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miércoles, 27 de octubre de 2010

Mis tres episodios de terror: (sección de huecograbado 2)



Lo que empezó como un homenaje a Sterne y al relato oral, a veces toma tintes de Sebald.


Ya conté que en la playa los adultos volvían a ser niños. El que me sostiene es mi hermano mayor, el que murió. La foto la tomó el segundo. Una cuñada, mi hermano y el tío Enrique, hermano de mi madre, un personaje fascinante del que a lo mejor hablaré algún día.



De las que están sentadas, mi madre es la de la derecha, la que va vestida de blanco.

sábado, 23 de octubre de 2010

Mis tres episodios de terror: 3ª parte de la 1ª parte del folletín

(continuación)

Cuando ya había amanecido y la luz del sol entraba por la ventana, todo en la habitación volvió a su inocencia e inmovilidad. Durmió tres o cuatro horas y se levantó en plenitud. Como todos los niños, dominaba imperfectamente el hilo de la causalidad y podía pasar con un corte seco del horror a la emoción de un día de verano. Bajó descalzo al baño de la planta baja a hacer pis, canturreando la canción ritual de por las mañanitas cuando me levanto tengo la pilila más tiesa que un canto, llenó de agua fría la jofaina para lavarse la cara, echó el agua al wáter, enjuagó con más agua la jofaina, volvió a desaguarla, subió corriendo a cambiar el pijama por la ropa del día anterior, menos los calzoncillos, que su madre le había dejado unos limpios en una silla, y volvió a bajar a la carrera a desayunar un tazón de achicoria con leche y tortas de masa fritas. Salió fuera de la casa, soltó al perro y se sentó en el borde de la acera que rodeaba la casa. Ya no tenía nada que hacer.

Estaba solo. Los demás eran adultos; otro mundo, otro lenguaje. Carecían del amor por la aventura, que solía durar unos segundos, por lo que había que estar atento para no perdérsela. Era un pliegue que se hacía y se deshacía cuando una mano tocaba un mantel; un hueco en el esfuerzo de vivir las horas. Si no estabas alerta, se cerraba antes de que hubieras llegado. La aventura se daba en un punto ciego en la vigilancia de los mayores.

No es que no los quisiera. Si en el colegio alguien se metía con él, había una pelea deportiva. Pero si se metían con alguien de su familia, la pelea era a sangre. Tampoco es que no agradeciera lo que hacían por él: desayuno, comida y cena, ropa y una cama; cine los domingos. A su manera, había ido entendiendo el mundo. Eso de ahí es un árbol, se llama palmera, le dijo su padre una vez. En otra ocasión, supongo que le diría eso es un árbol, un pino. Y que él señalaría con el dedo y preguntaría, ese árbol, ¿cómo se llama? Almacenaba y clasificaba datos; y los de ese tipo eran fáciles. También establecía débiles relaciones; más difíciles, por lo que les prestaba más atención. Había visto bien el bocadillo de los niños que no llevaban bocadillo y miraban el de otros; así que agradecía la comida que le daban. A veces, no sabía por qué, también a él le preparaban un bocadillo para el recreo. Pero esos 40 minutos en el patio, con una portería a cada lado, los más de 400 alumnos de primaria jugando siete partidos de fútbol, uno por cada clase de sesenta, con 30 jugadores por equipo, siete porteros en cada portería, siete balones y los más de 400 vestidos con la misma bata de rayas verticales azules y blancas. No era el momento de comer, así que lo dejaba para la clase de después, agachándose para dar un bocado, hasta que el final casi la mitad iba a la cartera. Comía poco. Además, le gustaba pasar hambre a propósito; se sentía alerta.

Agradecía lo que le daban. También le gustaba que le quisieran, sin que llegaran a atosigarle. Pero no tenía nada que hacer con ellos cuando se sentaban a hablar. En los veranos, al bañarse o en la orilla de mar, los adultos volvían a ser niños y entonces sí; o de excursión por el monte. Estaba acostumbrado a sentarse y meterse dentro de sí mismo, a no ser que contaran historias, pero eso lo hacían después de cenar. En casa había que procurar no montar escándalos, aunque a veces se volvía un poco loco y los montaba. Le decían que se bajara a la plaza a jugar. Era como un muelle que aprietas con los dedos y sueltas el dedo de arriba y hace toiiiing y se queda un rato abriéndose y cerrándose, del placer que le da estar suelto. La inmovilidad de dentro y el vértigo de fuera.

