viernes, 30 de marzo de 2012

Hoy he pensado en todos. En todos. Y he tenido que ponerme como apósito un poema de César Vallejo.

Precisamente hoy, el día siguiente al que ganamos, y lo saben, aunque antesdeayer La Gaceta diera una encuesta, hecha a ¿cuántas personas?, cuyo resultado se ajustaba a los datos del Gobierno 14 horas después.

Ellos lo saben, pero quienes lo apoyan no.

Aunque el servicio de basuras no las recogió (en Madrid). Y el Servicio de Limpieza urbano no funcionó (en Madrid). Y las cuentas no me salen. Pero les salen a los de siempre, que nunca ven más allá de la propaganda.

Precisamente al día siguiente de haber ganado me entra una tristeza que me amarga. Alguien muy cercano me cuenta la historia de una cartera, de un lugar que no es Madrid, hermana de una amiga suya. Y pienso en DI, compañera, que fue injusta al hablar de todos los esquiroles. Y yo la apoyé totalmente. Olvidados, ella y yo, de que hay casos límite y que se ha perdido la solidaridad previa.

Esta funcionaria cartera tiene un marido que lleva dos años en el paro, seiscientos euros de hipoteca y ochocientos de sueldo. Y agachó la cabeza y fue a trabajar, porque no podía restar sesenta euros a los doscientos que tienen para comer.

Su marido, su hija y ella.

Y de los veintidós carteros, veintiuno querían cerrar la oficina, y entre todos reunieron los sesenta euros y se los dieron. Y ella los cogió, hizo huelga, ya fueron todos, y se sintió avergonzada.

Olvidó que los obreros siempre lo han hecho así, con una caja de resistencia general o rascándose el bolsillo para quien acaba de tener el segundo hijo, o la mujer está enferma, o el padre o la madre.

Todos lo hemos olvidado.

Los obreros saben por la genética de las historias de los abuelos y los padres lo que es no tener dinero para comer. El mundo no lo sabe: prefiere apostar a lo que valdrá el trigo que faltan dos años por plantarse.

El trigo es un papel. “De futuros”, lo llaman.

Y toda su vergüenza recae sobre mí, precisamente al día siguiente de haber ganado (porque no me salen las cuentas del Gobierno: basureros, barrenderos, carteros, por no hacer la lista interminable).

Y así, una historia y otra, siempre con los vencidos amargándome la vida. Y hoy no he podido reírme de mí mismo, ni de los demás. Tan necesario.

Al hermano que me queda, mayor que yo, un esquirol que llevaba una carretilla con cajas de hortalizas, tan alta que le tapaba la visión, le atropelló en la calle y le cortó las venas de los dos gemelos, y sangró como un cerdo, y necesitó manipulación médica, porque tiene muchos más años que yo, y la misma enfermedad que yo, pero él, por haber nacido catorce años antes, no se pudo operar.

Y no sé quién es el que llevaba la carretilla de doscientos kilos en un día de huelga. Ni cuánto lo necesitaba. Pero si no estaba en un caso límite, solo y sin ayuda, era un esquirol. Y cuento esto de mi hermano, tan narrativo, para quede claro que esto no es un texto, sino una desgarradura.

El poema es este, de Cesar Vallejo, de su libro España, aparta de mí este cáliz.

Y no me queda otra que creerle, si quiero dormir esta noche.

Y quiero.

Notaréis la diferencia de cuando escribe un poeta y cuando escribe un hombre herido. Que es parecido, pero no es lo mismo.


MASA

Al fin de la batalla,

y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre

y le dijo: «No mueras, te amo tanto!»

Pero el cadáver, ¡ay! siguió muriendo.



Se le acercaron dos y repitiéronle:

«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»

Pero el cadáver, ¡ay! siguió muriendo.



Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,

clamando: «Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!»

Pero el cadáver, ¡ay! siguió muriendo.



Le rodearon millones de individuos.

con un ruego común: «¡Quédate hermano!»

Pero el cadáver, ¡ay!, siguió muriendo.



Entonces, todos los hombres de la tierra

le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;

incorporóse lentamente,

abrazó al primer hombre; echóse a andar...


César Vallejo

jueves, 29 de marzo de 2012

Nos están ahogando


(foto tomada prestada de El País)

Y cualquier día de estos nos vamos a cabrear de verdad.


lunes, 26 de marzo de 2012

Este blog estará en huelga desde las 23:59 del miércoles hasta las 00:01 del viernes, pero entre tanto, hay alternativas

El jueves no usaré Internet, ni pondré la TV ni la radio: saldré a la calle a ver lo que hay e iré andando a la manifestación; menos la nevera, todas las conexiones eléctricas de mi casa estarán desenchufadas de las tomas de corriente; usaré el agua indispensable. No compraré; tampoco de más el día anterior: me las arreglaré con lo que tenga (una aldea africana pequeña se las podría apañar varios días con lo que cada uno tenemos en casa).

