sábado, 28 de noviembre de 2009

Un Punchet en Gassetia: ¡Actualización!

Este ya se puso por aquí, pero no me dio tiempo a hacer uno nuevo tal como he pactado ir haciéndolo y enviándolo una vez al mes.

Si alguno no lo leyó, o quiere verlo en "su sitio", no hay más que pinchar aquí, pinchar en Gassetia en la página que se abre, ir al número 2 de la revista, recorrer las páginas de estos estudiantes de Ourense y encontrar a Punchet, perdido entre Ribeiros, en la página 7.


PARTE ACTUALIZADA
Me gusta mucho esa canción de Serrat que dice: "Mis amigos son gente cumplidora / y acuden cuando saben que yo espero / Si les roza la muerte disimulan / Que pa'ellos la amistad es lo primero".

Lo que no podía saber Serrat entonces es que puedes tener amigos igual de buenos, pero que no consigan abrir la revista. Para ellos, copio aquí el texto.

Divago de Punchet: Volver


Al señor Punchet son estas las cosas que le emocionan. No digo que no sepa moverse en la realidad, coger un metro, conocer los bares, saber que ha de pagar cada caña y cada vino, pero eso lo hace automáticamente, como el que conduce o sube una escalera. Él solo presta atención a los pliegues del tiempo y el espacio, donde habitan las telarañas con las que hace bolitas que esconde en su ombligo. Oye o lee, que es como oír por dentro, la palabra “volver” y se le levantan las orejas, tan peludas. Como perro que es. Ya se lo llamaron una vez y lo discutimos mucho, él y yo, que era de la opinión de que no lo es; o que no lo es tanto. Pero él estaba tan encantado como si le hubieran besado en la boca.


Esta cuarta copa de vino rojo, denso, bermellón, a ti te la ofrezco y por ti la alzo y en ayunas la tomo porque recibiste adicta mi semen cuando era espeso como yo me bebí tu sangre cuando la había, como hay ahora este vino espeso. Porque como dice el libro de Flavia Company, Dame placer, que le he robado a mi amo en cuanto lo consiguió tener, y espero que me encuentre para que se lo devuelva porque no tengo dinero para pagar lo que bebo, «a las cosas y a los lugares no se puede volver ni siquiera volviendo». Recuerdo de inmediato el verso de Borges que decía «Vuelvo a Junín, donde nunca estuve».

Y entre una frase y otra me quedo colgado sobre el abismo. O peor, me dejan las dos colgando (pero el abismo permanece), porque los dos cuentan lo mismo y lo hacen perfectamente. Cuentan lo que no quiero oír pero me veo obligado a leer: que es imposible volver y que si se vuelve se hace a donde nunca se estuvo. Porque ya no es el río de Heráclito, en el que uno no se puede bañar dos veces, donde el río cambia pero uno parece ser el mismo. Desde entonces hemos aprendido demasiado, para nuestro mal, y ahora sabemos que lo imposible es seguir siendo uno mismo. Así que para qué volver. O cómo, si el que vuelve es otro. O para qué vivir, si todo a lo que le damos importancia está en un pasado no improbable, sino imposible. Si fuera posible volver a ti, incluso sentiría celos de quien vuelve, como desasosiego siento de las calles cambiadas. Por eso me he venido a vivir aquí, donde todo cambia tan deprisa que volver no puede ni plantearse, pues no ha dado tiempo a crear el hábito.

Vivir sin crear pasado es la ofensa más indecente al ser.

sábado, 21 de noviembre de 2009

¡Maldita sea! ¿Por qué he leído hoy el periódico?

