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lunes, 14 de diciembre de 2009

Divagos de Punchet: Relatos habitables de Lara Moreno

[Normas de uso de la revista: Gassetia ya ha publicado el segundo Punchet, para verlo, y ver el resto de la revista, pinchad AQUÍ y aparecerán los tres números. Pinchad en el tercer número. Podéis echar un vistazo en forma de revista, pero para leerlo es más cómodo ir a la "Vista de informe". Si lleváis el cursor arriba, aparecen unos iconos y hay uno con un folio grande y dos pequeños. Al pinchar ahí, se abren tres vistas posibles. Pinchad en la tercera, "Vista de informe", y se abrirá una nueva ventana en la que es fácil ir pasando todo y leer lo que se quiera. Pero ahora, por si alguien se lía, o por los momentos en que cargan la página y el primer vínculo no funciona, pongo el texto. Aunque no queda tan bonito como en la revista, con las fotos a color].




¿Cómo coloco los ojos, para que me quepan tantos mundos?
Punchet


Me gusta bajar a Lavapiés. A veces. En un día de diario cuando ya haya oscurecido. Cuando se vive la vida de barrio porque todavía no han llegado los de fuera; menos yo, que soy un visitante poco visible. Este barrio es una metrópolis cruzada y condensada en un pequeño espacio. A veces parece como unos grandes almacenes formados por infinitos huecos ocupados por tiendas étnicas de segunda mano (como poco) donde venden todo lo que se ha gastado en un camino que se empezó cuando los artículos nuevos estaban ya deteriorados. O la gente de toda la vida, las parejas ya mayores que se quedaron aquí, estupefactas de cómo aceleraba el mundo en otras partes, que ahora meriendan café con churros en bares cuya pretendida elegancia se había esfumado a los pocos meses de su inauguración. Indios, moros, negros africanos, asiáticos, pasean como sombras que puedan diluirse en el aire en cualquier momento. O hacen como que han salido a comprar. O son dueños de una tienda, vacía de clientes, desde cuya puerta miran la calle. Todos contribuyen a que nuestros sentidos jadeen de ansiedad. Paseo como uno más, como si fuera de compras sin llevar bolsa ni dinero. Como si nos impulsara el miedo a parecer que no somos de aquí y pudieran aplicarnos tantas leyes que no podemos ni memorizarlas. Miro, toco disimuladamente, escucho cadencias de voz que, bien agrupadas y ordenadas, podrían esparcirse desde las salas de conciertos; olfateo, incapaz de diferenciar lo que me llega, dónde se ha mezclado. Sobre todo quiero ver, pero ¿cómo coloco los ojos para que me quepan tantos mundos?

No soy Schrödinger. Soy su gato y soy yo el que decide y hace los experimentos. Yo mismo me meto en la caja, cierro la tapa y me quedo en la oscuridad luminosa preguntándome si cuando la abra a la luz oscura del exterior estará allí Schrödinger, o su hijo, quizá un tío suyo o una sardina envenenada sobre la que me lanzaría con alborozo. Una vez, cuando la abrí estaba Lara saliendo del metro. La reconocí porque acababa de leer su libro Cuatro veces fuego en una biblioteca y venía una foto suya en la solapa. Le dije que lo había leído, pero no me preguntó si me había gustado, sino si podía invitarme a un te con ron. Nos sentamos en un bar en el que quedaban sillas que eran restos de varios cambios antiguos, pero sin que presumiera de “vintage”. Llevaba una falda corta, como algunas de sus protagonistas, pero no podía mirarle los muslos, ni la boca, ni los ojos. Solo me interesaba la que había escrito historias que me habían perturbado: y esa no pasea por la calle. Le miraba las manos. En uno de los relatos escribe que todos tenemos una mano inocente y una mano cruel. Le miraba la inocente, es fácil distinguirlas a poco que te fijes, y leía en ella:

«la boca de su madre estaba mojada en aceite y parecía una boca de verdad, no una boca de madre.»

