jueves 4 de junio de 2009

Sobre la venganza


LLEVAR LAS LATAS ERA LO MÁS DIFÍCIL


Aplastado por el cielo blanco de verano, casi sordo por las chicharras, de espaldas a la colonia de casas con jardín y árboles, que era lo que realmente le asfixiaba, Pablo esperaba a que sus amigos terminaran de merendar, en su postura habitual cuando estaba solo: en cuclillas, arañando con un palito la tierra reseca, mirando hasta el horizonte de ese Levante desértico con algunas matas pequeñas y muchas piedras. Cegado y oprimido por el cielo, inmune al calor.
Después del partido de fútbol de más de dos horas que jugaban nada más terminar la comida, había merendado la botella de litro de gaseosa fría que su madre le dejaba pagada en la tienda. El instinto de no pasar por casa era superior al de tomarse un bocadillo. En cuclillas, sordo y ciego, se sentía en paz y a salvo. Esperando a los amigos.
Loco.
Porque de principios de septiembre a finales de junio, salvo Navidad y Semana Santa, iba al colegio todos los días de lunes a sábado. Y el domingo a la misa obligatoria. Porque en verano, la familia se trasladaba a esa colonia y todos querían descansar y que hubiera silencio. Porque lo que él necesitaba era gritar, agitarse, golpearse. Vaciar la cabeza. Por eso pasaba todo el tiempo en el desierto, poblándolo de lo inimaginable, dedicado a proponer lo más absurdo. A pesar de que era el más débil, la imaginación y la resistencia le valían para que se le tuviera en cuenta.

De uno en uno se fue formando el grupo de esa tarde. Pocos, porque era domingo y había padres que deseaban disfrutar de sus hijos, más dos primas sin nombre que había que arrastrar y Mónica, que sí tenía nombre porque se lo había ganado. Participaba en todo menos en el partido de fútbol y era la única que podía conseguir los objetos necesarios, como latas vacías donde meter los escorpiones que cazaba Pablo y luego iban metiendo en un círculo de fuego. Sacaba seis meses a Pablo, que tenía doce años recién cumplidos. Era pelirroja, muy flaca, pecosa y valiente.
—¿Por qué hay que matarlos? —preguntó en la primera cacería.
—Porque son malos y pican a la gente —respondió Pablo.
No puso ninguna objeción y colaboró como una más. Cualquiera podría haber dicho que en toda la historia conocida por ellos en la zona, nunca jamás uno de esos pequeños escorpiones había picado a nadie, salvo a Pablo, cuando se escapó uno pequeñito de una lata, le cayó en el pie y le clavó el aguijón. Se le hinchó un poco el pie, le pusieron una crema, durmió mal una noche y asunto zanjado. Como el tema de por qué los mataban. Podían picar; y eso era suficiente para hacer lo que hacían.

Mónica y Pablo guardaban dos secretos. Una tarde, jugando al escondite en la casa de ella, un edificio enorme de dos plantas más una torre, se escondieron en el mismo armario y se besaron en los labios. Ella le toqueteó y abrazó, y él a ella. La importancia de aquello iba más allá del hecho de satisfacer una curiosidad que había sido tema de innumerables conversaciones. Algo les unía, sintió Pablo.
Días más tarde, salieron solos, dejaron las bicicletas abajo de la barranca y se metieron a explorar una cueva. Donde todavía había luz, volvieron a besarse.
—Si me enseñas tu palo te enseño mi rajita.
—Primero tú —contestó Pablo.
Era la primera vez que veía una. En aquel entonces a lo más que se podía llegar era a mirar en las enciclopedias fotos de negras con las tetas descubiertas. Estuvo mirándola embobado, tocándosela, notaba que le gustaba con aquel sudor que la humedecía. “Despacito”, le dijo; y siguió hasta respirar muy fuerte.
Cambió el turno, se lo enseñó y ella empezó a tocarlo, conforme iba creciendo. Empezó a temblarle y al final le salieron unas gotitas de líquido transparente. Mónica recogió un poco en la mano y los dos lo olieron y lo probaron con la punta de la lengua. Era asqueroso y ácido. Se volvieron a besar, riendo, para quitarse ese gusto. De aquello, ni una palabra. Habían descubierto el misterio y de eso no se habla. Subieron la pendiente y se quedaron sentados arriba, viendo el mar terroso que se extendía hasta una montaña del fondo. Pablo, desde entonces, se sintió más en paz, más dulce, menos loco.

