Estoy trabajando en un texto personal para poner aquí que puede, o no, estar este fin de semana. Pero he quedado atrapado por este texto del Nóbel de economía 2001. Sé que por mucho que lo digo, no visitáis el último de mis links favoritos y no quiero que se pierda la oportunidad de que lo leáis. Todas las semanas, se actualiza con varios artículos. Pero no quiero que os perdáis este. En cuanto tenga el mío, lo subo también: sin miedo a la acumulación.
Si busca crecimiento, gire a la izquierda
Joseph E. Stiglitz en Project-Syndicate (26/08/08)
NUEVA YORK
Tanto la izquierda como la derecha dicen defender el crecimiento económico. ¿Esto quiere decir que los votantes que intentan decidirse entre ambas no tendrían más que pensar que se trata de algo así como elegir equipos de gestión alternativos?
¡Ojalá las cosas fueran tan fáciles! Parte del problema tiene que ver con el papel que juega la suerte. La economía de Estados Unidos estuvo bendecida en los años 1990 con precios bajos de la energía, un ritmo alto de innovación y la oferta cada vez mayor por parte de China de productos de alta calidad a precios cada vez más bajos. Todo esto se combinó para producir una inflación baja y un crecimiento rápido.
El presidente Clinton y el entonces presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Alan Greenspan, merecen escaso crédito por todo esto -aunque, sin duda, la implementación de malas políticas podría haber complicado las cosas-. En cambio, los problemas a los que nos enfrentamos hoy -precios elevados de la energía y de los alimentos y un sistema financiero en crisis- fueron generados, en gran medida, por malas políticas.
Existen, por cierto, grandes diferencias en las estrategias de crecimiento, que tornan factibles diferentes resultados. La primera diferencia tiene que ver con cómo se concibe el crecimiento en sí. El crecimiento no es sólo cuestión de aumentar el PBI. Debe ser sostenible: un crecimiento basado en la degradación ambiental, una orgía de consumo financiado con endeudamiento o la explotación de recursos naturales escasos, sin reinvertir las ganancias, no es sostenible.
El crecimiento también debe ser inclusivo; al menos una mayoría de los ciudadanos deben resultar beneficiados. La economía por carácter transitivo no funciona: un aumento del PBI, en realidad, puede dejar a la mayoría de los ciudadanos peor parados. El reciente crecimiento de Estados Unidos no fue ni económicamente sustentable ni inclusivo. La mayoría de los norteamericanos hoy están peor que hace siete años.
Pero tiene que haber una ventaja relativa entre desigualdad y crecimiento. Los gobiernos pueden mejorar el crecimiento aumentando la inclusividad. El recurso más valioso de un país es su pueblo. De manera que es esencial asegurar que todos puedan vivir de la mejor manera posible, lo que requiere oportunidades de educación para todos.
Una economía moderna también requiere correr riesgos. Los individuos están más dispuestos a asumir riesgos si existe una buena red de contención. De lo contrario, los ciudadanos tal vez exijan protección de la competencia extranjera. La protección social es más eficiente que el proteccionismo.
El no promover la solidaridad social puede tener otros costos, entre los cuales no son menores los gastos sociales y privados necesarios para proteger la propiedad y encarcelar a los delincuentes. Se calcula que de aquí a unos años, Estados Unidos tendrá más gente trabajando en el negocio de la seguridad que en el sector de educación. Un año en la cárcel puede costar más que un año en Harvard. El costo que implica encarcelar a dos millones de norteamericanos –uno de los índices más altos en el mundo- debería considerarse como una deducción del PBI; sin embargo, se suma.
Una segunda diferencia importante entre la izquierda y la derecha tiene que ver con el papel del estado a la hora de promover el desarrollo. La izquierda entiende que el rol del gobierno en cuanto a proporcionar infraestructura y educación, desarrollar tecnología y hasta actuar como emprendedor es vital. El gobierno sentó las bases de Internet y las revoluciones biotecnológicas modernas. En el siglo XIX, la investigación en las universidades respaldadas por el gobierno de Estados Unidos sirvió de base para la revolución agrícola. El gobierno luego acercó estos avances a millones de granjeros norteamericanos. Los préstamos a pequeñas empresas han sido medulares en la creación no sólo de nuevas empresas, sino de nuevas industrias en su totalidad.
La diferencia final puede parecer extraña: la izquierda ahora entiende los mercados y el papel que pueden y deberían desempeñar en la economía. La derecha, especialmente en Estados Unidos, no. La Nueva Derecha, estereotipada por la administración Bush-Cheney, es realmente corporativismo del viejo bajo un nuevo disfraz.