*****

Se fue a pasear, con la condición de que hubiera vuelto a la hora de comer, y se llevó al perro. Este hacía lo mismo que él cuando caminaba con los hombres: corría hacia un lado y volvía, hacia el otro y volvía. Los dos eran felices. A su modo, se entendía mejor con él que con los adultos. Le hablaba y parecía escucharle, hasta que algo le llamaba la atención y salía corriendo y moviendo el rabo sin oír el final de lo que le estaba diciendo. Su alma gemela. Bajaban al fondo de las barrancas, exploraban los lechos de ríos que nunca existieron y subían por el otro lado, en dirección a una ladera de montaña a la que nunca llegaban. Caminar solos por el campo solo no tiene más objetivo que el descubrimiento, cada minuto has llegado, porque no hay un sitio al que llegar.

Horas después, fatigado de tanta excitación, y porque apenas había dormido, se tumbó boca arriba en una zona en la que no hubiera piedras de las que pudieran salir alacranes, ni matorrales cercanos de los que pudieran salir serpientes que mordieran al perro cuando le defendiera. Con el calor del sol se fue quedando dormido. Al poco rato, le despertó el perro poniendo delicadamente la cabeza sobre su pecho. Le pasó un brazo por encima y pensó que nunca en su vida había vivido una mañana así, tan plena. Que volvería la noche, seis noches más le quedaban por pasar en la biblioteca de la torre. Pensó que sería estupendo quedarse dormidos y morirse los dos juntos, bajo el calor del sol. Dormidos para siempre.

(continuará)

miércoles, 20 de octubre de 2010

Mis tres episodios de terror: (sección de huecograbado 1)

Los dos perros de la historia

Era más malo que un nublao y por la noche lo ataban, no fuera a salir uno de los veraneantes y al volver se lo comiera antes de olerlo. Lo primero que hacía por las mañanas era soltarlo.

No se esfuercen en hacer comentarios, que no está permitido. Conozco a algunos de mis visitantes que no se van a leer los textos, pero pondrían cualquier tontería dándoselas de que se están leyendo la historia y precisamente aquí, comentan.

martes, 19 de octubre de 2010

Mis tres episodios de terror: 2ª parte de la 1ª parte del folletín

(continuación)

Para ir a la finca del valle, primero hay que llegar en autobús hasta un pueblo. Tomando una salida de él, de tierra, enseguida se ve una montaña que forma una “n” con las patas abiertas. A una quinta parte del trayecto, cuando el pueblo ha quedado ya bien atrás y mirando a izquierda y derecha ves que estás en una línea imaginaria entre los extremos de los dos lados de la montaña, el final de la ene abierta, empieza la finca y una pendiente no muy fuerte que lleva hasta la casa, digamos que un poco más arriba de las 3/5 partes del valle. La tierra sabe que está encerrada ya entre montañas, que le darán el agua de sus laderas cuando llueva, y se siente privilegiada y superior. Cuanto más se sube, más silencio hay y todo, plantas y animales, es más diverso y está más vivo.

Para llegar hasta allí, conocí tres modos. El Tomasín, un antiguo Ford T, cuando había señoras que transportar y alguien que lo condujera. Si se cumplían esas condiciones, hasta que tuve 7 años tenía que hacer el viaje así, humillado y oliendo a gasolina, a una velocidad de vértigo de al menos 30 kilómetros por hora que nos dejaba en la casa en algo menos de media hora. Para un niño de ciudad, esa no es forma de viajar en el campo. Necesita ir respirando los cambios. El segundo modo era que el mediero bajara con un carro de paseo y la mula. No estaba mal, porque me sentaba delante con él, olía el sudor de la mula, veía los cambios poco a poco y me impregnaba de ellos. El tercero, el de los hombres, era el bueno. Caminando hora y media, o algo menos si yo no me dedicaba a zigzaguear, retrasándolos a todos. Cuando estábamos cerca, el perro que cuidaba la casa aullaba de alegría. Sabía que se acercaba diversión y comida extra. Con los años, me olía a mí y mis ganas de verlo.