El que se escapó aquella tarde y le cayó sobre el pie, en la parte que dejaba libre la alpargata, era un poco más grande. El pie se le hinchó más y le llevaron al médico. Su padre no creyó ya en la casualidad de que “iba andando por el campo y casi lo piso y me picó”. Quedaban ocho días para terminar el veraneo, diez para volver al colegio, y estuvo castigado a no salir de la casa y el jardín; sus amigos no podían entrar. Alguna vez hablaron por la verja. Mónica, hija de un militar, se volvía a La Coruña y no iba a volver otro año. Pablo, como un fantasma, daba vueltas a la casa por el jardín, pensando en lo que le había hecho su padre. No iba a matar más escorpiones y deseó que crecieran y uno grande le picara a él. Aún loco como estaba, se daba cuenta de lo improbable de que sucediera. Tenía que hacer algo.

En el primer día de colegio, a la hora del rosario no lo rezó. El cura le llamó después y le preguntó que porque había estado con la boca cerrada, sin contestar a las avemarías.
—Es que ya no creo en Dios, oí decir a mi padre que no existe.

32 comentarios:

Lara dijo...

"Cegado y oprimido por el cielo


En cuclillas, sordo y ciego, se sentía en paz y a salvo. Esperando a los amigos.
Loco.


A pesar de que era el más débil, la imaginación y la resistencia le valían para que se le tuviera en cuenta


Mónica, que sí tenía nombre porque se lo había ganado.


Era asqueroso y ácido

..."


Todo eso señalaría con fluorescente, tan decisivo, tan literario, tan sencillo y encerrando tantas cosas.

Genial, Nano!

siempreconhistorias dijo...

Absolutamente de acuerdo con Lara. Genialísimo. Verás, el principió me cautivó, una carga descriptiva directa que me hizo ver el paisaje y sentir mi estómago lleno de gaseosa. A partir de la entrada de Mónia que se había ganado el derecho a nombre me enderecé en la silla y supe que releería. Los toqueteos en el armario me trasladaron directa a la niñez, la cueva y la tranquilidad posterior me dejó impactada de belleza. El final, tremendo.
Buenísimo, Nán. Un auténtico placer leerte.
Un beso

Mega dijo...

El rencor de ese niño surge, efectivamente, del dolor y de la conciencia. Qué bien lo escribiste y describiste, Nano.

Y qué precisión de título.

Isabel dijo...

¡¡¡Qué bien contado!!!

DELICADO

ENTRAÑABLE

TIERNO

CERTERO

Portorosa dijo...

También a mí me ha gustado, NáN. Y bastante.

Un abrazo, buen fin de semana y buena semana que viene.

eva- lazarzamora dijo...

Nano, eso es divino..
Menos mal que sigues trayendo de éstos...
Esa infancia punzante cual alacràn diciéndonos que todo era pecado, el tocarse, el sentirse, el meter bichos en las latas, el encontrar lagartijas de dos colas, el cortarles las colas, el adormecer tardîo de hacernos hombres y mujeres y descubrirnos el sexo, los olores, los veranos.
Las bicicletas eran para éso no? para el verano, donde se despertaban todos nuestros instintos, nuestros sueños, y pesar de las cruces y de los castigos, nos îbamos haciendo cada vez màs "nosotros" en ese largo aprendizaje iniciàtico lleno de picaduras y de culpas y de reproches.

Excelente, mi querido Nano, no sabes cuànto me gustô.
Un abrazo y mil besos.

eva- lazarzamora dijo...

y "a pesar de" las cruces quise escribir, disculpa...
Besos.