No son libertarios. Creen en un estado fuerte con poderes ejecutivos robustos, pero un estado utilizado en defensa de intereses establecidos, que le brinda escasa atención a los principios del mercado. La lista de ejemplos es larga, pero incluye subsidios a grandes granjas corporativas, aranceles para proteger a la industria del acero y, más recientemente, los mega-rescates de Bear Stearns, Fannie Mae y Freddie Mac. Pero la inconsistencia entre retórica y realidad es de larga data: el proteccionismo se expandió durante el gobierno de Reagan, incluso a través de la imposición de las llamadas restricciones voluntarias a las exportaciones de autos japoneses.
Por el contrario, la nueva izquierda intenta hacer que los mercados funcionen. Los mercados sin trabas no funcionan bien por cuenta propia –una conclusión reforzada por la actual debacle financiera-. Los defensores de los mercados a veces admiten que fallan, incluso de manera desastrosa, pero sostienen que los mercados se “autocorrigen”. Durante la Gran Depresión, se escuchaban argumentos similares: el gobierno no necesitaba hacer nada, porque los mercados, a la larga , llevarían a la economía de nuevo al pleno empleo. Pero, como dijo John Maynard Keynes, a la larga todos estamos muertos.
Los mercados no se autocorrigen en un margen de tiempo relevante. Ningún gobierno puede mantenerse ocioso mientras un país cae en la recesión o la depresión, incluso cuando éstas estuvieran causadas por la ambición excesiva de los banqueros o el error por parte de los mercados de seguridad y las agencias de calificación a la hora de evaluar los riesgos. Pero si los gobiernos van a pagar las cuentas de hospital de la economía, deben actuar de manera tal que la hospitalización no resulte tan necesaria. El mantra de desregulación de la derecha era lisa y llanamente un error, y ahora estamos pagando el precio. Y el precio –en términos de pérdida de producción- será alto, superando quizá los 1,5 billones de dólares sólo en Estados Unidos.
La derecha suele rastrear su origen intelectual hasta Adam Smith, pero mientras que Smith reconocía el poder de los mercados, también reconocía sus límites. Incluso en su época, las empresas pensaban que podían incrementar más fácilmente las ganancias si conspiraban para que aumentaran los precios que si elaboraban productos innovadores de manera más eficiente. Hacen falta leyes antimonopólicas sólidas.
Es fácil ser el anfitrión de una fiesta. Por el momento, todos se sienten bien. Promover el crecimiento sostenible es mucho más difícil. Hoy, a diferencia de la derecha, la izquierda tiene una agenda coherente que no sólo ofrece mayor crecimiento, sino también justicia social. Para los votantes, la elección debería ser sencilla.
Joseph E. Stiglitz, profesor en la Universidad de Columbia, recibió el premio Nobel de Economía en 2001. Es co-autor, junto con Linda Bilmes, de The Three Trillion Dollar War: The True Costs of the Iraq Conflict.
Copyright: Project Syndicate, 2008.
Traducción de Claudia Martínez
sábado, 30 de agosto de 2008
jueves, 21 de agosto de 2008
Daniel Saldaña Paris recuerda sus tiempos con Pablo L.T. (o Las Islas Coco son para quien las merece)
Antes de empezar, decir que en julio de 2007 le dediqué una entrada a Pablo (leer AQUÍ) que merece la pena sobre todo por la foto suya, a la que él mismo puso como pie “Seminarista en celo”. Contaba allí algo de lo que DSP cuenta ahora magníficamente en la conocida revista Letras Libres.
De Pablo qué decir, salvo que siempre me ha gustado tanto lo que escribe y lo que vive. Y que tras dos años tratándonos de usted, una tarde nos hicimos amigos y me abrazó, y me enseñó a abrazar a quien quiero cuando lo veo, en lugar de hacer esa leve inclinación de cabeza al estilo de un militar decimonónico (no me gusta dar la mano salvo en las cosas de trabajo, ni menos todavía el beso en la mejilla).
Por Pablo conocí a Daniel, y a la rubia Cristina, y a otro poeta mexicano del que solo recuerdo que era un gigantón. Durante varios meses, ver pasar por las calles de Malasaña a Daniel, Cristina y el Gigantón me causaba un placer especial, al saludarnos de acera a acera. Me parecía que daban un sentido a las cosas.
De Daniel he sabido por Pablo, que me ha dado a leer muchos más poemas suyos de los que Daniel sospecha. También conocía cosas como que, cuando Cristina y él se fueron a México, le enviaron a Pablo una caja con un trozo de pared de la casa donde vivían, para que supiera que “ésta es tu casa”.
Ahora Daniel es un joven y reconocido poeta mexicano y la historia de las Islas Coco nos llega magníficamente contada por él en una de las revistas de más prestigio. Se puede leer en la propia revista haciendo clic AQUÍ, o leerla también entera a continuación, porque la copio y pego entera.
LETRAS LIBRES
JULIO DE 2008
Geografías
Las islas coco
Por Daniel Saldaña Paris
La obsesión en torno a las Islas Coco llegó a mí como por contagio, en mitad de una temporada de ocio en un Madrid cultural y climáticamente árido. Cierto amigo se refería de vez en cuando a las mentadas islas, la mayoría de las veces sin venir muy al caso, supongo que por el simple gusto de tener en la boca un topónimo tan original. El nombre dejaba traslucir un carácter pintoresco y quisimos suponer simpáticos salvajes con idiomas basados en chiflidos.
