domingo, 21 de junio de 2009

Entretenidos datos que explican nuestro mundo

La semana pasada, el ingeniero agrónomo José Esquinas, alto cargo de la FAO durante treinta años, posiblemente uno de los científicos que más ha trabajado el tema de ética y alimentación, no dejéis de buscar cosas sobre él en Google, dio una conferencia en Madrid.

Dos datos estadísticos bastan para entender lo que nos rodea y para hacernos responsables:

En el año 2005 se igualó en el mundo el número de obesos y el número de hambrientos.

Actualmente, el presupuesto de 10 años para la FAO, el organismo que más puede hacer para terminar con el hambre en el mundo, equivale al presupuesto militar de 1 día en el mundo.

3.652 contra 1.

martes, 16 de junio de 2009

Esperando tiempos peores

Hay hombres que los días festivos de calor salen de sus pensiones del centro, de los cuartos alquilados sin aire
Que se cansan de caminar sin rumbo y se apoyan en la baranda de una salida del metro, como esperando
Que a quien esperan ya no está o no existió nunca
Que no tienen dinero salvo para tabaco, para fumar dulcemente
Que no saben que los he visto al salir a pasear y de nuevo cuando regreso
Que están allí detenidos, como si hicieran algo
Que temen que el lunes de paro o de trabajo sea peor que el anterior
Que saben que lo será
Que disimulan que no están vencidos y esa falsa victoria es la única que creen ganar
Hombres a los que nunca les salió gratis una caricia
A los que su padre no les llevó a conocer el hielo
A los que de niños la noche no les era peor que el día.

Hay hombres, cuando notan que los miran con amor, que se asoman a la ventana, hablan del tiempo, quieren ir a comprar tabaco, tosen
Cuando se saben acosados, aplastados contra la pared
Cuando temen no estar otra vez a la altura
Cuando amores lejanos los zarandean y aparecen gotas de sudor bajo los párpados
Cuando temen llegar otra vez tan bajo
Cuando les inquieta no estar otra vez nunca solos en silencio en guerra consigo mismos
Cuando buscan una excusa y desaparecen
Cuando lamentan siempre tarde y a quien no deben.

Hay hombres como estos que durante el tiempo correspondiente ocupan una línea en el padrón municipal.

viernes, 12 de junio de 2009

Conciencia de perro

Ayer estuve viendo La lección, de Ionesco, un texto magnífico y una obra magníficamente dirigida por Joan María Gual e interpretada, también de lujo, por Manel Barceló, Itziar Miranda y Maica Barroso. En el programa de mano el director, en lugar de hablar de la obra, cuenta una anécdota que va más allá de la anécdota. Durante mes y medio, fue a los ensayos con su perro labrador, llamado Puck, y esto es lo que cuenta el director:

«El animal permanecía durante todo el ensayo tumbado a mis pies, observando atento los movimientos del actor y las actrices, o en ocasiones dormitaba y a veces roncaba. Pero desde el primer día, al llegar a la escena final donde la alumna es agredida y dominada hasta las últimas consecuencias por el profesor, Puck adoptaba una actitud vigilante, que me obligaba a retenerlo para que pudiera proseguir la acción, porque su instinto le transportaba a intervenir, para evitar que la alumna fuera agredida. No soportaba que alguien fuera maltratado. Cuando terminaba el ensayo y yo le liberaba, corría a abalanzarse sobre la actriz que interpreta a la alumna, para comprobar que efectivamente no había sufrido daño, y colmarla de lametones reparadores.

Pensarán ustedes que esto no tiene mayor importancia, y quizás sea cierto, pero lo que a mí me ha impresionado es que a lo largo de todos y cada uno de los ensayos no ha dejado de tener esa actitud y que indefectiblemente al llegar a la escena fatídica, despertaba de su aparente duermevela para prestarse a intervenir en defensa de la alumna, si yo no lo hubiera evitado sujetándole por el collar.

Puck, a lo largo de un mes y medio de ensayos, no ha querido admitir, por cotidiano, que alguien quiera dominar a otro con el uso de la fuerza ... y cada día ha intentado intervenir para evitarlo a pesar de que no se le ha permitido y que cada día ha podido comprobar que todo era puro juego. No ha aceptado en ningún momento que la repetición de una situación injusta la transformase en aceptable.

Me gustaría pensar que este juego que hoy les proponemos nos va a servir a todos para reflexionar y no admitir, sin excusas y bajo ningún concepto, ser protagonistas o cómplices de ninguna relación de poder, por reiterada y cotidiana que resulte, ni dejar que se instale en nuestras vidas cómodamente desde el televisor del salón de casa.»

