martes, 27 de julio de 2010

Qué hastío de estío: Grupo Salvaje (la familia) 1


Mi bisabuelo (el abuelo de mi madre) de muy joven en la Guerra de Cuba. Lo miro y creo estar viendo al segundo de mis hermanos.

Desde que empezó a llegarme la remesa de fotos antiguas, me siento agitado y pienso. Pienso en qué somos. La individualidad, el yo, lo que chapotea en el líquido materno, sale, crece, experimenta y se muere, respondería a la pregunta de “quién somos”; ya comentaré de eso si es caso. Como miembros de la familia que se extiende hacia el pasado, pero también al futuro en que estemos muertos, la pregunta sería “¿qué somos?”.

Como creo que cuando morimos se acabó, necesitaba encontrar una trascendencia sin credos. Creo que la he encontrado (al menos para mí). Somos datos de información. Datos que se unen a otros datos y producen conjuntos de datos más complejos que transmitimos y formamos cadenas todavía más complejas. Datos para la supervivencia de los genes del grupo. Puedo llegar hasta mis bisabuelos por la parte materna, gente acomodada que se fotografiaba desde el siglo XIX. Por la paterna, me quedo más corto, pero puedo imaginar muchas cosas. Es como si recordara hormigas vistas desde arriba, sin diferenciar una de otra: moviéndose con el objetivo de mantener vivo el hormiguero. Cada una sabiendo lo que ha de hacer, comunicándose por el cruzamiento de las patas dónde hay comida: en qué dirección y a qué distancia (las abejas lo hacen y creo que las hormigas también). He visto a la familia desde arriba y he visto esa comunicación: el salvaje hormiguero humano.

Cuánta información y datos transmitidos genéticamente (el bisabuelo clavado al hermano segundo). También debe existir una zona neuronal oscura que vaya más allá de los rasgos físicos: información. No puedo explicarme ciertos sueños y pesadillas sino creo que la experiencia acumulada por mis antepasados me ha llegado genéticamente, planteándome dudas, enigmas, caminos para la supervivencia del grupo. No mi familia: todas las familias. Recibimos una experiencia acumulada que busca la experiencia del grupo. A diferencia de los insectos, en nuestro caso es acumulativa, creativa. Está ahí, incluso para que cuando entremos en una crisis, una crisis de grupo suprafamiliar me refiero, podamos salir de ella y avanzar. Los genes egoístas.

Hacia el futuro también. Aunque no tengamos descendencia, significamos muchas cosas para algunos que nos rodean y esa experiencia, convertida en datos por los que sí la van a tener, o en historias contadas o convertidas en Arte, llegará a otros. ¿Cuándo desaparece nuestra influencia individual una vez muertos? ¿Cuándo pasa a formar parte del colectivo, iba a escribir el mar, de la experiencia de los antepasados directos? Cuando desaparezcan los que tuvieron un conocimiento directo de nosotros. Entonces pasaremos a formar parte de un mar de conciencia (al final, lo dije), una complicadísima bola de datos que casi no puede comunicarse sino mediante mitos: cuando nos habla no un individuo, sino una colectividad.

Datos para la supervivencia; por lo tanto, salvajes.



Es mi abuelito. Con dos cojones y un pincho en el casco. De mi familia materna, todos los antepasados varones de mi abuelo fueron militares del ejército de Tierra. Los antepasados varones de mi abuela, marinos de guerra.

Fue el último de mis abuelos en morir, cuando yo tenía poco más de dos años, así que no recuerdo nada de él. De mi abuela paterna, que murió en mi casa meses antes, sí tengo un recuerdo exacto. El primero de mi vida; pero no es una historia para hoy. Aún sin conocerlo, su muerte provocó dos historias que sí conservo en la memoria.

El rel
En casa, siempre iba vestido con una bata de rayas verticales azules y blancas, de escolar. Cuando mi madre estaba bien, me dibujaba cosas en una hoja. Ese día me estaba dibujando un reloj. Cuando solo había trazado el círculo, la aguja pequeña arriba y los números hasta el quinto, llegó un telegrama que decía que su padre había muerto. Adoraba a su padre, se echó a llorar y guardé el dibujo en un bolsillo de la bata. Durante varios días, lo sacaba a escondidas, ese “rel” inacabado, y pensaba que estaba relacionado con la muerte, aunque no supiera cómo.