“Lo único sostenible es la criminalidad”. Lo dice en El País de hoy, pero mejor y un poco más largo, Manuel Rivas. Y yo respeto lo que dice porque, además, concuerda con lo que veo: y veo porque miro, pues mirar es una actividad voluntaria que no siempre se quiere ejercer. Al principio mismo de la película El Crack, Alfredo Landa piensa en voz en off: “Ando mucho, miro mucho y lo que veo no me gusta nada”. Anda, que si Garci hubiera terminado en ese minuto glorioso su carrera cinematográfica, en lugar de enredarla con una concatenación de aburrimientos, sería mi director favorito. No se puede empezar por una apuesta total y despeñarse desde esa cima. Que hubiera aprendido de Rivas, que deja su frase para consecuencia final de unos razonamientos y citas impecables.

Abajo, siguiendo en la misma última página que uno se puede permitir leer tomando el café, sin tener que desplegar el diario, Helen Clark, directora del Programa para el Desarrollo de Naciones Unidas*, da varias veces en el clavo, empezando por el hecho de que hable del hambre con una cuenta de comida de 105,65 € para ella y su secretaria: hasta el propio periodista lo resalta esta vez (“metáfora perfecta”, lo llama); aunque para cualquier ejecutivo de quinta fila de mi compañía sería una cuenta “barata”, ¿y por qué nos vamos a meter con lo público no escarbando en lo privado; teniendo en cuenta, como hemos visto en los “rescates financieros”, e intuido en el resto de las operaciones, que lo “privado” se nutre prioritariamente de los “fondos públicos"?

*Se equivoca el periodista, no es un programa para desarrollar Naciones Unidas, sino un programa de NU destinado al desarrollo. Pero, ¿quién no ha dicho "voy a comprar unos calcetines para el niño de lana"? Que nos tire la primera gramática a la cabeza el que esté libre de ese error.

Pero da en el clavo (la directora del PNUD, que temo estar liándola un poco) sobre todo cuando dice: “una crisis causada por los sistemas financieros de algunos países ricos golpea con violencia a los pobres”; “Puede ser un poco frustrante que la gente que no hizo nada para causar la crisis la esté sufriendo todavía más”.

[Pero “solo un poco” frustrante, le gloso yo, que estoy un poco quejicoso y cantamañanas por haberme dado por leer el periódico, cuando me limito a comprarlo los sábados, sacar Babelia y tan contento. En mis días "normales", leo por encima algunos titulares y algunos pequeños textos en Internet, confirmo que sigue pasando lo que pensaba que estaba pasando, y enseguida estoy dispuesto a no perder el tiempo y dedicarme a otras cosas].

Y al poco, añade (la directora del PNUD): “Una crisis que ha mostrado lo que un mercado desregulado puede hacer. El mercado puede crear riqueza, pero su papel no es producir igualdad y justicia, solo crea ganadores y perdedores, por eso hay que poner sobre él políticas sociales”. Entonces, los lobbies de las empresas que presionan a los gobiernos públicos para que legislen y saquen normativas según los intereses de las grandes empresas, ¿no os parece que son un poco más criminales que los piratas somalíes? Pero “solo un poco”, ¿eh? no exageremos.

El periodista había empezado describiendo lo vertiginoso de su trabajo, corriendo mucho de un lugar a otro para que la crisis no se lleve por delante los Objetivos del Milenio para 2015. No dice que unos objetivos no son como la llegada del primer día de vacaciones, de golpe, habiendo trabajado como siempre el día anterior. No señor, unos objetivos se van cumpliendo a plazos y la verdad es que los países ricos del mundo, que eran los que tenían que haber ido trabajando en ello poco a poco, lo están haciendo fatal. Vamos, que van más retrasados que el otoño.

Pero solo son mil millones de personas. “Solo un poco” más de lo conveniente. Si hiciéramos eso tan bonito de disparar una salva de honor por cada víctima, nos fuéramos a la Puerta del Sol o al sitio correspondiente de cada lugar, y cada segundo disparáramos una salva en honor de una de esas víctimas, la calculadora me ha dicho que estaríamos 31 años día y noche disparando salvas cada segundo. ¡Anda, ahora sí que mil millones me parecen muchas personas! Creo que juegan con nuestra incapacidad para imaginarnos el significado de los números grandes.

