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jueves, 19 de abril de 2012

Ejercicio de taller sobre el tema "Lo inaccesible"

Preguntas indeseables

—¿Sabes lo que me pasó en el metro? —preguntó él, sentado en el sillón junto al balcón, tras dejar el libro sobre la repisa.
—¿Sí? —contestó ella, enseñándole los ojos por encima de la revista dominical de un periódico que él odiaba. Si hubiera estado leyendo un libro, no la habría interrumpido.
El exterior estaba grisáceo, como cuando se prepara una tormenta.

Era consciente de que le había hecho esa pregunta porque le irritaba que leyera ese dominical. Que era una pregunta indebida. Ambos, que convivían más que aceptablemente, sabían que algunas preguntas provocaban fricción; eran indeseables. En el caso de ella, preguntarle a él “¿qué estás pensando? o pedirle “dime algo, estás muy callado”. En el caso de él hacia ella, preguntarle “¿Sabes lo que me pasó...?” en un contexto que era de interrupción de lo que ella estuviera haciendo; la pregunta solo era válida si estaban conversando. Porque como ella había resaltado varias veces, “a ti te suceden trivialidades; en realidad, te fijas en las trivialidades”. Y era cierto en un porcentaje lo bastante alto como para que a ella le resultara deprimente. A veces, podían salir de una exposición y él no tenía más comentarios que referirse a una mano de un personaje pintado en segunda fila; o a que la pintura de las paredes le parecía poco adecuada para colgar cuadros en ellas. Ella, simplemente, no podía soportar que eso hubiera sido lo único que le hubiera llamado la atención.

—En el cambio de la línea naranja a la añil, en Gregorio Marañón, llegué justo a tiempo para subir al último vagón. Ya sabes que la salida de Tribunal está por delante; aproximadamente, si dividimos la estación en cinco partes, en el mojón imaginario que señalaría el cambio del primer quinto al segundo.
—Sabes que eso lo sé.
—Pues, como ya sabes también, los trenes de esa línea no tienen vagones separados, así que pude recorrerlo, avanzando por dentro. En el primero vi en el suelo una caja vacía de cartas de Heraclio Fournier y, en el siguiente, pétalos de rosa que debían llevar algún tiempo. Habían adquirido esa oscuridad de las flores de cementerio.
—¿Y tu catálogo habitual de rubias?
—¿Y qué coño importa eso ahora?
—Como a veces me cuentas las que has visto en el metro, lo mismo que si viste a alguien cuyo rostro podría estar pintado en un cuadro de El Prado.
—No te estoy hablando de mis “coleccionismos visuales”, sino de algo importante, joder. En el primer vagón me encuentro la caja de guardar las cartas, las cartas que se pueden echar para ver el destino, pero vacía; en el segundo, pétalos de un ramo de cementerio. ¿Te parece normal, encontrar esos objetos en dos vagones consecutivos del metro? —le preguntó él, para evitar la pregunta-bomba, superior a la pregunta-fricción, de si le parecía normal leer esa basura para pijos.

En ese mismo momento estalló la tormenta que trajo la calma. Simultáneamente y no como en la frase hecha, en la que la segunda viene después de la tormenta. Abrieron el balcón de par en par para ver y oír llover; para respirar ese ozono limpio. Toda fricción se convirtió en bienestar, que celebraron descorchando una botella de vino.

Él sabía que la pregunta fricción había puesto una semilla que brotaría en uno o dos días; aunque también sabía que el tema lo llevaban mucho mejor si estallaba después, cuando él no tenía motivos para sentirse irritado. La visión que tenían del amor esos dos amantes era radicalmente enfrentada. Ella no abandonaba su idea de considerarlo una fuerza totalmente positiva. Y cuando decía “totalmente”, se refería a algo que carecía hasta de la menor mancha.

—Pero ¿no estamos de puta madre, nos queremos, nos preocupamos el uno por el otro, deseamos que se sienta mejor? —preguntaba él en esos estallidos, ahorrándose un vulgar “¿qué más quieres?”, que habría tenido unas consecuencias que podrían suponerse desastrosas.
—Pero no siempre —contestaba ella—, además de que “desear que el otro se sienta mejor” es bueno, pero me parece insuficiente —contestaba ella, que ni siquiera se atrevía a pensar en el concepto de “felicidad”.

Se habían explicado el uno ante el otro mil veces, sin haber superado la barrera que los separaba. Decir eso es decir poco: no habían sido capaces ni de encaramarse a la barrera para ver cómo era la luz y el aire al otro lado. Compartían el espacio muy a gusto, pero en cuanto salía ese tema, brotaba del suelo la barrera, con alambre de púas en la parte superior.
Para ella el amor era algo positivo que “surgía” y exigía, después, una voluntad de cooperación que él aceptaba. Lo que no podía aceptar es que esa voluntad fuera inextinguible, un caso de locura deportiva para ir rebajando milésimas en cada recorrido de los cuatrocientos metros vallas. Eso era lo que le sacaba de quicio: que ella quisiera ir a más y a más en un progreso lineal hacia un futuro.
Él pensaba en el extremismo del pensamiento de ella. Como en el caso de la salud, que para ella era un acto (no un estado) en el que intervenía la voluntad, tomar las medidas adecuadas, practicar, dar las gracias al dios de los laicos en voz alta, al menos dos veces al día, por encontrarse tan bien. Para él, la salud consistía en no tener enfermedades ni molestias. Le bastaba con procurar, razonablemente, no hacer demasiadas tonterías que propiciasen la enfermedad. Tener conciencia activa de lo bueno, frente a no tener conciencia de lo malo; ese era el enfrentamiento entre dos marcos mentales: la posición activa de mejora frente al conformismo pasivo de quedarse con lo aceptable.

—Hay que ser conscientes de que se está bien —solía insistir ella.
—Pues a mí me basta con no ser consciente de que estoy mal —contestaba él, sabiendo que tras esa frase había dos caminos.

Lo más conveniente era dejar la conversación en ese punto. Si quería pasar de la montaña mediana a la alta, solo tenía que añadir:

—Además, esa conciencia del bienestar me resulta demasiado femenina.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Ejercicio de Taller sobre el tema "la publicidad"

La Anunciación


Visto desde el exterior, un convento de monjas de clausura produce una sensación de inmovilidad de la que carecen los demás edificios de la ciudad. Incluso cuando, como suele suceder, contienen una iglesia, parece como si esta se hubiera incrustado indebidamente en el convento; que la vida que le da la iglesia, con las campanadas y los devotos que entran y salen, le es ajena. Un paseante que contemple el convento no oirá sonidos procedentes de él, ni signo alguno de que esté habitado. Si es de las personas que se fijan en los detalles y conserva los recuerdos, observará que hay filas de ventanas de pisos enteros que se han ido cerrando para siempre. Y si además de fijarse, el paseante gusta de sacar conclusiones de lo que ha visto y ha mirado, comprenderá que esos pisos clausurados son consecuencia de la falta cada vez mayor de vocaciones.

Desde el interior, un convento de monjas de clausura es un organismo completo y perfecto, que incluye a las hermanas, los muros, suelos y techos, el jardín con la fuente seca en el centro y los escasísimos elementos de adorno y de mobiliario. Es un organismo que ha aprendido a vivir hacia el interior de los muros externos. Que se complace en un orden perpetuo.

Tanto es así, que las propias conventuales, además de centrarse en los numerosos rezos y en las labores de limpieza y mantenimiento de su vida, llegan a apreciar de tal modo el sonido interior que juegan voluntaria o involuntariamente a armonizarlo. Un convento así suena de un modo específico y todas las habitantes se esfuerzan, casi sin saber que lo hacen, por que todos los sonidos que producen como organismos vivos en movimiento se ajusten al sonido general, del que participan con su presencia los muros mismos, que para las clausuradas emiten una vibración que participa de ese Sonido Santo.

Basta que una hermana se apresure, por ejemplo porque le han comunicado que tiene una llamada urgente de su familia natural, para que esa pequeña carrera rasgue el sonido santo como una tijera rasga una tela preciosa. Pero todo vuelve a sumirse enseguida casi en su ritmo propio, porque la inquietud que provoca en las otras hermanas la noticia crea en todas ellas una espera interior, un deseo de conocer la ventura o desventura de la convocada. Un paseante como el antes citado, sería capaz de adivinar que en ese lago tranquilo alguien arrojó media hora antes una piedra que produjo olas concéntricas, de las que quedan movimientos nerviosos en las gotas de agua.



Por desgracia, la perturbación creada por Sor Trinidad, cuando volvió al convento tras una consulta al oftalmólogo, después de no haber salido de él en veinte años, tendía a persistir y recrearse. Sus pasos, dados siempre a contrapié, turbaban la regularidad: abrían una herida que no llegaba a cicatrizar en el sonido santo. Trabajaba mal, como con la cabeza en otra parte; no terminaba sus platos si no se lo exigían en nombre de la obediencia; debía de dormir mal, porque las ojeras se adueñaban de la escasa parte del cuerpo que las hermanas enseñaban en su restringido mundo. Y lo peor de todo, no comulgaba si no acababa de confesar.

La Reverenda Madre Superiora intentó, en su sabiduría, dejar que pasaran los días, convencida de que la asiduidad borraría lo que fuera que fuese que la había impactado en aquella salida a la calle. Mas la situación empeoraba y el confesor del convento, por tradición un padre jesuita, llamó su atención al respecto y le pidió que hablara con ella; le dijo que no podía revelar los secretos de confesión, pero que en este caso tal ofensa sería innecesaria, ya que por la regla de obediencia Sor Trinidad debería responder a toda pregunta.

Sor Trinidad entró con la cabeza gacha en el despacho de la abadesa y cuando esta le preguntó por el motivo de su perturbación, respondió:

--Reverenda Madre, fue una Anunciación que vi en una pared del Metro.

--Se llaman anuncios, Sor Trinidad.

--Pero Madre, es que era tan hermoso como la Anunciación que tenemos en la capilla, y llevaba tan poco ropa como Nuestro Señor en la Cruz.

--Sor Trinidad, no debes alarmarte por ello. Llevas casi 40 años en el convento y te has enfrentado a la imagen de un hombre hermoso. Es normal que esa imagen reabra en ti deseos olvidados, pero te aseguro que eso nos ha pasado a todas y lo vencemos con la oración y el cumplimiento de las reglas.

--No me he expresado bien, Madre. No era un hombre, sino una mujer casi desnuda. Y tampoco me produjo deseos hacia ella. Solo me hace pensar constantemente que desearía haber tenido un cuerpo como el suyo, ser el objeto de la atracción de los hombres. Sé que mi pecado de soberbia es mucho peor que una breve temporada de lascivia. Sé que con este pensamiento borro todos los años de entrega al dulce Jesús, que encontraré mi merecida condenación eterna. Pero no tengo solución, porque no es un pecado de hoy ni del futuro, es un pecado de deseo que me viene del pasado y del que ya nunca me podré liberar.

jueves, 19 de enero de 2012

Ejercicio de Taller sobre el tema "La mentira y la ocultación"

Lo que se esconde entre las capas superpuestas


Desde que se conocieron por casualidad en mitad de la noche del viernes, ambos percibieron un acercamiento de naturaleza extraña; algo que iba más allá de la aproximación química, brutal pero frágil, de las pastillas. Incluso habían evitado el sexo feroz en los lavabos o el coche. La postergación del deseo, casi su doma mediante la voluntad, la sintieron cada uno como una novedad que se cuidaron mucho de comentar. Demasiadas veces, compartir los tesoros del interior había sido el inicio del proceso de su desaparición.

Como ella pensaría, en realidad como ya había contado a una amiga íntima apurando la segunda botella de vino de la cena, la brutalidad de la vida que llevaba, el estrés angustioso de las largas horas de semana laboral, en la que tenía que tomar decisiones precipitadas, que sabía erróneas y que dañarían a otros, acumulaba en su cerebro una tensión que no desaparecía, como la física, nadando a primera hora de la mañana y corriendo en el parque por la zona iluminada por la tarde o la noche. Pero la burbuja purulenta del cerebro crecía peligrosamente hasta que salía una noche sola, de caza, en una discoteca, bien puesta de éxtasis y de combinados, para encontrarse con un desconocido que le atrajera y con el que realizar una parodia de las malas películas que son ya una parodia de la vida, alcanzando varios orgasmos en los lugares menos familiares. Terminando, si acaso, en una habitación de hotel.