Un abrigo incompleto
Meses después, me dijeron que me iban a hacer un abrigo con la tela del capote militar del abuelo. Había visto esta foto o una parecida, así que inmediatamente pensé que el abrigo completo incluía un casco con pincho a mi medida. Me imaginaba saliendo con él a la calle. Nadie me dijo que iba a ser así: tenía una seguridad absoluta a partir de mi lógica de entre dos y tres años. Cuando llegó el abrigo, pegunté por el casco y se echaron a reír, creció en mí un rencor que duraría mucho tiempo. También me afirmé en una idea que ya tenía algo hecha: los mayores no eran gente de fiar.

Datos, de todas las maneras posibles aprendemos o elaboramos datos.



Después, aprendí muchas cosas sobre él. Su comportamiento honorable, por el que al cabo de un mes de estar en una checa de Madrid fue liberado. Su ayuda a los de todos los bandos. Cierto. También es cierto su cariño inmenso a sus familiares. A mi madre le escribía una carta cada dos días, contándole todo y preguntándole con ansiedad qué sufrimientos podía estar pasando en la posguerra. Uno de sus puntos honorables es que no puso inconvenientes a que se casara con mi padre, un simple empleado, y los dos habían quedado en que vivirían de lo que ganara mi padre (un rojeras, además), así que no podía ayudarla directamente. En una carilla del papel, siempre le hacía un dibujo (seguía siendo “su” niña), como este que he puesto. Se ven, por el adelgamiento del papel, las líneas del otro lado.

Un hombre de familia excepcional. Pero también un militar excepcional que había guerreado en Filipinas, en Cuba y en Marruecos, donde Franquito (así lo llamaba mi abuela) fue subordinado suyo.

Me sentiría más tranquilo diciendo que mi abuelo fue un hombre de familia excepcional y uno de los mejores panaderos de Madrid, en cuya panadería la gente hacía cola. Inútil. Parte de mis genes son de guerreros. De un modo u otro, están ahí. En el grupo salvaje que nos ha antecedido a todos (aunque no hayan sido militares). No puedo ni quiero negarlos. Me limito a respirar suavemente al acostarme, esperando que me digan algo que está ya, aunque mudo, dentro de mí.

jueves, 22 de julio de 2010

Séptimo 100e de Verónica Leonetti

Una interrupción del hastío.

Ayer, cuando Verónica me mandó la ilustración que iba a poner para el Escalón 7, me quedé impresionado. No recordaba cuál era el texto 7. Lo leí, miré la ilustración y sentí algo muy raro. Como un placer que no me correspondía, y por eso más agradable: participar, sin apenas hacer nada, en un conjunto espectacular. Estoy seguro de que os va a maravillar: solo tenéis que hacer clic AQUÍ.

Como de costumbre, los comentarios solo se pueden hacer donde Verónica.

sábado, 17 de julio de 2010

Qué hastío de estío: El indocumentado cielo de la amistad

A todos los amigos hechos en la red y que compartimos corazón


Los amigos son la carga más ligera de nuestro corazón, pero llegado el momento no nos importa cargar con su dolor como si fuera nuestro. Son los indocumentados del poder, no están en ningún código jurídico, no heredamos de ellos ni ellos de nosotros; no tienen patria ni religión; si es necesario, te ayudan o les ayudas; si alguno se hace rico, no comete la indelicadeza de querer arreglarte la vida: un día te invita donde no podrías ir y otro se deja invitar donde dejó de ir; si alguno sigue pobre, o se empobrece, tiene abiertas las casas de los amigos, las carteras en los bares, todo discretamente y sin convertirse en una carga.

