viernes, 31 de diciembre de 2010

Que sea un año de menta y canela





Médicos Sin Fronteras, lo sé requetebién, no deja perder un céntimo de lo que se recoge con estas pastillas para el dolor ajeno. Tan fácil como que cada vez que vayamos a una farmacia pidamos una cajita de un euro, pare mejorar el aliento. O entrar a comprarla porque sí. Y si no las tienen, que las pidan, que es obligatorio.

Y para añadir a la menta, ¡canela!, tan buena para la cocina y para el amor, para tener ganas de besuquearse.



¿Que más os puedo desear, que mejor os venga?

domingo, 26 de diciembre de 2010

Tema de Taller: anagnorisis y peripeteia


Andanditos Milagros

Milagros tenía 16 años cumplidos y los estudios abandonados cuando quedó huérfana y Doña Encarnación le dio cobijo en su casa para evitar su descarrío, para que la ayudara con los hijos y para que echara una mano en la tienda Tejidos y Novedades de París de la pequeña población provinciana. Milagros tenía apellido, pero si alguien de fuera preguntaba por él, las mujeres se miraban los zapatos y los hombres escupían hebras del tabaco de liar, se rascaban la cabeza y, sin quererlo, miraban hacia el valle que había detrás del cementerio; donde al parecer, si ese apellido existió, casi todos los hombres y mujeres que lo llevaron habían sido sembrados en la tierra al buen tuntún. Solo la madre de Milagros sobrevivió para cuidar de ella, dedicada a los trabajos manuales ínfimos que las buenas gentes le daban.

Doña Encarnación la acogió piadosamente, por consejo de su confesor, lo mismo que había acogido en su patrimonio las tierras de la familia cuyo apellido hacía a los hombres escupir hebras de tabaco y quedarse mirando hacia el valle que hay detrás del cementerio. En tres años, Milagros dirigía realmente la tienda, se ocupaba de los hijos de Doña Encarnación y acompañaba a esta a la primera misa, a todos los rosarios y liturgias, y a todas las comidas, cenas y meriendas, cuando el trabajo lo permitía. Porque podía con todo, decía “andanditos lo hacemos”, sin parar hasta que estuviera hecho lo que hubiera que hacer. Y como Andanditos fue siendo conocida, pasando Milagros a convertirse en el apellido que nunca había tenido. Y es que era un milagro su piedad y su olvido.

Andanditos Milagros, llamada tía Andanditos por los hijos de Encarnación, e Hija Mía por esta dama, aunque trabajó desde el 54 no cobró un sueldo ni tuvo cartilla de la Seguridad Social hasta que se asentó la Democracia. ¿Para qué ofenderla con eso, si es como una hija? Como una hija lo hacía todo; andanditos, que era como decir una cosa detrás de otra, sin parar nunca.

Cuando murió Encarnación, casi su madre, se cerró la tienda, que ya con lo nuevos tiempos esa moda parisina no daba mucho con qué mantenerla, y recibió una indemnización escasa, por los pocos años y el sueldo mínimo por el que había cotizado. Como herencia, solo le habían quedado unos pendientes de oro de la virgen del Pilar, una pulsera de plata de la Madre de la Agonía y algunos rosarios de palorrosa, junto con varias estampas de las de tener mucha fe y otras chucherías religiosas. Como muestra del excepcional cariño que la había tenido, insistió en el testamento que fuera para ella el mejor adorno que había vestido en vida: el hábito morado de penitenta con el que vestía Encarnación los 40 días de la cuaresma, hecho con seda italiana. Meses después, los abogados de la familia le pidieron que abandonara la casa, que se iba a vender por petición de los dueños, pero que por cariño de los hijos de Doña Encarna, podían traspasarle un chisconcillo que daba a la placita, cobrándole por ello, como precio simbólico, el dinero de la indemnización.

Andanditos Milagros tardó dos semanas en abandonar el chiscón. Lo hizo vestida con el traje penitencial de doña Encarna, convertido desde entonces en su prenda habitual, empezó a fumar, a beber en el bar de al lado, donde los viejos que quedaban de los que escupían hebras de tabaco de liar, y los hijos de estos, la invitaban a vino y no permitían que nadie se burlara de ella. Después, harta ya de andar inútilmente, se sentaba en un banco al sol de la placita donde estaba el chiscón. Cuando pasaba el párroco o una beata, escupía al suelo. Como decían las mujeres del pueblo a la salida de la misa del domingo, a quien nace de roja antes o después le sale la cabrona que lleva dentro.


La ANAGNÓRISIS (del griego antiguo ἀναγνώρισις, «reconocimiento») es un recurso narrativo que consiste en el descubrimiento por parte de un personaje de datos esenciales sobre su identidad, seres queridos o entorno, ocultos para él hasta ese momento. La revelación altera la conducta del personaje y le obliga a hacerse una idea más exacta de sí mismo y lo que le rodea.



