jueves, 30 de abril de 2009

Una historia de familia

Ese fue el tema del taller de ayer. Y como se han unido varios factores (gran éxito de crítica y público del ejercicio del taller anterior, no tengo nada preparado para "matar" el post anterior sobre la acción, el texto es corto, me siento primaveral, ligero y con mucho morro), pongo el de ayer.

Las protestas, a quienes pidieron más. (¡pero que no se repita!).



El príncipe del circo


Hasta me meó una pantera. De verdad. Que sí. Una pantera negra. Estaba solo en el patio de fieras cuando faltaba poco para que les dieran de comer. Inquietas. Me dediqué a dar saltos delante de la jaula de la pantera, haciéndole cucamonas, sacándole la lengua, agitando los brazos. Debí resultarle molesto, porque lo que ella esperaba era al señor con el trozo de carne. Se dio la vuelta y me lanzó un chorro de pis que me manchó el jersey. Una de las cosas más emocionantes y bonitas que me han pasado en la vida.

Al volver a casa tuve problemas, porque mi madre no entendía el orgullo que sentía por esa meada y que más que nada en el mundo deseaba mantenerlo hasta el día siguiente, para presumir con todos los amigos. Me quitó el jersey y la camisa, para lavarlos, me metió en la ducha y me restregó hasta borrar todo rastro. Nadie me iba a creer. Tuve que someterme, pero algo debí hacerle horas, días o semanas después, porque era un niño rencoroso y vengativo. Nunca dejaba pasar una ofensa sin devolverla; aunque entre lo que me hacían y mi venganza se producía, ahora lo veo claramente, un problema de tiempo y de escala. Sobre todo de escala. A veces respondía a una monstruosidad con una nimiedad y a veces al revés. Dejaba pasar un tiempo prudente y respondía. Así borraba la posibilidad de que enlazaran causa y efecto. No sabían que había hecho aquello por venganza. Lo achacaban a que estaba un poco loco, lo que era un beneficio para mí. Tampoco era culpa mía ser así. Por la enfermedad de mi madre, con poco más de tres años me habían llevado a una especie de guardería, la única de la ciudad, donde dos hermanas, las señoritas Vals, se encargaban de un grupo de inadaptados divididos en dos clases, de entre tres y nueve años de edad. Eran un encanto, bondadosa y risueñas, pero incapaces de controlarnos contaban sus cosas y hacían como que no veían lo que pasaba. Allí tenías que aprender las leyes de la supervivencia, del sometimiento a los más fuertes, pero también la necesidad de no dejar que nada que te hicieran quedara impune. Lo que luego supe que se llamaba el Respeto.

Había llegado al circo poco antes, cuando aún no estaba abierto al público. Me asomé en la taquilla y mi tía me dijo que pasara, con una gran sonrisa. Iba vestida con ropa de colores chillones; mi madre siempre iba de luto. Era rolliza, de enormes tetas, y me abrazaba efusiva aplastándome la cabeza contra ellas; mi madre ni siquiera tenía. Su olor a perfume mareaba deliciosamente; mi madre olía simplemente a limpio. Después de achucharme, me presentaba como su sobrino a los que estaban por allí y me decía que fuera a ver las fieras hasta que empezara la función. Podía ver cómo les daban de comer; solo yo y los empleados podíamos verlo. Como si el circo entero se hubiera levantado para mí. Aparecía mi tío a darme un beso, antes de ponerse el uniforme de saxofonista, para darme un buen puñado de caramelos de los que luego rifaban. Me presentaba a los porteros y les decía que me sentara donde quisiera. Era lo contrario de mi tía: delgado, enjuto, bajito, calvo, muy moreno.

Me emocionaba verle en la parte de arriba de la salida de pista, con las mangas con volantes de colores. Tan delgado, con su saxofón. Cuando la orquestita tocaba ni miraba lo que había en la pista, salvo las fieras. Ver animales peligrosos era lo mejor de lo mejor. Eso iba a ser de mayor, salir en la pista central con un látigo en una mano y una silla en la otra. Comía caramelos, saludaba a los porteros, me cambiaba de un sitio a otro. Ni había soñado que podía tener unos tíos tan magníficos, tan importantes. Les había conocido días antes, cuando estaban montando el circo y mi padre les invitó a comer porque ella era su prima hermana. La valenciana, decía. Me excusaron con una tarjeta de volver al colegio esa tarde, para que comiera con ellos. Y el domingo, tenía que ser domingo porque entonces las clases eran de lunes a sábado, fui al circo y pasó lo que he contado.

