A Elena, que en el desayuno
me cuenta lo mejor de cada libro.
Bou abrió los ojos antes incluso de que se moviera ningún pájaro o animal del jardín, como los perros que van a la puerta de la casa cuando el dueño sale de las escaleras del metro. Presentía el clarear, su momento del día. Estiró una pierna hacia la derecha, rozando a Pec, quien seguía durmiendo acostado boca arriba sobre el embalaje de cartón de una nevera puesto sobre la hierba del jardín de una plaza.
—Amanece, Pec.
—Despiértame cuando sea verdad, Bou —contestó sin siquiera abrir los ojos, pues con ellos cerrados percibía la oscuridad.
Bou se estiró sobre el cartón y se puso en pie. La aparente molestia de haber pasado la noche boca arriba sobre esa superficie se convirtió al erguirse, como siempre, en una estimulación de la columna que convertía en una fiesta todos sus sentidos. El vino de la noche estaba ya en la vejiga, que vació contra un árbol. Después se acercó a una fuente; era importante que los jardines donde dormían la tuvieran. Se quitó la camisa, metió la cabeza bajo el grifo abierto y se lavó bien todo lo que estaba por encima de los pantalones. Se descalzó y se lavó los pies. Regresó a por el cartón, lo plegó y lo dejó apoyado junto a una papelera. Aseado, se sentó en un banco, muy cerca de donde dormía su amigo, fumó dos cigarrillos, plácidamente, y le despertó. Con 30 minutos de diferencia, Pec repitió una a una las acciones de Bou. Como las olas, iguales una a otra en intervalos de nueve. Se sentó en el banco y Bou le acompañó en su primer cigarrillo. En silencio, como recogidos cada uno en sí mismo, vieron el amanecer convertirse en día. Cuando la luz fue incontestable, se levantaron, desayunaron lo que les quedaba del día anterior; dos huevos crudos y manzana y media cada uno.
—¿Cómo andas de libros? —preguntó Pec.
—Tengo para dos o tres días, y ¿tú?
—También. ¿Hacemos día libre o vamos a un centro anglicano por ropa?
—Voto por una bolsa de ropa, así vamos al bar de Andrés a dejarla y lo vemos.
En su actual vida organizada, además de mendigar un tomate o una pieza de fruta a la entrada de un mercado, con lo que conseguían comida abundante y sana, y más dinero del que habrían recibido pidiéndolo directamente, que es el peor de los métodos, cada cierto tiempo iban a por ropa alguna institución benéfico-religiosa. La dejaban en el bar de Andrés, en el Pueblo de Vallecas, antiguo amigo de Bou que les había cedido una esquina del almacén para que la dejaran. Metían en las mochilas para una semana, porque en cuanto algo se ensuciaba se cambiaban y lo tiraban, para ir siempre aseados, y comían algo de proteínas con unos vasos de vino. Insistían en pagar, pero Andrés les engañaba y les cobraba de menos.
—¿Qué te parece la moda de este año? —dijo Pec señalando a una jovencita con pequeños pantalones cortos.
—Lo nuestro sí es moda, un compendio de la de los últimos veinte años: somos como un desfile histórico deambulando por la calle. ¿No crees que todo lo que nos dan, aunque un poco apagado por los lavados, estuvo de moda rabiosa en algún momento de ese tiempo? Pues los pantaloncitos de la niña, igual.
—Pero está mona, ¿no?
—¿Y qué año no lo han estado, Pec? Las jovencitas y jovencitos están en la fase biológica en la que genéticamente florecen para atraer. Se pongan lo que se pongan.
—Pero ¿te gustan esas piernas largas y delgadas bajo los pantaloncitos o no, Bou?
—Claro, han sido creadas para eso. Las piernas jóvenes. Los pantaloncitos solo hacen que enseñarlas. ¿Pero sabes lo que pienso? Que solo hay tres modas de verdad para las tres fases de la vida: tres características que son las que atraen o pueden atraer. Cuando eres joven, la sonrisa: no hay quien se resista a ella. Al madurar un poco, la mirada, cargada ya de sentido. Y después, cuando todo está perdido, algunos consiguen la elegancia, que puede permitir el reconocimiento de dos seres ya invisibles.
—Bou, no estarás mezclando la elegancia con la presencia física, ¿no?
—A veces sí. No tiene que ver con la ropa, sino con una estructura, un aura. Por eso hay viejas y viejos que atraen, porque transmiten una perfección rara.
—No creo, Bou, la elegancia es moral. Es un acrisolado. En el libro que estoy leyendo, el de Bellow, hay una historia que viene al caso. Un profesor americano, gay y algo entrado en años, publica por presión de un amigo un libro, que le hace famoso y rico. Los derechos del libro, conferencias del circuito de elite, todo eso. Un año después, en agradecimiento invita a su amigo a París, a un gran hotel. Una mañana le dice que se quiere comprar una chaqueta especial y van a una tienda carísima. La chaqueta es un sueño. Se la pone por la noche y el amigo se lo dice, que está espléndido. Van a un restaurante de lujo y durante el café, por un temblor de manos, se mancha la chaqueta echándola a perder. Pero no le da importancia. Eso es la elegancia, Bou.
—Que no es la moda.
—Exacto. La moda, hoy, está al alcance de cualquiera.
—Me recuerda lo que te conté que decía Lipovetsky en El imperio de lo efímero.
—Déjate de ese, que en sus últimas opiniones no dio ni una.
Y así siguieron. Recorriendo Madrid de punta a punta, leyendo horas en los parques o en albergues de día si llovía. Hablando de libros. Bou solo leía ensayo filosófico y social; Pec, literatura. Por las noches, cuando se permitían beber, hablaban de lo que habían leído hasta quedarse borrachos y dormidos. Así fue su vida desde que se conocieron en Salamanca, los dos mendigando y descompuestos. La primera noche se contaron la vida y resultó que había sido igual. Una posición cómoda y una boda. La incapacidad de responder a las expectativas de éxito que tenía la mujer de cada uno. La culpa de sentir que no triunfar era fracasar. El alcohol para matar la culpa. El divorcio en el que concedieron más de lo que debían. La ansiedad de estar solos y el alcoholismo. La pérdida del trabajo y de lo que tenían hasta aparecer una noche en la calle con una bolsa.
Pero al encontrarse, tan iguales, dejaron de sentirse solos, perdieron la ansiedad y hasta pudieron retrasar el alcohol, ahora vino barato, hasta el momento del anochecer. Organizaron una vida perfecta al gusto de los dos. De haberse conocido mucho antes. Lo que importa más, de haber sido capaces de reconocer cómo eran, lo poco que necesitaban para vivir tranquilos, podrían haber sido una pareja de amigos compartiendo vida y aficiones.
Podrían haber sido lo que querían. Tan absolutamente inútiles, desastrosos y felices como Bouvard y Pécuchet: sus héroes.

