sábado, 28 de agosto de 2010

Qué hastío de estío: Esperpensamiento


De no haber sido por cómo he creado, mimado y desarrollado mi sinsustancialidad, mi sustancialidad no equilibrada me habría vuelto intolerable incluso el magnífico espectáculo sensorial del Mundo.

viernes, 20 de agosto de 2010

Qué hastío de estío: Diario del varano


Si entro en uno de vuestros blogs y encuentro algo tan largo, seguro que cierro y me busco un momento propicio para leerlo. La buena noticia es que el que no quiere puede no leerlo y que el que quiere hacerlo, pero sensatamente, lo puede hacer por fascículos. Pensaba ponerlo en partes, porque así lo escribí y tenía sentido. Pero al teclearlo lo he visto, ya en el pasado, como una unidad que es mejor no romper.

4 de agosto

Estaba sentado plácidamente mirando el mar, sosteniendo con descuido la caña de pescar, cuando lo que después supe que era un varano gigante, un dragón de Komodo, mordió el anzuelo. Sentí la dentellada y supe que yo mismo era también el cebo, además del pescador.

Desde entonces, y era el principio de mi adolescencia, me suele acompañar. Dijo que lo había salvado de morir ahogado y se dedicaba a mí por entero. Cuando me siento en paz con el mundo, desaparece una temporada diciendo que no tengo sangre en el cuerpo, que no soy un hombre de verdad.


5 de agosto

Tengo a Varano a dieta. Se alimenta de entrañas, entresijos, desinformaciones, interiores corrompidos, pero aquí no encuentra nada, porque no leo periódicos, ni veo la televisión ni tengo Internet. Me dedico a cerrar los ojos, abrirlos un instante y guardar en la memoria postales antiguas. Varano adelgaza, gimotea y se come mis pies, que me vuelven a crecer más fuertes. Si me quiere comer más arriba lo sujeto y lo miro directamente a los ojos. No lo soporta y huye a esconderse.


6 de agosto

La Anciana de la casa se ha encorvado mucho desde el año anterior y camina con bastón, aunque a velocidad suficiente para dejarla en la cocina estorbándote el acceso a la nevera y, al ir a la sala de leer, encontrarla en el quicio de la puerta estorbándote el paso. He tardado dos días en asegurarme de que solo es una. Suele quedarse como dormida en cualquier parte, hasta que entra en actividad y recorre veloz todos los espacios. Siempre va salmodiando para sí misma, narrando como en voz en off todo lo que hace y sus desventuras, como que ha bajado a tender a la huerta sin pinzas o que el agua está más fría de lo que le conviene.

Cuando habla directamente a Mujer, su hija, cambia la salmodia por las palabras que más molestas puedan resultar. Cuando se detiene junto a mí, cuenta historias del pueblo de nombres que no es posible que yo conozca, con rápidas y confusas genealogías, enredando las historias hasta terminarlas con un “todos han muerto”.

He aprendido a no prestar atención más que al tono de su salmodia. Desde entonces, me imagino que es la abadesa de un templo del Shinto que hubo donde está la casa y me uno, piadoso, a las intenciones de sus rezos.

Varano, al que pisa constantemente, regodeándose en el pisoteo, por lo que ambos hemos llegado a la conclusión de que ella también puede verlo, me pregunta: “¿Me la como?”. Se lo desaconsejo, diciéndole que si lo hiciera ni él ni yo podríamos andar tranquilos por la casa en la oscuridad de la noche. No puedo decirle, porque con estos bichos la sinceridad es una mala estrategia, que me caen bien todos los ancianos, incluidos los que mantienen la pelea contra el mundo, disfrazados de trasgos malintencionados.


7 de agosto

Estoy en la huerta, con el sillón de campo orientado hacia el este, que tiene la mejor vista de las montañas más altas. Varano está inquieto, molesto porque han segado la hierba como si fuera césped y no entran culebras ni ratoncillos de campo. Disfrutba mucho con el revuelo que producían, sobre todo si estaban las dos monjas viejas hermanas de Anciana.

Entre mi posición y la luz del sol temprano hay un alto cerezo ornamental. Las hojas son rosadas, luminosas, transparentes cuando el aire les da una inclinación especial. Como si estuvieran hechas de la seda más delicada. Cuando el sol se sitúa al sur, las hojas pierden la levedad y despiden una luz de vino claro. Con los continuos cambios de la larga tarde, el árbol entero pasa por el color de una sangre saludable, bermellón de ropa de teatro y, en la última media hora, dátil echado a perder, levemente rojizo.