Después, con el tiempo, me fui enterando de muchas cosas. Que los dos habían sido rojos y él había estado muchos años en la cárcel. Que como músico encontró ese trabajo y a ella la pusieron de taquillera. Que no estaban casados y solo se les recibía en mi casa. Quizá porque mi padre había sido rojo. Quizá porque era alegre, como ellos. Ahora sé que el circo era un porquería, pequeño y sin sillas de pista ni nada. Lo ponían en la Plaza de San Cristóbal, tan pequeña. Y no volvieron nunca. También me enteré de que las señoritas Vals eran unas maestras republicanas que perdieron el título para enseñar. Conocí más casos así y aprendí algo que no he olvidado y que me sigue pareciendo cierto: a pesar de que a veces lo hayan pasado muy mal, los rojos eran y son personas alegres, contentas de estar en la vida y de rodearse de los demás. Si alguno, con el tiempo se avinagra, me lo explico diciendo que se ha vuelto reaccionario. ¡Ah!, y también aprendí que eso de los payasos tristes por dentro y el dolor del circo es una mentira inventada por los tristes. Aquel día lo vi y lo supe. Aquel día que visité el circo como un niño, como el último mono, y me recibieron como a un príncipe como los de los cuentos que leía.

lunes, 27 de abril de 2009

tarjeta roja a los 4x4 urbanos


No a los 4x4 urbanos

Jóvenes Verdes y Globalízate (26/04/09)

En la tarde del sábado 25 de abril, activistas de Jóvenes Verdes y Globalízate han estados “multando” de 18 a 19 hora a unos 50 vehículos 4x4 que paraban frente al semáforo de la calle Sagasta en dirección a la calle Génova y premiando con un obsequio de la campaña global por el clima a transeúntes, conductores de medios de transporte públicos y ciclistas.
Al mismo tiempo y frente a los vehículos estacionados en el semáforo se desplegada una pancarta que decía “Actúa ahora contra el cambio climático” y se repartían folletos informativos a los conductores de los vehículos 4x4 más contaminantes.Tres árbitros se dirigían hacia los vehículos 4x4 mostrando una tarjeta roja y tocando el silbato para llamar la atención a los propietarios de estos vehículos. A continuación otros activistas se aproximaban al vehículo y le entregaban al conductor un folleto con los datos de las emisiones de su vehículo, una multa simbólica por sus emisiones y se le informaba de modelos menos contaminantes.
En general, los conductores aceptaron de buen grado la información facilitada e incluso un conductor “amonestado” tras aparcar su vehículo volvió al control arbitral a reclamar que se cambiara su amonestación a una tarjeta amarilla. Los transeúntes mostraron su interés preguntando por el motivo del acto, muchos dieron su apoyo y se llevaron el panfleto informativo. Los participantes del acto mostraban una tarjeta verde a los ciudadanos que iban en autobuses de la EMT o en bicicletas, a los que se les regalaba una chapa de la campaña global por el clima.
En las próximas semanas se realizará una nueva acción de este tipo en otro punto de Madrid.

Para enlaces, un vídeo y más fotos, CLICAR AQUÍ.

domingo, 19 de abril de 2009

Una cultura ajena

Ese era el tema del último taller. De vez en cuando me apetece subir el relato.


Dorotha, ¡oh Dorotha!

Fue absolutamente terminante: se acabó la aventura occidental. Lo 90 kilos de Zurek quedaron aplastados junto a la cabina del bar de carretera belga al que conseguían llegar los fines de semana, normalmente chapoteando en el barro. La que ellos estaban construyendo estaba unos dos kilómetros más abajo.
—Es mucho dinero, Dorotha.
—También es mucho lo que ha llegado ya, 800 euros ingresados en el pueblo cada mes, más lo que traigas.
—Dorotha, piénsalo un poco. Son muchos zloty.
—Ya está pensado.

Les habían llevado en un autobús, parando en varios pueblos pare recoger a otros como él. Cruzaron Alemania con muy pocas paradas y llegaron a una carretera en construcción, donde dos roulottes con literas les esperaban. Otra, con una cocina, ducha y servicios. Para los 20 hombres que formaban esa brigada polaca. Nueve horas de trabajo de lunes a viernes y seis el sábado por la mañana, más alguna extra que les metía un buen dinero en el bolsillo. Litera gratis, desayuno, comida y cena gratis. El lujo occidental que, para Dorotha, ya había durado bastante. Zurek y sus compañeros aceptaban todo aquello, incluso la lluvia que desde finales de agosto se fue haciendo más frecuente. Pensaba en presumir del dinero en una zona en la que pocos consiguen el salario mínimo de 176 euros, en arreglar algunas cosas de la granja de la que comían. Creyó que Dorotha entendería que se quedara otro trimestre, que le agradecería su esfuerzo. Pero no fue así. Colgó el teléfono y dijo “que había dicho que no”. Todos soltaron una risotada. Aunque a todos los casados les irían diciendo que no de uno en uno.