PERIPETEIA: cambio brusco en los eventos, cambio brusco de las circunstancias

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Dos acontecimientos con futuro: qué amigotes que tengo, ché


¡Ahí es nada!, la amiga y el amigo que han creado un sitio web sobre lo que pasa en Madrid en los espacios entre esas líneas de metro. Lo que está a la vista y lo oculto. Ha empezado esta semana, pero con el tiempo y la ayuda de todos (enviando cosas, visitándola, comentando), se convertirá en punto de referencia para lo que nos importa: la v-i-d-a. Si hacéis clic aquí, vais a la página (y si no, está en mi lista de Favoritos).

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Y después, otro loquito encantador pone, a 83 metros de mi casa, una librería especializada en editoriales independientes, aunque en un 50% los fondos son de las editoriales conocidas. Además, tiene un sótano en el que celebraremos el Taller y en el que habrá exposiciones, cuentacuentos y demás focos de interés.



Esta es la fachada y abajo una perspectiva del interior

La independiente, una librería especializada en narrativa independiente en la calle Espíritu Santo 27, Malasaña, Madrid. Aparte de libros, hay cafés y tés, y unas mesitas para que escojáis con tranquilidad.




LA INDEPENDIENTE (Libros)

Espíritu Santo, 27
Metro Noviciado o Tribunal

domingo, 19 de diciembre de 2010

Nada es crucial, de Pablo Gutiérrez


Enseñando mis cartas


O sea, el contexto. No solo nací a destiempo, tarde, indebidamente, sino que destrocé el orden de mi casa. Una casa grande, de habitaciones grandes y techos altos, pero de solo tres habitaciones: Padre y Madre, las Chicas (mi hermana, de 5 años más que yo, la que tenía que haber sido la última de Filipinas, y la hermana soltera de mi Padre, tan espantosamente vieja y cercana a la muerte como Padres) y los Chicos (mis dos hermanos, de 15 y 14 años más que yo, igual de espantosamente viejos). Y yo, ¿nadie había pensado dónde iba a dormir sin romper el orden asentado?

Parece ser, por lo que me han contado, que tuve un período extenso de cuna en la habitación de Padres, hasta que los brazos y las piernas sobresalían por entre los barrotes (me viene a la mente la imagen de una gallina con la cresta asomando por los alambres). Fui trasladado, sin que lo recuerde tampoco, donde las Chicas. Por fin, no sé cuándo, pero debió ser cuando Chicos ya tenían novias y no necesitaban hacerse pajas, acabé donde los Chicos, hasta que se casaron y me libré de ellos.

La habitación de Chicos daba al comedor. Me acostaban pronto y me metía en la cama cagado de miedo, llorando y moqueando, porque todos se iban a morir prontísimo y los quería (además, los necesitaba para que me facilitaran la vida). Solo mi hermana (vieja, pero no en estado de precorrupción) sobreviviría. Pero la esperanza de quedar a su cuidado no animaba.

Excluido socialmente de donde nadie me había llamado (la literatura es un espacio ideal para os excluidos), agotado y neurótico por los lloros, escuchaba que mi madre se acostaba al rato. Salud delicada y además, rompehistorias, porque delante de ella no se podía hablar mal de nadie y así no hay quien cuente nada. En ese momento, me levantaba, tapándome con una manta, me sentaba junto a la puerta y escuchaba las historias de la guerra de mi padre, las verdolangas de miembros de la familia y conocidos que contaba la solterona y las interesantísimas aventuras de mis hermanos. Repetían las historias, añadiendo y quitando cosas, haciéndolas mejores: los importante era la emoción de la historia y no la Verdad. Esas historias tenían sentido, las contaban y variaban con la perspectiva en la que hay que contarlas y, además, no salía indemne después de escucharlas. En cuanto oía ruido de sillas corría a mi cama y me hacía el dormido, pero las historias rebotaban dentro, me mejoraban, me llevaban muy lejos de ese sitio en el que poco antes había llorado como una “niñita”, hasta que con la limpieza del llanto largo y la maravilla de las historia comprendí que la muerte está ahí y no hay que hacerle mucho caso: no es crucial mientras te lo puedas pasar a lo grande, dormirte con el corazón ahora encogido ahora saltando con la palmera que pone fin a las fiesta patronales.

Todo lo que sé de literatura, lo aprendí ahí. Luego me ha tocado disfrutarla, cuando hay con qué, y aprenderme unas cuantas etiquetas frías. Pero juro que no he aprendido nada nuevo.


¡Qué jodido es escribir y editar!

Escritores y editores se tienen que encontrar, eso es sabido. Aunque la gente les huya como si fueran el diablo. Hay quien llega diciendo “tengo una historia”. Toma ya, ¡hasta el Guti tiene una historia! Pero eso solo interesa a esas imprentas que tienen todas una colección que lleva el nombre de “España ayer, hoy y siempre”. No es el caso, Pablo G. Y es una pena porque son las únicas que hacen la presentación del libro con un cátering de los buenos.