Varano, le digo, fíjate que el árbol es el mismo, que lo que cambia es la orientación de la luz. ¿No te parece que nos pasa lo mismo, que somos iguales en todos los tiempos, pero reflejamos de distinto modo según nos dé la luz de la experiencia?

Varano abre las fauces y me lanza un aliente fétido. Es su manera de poner fin a las conversaciones que no le interesan. Quise vencerlo y dominarlo mediante el ayuno, pero el hedor que ha soltado me hace pensar que ha encontrado el modo de comistrajear corrupción cuando no lo veo.


8 de agosto

Voy a recoger a Hijo a la estación de tren de la ciudad. Es justo hacerlo, porque tenemos un cochecillo a medias que me había traído yo.

No estoy seguro de alegrarme, porque con él se acaba el silencio. No es la salmodia de Anciana. Él te interpela, exige tu atención, saca temas broncos de política, el estado de la investigación, el del mundo, el del deterioro. Viene cabreado porque pensaba tomarse vacaciones el viernes siguiente, pero en el edificio de su facultad quedan 4 gatos, sin cafetería ni aire acondicionado. “¿Es que el trabajo de la universidad es solo la docencia?”, dice.

En cambio, Varano disfruta mucho con esto. Se ha animado, anticipando días de mucha diversión; no sé si estaré a la altura de saber compartirla. Varano babea de gusto, ocupando todo el espacio de los asientos de atrás. Le digo que se desmaterialice, para poder usar el retrovisor central y hago como que me concentro en las curvas de la carretera de montaña. Tendré que acompañarlos a los bares y esforzarme por introducir un poco de silencio en su conversación acalorada.


9 de agosto

Ya sé cómo se alimenta Varano. Anciana solo sale para ir todas las tardes a misa de ocho. Al terminar, las beatas se quedan, como mínimo el tiempo de otra misa, en las escalinatas de la iglesia. Supongo que allí repiten la liturgia, pero orientada a sus propios intereses. Mientras en la católica escuchaban la Buena Nueva del Evangelio, en esa reunión de viejas geishas resabiadas y antiguas monjas del Shinto que añoran la facilidad con que en otros tiempos se derramaba la sangre, se transmiten las Malas Noticias y las Desviaciones del Código de los Tiempos.

Esa es la explicación de que, enterada de todos los pormenores sin otras salidas de la casa, Anciana reunió anoche a Mujer y a Hombre para comunicarles todos los incumplimientos del código que habían perpetrado.
A saber: habían rechazado el ofrecimiento del buen vecino que quiso ayudarles a subir al primer piso las maletas y bultos que traían. Lo que Mujer y Hombre habían tomado como una cortesía normal, que había que rechazar graciosamente, ofendió al vecino, que pensó que no lo habíamos considerado digno de tocar nuestras pertenencias.

A saber: no habíamos realizado las visitas protocolarias en el orden establecido. Así expresado, lo que la acusación revela es el peligro sinuoso de las celebrantas de la Segunda Misa. Por boca de Anciana, se referían a un desorden menor; porque la realidad era que no habíamos hecho ninguna visita. Que ni siquiera se hubieran atrevido a expresar el pecado entero revelaba claramente la enormidad de este, así como las desastrosas e inadvertidas consecuencia que el hecho nos podía acarrear.

En realidad, no nos habría costado hacer esas visitas, aunque fuera para asegurarnos la tranquilidad; pero seguro que no habríamos acertado en el orden. El problema era que ese acto nuestro, que se inscribiría en la columna del Haber del Libro de las Costumbres, abriría automáticamente una tarea en la columna del Debe de otros. Es decir, algún miembro de la casa del visitado o visitada debería corresponder haciéndonos una visita, normalmente cuando estuviéramos más tranquilos y a gusto. Precisamente eso era lo que no estábamos dispuestos a tolerar.

A esas leyes que se bifurcan en dos actos, cada uno de los cuales vuelve a bifurcarse hasta el infinito, creando tal enrevesamiento que solo las oficiantas de la Segunda Misa pueden entender y dominar, opusimos la elegancia de la sencillez y salimos a pasear cuando nos venía en gana, recta la espalda y erguida la cabeza, sonriendo a quien nos gustaba hacerlo.

Todo lo cual sirve para explicar la razón de que Varano no haya adelgazado e incluso esté más rollizo. Ha sido adoptado por el grupo de devotas, ante las que seguro que se vuelve visible, y le miman dándole de comer malediciencias. Es más, seguro que lo envían de mensajero, mandándolo a instilar pensamientos tóxicos en los del pueblo, que de ese modo están permanentemente cabreados; y de espía, aprovechando su natural invisibilidad, para conocer de inmediato hechos domésticos que, sin él, tardarían días en atar y desatar hilos para averiguarlos.
Hasta tengo la esperanza de que, entusiasmado con esta vida, Varano se quede aquí cuando yo vuelva a Madrid.