Hemos tenido la misma infancia, una distancia recorrida por un temblor. Eso le dije. Le miré la mano cruel y leí en ella:

«Y claro que llegó la tristeza y la incertidumbre y la certeza, pero la muchacha (ya era una muchacha en la ventana) nunca comprendió muy bien según qué cosas y tampoco quiso preguntar

Tampoco Lara quiso preguntar por qué recordaba esas citas. Estábamos bien allí, tomando ron y dejando que el té se enfriara, fumando los cigarrillos que ella liaba. Esto se repitió varios días, hasta que dejé de encontrarla. He seguido bajando a Lavapiés; a veces. Pero no la he vuelto a ver. Era la única persona con la que sentía acercanza en ese barrio. Ahora lo recorro con los sentidos abiertos de un padre huido antes de tiempo.


Hay relatos habitables donde quedarse a vivir
Él

Se equivoca quien crea que Punchet es mi amigo. Solo porque se pega a mí cuando me ve, pago sus consumiciones, le paso un brazo por el hombro cuando mirando su copa susurra palabras que no entiendo. Porque en los bares que frecuento deja a mi nombre cuentas sin pagar y las abono con naturalidad. Porque deja a mi nombre, con la deuda, escritos en cualquier cuartilla u hoja de bloc que le han prestado, con la palabra “Divagos”, centrada, como título. Como este de Lara Moreno, que dejó para mí en la Almudayna. El primero de ellos llevaba una nota que decía “no sé qué hacer con estas cosas, quizás tú sí”. Lo curioso es que consideré siempre esos divagos como una obligación a cumplir. Con el poco tiempo que tengo, él me marca el destino. Por eso creo que en lugar de amigo es mi asesino, el que devora mi tiempo poco a poco.

La Lara que Punchet encontró y perdió en Lavapiés yo la he encontrado y no perdido en Malasaña. Yo sí le miro los muslos, la boca y los ojos. Me preocupa cuando tiene una tos ronca que persiste. Le pregunto si su hermosa pareja sigue dando luz cuando la tarde oscurece. La tengo totalmente separada de la escritora del mismo nombre que ha publicado, entre otras cosas, Cuatro veces fuego. Ni por un momento se me ocurre engañarme pensando que las dos son la misma.
Me ha gustado tanto, ese libro. Qué palabra tan pobre, “gustar”: lo he vivido. Están los relatos de infancia y familia, que recordaba Punchet. Pero hay otros. Unos contienen gérmenes de poemas como los de Panero (el loco, le dicen), o se refieren al recuerdo de esa infancia. Son poemas explotados, expandidos, que felizmente nos queman y hieren, entre las descripciones necesarias para que no nos perdamos demasiado. Como en el que se llama “Donde más te duela”. Allí leo:

«(...) Si te acercas a alguien mucho, tanto que las narices queden pegadas y respiren el aire ajeno como ladronas, tanto que tu visión sea oscura a pleno sol, porque sólo y exclusivamente veas los ojos contrarios, los ojos complementarios, los ojos contrincantes y cómplices y corruptos y veas sólo con los ojos, te darás cuenta de que está ahí, igual, exacto, intacto, sin los días de más en el cuerpo y sin las arrugas de la piel, sin todas las batallas y las víctimas y sin todas las ecuaciones torpemente resueltas, y por supuesto sin las nuevas fórmulas descubiertas; está ahí para ti, para sí mismo, y tú debes estar igual, a pesar de todo, a pesar de la caja llena de fotografías que guardas en el armario del Jardín.
(...)
El calor había quedado atrapado afuera. La hierba se empeñaba en ser fresca, el ruido de los pájaros durmiéndose, la silueta del tronco del árbol más negro que la noche. Pero daba igual. Sentí el calor de la tierra en las rodillas y acto seguido mis manos sudaron todo el frío que habían recibido bajo el grifo, y me saludaron, y creo que bendijeron el suelo que iban a escarbar, o algo, porque quedaron quietas, una sobre la caja y otra sobre la dura arena del campo, y dijeron cosas bíblicas que habían aprendido en el colegio. Y el verbo se hizo carne, seguramente,
(...)
Y entendí, con las manos enterradas en un racimo de uvas blancas, que todo puede ser de otra manera, que el Jardín devora la vida y luego la expulsa, para que nos la comamos, que siempre la vida está para comérsela.
».