Después están las editoriales guachi-guachi para escritores guachi-guachi, de esos que cada dos años escriben el libro del siglo (cada uno de ellos). Estas editoriales descubren de vez en cuando a alguien que tiene una historia que ha sabido contar como se debe (no tengo muy claro si es primero la historia y luego el modo de contarla o primero es el modo y luego uno se inventa la historia), lo sacan hasta el aburrimiento y luego cuelan a multitud de genios que cambian el modo de la literatura. Además, y esto es lo importante, están en contacto con medios de comunicación, suplementos culturales y todo eso para el bombo y la promoción. Ni hablar, Pablo G. Tu historia es verdaderamente distinta, contada de modo distinto y te rompe ora el corazón ora los higadillos. Esas editoriales están especializadas en la jota y presentan como novedad a un bailarín que hace como todos pero en el tercer compás gira el pie izquierdo hacia dentro, en lugar de hacia fuera: ¡descubrimiento genial quemejorará nuestra corriente sanguínea! Tú bailas rock, tango y tanguillos de Cádiz, además de que cantas una melodía muy rara. No te van a hacer caso.

Te queda, si de verdad quieres editar, allá tú, esas pequeñas editoriales que se toman las cosas en serio. Las hay de tres tipos: a) el editor se metió en bares chulos de Colombia, bailó salsa con poca gracia, conoció colombianas con mucha gracia (ellas) y un tipo le dijo que era un español muy bien plantado y si quería montar un negocito, a él le sobraba un poco de dinero; b) gilipollas que queman en meses los ahorros de 10 años y salen de deudas hasta las orejas; c) tontol’culos.

Los tontol’culos son la personas más necesarias en este mundo. Hacen lo que quieren hacer, se las arreglan para que los acreedores no les partan las piernas y nos regalan excelente libros, músicas, ortodoncias, cócteles, etc. Y Pablo G. encontró su tontol’culo. ¿Y ya está? Ni hablar. Lo normal es que los libros de los tontol’culos desasistidos de los medios del espectáculo formen columnas altísimas en el almacén y el editor se dedique sobre todo a enderezarlas para que no se caigan. El pobre hombre o la pobre mujer no tienen tiempo para más. Centrándome en el género que inauguró la excelente Nar Rativa, tengo leídos dos libros que uno me quema y otro me explota y me da a mí a que las columnas de sus libros en el almacén se deben estar desmoronando.

A tu libro le va a pasar lo mismo, Pablo G. ¿De verdad que es eso lo que quieres para él? Como muchos de los que son libros de verdad, estoy convencido de que hay más o menos 17.346 personas que necesitan ese libro, y que lo necesitan de verdad. Pero ¿cómo llegar a ellas, si precisamente son las que no leen suplementos ni nada de eso y solo queda el boca-oreja (y ahora los pobres blogs)? Vas de cabeza al sitio de donde saliste, Pablo G, aunque los pocos que te leamos te hagamos un huequito en la mesa de las estampas votivas.


Cuento de Navidad

Todo lo anterior se lo habría dicho a Pablo G., desaconsejándole que editara. Yo, en estos asuntos, lo primero que hago es desaconsejar (entre otras cosas porque sé que no me van a hacer caso; solo yome hago caso a mí mismo); lo segundo, festejar que se ha editado; lo tercero, sufrir perramente de la perra suerte del libro.

Pero a veces pasan milagros. Resulta que la revista Granta (que al menos no pertenece a las covachas mediáticas nacional-localistas, que yo sepa) elige a Pablo G. como uno de los mejores narradores españoles actuales, luego le dan el Ojo Crítico (justo lo contrario de lo habitual, que es que te den por el ojo crítico) y se habla de él y sus libros están ¡en las librerías!

Así que, con esto que os transmito, vais y lo compráis; después, lo leéis (al principio puede parecer raro, pero es como el mezcal, si te quedas en el primer chupito has jodido tu oportunidad).

Yo lo he leído como un libro de verdad, sentado en el suelo, apoyado en la puerta y tapado con una mantita. Me he estremecido y gozado. Y no he salido indemne. Pablo G.lo ha contado de una mera que le permite entrar a decir lo que se le ocurre cuando quiera y nada chirríe: todo lo contrario, coge una velocidad endiablada. Además, en este libro de verdad, como pasa con mi adorado Watusi, acabas conociendo el país donde vives y sus gentes mucho mejor que si te leyeras la versión abreviada en diez tomacos de la Sociología de España. Es decir, llegas a un bar, ves a un tipo o una tipa, y los calas a la primera.

Un solo consejo, cuando empecéis a leer, como la narración es tan nueva, sentiréis al principio ganas de abandonarlo (para ocultar, con vergüenza, vuestra confusión). ¡Lo nuevo cuesta, coño! Hay que embeberse.

