Este texto es una puntualización, no una retractación. Por pura necesidad más que por vocación o capacidad, tuve que formar a dos o tres personas, parcial o totalmente, sobre la vida. A lo mejor exagero y no fueron tantas; quizá me quede corto. Tuve que hacerlo, como dije, sin estar preparado. Un amigo me decía el otro día que, a partir de los 50 años, al leer a Marco Aurelio te das cuenta de que tú mismo ya has pensado eso. Esa es la edad en la que empiezas a tener capacidad; pero sigues sin vocación y, desde luego, ya no hay necesidad. Así que para qué.
El caso es que como educador insistía mucho en que no hay que pensar nunca que tu enemigo, social o personal, es imbécil. Para ser tu enemigo y cabrearte tiene que tener algo importante, que le permite ocupar el espacio desde donde te cabrea. Si piensas que es imbécil, eres tú el que acabas siéndolo, mientras él se aferra todavía más a su posición de ventaja. Para derrotar a un enemigo hay que estudiarlo, buscar puntos débiles, pero sobre todo conocer sus puntos fuertes. Ese era, en resumen, la teoría que transmitía.
Ahora, como libro para el metro, leo Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Sweig. El segundo capítulo está dedicado a la caída de Bizancio, donde el Imperio Romano de Oriente resiste mil años después de que hubiera caído el de Occidente. Políticamente, las condiciones están maduras para que las potencias occidentales no le ayuden a resistir. Personalmente, Mehmet, que pasa a ser Sultán a la muerte de su padre Murat, llevaba años dedicado al estudio de cómo podría tomar Bizancio. Estratégicamente, solo la murallas ciclópeas que construyó Teodosio y que mantuvieron y mejoraron los emperadores posteriores defiende la ciudad.
Mehmet contrata al mejor constructor de cañones, que fabrica un prototipo del cañón más grande que se había hecho nunca. Demostrada su eficacia, hace del mismo molde 20 o 30 más. Miles de trabajadores y centenares de bueyes dedican dos meses a arrastrarlos sobre rodillos de madera hasta ponerlos en posición.
Necesita después llevar su flota hasta la garganta profunda del Cuerno de Oro. Llevarla por mar es imposible, porque a la entrada está la ciudad genovesa de Galata, a la que debe neutralidad y no puede romperla en ese momento. Manda construir cilindros de madera y los barcos salen del mar, cruzan la lengua de tierra montañosa y llegan a donde él quería. Los bizantinos ven horrorizados cómo de la nada surge una flota que amenaza la parte que creían protegida.
Para no alargarme, llega el momento de los preparativos del ataque. Mehmet recorre los campamentos montado a caballo y prometiendo 3 días de saqueo libre a los que tomen la ciudad. Su botín es la ciudad. Que los guerreros que sobrevivan se enriquezcan, para que sus deseos de luchar aumenten.
A la una de la madrugada, el Sultán da la orden de asalto. En su plan de ataque, primero se abalanzan los bashi-bazuks. Semidesnudos e inexpertos, son sacrificados en el plan de ataque con el único fin de fatigar al enemigo sitiado. Tras ellos están las tropas principales, que les obligan a volver una y otra vez a sacrificar su vida para fatigar al enemigo, vestido con cotas de malla y armas pesadas que hunden en la carne de los atacantes desnudos.
Dos horas después, al clarear, atacan los anatolios y el combate ya es peligroso. Pero a pesar de que están descansados, de que van con cota de malla y buenas armas, y de que son más numerosos, son rechazados.
El Sultán tiene que utilizar a los jenízaros, la tropa de élite formada por 12.000 jóvenes entusiastas y bien formados, a la cabeza de los cuáles se pone él mismo. Pero los sitiados resisten en las murallas golpeadas, pero no derribadas, por los grandes cañones.
Y ahora sucede lo no esperado. Dos atacantes, que deambulan entre la segunda y la tercera muralla, se apoyan fatigados en la kerkaporta. Una puerta pequeña para el paso de vendedores antes de que se hayan abierto las grandes. La pequeña puerta cede, porque no estaba cerrada. Temen que sea una trampa, pero la cruzan con cuidado y descubren que no. Salen a llamar a sus compañeros y, en un grupo grande, la cruzan y comienzan a disparar a los defensores por detrás. Inmediatamente, un grito recorre las murallas: la ciudad ha sido tomada. Los defensores abandonan la lucha y la ciudad es tomada de verdad.