Pero las Islas Coco fueron adquiriendo mayor presencia en nuestras vidas, y le asignamos a aquel lugar –aún imaginario– todos los valores de exotismo que el Café Manuela era capaz de despertar en nosotros. Ahora que lo pienso, creo que nos refugiábamos en los hipotéticos rituales que acontecían por aquellas costas para obviar las también absurdas costumbres que el local madrileño presentaba: en torno nuestro, una juventud de estentóreos vozarrones se exaltaba con algún juego de mesa que exigía de ellos pegarse en la frente una carta –en mi desprecio, quiero creer que con saliva– y hacer innumerables pantomimas mientras vaciaban tarros y tarros de cerveza. Para colmo, las exposiciones añadían al ambiente un toque de desquiciante dadaísmo involuntario, enmarcando a los jugadores de baraja en una orgía de colores chillones que, en el mejor de los casos, representaba a antiguas cantantes de flamenco en clave pop art.
Imaginamos entonces un archipiélago perdido entre Asia y Oceanía, compuesto por islotes someramente adornados por una palmera (el nombre de las islas lo pedía) y por un perro flaquísimo, que en nuestro postrero retiro (ya viejos, fundaríamos allí nuestro imperio de ocio y decadencia) sería el amigo molestamente fiel que nos seguiría por la playa mientras aventáramos latas vacías de Coca-Cola a los inalcanzables aeroplanos.
Internet es un invento peligroso cuando se tiene tiempo libre y una obsesión ultraespecífica. No contentos con nuestras especulaciones en torno a las Islas Coco, decidimos buscarlas en Google y establecer contacto con sus habitantes. Después de naufragar (son pocos los que realmente navegan en internet) durante algunas horas, encontramos una serie de datos que suplieron a las trilladas imágenes que nos habíamos fabricado.
Las Islas Coco, cuyo nombre oficial es Cocos Keeling Islands, pertenecen políticamente a Australia, y su población (629 habitantes) se divide en una mayoría de australianos y una minoría de malayos, geográficamente separados en cada una de las dos islas principales. La única forma de llegar es en hidroavión desde las Islas Christmas (desde donde, por cierto, emite la única estación de radio que captan los aparatos de las Islas Coco). El punto medio del rocío está en torno a los 12º C. Hay un pequeño hotel en la isla de habitantes australianos, a la que acuden muchos de los malayos, en barcas, para trabajar (sabe Dios en qué) durante el día. En ese mismo islote (que es el de mayor tamaño) hay un habitante que, según reportes, habla, además del inglés generalizado, portugués y francés; a él debe acudirse si se desea cualquier tipo de información turística. Si no recuerdo mal, es en la otra isla, la de los malayos, donde se puede encontrar una computadora de acceso público con conexión a internet.
Yendo quizá demasiado lejos en nuestras pesquisas, contactamos con un catalán que al parecer había pasado unos cuantos días en las Islas Coco, la tercera o cuarta vez que dio la vuelta al mundo. Le escribimos un e-mail deseosos de conocer sus impresiones, bajo el pretexto de querer fundar en aquel emplazamiento, dentro de unos cuantos años, un museo sede de una nueva pero trasnochada vanguardia artística. El catalán, menos comprensivo de lo que cabría suponer dado su vasto plexo de experiencias y viajes, apenas nos dio algunas de las direcciones prácticas que consigné en el párrafo anterior, junto con una fotografía de una boda malaya celebrada allí y otra, absolutamente convencional, que podría ser un anuncio de cualquier hotel en el Caribe.
Finalmente conseguimos una dirección postal de las islas y nos apresuramos, todavía en el cenit de nuestra arbitraria fascinación, a enviar dos o tres cartas por semana, muchas de las cuales, sin presentar texto alguno, consistían en objetos tan variados como una esponja de mar o una estampita de virgen. Esperábamos una respuesta entusiasta, de alguna mujer exuberante y solitaria que, comprendiendo plenamente las razones de nuestros incesantes envíos, estableciera con nosotros una correspondencia a base de objetos, mandándonos, a cambio de mi cepillo de dientes usado, algún botón arrancado a su vestido favorito. Pero supongo (ahora que ya no me ciega la intensidad de una obsesión geográfica) que esperar semejante respuesta era tan gratuito como todo lo que me pasó respecto a aquella región soleada y absolutamente desconocida de la Tierra. Más allá de un ocio voraz y un verano desmesuradamente caluroso, no había nada que justificara el repentino interés que mi amigo y yo sentimos por las Islas Coco.