Y como a los que pasáis por aquí os quiero mucho, mucho, y no quiero que os salvéis ni que quedéis indemnes, porque quiero ser amigo vuestro, esta noticia es el regalo navideño que os hago. Mi Buena Nueva. Porque cuando nada es crucial, todo adquiere una importancia suprema. Sobre todo, este libro.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

¿Qué quiero decir cuando digo que soy de izquierdas?

Todo se ha vuelto tan retórico, tan contaminado por los agrupamientos y desagrupamientos, por unas herencias que muchos no aceptamos, que a veces hay que sentarse y esbozar una lista básica. Que otros me pongan la etiqueta que quieran.

Esta mañana, a las 5, me he soltado un largo infumable sobre lo que considero que es ser de izquierdas. Lo abrevio. La idea sería conseguir:


Un Estado fuerte, que no poderoso, que defienda a la mayoría abrumadora de la población de los ataques de los verdaderos centros de poder.

Ese Estado debe procurar los derechos básicos: la posibilidad de tener una alimentación sana al alcance de todos; la realidad de tener una sanidad pública y una educación pública eficaces y de calidad.

Un Estado comprometido en la lucha con las condiciones de calidad decreciente del medio ambiente.

El Estado debe ser construido por gobiernos bien asentados que no pertenezcan a los grupos que trabajan para lograr un Estado poderoso que proteja y potencie no a los ciudadanos, sino a los grupos de presión del poder económico.

Una idea clara de univrsalización: nos importa la situación de otros pueblos. Todo ataque a los derechos de los ciudadanos en cualquier lugar, es problema nuestro.

Si nos aclaramos en eso, y vemos al neoliberalismo y el capitalismo financiero como el enemigo que son, podremos juzgar cada acto e idea de acuerdo con lo que se acercan o alejan de esos objetivos: actuando en consecuencia de una manera dinámica y no anquilosada por la retórica.

 
La lista de soluciones / protestas de Basajaun:

Las expresó en un comentario a un post anterior, después de que algunos se preguntaran qué podíamos hacer, concretamente, cada uno. Personalmente las asumo:

--No consumir más que lo mínimamente necesario, ahorrar, utilizar el consumo y el ahorro activamente como una palanca para el cambio (i.e. consumir productos de empresas que no sean muy letales, que respeten los derechos de sus trabajadores, que se corten un poco, y poner mis ahorros, mi nómina, mis seguros, en banca ética). Y decirlo a los cuatro vientos.

--No endeudarse, nunca, bajo ningún concepto.

--Viajar en transporte público, vender el coche, andar más.

--Poner unas rayas rojas innegociables, por ejemplo, las pensiones públicas o la sanidad pública, o la educación pública. No aceptar el que no hay dinero para esas cosas y sí para guerras, Papas, fútbol, monarquías, obras faraónicas.

--Estar a favor de los impuestos directos: que vuelva el impuesto sobre Patrimonio, sobre sucesiones, que se suba el impuesto de sociedades y el de la renta para los que tienen ingresos de más de 50.000€. Pedir que la declaración del IRPF sea pública como antaño. Acabar con el fraude fiscal empezando por denunciar a los amigos que se pavonean de ello, los que cobran el paro y trabajan, los que cobran en negro, los que preguntan con IVA o sin IVA, y terminando por los que pagan un 1% de sus SICAV. Que el que más tenga pague más.

--No consumir medios de comunicación de masas.

--Votar solo a los partidos que defiendan estos puntos, y hacerles saber a los que no les votamos por qué no les votamos.

--Ir a todas las manis habidas y por haber de protesta marginal, concreta o general, que nos cuenten, que sepan que no estamos de acuerdo, que nos oigan, que nos tengan enfrente, que nos respeten.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Felices Fiestas y Próspero Merimée


Ya he dicho por ahí que este año me gusta la navidad porque el 24 mi hijo vuelve unos días a la ciudad. Así que hago un crismas de felicitación.



 El señor Williams S. Burroughs terminó siendo el escritor en prosa que más me gusta de la Beat Generation. Y de todas sus fotos, esta es la que más me ha fascinado siempre, saliendo del Beat Hotel de la calle Git-Le-Coeur de París. La tenía en un libro y muchas veces la miraba.


Y esta, pues oye, se le parece pero en bonito. Las fotos de solitarios casi siempre son mentira: hay un fotógrafo que la hace. Pero el parque del Retiro estaba así de solitario y hermoso (también andaba Molirunner por allí). Satisfago el morbo, a medias, de quienes se preguntan cómo seré debajo del pasamontañas del nick.

Además, tiene autenticidad psicológica. Mia Lola me define con tres características. Una de ellas es "siempre te estás yendo".

Por todo lo dicho, es un crismas de felicitación auténtico.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

para no aburrise ni aburrarse (nosotros)



Algunos pensarán que con esa insistencia mía en que el mundo tiene una enfermedad terminal, pero todavía operable y curable, y que eso es lo importante, soy una persona seca que no presta atención a lo que parece no estar destinado directamente a ese cambio. Sin embargo, creo que no es así la cosa.

