martes, 27 de diciembre de 2011

El escalón veinte de Verónica y Nano


¡Cerramos el año con 20 escalones al descubierto!

Como siempre, la ilustración y el texto solo se pueden ver juntos en el blog de Verónica. Para ver el 20, pinchad AQUÍ.

También como siempre, solo se puede comentar donde Verónica.

(Todavía no he contestado a vuestros comentarios del poema anterior. Me cuesta hacerlo, porque siendo de mí, son voces distintas las que escriben. Y se le ha sumado el ajetreo de las fiestas. Pero prometo tener contestados todos los comentarios en 48 horas).

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Ese pequeñísimo dolor que ronronea

como un gato diurno adormilado

satisfecho de haber ocupado los mejores lugares de la casa,

ese grifo nocturno que no existe,

pero gotea con arritmia y crea el insomnio perfecto,

no son más que las consecuencias de ser

no siendo, sino estando.



Ea, Compañeros

en la tormenta y en la calma perfecta

desplegad las cinco velas de los sentidos.

No os pongáis a favor del viento:

utilizad el viento en vuestro favor

apreciad la belleza de lo hermoso

y de lo feo. El océano de la vida está ahí

para los que saben fijar la atención.

Que la conciencia segura del pequeño dolor

no impida el conocimiento del viaje.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Mi esquinita de arriba, fotografiada por David Ruiz

Hay gente que cree que cuando baja por la calle Espíritu Santo y llega a la plaza Juan Pujol, hay que torcer a la derecha para ir a 2 de Mayo, porque más abajo se acaba el mundo y pueden ser tragados por los abismos.

No es así. Si siguieran bajando verían sitios muy bonitos. Aquí pongo los que yo uso solo con subir una esquinita de mi casa. Podría llegar con las pantuflas de cabeza de conejo o pata de tigre con garras (si las tuviera, que no las tengo). Son una librería, una tienda de comprar cosicas de diseño a buen precio y un bar donde además de beber, se puede comer y picar.

Como no me ibais a creer del todo, me ha acompañado David Ruiz con su cámara de fotos. Todas las que veis son de él y me las ha cedido para esta entrada. Podéis ver su fotoblog en:


 al hacer clic sobre una foto, se ven todas más grandes


Frontal de la Librería La Independiente y de La Fiera



Exterior cálido de La Independiente


Interior, con luz de ver en las estanterías, de La Independiente


Esquinita de cositas en La Fiera


Probador de La Fiera. Me llamaréis viejo verde, pero ¿no mola sentarse ahí mientras una amiga se prueba cosas?


Fachada de la Hermandad de la Dama Juana


Apetecible carta del bar La Hermandad

Y otra más de fachada:
Todo ello en Espíritu Santo donde se cruza con Santa Lucía

jueves, 1 de diciembre de 2011

Ejercicio de taller. Tema: Mi barrio

Colonia Camarada Fanjul




A Miguel Marques,
al que en un descuido le robé la cartera



Cuando del pueblo nos vinimos a la ciudad, mis padres alquilaron la primera casa que quedó libre de la colonia de viviendas protegidas Camarada Fanjul. Iban a ser tres bloques estrechos y empezaron por el Bloque 1, para el que hicieron un corte en el cerro. Por la parte de atrás, mi dormitorio, la cocina y el baño, estrechos como un vagón de tren, daban a una calle sin asfaltar que a 8 metros tenía el corte vertical, tapado por una capa gruesa de cemento. Por la parte de delante estaba el dormitorio de mis padres y la sala. Una calle de diez metros de anchura y una pequeña cuesta abajo daban al solar plano de lo que debió ser el Bloque 2, y después una repetición exacta hasta el solar del Bloque 3, ya en igualdad de altura con las casas de abajo, que formaban el barrio de la Virgen de Uchate. Ese solar 3 se había convertido en el campo de juegos de las diversas bandas de los de Uchate. Un terreno neutral que podían usar todos menos los de la banda de Fanjul, de la que yo era el único miembro. Era una presa fácil y en cuanto asomaba la cabeza por allí, todos unían fuerzas para expulsarme.

Cuando se ocupó la Colonia Fanjul, todos eran padres jóvenes que llenaron el bloque de niños. Cuando mis padres llegaron, yo tenía 8 años y el más joven de los pioneros, que tenía 16, me escupía si me acercaba a la distancia de un salivazo. Jugar solo a la Oca, el Parchís o el Monopoly era un tormento que solo podía ser superado cuando mi madre, por animarme, me proponía una partida de parchís; porque tardaba un infierno en asegurarse de que cuatro puntitos en la cara del dado le daban derecho a avanzar cuatro casillas: lo contaba todo tanto que al final se la movía yo y hacía trampas. Hacerme trampas a mí mismo cuando me imaginaba que jugaba con otro me parecía bien; pero me sentía mal cuando se las hacía a ella. Si no llovía, desde la ventana del comedor miraba jugar a los otros niños, en el solar del Bloque 3, hasta que me daba tanta rabia que me bajaba al callejón trasero y chutaba el balón contra la pared. Las vecinas que andaban por la cocina aguantaban un rato, no más de quince minutos medidos por el reloj que me regalaron en la primera comunión, con una correa que me hacía ya un poco de daño; de lo que apretaba. Después, me gritaban que me fuera a jugar abajo, con los otros niños. Como eso me enfurecía más, chutaba con más fuerza hasta que alguna de ellas amenazaba con bajar.

