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sábado, 19 de septiembre de 2009

Parvulario de verano 13. Cierre y fiesta

Termina el verano. Otro verano. Pasan las lunas sin danos cuenta y ahora irá haciendo fresquito, los árboles se irán poniendo dorados, pasear por el Retiro será una felicidad. Todos habéis ido volviendo y recuerdo (copio) el final del primer parvulario:

«Un sitio fresquito, que a veces resultará tan pesado como yo, pero no es obligatorio leerlo, en donde poder escribir sobre lo que me dé la gana y cuantas veces quiera. Sin preocuparme del sentido o validez de las entradas. Es el momento ideal, porque casi todos los que pasáis por aquí estáis haciendo las maletas para perderos por ahí, lejos de Internet, y es como estar en la cocina, después de una comida con muchos amigos, que se han quedado medio adormilados en el salón y la terraza, hablando con uno o dos de ellos, en voz baja, de cosas intrascendentes o imprescindibles, delante de una taza tras otra de café. »

Habéis sido más de uno o dos, pero ha resultado igual de agradable. Varios, más de los que pensaba, habéis respondido a mi propuesta de que me enviarais un texto. Esa es la fiesta: que os podáis leer. He hecho una trampa: he puesto primero a Gemma porque me lo ha dedicado. Allí donde puedo, si pincháis en el nombre del autor vais a su blog. El orden siguiente lo he sorteado por el sistema de papelitos. Gracias.



(foto de Gemma)
Gemma
Retorno al Paraíso
Para Nano

El suceso tuvo lugar con la llegada de aquel pájaro extraño. Era un día turbio de luces y sombras cuando, rayano el mediodía, un ejemplar silvestre se posaba en el alféizar de la ventana, congregando en derredor la atención dispersa de transeúntes y ciclistas. De pronto, jóvenes y viejos de toda condición detenían su paso mecánico para escuchar, embelesados, un canto primigenio y subyugante. Incluso hubo señoras de distinto pelaje, también jovencitas, que interrumpían sus charlas y risas, repentinamente cautivadas ante una exhibición parecida, para retomar mucho más tarde sus vidas desde la asunción de una elegancia distinta, con visos plumados de ave zancuda. Si los gorjeos rutilantes de aquellas damas hubieran alcanzado a desvelar, en aquel instante de asombro, la razón última de la existencia, de seguro que no habrían cosechado la más mínima atención del público, para entonces agolpado por completo en torno al ave migratoria. Cuando los quiebros y trinos entonados llegaron a su fin, la ciudad entera yacía envuelta en especies silvestres y exóticas. Como si de nuevo habitaran el paraíso bendito.



Isidro Saiz
Armas blancas

Va de caseta en caseta pidiendo libros. “Libros que puedan ustedes donarme”, dice. “Es para un arma de instrucción masiva”.

Es la feria del libro y los que estamos a su alrededor lo miramos con curiosidad. Camina balanceándose, casi bailando, como si al eje de su cuerpo se le hubiera aflojado una pieza.

“Estoy fabricando un arma de instrucción masiva”, le oigo decir. “Conseguí un viejo carro de combate y voy a llenarlo de libros”.

Al cabo de un rato veo un extraño vehículo estacionado junto a la feria. Es una especie de “jeep” grande y de color verde olivo: algo así como un camión pero con la cabina formada sólo por varillas. El parabrisas es un pequeño rectángulo de vidrio sostenido por dos de esas varillas. Y eso es todo el chasis.

Sobre las ruedas hay una plataforma con varias hileras de libros (con el lomo hacia fuera), una sobre otra. Y en vez de faros, lleva siluetas de libros.

Al ver el camión me doy cuenta de que eso es el arma de instrucción masiva.

El hombre se acerca ahora al camión para dejar más libros. Ha conseguido que le donen varios títulos. Algunas personas compran ejemplares y se los regalan. Él los va colocando en la trasera del camión. No falta gente haciéndose fotos a su lado.

Yo mismo contribuyo con una edición barata de “Demian”, de Hermann Hesse. Un proyectil muy peligroso.

No sé dónde pensará usar su carro de combate, pero se me ocurren varios objetivos estratégicos: la casa de “Gran hermano”, alguna tertulia de cotilleo, una cancha de boxeo, una plaza de toros...

Lo malo es que, nada más marcharse con el camión, empieza a llover. Entonces me asalta un temor: que se estropee su armamento, que la pólvora de papel se le moje.



(Foto de Leg)
Leg
La venganza

Ramón no acababa de entender por qué aquella mujer se reía cada vez que él le tiraba los tejos.
No era un hombre feo, acababa de estrenar los cuarenta y el espejo le contaba cada mañana que, aunque se empezasen a notar alrededor de su cintura algunos excesos y la vida sedentaria, conservaba un aspecto juvenil y, por qué no, aún apetecible. Además era un hombre con porvenir, decidido y emprendedor, que regentaba su propio negocio, una acogedora pensión en la calle más céntrica de una ciudad tranquila como aquella.

Pero ella parecía no darse cuenta de todo aquello, y cuando, después de cerrar la cocina y tomarse dos cervezas, él se decidía a sentarse junto a ella, codo con codo en la barra del bar de siempre, le recibía con aquella sonrisa socarrona que se tornaba en risotadas descaradas e hirientes en el preciso momento en que él, por fin, iniciaba cualquier conversación.
Al principio a él le desconcertaban esas carcajadas, pero le gustaba la forma en que echaba la densa melena pelirroja hacia atrás mientras abría desmesuradamente la boca. Tenía unos dientes muy bonitos, y esa forma de reír le daba un aspecto de niña que le provocaba más aún de lo que ya lo hacía su sola presencia. Ella esquivaba condescendiente sus envites, entre risa y risa, y él pensaba que, al menos, la hacía feliz.

Paradojas de la vida, fue justo el día soñado en que ella cedió a sus proposiciones, el mismo en que él se dio cuenta de que no era simpatía precisamente lo que despertaba en ella. María era una mujer que él llamaba “de bandera”, rondaba los cuarenta y cinco, aunque siempre decía muy digna que aún estaba en la treintena, como si sólo un número la pudiese hacer parecer más joven. Tenía la piel siempre morena, y marcaba sus curvas con ropa chillona y muy ajustada, que hacía que Ramón se quedase por momentos hipnotizado contemplando la redondez de sus caderas, la descarada curva que daba paso a su trasero respingón, o la increíble y maravillosa inmensidad de los pechos más generosos que Ramón hubiera visto nunca.

Y con la urgencia que provoca el deseo más encendido, alimentado durante meses a solas con sus pensamientos y con el recuerdo de aquel cuerpo tambaleándose de risa, corría ahora el infeliz a arreglar el escenario de su encuentro, furtivo, porque ella se decía una mujer decente y no quería que corriese la voz de sus andanzas. Iba pensando en sus palabras, con las que ella le había dejado claro su desprecio. Le consideraba un hombre basto, vulgar, un ignorante y un paleto… un “garrulo”, había dicho ella. ¿Y por qué cedía a sus propuestas, entonces? También se lo había dejado claro, con voz altiva mientras encendía un nuevo cigarrillo con la brasa del anterior. Tenía curiosidad, nunca había estado con alguien así. ¿Así? ¿Curiosidad? ¿Qué pensaba, que descubriría un cuerpo lleno de escamas al desnudarle? ¿Qué tenía dos pollas, o una lengua en el ombligo? … La sensación era realmente agridulce, pero en aquel momento ya no podía detenerse. Decirle que no, rechazarla, habría sido peor aún, habría supuesto el motivo de cientos de noches solitarias sintiéndose el hombre más imbécil del mundo, con la imagen de su escote moreno y resudado aún clavada en la frente.