Una comentarista pregunta que adónde vamos. Mi respuesta (la mía de mí) es que al mismo sitio donde íbamos la semana pasada: a terminar con el sistema económico social que permite, por ejemplo, que en un país sin crisis económica (pero con el más alto nivel de ataque a los derechos humanos), estos niños no tengan escuela, porque no es rentable.

Más todavía, vamos en la dirección absolutamente contraria a la que pide este señor del chiste de hoy de El Roto (con su permiso, señores El Roto y El País).

sábado, 4 de diciembre de 2010

Relato berlanguiano del Taller

[Esta vez el tema era "berlanguiano". Al tratarse de un estilo, no podía forzar una historia hacia mi estilo, sino al revés. La primera baja ha sido la brevedad].



Figuras de salón


A todos los personajes de esta falsa

historia que supieron morir a tiempo.


... y es entonces cuando, al tener las llaves de un piso en Aluche, y dándome cuenta de me conviene desaparecer unos días, además de que me vendrán muy bien esas tres semanas para estudiar todos las asignaturas del curso, de las que nos examinábamos el 15 y el 16 de septiembre porque en junio hubo huelga de exámenes en varias facultades de la Autónoma, me entra el acojono y voy a buscar a F., esa amiga que habría que tener siempre, con la que lo más que había hecho había sido cogerla de la mano durante un concierto de música religiosa en Cuenca. Ella coge ropa, los libros, tres cajas de Dexedrina Expansule de liberación prolongada de 15 miligramos y nos vamos al piso a encerrarnos a estudiar. ¿Me sigues?

—A ratos. Si no dejas de hablar, no vas a comer.
—No tengo hambre.

Allí tampoco la teníamos. Una dexe de esas tiene 12 horas de efecto, así que nos tomábamos tres al día. Para estar seguros. Era todo tan bonito que nos preguntábamos cómo podíamos haber perdido el año sin dedicarlo por entero a estudiar asignaturas tan apasionantes. Cosas de la dexe. Pero comer, poco: algo de fruta, galletas y chocolate, y litros y litros de cocacolas y refrescos. La dexe también tiene eso. Dormíamos dos horas al día, tres a lo sumo, y habíamos decidido hacerlo en la misma cama. En cuanto nos acostábamos, intentábamos follar, lo que entre amigos es casi imposible, porque te da la risa si estás de subida o la crisis histérica si estás de bajada. Ni pajas, nos podíamos hacer. Comiendo una manzana ante una mesa caótica que en cualquier momento podía derrumbarse por el peso de las colillas, tuvimos la Gran Idea.

—Cuando surge la Gran Idea, procuro ausentarme enseguida. Si dejas de jugar con la merluza, me la podría comer yo.
—Toma.

Ya habíamos estado dos años en dos comunas urbanas nefastas, cada uno por separado, pero esta vez iba a ser distinto porque la íbamos a organizar nosotros dos. Organizar. Nosotros. El plan no podía ser más descabellado. Pero si la gramática generativa me parecía apasionante, esa comuna era ya la hostia. Los exámenes nos salieron cojonudos. En ese estado mental eres capaz de trazar en veinte minutos un cuadro de situación del tema con el que los profesores te hacen la hola y flipan, casi tanto como tú mismo al desarrollarlo. Es que, ¿sabes?, las ideas en esos momentos son como en tres dimensiones, volúmenes dinámicos en movimiento armónico.

—Si me vas a cantar la gloria de las drogas, te advierto que no es la noche.
—No, qué va. Si en cuanto terminaron los exámenes nos cortamos en seco. Éramos consumidores, ¿cómo te lo diría?, ah, sí, profesionales. Nada por el placer, todo por la obligación.

