jueves, 30 de julio de 2009

El tema era "la moda"

[Ha sido por esto que no he visitado vuestros blogs. Lunes, martes y miércoles dediqué a escribirlo el rato que tenía entre que llegaba a casa y me quedaba alelado].




Dos almas sencillas


A Elena, que en el desayuno
me cuenta lo mejor de cada libro.


Bou abrió los ojos antes incluso de que se moviera ningún pájaro o animal del jardín, como los perros que van a la puerta de la casa cuando el dueño sale de las escaleras del metro. Presentía el clarear, su momento del día. Estiró una pierna hacia la derecha, rozando a Pec, quien seguía durmiendo acostado boca arriba sobre el embalaje de cartón de una nevera puesto sobre la hierba del jardín de una plaza.
—Amanece, Pec.
—Despiértame cuando sea verdad, Bou —contestó sin siquiera abrir los ojos, pues con ellos cerrados percibía la oscuridad.
Bou se estiró sobre el cartón y se puso en pie. La aparente molestia de haber pasado la noche boca arriba sobre esa superficie se convirtió al erguirse, como siempre, en una estimulación de la columna que convertía en una fiesta todos sus sentidos. El vino de la noche estaba ya en la vejiga, que vació contra un árbol. Después se acercó a una fuente; era importante que los jardines donde dormían la tuvieran. Se quitó la camisa, metió la cabeza bajo el grifo abierto y se lavó bien todo lo que estaba por encima de los pantalones. Se descalzó y se lavó los pies. Regresó a por el cartón, lo plegó y lo dejó apoyado junto a una papelera. Aseado, se sentó en un banco, muy cerca de donde dormía su amigo, fumó dos cigarrillos, plácidamente, y le despertó. Con 30 minutos de diferencia, Pec repitió una a una las acciones de Bou. Como las olas, iguales una a otra en intervalos de nueve. Se sentó en el banco y Bou le acompañó en su primer cigarrillo. En silencio, como recogidos cada uno en sí mismo, vieron el amanecer convertirse en día. Cuando la luz fue incontestable, se levantaron, desayunaron lo que les quedaba del día anterior; dos huevos crudos y manzana y media cada uno.

—¿Cómo andas de libros? —preguntó Pec.
—Tengo para dos o tres días, y ¿tú?
—También. ¿Hacemos día libre o vamos a un centro anglicano por ropa?
—Voto por una bolsa de ropa, así vamos al bar de Andrés a dejarla y lo vemos.
En su actual vida organizada, además de mendigar un tomate o una pieza de fruta a la entrada de un mercado, con lo que conseguían comida abundante y sana, y más dinero del que habrían recibido pidiéndolo directamente, que es el peor de los métodos, cada cierto tiempo iban a por ropa alguna institución benéfico-religiosa. La dejaban en el bar de Andrés, en el Pueblo de Vallecas, antiguo amigo de Bou que les había cedido una esquina del almacén para que la dejaran. Metían en las mochilas para una semana, porque en cuanto algo se ensuciaba se cambiaban y lo tiraban, para ir siempre aseados, y comían algo de proteínas con unos vasos de vino. Insistían en pagar, pero Andrés les engañaba y les cobraba de menos.
—¿Qué te parece la moda de este año? —dijo Pec señalando a una jovencita con pequeños pantalones cortos.
—Lo nuestro sí es moda, un compendio de la de los últimos veinte años: somos como un desfile histórico deambulando por la calle. ¿No crees que todo lo que nos dan, aunque un poco apagado por los lavados, estuvo de moda rabiosa en algún momento de ese tiempo? Pues los pantaloncitos de la niña, igual.
—Pero está mona, ¿no?
—¿Y qué año no lo han estado, Pec? Las jovencitas y jovencitos están en la fase biológica en la que genéticamente florecen para atraer. Se pongan lo que se pongan.
—Pero ¿te gustan esas piernas largas y delgadas bajo los pantaloncitos o no, Bou?
—Claro, han sido creadas para eso. Las piernas jóvenes. Los pantaloncitos solo hacen que enseñarlas. ¿Pero sabes lo que pienso? Que solo hay tres modas de verdad para las tres fases de la vida: tres características que son las que atraen o pueden atraer. Cuando eres joven, la sonrisa: no hay quien se resista a ella. Al madurar un poco, la mirada, cargada ya de sentido. Y después, cuando todo está perdido, algunos consiguen la elegancia, que puede permitir el reconocimiento de dos seres ya invisibles.
—Bou, no estarás mezclando la elegancia con la presencia física, ¿no?
—A veces sí. No tiene que ver con la ropa, sino con una estructura, un aura. Por eso hay viejas y viejos que atraen, porque transmiten una perfección rara.
—No creo, Bou, la elegancia es moral. Es un acrisolado. En el libro que estoy leyendo, el de Bellow, hay una historia que viene al caso. Un profesor americano, gay y algo entrado en años, publica por presión de un amigo un libro, que le hace famoso y rico. Los derechos del libro, conferencias del circuito de elite, todo eso. Un año después, en agradecimiento invita a su amigo a París, a un gran hotel. Una mañana le dice que se quiere comprar una chaqueta especial y van a una tienda carísima. La chaqueta es un sueño. Se la pone por la noche y el amigo se lo dice, que está espléndido. Van a un restaurante de lujo y durante el café, por un temblor de manos, se mancha la chaqueta echándola a perder. Pero no le da importancia. Eso es la elegancia, Bou.
—Que no es la moda.
—Exacto. La moda, hoy, está al alcance de cualquiera.
—Me recuerda lo que te conté que decía Lipovetsky en El imperio de lo efímero.
—Déjate de ese, que en sus últimas opiniones no dio ni una.