[[Esto lo digo entre dos corchetes y con algunas prevenciones: el único país del mundo que según las cifras de organismos internacionales ya ha cumplido los objetivos es Venezuela, y desde aquí ya me proclamé prochavista por cosas así, pero ese Presidente ha cruzado en los últimos meses varias líneas rojas que, en mi opinión, conducen al desastre de la causa por las personas (todas ellas). He comprobado en mi cajero automático de tolerancia si me quedaba efectivo para pagar el alto precio de soslayar actitudes crecientemente egocéntricas de dominio, y me ha salido saldo negativo, así que tengo que dejar de apoyar el chavismo: de momento y me temo que para siempre. Mantengo sin embargo algunas ideas, como que la prensa occidental va a por él no por ese motivo (la prensa occidental tiene tragaderas enormes con los países que sí están en el juego de los mercados y la economía liberal). También mantengo que Estados cercanos como Colombia dan muestra de ser mucho más criminales. No “solo un poco” más, sino “mucho más”. Pero esa criminalidad no parece importarle a nadie]].

Volvamos a Rivas, con la cita de una carta que envió Flaubert a Turgueniev: “Siempre he intentado vivir en una torre de marfil, pero una marea de mierda no deja de golpear sus muros y amenaza con tirarla abajo”.

Me gusta un montón la frase, aunque en aquel tiempo el pobre no podía imaginar que tapar la mierda no tangible desde los parlamentos y los medios, y ocultar la tangible en los países pobres, o en los no pobres cuando los "ocultadores" se benefician de la oscuridad que producen unos billetes en los ojos de quien debería verlo, se ha convertido en el negocio más lucrativo de esta Criminalidad Sostenible. De la que disfrutan mafias, instituciones neoliberales, los políticos y medios que la apoyan, algunas instituciones religiosas y algunos más. “Solo unos pocos” más.

Ah... el resto del periódico describe en sus secciones diversas actividades criminales que os evito, porque esto ya iba siendo demasiado largo. Como lo pensé por la mañana pero lo he escrito a media tarde, es la hora de ponerme la correa y sacarme a pasear.

sábado, 14 de noviembre de 2009

El tema era "El silencio"