Los amigos no tienen siquiera la carga de aferrarse en el tiempo. A veces sn para siempre; otras veces aceptan que su vida, o la tuya, han cambiado: pero si los vuelves a encontrar notas que una sonrisa como las de antes se abre a la fuerza, tocando músculos de la sonrisa ya atrofiados. La amistad se cuenta por lunas llenas: cien lunas llenas revela una amistad potente. Las religiones, las ideologías, el poder, no los mencionan en sus escritos.

Los amigos lo entienden todo. Hubo un tiempo en que se aplicaba lo que cantaba Serrat: “Mis amigos son gente cumplidora / que acuden cuando saben que yo espero. / Si les roza la muerte, disimulan, / que pa’ellos la amistad es lo primero”. Hoy, saben que me fatigo con facilidad, no sé por qué ni tampoco me importa mucho, y no dicen nada cuando desaparezco demasiado pronto de las reuniones.

Me acuerdo de F., con la que fundé una comuna urbana en Madrid, que acabó desastrosamente como todas. Cuando le daba un desamor se venía a nuestra casa y la ponía patas arriba, bebiendo coñac y poniendo canciones de Aute a cualquier hora. Ni a Lola ni a mí nos importaba; hacíamos nuestra vida y hablábamos constantemente con ella, de todo menos del amor. Hasta que un día se echaba a reír, bajábamos a tomar una cañas y al subir hacía la mochililla y se marchaba con su sonrisa maravillosa. Un día, cuando se termino la recta en la que conducía a toda velocidad, no supo, no pudo o no quiso tomar la curva. Era, y éramos con ella, como la canción que canta Camille: “Levántate, está decidido, déjame reemplazarte, tomo tu dolor, suavemente, sin hacer ruido, como se despierta la lluvia, voy a quedarme con tu dolor”.






A veces los amigos se separan bruscamente, con razones. Es la vida. Lo mismo que las arterias elásticas se van endureciendo y una se llena de nicotina, también un amigo, una persona, se puede endurecer y no dejar que la vida pase por él. C. era el mejor amigo de Lola, poco después lo era mío. Un loco de la vida que trabajaba en lo más cutre de la noche de Madrid. A veces llamaba al timbre a las 4 de la madrugada, porque no quería volver a su casa. Lola blasfemaba y seguía durmiendo. A veces yo sacaba el whisky, ponía música y me quedaba con él hasta el amanecer; otras, sacaba la bebida, le señalaba el tocadiscos y seguía durmiendo, hasta que él me despertaba con el café hecho. La codicia le vino ni se sabe cuándo. Para él, para los que son como él, esta canción de Vainica.



Todo lo anterior vale para llegar al cine de hoy. En 1986 vi El declive del Imperio Americano, una película de las que te hacen hablar horas en los bares. Copio una sinopsis de Filmaffinity: “Uno de los grandes éxitos del cine canadiense de los años ochenta. El director francófono -natural de Quebec- Denys Arcand retrata dos grupos, uno de hombres y otro de mujeres, hablando de sexo; sus fantasías, sus frustraciones, sus intimidades... (FILMAFFINITY)”. En 2003, el mismo director con los mismos actores/personajes estrena Las invasiones bárbaras. Uno de ellos enferma de cáncer y va a morir. Los demás amigos, con la amistad olvidada y cada uno en un rincón del mundo, lo dejan todo y acuden a estar con su amigo las últimas semanas. Esta sinopsis que he hecho no es cierta, es solo uno de los temas, pero es el que más me interesa ahora. Os dejo con 2 vídeos del Tubo. ¡Gran Sesión del cine en la calle!






La lo he hablado con Lola; esta tardinoche sesión doble: nos vemos las dos.