El grupo lo formábamos la madrina, mi tía soltera y mi madre, los hijos de la madrina con la novia o el novio, mis hermanos y amigos de ellos. Para mí, adultos, a los que no encontraba diferencia entre los que tenían 25 años y los que tenían más 50. Luego estaba mi hermana, cinco años mayor que yo, con un pavo insufrible, situada en una tierra intermedia, de nadie, el mismo territorio de nubes de algodón de azúcar en el que estaba siempre por mucho que viajara; y finalmente yo, totalmente solo menos por el perro; yo pertenecía a la tierra misma y al perro.

Mi padre no vino nunca. Ahora que hace ya 50 años que ha muerto y que por fin nos hemos hecho amigos, creo que algún día debería escribir sobre él. Empleado, de pensamiento de izquierdas, se enamoró de esa chica que en su casa tenía dos pistas de tenis, fue amado por ella y exigió a su futuro suegro que no se entrometiera porque iban a vivir con lo que él ganaba. Fue así, según sé, mucho tiempo, hasta que perdió la guerra, tuvo que disfrazarse de mono de botella de Anís del Mono, sin beberlo ni comerlo, para vivir y dar de comer a su familia, y perdió, como tantos perdedores, el empuje. Se dedicó a mejorar su posición y la de los suyos, también la mía cuando nací. Los hombres pretendemos dar cosas a la mujer y nos olvidamos de darnos nosotros mismos, que es lo que ellas quieren; me refiero a las mujeres que aman de verdad y no a las que quieren una posición social. Y cuando no somos capaces de dar cosas, y seguimos siendo incapaces de darnos a nosotros mismos, nos hundimos en una vergüenza interior. Así que mi padre se quedaba a trabajar, de lo que entonces se llamaba de Rodríguez con todas sus consecuencias. Imagino que se iría de burdeles. No tengo ningún dato en el que basarme. Pero supongo que sería así. Era un hombre de acción. Supongo que sí, que algún día tendré que escribir sobre él.

Recorría los restos de los platos de la comida de la cena buscando restos para el perro. Una tarde, después de comer, la novia de un hijo de madrina, mientras le daba de comer, empezó una charla sobre lo inconveniente de dar de comer a un perro que cuando nos fuéramos no le darían tanto. “Sí, pero... es que tiene hambre”, le dije, dejándola con la palabra en la boca y yendo a por más comida. No creo que haya mayor humillación para un adulto que el que un niño te dé la razón, sí pero..., y luego actúe como si le importara un huevo lo que le estabas diciendo. Y es que me importaba un huevo.

En lo que decían los adultos, tenía tres categorías con una estrategia muy bien trazada. Órdenes de la categoría primera eran: “no te retrases a la hora de comer”. Hay que cumplirlo, porque ellos sí van a estar a la hora de comer. En la misma categoría estaban “no te subas a la mesa” y “baja del aparador”. Como todos los niños, meterme debajo de la mesa o subirme encima era como buscar el refugio total o subirme a los árboles para ver llegar al enemigo. Había que bajarse de la mesa, porque el adulto estaba allí y no aceptaría una mirada lejana por respuesta. En el caso del aparador, eras consciente de que habías traspasado un límite y que si bajabas enseguida ya era malo, pero si te retrasabas sería peor.

En las órdenes de segunda categoría estaban el “no te metas en la balsa de riego”. Por supuesto, como los adultos no estaban allí, no había que cumplirla; solo procurar que no se enteraran.

En la categoría tercera, o inferior, estaban las moralinas largas, enrevesadas y poco inteligibles, como la que me estaba metiendo aquella adulta. La estrategia de éxito consistía en dar a entender claramente la postura del por mí como si te pierdes en el bosque. Si podías ofender y no era una autoridad cercana y frecuente, mejor que mejor. Les quitabas las ganas de adoctrinar.

