Ellos lo saben, pero quienes lo apoyan no.
Aunque el servicio de basuras no las recogió (en Madrid). Y el Servicio de Limpieza urbano no funcionó (en Madrid). Y las cuentas no me salen. Pero les salen a los de siempre, que nunca ven más allá de la propaganda.
Precisamente al día siguiente de haber ganado me entra una tristeza que me amarga. Alguien muy cercano me cuenta la historia de una cartera, de un lugar que no es Madrid, hermana de una amiga suya. Y pienso en DI, compañera, que fue injusta al hablar de todos los esquiroles. Y yo la apoyé totalmente. Olvidados, ella y yo, de que hay casos límite y que se ha perdido la solidaridad previa.
Esta funcionaria cartera tiene un marido que lleva dos años en el paro, seiscientos euros de hipoteca y ochocientos de sueldo. Y agachó la cabeza y fue a trabajar, porque no podía restar sesenta euros a los doscientos que tienen para comer.
Su marido, su hija y ella.
Y de los veintidós carteros, veintiuno querían cerrar la oficina, y entre todos reunieron los sesenta euros y se los dieron. Y ella los cogió, hizo huelga, ya fueron todos, y se sintió avergonzada.
Olvidó que los obreros siempre lo han hecho así, con una caja de resistencia general o rascándose el bolsillo para quien acaba de tener el segundo hijo, o la mujer está enferma, o el padre o la madre.
Todos lo hemos olvidado.
Los obreros saben por la genética de las historias de los abuelos y los padres lo que es no tener dinero para comer. El mundo no lo sabe: prefiere apostar a lo que valdrá el trigo que faltan dos años por plantarse.
El trigo es un papel. “De futuros”, lo llaman.
Y toda su vergüenza recae sobre mí, precisamente al día siguiente de haber ganado (porque no me salen las cuentas del Gobierno: basureros, barrenderos, carteros, por no hacer la lista interminable).
Y así, una historia y otra, siempre con los vencidos amargándome la vida. Y hoy no he podido reírme de mí mismo, ni de los demás. Tan necesario.
Al hermano que me queda, mayor que yo, un esquirol que llevaba una carretilla con cajas de hortalizas, tan alta que le tapaba la visión, le atropelló en la calle y le cortó las venas de los dos gemelos, y sangró como un cerdo, y necesitó manipulación médica, porque tiene muchos más años que yo, y la misma enfermedad que yo, pero él, por haber nacido catorce años antes, no se pudo operar.
Y no sé quién es el que llevaba la carretilla de doscientos kilos en un día de huelga. Ni cuánto lo necesitaba. Pero si no estaba en un caso límite, solo y sin ayuda, era un esquirol. Y cuento esto de mi hermano, tan narrativo, para quede claro que esto no es un texto, sino una desgarradura.
El poema es este, de Cesar Vallejo, de su libro España, aparta de mí este cáliz.
Y no me queda otra que creerle, si quiero dormir esta noche.
Y quiero.
Notaréis la diferencia de cuando escribe un poeta y cuando escribe un hombre herido. Que es parecido, pero no es lo mismo.
MASA
Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver, ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver, ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: «Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver, ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos.
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver, ¡ay!, siguió muriendo.
Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar...
César Vallejo