sábado, 10 de julio de 2010

Qué hastío de estío: Apocalípticos, integrados y profundamente idiotas


A esto, en los cuadros antiguos, se le daría el nombre de Conversación Sagrada, a condición de que fueran María, José y el Niño. No se cumple, así que lo dejamos en Familia, primavera y una mierda de paisaje y de río. Pero las fotos antiguas hablan. María le habla al Niño, el Niño piensa que de mayor estudiará la suciedad de los ríos y José se lo toma todo con la calma de aquellos tiempos.
En el título de la entrada le enmiendo la plana a Don Umberto, ¡con los buenos libros que escribía! Es fácil hacerlo porque en nuestra lengua tenemos una sintaxis compleja, pero que permite una gran expresividad. Y, para complicar las cosas, una enorme capacidad para la ambigüedad: quizá le debemos esa posibilidad de no expresarnos y no entendernos con precisión a la enormidad de hogueras prendidas por el Poder. Por eso está bien significar una cosa con la habilidad necesesaria para decir ante el juez que significaba otra.
¿Dice el título que hay tres categorías, o que solo hay dos y las dos son profundamente idiotas? ¡Ahhhh! El caso es que parece bastante difícil dedicar el tiempo libre a la lectura, a barnizarnos superficialmente de cultura y, ¡que Don Umberto me perdone!, estar al tanto del apasionante mundo de los mass media.
Esta semana he cometido dos errores graves de imprevisibles consecuencias para mi credibilidad. Primero, en un comentario de blog, para referirme a esa rubia que por lo visto tanto sale en los medios, la llamé "Belén Estébanez". ¿Que opinaríamos de alguien que dijera que El Quijote lo escribió Miguel de Cervezantes? Pues lo mismo se puede opinar de mí desde el otro lado.
Y esta es peor: el jueves pregunté a un compañero de oficina que qué era eso del Pul Popol y me enteré de la verdad, un pulpo llamado Paul. Como sabía que iba de adivinación, pensé que se trataba de un adivino quiché que interpretaba el Popol Vuh para intereses futbolísticos.
Ahora ya lo sé. Ni soy apocalíptico ni soy integrado: soy profundamente idiota. Peor todavía, aunque a veces me las dé de snob (mayormente para ligar), pertenezco al grupo más numeroso de la Humanidad.

Bien claro lo tenían Golpes Bajos: esto es un desierto, amigos. Y esta es la segunda razón de haber elegido esa foto.


Sin embargo, me resisto a no integrarme en la belleza y el riesgo. La sigue habiendo. Se puede encontrar en el minicine de verano en este pequeño tráiler que proyecto de Jules et Jim, una de mis películas favoritas de aquellos tiempos.

Si os ha tocado una columna y no veis la parte de la derecha, clicad en la pantalla y os saldrá entera en la página de YouTube,

sábado, 3 de julio de 2010

Qué hastío de estío: Bandidaje somos todos

Sabemos que unas cosas llevan a las otras. Aceptamos, con los años, la parte de caos que incluye no la vida, que vemos como un todo y una idea, sino eso que transcurre entre el despertar y dormirnos. Si le sumamos los sueños, y saltamos como monos titis de la rama de un día a la de otro, algo lejano, entonces ya tenemos la vida. El caso es que pretendía una tertulia sobre los bandos, grupos, subgrupos y subalianzas con los que tenemos que convivir. Hacerlo además con el desenfado de lo veraniego, pero la costumbre de añadir una foto en esta serie me llevó a recordar las fotos escaneadas que estoy recibiendo de mis primos, que forman una historia visual de la rama materna y, horror de los horrores, hunden las raíces de la familia en el pasado más allá de lo que conocía. Por tanto, más allá de lo soportable. Puesta la foto, y mirada bien, ha brotado una parte de mi historia personal, bastante relacionada con el tema. Así que cuento la historia, la mía, como podéis contar la vuestra en los comentarios. Las historias personales son parte importante en las tertulias vecinales a la fresca. Después, recordé una canción de mis adoradas Vainica Doble, cuya letra habla del tema. Ya solo falta un poco de cine de verano, pensé, y recordé unos minutos de una película del cine de Godard. Ya se sabe, excusatio non petita...