La semana siguiente la recuerdo como una película muy antigua, de estas que tras mucha restauración lo que se ve en la pantalla es inconexo, borroso. Pero F. era como ese personaje de la mitología que en cuanto ponía los pies en el suelo sacaba toda la energía y se le curaban las heridas. Mientras yo me arrastraba de un lugar indeterminado a otro, olvidando las asignaturas con la misma violencia y brillantez con las que las había aprendido, ella se había recorrido todo lo alquilable y asequible, y grande, sobre todo que fuera muy grande, del barrio de Argüelles. Un día que fui capaz de recuperar de la memoria el número de teléfono de la casa en la que estaba, la llamé. Joder, dónde te habrá metido, me dice, ¿en media hora en El Palentino? Ya allí, con las cervezas y unos bocadillos grasientos delante, pone unas llaves encima de la mesa y me dice: un piso en forma de ele enorme, cocina, dos baños, un salón para jugar al balonmano y 8 habitaciones, tan barato que lo podemos pagar entre 5 y las tres habitaciones restantes quedan para amigos de paso. Estas son tus llaves, te he hecho copias, porque ya he firmado el contrato y pagado octubre. Mudo me quedé, porque me puse a pensar en el balonmano. En cuanto me recuperé, le dije coño F., en una comuna, ¿no se decide por asamblea? Si es que te vas a caer de culo, me responde, en cuanto lo veas. Además, con lo que te conozco, es como si hubieras participado en la decisión. Y tenía razón, era más que perfecto. Pero cuando le decía que empezáramos a buscar compañeros, me contestaba que nos tomábamos unas copas y luego me hablaba de eso. Su insistencia me dio malaespina, el primero bebe y luego hablamos no es alentador. Y, esta vez, el que tenía la razón era yo. Resulta que F. tenía una amiga de su pueblo que durante cinco años no había hecho otra cosa que estudiar y sacar matrículas en matemáticas, que ahora estaba deprimida de ver cómo la vida se le había ido escapando, y le había ofrecido que se viniera con nosotros para encontrar el lado de la luz. Cojones, pues yo tenía un amigo que era lo mismo pero al revés. Había vivido en la luz, tomándose tripis como si fueran Pictolines, hasta que en uno de ellos se le presentó San Nosequé y se había cortado el pelo, porque San Pablo abominaba del pelo largo en los hombres, leía ABC y el semanario de Fuerza Nueva, buscaba una habitación y con nosotros podría encontrar ese lado oscuro que tanta falta le estaba haciendo. Cuando las cosas se joden desde el principio, solo les queda coger carrerilla.

—Oye, esa frase está bien para publicitar el guión. La apunto.
—Entonces, ¿vas viendo la película?
—No, pero tú sigue. Ibais a ser cinco, ¿no?

Eso es. Aquella misma noche me encuentro con una conocida, de otro rollo distinto, con más tetas que cabeza, y al hablarle de lo mío me dice que un exnovio al que ha dejado necesita una habitación. Lo llama, viene, un rubio vestido formalmente, me aterro, ella me da dos miradas dulceverdosas, me pone su suave mano en la nuca y acepto: ya somos cinco. Cuando el rubio viene a casa, a F. y a mí nos mira torvo, así que le asignamos la habitación peor y más pequeña; nada más abrir la puerta y alejada decenas de metros de la verdadera casa. Nos mira torvo, pero el precio es irresistible. Esa misma tarde, después de dejar al rubio, sucede (todavía eran los tiempos en que las cosas sucedían, porque sí) que F. y yo estamos en un bar tomando unas cañas con un inglés simpatiquísimo, que se ha licenciado en Filosofía en la Universidad de Londres y se ha venido con una beca de consolación o miseria para escribir una tesina sobre conceptos marxistas en España en la segunda mitad del XIX. Expreso mi opinión, poco fundamentada, de que era dudoso España hubiera pasado por los siglos XVIII y XIX, pero que hubiera conceptos marxistas en ese tiempo y lugar me sonaba a trola de las gordas. En todo caso, nos hacía tanta gracia lo mal que hablaba español, que prescindimos de la sexta habitación. Esa noche, sacó la máquina de escribir, un mamotreto muy inglés, y se puso a teclear como si solo tuviera un dedo y por un problema de coordinación no pudiera usarlo más que una vez cada 30 segundos. Pero a F. y a mí nos pareció que trabajaba y era serio. En cuanto se fue a la mañana siguiente a buscar curro dando clases de inglés, entramos en su cuarto. Medio folio escrito resplandecía sobre el rodillo. Con nuestro inglés no lo entendimos muy bien, pero la letra parecía buena. A la una del mediodía volvió a casa y le invitamos a un vermú. Nada de cañas, vinos españoles. Se le puso la nariz roja y durante 7 meses la conservó de ese color, lo mismo que mantuvo ese medio folio en la máquina, aunque de color cada vez más grisáceo por el polvo que se acumulaba sobre él. En fin, para resumir, la comuna urbana empezaba con, a saber, dos personas salidas de la anfetamina, una depresiva, un viajero del magical mistery tour perdido en el monte, un rubio que no tenía nada que ver con nosotros y un filósofo británico en estado etílico permanente. Perdona que me repita, pero, ¿vas poniendo la historia en imágenes?

—Todavía no, pero sigue. He entendido que sois seis.
—Eso es, lo has pillado todo perfectamente.

La casa se va llenando de amigos porque el salón es irresistible. Traen bebidas, libros subrayados para que veamos qué frases han elegido, artículos que no les va a publicar nadie y los vociferan para nosotros o, en algunos casos, para las paredes. Como un acto de rebelión contra la propiedad, hemos hecho 10 copias de las llaves que vamos repartiendo a los que nos caen mejor, como si fuéramos un programa de la tele y que, por lo visto, ellos recopian y pasan a otros. Eso crea momentos de crisis, una de ella casi ideológica. Una tarde en la que F. y yo volvemos juntos de la Facultad encontramos el salón repleto de gente, vamos a entrar a ver qué eso y nos informan que se trata de una reunión de estudiantes gallegos revolucionarios y no estamos invitados, que no molestemos; les damos la contrainformación de que somos los dueños de la casa y que se pueden ir a poner rótulos en gallego de las calles cagando leches; nos llaman fascistas de mierda mientras se van; nos sentamos en un sillón del salón tan a gusto. Fascistas, no te jode, comento yo. F. va a su cuarto a ponerse cómoda. Es decir, en lugar de las permanentes chirukas abrochadas y una trenca azul sobre la ropa, su atuendo casero consiste en las chirucas desabrochadas y nada debajo de la trenca azul, que no siempre lleva abrochada.