Como ella debería pensar, pero no se atrevía a hacerlo en esos momentos, haber renunciado a la repetición desvitalizada de las películas, haberlo llevado a su casa, y estar siendo sometida a la dulzura de la paciencia, no era lo que había convenido consigo mismo.


Como él no quería pensar, aunque tenía la sensación de que ese pensamiento estaba agazapado, dispuesto a atacarle en cualquier momento, lo que había buscado no era lo que encontró cuando después del primer revolcón furioso, mientras descansaban brevemente, se había encontrado con la cara frente al costado derecho de ella, una parte inocente del cuerpo, y como si estuviera ajustando la más peligrosa de las máquinas lo cubría de los besos más diminutos, atreviéndose a veces a poner la firma del leve contacto de la punta de la lengua sobre la piel blanca de ella.

A veces había comentado que esas salidas espaciadas eran algo parecido a cuando regresaba a casa, hambriento, después de haber pasado el día entero en la sierra, recorriéndola solo, sin ingerir otra cosa en 12 horas que alguna pequeña botella de zumo. Al llegar a casa, preparaba unos macarrones con salsa de tomate y les añadía cuatro huevos fritos. Los comía, acompañados de una botella de vino, sin cubiertos, , acompañándose de trozos de pan con los que se llevaba la comida a la boca. Al final, tenía que limpiar la mesa de la cocina, totalmente enguarrada, echar a lavar toda su ropa y darse una ducha caliente. Solo así saciaba un recuerdo antiguo de hambre. Y solo en esos encuentros con desconocidas, en los que aparentaba ser más canalla de lo que era, desaparecía ese bulto imaginario que le iba creciendo con la vida de cada día.


Y allí estaban los dos haciendo lo que no habían pensado. Ella, sin que él dejara de darle diminutos besos en el costado, se provocó a sí misma un orgasmo; después se ocupó de la cabeza de él, sus labios, orejas, mejillas; susurrándole como una madre antigua, hablándole de modo inconexo en una oreja, como una novia primeriza, mientras él se descargaba. Después, encendieron un cigarrillo y ella le dio su nombre verdadero, el de pila, y él le dijo el suyo.

A lo largo del día, entre el amor y los descansos, cada vez más apacibles y cariñosos, como si se conocieran de siempre, se fueron contando las verdades de la vida de cada uno; aunque procuraron que, sin mentir, no fueran rastreables. Conocían sus nombres, pero no los apellidos; sus trabajos, pero no la empresa. Contaron historias de cuando fueron niños, jóvenes, de sus familias. Incluso sugirieron los naufragios del corazón.


Cuando la luz del anochecer entró por el ventanal, ella estaba encima de él y se aproximó tanto que los dos sintieron lo mismo: estaban viendo en los ojos del otro su propia mirada. Como si se miraran en un espejo. Se sobresaltaron, se asustaron. Él fue a darse una ducha y al volver se vistió, alegando la necesidad de irse. Ella, que seguía desnuda en la cama, no se opuso. Se levantó a por un bolígrafo y dos papelitos. Escribió en uno su nombre y teléfono. Él hizo lo mismo en otro. En el ascensor, él pensó, como lo estaría haciendo ella en la casa, que de querer darse el número auténtico habría bastado con una llamada perdida.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Ejercicio de taller. Tema: Mi barrio

Colonia Camarada Fanjul




A Miguel Marques,
al que en un descuido le robé la cartera



Cuando del pueblo nos vinimos a la ciudad, mis padres alquilaron la primera casa que quedó libre de la colonia de viviendas protegidas Camarada Fanjul. Iban a ser tres bloques estrechos y empezaron por el Bloque 1, para el que hicieron un corte en el cerro. Por la parte de atrás, mi dormitorio, la cocina y el baño, estrechos como un vagón de tren, daban a una calle sin asfaltar que a 8 metros tenía el corte vertical, tapado por una capa gruesa de cemento. Por la parte de delante estaba el dormitorio de mis padres y la sala. Una calle de diez metros de anchura y una pequeña cuesta abajo daban al solar plano de lo que debió ser el Bloque 2, y después una repetición exacta hasta el solar del Bloque 3, ya en igualdad de altura con las casas de abajo, que formaban el barrio de la Virgen de Uchate. Ese solar 3 se había convertido en el campo de juegos de las diversas bandas de los de Uchate. Un terreno neutral que podían usar todos menos los de la banda de Fanjul, de la que yo era el único miembro. Era una presa fácil y en cuanto asomaba la cabeza por allí, todos unían fuerzas para expulsarme.

Cuando se ocupó la Colonia Fanjul, todos eran padres jóvenes que llenaron el bloque de niños. Cuando mis padres llegaron, yo tenía 8 años y el más joven de los pioneros, que tenía 16, me escupía si me acercaba a la distancia de un salivazo. Jugar solo a la Oca, el Parchís o el Monopoly era un tormento que solo podía ser superado cuando mi madre, por animarme, me proponía una partida de parchís; porque tardaba un infierno en asegurarse de que cuatro puntitos en la cara del dado le daban derecho a avanzar cuatro casillas: lo contaba todo tanto que al final se la movía yo y hacía trampas. Hacerme trampas a mí mismo cuando me imaginaba que jugaba con otro me parecía bien; pero me sentía mal cuando se las hacía a ella. Si no llovía, desde la ventana del comedor miraba jugar a los otros niños, en el solar del Bloque 3, hasta que me daba tanta rabia que me bajaba al callejón trasero y chutaba el balón contra la pared. Las vecinas que andaban por la cocina aguantaban un rato, no más de quince minutos medidos por el reloj que me regalaron en la primera comunión, con una correa que me hacía ya un poco de daño; de lo que apretaba. Después, me gritaban que me fuera a jugar abajo, con los otros niños. Como eso me enfurecía más, chutaba con más fuerza hasta que alguna de ellas amenazaba con bajar.

En esos momentos, con el balón bajo el brazo, me iba al portal, me sentaba en el escalón y soñaba que tenía 11 hermanos. Todos chicos. Y que como teníamos las piernas fuertes de tanto subir la pendiente para llegar a casa, los demás nos temían. ¡Que bajan los de Fanjul!, pensaba que gritaban todos, huyendo, y nos quedábamos el solar entero para hacer un partido de seis contra seis. Solo se quedaba Mari Pili, una pelirroja con trenza, porque ya les había dicho a mis hermanos que a esa no se le escupía, ni empujaba, ni se le daban patadas. Mari Pili se quedaba como única espectadora, sobre todo para ver los goles que yo metía, porque era un delantero fenomenal.

En esas estaba cuando volvía mi padre del trabajo, me rascaba la cabeza y me decía Sube chaval, que seguro que has de ayudar a tu madre para la cena. De toda la vida, mi padre debió pensar que me pasaba el tiempo en la calle, jugando como un bruto, y me sentaba un rato en el portal porque estaba demasiado agotado para subir las escaleras. Mi padre era un buen hombre, pero desde que nos vinimos del pueblo a la ciudad estaba un poco como tonto, no se enteraba de nada de lo que pasaba a su alrededor; como si llevara en la cabeza una pecera puesta del revés que le protegía del mundo. O eso me imaginaba yo porque lo había visto en un tebeo.

Lo que no les perdonaba, ni a él ni a mi madre, era que no me hubieran dado hermanos. Está la vida para más bocas, me contestó una vez mientras esperábamos a que mi madre saliera de misa para dar un paseo, que ellos se tomaran un vermú y yo un vaso de agua, y las aceitunas que les ponían con el vermú. Era un buen rato, pero antes de que me diera cuenta ya habíamos vuelto, comido, visto Bonanza y ya no tenía otra cosa que hacer que mirar cómo jugaban los de las bandas de Uchate, bajar a pegar pelotazos contra el muro e imaginar que la banda de Fanjul era enorme y bajábamos a expulsarlos a todos.

Imaginar esos movimientos de masas no era nada fácil. No podía controlar los nombres y la cara de los once hermanos, ni pensar este estará ahora aquí y el otro ha bajado a comercio por el pan. Y si no los controlaba a todos en todo momento, el sueño perdía fuerza. Una vez vi en un periódico una foto de una película con muchos soldados, pero en la foto se veía que los de atrás eran de papel pintado, aunque seguro que en el cine parecerían de verdad. Once hermanos de papel pintado hacían que me sintiera todavía peor. Pero, sin que me diera cuenta, ese esfuerzo me estaba preparando para crear bien algo más pequeño y que era capaz de controlar. Me inventé a Pedro, mi hermano mayor, que había nacido tres meses antes que yo y era un tipo muy fuerte que me defendía. Miguel tenía tres meses menos que yo y era el más listo de todos; no se le escapaba ningún movimiento estratégico. Y yo, en cada momento del día, podía decir con exactitud dónde estaba y lo que hacía cada uno de ellos, mientras me quedaba arriba con el objetivo de proteger el barrio.

Tres meses después apareció mi hermana Nieves, ya crecida, con seis meses menos que yo. Pedro cumplía años el primer día de la primavera, yo el primero del verano, Miguel el primero del otoño y Nieves el primero del invierno, que por eso la bautizaron así. Era tan guapa que todos los de Uchate querían ser sus novios, así que no les interesaba pegarnos a los de Fanjul. Además, se hizo amiga de Mari Pili, que le contó que estaba enamorada de mí y me esperaba al anochecer arriba del cerro. Nunca fui, porque me daba miedo subir de noche si no me acompañaba Pedro; y para esas cosas hay que ir solo.

Un día que estaba en el cerro, por encima del cemento, mi hermano Pedro me dijo que me tirara, que él me recogía. Le contesté que me daba miedo y él me dijo que no quería tener un hermano que fuera un cagao. Y me tiré, pero no sé por qué se aparto en el último momento y me rompí las piernas en no sé cuántas partes, y una cadera y qué sé yo; Miguel y Nieves se tronchaban de risa mientras yo gritaba y lloraba. Me pasé muchos meses en el hospital, donde cada día me prestaban un libro que contaba historias mucho mejores que la guerra de los hermanos de Fanjul contra las bandas de Uchate. Al salir del hospital, tuve que usar muletas dos o tres años, llevar unos herrajes y volver al hospital por períodos cortos para una operación.

Lo bueno es que no volvimos a Fanjul, porque tal como estaba no podía subir y bajar la cuesta. El señor cura le encontró a mi madre una portería en una casa del centro de la ciudad. Era un trabajo y teníamos casa gratis. En Fanjul se quedaron mis tres hermanos, castigados; y no volví a pensar nunca en ellos. La gente del centro era buena conmigo, no había bandas e iba a una biblioteca a sacar libros o a leerlos allí.

Empecé a escribir una novela, titulada “El Camarada Fanjul es una Mierda y los Libros son mi Barrio”. Escribí el título en la primera página de un cuaderno, cuidando la caligrafía, pero mi padre se asustó mucho cuando se lo enseñé, arrancó la hoja y la rompió en pedacitos. No me importa. La voy a escribir igual, pero para no enfadar a mi padre la llamaré Sin Título.

martes, 19 de julio de 2011

Taller sobre metamorfosis

Antes del segundo incidente, el miércoles, fui muy contento al Taller y leí este texto. Otro texto de taller más (tema: metamorfosis)

Un cerebro es un escenario suficiente


Estamos todos en la casa, con la luz de una tarde de primavera avanzada. Mis padres, la tía soltera que vivía con nosotros, mis tres hermanos mayores y yo. Las conversaciones son banales, de tarde larga de domingo en la que nadie sale. (Nadie puede salir). Las sonrisas y las bromas inocentes son la atmósfera; tan agradable que quizás por eso nadie vaya a salir, (nadie puede salir).