Lo haré porque hay alternativas en nuestra parte del mundo y creo en ellas.

Pero hoy he recibido una lección de que, además de esas alternativas, hay otras. Para que otros mundos necesarios no se deshagan, porque son vitales para el planeta y la humanidad. Porque nosotros, desde este mundo que vivimos, podemos aprender humildemente muchas cosas. Están en este vídeo de unos 15 minutos que merece la pena ver.

miércoles, 21 de marzo de 2012

La Huelga General es mala para (la) España (de los dueños de coches de gran cilindrada)

Elijan, según gustos musicales



Nous sommes deux
Nous sommes deux
Huit heures vont bientot sonner.
Teins la lampe, le gardien frappe
Ce soir ils reviendront nous voir.
Lun va devant, lun va devant
Et les autres suivent derrire
Puis le silence et puis voici
La meme chanson qui revient
Il frappe deux
Il frappe trois
Il frappe mille vingt et trois
Tu as mal, toi
Et jai mal, moi
Qui de nous deux a le plus mal?
Cest lavenir qui le dira
Nous sommes deux
Nous sommes trois
Nous sommes mille vingt et trois
Avec le temps, avec la pluie
Avec le sang qui la seche
Et la douleur qui vit en nous
Qui nous transperse et qui nous clou.
Notre douleur nous guidera.

lunes, 12 de marzo de 2012

Ejercicio de Taller sobre el tema "Los Beatles"

Love me do

No sé cómo ha aparecido tu foto entre el mazo de fotografías en blanco y negro, la única en la que estás; y aún así casi de espalda, desde un lateral algo atrasado, con la cara tapada por la melena con flequillo. Llevas una falda escocesa un poco por debajo de la rodilla, una blusa blanca de manga larga, zapatillas de tenis de color, que en la foto son simplemente oscuras, y calcetines cortos. Yo aparezco desgarbado, sin controlar todavía el último y casi definitivo estirón; sonrío como un bobalicón, mirándote, mientras bailamos en un guateque, en el porche de una casita de verano que no sé de quién podría ser. Entre los dos, queda espacio para que se meta alguien más.

Teníamos quince años, es la única foto que tengo de ti y ni siquiera se te ve la cara; a lo mejor aquella con la que te recuerdo no es siquiera la tuya. No me acuerdo de ti a menudo, aunque siempre que lo hago trato de entretenerme con tu imagen todo el tiempo que puedo; es posible que en uno de esos recuerdos, te pusiera la cara con la que te veo ahora: la que no se ve en la foto. Sonríe y te mira desde arriba, porque cuando nos abrazábamos apoyaba la barbilla sobre tu cabeza y a veces se atrevía a inclinarse para olerte el pelo y besártelo con la rapidez de un cazador furtivo.

Te ponías esa falda los días de fiesta. Algunos de ellos fuimos caminando hasta el puerto pesquero, cogidos de la mano desde que salíamos de tu barrio, aunque me soltabas si veías de lejos la sombra de alguien conocido. Todavía nos asustaba que nos vieran así. Antes de entrar en el puerto, había un bar de la Sociedad de Pescadores vacío casi a esas horas en el que tomábamos café y oíamos nuestras canciones en la máquina de discos. Tú ponías una canción italiana o a Los Brincos, mientas que yo elegía siempre Love me do. Si repetías con otra moneda, volvías a poner esa canción de los Beatles.

Nos perdíamos después por la escollera de Poniente, bajando a unas rocas que nos tapaban de las miradas. Fumábamos cogidos de la mano, casi sin mirarnos, hasta que tú ponías una mano sobre mi muslo o yo te cogía por un hombro. Nos rozábamos los labios durante tiempos tan pequeños que parecían no existir. A veces, abríamos un poco la boca y el contacto de la punta de las lenguas producía escalofríos. Acariciaba tus rodillas y subía la mano un poco, hasta donde me dejabas. En el interior de tus muslos se grabó para siempre en mis manos la medida de la suavidad, el patrón de la delicadeza.