No sabía que existiera esta foto, sin duda en la que aparezco más pequeño. No le presté atención cuando la recibí, pero al verla detenidamente ahora han surgido historias y explicaciones que me apetece compartir. Todas relacionadas con la Educación para el Bandidismo que recibí. Las clases de esta asignatura, aunque conduzcan a lo mismo, son en cada caso muy diferentes y personalizadas. Ya he contado alguna vez que no fui demasiado bienvenido a este mundo, porque pensaban que iba a traer muerte. Luego, sí, viendo que no la había traído, fui compensado, pero las compensaciones llegan tarde; como la venganza, se sirven frías. También he contado que hice una terapia regresiva emocional. Iba a Donosti una vez al mes, me tumbaba en un diván, el terapeuta me tapaba con una mantita y durante dos horas revivía todo lo que sentí. Aprendí a hacer las paces con tirios y troyanos: ha sido estupendo, pero no creáis que fue fácil. Cuento todo esto para que se sepa que sé de lo que hablo cuando hablo de este tema.

La foto está hecha en la casa de mi abuelo materno, en Madrid. En la foto completa, en un sofá estamos todos los primos que habíamos nacido y éramos capaces de mantenernos sentados; desde la mayor, a la izquierda, al más enano (o sea yo), a la derecha. Mi abuelo materno era un hombre acomodado y tenía máquina de fotos. Siempre le he agradecido que no pusiera obstáculos a que su hija se casara con mi padre, no lo era. Y no tenía cámara de fotos, claro. Pero de los 4 hermanos, soy el único para el que no se contrató un fotógrafo para que me sacara con el traje de cristianar. Que cada uno saque sus consecuencias.

Emocionalmente, antes incluso del nacimiento, viví aquel frío, y me lo expliqué a mí mismo, imagino que con imágenes y sensaciones, como que había dos bandos: por un lado yo, y por el otro todos los demás. Tuve claramente la idea de que si quería sobrevivir, y bien que quería, tenía que espabilar. Para espabilar, es necesario un reconocimiento detallado del escenario donde se van a producir las batallas. Tardé en hablar, pero me fijaba mucho en todo. Volved a la foto: lo que había aprendido buceando, ¡la fijación está ahí!

Esas piernas gordas son un regalo del señor Marshall (o un robo de los regalos del señor Marshall a los niños de la Europa democrática). Mi padre trabajaba en las oficinas del puerto y mi madre, enferma, no me podía amamantar. Creo que la escena, cuyos detalles me estoy inventando, pudo ser más o menos así: hizo escala en el puerto un barco americano, para descargar mercancías y seguir su rumbo. Los de Aduanas sabían que el barco llevaba, digamos que a Marsella, toneladas de leche en polvo, regalo del gobierno estadounidense. Los obreros del puerto, expertos en bajarse lo que no estaba en la lista, opinaron que no sería difícil bajarse unas cajas para que comiera el hijo de Pepe. Debieron llenar la casa con ellas y, como era gratis, y la época era de hambre, posiblemente me embitían un biberón a poco que abriera la boca. Crecí, me fortalecí, seguí fijándome mucho; y mantuve mi guerra.

Demos un salto de tres años desde la foto y os cuento mi aprendizaje del bandidismo social. Me había acostumbrado a dos tipos de vida: en casa, por mi madre, era silencioso y me movía como un gato. La tensión mantenida es como un resorte, que se disparaba en el exterior, donde actuaba como un bárbaro. Había aceptado condiciones. Pero con tres años y medio, y un agravamiento de mi madre, no podía estar en casa todo el día. En mi ciudad había una escuela de recogida de niños con problemas, en un primer piso del centro. La llevaban dos hermanas que se repartían el trabajo de los niños que necesitaban ese sucedáneo de lo que ahora son las habituales escuelas infantiles. En un aula a la derecha, con balcón, los menores hasta cumplir 7 años. En otra aula al fondo, sin ventana, la de los niños de 7, 8 y 9 años, que preparaban el examen de Ingreso para hacer el bachillerato elemental, y que para un niño de menos de 4 eran gigantescos. En medio, un pasillo largo, algunas puertas cerradas, y el baño. La tierra de nadie donde se libraban las luchas y los golpes. Ahora, los niños, van a clases especiales, por ejemplo de judo y karate, que los padres pagan. En aquella escuela, aprender a atacar y defenderte en la tierra de nadie era gratis; como se dice de los coches, venía de serie.

