre, el pacto; aunque se hubiera firmado en el mundo inconsciente, cuando yo todavía no sabía ni hablar.
Mi vida, como la de casi todos, fue inconsistente y en gran parte inconsciente de lo que me rodeaba (faltaba por cumplirse lo que dice el verso de la cita), por lo que del alcance real de ese pacto y relación, de cómo fue ella, no me enteré, tal como digo en un comentario de una entrada anterior, hasta que un par de años después de que ella hubiera muerto, alguien me contó una breve historia: “Le dije: tienes que hablar con N, toma muchas drogas. Y ella me respondió: No te preocupes, en cuanto quiera dejarlas las dejará. Y zanjó el tema”. (En realidad no era para tanto, se exageraba mucho en esos temas en los años 70). Tampoco a mí me habló de ello nunca. Esa confianza en los otros me hizo repasar hacia atrás nuestra historia, reforzar ese sentimiento de la libertad de aquellos a quienes quiero (y de la mía propia). Hizo que, desde ese momento, el respeto fuera, aunque tardío, mutuo. Y me lleva desde hace tiempo a trabajar muy de vez en cuando en un poema todavía muy incompleto, en 3 partes y una conclusión breve, del que pongo aquí, aunque esté en estado de taller, algo de la 1ª parte (supongamos que cuando el sujeto del poema tenía 4 o 5 años) y la conclusión. Estos textos están así ahora, pero pueden cambiar (y mucho) en el futuro. Que crean en ti de esa manera ayuda mucho a vivir, es algo que se siente. Tener historias, datos, que lo prueban, ayuda a replantearse lo vivido, es una nueva iluminación, una nueva perspectiva. Ese proceso tiene mucho que ver con la vida, pero también con la literatura y con lo que alimenta la literatura.
Mi vida como gato
Ay el tiempo! Ya todo se comprende.
Jaime Gil de Biedma
I
Ah, yo lo sabía.
Con mis pantaloncitos cortos, lo sabía.
Yo lo sabía, aunque solo después
supe ponerle nombre: opio,
derivado de; aún sin saber entonces de derivas.
Yo lo sabía, que había dolor. Mucho.
Y era lejos la mejor de las distancias
y silencio el más seguro de los modos.
Lo sabía, como lo saben todo los niños
de las casas donde viven como gatos.
Sé de qué me hablo.
Aunque hablar, cantaros, de aquel tiempo
que ahora entiendo y viví entonces
como algo natural, ¡era la vida!,
me ponga sentimental.
Desaprendemos los viejos las mejores lecciones.
Yo lo sabía, con mis pantaloncitos cortos
incluso en invierno.
Si tomaba la pastilla, lo sabía.
Con mis pantaloncitos cortos, sabía
que me podía sentar cerca (sin contacto),
que la almendra oscura de sus ojos
titilaba en verde,
que la mirada verde me decía
no te quise lo sabes no te quise
cuando te llevé dentro.
Ni en los siguientes meses.
No era verdad, ¿sabes?, era el miedo,
porque sobreviniste por sorpresa
cuando no debías.
Nunca el miedo. Nunca temas
y desbarates lo que amas.
Su mirada verde me decía
que me quería ya de más.
Con la química tranquilidad traspasada
le pedía permiso para salir.
Amar e irme es un destino.
Me iba seguro de mí mismo,
como un gato que se limpia los bigotes,
escaleras abajo, un niño todavía,
a buscar a los amigos.
Lo mejor de ti lo supe cuando ya no estabas.
Vivir fue bueno aunque ser libre duela:
por los silencios
por no reconocerse entre las cosas
por los huecos que íbamos dejando
para no forzar,
no obligarnos.
¿Hubiéramos preferido a veces el espacio lleno
aunque atara?
A veces
ser solo no libera
aunque te haga libre.
Vivir fue bueno.
Pero no nos conocimos.