Dorotha colgó el teléfono enfurecida. No es que no pudiera llevar la granja ella sola, y cuidar de las dos hijas de 8 y 14 años. Pero sin él no era lo mismo. Sobre todo, no lo era por las noches conforme había ido pasando el tiempo. Era joven y fuerte: necesitaba que la abrazaran, sobre todo ahora que ya había empezado a nevar. Últimamente, al acostarse, pensaba en las series europeas que veía por televisión, o en las revistas que había leído en el pueblo cercano, más grande y con peluquería, a la que había ido pensando en el pronto regreso de Zurek. Veía esas mujeres y se imaginaba a su marido entre ellas. Nunca había deseado más dinero del que necesitaba. Además, cuando volviera seguro que primero se iría con sus amigos a celebrar que era rico, invitando a vodka hasta que poco a poco todos fueran cayendo inconscientes sobre la nieve. Plaf, plaf. Las esposas hacían rondas en esos casos y la del caído lo despertaba y se lo llevaba a casa. No quería más noches imaginando a las occidentales y a su Zurek.

En un restaurante de carretera con tiendas de souvenirs en el que pararon a comer, compró regalos para todas. Las abrazó al llegar, se dio un baño, se puso una camisa blanca inmaculada, comió un bigos, le dio a Dorotha casi todo el dinero que había traído, menos un billete de cada diez, y se fue a recoger a los amigos. El primero cayó a los dos días y al anochecer del tercero cayeron a la nieve, plaf, plaf, los dos últimos, Zurek uno de ellos. Dorotha y la mujer del otro los encontraron. Despertó cuando ella le tiraba de los brazos para levantarlo. Le miró los ojos azules, se sintió emocionado de estar en casa y de tenerla y, antes de quedarse dormido en pie para que ella le condujera a casa, tuvo tiempo de decir casi llorando:
—Dorotha, ¡oh Dorotha!

viernes, 17 de abril de 2009

Me sumo a Vega


A mí me lo mandaron así. No sé si será verdad, pero es creíble. Podéis ver la entrada de Vega haciendo clic AQUÍ.
Y haciendo clic en la imagen se agranda un poco y se lee mejor. El caso es que los "políticos" creo que actúan (y me parece que lo hacen a gusto) como el escudo defensivo de los verdaderos culpables.
Podéis opinar. De momento es libre y (casi) gratis.

jueves, 9 de abril de 2009

Envidia cochina

Me encantó este post de María a rayas (clic aquí). Ese viaje con amigas, en un momento de la juventud estrenada, que da a todas ese aire de felicidad. Y recordé que muchas veces ha sido tema de conversación: esa felicidad de ese viaje de esa juventud. Y que si la conversación se producía en mi casa, sacaba estas fotos de Cuenca. Eran más, y algunas más al caso, pero solo he encontrado estas dos.






La historia es la siguiente. Después de mes y medio de permiso por exámenes, un lunes por la mañana volví en autobús al cuartel, en Lorca, para terminar los cuatro meses de mili que me faltaban. Pero al llegar, como resulta que había poco dinero entonces, me dijeron que a mi promoción la habían licenciado 10 días antes; que devolviera todo lo militar, me sellaran la cartilla y hasta nunca.

Esa tarde de junio avanzado quedé con 4 amigos a celebrarlo, en la Plaza de los Luceros, y uno de ellos dijo la frase mágica entre los tíos, no importa el nivel cultural que tengan: ¿A que no hay huevos de irnos ahora mismo a Cuenca a conocer el museo y las montañas? Una hora después nos íbamos los 5 en un Dyane de esos que se quitaba el techo de hule. Para llegar al amanecer, fuimos por Albacete y estuvimos bebiendo en un bareto hasta que nos echaron. El resto, es historia muy mágica. Y en cuanto a la foto del puente, ¿a que valía para un grupo pop?

Por cierto, sabéis que no sigo los memes ni los premios ni estas cosas. Pero así, por libre, sería estupendo ver vuestra foto de la felicidad.