9 de agosto

Definitivamente, Varano no está con nosotros. Lo sé porque en los paseos lo perros no ladran para luego lloriquear y huir cuando nos acercamos. Damos dos paseos al día.

Por la mañana, muy temprano, Mujer se las arregla para despertarme. Tomo un café instantáneo para poder balbucear, salgo a tomar un café en un bar y al volver bajamos al río. Una pendiente fuerte de 1.800 metros y, al llegar al río, tomamos el camino en paralelo, 700 metros, de ligerísima pendiente hacia arriba, hasta unas rocas planas desde las que metemos los pies en el agua para ver cuánto aguantamos. Desde que hicieron la presa arriba ya no se baña nadie, se han muerto los peces, los bichos y la vegetación que el agua toca. Después, la bajada suave y la pendiente fuerte, ahora cuesta arriba. Al llegar a casa, compramos una hogaza de pan y desayunamos tomándolo tostado con mantequilla o con un buen aceite.

Al anochecer toca el paseo sentimental, hacia el pueblo exminero de arriba. El cielo va tomando tonos violeta. Al bajar, las curvas de la carretera de montaña muestran un paisaje distinto cada vez que tomamos una. La luz es totalmente violeta hasta que anochece y llegamos al pueblo. Algunos días hacemos una ronda de bares y vinos, volviendo exultantes; otros, preferimos no romper nuestro estado y nos encerramos en casa, como purificados.


10 de agosto

De alguna manera, Varano lo ha conseguido, anoche tuve que llevar a Mujer a Urgencias de un pueblo grande que está a 7 kilómetros, porque los dolores crecientes de espalda terminaron con un ataque algo histérico, que no es normal en ella, cuando vio que no podía darse la vuelta en la cama. Temía que fuese un cólico nefrítico o se hubiera dañado la espalda, porque el lunes siguiente se iba de viaje. Tenía que pasar. Sin que nadie se lo mandara, y sin ayuda, se había dedicado a arreglar armarios y todo lo arregable. Incluso se trajo a casa a un electricista, por no darle el nombre que se merece, a poner enchufes más cómodos para la nueva disposición y cables con bombillas donde hacía falta desde que construyeron la casa. Una simple contractura mecánica, que me sirvió para dormir los días restantes en otra habitación y pude dejar la ventana abierta, permitiendo la entrada del aire puro y frío y arrebujándome en el edredón que saqué del armario. Se han fastidiado los paseos al río, lo que produce un exceso de energía acumulada que no ayuda al entendimiento.

Durante el día, no han cesado la discusiones de dos en dos entre todos, menos conmigo. Varano vuelve a estar, aunque no deja que lo vea, porque los perros me ladran otra vez. Puedo imaginar sus risas. Me escabullo todo lo que puedo: soy el único que no ha tenido discusiones con ninguno de los otros tres. Podríamos llamarlo traición, pero prefiero considerarlo una sensata cobardía.


11 de agosto

Nada más despertar, cuando he vuelto del café de la calle, Mujer me dice: “La verdad es que es lógico. Somos cuatro adultos estresados y egoístas. Cada uno piensa que su situación es la peor y todos deberían cuidarle especialmente: nos sentimos ofendidos y saltamos a la primera”.

Tranquiliza mucho que alguien razone lo que pasa. No obstante, mentalmente doy las vacaciones como acabadas. Leo a Mishima y cuento las horas para volver. Varano, en la nueva situación racionalizada, se amustia y veo que también tiene ganas de volver y que la vida perra siga su curso.

lunes, 16 de agosto de 2010

Octavo 100e de Verónica Leonetti

Por fin, aunque con el verano hemos tardado más, Verónica publica el nuevo. Despliega uns historia visual que se hace interesante y misteriosa por momentos. Podéis verlo haciendo clic AQUÍ. Como de costumbre, los comentarios solo se pueden hacer en el blog de Verónica.

domingo, 1 de agosto de 2010

Qué hastío de estío: Grupo salvaje (la familia) 2

A Filla y Portorosa, tan preocupados por sus hijos, para que no teman lo humano


Advierto que el post de hoy es largo, pero como estaré un tiempito fuera, tenéis tiempo. También he de decir que, dado el tema, tengo que contar historias mías, pero estoy seguro de que son ejemplos de la misma o similar situación para todos. Sería enriquecedor que tetuliarais las vuestras y, más todavía, que os interpelarais como en una tertulia de verdad.