Los pasos perdidos


Había una ventana. En la habitación que ocupaba de niño, cuando vivíamos mi padre y yo solos. Daba a un pequeño patio con un limonero y un membrillo, cerrado por un muro bajo junto al que crecían arbustos que mi padre podaba para que no lo sobrepasaran. Basta con que lo tapen, me decía, porque los muros siempre son feos. Me gustaba abrirla para ver los limones y los membrillos, cuando los había. Los limones recogen el sol en la piel y reflejan la luz, como un espejo duro; por eso son amarillos por fuera pero no por dentro. Los membrillos se dejan atravesar por la luz y la van soltando poco a poco. Una luz velada, pero sincera. Con el frío, abría la ventana para ver los árboles sin frutos y las montañas a media distancia.
Mi padre me despertaba en cuanto se levantaba. Nos lavábamos juntos, desnudos de cintura para arriba, con agua fría y jabón, resoplando de frío y riéndonos. Después, él hacía cuidadosamente el café en la olla mientras yo calentaba la leche. Desde que cumplí 10 años añadía un poco de café en mi cuenco. Mojábamos pan del día anterior. Él ponía lo que había sobrado de las legumbres con carne de la cena en una sartén con cebollas y ajo, también pimientos cuando había, echaba la mitad en una tartera y me dejaba la otra parte en la cazuela, para la comida. Fregaba, se ponía el mono, con la boina, una gabardina por si llovía y una bufanda si hacía frío, y me traía un libro a la cocina. Léelo para mí y por ti; esta noche me cuentas lo que has leído. Faltaban dos horas y media para la escuela y me quedaba en la cocina, en silencio, leyendo y memorizando para contárselo como si él lo leyera.
Por la tarde llegaba de trabajar duchado y limpio; con las compras hechas. Mientras se cocían las legumbres, se ponía un vaso de vino, liaba un cigarrillo y se sentaba en la mesa de la cocina a oír mi historia. Así aprendí a fijarme en los detalles, por la importancia que él les daba. Había heredado de su padre, un obrero socialista y masón, la pasión por los libros, pero no tuvo tiempo de ir a la escuela y desarrollarla. Después de cenar, me compensaba contándome historias. La que más me gustaba era la del día en que su padre lo llevó a conocer la logia. Le emocionaba. El día que su padre, con el traje de los domingos, le enseñó el templo, que le impresionó, pero todavía más el Salón de los Pasos Perdidos, la antesala, donde los compañeros de su padre le saludaban afectuosamente y después charlaban en susurros, en pequeños grupos, preparando la reunión. Perdió al padre en una tapia del cementerio, pero nunca se olvidó de él ni de ese día. Fue la imagen que lo acompañó y le dio consuelo, aunque nunca pudo entender el significado real: que esos pasos que allí daban se perdían en la memoria y al entrar en la reunión solo quedaba lo pactado. Que eran un filtro adoptado y aceptado entre hermanos. Se emocionaba al hablar de esa fraternidad. Abogados, médicos, empleados y obreros, todos juntos tratando de mejorar el futuro; antes de que precisamente esa unión condujera a la tragedia. Toda su vida esperaba que yo leyera y aprendiera, porque estaba seguro de que volvería el tiempo en que los hombres trabajarían como hermanos. De haber vivido lo suficiente, se sentiría orgulloso de mí, por mi trabajo; pero también sentiría como un agravio mi desclasamiento: el de todos los trabajadores. En el fondo, era un aristócrata del movimiento obrero que creía en la unión de los mejores de la clase obrera con los mejores de la clase burguesa intelectual. No habría entendido los seiscientos y el apartamento en la Costa Blanca como objetivo primordial.

He leído esto, que hace tiempo escribí en una libreta, después de que un primo de mi hijo, cuando hablábamos de Pepe, ha preguntado quién era. Le he dicho que mi padre. Me sorprendió que dos generaciones después de la suya, alguien, aunque no fuera descendiente directo, ni siquiera lo hubiera oído mencionar. Que nadie le hubiera hablado del abuelo de su primo. De su luz tenue como la de un membrillo. En qué poco tiempo desaparecemos de la memoria. En cuatro generaciones, como mucho, el olvido es absoluto, el silencio sobre nuestra vida se vuelve eterno. Al morir se pierden nuestros pasos. Pocos años después, hasta el silencio deja de oírse.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Primer día de viaje

El camino que seguimos ahora hasta el pueblo roza la ciudad de León, desde donde en un eje oeste-este perfecto tomamos una carretera secundaria y llana, con montes al norte cercanos, solitaria. Inquietantemente hermosa. Llovía meticulosamente, tapando casi los hayedos. Escuchaba música de Thelonius Monk, su disco Monk’s Dream, y el último tema, Sweet and Lovely, se clavaba en los agujeros de la lluvia.

Al pasar junto a Boñar, que es el inicio del pequeño puerto de Sotillos, el agua se hizo aguanieve, el aguanieve se volvió nieve espaciada, y esta se convirtió en copos tan densos que necesitaba la velocidad máxima del limpiaparabrisas para poder ver.

Emocionaba encontrar ese otoño invernal cuando se venía del otoño estival. Nunca otoño, nunca.

Desde Sotillos, la carretera baja al valle, hasta el Esla. La nieve no había querido tocar el lado este de la montaña: se había detenido justo en la linde (la muga). Al llegar al pueblo, llovía de una nube que quedaba aferrada a las montañas del norte. El cielo estaba abierto por el sur, desde donde nos daba el sol.

Una vecina que está arreglando su casa ha llenado la entrada, de la que parte la escalera, de muebles. Un vecino que aprovecha los frutales abandonados de la huerta, ha cubierto los muebles de manzanas y membrillos. Su olor vence cualquier humedad.