—Habría que elegir bien a la actriz, eso puede dar juego.
—Pues ya verás tú el juego de ese tipo que da la historia —le peloteo al ver el decaimiento con que la estaba recibiendo hasta el momento.
—Céntrate en las crisis.

J., totalmente evangélico, casi cada tarde se trae un mendigo a casa, le da de merendar y cenar, de dormir en un colchón que ha comprado y está en el suelo de su cuarto. A la mañana siguiente, a la salida de misa, le entrega el ABC en el que ha circundado en rojo los trabajos que le parece le podrían convenir y le hace fregar lo de la cena. Ese mendigo desaparece para siempre, pero la primera tarde vive feliz en el salón y por toda la casa. AG, quiere perder la virginidad y ella y F. me eligen a mí. Aclaro que no tengo el menor interés en el asunto, porque además vive en casa y no quiero tonterías después. Hago el favor, en dos noches consecutivas para que la cosa sea suave, y después hay tonterías. No aprendo. En la casa ha sucedido la aparición de una chica muy simpática que conocíamos de vista porque por las noches vende flores en los bares. Es una bailarina en paro que, por la música que sale de su habitación, está toda la tarde ensayando, salvo cuando sale, totalmente desnuda, y monta en bicicleta por el pasillo, derrapando en el ángulo recto. Los amigos desean que falle en el giro y se dé una hostia para ir a prestarle ayuda: eso lo veo en la mirada soñadora que tienen cuando aparece la ciclista, mientras dan la impresión de que me escuchan. Como el rubio del cuarto pequeño, no participa del salón, de las comidas ni de nada. Simplemente, ocupa una de las habitaciones libres y monta en bici por el pasillo. El negligé doméstico de F., y la ciclista, aumentan las visitas hasta un punto que resulta incómodo.

En diciembre, tenemos dos bajas. Por un lado, AG, malaconsejada por un psiquiatra famoso del seguro escolar, y en contra de lo que opinamos F. y yo, acepta una cura de sueño de una semana y desaparece tres meses. F. se entera de que el rubio es un poli. No me dice nada, según me dijo después, porque entre tíos esas cosas tienen malas soluciones, pero esa tarde al volver de la facultad coge el cuchillo más grande de la cocina y le da 10 minutos para irse. Me lo contó el mendigo del día, que todavía estaba algo asustado el hombre. Yo se lo reproché a F, porque pensé que el pobre muchacho estaba ahí porque el cuarto era barato y no para vigilarnos. El caso es que se van produciendo vacíos, que tienden a llenarse con los peores personajes. La comuna sigue funcionando en el salón, claro, que cada día se parece más a esos bares americanos para perdedores tontos que salen en las películas y abren las 24 horas. Solo que este, en lugar de perdedores mirando la copa, está atestado de sicilianos vehementes. Más o menos por esas fechas se produce una desviación de la historia, ¿te la cuento ahora?

—¿Tiene que ver con el argumento central o es un entremés?
—Me parece decisivo y es una desviación que cae sobre el argumento como un deus ex machina esencial.
—Pues si no hay más remedio, pero si salen nuevos personajes no me pongas iniciales, que me pierdo.

Resulta que F. quiere tirarse a un tío con el que ha quedado, pero va en plan pareja con una tía que parece más aburrida que la hostia y, claro, F. necesita que alguien la distraiga a ella. La operación es un éxito: la novia aburrida y yo nos enrollamos y me voy a vivir con ella; F. se arrepiente en dos días de su movimiento, porque el tipo es poco soportable, pero el mal ya está hecho. Ella me dice la canción esa de No me llames Dolores llámame Lola, así que la llamaremos Nome. Me voy a vivir con Nome, pero sigo pagando mi alquiler y todos los días paso al menos un par de horas por el salón, para llevar vida comunal y para asegurarme de que el Congreso del Pueblo sigue en sesión permanente y de que mi cuarto no sea ocupado. Nome comparte la casa con dos parejas. Una de ellas está formada por una amiga suya, a la que llamaremos Rubia Buenorra, y por un exnovio de ella que le ha endosado y al que llamaremos, sin más explicaciones, Bobo. Al ir conociendo a sus antiguos novios, empieza a preocuparme que me haya elegido como pareja. En la otra habitación, una tía magnífica de cojones, a la que llamaremos Tía Magnífica, vive con un arquitecto, hijo de un conocido industrial vasco, cuyo padre lo metió en un manicomio porque el niño arquitecto, a la hora del desayuno de su padre, acostumbraba a sentarse desnudo con él, comer con las manos del plato del padre y maldecirlo porque una de sus industrias es la fabricación de armas. Era un poco hippy, el arquitecto, pero simpático y con buenas manos para construir porros preciosos y muy grandes. Quiso la mala suerte que la luz de la casa de las tres parejas, de sistema antiguo, reventara. No tuve más remedio que organizar un traslado de los seis a mi casa, que seguía pagando. El salón, con los recién llegados, que seis personas son muchas personas si vienen como grupo, entró en una fase que habríamos podido llamar de fractalización psicodélica, si entonces hubiéramos sabido algo de los fractales. Entre tanto, pasaban por la casa como semipermanentes personas de lo más jodido, como un nieto de un general republicano que se decía perseguido y que se pasaba el día entero hablando con la novia que tenía en Argelia. Decía que ella lo llamaba, pero cuando llegó la factura del teléfono vimos que nos había mentido y que nada más ver el sobre de la Compañía Nacional desapareció. Al menos, desde entonces tuvo motivos para sentirse perseguido. ¿Y F.?, te preguntarás.