Claro que ella había pensado que, además de garrulo, él no tenía dignidad. “Si ya no quieres, sabiendo esto, lo entiendo”, le había dicho con su sonrisita burlona. Pero él aceptó, y ella abrió los ojos como platos un segundo para luego echar la cabeza hacia atrás bruscamente lanzando otra de sus sonoras carcajadas.

Al llegar María a la pensión, él aguantó estoicamente sus burlas más despiadadas comentando el cartel que había puesto en la puerta a modo de coartada, escuchó una vez más sus risas impertinentes y engreídas, la miró por última vez como la había visto hasta entonces, con los ojos encendidos del deseo y, sin decir nada, la agarró por la cintura, apretando firmemente entre sus dedos una de sus nalgas, la aplastó contra sí y, sin llegar a besarla aún, pero mirándola fijamente a los ojos, hundió una mano nerviosa en el mullido escote.
….
Al día siguiente, Ramón no supo si había sido porque sus pechos se habían caído, literalmente, al tirar a un lado el sujetador; o porque recordaba sus labios emborronados de carmín intentando patéticamente encontrarse con los suyos; o porque había gritado como una especie de hiena chiflada durante la mayor parte del tiempo; o porque había conseguido ver, estratégicamente colocado ante el espejo del armario, su fláccido y rechoncho cuerpo agitarse como un flan ante él, y debajo de él, y de rodillas, y a gatas, y…… Ramón no sabía por qué, pero cuando al fin María entró en el bar y se encontró de frente con ella, sonriéndole hoy sinceramente, sin retintín, Ramón abrió la boca para saludar, pero sólo salió de ella una sonora y potente carcajada.


Reyes Vaccaro
La visita

David llamó al timbre, la niña y yo le abrimos la puerta.
Venía cargado con una pequeña maleta y al entrar nos metió en la nariz algo parecido a la brisa marina.
Sonreímos.
“Sólo me quedaré unos días” – dijo, a la niña y a mí nos pareció bien.
Nos sentamos en el salón, bebimos un té con hierbabuena que arrastró el canal de mis pensamientos y volvió a hacer de mí una mujer deseable.
Así me sentí al menos, bañada por la mirada dulce de David y con la mano de mi hija apretada entre las mías.
Conversamos hasta que se hizo de noche y él se levantó para preparar la cena.
Yo había olvidado el sabor del cilantro; no es un sabor habitual en las vidas desordenadas como la mía, labradas a golpe de supervivencia, con su cenefa de desolación y tristeza tan barrocas, por otra parte.
Aunque cuando me divorcié de David sentí que estaba haciendo lo correcto, esta noche, mientras veía la cara de mi hija mirándolo entre vaharadas de especias, un dolor sordo en el centro del pecho me ha tamborileado vilmente.
Y he pensado, si la vida me ha domesticado tanto que sólo me preocupa no perder el empleo, poder pagar las facturas y el gimnasio, si al final esto era todo, si los pasillos de la facultad en realidad no podían llevarnos a sitios mejores ,entonces qué importa estar en casa de uno o de otro, qué importa jugar a ser la novia de Tal o la mujer de Cual, si se trata únicamente de demostrar amor o aguante , en realidad las reglas del juego son más sencillas de lo que pensamos.
No nos iba tan mal cuando estábamos casados, sólo tenía que hacerme la ciega de vez en cuando, ahora le tendríamos en casa todas las noches.
Me he dado cuenta de que soy una mujer muy tonta que retrocede cien pasos ante la línea de la que creyó la meta, y que se hace una toalla con las arrugas para enjugarse lágrimas furtivas, y no por ella misma, como podría pensarse, sino por esa tercera persona que es el hijo y que debió tener acceso a un mundo lleno de derechos básicos, como el de estar con su padre espolvoreando cilantro en la cocina familiar.
He suspirado pensando que el arrepentimiento es un calcetín que no puede lavarse aunque apeste, mejor te lo cuelgas al cuello como un talismán y aparentas que no lo llevas, no lo miras siquiera.
Hay treinta mil revistas de autoayuda para convencerte de que hiciste lo mejor, que desde el punto de vista de la libertad las equivocaciones también son un derecho, y con eso y un par de cervezas consigues ver lo bueno, lo positivo, y al final conciliar el sueño abrazada a la almohada, pensando que a la mañana siguiente será inevitable tener resaca.
Algunas visitas producen resaca, y además cambian todas las cosas de sitio.

ese
Hola NáN, soy ese

Te escribo para pedirte un favor. No sé a quién recurrir. Ya sabes que la curiosidad me puede.

En mayo entró a trabajar en la agencia el hijo de un amigo. Como no tenía experiencia le encargué que, sin moverse mucho de sus lugares habituales, fuera apuntando, en el bloc que siempre llevaba en el bolsillo, todo lo que pudiera tener algún parecido con una noticia de sucesos. Pero resultó un poco duro de mollera y no traía nada de interés con lo que inventarme algo que mereciera ser publicado. Bueno, no me importaba demasiado. Tampoco cobraba, y estaba conmigo porque su padre no sabía qué hacer con él.
El caso es que el chaval me llamó la atención porqué siempre estaba olisqueando a todo el mundo. Hasta el punto de que un compañero se quejó por su comportamiento. Se creó una tensión absurda en la redacción. Dado lo poco que publicaba y su rara afición por olerlo todo, le llamaban el sabueso.

Hablé con él, le pregunté si le ocurría algo, el porqué de esa manía de acercarse a la gente para olerla, incluso intenté echarle un cable al decirle que lo mismo su problema era que no veía bien y, por eso, necesitaba arrimarse tanto. Pero él se calló y negó todo con la cabeza. Después se levantó, se despidió, y ya no volvió al trabajo.

Pasados unos días llamé a su padre. Me contó que no sabía nada de él, pero que no me preocupara porque otras veces ya había desaparecido. Me agradeció que le hubiera dado un trabajo durante una temporada y quedó en llamarme cuando supiera algo.

Un mes después entró a trabajar un nuevo redactor y, al indicarle su mesa, hallé en un cajón el bloc que el hijo de mi amigo siempre llevaba en el bolsillo. En la parte de atrás había un pequeño texto escrito por él y que te envío para ver si tú -que eres un profesional y estás acostumbrado a tratar con gente extraña- me resuelves las dudas que me invaden cada vez que pienso en ello.

No sé si toma algún tipo de sustancia que le hace comportarse así, si lo que tiene es una enfermedad, o tan sólo se trata de un amor desaforado hacia alguien que ni siquiera conoce.

Perdona las molestias y gracias por todo.

Te llamo la semana que viene a la consulta. No se me olvida que te debo unas copas.


Me tumbo en la cama.

Ahora duermo casi todo el día.

Me despierto un momento, cada poco, intentando retener en ese instante el recuerdo del insistente sueño. Y me siento feliz durante esos segundos que pasan hasta que se vuelve olvido.

La historia no ha cambiado. Es la misma que se ha repetido durante años, aunque parezca diferente y sólo tenga la imagen distorsionada de algunos detalles.

Tu silueta que se acerca sigilosa; el deseo de que no pases de largo; la torpeza de mi cuerpo en movimiento; el agobio al sentir que no puedo avanzar; la angustia al oír mi voz apagada; la emoción por descubrir quién eres; el instante en el que te dispones a mirarme, y percibir que ha llegado el momento de despertar sin haber visto tu cara.

No abro los ojos. No me muevo. No respiro. Retengo ese olor que reconozco. Me levanto y busco con determinación tu único rastro.

Hace tres meses estuve de dependiente en una perfumería. Olí todas las colonias, cremas, perfumes y jabones que vendía sin encontrar esa fragancia que me persigue cuando duermo y que me ha cautivado de tal manera que si no descubro a quién pertenece mi vida nunca tendrá sentido.

Ahora vago por las calles acercándome con disimulo a todo aquel que me encuentro. Pregunto por sitios, disimulo tropiezos, bajo al metro, entro en bares, pido fuego, hago todo lo que puedo por reconocer en alguien ese olor que está presente cuando el sueño muere.