Y así siguieron. Recorriendo Madrid de punta a punta, leyendo horas en los parques o en albergues de día si llovía. Hablando de libros. Bou solo leía ensayo filosófico y social; Pec, literatura. Por las noches, cuando se permitían beber, hablaban de lo que habían leído hasta quedarse borrachos y dormidos. Así fue su vida desde que se conocieron en Salamanca, los dos mendigando y descompuestos. La primera noche se contaron la vida y resultó que había sido igual. Una posición cómoda y una boda. La incapacidad de responder a las expectativas de éxito que tenía la mujer de cada uno. La culpa de sentir que no triunfar era fracasar. El alcohol para matar la culpa. El divorcio en el que concedieron más de lo que debían. La ansiedad de estar solos y el alcoholismo. La pérdida del trabajo y de lo que tenían hasta aparecer una noche en la calle con una bolsa.
Pero al encontrarse, tan iguales, dejaron de sentirse solos, perdieron la ansiedad y hasta pudieron retrasar el alcohol, ahora vino barato, hasta el momento del anochecer. Organizaron una vida perfecta al gusto de los dos. De haberse conocido mucho antes. Lo que importa más, de haber sido capaces de reconocer cómo eran, lo poco que necesitaban para vivir tranquilos, podrían haber sido una pareja de amigos compartiendo vida y aficiones.
Podrían haber sido lo que querían. Tan absolutamente inútiles, desastrosos y felices como Bouvard y Pécuchet: sus héroes.

viernes, 24 de julio de 2009

Parvulario de verano 2. Los blogos

Después de retrasar varios días una entrada que tenía pensada, escrita de cabeza, he cerrado el ordenador nada más poner el título y me he ido a los bares. Allí, en la barra de un bar donde nadie me conoce (ha sido al tercer intento), me he pedido otro whisky con hielo y he podido repensar lo que quería. Dada la finalidad educativa de estos escritos, he de decir que la entrada rasposa del chupito de las marcas rojas, de un solo trago, es magnífica en todas las estaciones del año salvo el verano, cuando la naturaleza te pide uno entero con hielo, en un vaso ancho, a ser posible el que profesionalmente se llama old-fashion (si me estoy pasando de pedagogo me cortáis, ¿vale?).

Los hielos tintinean al moverlo, alegrándote el corazón. Miras el vaso y notas que él te mira a ti, pero no es el abismo nietzshiano, sino la alegría, la que establece la relación. Así, tan contento y solo, pienso en lo que quería pensar: en los blogos. Sé, ya sé, que esto de Infernet, como lo llama mi amiga y comprada Aroa, es muy grande y hay de todo. Debe haber de todo. Niñas cursis donde escriben lo que sus mamás anotaban en cuadernos forrados de rosa. Buscones y busconas de un polvo (dicho sea sin el menor intento de atacar, porque cada uno se lo busca como puede). Infinitud de miserias y carencias humanas. Y también, ¡ay!, magnificencias que me pierdo.