Al cabo de un par de meses, cuando ya era más extraño que las islas aparecieran en nuestra conversación, y cuando ya los amigos, preocupados al principio, habían dejado de preguntarnos por el avance de nuestras investigaciones, recibí la primera de las cartas enviadas, con un sello en el que se especificaba la causa de la devolución: la dirección postal estaba incompleta. Lejos de desilusionarme, el retorno de mi carta reavivó la obsesión: ahora tenía una serie de objetos, testigos mudos de los mecanismos postales de la mitad del globo, que ¡habían estado en las Islas Coco!
Se instauró el envío de paquetes como un medio personalísimo de consagración de utensilios. Sucesivamente conocieron el aire de las islas varias de mis más preciadas pertenencias, que volvían a casa después de sesenta días, con el halo casi místico de lo que ha tocado el paraíso. Mi pluma Parker no volvió a escribir con la misma fluidez, pero en el fondo era preferible que se atorara la tinta sabiendo que escribía con un objeto curtido en el aire y el salitre de aquel ignoto archipiélago.
Un buen día los paquetes y las cartas ya no regresaron. Nunca supe si la mujer exuberante y solitaria había terminado por aceptar nuestras ofrendas con resignación o si había muerto el único cartero, aquel recomendado políglota que conocía mejor que nadie las intimidades y los vicios de los 629 habitantes de las Islas Coco. ~
De Pablo qué decir, salvo que siempre me ha gustado tanto lo que escribe y lo que vive. Y que tras dos años tratándonos de usted, una tarde nos hicimos amigos y me abrazó, y me enseñó a abrazar a quien quiero cuando lo veo, en lugar de hacer esa leve inclinación de cabeza al estilo de un militar decimonónico (no me gusta dar la mano salvo en las cosas de trabajo, ni menos todavía el beso en la mejilla).
Por Pablo conocí a Daniel, y a la rubia Cristina, y a otro poeta mexicano del que solo recuerdo que era un gigantón. Durante varios meses, ver pasar por las calles de Malasaña a Daniel, Cristina y el Gigantón me causaba un placer especial, al saludarnos de acera a acera. Me parecía que daban un sentido a las cosas.
De Daniel he sabido por Pablo, que me ha dado a leer muchos más poemas suyos de los que Daniel sospecha. También conocía cosas como que, cuando Cristina y él se fueron a México, le enviaron a Pablo una caja con un trozo de pared de la casa donde vivían, para que supiera que “ésta es tu casa”.
Ahora Daniel es un joven y reconocido poeta mexicano y la historia de las Islas Coco nos llega magníficamente contada por él en una de las revistas de más prestigio. Se puede leer en la propia revista haciendo clic AQUÍ, o leerla también entera a continuación, porque la copio y pego entera.
LETRAS LIBRES
JULIO DE 2008
Geografías
Las islas coco
Por Daniel Saldaña Paris
A Pablo Lapuente, cartógrafo de la nada
La obsesión en torno a las Islas Coco llegó a mí como por contagio, en mitad de una temporada de ocio en un Madrid cultural y climáticamente árido. Cierto amigo se refería de vez en cuando a las mentadas islas, la mayoría de las veces sin venir muy al caso, supongo que por el simple gusto de tener en la boca un topónimo tan original. El nombre dejaba traslucir un carácter pintoresco y quisimos suponer simpáticos salvajes con idiomas basados en chiflidos.
Pero las Islas Coco fueron adquiriendo mayor presencia en nuestras vidas, y le asignamos a aquel lugar –aún imaginario– todos los valores de exotismo que el Café Manuela era capaz de despertar en nosotros. Ahora que lo pienso, creo que nos refugiábamos en los hipotéticos rituales que acontecían por aquellas costas para obviar las también absurdas costumbres que el local madrileño presentaba: en torno nuestro, una juventud de estentóreos vozarrones se exaltaba con algún juego de mesa que exigía de ellos pegarse en la frente una carta –en mi desprecio, quiero creer que con saliva– y hacer innumerables pantomimas mientras vaciaban tarros y tarros de cerveza. Para colmo, las exposiciones añadían al ambiente un toque de desquiciante dadaísmo involuntario, enmarcando a los jugadores de baraja en una orgía de colores chillones que, en el mejor de los casos, representaba a antiguas cantantes de flamenco en clave pop art.
Imaginamos entonces un archipiélago perdido entre Asia y Oceanía, compuesto por islotes someramente adornados por una palmera (el nombre de las islas lo pedía) y por un perro flaquísimo, que en nuestro postrero retiro (ya viejos, fundaríamos allí nuestro imperio de ocio y decadencia) sería el amigo molestamente fiel que nos seguiría por la playa mientras aventáramos latas vacías de Coca-Cola a los inalcanzables aeroplanos.
Internet es un invento peligroso cuando se tiene tiempo libre y una obsesión ultraespecífica. No contentos con nuestras especulaciones en torno a las Islas Coco, decidimos buscarlas en Google y establecer contacto con sus habitantes. Después de naufragar (son pocos los que realmente navegan en internet) durante algunas horas, encontramos una serie de datos que suplieron a las trilladas imágenes que nos habíamos fabricado.