Y vuelvo a casa, y sin quitarme la ropa me tumbo en la cama, excitado al pensar que quizás esta vez me despierte un instante más tarde. Después de que gires la cara al cruzarte conmigo.


Luna
Emilia

Te imagino Emilia, mirando el páramo castellano con los labios apretados y los ojos secos y duros.
Has peleado hasta el final por quedarte, por acabar tu vida donde comenzó.
Has luchado Emilia, por seguir viendo encendido el fuego de la chimenea en los duros inviernos. Por ver renacer el verde en los trigales cada primavera. Por ver dorar el trigo verano tras verano y sentir el olor de la tierra húmeda o seca dependiendo de la estación de cada año de tu vida.
Los chicos – tus hijos – no entienden tu terquedad, no comprenden que no quieras vivir en la ciudad.

No entienden Emilia, que quieras seguir lavando la ropa en el río y verla secar al viento. Ni que prefieras enjabonar tu cuerpo con el agua calentada en el puchero.

Ellos no saben que sigues frotando tu piel con esa colonia añeja, como lo hacía él. Él... ¿Qué pasará con él?
Los chicos – tus hijos – no entienden que dejas en las tierras del páramo su cuerpo abandonado en una vieja tumba desgastada por los años.
Él, tu hombre, murió joven. El esfuerzo, la lucha, el hambre, dejó marcas.
Él, tu hombre, te dejó huérfana de amor y de caricias. De plácidas tardes veraniegas oyendo los gritos de los chicos, libres como los pájaros, jugar en las calles.
Aún hoy Emilia, cuando cierras los ojos, sientes sus manos y su boca recorrer tu cuerpo. Sus besos en el cuello.
Tu mirada, Emilia, se enternece ante tantos recuerdos. Tus ojos recorren por última vez el páramo. Desciendes hasta el suelo, besas la tierra que durante setenta años fue tu hogar. Presientes que no la volverás a ver. Las lágrimas fluyen silenciosamente durante largo rato.
Nadie te ve. Nadie te mira. Nadie comprende...



(Foto enviada por "Isabel")
Isabel
Un verano de olor

“Septiembre ya huele a nardos”. Eso piensa Jimena al entrar en un mercado bastante alejado de su casa y, en vez de comprar comida, sigue el penetrante perfume hasta el puesto de flores. Compra tres varas de “políanthes tuberosa”, nombre científico de la también llamada vara de San José, para ella nardo. Porque Jimena no es religiosa y, aunque se aprende las definiciones, por eso sabe que es de la familia Amaryllidaceae (Amarilidáceas), a ella le gustan los nombres comunes y contundentes como su perfume. Le trae recuerdos de los bulbos que su abuela cultivaba.
Ni Jimena tiene el carácter de la mujer del Cid ni la fuerza del huracán que anuncian atravesará el Pacífico Mexicano. Se parece más bien a una gran tortuga de andar lento y pausado. No es muy agraciada, tiene una cara redonda y achatada como la torta de un pan de pueblo.
Es temprano y se nota en la ciudad que ya han vuelto a poblarla después de las vacaciones. Los bares rebosan de mujeres tostadas al sol hablando todas a la vez alrededor del café, con los collares colgados al cuello, sustitutos del minúsculo biquini que no llegaría a cubrir, si los cubría, las siliconas al peso.
Eso va pensando Jimena en su caminar. Mira su piel de un moreno natural, sólo atravesada por el polvo del gran piso que anoche se encontró a punto su señora.

No compra lo que hace falta en la gran casa que cuida. “Seguro no vendrán ni a comer” se dice y, orgullosa con sus tres varas de nardos, sale del mercado más tranquila que entró.

Entre paso y paso Jimena observa que la miran, algo no usual en su joven vida, echa un vistazo a su vestido fruncido por si tiene alguna mancha, pero no.
Entonces ocurre: un joven montado en bicicleta frena en seco delante de ella.
-¿Dónde has comprado los nardos? –le pregunta decidido.
Jimena levanta la mirada, incrédula, ante la cara sonriente del chico que aspira el perfume con los ojos cerrados.
-¿Te gustan? -Contesta extrañada, pensaba ella que esa afición suya era algo ya caduco, sólo propio de algunos pueblos y sus costumbres. Pero él le dice que sí con la cabeza acercando la nariz a los que están abiertos y Jimena le regala una vara.

Al llegar a la gran casa le corta un poco el rabo a la segunda vara, la pone en un bote con agua, al que echa piedrecitas para que no se tumbe, y la coloca en su habitación. De la restante hace ramilletes, como los que hacía su abuela, para enganchar en su vestido de tarde y para regalar a quien se cruza con ella cada día y se gira para seguir oliéndola.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Parvulario de verano 12. La identidad y Patrick Modiano

Hoy, lección doble, para que elijáis. Además, el curso se acaba y me parece que vamos atrasados en el temario. Es un extracto de la novela Calle de las tiendas oscuras, de Patrick Modiano, publicada por Anagrama y traducida por mi envidiada María Teresa Gallego Urrutia. El párrafo, largo, lo subrayé. Aunque Modiano suele tratar el tema de la identidad, siento especialmente cercano este párrafo. Me inquieta. Me hace preguntarme quién soy (dando por hecho que “el ser” es un proceso breve). Para aclarar más, Hutte era el dueño de una agencia de detectives privados, que se ha jubilado, mientras que el narrador era su único empleado. Tras sufrir amnesia acudió como cliente para rastrear su pasado, pero se quedó como detective. Ahora que la agencia no existe, pero sabe rastrear, la novela consiste en la búsqueda de sí mismo. Espero que el párrafo os sacuda como a mí. La identidad es un buen tema para los primeros fresquitos del verano.

(Y por cierto, qué pocos me habéis mandado un texto para el día 20. Va a ser un cierre de curso muy deslucido).


«Qué gente tan peculiar. De esa que no deja a su paso un vaho que enseguida se disipa. Hablábamos muchas veces Hutte y yo de esos seres cuyo rastro se pierde. Surgen un buen día de la nada y a la nada regresan tras haber brillado con unas cuantas lentejuelas. Reinas de belleza. Gigolós. Mariposas. La mayoría no tenían, ni siquiera en vida, mayor consistencia que un vapor que nunca habrá de condensarse. Hutte me citaba, por ejemplo, a un individuo a quien llamaba “el hombre de las playas”. Aquel hombre se había pasado cuarenta años de su vida en playas o al borde de piscinas, charlando amablemente con veraneantes u ociosos acaudalados. En las esquinas y en los segundos planos de miles de fotos de vacaciones aparece en traje de baño en medio de alegres grupos, pero nadie podría decir ni cómo se llamaba ni por qué estaba ahí. Y nadie se fijó en que un día desapareció de las fotos. Ne me atrevía a decírselo a Hutte, pero creí que “el hombre de las playas” era yo. Por lo demás, no se habría extrañado si se lo hubiera confesado. Hutte repetía siempre que, en el fondo, todos somos “hombres de las playas” y que “en la arena –cito sus propias palabras– no dura más que unos segundos la huellas de nuestros pasos.»

Parvulario de verano 11. La voz auténtica de Beatriz Gimeno

He leído un artículo de Beatriz Gimeno en el.plural.com (podéis leerlo pinchando AQUÍ) que expresa tan bien lo que pienso que lo copio entero. Esta lección sería sobre la manipulación ideológica de los periódicos occidentales. Que me perdonen Beatriz Gimeno los de el.plural por la apropiación, pero no tengo modo de comunicárselo.