***

La última vez que dormí en esa casa fue un verano que volví a la ciudad con más heridas de las que quería mostrar. Mi madre, que vivía ya en Madrid, la seguía pagando, lo mismo que la luz y el agua; supongo que sería una miseria y decidió no decidir. Solo dio de baja el teléfono. Rechacé todas las ofertas familiares y me fui a vivir allí. Previamente, mi Madrina había enviado a una mujer que limpió el suelo y luego, a fondo, mi dormitorio, el baño y la cocina.

Salía al anochecer, dejando abiertos los balcones para recoger el frescor de la noche, y regresaba después de haber visto amanecer en la playa, comprando pan caliente y chocolatinas que comía en el camino. Al llegar a casa cerraba las persianas, por las que entraban láminas de luz en las que el polvo que producía yo al moverme desparecía de una de ellas para reaparecer en la siguiente. Todos los muebles de la casa estaban tapados con sábanas viejas y con paños.

Fumaba un Bisonte tras otro y me parecía ver pasar las sombras de mi padre y de mi tía Piti; los primeros muertos de la familia. Monologaba con ellos en voz alta; imagino que les decía que les echábamos de menos. Después me acostaba en mi antigua cama, que había abandonado años atrás, y dormía casi el día entero.

***

Estamos todos en la casa, en la luz y el silencio de una tarde larga, y el número de los muertos supera ya al de los vivos. Hace ya casi treinta años que derribaron la casa para construir otra nueva, con pisos de techos más bajos. Pero para nosotros el espacio y la altura de los techos son los de antes: nos reunimos, como ocupas, en una vivienda que ya no existe en el Registro catastral. Hace falta voluntad para crear esas tardes, porque por la boda del primer hermano yo tendría nueve años la última vez que estuvimos todos; y a veces aparezco así entre las sombras; otras veces soy como ahora y miro a mi padre, más joven que yo, con extrañeza. Las sombras, además, tienden a aparecer como en las fotos: como si alguien moviera imágenes bidimensionales recortadas. Los colores cambian según el tono amarillo o sepia de las fotografías. El conjunto parece raro; de un grafismo poco profesional.

Y nadie, ninguno de los vivos o de los muertos, hace nunca una pregunta esencial, reveladora de algún sentido. Hay que conformarse con esa representación falsa, totalmente cambiada, de lo que existió. Un cerebro en buen funcionamiento es el escenario perfecto para denotar esos cambios.

jueves, 30 de junio de 2011

Taller sobre dos historias que se cruzan

En el despacho, el precocísimo eyaculador de su jefe entró, descargó y salió mientras ella se apoyaba en una mesa. Lucía se limpió con pañuelos de papel, la corriente densa primero y luego la parte final, acuosa, que, más veloz por su superficialidad, alcanzaba ya la mitad de los muslos. Lanzó los pañuelos a la papelera.

–Mujer, no lo eches ahí.

–Guárdalos tú en la caja fuerte –respondió.

Al salir, con la puerta semiabierta dijo para ser oída:

–Haré lo que pueda, Don Ramón, pero sin ayuda será difícil tenerlo terminado para la fecha que me ha dicho.

Se fue directa a la mesa y se sentó a trabajar, sintiéndose sucia; porque en la oficina todavía estaba Berta, la jefa del departamento. Prefería no limpiarse bien para no darle la seguridad de que la estaba sustituyendo. No le importaba sentirse sucia un rato; no le importaba que le metieran la polla un momento; sí le importaba acompañar a Don Ramón, muy de vez en cuando, en viajes de trabajo, vivir y comer en establecimientos lujosos y disfrutar de él haciendo guarrerías con las pastillas que él traía, porque fuera de la oficina era otro; no le importaba la oficina; no le importaba su novio, que confundía hacer el amor con una complicada, larga y aburrida gimnasia. Lo cierto es que nunca se había corrido, ni calentado, por la penetración de un hombre. Quizá por eso le daba tan poca importancia: no pasaba de ser una molestia, no más que cuando en un cóctel la sujetaban por el codo para que no pudiera abandonar una horrible conversación. Todo el mundo pensaría que se dejaba utilizar por los hombres, confundiendo la indiferencia con el interés.

***

Irina trabajaba en períodos de varios meses en los bares de tarde y noche de Madrid, cuando se había quedado sin dinero, y con lo ahorrado dejaba de trabajar otros meses para dedicarse a lo único que le interesaba: escribir poemas mínimos en el tratamiento de los objetos, pero largos en la extensión, que cuando tenía ocasión recitaba en bares, de memoria, mirándose las puntas de los pies. Necesitaba muy poco para vivir y ocupaba gratis un apartamento minúsculo que le había cedido su tía Berta. Irina, quizá por la ausencia de otros sentimientos hacia las personas, se sentía muy unida a toda su familia. De lejos, si estaba detenida, cualquiera la tomaría por un joven delgado, pero cualquier movimiento revelaba que era una mujer. Solo había tenido dos pequeñas historias de amor, que no le habían interesado, y apenas tenía amigas o amigos, que la sacaban de la concentración que consideraba necesaria para su obra. De cuerpo tan tenue, era solo ojos, donde el que mirara atención podía encontrar un torbellino de movimiento y vida.

No puso reparo alguno cuando tía Berta le pidió que la acompañara al tanatorio, porque se había muerto la madre de Don Ramón, su jefe. Se puso una ropa deportiva elástica, de color negro, y las gafas de montura roja. Apoyó a su tía, acompañándola en la entrada y los primeros saludos; abandonándola cuando ya se había introducido en un grupo. Salió a fumarse un cigarrillo. Allí fuera solo estaba Lucía, fumando, que inició un conversación con ella. Irina comentó que su tía había dicho que Ramón, el jefe, era una buena persona.

–Pues mira, a mí me parece un perfecto cerdo, como la mayoría de los hombres.

Fumaron dos o tres cigarrillos, casi sin hablar, pero las dos se sentían a gusto en esa mezcla de silencio y compañía; mirarse la una a la otra les producía a ambas una sensación agradable.

En ese momento salieron los dos compañeros que la habían llevado en coche y que ya se iban. Se despidieron saludándose con la mano. Poco después, se dieron cuenta de que ni se habían preguntado el nombre.

jueves, 2 de junio de 2011

Relato de Taller: tema libre

[Llevaba casi dos meses que no me apetecía escribir narrativa, le había perdido el gusto. Solo poesía (pero escribir poesía es como pasarte el tiempo talando un abedul con una cuchilla de afeitar). En varias ocasiones no entregué relato, porque solo había conseguido una piltrafa. Pero esta vez, después de haber entregado hace dos semanas algo vergonzoso, era tema libre y me dije a mí mismo que iba a coger la piltrafilla que no presenté el día en que el tema era un relato de tema "fantástico" y pasear la historia por el barrio, como hacía antes. Entregué mi texto y me volvió a resultar un placer escribir la historia. De su valor, para que el placer sea total, me despreocupo].


El valle de los tres caseríos

Peledrina, Otero y Lobo nacieron el mismo día en tres caseríos cercanos, en un pequeño valle que casi lindaba con el pueblo. Peledrina era morena y tenía una tez blanquísima que no oscurecía aunque se pasara el día entero en la calle; Otero era rubia y el aire le ponía la tez tan morena que sus cabellos parecían de paja agostada; Lobo, pelirroja, tenía unos ojos tan azules que mordían. De ahí el mote por el que fue conocida, olvidado para siempre su nombre real.

Nacieron las tres la misma noche, cada una en uno de los caseríos, de familias venidas de lugares muy lejanos. De algún modo, estas gentes tienen códigos y callejones de información, creados hace tantos siglos que no sabríamos encontrarlos: las tres familias se enteraron de que en un pueblo del norte de España, donde es difícil saber si los valles forman las montañas o es al contrario, ofrecían casa, tierras y un poco de dinero para comenzar a trabajarlas a toda familia que tuviera o fuera a tener al menos un hijo que ocupara con el tiempo una plaza escolar, para no cerrar la escuela. De diferentes países eslavos fueron aceptadas estas tres familias, a las que se les concedió un pequeño valle que tenía tres caseríos abandonados. Y llegaron allí, las tres madres con una barriga de 8 meses que era promesa de futuro. Los tres padres, con manos como herramientas poderosas. Los cuatro abuelos de cada familia: los seis viejos con manos de trabajo; las seis viejas con pañoleta de colores en la cabeza y cara y cuerpo de no quedarse ociosas.

Y las tres niñas, a poco que empezaron a gatear se buscaban y reunían. Y crecieron hablando español, nadie sabe por qué, porque los abuelos se entendían en lenguas raras y los padres eran torpes para nuestra lengua. Tenían 4 años Peledrina, Otero y Lobo, y uno de escolarización, cuando acompañaban a sus padres para hacer de intérpretes. Siempre iban juntas, sin dejarse acompañar por nadie. En bicicleta desde que, al cumplir los ocho años, el Ayuntamiento les regaló una a cada una por ser las mejores estudiantes. Revoltosas, algo salvajes y deliciosamente guapas, sobre todo desde que con diez años empezaron a parecer mujercitas. Los viejos babeaban mirándolas y los jóvenes del pueblo, que no podían ni acercarse a ellas, se volvieron sonámbulos y se levantaban de la cama para recorrer, sollozantes, el pasillo de su casa. El pueblo les perdonaba todo, incluso que a veces robaran en las tiendas, sin necesidad de hacerlo, porque cuando había algún moribundo acudían a contarle historias, quitándose la palabra de la boca unas a otras. Y se lo comían a besos. A veces se curaban; el resto de las veces, morían felices y tranquilos.

***
La noche de San Juan, en las que las tres niñas celebraban cumplir 13 años y el pueblo su fiesta patronal. Había aparcado junto a la plaza una furgoneta vieja con restos de cárteles de un grupo musical. Pero solo actuaba un músico, por unos pocos billetes pagados por el Ayuntamiento. De edad indeterminada, piel muy oscura y aspecto de gitano o de egipcio, montó un micrófono con un amplificador y tocó varias canciones con distintos instrumentos, acompañado por cintas que reproducían la música. Finalmente, muy delgado, con botines de piel de cocodrilo, unos vaqueros que parecían pantalones pitillo y una camiseta negra, ofreció números de baile moderno en los que parecía que fuera a descoyuntarse..

Cuando se fue, nadie vio que en las afueras del pueblo le esperaban las tres cumpleañeras y se detuvo para recogerlas. Nadie supo más de él, pero a la mañana siguiente, Peledrina tenía un saxo tenor, Otero un saxo soprano y Lobo un clarinete. Solo les había enseñado a soplar cada instrumento. También les dejó un radiocassette con decenas de cintas de jazz.

Dos meses después, en las vacaciones de verano, tras haber pasado la mitad del tiempo de vacaciones oyendo esas cintas y la otra mitad practicando con el instrumento, ya daba gusto oírlas. Y era evidente que estaban embarazadas. La barriga les fue creciendo y la música más todavía. Había quienes se acercaban al valle para oírlas, sin miedo a que las seis abuelas los tiraran de allí a pedradas, como de costumbre, porque las abuelas estaban en el patio común, escuchando los conciertos.

A finales de marzo tuvo cada una un hijo varón. Todos preveían una piel oscura, pero resultó que Peledrina tuvo un niño muy rubio cuya piel se tostaba fácilmente con el sol; Otero tuvo un niño pelirrojo de ojos azules que meses después ya daba miedo mirarlos; y el niño de Lobo era de cabello oscuro y tez muy blanca. A la hora de dormir los niños, cada una se ponía, con la ventana abierta, a tocar una canción que conjuntaba con las de las otras dos y sonaba la nana más tierna y apaciguadora.

Años después, Peledrina, Otero y Lobo enseñaron a sus hijos a tocar música. Cuando ya estaban tan entregados que no echaban en falta otra cosa, se despidieron de ellos, de sus padres y de sus abuelos, que todavía vivían, y se fueron a conocer el mundo. Una vez al año, por San Juan, volvían en un coche negro y elegante a pasar dos semanas con los hijos. Al despedirse, algo les cuchicheaban al oído que hacía que a estos, que vivían allí tranquilos y felices, se les fuera encendiendo un fuego en la mirada.

sábado, 2 de abril de 2011

Ejercicio de taller. Tema: relato intimista del sexo contrario a quien escribe



La nuca




Veo en tu nuca el espigón que corta el horizonte de tu infancia.