Aunque estudiábamos francés, sabíamos que love significa "amor", que el me significa “mí”, pero no teníamos modo de saber qué significaba do. Era la parte del misterio que nos faltaba por aprender, poco a poco y sin ayuda. No terminamos de aprenderlo juntos. Tendrían que venir más discos de los Beatles, más meses, más relaciones. Hasta aprendimos inglés.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Ejercicio de Taller sobre el tema "la publicidad"

La Anunciación


Visto desde el exterior, un convento de monjas de clausura produce una sensación de inmovilidad de la que carecen los demás edificios de la ciudad. Incluso cuando, como suele suceder, contienen una iglesia, parece como si esta se hubiera incrustado indebidamente en el convento; que la vida que le da la iglesia, con las campanadas y los devotos que entran y salen, le es ajena. Un paseante que contemple el convento no oirá sonidos procedentes de él, ni signo alguno de que esté habitado. Si es de las personas que se fijan en los detalles y conserva los recuerdos, observará que hay filas de ventanas de pisos enteros que se han ido cerrando para siempre. Y si además de fijarse, el paseante gusta de sacar conclusiones de lo que ha visto y ha mirado, comprenderá que esos pisos clausurados son consecuencia de la falta cada vez mayor de vocaciones.

Desde el interior, un convento de monjas de clausura es un organismo completo y perfecto, que incluye a las hermanas, los muros, suelos y techos, el jardín con la fuente seca en el centro y los escasísimos elementos de adorno y de mobiliario. Es un organismo que ha aprendido a vivir hacia el interior de los muros externos. Que se complace en un orden perpetuo.

Tanto es así, que las propias conventuales, además de centrarse en los numerosos rezos y en las labores de limpieza y mantenimiento de su vida, llegan a apreciar de tal modo el sonido interior que juegan voluntaria o involuntariamente a armonizarlo. Un convento así suena de un modo específico y todas las habitantes se esfuerzan, casi sin saber que lo hacen, por que todos los sonidos que producen como organismos vivos en movimiento se ajusten al sonido general, del que participan con su presencia los muros mismos, que para las clausuradas emiten una vibración que participa de ese Sonido Santo.

Basta que una hermana se apresure, por ejemplo porque le han comunicado que tiene una llamada urgente de su familia natural, para que esa pequeña carrera rasgue el sonido santo como una tijera rasga una tela preciosa. Pero todo vuelve a sumirse enseguida casi en su ritmo propio, porque la inquietud que provoca en las otras hermanas la noticia crea en todas ellas una espera interior, un deseo de conocer la ventura o desventura de la convocada. Un paseante como el antes citado, sería capaz de adivinar que en ese lago tranquilo alguien arrojó media hora antes una piedra que produjo olas concéntricas, de las que quedan movimientos nerviosos en las gotas de agua.



Por desgracia, la perturbación creada por Sor Trinidad, cuando volvió al convento tras una consulta al oftalmólogo, después de no haber salido de él en veinte años, tendía a persistir y recrearse. Sus pasos, dados siempre a contrapié, turbaban la regularidad: abrían una herida que no llegaba a cicatrizar en el sonido santo. Trabajaba mal, como con la cabeza en otra parte; no terminaba sus platos si no se lo exigían en nombre de la obediencia; debía de dormir mal, porque las ojeras se adueñaban de la escasa parte del cuerpo que las hermanas enseñaban en su restringido mundo. Y lo peor de todo, no comulgaba si no acababa de confesar.

La Reverenda Madre Superiora intentó, en su sabiduría, dejar que pasaran los días, convencida de que la asiduidad borraría lo que fuera que fuese que la había impactado en aquella salida a la calle. Mas la situación empeoraba y el confesor del convento, por tradición un padre jesuita, llamó su atención al respecto y le pidió que hablara con ella; le dijo que no podía revelar los secretos de confesión, pero que en este caso tal ofensa sería innecesaria, ya que por la regla de obediencia Sor Trinidad debería responder a toda pregunta.

Sor Trinidad entró con la cabeza gacha en el despacho de la abadesa y cuando esta le preguntó por el motivo de su perturbación, respondió:

--Reverenda Madre, fue una Anunciación que vi en una pared del Metro.

--Se llaman anuncios, Sor Trinidad.

--Pero Madre, es que era tan hermoso como la Anunciación que tenemos en la capilla, y llevaba tan poco ropa como Nuestro Señor en la Cruz.

--Sor Trinidad, no debes alarmarte por ello. Llevas casi 40 años en el convento y te has enfrentado a la imagen de un hombre hermoso. Es normal que esa imagen reabra en ti deseos olvidados, pero te aseguro que eso nos ha pasado a todas y lo vencemos con la oración y el cumplimiento de las reglas.