BEATRIZ GIMENO
Uribe se perpetúa en el poder y las trampas de la prensa

Anda, me entero por El País de que el presidente Uribe quiere convocar un referéndum para modificar la constitución de su país con el objetivo de presentarse otra vez, de forma indefinida, a las elecciones. Qué curioso. Pero no vayan a pensar mal. Este caso no se parece en nada a esos otros de Evo Morales o Chávez, o Zelaya que han hecho exactamente lo mismo, (en el caso de Zelaya no ha podido, ya lo sabemos) con la única intención de perpetuarse en el poder. Este caso es distinto, dónde va a parar. La democrática Colombia (con el índice más alto de toda Latinoamérica en asesinatos políticos y donde no hay sindicalista o líder social que viva para contarlo) es completamente distinto.

Según El País, que da la noticia en pequeñito, Uribe no quería hacerlo, pobre hombre, casi le han obligado. El titular de la noticia no es “Uribe se perpetua en el poder”, ni nada de eso que leímos en el caso de Chávez o de Zelaya de quien se nos dijo que tal intento le costó un golpe de estado (ya nos explicó Vicenç Navaro que no es así). No, ahora el titular es: “El Senado aprueba el referéndum para la reelección de Uribe”. Qué cosas, el Senado por su cuenta va y obliga a Uribe a presentarse a presidente. Por si no quedara claro, en el texto de la noticia se transcriben entrecomilladas dos frases de Uribe que dejan clara cuál es su actitud acerca de su reelección: "Lo veo inconveniente por perpetuar al presidente, porque el país tiene muchos buenos líderes". "Y en lo personal, porque no quisiera la amargura de que las nuevas generaciones me vieran como alguien apegado al poder". Su Gobierno, sin embargo, ha presionado mucho para que se apruebe el proyecto de ley, prosigue la información.

Pero… ¡pobre hombre, cómo le hace esto el Gobierno, obligarle a presentarse con la amargura que dice que le produce! En fin, pareciera que no va a tener más remedio. Pero dos días después nos llega otra noticia aún más pequeñita. El Senado quiere que Uribe se presente a la reelección pero se ha encontrado con el pequeño problema de que ahora no se sabe qué senadores pueden votar y cuáles no porque resulta que la mayoría (¡la mayoría!) están siendo investigados por la justicia por corrupción. Eso sí que es un parlamento democrático.

Yo sólo les pido que hagan un pequeño ejercicio. Cojan los periódicos y lean los titulares con atención. Cuando ocurre cualquier cosa en la América Latina más partidaria de socializar que de privatizar, los titulares comienzan siempre: “Chavez, Evo, Correa...hacen esto o lo otro” como si Venezuela, Bolivia o Ecuador no tuvieran parlamentos democráticamente elegidos y las leyes no tuvieran que seguir sus trámites. Cuando lo mismo ocurre en la América Latina más partidaria de privatizar que de socializar, entonces los titulares siempre comienzan: “El senado de Colombia, o de Perú...” Aquí los responsables no son nunca Uribe o García, sino que la culpa se diluye en sus hipercorruptos (pero al parecer democráticos) parlamentos.

Y ya puestos a comparar y a analizar, fíjense como Evo es siempre Evo, como mucho Evo Morales, pero nunca Morales; y es que las mujeres y los indígenas con el nombre basta. Y si no que se lo digan a “Soraya” y el titular con el que abría su primera página El Mundo del día 25: “Soraya ultima un informe para probar la persecución del PP”. Ya sé que toco muchos temas, pero es que no doy abasto.

Beatriz Gimeno es escritora y ex presidenta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales

sábado, 5 de septiembre de 2009

Parvulario de verano 10-B. Propuesta para el siglo: seamos un grano en el culo

Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.
Goytisolo

Ya que no nos ven, algo tendremos que hacer, ¿no? Sé que no estoy proponiendo un buen sitio para estar, pero es que estamos ahí, aunque no queramos. La propuesta es que, ya que estamos, incomodémosles. Si no nos ven, que nos sientan. Seamos una pequeña molestia multiplicada por centenares de miles de pequeñas molestias que les obligue a olvidar el Paraíso para crear un sistema más justo.

PRIMERO, basta de quejarnos en los bares de que no hay una izquierda que haga frente a todo eso. La izquierda somos nosotros, que no queremos estar en los grandes o pequeños partidos. En primer lugar, porque no estamos de acuerdo con el paquete completo y no queremos pertenecer a una secta.

Pero podemos crear pequeñas asociaciones o participar en ellas. Cada uno con el tiempo que pueda. Yo, por ejemplo, participo de una, Globalízate, que somos unos veintitantos, con un presupuesto anual irrisorio al que contribuimos cada uno con 30 € anuales. Hay quienes trabajan un montón, otros hacen lo que pueden. Yo, una traducción algunas semanas para alimentar de contenidos importantes la actualización semanal de nuestra página web, muy visitada y de la que se hacen eco medios de comunicación. Pero no voy a las acciones ni prácticamente a las reuniones. Nadie me lo echa en cara. Es fácil y me permite contribuir en la medida de mis posibilidades. Una compañera de los blogs, trabaja para SOS Racismo, otra, de los blogs y el taller, da clases a inmigrantes y entiende realidades que pasa a transmitir, otros... Hay miles de posibilidades y cada una de ellas incide en la realidad: hace visible lo que se empeñan en que sea invisible. Si todos los que nos quejamos nos dedicáramos a fortalecer con nuestro trabajo e ideas una pequeña asociación, esta, como le pasa a Globalízate, llega a ser conocida e impacta en la realidad. A vuestro alrededor existen. No las desaprovechéis.

SEGUNDO, hay que votar siempre. Ni siquiera es necesario votar a uno de los grandes para que no salga otro. Votar si se prefiere a partidos diminutos de la izquierda sin la menor posibilidad. Ahora explico por qué. Hay quienes proclaman la abstención como una postura activa. Pero la experiencia dice que les da lo mismo. Aunque vote solo el 50% se sienten legitimados y a la semana exhiben su porcentaje de votos sobre los votos emitidos. 2 millones de abstencionistas no sirven para nada, pero si votan, el partido que gana no lo hace con el 42% (parece siempre que representan al 42% de la población), sino con el 37, 36 o 35%. Y eso ya duele más: gobernar un país con el 35% de los votos sí roe un poco su legitimidad. Probadlo: no cuesta tanto y significa que no dejamos de usar una herramienta mínima de la que disponemos. La abstención la provocan siempre los partidos del Paraíso, porque saben que los suyos no fallarán. Evitemos esa trampa.

Parvulario de verano 10-A. No nos ven

En el campo de la percepción, a veces unas anécdotas transmiten el sentido real. Aquí van dos.

Un amigo ha estado este verano en Latinoamérica. En un bar prestó atención a la conversación de la mesa de al lado. Una mujer joven, de unos cuarenta años, bien vestida, evidentemente venezolana de clase media de las de allí, dijo: “Tenemos que conseguir que Venezuela vuelva a ser un paraíso, donde podamos tener tres criadas”.

Otro amigo que trabaja en una multinacional vivió una restructuración de personal. Una decena de sus compañeros de aquí fueron despedidos, junto con algún centenar de los del resto del mundo. Lo normal. Dos meses después, un alto ejecutivo se mató en un accidente. Todos los empleados recibieron un mensaje en el que, aparte de las condolencias habituales, se hacía referencia a la tristeza por la condición en la que quedaban los hijos de este y se indicaba que se había abierto un fondo para asegurar su educación, fondo al que esperaban que contribuyeran todos los empleados.

En ambos casos, ¿son unos malvados? La señora venezolana, que por lo visto en la Venezuela de ahora no se puede conseguir criadas por la comida y una propinilla, ¿cree que cada una de sus criadas tiene a su vez en su casa otras tres, que les arreglan la casa y les dan masajes en los pies cuando regresan reventadas? ¿Y así una cadena de servidumbre de tres en tres? Y los ejecutivos que se apiadan de los pobres hijos del accidentado, ¿no saben que los despedidos tienen hijos que se verán gravemente afectados por la pérdida de trabajo de su padre o su madre?