—No, que yo no me pregunto nada.
—Te falta paciencia para ser un productor de cine.
—Va a ser eso. Vale, te pregunto, ¿y F.?

Le fue fatal con el exnovio de Nome, aunque no tanto como a él, pero enseguida se consoló con un bancario que estaba casado y según ella era un tío de puta madre. El caso es que una noche el bancario le dijo a su mujer que sacaba a pasear al perro y se vinieron los dos a vivir a casa, él y el perro. Un setter irlandés precioso y muy inteligente. Cuando las tres parejas de la otra casa tuvimos que venirnos a la comuna, o bar libre, o como quiera que se le pueda llamar, el bancario ya había desaparecido, pero el perro se quedó.

—Llevaba ya un tiempo pensando que esta historia necesitaba un perro. Pero olvídalo. En los platós, los perros no hacen más que joder escenas.
—Pues contratas uno adiestrado, porque el perro se queda.
—Ya que hablamos de quedarnos, cerramos el restaurante y este bar de copas tiene toda la pinta de que va a hacer lo mismo. ¿Por qué no me das un final y, si eso, ya relleno yo lo que falta?
—Lo tengo.

Imaginemos una escena tomada cenitalmente en la que gran parte de los que están en el salón beben y fuman porros; las dos parejas de recién llegados se meten mano; Nome y yo no, porque insisto en dar discursos y hay tiempo para todo; el mendigo del día no puede creer la suerte que ha tenido, ya que desconoce el adiestramiento al que será sometido a la mañana siguiente, y opina, sin que sirva de mucho, que comprar pan y unas latas sería ya el no va más; J. me habla de la dulzura del Señor, sin saber que he aprendido a no oír su voz; Nome, que le ha caído muy bien J. y hasta le da cierta pena, intenta convencerle de que no pierda el tiempo; alguno de los amigos intenta ligar con Rubia Buenorra en cuanto Bobo se ausenta un momento; el filósofo ríe con todo porque la vida es así y es maravillosa, y trata de convencer al grupo, con discursos tan vehementes como los míos, de que sería preferible comprar vino más barato pero en más cantidad; F. dice cada diez minutos, sin moverse del sofá, que se tiene que arreglar para salir; y el setter, al oír la palabra salir, cree que lo van a sacar a mear y empieza a ladrar desaforadamente.

En una de esas trampas que hacéis en el cine, la cámara abandona la posición cenital, se ralentiza y puede verse, a través de la amplia puerta de doble cuerpo, que la blanquecina figura fantasmal que parecía un efecto mecánico, como un flash de discoteca, es una joven desnuda montada en bicicleta. Me parece a mí que eso enfatiza la locura de la vida. Además, te gustan las tías en pelotas.

La cámara vuelve a la posición cenital y retrocede; o sube, como si ello fuera posible y arriba no hubiera más pisos, hasta que, en la distancia, lo mismo que pasa con la bóveda celeste, parece que el grupo realice movimientos armónicos: da la impresión de que es un grupo verdadero que hace algo real. Con la lejanía del plano, solo se oyen ya los ladridos del perro y, con esa sensación de tranquilidad inquietante, la pantalla se funde a negro.

—Bueno, qué, ¿hay ahí o no una película?
—Siempre la hay. En este caso, una película de mierda.
—Quizá no la haya contado bien. La cuenta, en todo caso, es cosa tuya, ¿no?

jueves, 2 de diciembre de 2010

Concurso de fotografía digital: Verónica Leonetti participa


Verónica, que le da a casi todas las artes visuales, participa en un concurso con esta foto, que conocía de su blog, otra que también conocía y otra nueva.

He ido AQUÍ y he votado por ella. Vosotros podéis, por lo menos, ir a ver sus tres fotos. ¿No?