--No me he expresado bien, Madre. No era un hombre, sino una mujer casi desnuda. Y tampoco me produjo deseos hacia ella. Solo me hace pensar constantemente que desearía haber tenido un cuerpo como el suyo, ser el objeto de la atracción de los hombres. Sé que mi pecado de soberbia es mucho peor que una breve temporada de lascivia. Sé que con este pensamiento borro todos los años de entrega al dulce Jesús, que encontraré mi merecida condenación eterna. Pero no tengo solución, porque no es un pecado de hoy ni del futuro, es un pecado de deseo que me viene del pasado y del que ya nunca me podré liberar.

domingo, 4 de marzo de 2012

Gracias // Adiós // Ya estoy volviendo

1. Gracias

A todos los que estuvisteis en la lectura de relatos del libro Ladera norte, de Berta Vías Mahou, empezando por la propia Berta, que se avino a un acto tan modesto, siguiendo por Aroa, María y Lola, mis lectoras en voz alta favoritas, y terminando por todos los que estuvisteis y después os vinisteis en bloque al barecito de enfrente, donde practicamos la amistad. También gracias a los que no pudisteis venir aunque quisisteis, especialmente a los que me avisasteis.

En la pequeña presentación que hice, noté que me iba alargando y dejé sin desarrollar algunas ideas. Aprovecho para decirlas aquí brevemente: hay una cuerda elástica de dolor y alivio a veces tensa, a veces relajada, que recorre los diversos relatos; casi como si en un conjunto de relatos se plasmara una idea de obra musical en varios movimientos, con sus temas y subtemas. De ellos, dos veces, en dos relatos distintos, un violoncelo triste repite las mismas palabras del mismo poeta: por delicadeza, he perdido mi vida. ¡Y yo que hasta me había puesto una camiseta con una frase de Rimbaud, para acompañarla!


2. Adiós

A veces me dan murrias y en lugar de ir a beber a los bares de siempre, donde encuentro amigos y compañeros, me voy a otro barrio donde no conozco a nadie; o me da por no usar apenas internet, dejar bastante pasivo mi blog y no visitar aquellos que tanto bien me hacen.

Algunos prevén que les está pasando eso y avisan. Como no sé si estaré murrioso dos horas, dos días o dos meses, prefiero “avisar” cuando la murria se termina. Que ya se ha terminado.


3. Ya estoy volviendo: un pequeño homenaje a la Democracia, ahora que la busco por las calles y no la encuentro; y si la veo hay un cartel que pone "Cerrado por obras de modernización"





No voy a hablar de este libro de relatos-crónicas de Javier Pérez Andújar que me ha entusiasmado, este pobre chico pobre de San Adrián del Besós que si se le ocurre pasear por Barcelona la policía le puede pedir los papeles (y los entrega mirandoal suelo, porque recuerda la canción "No mires a los ojos del agente". Pero sí hago mías esta página y media (la 58 y parte de la 59) y las copio para disfrute general. Pertenecen a un paseo por Ciutat Meridiana. Lo hago como un homenaje a los que nos trajeron la democracia, que no fueron los políticos que tomaban café (aunque algunos ayudaron mientras otros se resistían), sino la gente de abajo.


«... Los pensionistas deambulan con pantalones tejanos de pinzas y se cuentan que no les dejan fumar en casa y que han salido para hacerlo medio a escondidas, así algunos han pasado de la clandestinidad política a la sanitaria. La democracia la fueron conquistando estos hombres y mujeres calle por calle, árbol por árbol. La democracia es una cosa que se puede tocar, y que esta gente tuvo en sus manos durante días seguidos y noches enteras. Conseguir un colegio público en un barrio que no lo tenía; la construcción de un ambulatorio donde no llegaban los médicos; dejar una plaza sin edificar para que los niños jueguen; hacer un polideportivo para que el único deporte no sea apedrear perros; lograr que pase el autobús por donde no pasaba nada o que llegue el metro a donde no llegaba para poder ir al trabajo sin necesidad de pisar charcos, sin aguantar la lluvia y el frío de madrugada, sin andar por los descampados que separaban el barrio de los transportes públicos, esa es la democracia que hicieron realidad estas gentes encerrándose en los locales de sus asociaciones de vecinos, encadenándose a verjas, cortando el tráfico, protestando en la calle, luchando. La democracia es algo que se ve y se toca, y donde no se percibe es que no la hay. La democracia es ante todo una cosa de manobras porque en última instancia se hace con las manos. Y todo esto que ya está, los ambulatorios, las bocas de metro, los colegios públicos..., es también lo primero que se pierde cuando desaparece la gente que lo ha traído. Quienes llegan detrás creen que eso lo pone la naturaleza, como las hierbas y los saltamontes. Pero lo pone la política, y las cosas hay que conquistarlas permanentemente. Lo primero que ha quitado el Gobierno de Convergència al recobrar el poder ha sido eso: bocas de metro, guarderías, maestros y hospitales públicos, porque las personas que los pusieron o se han muerto o no están ya para defenderse.»