No es esa mi blogosfera. ¡Qué va! Empecé con un grupo de amigos, casi todos dados a la literatura y fui ampliando el campo por casualidad, por comentarios inteligentes que me llevaban a la casa matriz y me la iba apropiando. Ahora tengo mi lista de favoritos abierta, a la derecha de mi blog, pero también la oculta, pues me cuesta ampliar la otra.

Y frente al whisky con hielo en un vaso de sidra de cristal falso, ¡mierda!, he recordado, como me prometí, la penúltima entrada a día de hoy de mi amiga Bárbara: porque he hecho amigas y amigos entrañables hasta debajo de las blogo-piedras. La entrada se llama “Reflejos” y su blog es ESTE. Cada vez escribe mejor, como nos pasa a todos, pero ha llegado a un estilo seco y emocionante que corta. Empieza así:

«Vale. Lo confieso. Últimamente no escribo en el blog con la misma alegría, no siento la necesidad morder mi lengua, la idea ya no golpea el interruptor de la luz de un manotazo impulsivo, el ansia no aguijonea las yemas de mis dedos, obligándolas a martillear con fuerza las teclas.
No. Más bien sucede que, en mi turno habitual, le cambio el gotero al de la trescientos dos con la displicencia de una enfermera sin vocación. El de dame una tregua lleva ya dos días con la misma bolsita del pis. Pues que se hubiera buscado otro nombre…». Y pienso, claro, en el primer subtema:

a) La fatiga del blogo


Que haya tardado tanto en escribir esto está relacionado con lo que se cuenta en esos dos párrafos. Nos pasa a todos. Incluso he presenciado la desaparición de blogs queridos (pienso en Nunuaria, en Paralelo 49, Ya es un blog, Rebeca, el casi desmantelamiento de Sindrogámico...) e insustituibles. Porque yo me meto en la blogoesfera a aprender del ser humano y a tender puentes. Cuando me los cortan del otro lado o los convierten en levadizos, ahora lo bajo o ahora lo subo, noto que me han cortado un pedacito de mí.

Pero lo cierto es que tendemos a cansarnos: todos. A dudar de lo que estamos haciendo. Los porqué, para qué, cómo, cuándo. Toda esa mierda que nos hace temer que nos estemos mirando el ombligo y nos lleva a abandonar las acciones para, ahora sí de verdad, quedarnos inactivos mirándonos el ombligo y los dedos de los pies.

Hay también causas“razonables”; como la mía, je, jé: he ampliado tanto el campo que por falta de tiempo me cuesta seguir a los que quiero seguir. Y luego, razón real, el prudente abandono del puesto de trabajo como avanzadilla de la lectura y el comentario de “mis” blogs. Contra eso no se puede decir nada: baja el tiempo dedicado. Personalmente, el jersey deja de “dar de sí” y empieza a quedarnos ridículo, con la panzota oprimida y esos brazos que no deberían seguir creciendo pero crecen (o la lana se apelotona y mengua). Pero dudamos y nos dejamos afectar por ese ataque implacable que suelen lanzarnos algunos, que es el segundo subtema:


El exhibicionismo de los blogos


Hasta llegamos a creérnoslo, nos da miedo y nos cortamos. Pues bien: en todos los blogs “míos”, o sea en los vuestros, encuentro un puntito de aprecio de uno mismo. ¿Qué se podía esperar? Pero no hay una exhibición de “pero qué chulo/chula soy”. Habrá de esos, pero no me he enganchado a ninguno.

Somos personas que comunicamos bastante lo que somos, muchas veces aventando los fallos. O comunicamos nuestra literatura, que es parecido a empelotarse. ¡¿Y qué?! Por eso nos conocemos y queremos. Los elogios, a veces excesivos, suelen venir en los comentarios. ¿Qué tiene de extraño? Hablando de mi experiencia, por cada uno que frecuento hay 20 que he conocido y rechazado. ¿Cómo no voy a adorar a aquellos que he elegido? Cuando comento, lo hago llevado por el cariño pero también por el entusiasmo fundamentado: es como releer a tus autores favoritos, pero en unas dosis tan pequeñas que no te cansas.