Bizancio estuvo a punto de mantenerse. La historia del mundo habría cambiado. Pero a pesar del trabajo de todos durante tantos siglos, de la defensa que diezmó a los defensores, un imbécil no cumplió su cometido: cerrar una pequeña puerta. Y se produjo su caída. A lo mejor había muerto, pero el imbécil de su jefe inmediato no se aseguró de que hubiera alguien que la cerrara.
Por tanto, no me retracto de mi teoría. El enemigo es poderoso e inteligente. No puedes enfrentarte a él creyendo otra cosa. Pero entre el enemigo, hay imbéciles. En lo peor del enfrentamiento, hay que vigilar siempre los posibles actos de un imbécil para convertirlos en una ventaja para ti. Te pueden facilitar la victoria. Y por supuesto, vigilar siempre a tus imbéciles.
domingo, 30 de agosto de 2009
sábado, 29 de agosto de 2009
Parvulario de verano 8. Aviso a parvularia
El domingo 20 de septiembre termina el verano de 2009 y nunca, pero nunca, más volveremos a vivirlo. [Esto último es una mentira podrida, porque el tiempo es una cosa muy personal. Como dice Ángel González: «Ayer fue miércoles toda la mañana. // Por la tarde cambió: // se puso casi lunes, // la tristeza invadió los corazones.»].
Me gustaría celebrarlo y cerrar el parvulario poniendo un pequeño texto de cada uno de vosotros. Libertad para hacerlo o no. Tema y formato libre. Mi mail en mi perfil.
Me gustaría celebrarlo y cerrar el parvulario poniendo un pequeño texto de cada uno de vosotros. Libertad para hacerlo o no. Tema y formato libre. Mi mail en mi perfil.
domingo, 23 de agosto de 2009
Parvulario de verano 7. ¡Pierre Michon despega!
Babelia le dedica una larga entrevista con motivo de la traducción de un libro al español, el segundo que escribió y la quinta traducción que aparece. Merece la pena leerla, porque es un escritor de culto que tiene mucho que decirnos, enseñarnos y emocionarnos. Considerémoslo una tarea de libre cumplimiento (como la de leer a Robertson Davies). Para leer la entrevista de El País, basta con hacer clic en La embriaguez de la escritura.
Se dice mucho que es un escritor de culto. Desde luego para mí lo es. De hecho, en octubre de 2007 le dediqué la entrada 100. Y creo que he hablado de él alguna que otra vez. Para leer esa entrada, haced clic en Entrada 100: los vivos y Pierre Michon.
Ojalá, con esta entrevista de El País en las primeras páginas de Babelia pase a ser un autor más leído y más comprado. Así se podrá traducir el resto de sus obras. Ojalá encarguen algunas de ellas a María Teresa Gallego. En todo caso, un libro más de este autor es siempre motivo de celebración.
Se dice mucho que es un escritor de culto. Desde luego para mí lo es. De hecho, en octubre de 2007 le dediqué la entrada 100. Y creo que he hablado de él alguna que otra vez. Para leer esa entrada, haced clic en Entrada 100: los vivos y Pierre Michon.
Ojalá, con esta entrevista de El País en las primeras páginas de Babelia pase a ser un autor más leído y más comprado. Así se podrá traducir el resto de sus obras. Ojalá encarguen algunas de ellas a María Teresa Gallego. En todo caso, un libro más de este autor es siempre motivo de celebración.
sábado, 22 de agosto de 2009
Parvulario de verano 6. Robertson Davies

He leído su Trilogía de Deptford y podría escribir sobre el esplendor de su escritura. Ha sido uno descubrimiento de esos que por suerte se dan alguna vez. Concedeos el privilegio de sumergiros en esta trilogía; es la única que está traducida entera. Y en Wikipedia y la red podréis saber más de él.
Pero no es por eso que lo pongo. Un parvulario tiene que ver con la educación y en el segundo volumen, Pargetter, su profesor en Oxford, le dice al protagonista una frase que creo que es una crítica demoledora del sistema educativo moderno, basado en la especialización. He visto como un rayo que gran parte de los males que tenemos se deben no a la educación (eso ya lo sabíamos todos), sino a la educación formal especializada desconectada de la sociedad y la cultura.
