Qué buenos son todos
De qué ese aburrimiento por mí mismo, o de cuándo o, mejor, de cuántas veces. Sin que la vida general haya dejado de aburrirme, todo lo contrario; es lo único que conozco para matar el aburrimiento, aunque solo consiga adormecerlo. Qué les voy a contar a ustedes, que no sepan; salvo a los que me conocen, que son los que de verdad no saben. Agravada esta sensación por una situación de insomnio técnico que no tiene origen, pero me impide dormir más de dos o tres horas. Más tiempo para aburrirme, que evito leyendo casi la noche entera, de cualquier género: literaturas, ciencia, técnica, biografías, artes: todo lo que puede encuadernarse en un libro, que es otra manera de decir todo. El caso es que vivo, aliviado, la vida de los demás, armado por una ingente cantidad de datos con los que llevar la conversación, cuando decae en los que tengo enfrente, y por un interés genuino por la vida de los otros, que los otros aprecian más de lo que vale, agradecidos de que me entusiasme su pobre e insulsa vida. Aunque solo son botes salvavidas en el océano vasto de mi aburrimiento. Como comprenderán los posibles lectores de esta crónica anónima, desconozco qué factores desencadenaron esa cartografía mental inútil, tan detestable. Los desconozco porque, claro está, nunca me he preocupado de investigarlos. Habrá motivos, por supuesto, pero la palabra genérica, “causas”, me sirve tan bien como las especificaciones que podrían ponerse bajo ese epígrafe.
—¿Sales a las seis de la tarde a dar un paseo y vuelves a las 3 de la madrugada apestando a borracho?
—Bueno, es que...
—¡¿Es que qué?! ¿El señor ha tenido tiempo de montar una mentira? ¿Todavía le da la cabeza para eso?
—No, si yo...
—Tú lo que eres es un borracho de mierda que tiras a la basura tu vida y con ella la mía. Tomas una copa y ya estás perdido en tu ronda patibularia. Pero que sepas que ya estoy harta. ¡Que lo sepas! —exclamó mi mujer, arrojando una manta sobre el bendito sofá donde, apaciblemente, iba a no dormir.
Me convenía esa historia de mi yo contada desde fuera. No era tan terrible como la verdad: que había quedado a las siete con mi amada. Me resisto a llamarla amante porque eso requiere una relación sexual que, la verdad, no me entusiasma. Pero vaya si nos amamos. Ella está loquita por mi sabiduría, cuando en realidad es una acumulación inorgánica de datos, y por los dos libros de poemas que me editaron ya ni me acuerdo cuándo. Yo me dejo querer, me apasiono con su vida y le dejo que invente la mía, mucho más favorable que la real, pronunciando un “Bueno, la verdad...”, que ella rellena de maravillas, confundiendo el hecho de que hace años que lo más que he escrito es la lista de la compra, con la versión almibarada de que estoy poseído por un malditismo romántico y un pudor ante el Mundo.
Prefiero mil veces esa historia que el distanciamiento que siento hacia cualquier palabra escrita. Incluso las merecidas broncas de mi jefe se estructuran a mi favor cuando, ante el desorden y confusión mi trabajo, respondo con un “Lo cierto es que...”, dejando la frase colgada para que la rellene con barbaridades asumibles, en lugar de la realidad: mi trabajo me importa una mierda y siempre estoy distraído, viéndole los muslos a Pilar, o cómo afila los lápices Eugenio, el de la mesa minimalista. Todos son muy buenos conmigo, convirtiendo el desinterés letal en unas culpas veniales que esperan que, como consecuencia de sus diagnósticos piadosos, quiera y sepa corregir.
DIAGNÓSTICO: Interrupción brusca del discurso con un silencio porque se sobreentiende lo que se quería decir, por discreción, por prudencia, por desviarse del tema, etcétera.