Me hago un esguince de rodilla subiendo una bolsa pesada. En el rellano de la escalera, donde cambia de dirección, la pierna izquierda se coloca en la posición adecuada, el cuerpo gira perfectamente, la pierna derecha también, la bolsa pesada ha cogido el impulso semicircular necesario. Pero el pie derecho queda pegado al suelo, ajeno a toda la operación. Desde entonces cojeo y me cuesta subir y bajar escaleras. Pero es un dolor dulce. Me acompaña. Impide que alguien me quiera hacer andar más de la cuenta. Mi pie derecho es más sabio que yo.

Cojeo hasta mi bar preferido para tomar un vino. Es importante porque llevo un mes sin tomar una gota de alcohol. Además, quiero ver a Miguel. Miguel no está y en el bar se empeñan en que el clarete vulgar, que es el que a mí me gusta, no es digno, así que en lugar del de 60 céntimos, que yo quería, me tengo que tomar uno de un euro traído del Penedés, que no me gusta. Estorbos de la globalización, pienso, tragándomelo con desgana; el único vino que me iba a permitir ese día.

Después de comer ligeramente me voy a mi nuevo sillón-mecedora y mi nueva lámpara de lectura, a mi rincón-Ikea. Arrastro una bolsa de plástico doble con números atrasados de revistas culturales. En su cruzada organizadora, L las había rescatado. Solo una cuantas de finales de los 80 que, en un rincón oculto, no habían ido desapareciendo como las de otras épocas. Estas se han salvado. La primera que saco es el número 83 de Quimera. Por la portada, que incluye los artículos principales, ya me acuerdo de ella. Empiezo desde atrás y me encuentro la crítica que Fernando Valls hace de la primera novela de Andrés Trapiello, poniéndole algunas peras al cuarto amistosamente. El relato de los dos últimos meses de Kerouac, que releo y me deja el mal regusto que recuerdo me dejó entonces sobre ese borracho derechista en que se había convertido (las fotos son impagables). Releo la entrevista a Bruce Chatwin que me permitió conocerlo: más tarde lo leería a fondo y sobre todo me dejó impresionado El rastro de la canción. Está tan guapo todavía, sobre todo de frente, porque tiene un mal perfil. La enfermedad no se había manifestado. Un texto de Joseph Brodsky, al que todavía no había aprendido a amar como hice con algunos de sus libros. Una entrevista al joven Muñoz Molina. Un dossier sobre Ford Madox Ford. Cada lectura me trae, vivo, el recuerdo de la primera lectura.

Cuando hice esa primera lectura, era mucho más joven que gente a la que ahora considero joven, como S. y como Jesús Miramón (de otros prefiero no hablar, porque la comparación es insultante para mí). Era una revista tan épica y emotiva: abría una ventana tras otra. Me pregunto si ya no hay revistas así o es que no soy ya tan impresionable. Me quedo hasta releerla casi entera y veo que lo segundo es falso: sigue produciéndome la emoción de que realmente pasa algo. La sensación de que leer es una de las cosas que merecen la pena.

A las siete y media, noche cerrada, voy a comprar al súper y me encuentro con Miguel. Los dos somos algo desadaptados a las condiciones y vamos sin paraguas a pesar de que llueve bastante. Refugiados a medias bajo un pequeño alero, me cuenta que el libro en el que lleva trabajando 10 años en el pueblo se presenta en Madrid el día 26: Guiomar o el desafío de un fantasma. Al jubilarse, conoció a una prima de L, se casó y se vino al pueblo, donde se dedica a sus trabajos machadianos, a leer a filósofos y biografías de gentes del 98, y a ver películas del oeste. Comparte esta afición con otros tres del pueblo, el boticario entre ellos. Todos los días ve alguna y a veces se juntan los 4 para ver por vigésima vez alguna de las mejores.