Bárbara dijo...

A mí me ha encantado ese primer contacto con el misterio, a partir de una rajita y un palito.
Y para que luego digan que los niños no son rencorosos... O igual es que había dejado de ser niño ese verano...
Oye, que me alegro de que nos lleguen puntuales tus cuentos, siempre es un placer leerlos.

Araceli Esteves dijo...

Qué bien relatada esa infancia que a mí me resulta tan familiar. Yo también la pasé en cuclillas, ciega y sorda. Muy bien, NáN, muy bien.

giovanni dijo...

Me gustó su foto de la felicidad. Yo tengo varias fotos de la felicidad en mi blog. Además, o primero, me gustó su comentario en el blog “Aquí me quedaré”. Hay que cuidar su buen ánimo, para si mismo y para los otros. Miedo sirve sólo cuando sea necesario. Pero jamás hay que perder el poder de reacción incluso cuando lo más apto es quedarse mudo o (medio) paralizado (recién un amigo me contó que se quedó inmóvil en el suelo fingiendo de tener un ataque de corazón cuando un grupo de jóvenes le tiraron al suelo en un parque; los chicos se asustaron y corrieron). Y en cuanto a la política, siempre hay que tratar de hacer algo, con el mejor ánimo posible, p.e. hablar sobre algún asunto con un vecino, un amigo o tu hermano ya aporta a algo.

Saludos desde Amsterdam

Reyes dijo...

Qué bonito , y qué bien contado...siempre digo lo mismo pero es que no sé decir más nada .
Nán, tendrías que publicar un libro de cuentos .
Besos

Microalgo dijo...

Y la venganza agazapada en las cuatro últimas palabras... como debe ser.

Impecable.

Anónimo dijo...

Hermoso relato, Nano, con toda
la inocencia del primer encuentro,
ese descubrirse, tocarse, en
total complicidad y secreto
a dos.
Me volvì a sentir niña con esa
mente calenturienta, inventora,
sorda y ciega a los adultos:
otra Mònica, sòlo que rubita.
¡Y què forma de vengarse!
Nos has hecho regresar a esos
dìas, casi olvidados.
¡Que precioso, Nano!

BB dijo...

Anònimo soy yo, BB.

NáN dijo...

Tus palabras son caricias, Lara. Procuraré no creérmelas del todo.

Gracias, Izaskun, qué bien sienta que alguien describa las emociones que le produce algo que has escrito. Saber, además, que lo escrito está fuera de ti y es compartido. Otro beso.

Estupendo lo que me dices, Mega, y me alegro de que te hayas fijado en el título. Son muy importantes para mí. Y normalmente cambian con el relato. ¿Sabías que hay una tribu de indios norteamericanos que el nombre verdadero por el que será recordada una persona se lo ponen cuando muere, cuando su vida ha terminado, de manera que resuma lo que ha sido?

Isabel, esas cuatro frases gritadas en mayúscula me dejan como golpeado por piedras de algodón de azúcar.

Ese "Y bastante", Portorrosa, me gusta "mucho".

Veo que también tú, Eva, te identificaste. No te imaginas la alegría que eso me produce. Que vayamos escribiendo todos textos cruzados de nuestras vidas.
Mil besos, sí.

NáN dijo...

Si dan placer, Barbara, habrá que seguir poniéndolos. Realmente debió ser terrible para ese niño descubrir el misterio y perderlo tan inmediatamente.

Araceli, veo que muchos compartimos esa historia, que el texto la ha revivido. Brindemos por esas niñas y niños perdidos bajo el sol del verano.

Giovanni, ya te he comentado en tu sitio lo agradable que ha sido encontrarme algo tan atractivo en español.

Como sé que lo dices porque lo crees, Reyes, ojalá te dé ocasión a que lo sigas diciendo. Pero cuando no sea así, ¡caña al mono! ¿Vale?

Gracias, Microalgo, así no tendré que confesarme.