No. No son malvados. No duermen mal. Simplemente: no existimos. No nos ven. No conocen nuestra existencia. Somos actores de reparto, instrumentos. Proletarios en el sentido histórico de la palabra: nos reproducimos para que haya el número suficiente de instrumentos. Todo lo más, formamos parte de estadísticas diversas, siempre en conjunto. Porcentajes de empleados, de desempleados, coste global del trabajo, coste de los servicios sociales y asistenciales. Y para manejar a esos conjuntos, dado que en las democracias todos podrían votar y se les acabaría el Paraíso, proveen de fondos suficientes a medios de comunicación que bombardean a las mentes de los proletarios; poco educadas, por cierto, que ya se han encargado de ello.

domingo, 30 de agosto de 2009

Parvulario de verano 9. La kerkaporta y el imbécil

Este texto es una puntualización, no una retractación. Por pura necesidad más que por vocación o capacidad, tuve que formar a dos o tres personas, parcial o totalmente, sobre la vida. A lo mejor exagero y no fueron tantas; quizá me quede corto. Tuve que hacerlo, como dije, sin estar preparado. Un amigo me decía el otro día que, a partir de los 50 años, al leer a Marco Aurelio te das cuenta de que tú mismo ya has pensado eso. Esa es la edad en la que empiezas a tener capacidad; pero sigues sin vocación y, desde luego, ya no hay necesidad. Así que para qué.

El caso es que como educador insistía mucho en que no hay que pensar nunca que tu enemigo, social o personal, es imbécil. Para ser tu enemigo y cabrearte tiene que tener algo importante, que le permite ocupar el espacio desde donde te cabrea. Si piensas que es imbécil, eres tú el que acabas siéndolo, mientras él se aferra todavía más a su posición de ventaja. Para derrotar a un enemigo hay que estudiarlo, buscar puntos débiles, pero sobre todo conocer sus puntos fuertes. Ese era, en resumen, la teoría que transmitía.

Ahora, como libro para el metro, leo Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Sweig. El segundo capítulo está dedicado a la caída de Bizancio, donde el Imperio Romano de Oriente resiste mil años después de que hubiera caído el de Occidente. Políticamente, las condiciones están maduras para que las potencias occidentales no le ayuden a resistir. Personalmente, Mehmet, que pasa a ser Sultán a la muerte de su padre Murat, llevaba años dedicado al estudio de cómo podría tomar Bizancio. Estratégicamente, solo la murallas ciclópeas que construyó Teodosio y que mantuvieron y mejoraron los emperadores posteriores defiende la ciudad.

Mehmet contrata al mejor constructor de cañones, que fabrica un prototipo del cañón más grande que se había hecho nunca. Demostrada su eficacia, hace del mismo molde 20 o 30 más. Miles de trabajadores y centenares de bueyes dedican dos meses a arrastrarlos sobre rodillos de madera hasta ponerlos en posición.

Necesita después llevar su flota hasta la garganta profunda del Cuerno de Oro. Llevarla por mar es imposible, porque a la entrada está la ciudad genovesa de Galata, a la que debe neutralidad y no puede romperla en ese momento. Manda construir cilindros de madera y los barcos salen del mar, cruzan la lengua de tierra montañosa y llegan a donde él quería. Los bizantinos ven horrorizados cómo de la nada surge una flota que amenaza la parte que creían protegida.

Para no alargarme, llega el momento de los preparativos del ataque. Mehmet recorre los campamentos montado a caballo y prometiendo 3 días de saqueo libre a los que tomen la ciudad. Su botín es la ciudad. Que los guerreros que sobrevivan se enriquezcan, para que sus deseos de luchar aumenten.

A la una de la madrugada, el Sultán da la orden de asalto. En su plan de ataque, primero se abalanzan los bashi-bazuks. Semidesnudos e inexpertos, son sacrificados en el plan de ataque con el único fin de fatigar al enemigo sitiado. Tras ellos están las tropas principales, que les obligan a volver una y otra vez a sacrificar su vida para fatigar al enemigo, vestido con cotas de malla y armas pesadas que hunden en la carne de los atacantes desnudos.

Dos horas después, al clarear, atacan los anatolios y el combate ya es peligroso. Pero a pesar de que están descansados, de que van con cota de malla y buenas armas, y de que son más numerosos, son rechazados.

El Sultán tiene que utilizar a los jenízaros, la tropa de élite formada por 12.000 jóvenes entusiastas y bien formados, a la cabeza de los cuáles se pone él mismo. Pero los sitiados resisten en las murallas golpeadas, pero no derribadas, por los grandes cañones.

Y ahora sucede lo no esperado. Dos atacantes, que deambulan entre la segunda y la tercera muralla, se apoyan fatigados en la kerkaporta. Una puerta pequeña para el paso de vendedores antes de que se hayan abierto las grandes. La pequeña puerta cede, porque no estaba cerrada. Temen que sea una trampa, pero la cruzan con cuidado y descubren que no. Salen a llamar a sus compañeros y, en un grupo grande, la cruzan y comienzan a disparar a los defensores por detrás. Inmediatamente, un grito recorre las murallas: la ciudad ha sido tomada. Los defensores abandonan la lucha y la ciudad es tomada de verdad.

Bizancio estuvo a punto de mantenerse. La historia del mundo habría cambiado. Pero a pesar del trabajo de todos durante tantos siglos, de la defensa que diezmó a los defensores, un imbécil no cumplió su cometido: cerrar una pequeña puerta. Y se produjo su caída. A lo mejor había muerto, pero el imbécil de su jefe inmediato no se aseguró de que hubiera alguien que la cerrara.

Por tanto, no me retracto de mi teoría. El enemigo es poderoso e inteligente. No puedes enfrentarte a él creyendo otra cosa. Pero entre el enemigo, hay imbéciles. En lo peor del enfrentamiento, hay que vigilar siempre los posibles actos de un imbécil para convertirlos en una ventaja para ti. Te pueden facilitar la victoria. Y por supuesto, vigilar siempre a tus imbéciles.

sábado, 29 de agosto de 2009

Parvulario de verano 8. Aviso a parvularia

El domingo 20 de septiembre termina el verano de 2009 y nunca, pero nunca, más volveremos a vivirlo. [Esto último es una mentira podrida, porque el tiempo es una cosa muy personal. Como dice Ángel González: «Ayer fue miércoles toda la mañana. // Por la tarde cambió: // se puso casi lunes, // la tristeza invadió los corazones.»].

Me gustaría celebrarlo y cerrar el parvulario poniendo un pequeño texto de cada uno de vosotros. Libertad para hacerlo o no. Tema y formato libre. Mi mail en mi perfil.

domingo, 23 de agosto de 2009

Parvulario de verano 7. ¡Pierre Michon despega!

Babelia le dedica una larga entrevista con motivo de la traducción de un libro al español, el segundo que escribió y la quinta traducción que aparece. Merece la pena leerla, porque es un escritor de culto que tiene mucho que decirnos, enseñarnos y emocionarnos. Considerémoslo una tarea de libre cumplimiento (como la de leer a Robertson Davies). Para leer la entrevista de El País, basta con hacer clic en La embriaguez de la escritura.


Se dice mucho que es un escritor de culto. Desde luego para mí lo es. De hecho, en octubre de 2007 le dediqué la entrada 100. Y creo que he hablado de él alguna que otra vez. Para leer esa entrada, haced clic en Entrada 100: los vivos y Pierre Michon.

Ojalá, con esta entrevista de El País en las primeras páginas de Babelia pase a ser un autor más leído y más comprado. Así se podrá traducir el resto de sus obras. Ojalá encarguen algunas de ellas a María Teresa Gallego. En todo caso, un libro más de este autor es siempre motivo de celebración.

sábado, 22 de agosto de 2009

Parvulario de verano 6. Robertson Davies


He leído su Trilogía de Deptford y podría escribir sobre el esplendor de su escritura. Ha sido uno descubrimiento de esos que por suerte se dan alguna vez. Concedeos el privilegio de sumergiros en esta trilogía; es la única que está traducida entera. Y en Wikipedia y la red podréis saber más de él.