En esos momentos, con el balón bajo el brazo, me iba al portal, me sentaba en el escalón y soñaba que tenía 11 hermanos. Todos chicos. Y que como teníamos las piernas fuertes de tanto subir la pendiente para llegar a casa, los demás nos temían. ¡Que bajan los de Fanjul!, pensaba que gritaban todos, huyendo, y nos quedábamos el solar entero para hacer un partido de seis contra seis. Solo se quedaba Mari Pili, una pelirroja con trenza, porque ya les había dicho a mis hermanos que a esa no se le escupía, ni empujaba, ni se le daban patadas. Mari Pili se quedaba como única espectadora, sobre todo para ver los goles que yo metía, porque era un delantero fenomenal.

En esas estaba cuando volvía mi padre del trabajo, me rascaba la cabeza y me decía Sube chaval, que seguro que has de ayudar a tu madre para la cena. De toda la vida, mi padre debió pensar que me pasaba el tiempo en la calle, jugando como un bruto, y me sentaba un rato en el portal porque estaba demasiado agotado para subir las escaleras. Mi padre era un buen hombre, pero desde que nos vinimos del pueblo a la ciudad estaba un poco como tonto, no se enteraba de nada de lo que pasaba a su alrededor; como si llevara en la cabeza una pecera puesta del revés que le protegía del mundo. O eso me imaginaba yo porque lo había visto en un tebeo.

Lo que no les perdonaba, ni a él ni a mi madre, era que no me hubieran dado hermanos. Está la vida para más bocas, me contestó una vez mientras esperábamos a que mi madre saliera de misa para dar un paseo, que ellos se tomaran un vermú y yo un vaso de agua, y las aceitunas que les ponían con el vermú. Era un buen rato, pero antes de que me diera cuenta ya habíamos vuelto, comido, visto Bonanza y ya no tenía otra cosa que hacer que mirar cómo jugaban los de las bandas de Uchate, bajar a pegar pelotazos contra el muro e imaginar que la banda de Fanjul era enorme y bajábamos a expulsarlos a todos.

Imaginar esos movimientos de masas no era nada fácil. No podía controlar los nombres y la cara de los once hermanos, ni pensar este estará ahora aquí y el otro ha bajado a comercio por el pan. Y si no los controlaba a todos en todo momento, el sueño perdía fuerza. Una vez vi en un periódico una foto de una película con muchos soldados, pero en la foto se veía que los de atrás eran de papel pintado, aunque seguro que en el cine parecerían de verdad. Once hermanos de papel pintado hacían que me sintiera todavía peor. Pero, sin que me diera cuenta, ese esfuerzo me estaba preparando para crear bien algo más pequeño y que era capaz de controlar. Me inventé a Pedro, mi hermano mayor, que había nacido tres meses antes que yo y era un tipo muy fuerte que me defendía. Miguel tenía tres meses menos que yo y era el más listo de todos; no se le escapaba ningún movimiento estratégico. Y yo, en cada momento del día, podía decir con exactitud dónde estaba y lo que hacía cada uno de ellos, mientras me quedaba arriba con el objetivo de proteger el barrio.

Tres meses después apareció mi hermana Nieves, ya crecida, con seis meses menos que yo. Pedro cumplía años el primer día de la primavera, yo el primero del verano, Miguel el primero del otoño y Nieves el primero del invierno, que por eso la bautizaron así. Era tan guapa que todos los de Uchate querían ser sus novios, así que no les interesaba pegarnos a los de Fanjul. Además, se hizo amiga de Mari Pili, que le contó que estaba enamorada de mí y me esperaba al anochecer arriba del cerro. Nunca fui, porque me daba miedo subir de noche si no me acompañaba Pedro; y para esas cosas hay que ir solo.

Un día que estaba en el cerro, por encima del cemento, mi hermano Pedro me dijo que me tirara, que él me recogía. Le contesté que me daba miedo y él me dijo que no quería tener un hermano que fuera un cagao. Y me tiré, pero no sé por qué se aparto en el último momento y me rompí las piernas en no sé cuántas partes, y una cadera y qué sé yo; Miguel y Nieves se tronchaban de risa mientras yo gritaba y lloraba. Me pasé muchos meses en el hospital, donde cada día me prestaban un libro que contaba historias mucho mejores que la guerra de los hermanos de Fanjul contra las bandas de Uchate. Al salir del hospital, tuve que usar muletas dos o tres años, llevar unos herrajes y volver al hospital por períodos cortos para una operación.

Lo bueno es que no volvimos a Fanjul, porque tal como estaba no podía subir y bajar la cuesta. El señor cura le encontró a mi madre una portería en una casa del centro de la ciudad. Era un trabajo y teníamos casa gratis. En Fanjul se quedaron mis tres hermanos, castigados; y no volví a pensar nunca en ellos. La gente del centro era buena conmigo, no había bandas e iba a una biblioteca a sacar libros o a leerlos allí.

Empecé a escribir una novela, titulada “El Camarada Fanjul es una Mierda y los Libros son mi Barrio”. Escribí el título en la primera página de un cuaderno, cuidando la caligrafía, pero mi padre se asustó mucho cuando se lo enseñé, arrancó la hoja y la rompió en pedacitos. No me importa. La voy a escribir igual, pero para no enfadar a mi padre la llamaré Sin Título.