Las Islas Coco, cuyo nombre oficial es Cocos Keeling Islands, pertenecen políticamente a Australia, y su población (629 habitantes) se divide en una mayoría de australianos y una minoría de malayos, geográficamente separados en cada una de las dos islas principales. La única forma de llegar es en hidroavión desde las Islas Christmas (desde donde, por cierto, emite la única estación de radio que captan los aparatos de las Islas Coco). El punto medio del rocío está en torno a los 12º C. Hay un pequeño hotel en la isla de habitantes australianos, a la que acuden muchos de los malayos, en barcas, para trabajar (sabe Dios en qué) durante el día. En ese mismo islote (que es el de mayor tamaño) hay un habitante que, según reportes, habla, además del inglés generalizado, portugués y francés; a él debe acudirse si se desea cualquier tipo de información turística. Si no recuerdo mal, es en la otra isla, la de los malayos, donde se puede encontrar una computadora de acceso público con conexión a internet.
Yendo quizá demasiado lejos en nuestras pesquisas, contactamos con un catalán que al parecer había pasado unos cuantos días en las Islas Coco, la tercera o cuarta vez que dio la vuelta al mundo. Le escribimos un e-mail deseosos de conocer sus impresiones, bajo el pretexto de querer fundar en aquel emplazamiento, dentro de unos cuantos años, un museo sede de una nueva pero trasnochada vanguardia artística. El catalán, menos comprensivo de lo que cabría suponer dado su vasto plexo de experiencias y viajes, apenas nos dio algunas de las direcciones prácticas que consigné en el párrafo anterior, junto con una fotografía de una boda malaya celebrada allí y otra, absolutamente convencional, que podría ser un anuncio de cualquier hotel en el Caribe.
Finalmente conseguimos una dirección postal de las islas y nos apresuramos, todavía en el cenit de nuestra arbitraria fascinación, a enviar dos o tres cartas por semana, muchas de las cuales, sin presentar texto alguno, consistían en objetos tan variados como una esponja de mar o una estampita de virgen. Esperábamos una respuesta entusiasta, de alguna mujer exuberante y solitaria que, comprendiendo plenamente las razones de nuestros incesantes envíos, estableciera con nosotros una correspondencia a base de objetos, mandándonos, a cambio de mi cepillo de dientes usado, algún botón arrancado a su vestido favorito. Pero supongo (ahora que ya no me ciega la intensidad de una obsesión geográfica) que esperar semejante respuesta era tan gratuito como todo lo que me pasó respecto a aquella región soleada y absolutamente desconocida de la Tierra. Más allá de un ocio voraz y un verano desmesuradamente caluroso, no había nada que justificara el repentino interés que mi amigo y yo sentimos por las Islas Coco.
Al cabo de un par de meses, cuando ya era más extraño que las islas aparecieran en nuestra conversación, y cuando ya los amigos, preocupados al principio, habían dejado de preguntarnos por el avance de nuestras investigaciones, recibí la primera de las cartas enviadas, con un sello en el que se especificaba la causa de la devolución: la dirección postal estaba incompleta. Lejos de desilusionarme, el retorno de mi carta reavivó la obsesión: ahora tenía una serie de objetos, testigos mudos de los mecanismos postales de la mitad del globo, que ¡habían estado en las Islas Coco!
Se instauró el envío de paquetes como un medio personalísimo de consagración de utensilios. Sucesivamente conocieron el aire de las islas varias de mis más preciadas pertenencias, que volvían a casa después de sesenta días, con el halo casi místico de lo que ha tocado el paraíso. Mi pluma Parker no volvió a escribir con la misma fluidez, pero en el fondo era preferible que se atorara la tinta sabiendo que escribía con un objeto curtido en el aire y el salitre de aquel ignoto archipiélago.
Un buen día los paquetes y las cartas ya no regresaron. Nunca supe si la mujer exuberante y solitaria había terminado por aceptar nuestras ofrendas con resignación o si había muerto el único cartero, aquel recomendado políglota que conocía mejor que nadie las intimidades y los vicios de los 629 habitantes de las Islas Coco. ~
lunes, 18 de agosto de 2008
El ordenador roto y la memoria
Estoy sin ordenador, por eso algunos habréis notado que he faltado a varias citas. Probablemente sea la fuente de alimentación, en cuyo caso lo tendré esta tarde o mañana. Pero he fantaseado con la posibilidad de que me haya quedado sin disco duro; sin la memoria de tantos escritos que no estaban en ninguna otra parte. Sería una pena, pero también una oportunidad. Todo lo que de verdad tenía significado tendría la oportunidad de rehacerlo, probablemente mejor; otras muchas cosas habrían desaparecido, merecidamente, para siempre. Una nueva memoria sería una nueva oportunidad, aunque temo que igual de desaprovechada como la anterior.