Cómo me gusta lo que me dices, BB, que te hayas identificado con esa niña. Cuántas debió haber, que fueron, fuisteis, acalladas por la sociedad (los chicos lo tuvimos algo, no mucho, más fácil). Es un buen homenaje a esas niñas valientes.

emigrante dijo...

el alma, llena de clavos.

las manos, intactas.

María a rayas dijo...

jijiji (es un jijiji que dice al resto de posteadores/blogueros entre dientes...chincha rabiña que yo lo escuché antes, lo disfrute antes...;-)

e igual que ahora (y que al resto) me ha encantado. Nan, últimamente te estas saliendo por todas partes...los dos últimos me han gustado mucho mucho...

besazo!

moreiras dijo...

Me gusta la aguda realidad con la que escribes.
Te me apunto.
Un saludo

Luna dijo...

Decir me gusta es poca cosa.
No me sale nada más.
No me acordaba de esos fantasmas.

Carolaine dijo...

Hola, vengo aquí por Porto... Puedo?

Aún tengo los pelos de punta por lo que acabo de leer, y además, no sé muy bien por qué, me he puesto triste, quizás es porque aquí, hoy, llueve. Yo qué sé.
Me ha parecido precioso, mucho...

Un saludo.

(Luna, qué alegría leerte)

Єѕтnoм dijo...

Ahí lo has clavao, niño, como dios manda.

Beeeeessoooooossssssssss...

Anónimo dijo...

Muy bien escrito.


Sirwood.

Luna dijo...

Hola Carola y gracias.
Hola S.
Es fiesta aquí, en Madrid.

Besos a todos

A filla do mar dijo...

Estimado NáN,
me ha encantado tu relato.

Y me recuerda lo importante que es no perder de vista la medida de las cosas, que no debo despreciar la importancia que para mi hijo, como niño, pueden tener cosas que para mi, como adulta, son insignificantes.

Cuanto dolor y cuanta tristeza puedo llegar a ahorrarle sólo con prestar un poco de atención, y ponerme en su lugar.

Gracias.

Ah! Y tiene usted abiertas las puertas de mi casa ;-)

Anónimo dijo...

¿Madrid? Eso está pasado Talavera, ¿no?

Sirwood.

Luna dijo...

Efectivamente Sirwod, no se olvide pasar por la plaza del tres en uno y bailar la jota de la manzana.
¿Vale?

NáN dijo...

emigrante, bien venido por aquí. Fundamos esos clavos.

Besazo, María, además de los trabajos del taller, tengo mis trucos y lecturas de aprendizaje (secretos, ji, jí).

También tú andas apuntado, Moreiras, bienvenido por aquí.

No es poca cosa, Luna y hacer sentir los fantamas olvidados: de eso se trata.

Claro que puedes, Carolaine. Muchas veces he visto tus series de fotos de Oriente.

Beeessooos, estnom, pero te advierto que por aquí dios manda muy poco... ¡Ostis! Acabo de esquivar un rayo.

Sirwood, un placer viniendo de su teclado. (de su otro comentario, paso, bien sabe usted que Talavera está en Arkansas).

Luna de nuevo, aquí en Madrid es fiesta siempre, solo que los pobres nada más podemos disfrutar las oficiales.

¡Filla!, qué bien que tengas abierta ya tu casa, he merodeado un poco. Te visitaré a menudo.
Con respecto a lo otro, gracias (y atención y cariño, bien medidos, y despreocúpate de lo demás).

A todos, gracias.

Carolaine dijo...

Jolín, NáN...
Gracias.

Portorosa dijo...

¡Dios mío, todos tan amigos y tan felices... parecemos de otro mundo!

NáN dijo...

Carolaine, a cada uno lo que se merece.

Ya ve usted Señor de Portorrosa, sin el permiso de usted se ha producido un trasvase (creo que ilegal). No tendré más remedio que acabar aceptando un espacio de juegos risas diversión, con la esperanza de que alguno de ellos lea alguna vez el post que he escrito.

TortugaBoba dijo...

Qué bien describes esos primeros momentos ante lo desconocido y anhelado. Un placer leer este texto.
Besito.