Pero hay algo más, más decisivo. Todos hemos deseado que un libro no se terminara y hemos leído el final a sorbitos, para alargarlo. No se puede releer de inmediato el mismo libro queriendo que pervivan las sensaciones que produjo. Es tan grande la distancia entre el final y el principio que volver a este rompe el encantamiento. Pero hay quien sabe escribir un relato como si fuera un espacio donde quedarse, y puedes pasar del final al principio sin que se rompa nada: la atmósfera persiste y hasta se ahonda. Hay varios en el libro de Lara, pero el que más se hace espacio es “Las difusas”. Contiene el misterio cruel de la adolescencia, del despertar, y resuena en nuestra propia historia. Estuve una tarde entera de un sábado leyéndolo, haciéndome un té, volviéndolo a leer. Varias veces. No lo leía, lo recorría, como se recorre un camino. Es muy difícil escribir un espacio como ese, en el que el lector pueda acomodarse.


Postscriptum con Cascarinna rondando
Él



Tengo una joven vecina que se llama Cascarinna. De ella me separa un tabique tan delgado que cuando se lía un cigarrillo escucho el crujido del papel al curvarse. Escucha y canta coplas. El otro día encontré media tarta con esta nota: “He venido a dejarte la mitad de una tarta que he hecho y de paso a espiar lo que escribes. Una noche me leíste dos cuentos de esa chica, ¿te acuerdas? Te dejo mis impresiones en el ordenador”. Claro que me acuerdo, cuando llega dolida y no puede dormirse, si oye que estoy despierto toca en el tabique para que pase a leerle hasta que se duerma. Me parece excesivo que otra persona más ocupe el espacio de mi escritura. Además, me gusta cómo habla, pero cuando escribe cree que debe poner palabras difíciles y se acartona. Así que no doy entrada a su voz, hasta que deje de pensar que escribir es un acto elevado. Solo diré lo que me dijo escribiéndolo en mi ordenador.

Me dijo que había dejado fuera los relatos de sexo, los que más le gustaban. “Futuro imperfecto”, que la refleja, porque siempre que un chico o una chica le hablan de futuro no cumplen. Y la protagonista acaba vengándose en el baño de un bar, como ha hecho ella tantas veces, me dijo.

«Dijiste ya investigaré y yo vi o quise adivinar que estarías horas así, husmeando mi cuerpo, hasta que la nariz se te quedara atascada de tantos lunares desperdigados, hasta que mi piel fuera un erizo escalofriante entre tus dientes».

Me dijo que le emocionó “Durante horas”, donde un chico y una chica se descubren poco antes de madrugar, sin haber dormido, y se persiguen durante horas por la ciudad, manteniéndose a diez metros, hasta que veinte horas después terminan encontrándose en un callejón sin salida y, a una distancia de diez metros, mirándose y sin hablar, hacen el amor.

Le avisé que no la iba a incluir en el texto y le dije que no tenía razón en su preferencia, tanta atracción por enfrentarse acariciarse y violentarse, que no presta atención a todo lo demás. Cuando me quedé solo y lo pensé, comprendí que el equivocado era yo, simplemente porque tengo la edad de estar equivocado y ella tiene la edad de acertar. Simplemente porque la vida es así (cuando ya no está para comérsela). Fui a su pastelería preferida a comprarle pastas de té y le dejé la bandeja en la mesa de su sala, con una tarjeta que decía: “Lo siento, la razón la vuelves a tener tú”.