Cada uno es como es, pero se encuentran los que tienen que encontrarse. Apuesto a que, en mayor o menor grado, sois como yo: desde hace mucho tiempo mi acción favorita ha sido la conversación con amigos, contarles cómo eres, lo que te pasa, discutirlo. Y a cambio, hacer de voyeur y que me contaran, tratar de llegar a las fibras más interiores que pudiera. Era así y serlo me ha hecho más así todavía. ¿No es esto lo que hacemos en los blogs? Entonces, ¿qué tontería es esa del exhibicionismo y el voyeurismo? Nuestra naturaleza es la comunicación, lo que me lleva al tercer subtema:


La amistad de los blogos


Y me refiero a una amistad real, a abrazos virtuales que a veces se han hecho realidad. De la blogosfera procede la mayor parte de mis amigos. Amigos reales. Cuando les pasa algo me inquieto y les escribo, y cuando me notan “bajo” hacen lo mismo. Los encuentros físicos han sido todos felicísimos, sin excepción. Me siento acompañado y sé que os pasa lo mismo a vosotros. Es una verdadera bendición. A lo que se une una mejora real y constatable de nuestra escritura. ¿Qué da más?


Conclusión


No puede ser otra que aceptar los cansancios cuando se producen. Bajar el ritmo o desaparecer un tiempito para coger fuerzas. Pasa lo mismo con los amigos reales (y con los escritos reales que hacemos fuera del blog). A veces tendemos a la soledad y la introspección. Pero la clave de tantas cosas buenas se resume en una palabra: persistencia.

domingo, 19 de julio de 2009

Parvulario de verano 1. Presentación

He de reconocer que siempre he sentido una atracción fatal y envidiosa por las Universidades de verano, aunque no haya podido asistir a ellas. Cuando ponían publicidad de los cursos, me la leía de principio a fin. Toda una serie de profesores que se centraban en un tema interesante, cercano al currículo que daban en sus clases; o una ampliación de lo que en las clases quedaba recortado por el tiempo. Me ha atraído esa divulgación de lo que no cabía debidamente en los estudios oficiales. Esos amores secretos de los que saben.

Pero lo que empezó así, y se mantiene en muchos casos, ha tenido una devaluación al convertir la ciencia en propaganda atendida por los medios. Hasta la FAlangeESpañola de Aznar tiene su Universidad de verano. Y los medios ya no se refieren a un ciclo sobre las emisiones de gases de efecto invernadero o la relación entre los poetas místicos españoles y el sufismo. Se refieren a lo que ha dicho en la suya tal portavoz oficioso del PP o del PSOE o cualquier otro partido. ¡Ahora que con el verano pensábamos que nos habríamos librado de ellos re-escuchamos (leemos) las mismas cantinelas! En consecuencia, les he perdido el respeto. No a las de los científicos y sabios, cada vez más recoletas y alejadas; a veces, también más comerciales. Sino a las otras. Y por tanto, un poquitín al conjunto.

Por eso me atrevo a abrir la mía, aquí en el blog. Y sabiendo de mis merecimientos y nivel, creo que llamarla Parvulario es lo correcto. Un sitio fresquito, que a veces resultará tan pesado como yo, pero no es obligatorio leerlo, en donde poder escribir sobre lo que me dé la gana y cuantas veces quiera. Sin preocuparme del sentido o validez de las entradas. Es el momento ideal, porque casi todos los que pasáis por aquí estáis haciendo las maletas para perderos por ahí, lejos de Internet, y es como estar en la cocina, después de una comida con muchos amigos, que se han quedado medio adormilados en el salón y la terraza, hablando con uno o dos de ellos, en voz baja, de cosas intrascendentes o imprescindibles, delante de una taza tras otra de café.

jueves, 16 de julio de 2009

El tema era "gastronomía"

Miedo razonable

En cuanto se encontraron se comieron con los ojos y fue tal el resplandor que quedaron ciegos. Han decidido no tocarse por miedo a perder las manos, ahora que tanto las necesitan.

martes, 7 de julio de 2009

Camarote 503

Nano, Grumete de Segunda de la Marinería de Asalto
En su nombre y en el de la tripulación del Bremen
os invita el sábado día 11 de julio
a celebrar en cubierta año y medio del taller El Bremen
presentando un libro de relatos la mar de buenos de sus marineros más veteranos.
Será a las 20.00 en el
Ladrón de Tinta
(calle Noviciado, 2)
Lo que suceda después dependerá de los vientos


miércoles, 1 de julio de 2009

El tema era: Viaje

Apaga la luz y luego apaga su luz
Otelo
Shakespeare



Y encendieron las luces de la casa




Organizar ese retraso no debe ser fácil, pero cuando el período se cumple no hay una segunda oportunidad. Dijo que no se moriría sin tener un nieto varón en los brazos. Ganó 28 años, pero lo tuvo, disfrutó de él un verano antiguo, de dos meses en la playa, y en el otoño empezaron las incomodidades.