Mañana pienso tomar el vino vulgar que me gusta. Se pongan como se pongan.

domingo, 1 de noviembre de 2009

El tema del taller era ciencia-ficción

Errare humanum est

Al notar una ligera sudoración en la frente, Péiton no se atrevió a secarla con la mano, sino que hizo los esfuerzos de control que había aprendido para detenerla. Era el menor de sus problemas: el miedo se había desencadenado y estaría produciendo una aceleración del ritmo cardíaco y de la respiración, también detectables por los sensores, pero controlables como el sudor. Contra el movimiento que se estaba produciendo en su interior, esa fuerte convulsión de los órganos, como si una mano hubiera sujetado con fuerza los intestinos y tirara de ellos, nada podía hacer. No había llegado a pronunciar mentalmente la palabra “error”, pero la idea estaba ahí, adueñándose de cada una de las células. El error; imposible ya en el Sistema salvo por la malevolencia delictiva de alguno de sus miembros; un ataque frontal a la vida y la salud de todos los miembros de la Comunidad. Así rezaba uno de los Principios Esenciales, que había sido proclamado cuando Péiton estaba en la educación secundaria.
Todavía había conseguido evitar que la palabra “Error” se formara fonéticamente en su pensamiento, pero su aroma o pestilencia, la atmósfera terrorífica que la acompañaba, mandaba señales de advertencia desde el cerebro a todos los destinos posibles, recibiendo como respuesta ineficiencias y cambios indeseados de todos ellos. Aunque en el silencio turbulento mostraba a Viima y a los dos psicoayudantes la mejor de sus sonrisas oficiales, no se había atrevido a mirarlos de frente. Tampoco ellos se miraban entre sí. Cuando por fin, espoleados por una sensación de incomodidad profunda tuvieron que hacerlo, todos vieron en la frente de los otros la capa brillante de un sudor frío que quedaba como resto acusador, aunque todos hubieran sido capaces de detenerlo. En la antesala habían estado Viima y Péiton, pero ninguno de ellos imaginó por un momento que estaban convocados para lo mismo. Cuando les llamaron y entraron, ambos se dieron cuenta por el color y la calidad del uniforme de trabajo, un eufemismo ya que salvo los del grupo Organización nadie tenía otra ropa distinta del uniforme, de que pertenecían a grupos distintos. Viima era una técnica de nivel medio, es decir de software, lo que significaba una posición moderadamente elevada en la Comunidad, mientras Péiton estaba en la posición inferior del grupo Servicios; es decir, se ocupaba de la limpieza en el Sistema Vital Subterráneo donde vivía la Comunidad. Teniendo en cuenta que la mayor parte del trabajo de limpieza era automático, su tarea no iba más allá del esfuerzo de recolocar el escaso mobiliario urbano cuando había quedado fuera de su sitio.
La situación era inaudita para todos. Temible. Viima y Péiton tenían que someterse a la rutinaria preparación para pasar un día en la superficie, pero hasta ese momento los grupos habían estado formados por ciudadanos de categoría similar. De hecho, los estudios psicológicos estaban divididos en distintas ramas que atendían a las diferentes categorías. En esta preparación, tendrían que combinar dos muy alejadas, cada una de las cuales contaba con su protocolo diferenciado. Los psicoayudantes no sabían cómo lo podrían hacer. Péiton y Viima sentían el uno por el otro la desconfianza habitual en una sociedad jerarquizada en la que nunca se había dado colaboración entre grupos, solo órdenes emitidas y aceptadas. ¿Cómo iban a conversar, hacer los mismos ejercicios, colaborar?
Los sonidos de la palabra “trampa” sonaban en su cerebro tratando de combinarse. El miedo era una bola creciente porque el “error”, que los cuatro habían aceptado ya en su interior, podía ser camuflado con la colaboración de todos. Pero la “trampa” podía haber sido tendida desde arriba, para ver cómo abordaban la situación, en cuyo caso estarían perdidos tanto si reconocían que había un error como si no. Estuvieron ya perdidos desde que a un Organizador se le ocurrió elegir sus nombres para un experimento del que solo se conocía que al final, los cuatro serían desechables. El error no existía, pero en caso de producirse su origen era delictivo y tenían la obligación de informar. Aunque nunca se hablara de estas cosas directamente, los miembros de la Comunidad habían aprendido el arte de las sugerencias imprecisas, por lo que sabían lo que pasaba una vez hecho un informe de error. Se abría un proceso al que se sometían como colaboradores de la Justicia todos los implicados, más los que fueran apareciendo en su transcurso. La colaboración era obligatoria y gratuita, lo que significaba que el tiempo dedicado a las gestiones, conversaciones oficiales, presentación de documentos y esperas necesarias no contaba como trabajado. Se perdían con ello todos los privilegios que acarreaba la suma de días trabajados, como las posibilidades de ascenso, los bonos de ocio y el premio final: la salida estipulada al Exterior. En un momento dado, en dos horas todos los implicados, incluidos los mensajeros que habían llevado los papeles, eran desechados: pasaban a trabajar en la expansión del Exterior, donde no existía protección ambiental y tras muchas penalidades morían en días o semanas.