martes, 17 de marzo de 2009

Divago de Punchet: El idiota

Todos nacemos con alas de ángel o de diablo, tan hermosas, pero están hechas de plumas únicamente, trenzadas en el aire. Por eso las perdemos pronto y unos lo llevamos mejor y otros muy mal. Son estos seres desgraciados, conflictivos, medrosos los que me interesan; los que se dejan usar. Los que son como yo no tienen problema en dar cualquier cosa, pero como ya las dimos todas no hay nada que entregar. Ahí es donde entran los acopiadores de objetos, a cambio de vender la parte mejor de su vida y lloriquear por las alas que perdieron. Los que nos facilitan esa vida ínfima que llevamos. No es fácil mi vida; tampoco me voy a quejar de ello porque es grata, está llena de momentos importantes, densos, que ocupan porciones largas de la estructura de distancia que miden los relojes. A veces me quedo con el pensamiento fláccido, como si entre una palabra y la siguiente hubiera una torrentera crecida y me quedara sentado en el borde esperando que el agua bajara lo suficiente para vadearla. Dicen los que me conocen que entonces me suelo quedar en la esquina más oscura de un bar y emito una especie de cloqueo. Por suerte, no creo nada de lo que dicen de mí los que me conocen. O bien, para ser exacto, me importa nada. No sé cuántas veces me pasa eso en mitad de un pensamiento, dejar de saber contar se me hizo imprescindible. Los que vivimos del arrebato carecemos de unas ciencias Físicas y Matemáticas propias en las que sujetarnos; si no como seres sólidos, al menos como monitos trapecistas vestidos de fiesta infantil. Toda ganancia significa alguna pérdida.

No es fácil mi vida. Hay que tener una intuición extrema, levantarse a tiempo para seguirle cuando sale de casa, el idiota, colarse en el metro en el mismo paso del torniquete, sentarse luego donde no quiera mirarme y verle transfigurarse leyendo un libro. El libro que yo quiero leer. Hay que ser muy hombre para no echarse a llorar al ver la cara que se le pone cuando, al llegar a la estación de destino, cierra el libro y sabe que se acabó todo durante unas diez horas insulsas en las que ganará dinero para comprar los libros que yo leo. Hay que tener el corazón duro para caminar detrás de él sin detenerlo, abrazarlo y decirle “hermano, déjalo ya”. Tengo ese corazón duro y no me apiado de mis víctimas. Cuando iba a entrar en el edificio de oficinas, le detuve por fin. “¿Me dejas el libro? No lo vas a necesitar. Te lo dejo en Recepción a las seis. ¡Ah, otra cosa! Por aquí no me conocen, no me fían. Dame algo de dinero para que pueda tomar algo de vez en cuando”.

El idiota hizo lo que tenía que hacer y yo me fui con el último libro de Nabokov, el último de verdad, Mira los arlequines. Me senté en un banco de un jardín cercano y leí: «Conocí a la primera de mis tres o cuatro sucesivas mujeres en circunstancias bastante extrañas, cuyo acaecer hacía pensar en una burda intriga plagada de detalles absurdos y urdida por un conspirador que no sólo ignoraba el fin perseguido, sino también se empeñaba en torpes maniobras que parecían excluir toda posibilidad de éxito».

Olvidé al idiota. Mi agradecimiento era todo para Vladimir.

domingo, 15 de febrero de 2009

Divago de Punchet: Volver

Al señor Punchet son estas las cosas que le emocionan. No digo que no sepa moverse en la realidad, coger un metro, conocer los bares, saber que ha de pagar cada caña y cada vino, pero eso lo hace automáticamente, como el que conduce o sube una escalera. Él solo presta atención a los pliegues del tiempo y el espacio, donde habitan las telarañas con las que hace bolitas que esconde en su ombligo. Oye o lee, que es como oír por dentro, la palabra “volver” y se le levantan las orejas, tan peludas. Como perro que es. Ya se lo llamaron una vez y lo discutimos mucho, él y yo, que era de la opinión de que no lo es; o que no lo es tanto. Pero él estaba tan encantado como si le hubieran besado en la boca.