Esta es la frase, que está en la página 285 del segundo volumen, Mantícora:
«"Si la práctica de la profesión es todo lo que se le enseña, la práctica de la profesión será también lo que nunca llegue a saber", decía citando a Blackstone. Así pues leí mucho de historia, ya que en mis tiempos mozos le había cogido el gusto gracias a Ramsay, y leí unos cuantos grandes clásicos, los que han conformado la mentalidad de los hombres desde hace generaciones, y de los cuales no he conseguido retener más que la vaga sensación de lo largos que eran y de lo listos que tenían que ser quienes de veras los apreciaran. Lo que más me gustaba era la poesía, y leí mucha.»
Pero no es por eso que lo pongo. Un parvulario tiene que ver con la educación y en el segundo volumen, Pargetter, su profesor en Oxford, le dice al protagonista una frase que creo que es una crítica demoledora del sistema educativo moderno, basado en la especialización. He visto como un rayo que gran parte de los males que tenemos se deben no a la educación (eso ya lo sabíamos todos), sino a la educación formal especializada desconectada de la sociedad y la cultura.
Esta es la frase, que está en la página 285 del segundo volumen, Mantícora:
«"Si la práctica de la profesión es todo lo que se le enseña, la práctica de la profesión será también lo que nunca llegue a saber", decía citando a Blackstone. Así pues leí mucho de historia, ya que en mis tiempos mozos le había cogido el gusto gracias a Ramsay, y leí unos cuantos grandes clásicos, los que han conformado la mentalidad de los hombres desde hace generaciones, y de los cuales no he conseguido retener más que la vaga sensación de lo largos que eran y de lo listos que tenían que ser quienes de veras los apreciaran. Lo que más me gustaba era la poesía, y leí mucha.»
[Gemma ha puesto en su comentario un vínculo a un artículo de Garía Montero que me parece muy interesante leer: lo podéis leer haciendo clic en Teoría impertinente de la literarura.]
Parvulario de verano 5. Límites del amor por Internet
Hoy me pasé por donde Crescencio, mi librero de segunda mano y amigo. Los sábados abre un puesto en un mercadillo de libros, discos antiguos y algo de artesanía en la Plaza Dos de Mayo.
Crescencio tiene una lista de libros que quiero sin prisa. Antes o después aparece uno en una de las bibliotecas que compra y me lo aparta. Cuando tengo prisa, me lo busca por las librerías de viejo de toda España y me lo compra. Es un método necesario, porque hay libros de venta no afortunada, pero gran valor en sí mismos, que desaparecen del mercado. Hoy, por ejemplo, tenía uno.
También me guarda y cuenta historias que recoge estando en la calle. Hoy me habló de un cliente joven, de unos treinta y cinco años, que solo busca y compra relatos. Le dijo que se iba de vacaciones a Nueva York. Al volver, le contó que la primera noche tenía una cita a ciegas con una amiga de una amiga de aquí y que fue un amor a primera vista. Loco, absoluto. Ni usó el hotel que había contratado.
Ahora están enamorados y demasiado lejos. Crescencio le dijo que, al menos, ahora Internet permitía mucha comunicación.
Cierto, contestó el cliente y supongo que también amigo de Crescencio. Pero en las conversaciones amorosas los silencios son muy importantes. ¿Cómo se usa el silencio en Internet?
Crescencio tiene una lista de libros que quiero sin prisa. Antes o después aparece uno en una de las bibliotecas que compra y me lo aparta. Cuando tengo prisa, me lo busca por las librerías de viejo de toda España y me lo compra. Es un método necesario, porque hay libros de venta no afortunada, pero gran valor en sí mismos, que desaparecen del mercado. Hoy, por ejemplo, tenía uno.
También me guarda y cuenta historias que recoge estando en la calle. Hoy me habló de un cliente joven, de unos treinta y cinco años, que solo busca y compra relatos. Le dijo que se iba de vacaciones a Nueva York. Al volver, le contó que la primera noche tenía una cita a ciegas con una amiga de una amiga de aquí y que fue un amor a primera vista. Loco, absoluto. Ni usó el hotel que había contratado.
Ahora están enamorados y demasiado lejos. Crescencio le dijo que, al menos, ahora Internet permitía mucha comunicación.
Cierto, contestó el cliente y supongo que también amigo de Crescencio. Pero en las conversaciones amorosas los silencios son muy importantes. ¿Cómo se usa el silencio en Internet?
sábado, 15 de agosto de 2009
Parvulario de verano 4. Viajes
En esto soy el raro y me voy a dar la oportunidad de explicarme. Por qué no me gusta viajar. Luego, si queréis, me crucificáis por lo que me pierdo, aunque será mejor enfocarlo por lo positivo: que habléis de lo que es viajar, eso tan bueno, para vosotros.