Pero no es por eso que lo pongo. Un parvulario tiene que ver con la educación y en el segundo volumen, Pargetter, su profesor en Oxford, le dice al protagonista una frase que creo que es una crítica demoledora del sistema educativo moderno, basado en la especialización. He visto como un rayo que gran parte de los males que tenemos se deben no a la educación (eso ya lo sabíamos todos), sino a la educación formal especializada desconectada de la sociedad y la cultura.

Esta es la frase, que está en la página 285 del segundo volumen, Mantícora:

«"Si la práctica de la profesión es todo lo que se le enseña, la práctica de la profesión será también lo que nunca llegue a saber", decía citando a Blackstone. Así pues leí mucho de historia, ya que en mis tiempos mozos le había cogido el gusto gracias a Ramsay, y leí unos cuantos grandes clásicos, los que han conformado la mentalidad de los hombres desde hace generaciones, y de los cuales no he conseguido retener más que la vaga sensación de lo largos que eran y de lo listos que tenían que ser quienes de veras los apreciaran. Lo que más me gustaba era la poesía, y leí mucha.»


[Gemma ha puesto en su comentario un vínculo a un artículo de Garía Montero que me parece muy interesante leer: lo podéis leer haciendo clic en Teoría impertinente de la literarura.]

Parvulario de verano 5. Límites del amor por Internet

Hoy me pasé por donde Crescencio, mi librero de segunda mano y amigo. Los sábados abre un puesto en un mercadillo de libros, discos antiguos y algo de artesanía en la Plaza Dos de Mayo.

Crescencio tiene una lista de libros que quiero sin prisa. Antes o después aparece uno en una de las bibliotecas que compra y me lo aparta. Cuando tengo prisa, me lo busca por las librerías de viejo de toda España y me lo compra. Es un método necesario, porque hay libros de venta no afortunada, pero gran valor en sí mismos, que desaparecen del mercado. Hoy, por ejemplo, tenía uno.

También me guarda y cuenta historias que recoge estando en la calle. Hoy me habló de un cliente joven, de unos treinta y cinco años, que solo busca y compra relatos. Le dijo que se iba de vacaciones a Nueva York. Al volver, le contó que la primera noche tenía una cita a ciegas con una amiga de una amiga de aquí y que fue un amor a primera vista. Loco, absoluto. Ni usó el hotel que había contratado.

Ahora están enamorados y demasiado lejos. Crescencio le dijo que, al menos, ahora Internet permitía mucha comunicación.

Cierto, contestó el cliente y supongo que también amigo de Crescencio. Pero en las conversaciones amorosas los silencios son muy importantes. ¿Cómo se usa el silencio en Internet?

sábado, 15 de agosto de 2009

Parvulario de verano 4. Viajes

En esto soy el raro y me voy a dar la oportunidad de explicarme. Por qué no me gusta viajar. Luego, si queréis, me crucificáis por lo que me pierdo, aunque será mejor enfocarlo por lo positivo: que habléis de lo que es viajar, eso tan bueno, para vosotros.

Si nos vamos atrás-atrás, recuerdo que con unos 14 años le comenté a mi madre que muchas noches tenía un sueño angustioso en el que perdía un tren y corría por las vías hasta la siguiente estación, que estaba a punto de pillarlo pero se ponía otra vez en marcha. ¿Sabes lo que es eso?, me dijo, que cuando todavía no andabas mi madre enfermó en Madrid y tuve que hacer un viaje urgente, llevándote conmigo. En una de las largas paradas, bajé llevándote en brazos para comprar algo de comer y perdimos el tren. Fue angustioso y tú debiste captarlo.

Mano de santo. Fue oír aquello y no volver a tener el sueño. Pero el mar rollo de los viajes siguió. Que siempre, cuando llego, me encante lo que encuentro no elimina la terrible inseguridad y angustia previajera.

Además, a poco que me dejen, me las arreglo para embrollarlo todo. Es más, L, mi compañera, que es una excelente viajera profesional, cuando viaja conmigo ayuda todo lo que puede a mantener mi maldición del bebé perdido con su madre en una estación provinciana de tren. Como ejemplo, una relación sucinta del viaje de Madrid al pueblo de montaña de León. Los presumidos dicen que lo hacen en tres horas (no les creo). Yo lo hago en cuatro porque nunca paso de los ecológicos 120 por hora, salvo cuando me despisto y sin darme cuenta voy a más de 140 y piso el freno (¿alguno de esos momentos habrá coincidido con un radar y, además de ser lento, me multarán por exceso de velocidad?) Para saber si es la guinda del pastel habrá que esperar.

A las 08:15 del sábado pasado voy al aparcamiento, donde tengo el coche como lo han dejado L y una amiga tras una visita a Ikea. Imposible ver nada por el retrovisor interior del coche. Pero me parece bien, porque el mobiliario de la casa es de 1920 y tenía ganas de contar con sillones cómodos con lámpara de lectura.

A las 08:30 la recojo en el portal y, con más fuerza que maña, remetemos el pequeño equipaje entre las cajas. En la esquina de arriba, cuando he de girar, me dice que se olvidó de las llaves de la casa. “¿Vuelvo?”. “No, mi madre tiene copias”. Ya nos hemos alejado lo suficiente para que se dé cuenta de una cosa. “¿Y si no está cuando lleguemos?”. O sea, vuelvo; pero de más lejos.

A las 08:45, estamos en el portal de casa, con las llaves, y marchamos contentos y felices. ¡Ay! El quiosco de siempre que viajamos está cerrado por vacaciones. Ya en Princesa, solo encuentro uno lateral que me aparta del camino y me obligará a dar un rodeo. Pero no me voy de Madrid un sábado sin “mi” Babelia. ¿Sabéis que los tengo desde el número 1, encuadernados?

A las 09:00 tomamos la carretera que deberíamos haber tomado más de 20 minutos antes. Nada más terminar la autopista le pregunto si quiere tomar café en un sitio que está bien. Me dice que no y tomo la primera curva, pegando un frenazo en 50 metros y deseando que el de atrás sepa frenar, porque se ha producido un accidente de dos coches con vueltas de campana. En lugar de tomar café, esperamos paseando por la autovía a que todo se arregle. Ahora sí quiere tomar café. Paro en el primero que hay para que desayune; pero yo, desde luego, no quiero tomar café.

Volvemos al coche y 40 kilómetros después le digo que me estoy durmiendo. ¡Ahora! sí quiero tomar café. Así que paramos. Habréis visto que no nos tomamos casi nada a mal. Paramos en cuanto uno quiera: qué más da llegar más tarde.

Parece que ahora va a ir todo a las mil maravillas hasta el pueblo. Pero el exceso de confianza es malo. Veo que un dibujito del coche me indica que hay alguna puerta abierta. Como es un coche de gama baja, me dice que hay puerta abierta, pero no indica cuál: en los más caros te lo avisa con precisión. Yo creo que hacen todos los coches igual de buenos y les van quitando cosas conforme el precio va bajando. Empiezo a despotricar de la carga que llevamos y de que seguro que la colocó mal y una de las puertas de atrás no estuvo bien cerrada (por una rotura de una vértebra lumbar, no cargo con algo más pesado que una bandeja de pasteles y es L la que se ocupa de esas cosas). Como me conoce, aguanta con dignidad (o sea, sin oírme mucho) la diatriba. Parar en el arcén a recargar es peligroso, así que seguimos a baja velocidad hasta encontrar un punto adecuado.

Un coche me adelanta, me pita y señala una puerta abierta: ¡la mía!, que cerré mal al salir del café. Para esto el arcén sirve. Así que lo arreglo. Los siguientes 10 minutos de silencio de L me resultan humillantes.