Es una suerte que el correo que uso mayoritariamente sea de gmail, que puedo consultar desde cualquier sitio. El de Outlook se abre directamente, sin poner una contraseña que hace años olvidé. Si el discuro duro ha desaparecido, no tendré oportunidad de volver a abrir esa cuenta de correo. Algún amigo me escribe allí muy de tarde en tarde, y ese mensaje se perderá, pero tengo unos veinte mensajes diarios, que seguirían cayendo día a día en la cesta del olvido. Y es que debo tener otra vida de la que no soy consciente; a lo mejor, soy sonámbulo y por eso a veces me levanto tan cansado. Todos los días me escriben varias amigas de nombres increíbles para decirme que disfrutarían más conmigo si me hiciera un alargamiento de pene. Les agradezco la sinceridad, pero deberían reconocer que son un poco pesadas y molestas: con que lo hubieran dicho una vez, ya me habría llegado el mensaje. Otros amigos, que deben estar al tanto de esto, me quieren vender viagras a unos precios increíbles: podría tomarme 10 ó 12 al día sin poner en peligro mi presupuesto. Luego están unos eslavos que todavía no escriben bien el español o usan un traductor automático. El caso es que todos los días se celebra El Gran Juego: una oportunidad renovada. Me lo pierdo siempre (la verdad es que ni siquiera sé dónde se puede participar), pero ellos me echan de menos: "Yo he echado de menos a tú en El Gran Juego de ayer, fue formidable, pero estás a tiempo para el siguiente...". Con tanto ajetreo, otros se preocupan de mi salud y me ofrecen una farmacopea natural a precios ridículos y de efectos grandiosos. Así se cierra el círculo, porque los de los Rolex han desaparecido: debieron pensar que llevaba ya un Rolex incluso en cada tobillo.
Perder una memoria así no creo que sea lamentable. Pienso si mi memoria humana, cuando se pierda, no estará llena de tantas inmundicias cotidianas.
Amenazo con volver: y pronto.
Es una suerte que el correo que uso mayoritariamente sea de gmail, que puedo consultar desde cualquier sitio. El de Outlook se abre directamente, sin poner una contraseña que hace años olvidé. Si el discuro duro ha desaparecido, no tendré oportunidad de volver a abrir esa cuenta de correo. Algún amigo me escribe allí muy de tarde en tarde, y ese mensaje se perderá, pero tengo unos veinte mensajes diarios, que seguirían cayendo día a día en la cesta del olvido. Y es que debo tener otra vida de la que no soy consciente; a lo mejor, soy sonámbulo y por eso a veces me levanto tan cansado. Todos los días me escriben varias amigas de nombres increíbles para decirme que disfrutarían más conmigo si me hiciera un alargamiento de pene. Les agradezco la sinceridad, pero deberían reconocer que son un poco pesadas y molestas: con que lo hubieran dicho una vez, ya me habría llegado el mensaje. Otros amigos, que deben estar al tanto de esto, me quieren vender viagras a unos precios increíbles: podría tomarme 10 ó 12 al día sin poner en peligro mi presupuesto. Luego están unos eslavos que todavía no escriben bien el español o usan un traductor automático. El caso es que todos los días se celebra El Gran Juego: una oportunidad renovada. Me lo pierdo siempre (la verdad es que ni siquiera sé dónde se puede participar), pero ellos me echan de menos: "Yo he echado de menos a tú en El Gran Juego de ayer, fue formidable, pero estás a tiempo para el siguiente...". Con tanto ajetreo, otros se preocupan de mi salud y me ofrecen una farmacopea natural a precios ridículos y de efectos grandiosos. Así se cierra el círculo, porque los de los Rolex han desaparecido: debieron pensar que llevaba ya un Rolex incluso en cada tobillo.
Perder una memoria así no creo que sea lamentable. Pienso si mi memoria humana, cuando se pierda, no estará llena de tantas inmundicias cotidianas.
Amenazo con volver: y pronto.
sábado, 9 de agosto de 2008
¡Guerra!
Allí donde hay patriotas, hay intereses fuertes que han creado la idea de esa patria. En este caso, los rusos y los americanos juegan su partida. Es un peligro para todos en el futuro. Lo es ya para las gentes de estas fotos. Son de EFE y las publica El País (que ya ha tomado partido descaradamente). No me atrevo a publicarlas. Dejo los link por si alguien quiere verlas.
Señora bombardeada
Vieja
Niño herido mujer muerta
Dolor
Esto es la guerra. La de ellos contra nosotros. De haber puesto una foto como símbolo, habría elegido la de la vieja.