Si nos vamos atrás-atrás, recuerdo que con unos 14 años le comenté a mi madre que muchas noches tenía un sueño angustioso en el que perdía un tren y corría por las vías hasta la siguiente estación, que estaba a punto de pillarlo pero se ponía otra vez en marcha. ¿Sabes lo que es eso?, me dijo, que cuando todavía no andabas mi madre enfermó en Madrid y tuve que hacer un viaje urgente, llevándote conmigo. En una de las largas paradas, bajé llevándote en brazos para comprar algo de comer y perdimos el tren. Fue angustioso y tú debiste captarlo.
Mano de santo. Fue oír aquello y no volver a tener el sueño. Pero el mar rollo de los viajes siguió. Que siempre, cuando llego, me encante lo que encuentro no elimina la terrible inseguridad y angustia previajera.
Además, a poco que me dejen, me las arreglo para embrollarlo todo. Es más, L, mi compañera, que es una excelente viajera profesional, cuando viaja conmigo ayuda todo lo que puede a mantener mi maldición del bebé perdido con su madre en una estación provinciana de tren. Como ejemplo, una relación sucinta del viaje de Madrid al pueblo de montaña de León. Los presumidos dicen que lo hacen en tres horas (no les creo). Yo lo hago en cuatro porque nunca paso de los ecológicos 120 por hora, salvo cuando me despisto y sin darme cuenta voy a más de 140 y piso el freno (¿alguno de esos momentos habrá coincidido con un radar y, además de ser lento, me multarán por exceso de velocidad?) Para saber si es la guinda del pastel habrá que esperar.
A las 08:15 del sábado pasado voy al aparcamiento, donde tengo el coche como lo han dejado L y una amiga tras una visita a Ikea. Imposible ver nada por el retrovisor interior del coche. Pero me parece bien, porque el mobiliario de la casa es de 1920 y tenía ganas de contar con sillones cómodos con lámpara de lectura.
A las 08:30 la recojo en el portal y, con más fuerza que maña, remetemos el pequeño equipaje entre las cajas. En la esquina de arriba, cuando he de girar, me dice que se olvidó de las llaves de la casa. “¿Vuelvo?”. “No, mi madre tiene copias”. Ya nos hemos alejado lo suficiente para que se dé cuenta de una cosa. “¿Y si no está cuando lleguemos?”. O sea, vuelvo; pero de más lejos.
A las 08:45, estamos en el portal de casa, con las llaves, y marchamos contentos y felices. ¡Ay! El quiosco de siempre que viajamos está cerrado por vacaciones. Ya en Princesa, solo encuentro uno lateral que me aparta del camino y me obligará a dar un rodeo. Pero no me voy de Madrid un sábado sin “mi” Babelia. ¿Sabéis que los tengo desde el número 1, encuadernados?
A las 09:00 tomamos la carretera que deberíamos haber tomado más de 20 minutos antes. Nada más terminar la autopista le pregunto si quiere tomar café en un sitio que está bien. Me dice que no y tomo la primera curva, pegando un frenazo en 50 metros y deseando que el de atrás sepa frenar, porque se ha producido un accidente de dos coches con vueltas de campana. En lugar de tomar café, esperamos paseando por la autovía a que todo se arregle. Ahora sí quiere tomar café. Paro en el primero que hay para que desayune; pero yo, desde luego, no quiero tomar café.
Volvemos al coche y 40 kilómetros después le digo que me estoy durmiendo. ¡Ahora! sí quiero tomar café. Así que paramos. Habréis visto que no nos tomamos casi nada a mal. Paramos en cuanto uno quiera: qué más da llegar más tarde.
Parece que ahora va a ir todo a las mil maravillas hasta el pueblo. Pero el exceso de confianza es malo. Veo que un dibujito del coche me indica que hay alguna puerta abierta. Como es un coche de gama baja, me dice que hay puerta abierta, pero no indica cuál: en los más caros te lo avisa con precisión. Yo creo que hacen todos los coches igual de buenos y les van quitando cosas conforme el precio va bajando. Empiezo a despotricar de la carga que llevamos y de que seguro que la colocó mal y una de las puertas de atrás no estuvo bien cerrada (por una rotura de una vértebra lumbar, no cargo con algo más pesado que una bandeja de pasteles y es L la que se ocupa de esas cosas). Como me conoce, aguanta con dignidad (o sea, sin oírme mucho) la diatriba. Parar en el arcén a recargar es peligroso, así que seguimos a baja velocidad hasta encontrar un punto adecuado.