Dado cómo iba el viaje, no parecía el mejor día para buscar una ruta alternativa. Desde luego, ninguna persona sensata lo plantearía. Nosotros sí. Con buenos mapas en la mano, L lo prepara todo muy bien. Solo me dice que le preste mucha atención en los últimos 2 kilómetros, que son los liosos para llegar antes y mejor a la carretera comarcal que lleva directa al pueblo.

Todo está preparado. Y va funcionando bien. Pero al entrar en esos dos kilómetros llenos de rotondas que la primera no la coges, la segunda sí y luego hay otra que... ¡Suena el móvil de L! Su madre está preocupada porque tendríamos que haber llegado hace mucho. Es más fácil desatenderme a mí que cortar a su madre en 100 metros. Me ocupo de todo y con sonrisa de triunfo le digo: “¡No ha sido tan difícil! Estamos en la nacional XXX que nos lleva a la comarcal YYY. Todo resuelto”.

Pierdo la tranquilidad al darme cuenta de un detalle. Me deslumbra el sol, que en la dirección correcta debería darme por detrás.

No hay nada que no se pueda arreglar y al final llegamos. Eso sí, sin tiempo para tomar unos vinos antes de comer.

jueves, 6 de agosto de 2009

Parvulario de verano 3. ¡Nos ha escrito Sirwood!

[Como en un campamento de verdad, hemos tenido correo. Sirwood ha cumplido su palabra y nos ha enviado un relato. Yo tenía preparado un texto para ponerlo mañana e irme una semana por ahí, pero eso será a la vuelta. Que un alumno, por muy párvulo que sea, haga un trabajo de curso voluntariamente, es suficiente para que se dé a conocer. Pero además el tal Sirwood es un jodido mentiroso cuando dice que ya no escribe, pues escribe que me ha dejado tocado. (¡Soberbio, Genial!), decía él que tenía que poner como comentario a su texto. Yo, más sobrio, digo que me ha gustado, interesado y emocionado].


Fersi
Un relato de Sirwood


Tengo yo un conocido de esos que ahora dicen subsajarianos. No sé quién enderezó este mundo y lo puso de cabeza a esa cosa que llaman Norte, las brújulas no me han enseñado nunca un camino más cierto que otro. Abdellatif se llama. Yo le llamo Fersi. Que nadie me pregunte por qué. A él no le molesta, y yo soy un vago para los nombres largos. Nos vemos los jueves; algún viernes, si viene mal terciada la ocasión. No sabe palabra de español. Yo, muy correspondiente, ignoró la lengua que reza.
Los jueves -digo- nos juntamos. El lugar no es relevante. Señalemos uno de esos bares de más Ducados que Winston, más Mahou que Heineken y más tortilla que volovans; muy de faria y carajillo-Veterano entre semana y DYC con Fanta los domingos. Algún raído mono azul nos presta a diario despreocupada compañía.
Fersi toma café, montañas de café, y habla por los codos. Yo, por mi parte, estoy apegado a un blanco Requena que no lo hay de mayor bondad que uno que tomé en Cariñena cuando el bautizo de mi sobrino, no sé los años.
Lo mío es hablar hasta desecarme las meninges. De cómo nos conocimos no tiene importancia. Es más, yo mismo lo he olvidado con todo propósito. Tomamos asiento y charlamos. Fersi agarra la taza humeante y me empieza a contar. Yo escucho. No sé qué dice, y sin embargo entiendo. Me habla de una llanura caliente y lejana; de padre a la puerta de casa con árbol y sol; de madre a por agua; de hermano sin pierna; de animal peligroso. Piedra, ruido y tormenta. Un primer vestido. De un murmullo que amedrenta la noche larga y espesa. Y también de algún desalmado que ayer regateaba el miserable precio de una de sus baratas alfombras de colores.
Lo comprendo todo. En los decires contentos, sus manos se abren, suben y vuelan alegres a la altura de la barbilla, como las de mi tía Ignacia cuando cribaba centeno en el tiempo de mies recogida. Me acude la música. Hay sinfonía. Cuando argumenta, vuelve las palmas, sus manos descienden y sus dedos hurgan removedores el vacío. Me llega entonces mi hermana amasando panes sobre el suave tablero del horno del pueblo (mis recuerdos de infancia se limitan a mujeres y cereales). Si por el contrario se enfada, golpea la mesa con fuerza. El enojo llega entonces vibrante a mi brazo, apoyado en el canto de melamina malquemado por los cigarros de tantas partidas. El blanco Requena tiembla en el vaso y su dorado ondular lee contra el cristal la intensidad del enfado, como un sismógrafo de almas. Si veo que acaba, apuro el trago y pido más vino y café. Es mi turno.
Le hablo yo entonces de lo que me agobia, de las cosas que entiendo o creo entender, de las que me asombran y de las que me angustian: de la visita al médico, del puto trabajo... algo de fútbol entre medias para que los hombres azules sigan de espaldas y pidan más Veterano. Le cuento lo que me crecen los chicos, de lo apurado del sueldo y de la maldita suerte que me tuvo que traer al mundo en un año de tan poco arreglo. Todas esas cosas de por aquí. Fersi me mira y atiende en silencio. Otro Requena mientras me voy vaciando. En el parloteo, me hago música. Yo sé que sueno. Fersi es mi público.
Sé que me entiende, aunque no sepa de qué le estoy hablando. En mis énfasis, enarca las cejas y abre su frente a dos arcoiris luminosos. A veces sonríe; otras lo veo entristecerse. Cuando no, enfila al techo una sonora carcajada. Si me advierte en desánimo, adelanta sus labios y dibuja un cero. Entonces disparo mi puño, que golpea leve su pecho, y él me aparta la mano con una palmadita cariñosa. A lo más, si le hablo con saña, suelta un taco.
—¡Joder, Sirwood. Mal! —exclama.
Es por ahora todo su castellano.
En casa, los hijos me gritan; yo les ladro. Mi mujer calla; yo le devuelvo el silencio. En el trabajo, el jefe chilla; yo bramo. Los compañeros farfullan. En el fútbol, la peña vocifera; yo vocifero y me hago jauría. En la iglesia, el cura sermonea; yo me sermoneo a mí mismo sin necesidad de sotana. En los conciertos coreo sin ganas y en los entierros no hago más que apretar manos falsamente condolecidas.
Fersi es mi mejor amigo.

[Sirwood, también conocido como "Anónimo S." y algunos otros anonimatos firmados, tiene como blogo el nombre oficial de Quia Sint y un blog, La sombra se desliza, que podéis encontrar en http://lasombrasedesliza.blogspot.com/]

viernes, 24 de julio de 2009

Parvulario de verano 2. Los blogos

Después de retrasar varios días una entrada que tenía pensada, escrita de cabeza, he cerrado el ordenador nada más poner el título y me he ido a los bares. Allí, en la barra de un bar donde nadie me conoce (ha sido al tercer intento), me he pedido otro whisky con hielo y he podido repensar lo que quería. Dada la finalidad educativa de estos escritos, he de decir que la entrada rasposa del chupito de las marcas rojas, de un solo trago, es magnífica en todas las estaciones del año salvo el verano, cuando la naturaleza te pide uno entero con hielo, en un vaso ancho, a ser posible el que profesionalmente se llama old-fashion (si me estoy pasando de pedagogo me cortáis, ¿vale?).

Los hielos tintinean al moverlo, alegrándote el corazón. Miras el vaso y notas que él te mira a ti, pero no es el abismo nietzshiano, sino la alegría, la que establece la relación. Así, tan contento y solo, pienso en lo que quería pensar: en los blogos. Sé, ya sé, que esto de Infernet, como lo llama mi amiga y comprada Aroa, es muy grande y hay de todo. Debe haber de todo. Niñas cursis donde escriben lo que sus mamás anotaban en cuadernos forrados de rosa. Buscones y busconas de un polvo (dicho sea sin el menor intento de atacar, porque cada uno se lo busca como puede). Infinitud de miserias y carencias humanas. Y también, ¡ay!, magnificencias que me pierdo.

