
Mi bisabuelo (el abuelo de mi madre) de muy joven en la Guerra de Cuba. Lo miro y creo estar viendo al segundo de mis hermanos.
Desde que empezó a llegarme la remesa de fotos antiguas, me siento agitado y pienso. Pienso en qué somos. La individualidad, el yo, lo que chapotea en el líquido materno, sale, crece, experimenta y se muere, respondería a la pregunta de “quién somos”; ya comentaré de eso si es caso. Como miembros de la familia que se extiende hacia el pasado, pero también al futuro en que estemos muertos, la pregunta sería “¿qué somos?”.
Como creo que cuando morimos se acabó, necesitaba encontrar una trascendencia sin credos. Creo que la he encontrado (al menos para mí). Somos datos de información. Datos que se unen a otros datos y producen conjuntos de datos más complejos que transmitimos y formamos cadenas todavía más complejas. Datos para la supervivencia de los genes del grupo. Puedo llegar hasta mis bisabuelos por la parte materna, gente acomodada que se fotografiaba desde el siglo XIX. Por la paterna, me quedo más corto, pero puedo imaginar muchas cosas. Es como si recordara hormigas vistas desde arriba, sin diferenciar una de otra: moviéndose con el objetivo de mantener vivo el hormiguero. Cada una sabiendo lo que ha de hacer, comunicándose por el cruzamiento de las patas dónde hay comida: en qué dirección y a qué distancia (las abejas lo hacen y creo que las hormigas también). He visto a la familia desde arriba y he visto esa comunicación: el salvaje hormiguero humano.
Cuánta información y datos transmitidos genéticamente (el bisabuelo clavado al hermano segundo). También debe existir una zona neuronal oscura que vaya más allá de los rasgos físicos: información. No puedo explicarme ciertos sueños y pesadillas sino creo que la experiencia acumulada por mis antepasados me ha llegado genéticamente, planteándome dudas, enigmas, caminos para la supervivencia del grupo. No mi familia: todas las familias. Recibimos una experiencia acumulada que busca la experiencia del grupo. A diferencia de los insectos, en nuestro caso es acumulativa, creativa. Está ahí, incluso para que cuando entremos en una crisis, una crisis de grupo suprafamiliar me refiero, podamos salir de ella y avanzar. Los genes egoístas.
Hacia el futuro también. Aunque no tengamos descendencia, significamos muchas cosas para algunos que nos rodean y esa experiencia, convertida en datos por los que sí la van a tener, o en historias contadas o convertidas en Arte, llegará a otros. ¿Cuándo desaparece nuestra influencia individual una vez muertos? ¿Cuándo pasa a formar parte del colectivo, iba a escribir el mar, de la experiencia de los antepasados directos? Cuando desaparezcan los que tuvieron un conocimiento directo de nosotros. Entonces pasaremos a formar parte de un mar de conciencia (al final, lo dije), una complicadísima bola de datos que casi no puede comunicarse sino mediante mitos: cuando nos habla no un individuo, sino una colectividad.
Datos para la supervivencia; por lo tanto, salvajes.
Es mi abuelito. Con dos cojones y un pincho en el casco. De mi familia materna, todos los antepasados varones de mi abuelo fueron militares del ejército de Tierra. Los antepasados varones de mi abuela, marinos de guerra.Fue el último de mis abuelos en morir, cuando yo tenía poco más de dos años, así que no recuerdo nada de él. De mi abuela paterna, que murió en mi casa meses antes, sí tengo un recuerdo exacto. El primero de mi vida; pero no es una historia para hoy. Aún sin conocerlo, su muerte provocó dos historias que sí conservo en la memoria.
El rel
En casa, siempre iba vestido con una bata de rayas verticales azules y blancas, de escolar. Cuando mi madre estaba bien, me dibujaba cosas en una hoja. Ese día me estaba dibujando un reloj. Cuando solo había trazado el círculo, la aguja pequeña arriba y los números hasta el quinto, llegó un telegrama que decía que su padre había muerto. Adoraba a su padre, se echó a llorar y guardé el dibujo en un bolsillo de la bata. Durante varios días, lo sacaba a escondidas, ese “rel” inacabado, y pensaba que estaba relacionado con la muerte, aunque no supiera cómo.
Un abrigo incompleto
Meses después, me dijeron que me iban a hacer un abrigo con la tela del capote militar del abuelo. Había visto esta foto o una parecida, así que inmediatamente pensé que el abrigo completo incluía un casco con pincho a mi medida. Me imaginaba saliendo con él a la calle. Nadie me dijo que iba a ser así: tenía una seguridad absoluta a partir de mi lógica de entre dos y tres años. Cuando llegó el abrigo, pegunté por el casco y se echaron a reír, creció en mí un rencor que duraría mucho tiempo. También me afirmé en una idea que ya tenía algo hecha: los mayores no eran gente de fiar.
Datos, de todas las maneras posibles aprendemos o elaboramos datos.
Un hombre de familia excepcional. Pero también un militar excepcional que había guerreado en Filipinas, en Cuba y en Marruecos, donde Franquito (así lo llamaba mi abuela) fue subordinado suyo.
Me sentiría más tranquilo diciendo que mi abuelo fue un hombre de familia excepcional y uno de los mejores panaderos de Madrid, en cuya panadería la gente hacía cola. Inútil. Parte de mis genes son de guerreros. De un modo u otro, están ahí. En el grupo salvaje que nos ha antecedido a todos (aunque no hayan sido militares). No puedo ni quiero negarlos. Me limito a respirar suavemente al acostarme, esperando que me digan algo que está ya, aunque mudo, dentro de mí.