Un coche me adelanta, me pita y señala una puerta abierta: ¡la mía!, que cerré mal al salir del café. Para esto el arcén sirve. Así que lo arreglo. Los siguientes 10 minutos de silencio de L me resultan humillantes.
Dado cómo iba el viaje, no parecía el mejor día para buscar una ruta alternativa. Desde luego, ninguna persona sensata lo plantearía. Nosotros sí. Con buenos mapas en la mano, L lo prepara todo muy bien. Solo me dice que le preste mucha atención en los últimos 2 kilómetros, que son los liosos para llegar antes y mejor a la carretera comarcal que lleva directa al pueblo.
Todo está preparado. Y va funcionando bien. Pero al entrar en esos dos kilómetros llenos de rotondas que la primera no la coges, la segunda sí y luego hay otra que... ¡Suena el móvil de L! Su madre está preocupada porque tendríamos que haber llegado hace mucho. Es más fácil desatenderme a mí que cortar a su madre en 100 metros. Me ocupo de todo y con sonrisa de triunfo le digo: “¡No ha sido tan difícil! Estamos en la nacional XXX que nos lleva a la comarcal YYY. Todo resuelto”.
Pierdo la tranquilidad al darme cuenta de un detalle. Me deslumbra el sol, que en la dirección correcta debería darme por detrás.
No hay nada que no se pueda arreglar y al final llegamos. Eso sí, sin tiempo para tomar unos vinos antes de comer.
Si nos vamos atrás-atrás, recuerdo que con unos 14 años le comenté a mi madre que muchas noches tenía un sueño angustioso en el que perdía un tren y corría por las vías hasta la siguiente estación, que estaba a punto de pillarlo pero se ponía otra vez en marcha. ¿Sabes lo que es eso?, me dijo, que cuando todavía no andabas mi madre enfermó en Madrid y tuve que hacer un viaje urgente, llevándote conmigo. En una de las largas paradas, bajé llevándote en brazos para comprar algo de comer y perdimos el tren. Fue angustioso y tú debiste captarlo.
Mano de santo. Fue oír aquello y no volver a tener el sueño. Pero el mar rollo de los viajes siguió. Que siempre, cuando llego, me encante lo que encuentro no elimina la terrible inseguridad y angustia previajera.
Además, a poco que me dejen, me las arreglo para embrollarlo todo. Es más, L, mi compañera, que es una excelente viajera profesional, cuando viaja conmigo ayuda todo lo que puede a mantener mi maldición del bebé perdido con su madre en una estación provinciana de tren. Como ejemplo, una relación sucinta del viaje de Madrid al pueblo de montaña de León. Los presumidos dicen que lo hacen en tres horas (no les creo). Yo lo hago en cuatro porque nunca paso de los ecológicos 120 por hora, salvo cuando me despisto y sin darme cuenta voy a más de 140 y piso el freno (¿alguno de esos momentos habrá coincidido con un radar y, además de ser lento, me multarán por exceso de velocidad?) Para saber si es la guinda del pastel habrá que esperar.
A las 08:15 del sábado pasado voy al aparcamiento, donde tengo el coche como lo han dejado L y una amiga tras una visita a Ikea. Imposible ver nada por el retrovisor interior del coche. Pero me parece bien, porque el mobiliario de la casa es de 1920 y tenía ganas de contar con sillones cómodos con lámpara de lectura.
A las 08:30 la recojo en el portal y, con más fuerza que maña, remetemos el pequeño equipaje entre las cajas. En la esquina de arriba, cuando he de girar, me dice que se olvidó de las llaves de la casa. “¿Vuelvo?”. “No, mi madre tiene copias”. Ya nos hemos alejado lo suficiente para que se dé cuenta de una cosa. “¿Y si no está cuando lleguemos?”. O sea, vuelvo; pero de más lejos.
A las 08:45, estamos en el portal de casa, con las llaves, y marchamos contentos y felices. ¡Ay! El quiosco de siempre que viajamos está cerrado por vacaciones. Ya en Princesa, solo encuentro uno lateral que me aparta del camino y me obligará a dar un rodeo. Pero no me voy de Madrid un sábado sin “mi” Babelia. ¿Sabéis que los tengo desde el número 1, encuadernados?