No es esa mi blogosfera. ¡Qué va! Empecé con un grupo de amigos, casi todos dados a la literatura y fui ampliando el campo por casualidad, por comentarios inteligentes que me llevaban a la casa matriz y me la iba apropiando. Ahora tengo mi lista de favoritos abierta, a la derecha de mi blog, pero también la oculta, pues me cuesta ampliar la otra.

Y frente al whisky con hielo en un vaso de sidra de cristal falso, ¡mierda!, he recordado, como me prometí, la penúltima entrada a día de hoy de mi amiga Bárbara: porque he hecho amigas y amigos entrañables hasta debajo de las blogo-piedras. La entrada se llama “Reflejos” y su blog es ESTE. Cada vez escribe mejor, como nos pasa a todos, pero ha llegado a un estilo seco y emocionante que corta. Empieza así:

«Vale. Lo confieso. Últimamente no escribo en el blog con la misma alegría, no siento la necesidad morder mi lengua, la idea ya no golpea el interruptor de la luz de un manotazo impulsivo, el ansia no aguijonea las yemas de mis dedos, obligándolas a martillear con fuerza las teclas.
No. Más bien sucede que, en mi turno habitual, le cambio el gotero al de la trescientos dos con la displicencia de una enfermera sin vocación. El de dame una tregua lleva ya dos días con la misma bolsita del pis. Pues que se hubiera buscado otro nombre…». Y pienso, claro, en el primer subtema:

a) La fatiga del blogo


Que haya tardado tanto en escribir esto está relacionado con lo que se cuenta en esos dos párrafos. Nos pasa a todos. Incluso he presenciado la desaparición de blogs queridos (pienso en Nunuaria, en Paralelo 49, Ya es un blog, Rebeca, el casi desmantelamiento de Sindrogámico...) e insustituibles. Porque yo me meto en la blogoesfera a aprender del ser humano y a tender puentes. Cuando me los cortan del otro lado o los convierten en levadizos, ahora lo bajo o ahora lo subo, noto que me han cortado un pedacito de mí.

Pero lo cierto es que tendemos a cansarnos: todos. A dudar de lo que estamos haciendo. Los porqué, para qué, cómo, cuándo. Toda esa mierda que nos hace temer que nos estemos mirando el ombligo y nos lleva a abandonar las acciones para, ahora sí de verdad, quedarnos inactivos mirándonos el ombligo y los dedos de los pies.

Hay también causas“razonables”; como la mía, je, jé: he ampliado tanto el campo que por falta de tiempo me cuesta seguir a los que quiero seguir. Y luego, razón real, el prudente abandono del puesto de trabajo como avanzadilla de la lectura y el comentario de “mis” blogs. Contra eso no se puede decir nada: baja el tiempo dedicado. Personalmente, el jersey deja de “dar de sí” y empieza a quedarnos ridículo, con la panzota oprimida y esos brazos que no deberían seguir creciendo pero crecen (o la lana se apelotona y mengua). Pero dudamos y nos dejamos afectar por ese ataque implacable que suelen lanzarnos algunos, que es el segundo subtema:


El exhibicionismo de los blogos


Hasta llegamos a creérnoslo, nos da miedo y nos cortamos. Pues bien: en todos los blogs “míos”, o sea en los vuestros, encuentro un puntito de aprecio de uno mismo. ¿Qué se podía esperar? Pero no hay una exhibición de “pero qué chulo/chula soy”. Habrá de esos, pero no me he enganchado a ninguno.

Somos personas que comunicamos bastante lo que somos, muchas veces aventando los fallos. O comunicamos nuestra literatura, que es parecido a empelotarse. ¡¿Y qué?! Por eso nos conocemos y queremos. Los elogios, a veces excesivos, suelen venir en los comentarios. ¿Qué tiene de extraño? Hablando de mi experiencia, por cada uno que frecuento hay 20 que he conocido y rechazado. ¿Cómo no voy a adorar a aquellos que he elegido? Cuando comento, lo hago llevado por el cariño pero también por el entusiasmo fundamentado: es como releer a tus autores favoritos, pero en unas dosis tan pequeñas que no te cansas.

Cada uno es como es, pero se encuentran los que tienen que encontrarse. Apuesto a que, en mayor o menor grado, sois como yo: desde hace mucho tiempo mi acción favorita ha sido la conversación con amigos, contarles cómo eres, lo que te pasa, discutirlo. Y a cambio, hacer de voyeur y que me contaran, tratar de llegar a las fibras más interiores que pudiera. Era así y serlo me ha hecho más así todavía. ¿No es esto lo que hacemos en los blogs? Entonces, ¿qué tontería es esa del exhibicionismo y el voyeurismo? Nuestra naturaleza es la comunicación, lo que me lleva al tercer subtema:


La amistad de los blogos


Y me refiero a una amistad real, a abrazos virtuales que a veces se han hecho realidad. De la blogosfera procede la mayor parte de mis amigos. Amigos reales. Cuando les pasa algo me inquieto y les escribo, y cuando me notan “bajo” hacen lo mismo. Los encuentros físicos han sido todos felicísimos, sin excepción. Me siento acompañado y sé que os pasa lo mismo a vosotros. Es una verdadera bendición. A lo que se une una mejora real y constatable de nuestra escritura. ¿Qué da más?


Conclusión


No puede ser otra que aceptar los cansancios cuando se producen. Bajar el ritmo o desaparecer un tiempito para coger fuerzas. Pasa lo mismo con los amigos reales (y con los escritos reales que hacemos fuera del blog). A veces tendemos a la soledad y la introspección. Pero la clave de tantas cosas buenas se resume en una palabra: persistencia.

domingo, 19 de julio de 2009

Parvulario de verano 1. Presentación

He de reconocer que siempre he sentido una atracción fatal y envidiosa por las Universidades de verano, aunque no haya podido asistir a ellas. Cuando ponían publicidad de los cursos, me la leía de principio a fin. Toda una serie de profesores que se centraban en un tema interesante, cercano al currículo que daban en sus clases; o una ampliación de lo que en las clases quedaba recortado por el tiempo. Me ha atraído esa divulgación de lo que no cabía debidamente en los estudios oficiales. Esos amores secretos de los que saben.

Pero lo que empezó así, y se mantiene en muchos casos, ha tenido una devaluación al convertir la ciencia en propaganda atendida por los medios. Hasta la FAlangeESpañola de Aznar tiene su Universidad de verano. Y los medios ya no se refieren a un ciclo sobre las emisiones de gases de efecto invernadero o la relación entre los poetas místicos españoles y el sufismo. Se refieren a lo que ha dicho en la suya tal portavoz oficioso del PP o del PSOE o cualquier otro partido. ¡Ahora que con el verano pensábamos que nos habríamos librado de ellos re-escuchamos (leemos) las mismas cantinelas! En consecuencia, les he perdido el respeto. No a las de los científicos y sabios, cada vez más recoletas y alejadas; a veces, también más comerciales. Sino a las otras. Y por tanto, un poquitín al conjunto.

Por eso me atrevo a abrir la mía, aquí en el blog. Y sabiendo de mis merecimientos y nivel, creo que llamarla Parvulario es lo correcto. Un sitio fresquito, que a veces resultará tan pesado como yo, pero no es obligatorio leerlo, en donde poder escribir sobre lo que me dé la gana y cuantas veces quiera. Sin preocuparme del sentido o validez de las entradas. Es el momento ideal, porque casi todos los que pasáis por aquí estáis haciendo las maletas para perderos por ahí, lejos de Internet, y es como estar en la cocina, después de una comida con muchos amigos, que se han quedado medio adormilados en el salón y la terraza, hablando con uno o dos de ellos, en voz baja, de cosas intrascendentes o imprescindibles, delante de una taza tras otra de café.