Tanto me gustaba aquello, a pesar de que los mayores pegaban fuerte, que se cuenta, aunque de eso solo tengo un recuerdo borroso, que me despertaba pronto, cogía el cabás y me sentaba en pijama en el sofá de la sala con el cabás sobre la piernas, deseoso de que alguien se levantara, me lavara y vistiera, me diera de desayunar y me llevara al parque temático más fabuloso que he conocido nunca.

Mi padre consiguió que, a finales de noviembre, me aceptaran en el colegio de curas, aunque no tenía la edad reglamentaria. Contaba en mi favor que mientras los que iban a ser mis compañeros repetían lo de la m con la a ma, yo sabía ya leer, escribía algo, y me las apañaba con algunas de las reglas aritméticas: demasiadas horas en el aula del balcón oyendo cuentos y practicando esas habilidades. En el nuevo colegio conocí el bandidaje institucional. Me hicieron saber que también en primero de elemental se practicaba la división en dos bandos (tropas, las llamaban): la de los romanos y la de los cartagineses. Hasta para la organización mafiosa se tenía un gran respeto por las humanidades, en ese colegio. O elegía pronto o me pegarían todos. Con lenguaje de hoy, podría decir que eran unos pringaos que no sabían con quién estaban hablando. Apenas llevaban dos meses separados de las faldas de sus mamás, mientras que yo venía de un campamento de instrucción de comandos de las fuerzas especiales. Antes de terminar la primera semana era el jefe de la banda (tropa) de los cartagineses, ejerciendo con tal creatividad mi jefatura que terminé por tener problemas, cuando tres años después íbamos dejando de ser de goma. Me tuve que hacer “bueno” como nueva táctica de supervivencia. Pero esa es otra historia. Dar y recibir era el juego. Al crecer, los golpes empezaban a doler de verdad, así que cambiamos los ataques físicos por otros más sutiles. Pero no he hecho otra cosa que encontrarme en bandos sin comerlo ni beberlo.

Padres y madres que creéis que vuestros hijos no piensan así, caed del burro. Cierto que lo he contado con un lenguaje articulado, pero esas son las estructuras de pensamiento infantiles, quizá en mi caso exacerbadas por las condiciones que imponía la enfermedad de mi madre; aunque siempre hay algo, así que no creo que haya mucha diferencia. Si no me creéis, pasaos por Donosti y conoceréis cómo fuisteis.




Esta canción nos describe perfectamente. Quizá el mundo sea más o menos así, pero España lo es al 100%. Me contaba un masón que las logias liberales europeas tenían una estructura basada en un centro que era el Gran Oriente, situado en la capital, con centros adscritos en el país. Así funcionó en toda Europa, menos en España. El Gran Oriente de España se convirtió en una bulla, empezaron a subdividirse, como hacen las células, y tuvimos el Gran Oriente de Pérez, el de Martínez, el de Gómez...

O pensad, si no, en el ambiente en el trabajo. Uno llega a una empresa dispuesto a hacer su trabajo y no meterse en líos. Sonríe y saluda a todo el mundo y todos le devuelven el saludo y la sonrisa. Por cualquier razón, repite tres días mesa en el comedor con las mismas personas y ya está perdido. Al día siguiente, alguien le devuelve el saludo con cara seria. No lo sabe, pero existían bandos y sin darse cuenta se ha metido en uno, heredando por ciencia infusa trifulcas que se habían producido años antes de incorporarse a la empresa. Ya no puede hacer nada salvo, quizás, entender mejor cómo es cada uno y abandonar a los compañeros de la primera mesa, que dejarán de saludarle, para que el serio se vuelva efusivo con uno.

¿No tenéis experiencias muy parecidas? No es posible, o es muy difícil, no ser un bandido. Aquí podéis contarlas.
Y para terminar, saco una sábana a la acera y, como si fuera un cine de verano, proyecto 4 minutos de una película de Godard, Bande apart. Me acordé de ella porque el título parece concordar con el tema de la tertulia, aunque el argumento es otra cosa, aquí son una banda de delincuentes. Pero es tan fresca, tan deliciosa, que seguro que os quitará el mal sabor de boca de los recuerdos que mi entrada os ha traído.




¡Viva Godard!