Del texto de Lara Moreno en el

libro Mujeres que sueñan





Lo veo dormir; tan pausado, le oigo cómo duerme. Le miro la nuca. Me gusta tanto mirar la nuca de un cuello potente de un hombre, su piel recia, morena. La suavidad de la nuca de las mujeres de cuello largo y muy blanco, con el pelo recogido arriba, me produce una rara excitación; porque no tiene ningún componente sexual. La de mi hombre dormido, luego inocente e indefenso, me da paz. Entiendo aquí por paz la ausencia absoluta de tensión. Su sueño se ha hecho profundo, mientras yo encendía y apagaba varias veces la luz de la mesilla, retomando y abandonando otras tantas el libro de la noche; o iba a la cocina para beber agua y dos veces para hacerme y tomarme una infusión, fumando un cigarrillo; otras dos veces a hacer pis, fumando otra vez. Es tan placentero ir a hacer pis, encender un cigarrillo y quedarte sentada en un silencio tan absoluto que a veces escuchas el crepitar de una hebra de tabaco al quemarse. Regresar a la cama, tras lavarte la boca para que él no tosa y se despierte; y retomar el libro porque sabes que no es la hora de dormirte. Todavía no. Los mil nudos del cuerpo se han ido aflojando pero todavía es imposible tirar de ese cordel que los deshace todos y caer en el sueño.

Porque la cuestión, una de las muchas cuestiones que no son más que facetas distintas de la única, cada una con su brillo y su tono, es que él duerme fácilmente. Le es tan fácil como cenar en la sala, llevar luego los platos a la cocina y fregarlos. Cada espacio para su acción. Así de fácil. Yo, en cambio, esa es la otra cara de la cuestión, la mía, no puedo dormirme hasta que me haya perdonado el día, se lo haya perdonado a él y al mundo. Y el proceso no es fácil. No duermo, aunque mañana me caiga de sueño y use la irritabilidad para mantenerme en pie.

Eso sucederá mañana. Ahora he vuelto a refugiarme en el baño, sentada en el váter pero sin hacer pis, apenas iluminada por el foco lejano del pasillo. Alejarme de esa nuca en paz por la que me siento inclinada a perdonarle todo. A este mi tercer hombre de verdad, el mejor de todos, el que está dispuesto a cualquier cosa para hacerme feliz pero puede dormir tranquilamente sin entregarme a mí el don del sueño tranquilo. Pienso en una historia que me contaron, de una poeta rusa, creo que Anna Ajmátova. Desdichada en el sentido raíz de la palabra, cuando te han quitado la dicha que llegaste a conocer. Lo he recordado ahora porque su marido, también poeta, estaba en un penal soviético en el que a veces el soldado que iba detrás de ti te pegaba un tiro en la nuca y morías sin el miedo de que ibas a morir, casi como si la pistola fuera una madre. Y Anna estaba haciendo cola para poder ver a su marido, cuando la mujer de atrás en la cola le preguntó que si ella era la poeta Ajmátova, y al responderla que sí le dijo: “tienes que contar todo esto”. Me emociona ese pacto entre mujeres tan perdidas que se dormían con el hambre y se despertaban con el dolor. Mientras que yo, aquí, estoy sola en el váter y no tengo a quién contarlo. No sé cómo contarlo. Ni tengo valor para acostarme y dejar que el sueño me venza mirando su nuca, que adoro.

¿Qué mujer me ha preguntado nada? ¿A quién le digo que para mí el tiempo es una continuidad, pero para él son cajas que se abren y se cierran: ahora el momento de divertirnos, ahora el de comer, ahora el de besarnos, ahora no es el momento de saber por qué la factura del gas se come una parte cada vez mayor de nuestros sueldos? No puedo vivir esperando que sea el tiempo designado a los besos, haciendo mal en preocuparme, durante la noche, de cómo solucionar los pequeños problemas, abriendo la caja adecuada al momento. Por eso no duermo, porque tengo mil vías de conversación abiertas y de actos iniciados que nunca se clausuran, nunca es el momento. No puedo abrir y cerrar de nuevo las cajas sin que se me abran mil vías por las que me vierto hacia fuera y me pierdo.

No sé si tengo la obligación de contarlo. Si debo mirarle la nuca en paz y abrazarme a él, sin que él lo note, hasta quedarme dormida. O si debe ser como una madre piadosa y dispararle en la nuca el tiro de un adiós sin explicaciones.

jueves, 17 de marzo de 2011

Ejercicio de Taller: Fobias



Por los pelos
Conforme las copas se iban sucediendo, Juan empezó a sentir que su idea se tambaleaba. Ignacio sentía eso tan infrecuente de que el mundo cobra sentido, que los planetas hacen música, que la casualidad te pone delante, con ganas de ayudarte, a quien te puede ayudar. Es más fácil que pase cuando las luces necesarias caen sobre una barra de buena madera, creando un dorado añejo, dulce; peligroso cuando estás solo ante el efecto de luz, lamentando un pasado cuya puerta se cerró; pero cuando se comparte una conversación que nos afecta, ese dorado es el cemento que une lo que es muy difícil separar.
La compañía en la que los dos trabajaban se aferraba a la retórica, ya anticuada, del “up or out”. Cualquiera que tuviera una mínima capacidad de gestión debía pasar por ese rito, esa valoración de un jurado perteneciente a los grupos jerárquicamente dispuestos de tres o cuatro niveles superiores. Cuatro del siguiente, tres de los dos superiores, dos del tercer nivel y uno, que hacía de presidente, del cuarto nivel más alto. Juan era uno del grupo de dos e Ignacio sería el evaluado. Todos estaban de acuerdo, en alguna de esas noches que habían bebido con algún compañero hasta la hora de volver a casa, ducharse, cambiarse de ropa e ir al trabajo, en que era un método tan estúpido como cualquier otro; que por una parte les destrozaba periódicamente y perdían a hombres de gran valor, en un extremo; que les mantenía en una tensión que no les permitía relajarse, en el otro.
Ignacio se había sentido feliz de que Juan le hubiera invitado a cenar esa noche. Cualquier valoración de los tres de arriba, en uno u otro sentido, tenía el significado determinante. Al menos, eso significaba que Juan creía en él, que quería asegurarse. No se hubiera preocupado de invitarle de tener una posición en contra. Aunque se mantuvo a la defensiva, racional y alerta durante la cena, su resistencia fue cayendo copa a copa en la laguna de dorado añejo de la barra de aquel bar de lujo, con música de un pianista de verdad, tan suavizadas todas las aristas que no era posible escuchar las conversaciones que se producían a pocos metros. Todos sabían que su mujer se estaba muriendo, que no podía cumplir al 100% sus obligaciones; pero conocían también lo que se había esforzado para merecer, precisamente ese año, el cambio de nivel. Todos sabían que era cosa de meses, en los que necesitaría atender cada vez más sus asuntos personales, pero que eso tendría un fin y la lógica señalaba que su único resguardo sería encerrarse en el trabajo, darle a la Compañía el 150%.
Precisamente por saber eso, Juan lo había invitado. Juan era un buen hombre, una buena persona, aunque normalmente en la Compañía había dejado a un lado ese aspecto de su personalidad siempre que fue necesario. Entre comer y ser comido, elegía lo primero; pero cuando no se daba esa circunstancia, es decir cuando trataba con subordinados que no hubieran metido la pata, su comportamiento era excelente y los empleados confiaban en él. Hasta eso, que había hecho sin más razón que un impulso, le había valido para subir: la confianza de los empleados se había convertido en un plus adicional.

Ignacio era pelirrojo, lo que para Juan lo convertía en víctima obligada. Pero por su carácter, y por la penosa situación familiar por la que estaba pasando, no quiso basarlo todo en el color del pelo. Quiso saber si realmente iba a ser un acto malvado oponerse a su ascenso, lo que significaba firmar su despido. Con 16 años, cuando murió su padre, el pelirrojo que le había dado palizas brutales tantas veces como regresó borracho a casa, Juan era un pobre adolescente que no creía tener derecho ni a pisar el suelo que lo sostenía.

De inteligencia muy superior a la media, con numerosos valores, bastaba que viera a un hombre pelirrojo para venirse abajo y acabar sentado en el suelo, balbuceando. La psiquiatra que le trató era una mujer brillante. No abusó de la química, en alguien tan joven, sino de la profundización en su problema. Hizo un protocolo de los avances en su caso, con una primera fase que sería la de desconectar los falsos lazos con cualquier pelirrojo con el que se cruzaba pero con el que no tenía nada que ver. Llegó un momento en el que podía subir a un metro o autobús y seguir hasta su destino aunque hubiera en él un pelirrojo.

La segunda fase, la de interactuar con ellos, fue tan complicada que la doctora llegó a determinar que solo la lucha podía salvarle. Ya no era el niño asustado, sino un hombre de recursos: debía enfrentarse a cualquier pelirrojo con el que tuviera trato. Y la fase fue finalmente un éxito. Incluso con Ignacio ejerció su poder, pero las diferencias de jerarquía apenas le dieron ocasión para ello hasta ese momento de la valoración promocional. Esta vez era por algo importante. Dada la situación personal de Ignacio, y que sabía que merecía ascender, le repugnaba derribarlo sin razón. Por eso le invitó a cenar y a beber en exceso: trataba de buscar algo sucio que justificara ante sí mismo cargárselo al día siguiente.

La doctora, que había cortado hacía años la relación terapéutica, por innecesaria, al despedirlo le dijo algo en lo que Juan había puesto su esperanza de llegar a ser un hombre que actuara normalmente, basándose en la razón, aunque con las pequeñas fobias y filias que todos tenemos. Le dijo que, conforme fuera venciendo en sus combates, encontraría su seguridad interior y un día se daría un cuenta de que un pelirrojo podía ser su amigo y su igual; no su antagonista.

Conforme fue pasando la noche, se sintió animado al pensar que ese día había llegado. Cuanto más conocía a Ignacio, más tranquilo y seguro se sentía en su presencia. La solución se estuvo haciendo sólida toda la noche, faltaban uno o dos remaches. Por los pelos, todo se desbarató. Contaba con que esa noche ni siquiera pasarían cada uno por su casa. Faltaba poco más de una hora para la hora de entrada. Ignacio no resistió la tentación de pasar un momento por casa, para darle un beso a su mujer y contarle lo maravillosa que había sido la conversación con Juan. Y este se quedó mirando el reflejo dorado en la barra, pensando que su subordinado le había traicionado al dejarlo allí, dejando enfriar las buenas perspectivas que había ido creando; sin tener en cuenta el esfuerzo que había hecho para no sentir las ganas de retorcerle el cuello como a cualquier pelirrojo. Si siendo un subordinado tan alejado de él, pensó, había faltado a su confianza, ¿qué le podría hacer cuando, muerta la mujer, se entregara en cuerpo y alma a la Compañía y fuera siendo promocionado a la velocidad del rayo?


jueves, 3 de marzo de 2011

Ejercicio de taller. Tema: una canción

 
 
La reproducción del vídeo de You Tube, por lo visto no era legal y dejó de funcionar (podeís verlo en http://www.youtube.com/watch?v=0FuD3vSxkl4). Espero que la canción de Goear dure más tiempo. ¡Gracias, por el queo, Sir!).
 