Al mediodía de Nochebuena, la hermana llamó al hermano pequeño, que había ido por las fiestas a otra ciudad. No se puede hacer nada, tenemos que hablar. Mañana vuelvo y hablamos. No, ahora, para no pasar unos meses de fuertes dolores hay que medicarla, aunque viviría menos. ¿Hablaste con los hermanos? Cuatro somos demasiado para entendernos; decidimos tú y yo; luego se lo diremos. Por mí, pide las recetas. Ya las he pedido. Cómpralas en la farmacia. Ya las he comprado. Mañana al mediodía estoy ahí.


El hermano pequeño iba a casa de la hermana todas las mañanas, a las ocho y media o nueve. Quizá convenga hacerse una idea de una parte de la casa. Un recibidor da directamente al salón porque se habían quitado las puertas de comunicación. Y el salón da a un comedor. En una esquina de aquél un pasillo conduce a los dormitorios y los baños. Pero lo que importa es que una puerta a la derecha de ese pasillo, la primera, se abre a la antecocina. Después viene la cocina, que al fondo, a la izquierda, da a una terraza encristalada, mientras a la derecha está el pequeño recibidor de la puerta de servicio, desde el que se pasa a un pequeño cuarto soleado, entre el recibidor y la terraza, que le habían elegido para su tranquilidad.

El Primperán era ya una broma. Lo vomitaba todo, salvo alguna manzanilla bien azucarada con dos rodajitas de limón. Nada más llegar, el hermano le preparaba una, y un café para él. Entraba con la bandeja y tras el beso le preguntaba siempre si quería que avisara a los hermanos mayores, para que viniesen.
—Tienen sus cosas, su vida y trabajo. Es demasiado pronto.
Había ido perdiendo peso, pero parecía que la piel se le tensara. Cada día estaba más delgada, más joven, más como de dulce con su mirada de almendra. A todos los que iban entrando les contagiaba un ritmo pausado. Cuando el hermano salía a la terraza del salón a fumar un par de cigarrillos, tenía la sensación de arrastrar tras él una película demasiado expuesta a la luz, que lo iba amarilleando todo hasta quemarlo.


Una mañana, 18 días después, la hermana le dijo que había pedido que avisase a los hermanos para que vinieran enseguida. De aquella tarde, que los cuatro hermanos consideraban especial y memorable, en realidad ninguno recordaba nada. Solo una sensación de algo importante que les había quedado. La hermana comentó que más que una madre con sus hijos parecía una novia. El hermano pequeño recordaba que la había oído reír por primera vez en la vida, aunque muchas veces la recordara sonriendo. A las 8 le pusieron otra inyección. Dijo que estaba cansada y le molestaba la luz. Que quería quedarse sola. Se despidieron todos con un beso y fueron al salón. Poco después sonó el timbre que tenía a mano y al que acudió le dijo que la luz del recibidor era demasiado fuerte. La apagó. Un rato después, la luz de la cocina le resultaba insoportable y más tarde la de la antecocina y después la del pasillo. Apaga la luz y luego apaga la luz. Todos descansaban, en silencio o diciendo algo en susurros, en el salón y el comedor, con las lámparas imprescindibles. Hacia las dos de la madrugada, alguien que se acercó la notó demasiado quieta y avisó a los demás.


No respiraba ni tenía pulso. El hermano pequeño unió su pulgar derecho con el de la mano izquierda de ella; y su izquierdo con el derecho. Le habló de que estuviera tranquila, de que a lo mejor él tenía razón e iba a descansar en la nada, o que la tenía ella y vería pronto a su marido y sus padres. Le dijo que si notaba la oscuridad, se envolviera suavemente en ella porque tenía derecho al descanso, pero que si veía una luz, no se retasara en alcanzarla, que todos estaban bien y no tenía que preocuparse de ellos. En ese momento sonó el estertor y el cuerpo quedó en pausa infinita. El segundo de los hermanos comprobó con un espejo que no dejaba escapar aire. Sin perder tiempo, le cambiaron el camisón por un vestido que estaba preparado. Se dispersaron por la casa, sin ganas de hablar o mirarse.


Y encendieron las luces de la casa.