La orden de “no te retrases a la hora de la comida” la incumplí una vez, a lo grande. Era la comida de las bodas de plata de mis padres, con muchos familiares invitados. Mi madre cometió el error de vestirme de un modo repugnante y exigirme que paseara pero no jugara. En realidad el error fue hacerlo demasiado pronto. Me encontré con un amigo y su padre, que se iban a pasar el día en un pueblo. Me invitaron y dije que sí (no se debe ofender tanto a un niño), me dijo que se lo preguntara a mis padres, di la vuelta a dos manzanas y volví con el permiso. Regresamos a las 8 de la tarde. Nadie había comido, mi padre y la Guardia Civil buscaban mi cadáver. Y si me encontraban vivo, mi padre tenía sus planes de acabar conmigo. Aprendí la lección y pasé el resto del verano viviendo como un gato que sabe que molesta en la casa y que es mejor que nadie note su presencia. Me convertí en el rey del escabullimiento.

Pero no es este el primer terror. Solo nos acercamos.

(continuará)

domingo, 17 de octubre de 2010

Mis tres episodios de terror: 1ª parte de la 1ª parte del folletín

El otro día me referí a esos episodios y pensé, ¿por qué no contarlos? Para eso están las sobremesas y los blogs. Cuando cuento historias, y tengo muchas simplemente porque he vivido más años, algunos me dicen que son para un libro. ¡Error! Los libros mienten más que la memoria. La ficción es para hacer verosímil lo que nos ha pasado, pero contando otra cosa. Las historias reales son demasiado enloquecidas para resultar creíbles. Punchet escribió (y lo tengo en la cartela del blog): “La literatura miente más que habla. Quizás por ello es la única que acaba contando toda la verdad”. En los recuerdos solo se cuenta las falsedades de la memoria; es decir, aquellas con las que no tenemos más remedio que convivir, porque creemos que fueron así.


Pero tampoco vamos a poner el grito en el cielo por ello. Simplemente, escuchar o leer recuerdos exige más atención. En la ficción, si sigues la teoría de Hemingway, cuentas la punta del iceberg, pero las nueve décimas partes ocultas te las sabes y no das la lata con ellas al lector: controlar esas partes es lo único difícil. Si la historia está bien escrita, lo que muestras no requerirá ser explicado con lo que no muestras, aunque a ti sobre todo lo que te ha interesado son las partes ocultas; el personaje nunca desayuna en el texto, pero te lo has pasado en grande viendo cómo desayuna y se mancha la boca de huevo pasado por agua. En los recuerdos, como no comprimes ni quitas, todo tiene que explicarse: quién es hijo de quién y cuándo y cómo. Lo único que no tiene sitio es el por qué: los motivos no existen en la vida. Te pasa algo y lo único que pasa es que te pasa.

Mejor todavía: las historias tienen el sabor de la narración oral, ese cruzarse y descruzarse; el derivar y reencontrarse. En resumen: esto es un homenaje a uno de los grandes ochomiles de la literatura, Tristram Shandy, cuyo protagonista nace allá por la página 150. Si fuera una persona inteligente, el mejor homenaje sería disfrutarlo y callar; como no es el caso, escribo y cuento.

Hemos cenado. En la mesa todavía quedan migas, envoltorios de polvorones de las pasadas navidades, de frutas de Aragón, una caja de bombones con el de nata que no quiere nadie, ceniceros que se van llenando, tazas de café ya bebido, alguna copa. No hay televisión, la radio es un rollo y no se puede hacer otra cosa que hablar y contar historias. Tomo la palabra.


Parte I

El garrampón del valle (9/10 años)

Tuve una Madrina. Entonces, de lo que era gratis, teníamos de todo. Cosas por las que no había que pagar: una madrina, padre y madre, 3 hermanos mayores, una tía soltera que vivía en casa, una docena de tíos, en su mayoría locos, decenas de primos estupendos por la rama materna (la paterna es poco dada a la procreación: todos compartimos el sentimiento de que es mejor dejar las cosas como están y que el expediente se cierre de una vez), mar, playas desocupadas, la ciudad para recorrerla a mi gusto. El día que cumplí los 5 años, solicité y obtuve el derecho a no pasar la vergüenza de llegar al colegio cogido de la mano de mi madre, como si fuera un niño pequeño, y con ello el de andar por la ciudad hasta unas líneas invisibles pero bien marcadas. También tenía una buena relación con el caballo percherón que tiraba del carro de la basura.