A las 09:00 tomamos la carretera que deberíamos haber tomado más de 20 minutos antes. Nada más terminar la autopista le pregunto si quiere tomar café en un sitio que está bien. Me dice que no y tomo la primera curva, pegando un frenazo en 50 metros y deseando que el de atrás sepa frenar, porque se ha producido un accidente de dos coches con vueltas de campana. En lugar de tomar café, esperamos paseando por la autovía a que todo se arregle. Ahora sí quiere tomar café. Paro en el primero que hay para que desayune; pero yo, desde luego, no quiero tomar café.
Volvemos al coche y 40 kilómetros después le digo que me estoy durmiendo. ¡Ahora! sí quiero tomar café. Así que paramos. Habréis visto que no nos tomamos casi nada a mal. Paramos en cuanto uno quiera: qué más da llegar más tarde.
Parece que ahora va a ir todo a las mil maravillas hasta el pueblo. Pero el exceso de confianza es malo. Veo que un dibujito del coche me indica que hay alguna puerta abierta. Como es un coche de gama baja, me dice que hay puerta abierta, pero no indica cuál: en los más caros te lo avisa con precisión. Yo creo que hacen todos los coches igual de buenos y les van quitando cosas conforme el precio va bajando. Empiezo a despotricar de la carga que llevamos y de que seguro que la colocó mal y una de las puertas de atrás no estuvo bien cerrada (por una rotura de una vértebra lumbar, no cargo con algo más pesado que una bandeja de pasteles y es L la que se ocupa de esas cosas). Como me conoce, aguanta con dignidad (o sea, sin oírme mucho) la diatriba. Parar en el arcén a recargar es peligroso, así que seguimos a baja velocidad hasta encontrar un punto adecuado.
Un coche me adelanta, me pita y señala una puerta abierta: ¡la mía!, que cerré mal al salir del café. Para esto el arcén sirve. Así que lo arreglo. Los siguientes 10 minutos de silencio de L me resultan humillantes.
Dado cómo iba el viaje, no parecía el mejor día para buscar una ruta alternativa. Desde luego, ninguna persona sensata lo plantearía. Nosotros sí. Con buenos mapas en la mano, L lo prepara todo muy bien. Solo me dice que le preste mucha atención en los últimos 2 kilómetros, que son los liosos para llegar antes y mejor a la carretera comarcal que lleva directa al pueblo.
Todo está preparado. Y va funcionando bien. Pero al entrar en esos dos kilómetros llenos de rotondas que la primera no la coges, la segunda sí y luego hay otra que... ¡Suena el móvil de L! Su madre está preocupada porque tendríamos que haber llegado hace mucho. Es más fácil desatenderme a mí que cortar a su madre en 100 metros. Me ocupo de todo y con sonrisa de triunfo le digo: “¡No ha sido tan difícil! Estamos en la nacional XXX que nos lleva a la comarcal YYY. Todo resuelto”.
Pierdo la tranquilidad al darme cuenta de un detalle. Me deslumbra el sol, que en la dirección correcta debería darme por detrás.
No hay nada que no se pueda arreglar y al final llegamos. Eso sí, sin tiempo para tomar unos vinos antes de comer.
jueves, 6 de agosto de 2009
Parvulario de verano 3. ¡Nos ha escrito Sirwood!
[Como en un campamento de verdad, hemos tenido correo. Sirwood ha cumplido su palabra y nos ha enviado un relato. Yo tenía preparado un texto para ponerlo mañana e irme una semana por ahí, pero eso será a la vuelta. Que un alumno, por muy párvulo que sea, haga un trabajo de curso voluntariamente, es suficiente para que se dé a conocer. Pero además el tal Sirwood es un jodido mentiroso cuando dice que ya no escribe, pues escribe que me ha dejado tocado. (¡Soberbio, Genial!), decía él que tenía que poner como comentario a su texto. Yo, más sobrio, digo que me ha gustado, interesado y emocionado].
Tengo yo un conocido de esos que ahora dicen subsajarianos. No sé quién enderezó este mundo y lo puso de cabeza a esa cosa que llaman Norte, las brújulas no me han enseñado nunca un camino más cierto que otro. Abdellatif se llama. Yo le llamo Fersi. Que nadie me pregunte por qué. A él no le molesta, y yo soy un vago para los nombres largos. Nos vemos los jueves; algún viernes, si viene mal terciada la ocasión. No sabe palabra de español. Yo, muy correspondiente, ignoró la lengua que reza.
