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lunes, 11 de octubre de 2010

Cuentos Inhumanos, de josé miguel vilar-bou y verónica leonetti (1 de 4 libros de mis amigos)


Cuentos inhumanos
Textos de José Miguel Vilar-Bou
Ilustraciones de Verónica Leonetti
Saco de Huesos Ediciones
Colección  A sangre
Primera edición: enero de 2010



No tengo problemas para escribir sobre los libros de mis amigos, porque primero los elegí porque me gustaba lo que escribían. En este, a quien había elegido como amiga era a Verónica, así que tenía un poco de incertidumbre. No voy a crear suspense: me gustaría ser amigo de José Miguel.


El siguiente tropiezo lo tuve al leer en el prólogo que eran cuentos de terror. He vivido tres episodios de terror intenso: con 9, 19 y veintitantos años. Quizá soy intuitivo, perceptivo o, como supongo que diría mi abuelo el milico, simplemente un cagueta. Pero desde que tracé la línea de que el mundo infame se quedaba fuera y yo no lo buscaba, quedé tranquilo. Y ahora tenía que leer cuentos de terror. En fin, como cantaba Serrat, “mis amigos son gente cumplidora, que acude cuando sabe que yo espero, si les roza la muerte disimulan, que pa’ellos la amistad es lo primero”.

He tenido suerte. He encontrado 12 relatos llenos de humor bondadoso, con una escritura que te mete en cada situación en las dos primeras líneas, no importa que las historias sean actuales o de los tiempos napoleónicos, que transcurran en una habitación de la rue Goffart, en Tarragona, que empiece en un parto de cuatrillizos en Barcelona, o trate de un español y una austríaca que viven en Bruselas, en las fiestas de Carnaval en las calles de Herzeg Novi. En seguida como lector te sitúas y todo te parece verosímil; nada raro. Es un mérito de mucho valor hoy en día. Leer un relato de Vilar-Bou es como ir andando por la calle, caer (de pie) en un socavón en el que hay gente jugando y ponerte a jugar con ellos sin ni siquiera limpiarte el polvo de la caída.





Las ilustraciones de Verónica marcan el terror. Es una simbiosis perfecta. Con ellas se equilibra el asunto. En ellas está la ternura, la emoción y el horror. Las miras, antes del relato, y te encantan (lo normal con ella, vamos). Pero después de leer el relato, ves que es el sello que lo representa: miras la ilustración y es como tener presente el relato entero. Verónica es una vampira para los escritores: exprime las palabras y hace con ellas un zumo (las más de las veces peligroso y poco vitaminado).

En la contracubierta, ambos se despiden así: “Les estamos muy agradecidos, pero lo cierto es que no acertamos a explicar lo aquí dibujado ni tampoco lo escrito. Dínoslo tú”.

Pues allá voy: el terror verdadero que encierra cada vida cotidiana, se me ha hecho presente. Pero en tales condiciones de normalidad, amor, humor, que lo he podido soportar y hasta lo he disfrutado. Para mí, este libro ha sido un recorrido por mi propio cerebro en el que me he detenido y disfrutado de aquellos paisajes y rincones que habitualmente cruzo veloz y mirando el suelo.