Esta cuarta copa de vino rojo, denso, bermellón, a ti te la ofrezco y por ti la alzo y en ayunas la tomo porque recibiste adicta mi semen cuando era espeso como yo me bebí tu sangre cuando la había, como hay ahora este vino grueso. Porque como dice el libro de Flavia Company Dame placer, que le he robado a mi amo en cuanto lo consiguió tener, y espero que me encuentre para que se lo devuelva porque no tengo dinero para pagar lo que bebo, «a las cosas y a los lugares no se puede volver ni siquiera volviendo». Recuerdo de inmediato el verso de Borges que decía «Vuelvo a Junín, donde nunca estuve».

Y entre una frase y otra me quedo colgado sobre el abismo. O peor, me dejan las dos colgando, aunque el abismo permanece en todas las versiones, porque los dos cuentan lo mismo y lo hacen perfectamente. Cuentan lo que no quiero oír pero me veo obligado a leer: que es imposible volver y que si se vuelve se hace a donde nunca se estuvo. Porque ya no es el río de Heráclito, en el que uno no se puede bañar dos veces, donde el río cambia pero uno parece ser el mismo. Desde entonces hemos aprendido demasiado, para nuestro mal, y ahora sabemos que lo imposible es seguir siendo uno mismo. Así que para qué volver. O cómo, si el que vuelve es otro. O para qué vivir, si todo a lo que le damos importancia está en un pasado no improbable, sino imposible. Si fuera posible volver a ti, incluso sentiría celos de quien vuelve, como desasosiego siento de las calles cambiadas. Por eso me he venido a vivir aquí, donde todo cambia tan deprisa que volver no puede ni plantearse, pues no ha dado tiempo a crear el hábito.

Vivir sin crear pasado es la ofensa más indecente al ser.

viernes, 6 de febrero de 2009

Divago de Punchet: Pelícano y pingüino

Esta mañana recibí un mensaje que me decía que me enviaban un regalo con un pelícano rosa. ¿Son rosas todos los pelícanos?, me pregunté, sin hacer nada por averiguarlo. A lo mejor lo es solo mi mensajero y me será fácil distinguirlo. Pero si lo son todos, ¿qué haré para defenderme de un pelícano malicioso que me entregue un regalo que no es para mí? Me dormí en la mesa de la oficina, meditando estas cosas.

Por la tarde, aunque me había citado a las 9 para ir a ver un concierto, puse el despertador media hora después y me adormilé viendo una película de Herzog que hablaba de la Antártida, que ya había empezado; pero eso no me importó porque iba a dormirme enseguida. Desperté en un momento en el que se veía un pingüino solitario que se dirigía hacia unas montañas lejanas. Pasaba entre dos hombres y la voz en off decía que nadie interrumpe nunca a un pingüino, aunque los dos sabían que iba hacia una muerte segura. Me distraen mucho los clichés de adorno: uno se encamina hacia la muerte y punto. ¿Es que hay una muerte insegura?

Cuando volví a prestar atención, la voz en off decía que era un pingüino desorientado, para a continuación añadir que sería inútil devolverlo a la colonia, porque volvería a dirigirse a las montañas. Eso me hizo pensar que era un pingüino bastante ordenado y orientado: debía tratarse de una nefasta traducción. Meditando sobre ello, me quedé otra vez dormido, preocupado de si no sería mi pelícano, seguramente dirigido a la muerte, que era el regalo. Sin duda estaba soñando, pero abrí los ojos, o soñé que los abría, y desde una cámara colocada sobre una grúa se veía al pingüino, acercándose pasito a pasito a la montaña. Después seguro que dormía, porque pensé que yo mismo era el pingüino y desde dentro de su cabeza recordé a los dos hombres y el nombre que les damos a las personas: pingüinos de andares aburridos.

De que el regalo era la muerte ahora sí estoy seguro.

Las montañas, seguían estando muy lejos.