Los jueves -digo- nos juntamos. El lugar no es relevante. Señalemos uno de esos bares de más Ducados que Winston, más Mahou que Heineken y más tortilla que volovans; muy de faria y carajillo-Veterano entre semana y DYC con Fanta los domingos. Algún raído mono azul nos presta a diario despreocupada compañía.
Fersi toma café, montañas de café, y habla por los codos. Yo, por mi parte, estoy apegado a un blanco Requena que no lo hay de mayor bondad que uno que tomé en Cariñena cuando el bautizo de mi sobrino, no sé los años.
Lo mío es hablar hasta desecarme las meninges. De cómo nos conocimos no tiene importancia. Es más, yo mismo lo he olvidado con todo propósito. Tomamos asiento y charlamos. Fersi agarra la taza humeante y me empieza a contar. Yo escucho. No sé qué dice, y sin embargo entiendo. Me habla de una llanura caliente y lejana; de padre a la puerta de casa con árbol y sol; de madre a por agua; de hermano sin pierna; de animal peligroso. Piedra, ruido y tormenta. Un primer vestido. De un murmullo que amedrenta la noche larga y espesa. Y también de algún desalmado que ayer regateaba el miserable precio de una de sus baratas alfombras de colores.
Lo comprendo todo. En los decires contentos, sus manos se abren, suben y vuelan alegres a la altura de la barbilla, como las de mi tía Ignacia cuando cribaba centeno en el tiempo de mies recogida. Me acude la música. Hay sinfonía. Cuando argumenta, vuelve las palmas, sus manos descienden y sus dedos hurgan removedores el vacío. Me llega entonces mi hermana amasando panes sobre el suave tablero del horno del pueblo (mis recuerdos de infancia se limitan a mujeres y cereales). Si por el contrario se enfada, golpea la mesa con fuerza. El enojo llega entonces vibrante a mi brazo, apoyado en el canto de melamina malquemado por los cigarros de tantas partidas. El blanco Requena tiembla en el vaso y su dorado ondular lee contra el cristal la intensidad del enfado, como un sismógrafo de almas. Si veo que acaba, apuro el trago y pido más vino y café. Es mi turno.
Le hablo yo entonces de lo que me agobia, de las cosas que entiendo o creo entender, de las que me asombran y de las que me angustian: de la visita al médico, del puto trabajo... algo de fútbol entre medias para que los hombres azules sigan de espaldas y pidan más Veterano. Le cuento lo que me crecen los chicos, de lo apurado del sueldo y de la maldita suerte que me tuvo que traer al mundo en un año de tan poco arreglo. Todas esas cosas de por aquí. Fersi me mira y atiende en silencio. Otro Requena mientras me voy vaciando. En el parloteo, me hago música. Yo sé que sueno. Fersi es mi público.
Sé que me entiende, aunque no sepa de qué le estoy hablando. En mis énfasis, enarca las cejas y abre su frente a dos arcoiris luminosos. A veces sonríe; otras lo veo entristecerse. Cuando no, enfila al techo una sonora carcajada. Si me advierte en desánimo, adelanta sus labios y dibuja un cero. Entonces disparo mi puño, que golpea leve su pecho, y él me aparta la mano con una palmadita cariñosa. A lo más, si le hablo con saña, suelta un taco.
—¡Joder, Sirwood. Mal! —exclama.
Es por ahora todo su castellano.
En casa, los hijos me gritan; yo les ladro. Mi mujer calla; yo le devuelvo el silencio. En el trabajo, el jefe chilla; yo bramo. Los compañeros farfullan. En el fútbol, la peña vocifera; yo vocifero y me hago jauría. En la iglesia, el cura sermonea; yo me sermoneo a mí mismo sin necesidad de sotana. En los conciertos coreo sin ganas y en los entierros no hago más que apretar manos falsamente condolecidas.
Fersi es mi mejor amigo.
[Sirwood, también conocido como "Anónimo S." y algunos otros anonimatos firmados, tiene como blogo el nombre oficial de Quia Sint y un blog, La sombra se desliza, que podéis encontrar en http://lasombrasedesliza.blogspot.com/]
Fersi
Un relato de Sirwood
Un relato de Sirwood
Tengo yo un conocido de esos que ahora dicen subsajarianos. No sé quién enderezó este mundo y lo puso de cabeza a esa cosa que llaman Norte, las brújulas no me han enseñado nunca un camino más cierto que otro. Abdellatif se llama. Yo le llamo Fersi. Que nadie me pregunte por qué. A él no le molesta, y yo soy un vago para los nombres largos. Nos vemos los jueves; algún viernes, si viene mal terciada la ocasión. No sabe palabra de español. Yo, muy correspondiente, ignoró la lengua que reza.