La preparación para el día en el Exterior iba a ser complicada para dos miembros de la Comunidad tan dispares. Aunque el objetivo era volver a vivir en la superficie del planeta, todo era más lento de lo previsto. Quizá porque las dificultades del acondicionamiento fueran muy superiores a lo que se había dicho; quizá porque la clase Organización, cuyos miembros tenían acceso a discreción a la zona liberada, crecía con más rapidez que el trabajo de expansión. No se podía saber con seguridad porque de esos temas no se hablaba directamente. La situación era que cuando Péiton empezó a trabajar los miembros de su grupo tenían derecho a un día cada cinco años, pero los períodos se fueron ampliando e iba a salir por primera vez tras un tiempo trabajado de 20 años. Los del grupo de Viima, en cambio, salían efectivamente un día cada tres años, por lo que esta iba a ser su segunda salida.
Péiton dedico los veinte minutos de relajación profunda inicial, a la que estaban obligados los miembros de todo grupo que comenzase un proceso de trabajo, a pensar todas estas cosas. Incapaz de encontrar una salida, confió en la mayor sabiduría de los otros tres.

—Estimados miembros de la Comunidad —dijo el psico de menor nivel—. Vamos a comenzar la fase de preparación para su salida. Es un proceso inquietante, pues la vista puede extenderse hasta horizontes lejanos, a lo que nuestra mente no está habituada. Pero tengan confianza y borren cualquier inquietud: todos disfrutan de esta experiencia. Una experiencia necesaria, contemplar esa belleza, para redoblar la actitud de un trabajo responsable ante la Comunidad que un día nos permitirá a todos vivir ahí fuera para siempre.
Era el discurso oficial y normal. En este caso decisivo, porque significaba que seguían adelante con el plan, como si Viima y Péiton constituyeran un grupo normal. Por eso ambos, aunque agradecidos, siguieron sintiendo la desconfianza que les provocaba la anormalidad de la situación.
—Quizá hayan percibido un pequeño detalle diferenciador. Sin duda responde, aunque no tengamos capacidad de saber cómo, a la puesta en práctica del discurso de Año Nuevo de nuestro Timonel. Como saben, estuvo dedicado a la Invención. Se nos ha encomendado a todos la tarea de este decenio: innovar para mejorar y acelerar. Sin duda por eso estamos reunidos precisamente nosotros cuatro. Dentro de 48 horas, con toda seguridad ustedes dos harán un viaje que, aunque no dura más de 10 minutos, les conducirá al punto más lejano de sus vidas. No desaprovechen la ocasión. La Comunidad necesita del esfuerzo de todos.
Por primera vez desde que había entrado en ese despacho, Péiton pudo dejar de controlar los signos de miedo. Confiaba en aquel hombre que había encontrado la solución. Recuperó la ilusión de salir. Dadas las circunstancias y la baja media de vida de los trabajadores de su nivel, posiblemente sería el único viaje de su vida.