 
Cuando ames no preguntes si te aman

Bonma me ponía nervioso. Era un buen compañero, fuerte, animoso, divertido. Muy sociable con todos; pero no pertenecía a ningún grupo. Los grupos se hacían quedando los sábados y domingos; y él siempre tenía algo que hacer. De su familia no hablaba: se limitaba a poner cara de aburrimiento, como si fuera algo tan evidente que no hacía falta comentarlo. Sabíamos que su padre viajaba bastante a Londres, por lo que tenía unos discos increíbles que te prestaba sin problemas. Podía haber sido un filón exótico, porque entonces casi nadie viajaba, pero si le preguntabas a qué se dedicaba, soltaba un uff, un rollo de negocios de esos.
Fuera del Instituto, de lunes a viernes, nada sabíamos de él. A mí me atraía, por su forma de ser y, posiblemente, por su misterio; que tan bien sabía envolver en una capa de vulgaridad. Me pasaba algo parecido con su sociabilidad; pensaba que la usaba para esconder su soledad.
A veces lo encontraba a mi lado al cruzar la puerta de salida por la tarde. Bajábamos juntos las escaleras que salvaban la diferencia de altitud entre el Instituto, sobre un montículo, y el plano en suave pendiente hasta el mar de la ciudad. Algunas tardes, me desviaba yo al llegar a la Plaza de los Luceros; otras, conseguía mantenerme en la conversación hablándome de los discos que tenía, de las revistas con las fotos de los músicos ingleses, y bajaba hasta la Cruz de los Caídos, donde siempre giraba él hacia la derecha por la Avenida de Madrid, donde vivía, con un seco “hasta mañana”. Yo tenía que girar a la izquierda y subir un poco. Algo molesto por la sequedad de su despedida; me parecía como si escapara.
También me inquietaban algunas frases, poco habituales entre chicos de esa edad, como cuando me dijo que yo era tan delgado que le hacía pensar en los músicos de los grupos ingleses. ¿Qué podías contestar a una comparación así, salida de la nada?

Una tarde, cuando ya me esperaba la despedida, me dijo que le acababan de traer el último single de Dave Clark Five, que tocaban la canción Do you love me y era buenísima, aunque la cara B no valía nada. No habría nadie en su casa y podríamos oírlo sin que nos molestasen. Me llevó hasta su habitación, con una ventana a la calle, puso dos bebidas, dejando la botella en una mesa, y colocó la aguja sobre el disco. Inmediatamente quedé sepultado por ese alud de sonido; ahora es difícil hacerse una idea, porque eso ya es habitual, pero podría compararse con la sensación de quien viera por primera vez un cuadro cubista y, aunque no lo entendiera, supiera por instinto que aquello decía algo.
Poníamos la canción una y otra y decenas de veces. Bebíamos y fumábamos sin parar; él, Bisonte, yo Celtas cortos. Bonma sabía inglés y me traducía la canción. ¿Me amas? preguntaba a cada momento. De pronto se levantó y me dijo “bailemos”. Dimos saltos hasta que hizo la broma de cogerme como si fuera una canción de bailar juntos. Le dije que dejara de hacer chorradas y él se bebió el resto de su copa y se puso a mirar por la ventana. Era más bajo que yo, pero más fuerte y ancho. Llevaba una camisa blanca con el cuello abierto, sin corbata, y un chaleco de color verde oscuro. Me quedé mirando su cuello, tostado por el sol. Por un momento me apeteció besarlo y me horroricé. Poco después me fui a casa y sentí algo raro dentro de mí, algo de mí que no me gustaba. Ya no volvimos a encontrarnos nunca en la puerta de salida del Instituto.


lunes, 21 de febrero de 2011

Ejercicio de Taller sobre las otras literaturas


Los Bowles en El cielo protector

Un pastiche à la Pierre Michon

Prueba A: familia suburbana americana de los años 50

Conviene no precipitar las cosas mirando solo lo que es. Ya que pasaremos juntos las próximas horas y ha dado la casualidad de que nos han puesto la película de Bertolucci y luego me ha visto sacar esta biografía ilustrada de ellos, preguntándome sobre la “veracidad” de la película, he seleccionado estas tres fotos y le ruego que se fije bien en la primera, la Prueba A. No crea que no tiene relación. Es una foto de autor desconocido, de los años 50, que parece representar a una familia suburbana. Y digo parece, porque no es una foto de una familia, sino una representación de unos valores de clase media americana: hombres que trabajan en la ciudad, ganan un buen sueldo, regresan a casa en tren y en la estación encuentran el coche y vuelven a la casa, donde son recibidos por la mujer y los hijos, se toman un Martini, cenan un asado y ven la televisión con la familia. Ese el valor a perseguir; muy distinto de la enajenación de la que escribe Cheever en su cuentos sobre estos personajes. Le hablaré de eso si tenemos tiempo.
Los Bowles pertenecen a la clase media alta, de gustos europeos y distinguidos. Dentro de esa clase, son de los que comparten el horror por esos valores con todo tipo de artistas, como la generación Beat. Ellos no iban a vivir en el suburbio rural, sino en algún apartamento de Nueva York. Pero en los restaurantes, los clubs, se encontrarían con las parejas de los suburbios en su salida semanal. Un ambiente asfixiante. Y ahora podrá ver de otra manera, entender mejor, la película El cielo protector que acaban de ponernos. A su pregunta, le diría que sí, que es biográfica; al modo, claro está, en que los escritores se basan en su vida.



Prueba B: Jane Bowles

 ¿Se fija bien? Una joven sofisticada que vivió la bohemia artística de Greenwich Village, Nueva York, donde regresó después de que la familia la enviara a Suiza para que se curara de una tuberculosis, iniciándose en la bisexualidad. Cuando en 1938 se casó con Bowles, ya era así. En el 43 escribió su libro más conocido; no está mal, aunque algunos de los grandes de la literatura norteamericana consideran que ha sido subestimada. Y el en 47 se van a Marruecos y allí se quedan.


¿Que en la película él muere y ella acaba con la mente confusa tras haber amado a un árabe? Lo que se cuenta, son las cosas; lo que no es lo mismo que decir que las cosas sean como se cuentan. Si leyera más y no se basara en las películas vistas en un avión, seguro que esto lo tendría mucho más claro. Mire la Prueba C.



Prueba C: Paul Bowles

¿No le parece que la habitación, la pequeña esquina que se ve, es tan desasistida como aquella en la que muere el protagonista? Y como las fotos no son inocentes, me pregunto si el que muere es el protagonista o es el Paul que llegó a Tánger con Jane como pareja. Piense en ello como una clave de lo desasistido de Paul en esta foto que le hizo Allen Ginsberg, de un Paul que quiere ser visto así, en una de las pobres pero frescas habitaciones de los fuertes del desierto, que quiere lanzar así su grito de “no tuve nada que ver con ese final de Jane”, o que influyó para que en la película fuera así la habitación del que muere. Porque Jane ya había escrito su obra antes de llegar a África; solo añadiría una obra de teatro. Mientras él llegó como músico, pero se convirtió en escritor. ¿No sería ella la abandonada? En aquellos tiempos, Tánger era un centro social occidental, con palacios propiedad de millonarios americanos y europeos en los que se celebraban continuamente fiestas de fastuosidad oriental, a las que los Bowles asistían, él con un sobrio esmoquin, ella elegantemente vestida. No fue donde empezó a beber, traía esa costumbre desde Nueva York, pero fue ahí donde su vitalidad quedó frenada por el alcohol y las amistades intelectuales y artísticas que les visitaban continuamente. No hay culpables, aquí; lo que hay son dos seres que se conocieron libres y fueron lanzados por su destino a vivir libres; no me negará que eso queda claro en la película. Simplemente, ella no se dejó proteger por el cielo solar de Marruecos, un cielo que actuaba más como una capa mineral, y la circulación de la sangre se ralentizó con el alcohol, que le causó un derrame cerebral en el año 57 por el que visitó varias clínicas europeas, con largas estancias en Marruecos, hasta que fue finalmente ingresada en una clínica de Málaga, donde murió en 1973, confusa como la protagonista de la película. No hay culpables de la vida de una escritora que no escribió con un músico que sí escribió. Los últimos años estuvo relacionada con la horrenda, mayor, pobre y fea Cherifa. Hay quienes se extrañan de eso.



Usted no se extrañe. Esas cosas pasan. ¿Acaso no ha oído hablar de la influencia amatoria de la fea haitiana Jeanne Duval sobre Baudelaire, que la llamaba la “amante de amantes” y la “Venus negra”? ¿No? Si quiere le hablo de ella, para pasar el tiempo. Permítame dormir una siestecita primero, mientras dejamos de sobrevolar el mar eterno.

jueves, 20 de enero de 2011

Tema de Taller: una mentira que se convierte en verdad

Cómo hacer que quieras lo que quieres hacer


Recuerdo un episodio de la película Paris je t’aime, en el que un hombre de unos cuarenta años está con su amante, algo más joven, y le dice que va a comer con su mujer y a decirle que han terminado. Esa misma noche se irá a vivir con ella. Está sentado en una mesa y ve entrar a su mujer, con un impermeable rojo. Cuando él le va a decir tengo que decirte una cosa, ella le dice tengo que decirte una cosa y saca unos informes médicos. No te había hablado de esto, pero me encontraba mal y me han estado haciendo pruebas, le dice. Tiene un cáncer terminal. Él la coge las manos. Al ir al baño, llama a la amante, le cuenta brevemente y le dice que todo ha terminado entre ellos. Empieza a cuidar a su mujer, que cada vez necesita más atenciones. La roza, la acaricia, la abraza por detrás cuando ella mira por la ventana, le lee libros cuando ella está en la cama sin poder levantarse. La mujer se muere y, desde entonces, cuando ve a una rubia por la calle con un impermeable rojo se le sobresalta el corazón y corre hasta verle la cara; pero no es la suya, claro, porque está muerta, y sabe que la amará para siempre y no volverá con su amante ni con ninguna otra.

Eso me hace pensar en una mañana de mi propia vida. De cuando llevábamos cuatro o cinco años juntos, subiendo y bajando el perfil de sierra de las emociones. Ha pasado ya el tiempo biológico en el que solo con verla me excitaba, en el que el deseo en los ojos de mis amigos me excitaba más. Nos hemos acostumbrado el uno al otro, pero desde el primer día hasta aquella mañana, al levantarme por la mañana solo me concedía ese otro día; lo único que necesitaba para seguir con ella. Ella había perdido su trabajo y con el mío no conseguíamos vivir. El lunes había empezado trabajar vendiendo enciclopedias por las casas, pero solo vendió una; las otras que vendió, viendo a su víctima se arrepentía, le decía a la compradora que en realidad no necesitaba esos libros y que eran muy caros. Aquella mañana, debía ser un jueves, la vi desde la ventana cruzar la calle hacia el metro, con abrigo de paño, recién duchada para llegar a su derrota, y pensé esta es la mujer a la que voy a amar toda la vida. Y desde ahí empezó el amor, que es otra cosa. No antes. No cuando sobraba de todo. Sino ahí. Y ya no me tuve que levantar pensando que es otro día más, porque el tiempo se había compactado, carecía de subdivisiones y ya no era un problema.

Podía haber sido al revés, pienso. Los desenamoramientos y rupturas empiezan también así, con un acto mínimo y banal de la voluntad. Es una percepción parcial en la pequeña historia de la fatiga de los materiales. Vemos un gesto duro, una barrera, una dejadez, algo que se puede arreglar fácilmente, y no pensamos arréglalo; sino basta, hasta aquí, se acabó. Y duramos semanas, o meses o años de agonía. Por un gesto nimio que nos hizo querer lo que queríamos hacer. No es que el amor se mantenga porque nos cuidamos, sino que queremos cuidarnos y, sin buscarlo, queremos amarnos. No al revés. Lo mismo pasa con los amigos, el trabajo, el tipo de cine o literatura que nos gusta. Luego, nos lo explicamos con grandes teorías y acontecimientos esenciales, simplemente porque nos parecen más apropiados a la enormidad de las consecuencias.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Tema de Taller: anagnorisis y peripeteia


Andanditos Milagros

Milagros tenía 16 años cumplidos y los estudios abandonados cuando quedó huérfana y Doña Encarnación le dio cobijo en su casa para evitar su descarrío, para que la ayudara con los hijos y para que echara una mano en la tienda Tejidos y Novedades de París de la pequeña población provinciana. Milagros tenía apellido, pero si alguien de fuera preguntaba por él, las mujeres se miraban los zapatos y los hombres escupían hebras del tabaco de liar, se rascaban la cabeza y, sin quererlo, miraban hacia el valle que había detrás del cementerio; donde al parecer, si ese apellido existió, casi todos los hombres y mujeres que lo llevaron habían sido sembrados en la tierra al buen tuntún. Solo la madre de Milagros sobrevivió para cuidar de ella, dedicada a los trabajos manuales ínfimos que las buenas gentes le daban.

