Las protestas, a quienes pidieron más. (¡pero que no se repita!).
El príncipe del circo
Hasta me meó una pantera. De verdad. Que sí. Una pantera negra. Estaba solo en el patio de fieras cuando faltaba poco para que les dieran de comer. Inquietas. Me dediqué a dar saltos delante de la jaula de la pantera, haciéndole cucamonas, sacándole la lengua, agitando los brazos. Debí resultarle molesto, porque lo que ella esperaba era al señor con el trozo de carne. Se dio la vuelta y me lanzó un chorro de pis que me manchó el jersey. Una de las cosas más emocionantes y bonitas que me han pasado en la vida.
Al volver a casa tuve problemas, porque mi madre no entendía el orgullo que sentía por esa meada y que más que nada en el mundo deseaba mantenerlo hasta el día siguiente, para presumir con todos los amigos. Me quitó el jersey y la camisa, para lavarlos, me metió en la ducha y me restregó hasta borrar todo rastro. Nadie me iba a creer. Tuve que someterme, pero algo debí hacerle horas, días o semanas después, porque era un niño rencoroso y vengativo. Nunca dejaba pasar una ofensa sin devolverla; aunque entre lo que me hacían y mi venganza se producía, ahora lo veo claramente, un problema de tiempo y de escala. Sobre todo de escala. A veces respondía a una monstruosidad con una nimiedad y a veces al revés. Dejaba pasar un tiempo prudente y respondía. Así borraba la posibilidad de que enlazaran causa y efecto. No sabían que había hecho aquello por venganza. Lo achacaban a que estaba un poco loco, lo que era un beneficio para mí. Tampoco era culpa mía ser así. Por la enfermedad de mi madre, con poco más de tres años me habían llevado a una especie de guardería, la única de la ciudad, donde dos hermanas, las señoritas Vals, se encargaban de un grupo de inadaptados divididos en dos clases, de entre tres y nueve años de edad. Eran un encanto, bondadosa y risueñas, pero incapaces de controlarnos contaban sus cosas y hacían como que no veían lo que pasaba. Allí tenías que aprender las leyes de la supervivencia, del sometimiento a los más fuertes, pero también la necesidad de no dejar que nada que te hicieran quedara impune. Lo que luego supe que se llamaba el Respeto.
Había llegado al circo poco antes, cuando aún no estaba abierto al público. Me asomé en la taquilla y mi tía me dijo que pasara, con una gran sonrisa. Iba vestida con ropa de colores chillones; mi madre siempre iba de luto. Era rolliza, de enormes tetas, y me abrazaba efusiva aplastándome la cabeza contra ellas; mi madre ni siquiera tenía. Su olor a perfume mareaba deliciosamente; mi madre olía simplemente a limpio. Después de achucharme, me presentaba como su sobrino a los que estaban por allí y me decía que fuera a ver las fieras hasta que empezara la función. Podía ver cómo les daban de comer; solo yo y los empleados podíamos verlo. Como si el circo entero se hubiera levantado para mí. Aparecía mi tío a darme un beso, antes de ponerse el uniforme de saxofonista, para darme un buen puñado de caramelos de los que luego rifaban. Me presentaba a los porteros y les decía que me sentara donde quisiera. Era lo contrario de mi tía: delgado, enjuto, bajito, calvo, muy moreno.
Me emocionaba verle en la parte de arriba de la salida de pista, con las mangas con volantes de colores. Tan delgado, con su saxofón. Cuando la orquestita tocaba ni miraba lo que había en la pista, salvo las fieras. Ver animales peligrosos era lo mejor de lo mejor. Eso iba a ser de mayor, salir en la pista central con un látigo en una mano y una silla en la otra. Comía caramelos, saludaba a los porteros, me cambiaba de un sitio a otro. Ni había soñado que podía tener unos tíos tan magníficos, tan importantes. Les había conocido días antes, cuando estaban montando el circo y mi padre les invitó a comer porque ella era su prima hermana. La valenciana, decía. Me excusaron con una tarjeta de volver al colegio esa tarde, para que comiera con ellos. Y el domingo, tenía que ser domingo porque entonces las clases eran de lunes a sábado, fui al circo y pasó lo que he contado.
Después, con el tiempo, me fui enterando de muchas cosas. Que los dos habían sido rojos y él había estado muchos años en la cárcel. Que como músico encontró ese trabajo y a ella la pusieron de taquillera. Que no estaban casados y solo se les recibía en mi casa. Quizá porque mi padre había sido rojo. Quizá porque era alegre, como ellos. Ahora sé que el circo era un porquería, pequeño y sin sillas de pista ni nada. Lo ponían en la Plaza de San Cristóbal, tan pequeña. Y no volvieron nunca. También me enteré de que las señoritas Vals eran unas maestras republicanas que perdieron el título para enseñar. Conocí más casos así y aprendí algo que no he olvidado y que me sigue pareciendo cierto: a pesar de que a veces lo hayan pasado muy mal, los rojos eran y son personas alegres, contentas de estar en la vida y de rodearse de los demás. Si alguno, con el tiempo se avinagra, me lo explico diciendo que se ha vuelto reaccionario. ¡Ah!, y también aprendí que eso de los payasos tristes por dentro y el dolor del circo es una mentira inventada por los tristes. Aquel día lo vi y lo supe. Aquel día que visité el circo como un niño, como el último mono, y me recibieron como a un príncipe como los de los cuentos que leía.