jueves, 4 de junio de 2009

Sobre la venganza


LLEVAR LAS LATAS ERA LO MÁS DIFÍCIL


Aplastado por el cielo blanco de verano, casi sordo por las chicharras, de espaldas a la colonia de casas con jardín y árboles, que era lo que realmente le asfixiaba, Pablo esperaba a que sus amigos terminaran de merendar, en su postura habitual cuando estaba solo: en cuclillas, arañando con un palito la tierra reseca, mirando hasta el horizonte de ese Levante desértico con algunas matas pequeñas y muchas piedras. Cegado y oprimido por el cielo, inmune al calor.
Después del partido de fútbol de más de dos horas que jugaban nada más terminar la comida, había merendado la botella de litro de gaseosa fría que su madre le dejaba pagada en la tienda. El instinto de no pasar por casa era superior al de tomarse un bocadillo. En cuclillas, sordo y ciego, se sentía en paz y a salvo. Esperando a los amigos.
Loco.
Porque de principios de septiembre a finales de junio, salvo Navidad y Semana Santa, iba al colegio todos los días de lunes a sábado. Y el domingo a la misa obligatoria. Porque en verano, la familia se trasladaba a esa colonia y todos querían descansar y que hubiera silencio. Porque lo que él necesitaba era gritar, agitarse, golpearse. Vaciar la cabeza. Por eso pasaba todo el tiempo en el desierto, poblándolo de lo inimaginable, dedicado a proponer lo más absurdo. A pesar de que era el más débil, la imaginación y la resistencia le valían para que se le tuviera en cuenta.

De uno en uno se fue formando el grupo de esa tarde. Pocos, porque era domingo y había padres que deseaban disfrutar de sus hijos, más dos primas sin nombre que había que arrastrar y Mónica, que sí tenía nombre porque se lo había ganado. Participaba en todo menos en el partido de fútbol y era la única que podía conseguir los objetos necesarios, como latas vacías donde meter los escorpiones que cazaba Pablo y luego iban metiendo en un círculo de fuego. Sacaba seis meses a Pablo, que tenía doce años recién cumplidos. Era pelirroja, muy flaca, pecosa y valiente.
—¿Por qué hay que matarlos? —preguntó en la primera cacería.
—Porque son malos y pican a la gente —respondió Pablo.
No puso ninguna objeción y colaboró como una más. Cualquiera podría haber dicho que en toda la historia conocida por ellos en la zona, nunca jamás uno de esos pequeños escorpiones había picado a nadie, salvo a Pablo, cuando se escapó uno pequeñito de una lata, le cayó en el pie y le clavó el aguijón. Se le hinchó un poco el pie, le pusieron una crema, durmió mal una noche y asunto zanjado. Como el tema de por qué los mataban. Podían picar; y eso era suficiente para hacer lo que hacían.

Mónica y Pablo guardaban dos secretos. Una tarde, jugando al escondite en la casa de ella, un edificio enorme de dos plantas más una torre, se escondieron en el mismo armario y se besaron en los labios. Ella le toqueteó y abrazó, y él a ella. La importancia de aquello iba más allá del hecho de satisfacer una curiosidad que había sido tema de innumerables conversaciones. Algo les unía, sintió Pablo.
Días más tarde, salieron solos, dejaron las bicicletas abajo de la barranca y se metieron a explorar una cueva. Donde todavía había luz, volvieron a besarse.
—Si me enseñas tu palo te enseño mi rajita.
—Primero tú —contestó Pablo.
Era la primera vez que veía una. En aquel entonces a lo más que se podía llegar era a mirar en las enciclopedias fotos de negras con las tetas descubiertas. Estuvo mirándola embobado, tocándosela, notaba que le gustaba con aquel sudor que la humedecía. “Despacito”, le dijo; y siguió hasta respirar muy fuerte.
Cambió el turno, se lo enseñó y ella empezó a tocarlo, conforme iba creciendo. Empezó a temblarle y al final le salieron unas gotitas de líquido transparente. Mónica recogió un poco en la mano y los dos lo olieron y lo probaron con la punta de la lengua. Era asqueroso y ácido. Se volvieron a besar, riendo, para quitarse ese gusto. De aquello, ni una palabra. Habían descubierto el misterio y de eso no se habla. Subieron la pendiente y se quedaron sentados arriba, viendo el mar terroso que se extendía hasta una montaña del fondo. Pablo, desde entonces, se sintió más en paz, más dulce, menos loco.

El que se escapó aquella tarde y le cayó sobre el pie, en la parte que dejaba libre la alpargata, era un poco más grande. El pie se le hinchó más y le llevaron al médico. Su padre no creyó ya en la casualidad de que “iba andando por el campo y casi lo piso y me picó”. Quedaban ocho días para terminar el veraneo, diez para volver al colegio, y estuvo castigado a no salir de la casa y el jardín; sus amigos no podían entrar. Alguna vez hablaron por la verja. Mónica, hija de un militar, se volvía a La Coruña y no iba a volver otro año. Pablo, como un fantasma, daba vueltas a la casa por el jardín, pensando en lo que le había hecho su padre. No iba a matar más escorpiones y deseó que crecieran y uno grande le picara a él. Aún loco como estaba, se daba cuenta de lo improbable de que sucediera. Tenía que hacer algo.

En el primer día de colegio, a la hora del rosario no lo rezó. El cura le llamó después y le preguntó que porque había estado con la boca cerrada, sin contestar a las avemarías.
—Es que ya no creo en Dios, oí decir a mi padre que no existe.