Doña Encarnación la acogió piadosamente, por consejo de su confesor, lo mismo que había acogido en su patrimonio las tierras de la familia cuyo apellido hacía a los hombres escupir hebras de tabaco y quedarse mirando hacia el valle que hay detrás del cementerio. En tres años, Milagros dirigía realmente la tienda, se ocupaba de los hijos de Doña Encarnación y acompañaba a esta a la primera misa, a todos los rosarios y liturgias, y a todas las comidas, cenas y meriendas, cuando el trabajo lo permitía. Porque podía con todo, decía “andanditos lo hacemos”, sin parar hasta que estuviera hecho lo que hubiera que hacer. Y como Andanditos fue siendo conocida, pasando Milagros a convertirse en el apellido que nunca había tenido. Y es que era un milagro su piedad y su olvido.

Andanditos Milagros, llamada tía Andanditos por los hijos de Encarnación, e Hija Mía por esta dama, aunque trabajó desde el 54 no cobró un sueldo ni tuvo cartilla de la Seguridad Social hasta que se asentó la Democracia. ¿Para qué ofenderla con eso, si es como una hija? Como una hija lo hacía todo; andanditos, que era como decir una cosa detrás de otra, sin parar nunca.

Cuando murió Encarnación, casi su madre, se cerró la tienda, que ya con lo nuevos tiempos esa moda parisina no daba mucho con qué mantenerla, y recibió una indemnización escasa, por los pocos años y el sueldo mínimo por el que había cotizado. Como herencia, solo le habían quedado unos pendientes de oro de la virgen del Pilar, una pulsera de plata de la Madre de la Agonía y algunos rosarios de palorrosa, junto con varias estampas de las de tener mucha fe y otras chucherías religiosas. Como muestra del excepcional cariño que la había tenido, insistió en el testamento que fuera para ella el mejor adorno que había vestido en vida: el hábito morado de penitenta con el que vestía Encarnación los 40 días de la cuaresma, hecho con seda italiana. Meses después, los abogados de la familia le pidieron que abandonara la casa, que se iba a vender por petición de los dueños, pero que por cariño de los hijos de Doña Encarna, podían traspasarle un chisconcillo que daba a la placita, cobrándole por ello, como precio simbólico, el dinero de la indemnización.

Andanditos Milagros tardó dos semanas en abandonar el chiscón. Lo hizo vestida con el traje penitencial de doña Encarna, convertido desde entonces en su prenda habitual, empezó a fumar, a beber en el bar de al lado, donde los viejos que quedaban de los que escupían hebras de tabaco de liar, y los hijos de estos, la invitaban a vino y no permitían que nadie se burlara de ella. Después, harta ya de andar inútilmente, se sentaba en un banco al sol de la placita donde estaba el chiscón. Cuando pasaba el párroco o una beata, escupía al suelo. Como decían las mujeres del pueblo a la salida de la misa del domingo, a quien nace de roja antes o después le sale la cabrona que lleva dentro.


La ANAGNÓRISIS (del griego antiguo ἀναγνώρισις, «reconocimiento») es un recurso narrativo que consiste en el descubrimiento por parte de un personaje de datos esenciales sobre su identidad, seres queridos o entorno, ocultos para él hasta ese momento. La revelación altera la conducta del personaje y le obliga a hacerse una idea más exacta de sí mismo y lo que le rodea.



PERIPETEIA: cambio brusco en los eventos, cambio brusco de las circunstancias

sábado, 4 de diciembre de 2010

Relato berlanguiano del Taller

[Esta vez el tema era "berlanguiano". Al tratarse de un estilo, no podía forzar una historia hacia mi estilo, sino al revés. La primera baja ha sido la brevedad].



Figuras de salón


A todos los personajes de esta falsa

historia que supieron morir a tiempo.


... y es entonces cuando, al tener las llaves de un piso en Aluche, y dándome cuenta de me conviene desaparecer unos días, además de que me vendrán muy bien esas tres semanas para estudiar todos las asignaturas del curso, de las que nos examinábamos el 15 y el 16 de septiembre porque en junio hubo huelga de exámenes en varias facultades de la Autónoma, me entra el acojono y voy a buscar a F., esa amiga que habría que tener siempre, con la que lo más que había hecho había sido cogerla de la mano durante un concierto de música religiosa en Cuenca. Ella coge ropa, los libros, tres cajas de Dexedrina Expansule de liberación prolongada de 15 miligramos y nos vamos al piso a encerrarnos a estudiar. ¿Me sigues?

—A ratos. Si no dejas de hablar, no vas a comer.
—No tengo hambre.

Allí tampoco la teníamos. Una dexe de esas tiene 12 horas de efecto, así que nos tomábamos tres al día. Para estar seguros. Era todo tan bonito que nos preguntábamos cómo podíamos haber perdido el año sin dedicarlo por entero a estudiar asignaturas tan apasionantes. Cosas de la dexe. Pero comer, poco: algo de fruta, galletas y chocolate, y litros y litros de cocacolas y refrescos. La dexe también tiene eso. Dormíamos dos horas al día, tres a lo sumo, y habíamos decidido hacerlo en la misma cama. En cuanto nos acostábamos, intentábamos follar, lo que entre amigos es casi imposible, porque te da la risa si estás de subida o la crisis histérica si estás de bajada. Ni pajas, nos podíamos hacer. Comiendo una manzana ante una mesa caótica que en cualquier momento podía derrumbarse por el peso de las colillas, tuvimos la Gran Idea.

—Cuando surge la Gran Idea, procuro ausentarme enseguida. Si dejas de jugar con la merluza, me la podría comer yo.
—Toma.

Ya habíamos estado dos años en dos comunas urbanas nefastas, cada uno por separado, pero esta vez iba a ser distinto porque la íbamos a organizar nosotros dos. Organizar. Nosotros. El plan no podía ser más descabellado. Pero si la gramática generativa me parecía apasionante, esa comuna era ya la hostia. Los exámenes nos salieron cojonudos. En ese estado mental eres capaz de trazar en veinte minutos un cuadro de situación del tema con el que los profesores te hacen la hola y flipan, casi tanto como tú mismo al desarrollarlo. Es que, ¿sabes?, las ideas en esos momentos son como en tres dimensiones, volúmenes dinámicos en movimiento armónico.

—Si me vas a cantar la gloria de las drogas, te advierto que no es la noche.
—No, qué va. Si en cuanto terminaron los exámenes nos cortamos en seco. Éramos consumidores, ¿cómo te lo diría?, ah, sí, profesionales. Nada por el placer, todo por la obligación.

La semana siguiente la recuerdo como una película muy antigua, de estas que tras mucha restauración lo que se ve en la pantalla es inconexo, borroso. Pero F. era como ese personaje de la mitología que en cuanto ponía los pies en el suelo sacaba toda la energía y se le curaban las heridas. Mientras yo me arrastraba de un lugar indeterminado a otro, olvidando las asignaturas con la misma violencia y brillantez con las que las había aprendido, ella se había recorrido todo lo alquilable y asequible, y grande, sobre todo que fuera muy grande, del barrio de Argüelles. Un día que fui capaz de recuperar de la memoria el número de teléfono de la casa en la que estaba, la llamé. Joder, dónde te habrá metido, me dice, ¿en media hora en El Palentino? Ya allí, con las cervezas y unos bocadillos grasientos delante, pone unas llaves encima de la mesa y me dice: un piso en forma de ele enorme, cocina, dos baños, un salón para jugar al balonmano y 8 habitaciones, tan barato que lo podemos pagar entre 5 y las tres habitaciones restantes quedan para amigos de paso. Estas son tus llaves, te he hecho copias, porque ya he firmado el contrato y pagado octubre. Mudo me quedé, porque me puse a pensar en el balonmano. En cuanto me recuperé, le dije coño F., en una comuna, ¿no se decide por asamblea? Si es que te vas a caer de culo, me responde, en cuanto lo veas. Además, con lo que te conozco, es como si hubieras participado en la decisión. Y tenía razón, era más que perfecto. Pero cuando le decía que empezáramos a buscar compañeros, me contestaba que nos tomábamos unas copas y luego me hablaba de eso. Su insistencia me dio malaespina, el primero bebe y luego hablamos no es alentador. Y, esta vez, el que tenía la razón era yo. Resulta que F. tenía una amiga de su pueblo que durante cinco años no había hecho otra cosa que estudiar y sacar matrículas en matemáticas, que ahora estaba deprimida de ver cómo la vida se le había ido escapando, y le había ofrecido que se viniera con nosotros para encontrar el lado de la luz. Cojones, pues yo tenía un amigo que era lo mismo pero al revés. Había vivido en la luz, tomándose tripis como si fueran Pictolines, hasta que en uno de ellos se le presentó San Nosequé y se había cortado el pelo, porque San Pablo abominaba del pelo largo en los hombres, leía ABC y el semanario de Fuerza Nueva, buscaba una habitación y con nosotros podría encontrar ese lado oscuro que tanta falta le estaba haciendo. Cuando las cosas se joden desde el principio, solo les queda coger carrerilla.

—Oye, esa frase está bien para publicitar el guión. La apunto.
—Entonces, ¿vas viendo la película?
—No, pero tú sigue. Ibais a ser cinco, ¿no?

Eso es. Aquella misma noche me encuentro con una conocida, de otro rollo distinto, con más tetas que cabeza, y al hablarle de lo mío me dice que un exnovio al que ha dejado necesita una habitación. Lo llama, viene, un rubio vestido formalmente, me aterro, ella me da dos miradas dulceverdosas, me pone su suave mano en la nuca y acepto: ya somos cinco. Cuando el rubio viene a casa, a F. y a mí nos mira torvo, así que le asignamos la habitación peor y más pequeña; nada más abrir la puerta y alejada decenas de metros de la verdadera casa. Nos mira torvo, pero el precio es irresistible. Esa misma tarde, después de dejar al rubio, sucede (todavía eran los tiempos en que las cosas sucedían, porque sí) que F. y yo estamos en un bar tomando unas cañas con un inglés simpatiquísimo, que se ha licenciado en Filosofía en la Universidad de Londres y se ha venido con una beca de consolación o miseria para escribir una tesina sobre conceptos marxistas en España en la segunda mitad del XIX. Expreso mi opinión, poco fundamentada, de que era dudoso España hubiera pasado por los siglos XVIII y XIX, pero que hubiera conceptos marxistas en ese tiempo y lugar me sonaba a trola de las gordas. En todo caso, nos hacía tanta gracia lo mal que hablaba español, que prescindimos de la sexta habitación. Esa noche, sacó la máquina de escribir, un mamotreto muy inglés, y se puso a teclear como si solo tuviera un dedo y por un problema de coordinación no pudiera usarlo más que una vez cada 30 segundos. Pero a F. y a mí nos pareció que trabajaba y era serio. En cuanto se fue a la mañana siguiente a buscar curro dando clases de inglés, entramos en su cuarto. Medio folio escrito resplandecía sobre el rodillo. Con nuestro inglés no lo entendimos muy bien, pero la letra parecía buena. A la una del mediodía volvió a casa y le invitamos a un vermú. Nada de cañas, vinos españoles. Se le puso la nariz roja y durante 7 meses la conservó de ese color, lo mismo que mantuvo ese medio folio en la máquina, aunque de color cada vez más grisáceo por el polvo que se acumulaba sobre él. En fin, para resumir, la comuna urbana empezaba con, a saber, dos personas salidas de la anfetamina, una depresiva, un viajero del magical mistery tour perdido en el monte, un rubio que no tenía nada que ver con nosotros y un filósofo británico en estado etílico permanente. Perdona que me repita, pero, ¿vas poniendo la historia en imágenes?

—Todavía no, pero sigue. He entendido que sois seis.
—Eso es, lo has pillado todo perfectamente.