Algunas cosas con coste: una cartera para llevar y traer los libros, con restos diversos de bocadillos. Un verdugo que me había hecho mi madre con una lana que asfixiaba y picaba. Creaba un peligroso clima de contraste, con pantaloncitos cortos que me helaban los muslos y ponían las pelotillas en retracción, mientras la cabeza ardía. También tenía dos porras de churrería diarias que, una vez encasquetado el verdugo, me ponían en la mano. Al bajar por la escalera, me comía una. Al volver la esquina, me quitaba el verdugo y oía el relincho del percherón, que aunque tuviera el freno puesto deslizaba las ruedas y se paraba a mi lado. Me ponía de puntillas, estiraba el brazo con la porra en la mano y él se agachaba y, con delicadeza extrema, la cogía y se la comía. El hombre de la basura gritaba que un día iba a haber un accidente por la porra de la mierda. Era el único momento emocionante del día.

La madrina llegó a serlo porque mi madre no había sentido el parto de mis tres hermanos anteriores. El médico le decía “grita, Merceditas” y ella contestaba que por qué. Así que quiso comprobarlo en mi nacimiento, se agachó, mi madre sintió dolor, se sujeto a lo primero que tuvo a mano y se quedó con un mechón de cabellos. Aquella calva solo se compensaba con un madrinazgo.

Pero ¿por qué estaba allí mi futura madrina agachada para ver el fracasado milagro de un parto sin dolor? Relaciones familiares. Atentos ahora que estas tramas son confusas de por sí. Era la viuda con tres hijos de un viudo que ya tenía un hijo de la primera mujer. El viudo, un notario que debió dar un buen braguetazo en su primer matrimonio, llevaba de segundo apellido el mismo que yo llevo de primero. Así que ambas familias, la mía y la del difunto, se relacionaban.

Si ese apellido hubiera sido Gómez, esta historia no se estaría contando, porque los Gómez no suelen salir de casa diciendo vamos a visitar a los Gómez. No, es un apellido muy cantoso, de origen gabacho, y extremadamente infrecuente. Para mí ha sido una pesadilla. Tanto, que cuando en el Taller editamos un libro de relatos el mío lo firmé como Nano. Y si Dios no lo remedia, pero me temo que lo va a remediar, y publico un libro, será firmado como Nano. La gente se acuerda de ese apellido; y entre la gente están los profesores nuevos de la etapa escolar. De la lista, solo recordaban pocos nombres y los quinces primeros días de clase, cuando todavía no se tiene ni idea de la materia, preguntaban a Bonaparte, a Fuenteovejuna y a mí. Quedábamos como necios y luego nos costaba mucho remontar hasta el nivel que merecíamos. Digamos, para el desarrollo de la historia, que somos los Zutánez.

Aumenta el lío: entre las numerosísimas posesiones que tenía el notario Zutánez, procedentes de su primera mujer y que están muy relacionadas, dos de ellas, con mis dos primeros estados de terror, estaba la casa principal, en mitad de la Rambla. Una casa de tres pisos con balcones a esa calle principal que profundizaba hasta el callejón de atrás. El primero, alquilado, el segundo, la vivienda de los Zutánez, el tercero, dividido en dos partes: la que daba a la Rambla, alquilado, pero por la parte de atrás era una extensión del segundo, obra de un arquitecto demoníaco que iba poniendo tramos de escaleras estrechas que daban a los cuartos de los hijos, que empezaban casi en el segundo y tenían el techo en el nivel del tercero. En una fiesta zutanesca, mi hermano mayor, de 13 años, y la menor de mi madrina, de otros tantos, se perdieron por las escaleras con una botella de licor de menta y bajaron convertidos en novios. Historia que duró hasta la muerte de mi hermano.

Digamos que el notario dejó todo en testamento al hijo de la primera mujer, pero su usufructo a mi madrina (y también suegra de mi hermano). No sé si alguien me seguirá todavía, porque incluso a mí que pongo cara a los implicados me resulta difícil hacer un mapa mental. Pero el caso es que mí madrina usufructuaba muchas cosas. No era rica, pero usaba la riqueza.

De no ser por esas propiedades en sitios lejanos, yo no habría conocido el miedo, pues en las cosas de la vida cotidiana soy un hombre muy tranquilo al que ni en las peores situaciones le sube la adrenalina. Una vez pasada la situación, sí: entonces me acojono y soy propenso al desmayo.

(continuará)