Los jueves -digo- nos juntamos. El lugar no es relevante. Señalemos uno de esos bares de más Ducados que Winston, más Mahou que Heineken y más tortilla que volovans; muy de faria y carajillo-Veterano entre semana y DYC con Fanta los domingos. Algún raído mono azul nos presta a diario despreocupada compañía.
Fersi toma café, montañas de café, y habla por los codos. Yo, por mi parte, estoy apegado a un blanco Requena que no lo hay de mayor bondad que uno que tomé en Cariñena cuando el bautizo de mi sobrino, no sé los años.
Lo mío es hablar hasta desecarme las meninges. De cómo nos conocimos no tiene importancia. Es más, yo mismo lo he olvidado con todo propósito. Tomamos asiento y charlamos. Fersi agarra la taza humeante y me empieza a contar. Yo escucho. No sé qué dice, y sin embargo entiendo. Me habla de una llanura caliente y lejana; de padre a la puerta de casa con árbol y sol; de madre a por agua; de hermano sin pierna; de animal peligroso. Piedra, ruido y tormenta. Un primer vestido. De un murmullo que amedrenta la noche larga y espesa. Y también de algún desalmado que ayer regateaba el miserable precio de una de sus baratas alfombras de colores.
Lo comprendo todo. En los decires contentos, sus manos se abren, suben y vuelan alegres a la altura de la barbilla, como las de mi tía Ignacia cuando cribaba centeno en el tiempo de mies recogida. Me acude la música. Hay sinfonía. Cuando argumenta, vuelve las palmas, sus manos descienden y sus dedos hurgan removedores el vacío. Me llega entonces mi hermana amasando panes sobre el suave tablero del horno del pueblo (mis recuerdos de infancia se limitan a mujeres y cereales). Si por el contrario se enfada, golpea la mesa con fuerza. El enojo llega entonces vibrante a mi brazo, apoyado en el canto de melamina malquemado por los cigarros de tantas partidas. El blanco Requena tiembla en el vaso y su dorado ondular lee contra el cristal la intensidad del enfado, como un sismógrafo de almas. Si veo que acaba, apuro el trago y pido más vino y café. Es mi turno.
Le hablo yo entonces de lo que me agobia, de las cosas que entiendo o creo entender, de las que me asombran y de las que me angustian: de la visita al médico, del puto trabajo... algo de fútbol entre medias para que los hombres azules sigan de espaldas y pidan más Veterano. Le cuento lo que me crecen los chicos, de lo apurado del sueldo y de la maldita suerte que me tuvo que traer al mundo en un año de tan poco arreglo. Todas esas cosas de por aquí. Fersi me mira y atiende en silencio. Otro Requena mientras me voy vaciando. En el parloteo, me hago música. Yo sé que sueno. Fersi es mi público.
Sé que me entiende, aunque no sepa de qué le estoy hablando. En mis énfasis, enarca las cejas y abre su frente a dos arcoiris luminosos. A veces sonríe; otras lo veo entristecerse. Cuando no, enfila al techo una sonora carcajada. Si me advierte en desánimo, adelanta sus labios y dibuja un cero. Entonces disparo mi puño, que golpea leve su pecho, y él me aparta la mano con una palmadita cariñosa. A lo más, si le hablo con saña, suelta un taco.
—¡Joder, Sirwood. Mal! —exclama.
Es por ahora todo su castellano.
En casa, los hijos me gritan; yo les ladro. Mi mujer calla; yo le devuelvo el silencio. En el trabajo, el jefe chilla; yo bramo. Los compañeros farfullan. En el fútbol, la peña vocifera; yo vocifero y me hago jauría. En la iglesia, el cura sermonea; yo me sermoneo a mí mismo sin necesidad de sotana. En los conciertos coreo sin ganas y en los entierros no hago más que apretar manos falsamente condolecidas.
Fersi es mi mejor amigo.
[Sirwood, también conocido como "Anónimo S." y algunos otros anonimatos firmados, tiene como blogo el nombre oficial de Quia Sint y un blog, La sombra se desliza, que podéis encontrar en http://lasombrasedesliza.blogspot.com/]
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