La casa se va llenando de amigos porque el salón es irresistible. Traen bebidas, libros subrayados para que veamos qué frases han elegido, artículos que no les va a publicar nadie y los vociferan para nosotros o, en algunos casos, para las paredes. Como un acto de rebelión contra la propiedad, hemos hecho 10 copias de las llaves que vamos repartiendo a los que nos caen mejor, como si fuéramos un programa de la tele y que, por lo visto, ellos recopian y pasan a otros. Eso crea momentos de crisis, una de ella casi ideológica. Una tarde en la que F. y yo volvemos juntos de la Facultad encontramos el salón repleto de gente, vamos a entrar a ver qué eso y nos informan que se trata de una reunión de estudiantes gallegos revolucionarios y no estamos invitados, que no molestemos; les damos la contrainformación de que somos los dueños de la casa y que se pueden ir a poner rótulos en gallego de las calles cagando leches; nos llaman fascistas de mierda mientras se van; nos sentamos en un sillón del salón tan a gusto. Fascistas, no te jode, comento yo. F. va a su cuarto a ponerse cómoda. Es decir, en lugar de las permanentes chirukas abrochadas y una trenca azul sobre la ropa, su atuendo casero consiste en las chirucas desabrochadas y nada debajo de la trenca azul, que no siempre lleva abrochada.

—Habría que elegir bien a la actriz, eso puede dar juego.
—Pues ya verás tú el juego de ese tipo que da la historia —le peloteo al ver el decaimiento con que la estaba recibiendo hasta el momento.
—Céntrate en las crisis.

J., totalmente evangélico, casi cada tarde se trae un mendigo a casa, le da de merendar y cenar, de dormir en un colchón que ha comprado y está en el suelo de su cuarto. A la mañana siguiente, a la salida de misa, le entrega el ABC en el que ha circundado en rojo los trabajos que le parece le podrían convenir y le hace fregar lo de la cena. Ese mendigo desaparece para siempre, pero la primera tarde vive feliz en el salón y por toda la casa. AG, quiere perder la virginidad y ella y F. me eligen a mí. Aclaro que no tengo el menor interés en el asunto, porque además vive en casa y no quiero tonterías después. Hago el favor, en dos noches consecutivas para que la cosa sea suave, y después hay tonterías. No aprendo. En la casa ha sucedido la aparición de una chica muy simpática que conocíamos de vista porque por las noches vende flores en los bares. Es una bailarina en paro que, por la música que sale de su habitación, está toda la tarde ensayando, salvo cuando sale, totalmente desnuda, y monta en bicicleta por el pasillo, derrapando en el ángulo recto. Los amigos desean que falle en el giro y se dé una hostia para ir a prestarle ayuda: eso lo veo en la mirada soñadora que tienen cuando aparece la ciclista, mientras dan la impresión de que me escuchan. Como el rubio del cuarto pequeño, no participa del salón, de las comidas ni de nada. Simplemente, ocupa una de las habitaciones libres y monta en bici por el pasillo. El negligé doméstico de F., y la ciclista, aumentan las visitas hasta un punto que resulta incómodo.

En diciembre, tenemos dos bajas. Por un lado, AG, malaconsejada por un psiquiatra famoso del seguro escolar, y en contra de lo que opinamos F. y yo, acepta una cura de sueño de una semana y desaparece tres meses. F. se entera de que el rubio es un poli. No me dice nada, según me dijo después, porque entre tíos esas cosas tienen malas soluciones, pero esa tarde al volver de la facultad coge el cuchillo más grande de la cocina y le da 10 minutos para irse. Me lo contó el mendigo del día, que todavía estaba algo asustado el hombre. Yo se lo reproché a F, porque pensé que el pobre muchacho estaba ahí porque el cuarto era barato y no para vigilarnos. El caso es que se van produciendo vacíos, que tienden a llenarse con los peores personajes. La comuna sigue funcionando en el salón, claro, que cada día se parece más a esos bares americanos para perdedores tontos que salen en las películas y abren las 24 horas. Solo que este, en lugar de perdedores mirando la copa, está atestado de sicilianos vehementes. Más o menos por esas fechas se produce una desviación de la historia, ¿te la cuento ahora?

—¿Tiene que ver con el argumento central o es un entremés?
—Me parece decisivo y es una desviación que cae sobre el argumento como un deus ex machina esencial.
—Pues si no hay más remedio, pero si salen nuevos personajes no me pongas iniciales, que me pierdo.

Resulta que F. quiere tirarse a un tío con el que ha quedado, pero va en plan pareja con una tía que parece más aburrida que la hostia y, claro, F. necesita que alguien la distraiga a ella. La operación es un éxito: la novia aburrida y yo nos enrollamos y me voy a vivir con ella; F. se arrepiente en dos días de su movimiento, porque el tipo es poco soportable, pero el mal ya está hecho. Ella me dice la canción esa de No me llames Dolores llámame Lola, así que la llamaremos Nome. Me voy a vivir con Nome, pero sigo pagando mi alquiler y todos los días paso al menos un par de horas por el salón, para llevar vida comunal y para asegurarme de que el Congreso del Pueblo sigue en sesión permanente y de que mi cuarto no sea ocupado. Nome comparte la casa con dos parejas. Una de ellas está formada por una amiga suya, a la que llamaremos Rubia Buenorra, y por un exnovio de ella que le ha endosado y al que llamaremos, sin más explicaciones, Bobo. Al ir conociendo a sus antiguos novios, empieza a preocuparme que me haya elegido como pareja. En la otra habitación, una tía magnífica de cojones, a la que llamaremos Tía Magnífica, vive con un arquitecto, hijo de un conocido industrial vasco, cuyo padre lo metió en un manicomio porque el niño arquitecto, a la hora del desayuno de su padre, acostumbraba a sentarse desnudo con él, comer con las manos del plato del padre y maldecirlo porque una de sus industrias es la fabricación de armas. Era un poco hippy, el arquitecto, pero simpático y con buenas manos para construir porros preciosos y muy grandes. Quiso la mala suerte que la luz de la casa de las tres parejas, de sistema antiguo, reventara. No tuve más remedio que organizar un traslado de los seis a mi casa, que seguía pagando. El salón, con los recién llegados, que seis personas son muchas personas si vienen como grupo, entró en una fase que habríamos podido llamar de fractalización psicodélica, si entonces hubiéramos sabido algo de los fractales. Entre tanto, pasaban por la casa como semipermanentes personas de lo más jodido, como un nieto de un general republicano que se decía perseguido y que se pasaba el día entero hablando con la novia que tenía en Argelia. Decía que ella lo llamaba, pero cuando llegó la factura del teléfono vimos que nos había mentido y que nada más ver el sobre de la Compañía Nacional desapareció. Al menos, desde entonces tuvo motivos para sentirse perseguido. ¿Y F.?, te preguntarás.

—No, que yo no me pregunto nada.
—Te falta paciencia para ser un productor de cine.
—Va a ser eso. Vale, te pregunto, ¿y F.?

Le fue fatal con el exnovio de Nome, aunque no tanto como a él, pero enseguida se consoló con un bancario que estaba casado y según ella era un tío de puta madre. El caso es que una noche el bancario le dijo a su mujer que sacaba a pasear al perro y se vinieron los dos a vivir a casa, él y el perro. Un setter irlandés precioso y muy inteligente. Cuando las tres parejas de la otra casa tuvimos que venirnos a la comuna, o bar libre, o como quiera que se le pueda llamar, el bancario ya había desaparecido, pero el perro se quedó.

—Llevaba ya un tiempo pensando que esta historia necesitaba un perro. Pero olvídalo. En los platós, los perros no hacen más que joder escenas.
—Pues contratas uno adiestrado, porque el perro se queda.
—Ya que hablamos de quedarnos, cerramos el restaurante y este bar de copas tiene toda la pinta de que va a hacer lo mismo. ¿Por qué no me das un final y, si eso, ya relleno yo lo que falta?
—Lo tengo.

Imaginemos una escena tomada cenitalmente en la que gran parte de los que están en el salón beben y fuman porros; las dos parejas de recién llegados se meten mano; Nome y yo no, porque insisto en dar discursos y hay tiempo para todo; el mendigo del día no puede creer la suerte que ha tenido, ya que desconoce el adiestramiento al que será sometido a la mañana siguiente, y opina, sin que sirva de mucho, que comprar pan y unas latas sería ya el no va más; J. me habla de la dulzura del Señor, sin saber que he aprendido a no oír su voz; Nome, que le ha caído muy bien J. y hasta le da cierta pena, intenta convencerle de que no pierda el tiempo; alguno de los amigos intenta ligar con Rubia Buenorra en cuanto Bobo se ausenta un momento; el filósofo ríe con todo porque la vida es así y es maravillosa, y trata de convencer al grupo, con discursos tan vehementes como los míos, de que sería preferible comprar vino más barato pero en más cantidad; F. dice cada diez minutos, sin moverse del sofá, que se tiene que arreglar para salir; y el setter, al oír la palabra salir, cree que lo van a sacar a mear y empieza a ladrar desaforadamente.

En una de esas trampas que hacéis en el cine, la cámara abandona la posición cenital, se ralentiza y puede verse, a través de la amplia puerta de doble cuerpo, que la blanquecina figura fantasmal que parecía un efecto mecánico, como un flash de discoteca, es una joven desnuda montada en bicicleta. Me parece a mí que eso enfatiza la locura de la vida. Además, te gustan las tías en pelotas.

La cámara vuelve a la posición cenital y retrocede; o sube, como si ello fuera posible y arriba no hubiera más pisos, hasta que, en la distancia, lo mismo que pasa con la bóveda celeste, parece que el grupo realice movimientos armónicos: da la impresión de que es un grupo verdadero que hace algo real. Con la lejanía del plano, solo se oyen ya los ladridos del perro y, con esa sensación de tranquilidad inquietante, la pantalla se funde a negro.

—Bueno, qué, ¿hay ahí o no una película?
—Siempre la hay. En este caso, una película de mierda.
—Quizá no la haya contado bien. La cuenta, en todo caso, es cosa tuya, ¿no?

martes, 23 de noviembre de 2010

Buenoooo, qué sinergias o enredos de la casualidad

Aquí todo se une, casi a diferencia de la historia de hoy, en la que todo se separa. Esto va para largo y les voy a robar su trabajo a unos cuantos. Primero, el último relato del Taller, sobre la vergüenza, después, una entrada de Jesús Miramón, que incluye un enlace a una entrada de Escolar.net y, finalmente, un artículo aparecido en Globalízate.com.

I. Taller


Vergüenzas de todos los colores


Levantes la piedra que levantes

despojas

a quienes precisan el amparo de las piedras.

P. Celan



Dos mujeres se han citado en un lugar que no importa. Ni siquiera la cita importa: es banal; en cualquier gran ciudad se están produciendo en ese momento miles de citas parecidas. Pero todo signo banal es un escudo de lo que hay dentro. Lo que importa es el interior: haber tenido la oportunidad de saber lo que pasa dentro y se tapa; incluso las dos mujeres se lo ocultan cada una a sí misma. Se besan, se lisonjean, se abrazan y se sientan en una mesa.

Cualquier observador que tuviera interés, se daría cuenta de una disimilitud que encierra algo desagradable. Una de ella, la llamaremos Rosita, lleva un abrigo de paño de temporadas pasadas, pero muy cuidado. Y su tez, el halo que la rodea, o su manera de estar, refleja decaimiento y temor. Lo contrario que la otra, vestida con ropa alegre de mercadillo, pero muy nueva. Usa su ropa como si no le importara que le cayera una mancha; tiene un gran armario. Se casó con un hombre que se hizo rico. Rosita, en cambio, vive sola, es administrativa, se plantea 14 veces cualquier compra y se siente avergonzada de su pobreza digna. También tiene miedo a que una crisis la deje sin trabajo y pueda perder esa dignidad cercana a la raya de abajo. Muchas noches, ese miedo le quita el sueño.