Señora bombardeada
Vieja
Niño herido mujer muerta
Dolor
Esto es la guerra. La de ellos contra nosotros. De haber puesto una foto como símbolo, habría elegido la de la vieja.
domingo, 3 de agosto de 2008
Los libros de Murakami me producen el efecto de un sándwich
Pueden ser más o menos ricos; hacerte disfrutar más o menos mientras los comes; ser más sabrosos o más insípidos; calientes o fríos. Pero a la media hora te has olvidado de que lo comiste. Me comí... perdón, leí uno, Tokio Blues, con cierto interés por algo que diré al final. Estaba obligado a repetir y, con un poco más de esfuerzo, he terminado Al sur de la frontera, al oeste del sol.
Siguiendo con la comparación gastronómica, no hay peligro de que te pase como con un relato de Harold Brodkey, por poner un ejemplo de peso pesado. No te quedas luego sentado con un habano y una copa de coñac, notando cómo el gusto de las diversas especias, de las carnes con diversos grados de maceración, de las pequeñas cantidades de diversas verduras, regresa en su conjunto, separándose luego los ingredientes uno a uno, combinándose en diversos grupos. Metiéndose en los sueños y las pesadillas. Ni siquiera en una ensoñación han vuelto a aparecer estos dos libros.
Pero no quiero ser duro ni ponerme “estupendo”: no tengo absolutamente nada en contra de lo que se llama “literatura entretenida”. Nada con respecto a los demás: conozco a personas que respeto mucho que las leen. Nada con respecto a mí mismo: siempre que me “entretengan”, como hacen muchas novelas del género “negro”, pero en este caso una lo ha conseguido ligeramente (Tokio) y la otra (Al sur) nada.
A lo mejor tengo que leer más (espero que tarde en producirse), pero estas dos tienen sus parecidos. Ambas cuentan la historia de un amor por una chica rara que comienza en la preadolescencia, se produce una separación, el chico tiene otras relaciones (que cuenta pormenorizadamente) y se produce un reencuentro que es el meollo de la historia. En ambas el narrador se declara muy aficionado a leer y a escuchar música. (¡Anda, como yo!, dicen sus lectores creándose una falsa unión narrador-lector). Ambas están llenas de sexo practicado con jovencitas. Las más de las veces con jovencitas que para no perder su virginidad, pero satisfacer al amito, toman su pene entre los dedos y luego con su boca para dejarlo tranquilo. ¿A quién no va atraer esa imagen? Por ejemplo a mí: un par de ocasiones entre los dos libros, exigidas por el guión, incluso hasta tres ocasiones, habrían sido más que suficientes. Porque además en ninguno de los casos hay una reciprocidad, lo que resulta bastante cargante: solo los hombres tienen necesidades a satisfacer. ¿Cómo nadie comenta ese hecho de las relaciones sexuales practicadas para la satisfacción de una sola de las dos partes? Incluso aunque el origen de incluirlas sea el realismo con el que se describe el machismo nipón, tanta frecuencia, y con tanto detalle, me parece regodeo para atraer lectores. Por ejemplo, para conocer el machismo de esa sociedad, me resultó infinitamente más interesante Estupor y temblores de Amelie Nothomb.
Un guiño del autor por libro
Qué duda cabe de que Murakami es un tipo inteligente: hasta parece que en cada libro se permite hacer un guiño al lector, diciéndole lo que pasa. En Tokio me tenía subyugado por el tipo de narración. Esa forma de llevarme de aquí para allá, como en esa fuente inagotable que es Las mil y una noches. Pues bien, permite que el narrador te indique que es eso precisamente lo que contiene, cuando se refiere a cómo Naoko, la chica “rara” de esta novela, que apenas hablaba, se lanza una noche a contarle su historia:
“De pronto, empezó a llamarme la atención algo en su manera de hablar. Algo extraño, poco natural, forzado. Cada uno de los episodios era, en sí mismo, creíble y lógico, pero me sorprendió la manera de ligarlos. En un momento determinado, la historia A derivaba hacia la historia B, que ya estaba contenida en la historia A; poco después, pasaba de la historia B a la historia C, implícita en la anterior, y así de manera indefinida, sin un final previsible”. [p. 55 de la edición de bolsillo].
¡El autor ha tenido la audacia de señalar por medio del narrador la estructura de la forma de contar la historia en el libro! Esta forma ha sido, prácticamente, lo único que me ha interesado de verdad en los dos libros. Aquello que me gustaría “robarle”. Que lo haya explicitado es de agradecer.
En el otro, el de Al sur, he encontrado exactamente lo mismo, pero mucho peor porque la estructura es más bien, hasta la mitad del libro, como un catálogo de las relaciones afectivas intermedias. Tokio es del 87 y Al sur del 92. De haber sido al revés, podríamos entender que de una novela mediocre se le ocurriera hacer un bis mejorado. Pero de esta manera, me parece un petardo de mercadeo.
¿Y el guiño al lector de este libro? Lo encontramos en la página 128 de la edición de bolsillo:
“-¿Y por qué no lees novelas modernas?
-Tal vez sea porque no me gusta que me defrauden [responde el narrador-Murakami]. cuando leo un libro malo, tengo la sensación de haber malgastado el tiempo. Y eso me decepciona. Antes no me sucedía. Disponía de mucho tiempo”.