El miedo también avergüenza. A veces es difícil distinguir entre un sentimiento y el otro. Pero en esos momentos, la mayor vergüenza se la produce Marta, presentándose ante ella como una igual. Está segura de que fue al mercadillo a comprarse ese traje vaquero para la cita con ella y que no se lo volverá a poner. También siente vergüenza por cómo habla de sus trabajos temporales, de proyectos de relaciones públicas que le dan los amigos de su marido desde que este se relacionó con la política. No soporta que hable con ella como entre trabajadoras, cuando con tres proyectos, que no le quitan más de cuatro meses, gana lo mismo que ella y, además, lo usa para sus gastos. A Rosita le avergüenza la falta de vergüenza de Marta, por ser como es. A veces, en lo más profundo, a Marta le asalta la sensación de que una amiga como Rosita es una vergüenza para ella. Cuando esta le pidió que no la invitara más a sus fiestas, porque se sentía fuera de sitio, no la insistió. Era una manera de reconocer que su amiga de toda la vida estaba fuera de sitio en su vida.

¿Por qué se siguen viendo, aunque cada vez más de tarde en tarde? ¿Por qué no aceptaron el abismo de la distancia que las separa? ¿Por qué están ahí, hablando en una cafetería, animadamente? Quizás porque las une algo más fuerte de lo que sospechan. Amigas de la misma edad, que vivían en el mismo portal, compartieron el descubrimiento de la vida: las primeras menstruaciones, la contemplación mutua del sexo, los primeros chicos y sus sensaciones, la escalada de las relaciones sexuales. Lo compartían todo y es todo fue lo más emocionante en la vida de cada una. Marta tiene de todo, pero ha sido abandonada emocionalmente por su marido. Rosita, ni siquiera tiene eso. Solo tienen un pasado, aunque ahora sea socialmente inconveniente. No hay nada más que les haga latir el corazón.

Podríamos rastrear esa vergüenza íntima, o la falta de vergüenza de los que tienen medios de vida y los consideran algo caído del cielo, que les corresponde, en cada uno que vemos durante un paseo.


—Somos una mierda pinchada en un palo —le dije la otra noche a un amigo.

—Y siempre hay alguien que preferiría nuestra muerte para pelearse por las astillas —me contestó.


II. Entrada de Jesús Miramón

Zarzas y enredaderas


Las noticias sobre la crisis económica en Irlanda, una de las últimas víctimas del robo del siglo, me hacen recordar la amabilidad de sus habitantes, la belleza de Connemara, el olor de sus playas invadidas por las algas, las casas abandonadas cubiertas de zarzas y enredaderas.

¿No parece una coincidencia con mi relato? Pero hay más, porque las palabras "robo del siglo" son un enlace que lleva a una entrada de Escolar que dice lo que a mí me gustaría haber sabido decir, sobre esa Irlanda tan querida por los neoliberales, el modelo de Rajoy a copiar en España. Y va y se desmorona antes que nosotros.


III. Escolar

El robo del Siglo

Dice el economista Paul Krugman que “los avances de la teoría económica en los últimos 30 años fueron, en el mejor de los casos, inútiles; y en el peor, muy dañinos”. Hay una tercera opción, aún más dramática: que el daño no fue inocente; que esas grandes aportaciones de la doctrina neoliberal a la crisis actual fueron parte de una gigantesca estafa: un timo que funcionó y que quedará impune. Era un castillo en el aire, pero no todo el dinero se evaporó. Hubo muchos que ganaron: los mismos que financian y dan voz a algunos de esos economistas que incluso hoy justifican estos desmanes.


La última evidencia del robo del siglo emerge ahora en Irlanda. La niña bonita de los neoliberales, el país que las agencias de calificación ponían como modelo, está a punto de irse a pique. El Estado asumió la inmensa deuda de los bancos privados y evitó una bancarrota financiera, pero a cambio obtuvo la quiebra nacional: es todo el país, y no sólo los bancos, quien está en riesgo. No está claro siquiera cuál era la peor alternativa, pero el resultado final es que cada irlandés debe hoy unos 60.000 euros de aquella fiesta, a la que no fueron invitados; cada céntimo que paguen en sus impuestos durante años servirá para cubrir las apuestas de esos inversores privados. ¿De qué ha servido la austeridad en las cuentas públicas que exigían los economistas liberales si se permitía a la banca irlandesa asumir unos riesgos que han dejado un agujero del 170% del PIB?

Aunque el escándalo mayúsculo es que después no pase nada. Y no sólo nos jugamos la economía. El mayor peligro para nuestra democracia ya no es el golpismo o el terrorismo: es el sistema financiero. ¿Cómo podrían los políticos justificar un nuevo rescate si no se toman las medidas para que algo así no vuelva a suceder jamás?



Pero ya que hablamos de neoliberales, sus posturas de todo para que funcione el negocio en beneficio de muy pocos se ve claramente en su desvergüenza con el cambio climático. Ahí podemos saber lo que se puede esperar de ellos. Negacionistas hasta hace semanas, ahora el Jefe español. que estuvo a punto de presidir una cumbre negacionista hace año y medio en Nueva Yotk (se lo prohibieron en Génova), resulta que ahora pasa aceptar ese cambio, sin la menor excusa por su posición anterior, pero desde la perspectiva del negocio. Este artículo de Louis Lasalle para Globalízate, lo explica muy bien.


IV. Globalízate

La nueva postura de José María Aznar frente al cambio climático: una nueva estrategia del negacionismo de siempre



Louis Lasalle para Globalízate (15/11/10)

Detrás del nuevo instituto sobre cambio climático del que José María Aznar es asesor se esconde una nueva estrategia, financiada por los negacionistas de siempre, para abrir nuevas oportunidades de negocio sin renunciar a lo anterior.
José María Aznar, ex presidente de España, promotor de la guerra de Irak, miembro de holdings financieros agresivos y divulgador de las ideas ultraconservadoras más antisistema, era también conocido por su abierta adhesión a los posicionamientos más radicales del negacionismo del cambio climático. Sin embargo, hace pocos días nos sorprendió a todos al ser fichado como presidente del consejo asesor de una organización centrada en el cambio climático. Inicialmente nos asaltaron muchas preguntas ¿Habrá cambiado su manera de pensar ante la avalancha de evidencias científicas que se acumulan día a día? ¿Cómo una persona formada en letras y con profundas y demostradas lagunas en ciencia puede presidir un consejo asesor sobre cambio climático? ¿Hay gato encerrado? Las crípticas explicaciones que Aznar nos facilita desde la web de la organización nos han dejado aún más confusos




Desde Globalízate hemos preferido ser cautos e investigar un poco antes de posicionarnos precipitadamente. Tras un periodo de investigación y reflexión hemos sacado las conclusiones que presentamos a continuación.

José María Aznar ha estrenado su puesto de presidente del consejo asesor de una asociación sin ánimo de lucro recientemente creada llamada The Global Adaptation Institute (GAI) (http://www.globaladaptationinstitute.org/). ¿Quiénes son y cuáles son sus objetivos? Esta asociación está formada por reconocidos miembros de la esfera conservadora como son Juan José Daboud (Director de GAI, antiguo miembro del Banco Mundial, y ex ministro de economía de El Salvador), Paul Wolfowitz (ex presidente del Banco Mundial y promotor de la guerra de Irak), Jorge Quiroga (ex presidente conservador de Bolivia y ex alto cargo del Banco Mundial), Ana Palacio (ex ministra española, promotora de la guerra de Irak en la ONU y ex miembro del Banco Mundial), además, varios representantes de la empresa privada, de think tanks conservadores y algún científico especializado fundamentalmente en el estudio de los recursos naturales y su relación con la economía. ¿Quién lo paga? GAI ha abierto sus puertas recibiendo una generosa donación (10 millones de dólares) de NGP Energy Capital Management (http://www.ngpenergycapital.com/) una franquicia de inversión energética con una gran participación del sector de los combustibles fósiles.

Sus objetivos son muy claros: abordar el problema del cambio climático exclusivamente desde la perspectiva de la adaptación. Para comprender un poco mejor esta perspectiva vayamos al IPCC. El IPCC se divide en tres Grupos de Trabajo: GT I La base científica, GT II Impactos, Adaptación y Vulnerabilidad, GT III Mitigación del cambio climático. El GT I se dedica a recopilar información y redactar informes sobre todas las evidencias científicas, procesos, causas y predicciones de este fenómeno. El GT II estudia la magnitud de los impactos y plantea posibles formas de adaptación ante todos los posibles cambios previstos en los distintos escenarios planteados. El GT III se centra en estudiar y proponer medidas que permitan reducir la emisión de gases de efecto invernadero. Las tres aproximaciones son totalmente necesarias, hay que profundizar en el conocimiento de este fenómeno a escala global, perfeccionar los modelos predictivos y los posibles escenarios, necesitamos estudiar cuán grandes serán los impactos, cuán vulnerables son las distintas regiones del planeta a estos cambios y cómo podremos adaptarnos a ellos de producirse. Y por supuesto y con urgencia necesitamos saber cómo podemos mitigar los cambios y evitar en la medida de lo posible que se produzcan, minimizando así la necesidad de una adaptación.

Entonces nos preguntamos, ¿por qué The Global Adaptation Institute ha decidido que solo es importante la adaptación? Observando quiénes conforman este instituto, quién lo financia y cuáles son sus objetivos, concluimos que la respuesta es la de siempre: el dinero. Si apareciese una asociación que tratase de abordar el problema del cáncer desde una perspectiva global pero que no considerase importante ni el estudio de sus causas, ni su prevención sino tan solo el desarrollo de nuevos tratamientos de quimioterapia, sospecharíamos inmediatamente que hay intereses farmacéuticos detrás. Algo parecido ocurre con el GAI. Detrás del negacionismo tradicional está el interés de las multinacionales petroleras que ven amenazados sus beneficios con un cambio en el modelo energético. A esta corriente se ha sumado con alegría toda la esfera neocon ya que en el fondo las causas cambio climático ponen de manifiesto un cuestionamiento el modelo tradicional de crecimiento económico-financiero perpetuo, negando la evidencia de que no se puede crecer hasta el infinito en un planeta finito. Sin embargo, los defensores del sistema financiero liberalizado se han dado cuenta de que también detrás del cambio climático puede haber serias oportunidades de negocio y sería inadmisible dejar pasar esta oportunidad.

Es cierto que las campañas negacionistas están cosechando muchos éxitos y sirva como dato que en EE. UU. cada vez hay más escépticos. Solo el 38% de los votantes republicanos confía en las evidencias científicas sobre el cambio climático y si nos centramos en los simpatizantes del Tea Party se reduce a poco más del 20%. Estas campañas pretenden salvaguardar los intereses comerciales de una serie de poderosas multinacionales. Sin embargo, ¿no sería posible desarrollar un nuevo discurso que sin afectar a las empresas energéticas ni a los paradigmas del neoliberalismo permita conquistar nuevos mercados y negocios emergentes? La respuesta es clara: la adaptación. Por un lado son conscientes de que las evidencias científicas son tan apabullantes que va a haber movimiento político y solcial por mucha campaña negacionista que se financie. Por otro lado, si olvidamos el estudio de la ciencia del clima y también cualquier intento de mitigar el problema podremos obtener un pedazo de pastel de ambas tartas: por un lado, el modelo energético y de crecimiento no se tocará y por el otro abriremos nuevas y abundantes oportunidades financieras en la adaptación. Resumiendo, cambiar un poco para que todo siga igual y además ganar influencia en un sector prometedor.

Desde Globalízate consideramos que abandonar la lucha por la mitigación es una renuncia inadmisible y de consecuencias desastrosas. Por todos los motivos relatados aquí, somos profundamente críticos y escépticos con los intereses y objetivos de The Global Adaptation Institute. Es indudable que la estrategia es inteligente y probablemente durante mucho tiempo veremos campañas negacionistas y de “solo-adaptación” simultáneamente y probablemente financiadas con los mismos fondos. También tenemos que estar alerta y si alguien nos habla de abordar el problema del cambio climático tan solo desde la adaptación, probablemente se trate de un neo-negacionista.

¿Nadie hace nada?, se preguntaba Jesús. La Rosita del relato ni siquiera se pregunta nada, solo teme y se avergüenza. Escolar y Louis Lasalle explican. Y yo no me pregunto. Afirmo con rotundidad que hago lo que puedo. Aunque sea algo tan pequeño como tener los ojos abiertos y traeros aquí estas cosas.