Al menos hay que reconocerle al autor que le echa narices. (Voy a ver si encuentro algo de digestión más pesada).
Siguiendo con la comparación gastronómica, no hay peligro de que te pase como con un relato de Harold Brodkey, por poner un ejemplo de peso pesado. No te quedas luego sentado con un habano y una copa de coñac, notando cómo el gusto de las diversas especias, de las carnes con diversos grados de maceración, de las pequeñas cantidades de diversas verduras, regresa en su conjunto, separándose luego los ingredientes uno a uno, combinándose en diversos grupos. Metiéndose en los sueños y las pesadillas. Ni siquiera en una ensoñación han vuelto a aparecer estos dos libros.
Pero no quiero ser duro ni ponerme “estupendo”: no tengo absolutamente nada en contra de lo que se llama “literatura entretenida”. Nada con respecto a los demás: conozco a personas que respeto mucho que las leen. Nada con respecto a mí mismo: siempre que me “entretengan”, como hacen muchas novelas del género “negro”, pero en este caso una lo ha conseguido ligeramente (Tokio) y la otra (Al sur) nada.
A lo mejor tengo que leer más (espero que tarde en producirse), pero estas dos tienen sus parecidos. Ambas cuentan la historia de un amor por una chica rara que comienza en la preadolescencia, se produce una separación, el chico tiene otras relaciones (que cuenta pormenorizadamente) y se produce un reencuentro que es el meollo de la historia. En ambas el narrador se declara muy aficionado a leer y a escuchar música. (¡Anda, como yo!, dicen sus lectores creándose una falsa unión narrador-lector). Ambas están llenas de sexo practicado con jovencitas. Las más de las veces con jovencitas que para no perder su virginidad, pero satisfacer al amito, toman su pene entre los dedos y luego con su boca para dejarlo tranquilo. ¿A quién no va atraer esa imagen? Por ejemplo a mí: un par de ocasiones entre los dos libros, exigidas por el guión, incluso hasta tres ocasiones, habrían sido más que suficientes. Porque además en ninguno de los casos hay una reciprocidad, lo que resulta bastante cargante: solo los hombres tienen necesidades a satisfacer. ¿Cómo nadie comenta ese hecho de las relaciones sexuales practicadas para la satisfacción de una sola de las dos partes? Incluso aunque el origen de incluirlas sea el realismo con el que se describe el machismo nipón, tanta frecuencia, y con tanto detalle, me parece regodeo para atraer lectores. Por ejemplo, para conocer el machismo de esa sociedad, me resultó infinitamente más interesante Estupor y temblores de Amelie Nothomb.
Un guiño del autor por libro
Qué duda cabe de que Murakami es un tipo inteligente: hasta parece que en cada libro se permite hacer un guiño al lector, diciéndole lo que pasa. En Tokio me tenía subyugado por el tipo de narración. Esa forma de llevarme de aquí para allá, como en esa fuente inagotable que es Las mil y una noches. Pues bien, permite que el narrador te indique que es eso precisamente lo que contiene, cuando se refiere a cómo Naoko, la chica “rara” de esta novela, que apenas hablaba, se lanza una noche a contarle su historia:
“De pronto, empezó a llamarme la atención algo en su manera de hablar. Algo extraño, poco natural, forzado. Cada uno de los episodios era, en sí mismo, creíble y lógico, pero me sorprendió la manera de ligarlos. En un momento determinado, la historia A derivaba hacia la historia B, que ya estaba contenida en la historia A; poco después, pasaba de la historia B a la historia C, implícita en la anterior, y así de manera indefinida, sin un final previsible”. [p. 55 de la edición de bolsillo].
¡El autor ha tenido la audacia de señalar por medio del narrador la estructura de la forma de contar la historia en el libro! Esta forma ha sido, prácticamente, lo único que me ha interesado de verdad en los dos libros. Aquello que me gustaría “robarle”. Que lo haya explicitado es de agradecer.
En el otro, el de Al sur, he encontrado exactamente lo mismo, pero mucho peor porque la estructura es más bien, hasta la mitad del libro, como un catálogo de las relaciones afectivas intermedias. Tokio es del 87 y Al sur del 92. De haber sido al revés, podríamos entender que de una novela mediocre se le ocurriera hacer un bis mejorado. Pero de esta manera, me parece un petardo de mercadeo.
¿Y el guiño al lector de este libro? Lo encontramos en la página 128 de la edición de bolsillo:
“-¿Y por qué no lees novelas modernas?
-Tal vez sea porque no me gusta que me defrauden [responde el narrador-Murakami]. cuando leo un libro malo, tengo la sensación de haber malgastado el tiempo. Y eso me decepciona. Antes no me sucedía. Disponía de mucho tiempo”.
Al menos hay que reconocerle al autor que le echa narices. (Voy a ver si encuentro algo de digestión más pesada).
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