Soy el monaguillo de la izquierda según se mira. Hay tan pocas fotos mías que es difícil encontrar una apropiada. Debo tener unos 10 años, por lo que estoy fuera de la fase épica, pero tampoco entré en la edad de la razón de golpe y porrazo, más bien me entretuve perezosamente en alargar la épica hasta bien entrada la de la razón (tengo fechado su final: cuando por primera vez me hicieron gracia los libros de Guillermo Brown, porque era capaz de ver la ironía: ese longevo niño épico había muerto para siempre), así que algo debía permanecer, mezclado, y la foto tiene que valer. Ser del grupo de monaguillos del colegio era estupendo, porque estábamos en clase, aburridos (las clases eran de hora y cuarto; desde las 9 de la mañana a las 6 de la tarde, con hora y media para ir a casa a comer, de lunes a sábado) y entraban y pedían uno para ayudar a misa al Padre Nosequé. Si tenías suerte, una hora fuera de clase. Una vez me tocó ayudar a un Padre al que llamábamos el Sordo. La iglesia del colegio, en esos casos de misa “sobrevenida” a deshoras, estaba vacía. Me colocaba de rodillas detrás del cura, que todavía la decía mirando al frente. Esa vez, como era el sordo y me encantaba tocar la campanilla, la toqué constantemente. Cada movimiento que hacía, campanillazo. A un tercio de la misa se volvió y me dijo que no estaba tan sordo, que la tocara solo cuando estaba mandado. Ya no la volví a tocar, dispuesto a jurarle que sí, pero que él no la había oído. Al terminar, me dijo: “Cuando pidan un monaguillo para mí, no te vuelvas a ofrecer”. El caso es que era muy creyente y piadoso; todos lo éramos. Nos gustaba la Historia Sagrada con todas esas batallas e historias interesantísimas. Y el Evangelio nos llegaba dentro. Pero teníamos una creencia de tú a tú con ese Jesús: opinábamos que los curas se tomaban las cosas a la tremenda; que estaban un poco locos y no sabían nada de la vida, que a Jesús no le importaba que nos pitorreáramos constantemente. Comulgábamos los domingos con gran devoción, pero al volver hacia nuestro sitio había un concurso de muecas cuando no había profes atrás, in vigilantia.

Mi propuesta de hoy es la familia real o épica, en el anterior me referí a la extendida (hacia el pasado y el futuro) y luego está la creada voluntariamente, tengamos o no hijos (la menos interesante desde el punto de vista de las emociones “incrustadas”). No sé cuándo comienza, pero sé que termina cuando empieza la llamada “edad de la razón”, con la que convive un tiempo. Los pensamientos se unen unos a otros mágicamente y vivimos la fase como una “puesta en el mundo”: Todo lo que se piensa es posible. Queremos ocupar un puesto en el mundo, un puesto privilegiado, siendo los elementos más débiles de la familia, pero, repito, todo lo que se piensa es posible. Algunos nos damos por vencidos; otros no cejamos de luchar. Los psiquiatras no dejan de poner nombres de “complejos” a los escenarios que se crean en esas épocas y, de tanto oír la palabra “complejo”, pensamos que es una “situación psicológica”, olvidando que el significado es el de una situación muy “compleja”. Voy a contar dos historietas como ejemplo del “todo es posible”.

La primera es de mi hijo cuando tenía unos tres años. Yo volvía de tomar un café para seguir traduciendo y me lo encuentro bajando la escalera, con aspecto de gran voluntad y dignidad, con la bata y las zapatillas de cuadros. ¿Dónde vas?, le pregunté. Me voy de casa, me contestó tan campante. Le dije algo así como que subía por las buenas o lo subía a patadas en el culo. Con gran tranquilidad, cambió de dirección: necesitaba seguridad y firmeza, que es lo que Lola no le había dado en una discusión que había tenido, así que dijo “me voy de casa”, abrió la puerta y se marchó, dejando a Lola sin saber qué hacer de momento. Para él, todo lo que se pensaba era posible.

La otra es mía. Debía de tener 4 o 5 años. Me llevaron al circo y me encantó un funambulista. Al volver a casa, viendo abierto el balcón del cuarto de mis padres, que estaba vacío, me encaramé por el enrejado del balcón para practicar en la barandilla. Ya estaba casi arriba, haciendo equilibrios para ponerme de pie, cuando una vecina de enfrente dio un grito y, del susto, me caí... hacia el lado de dentro. Todo quedó en una “compleja” fractura de muñeca que me obligó a estar enyesado buena parte del verano. Pero... todo es posible. A mi hermana y a mí mi madre nos llevaba a la playa a las ocho y media; después del largo baño, nos secaba y nos daba una manzana y, después, un vaso de café con leche de un termo (entonces, los niños tomábamos café; aunque dudo mucho de que el café fuera café). Me ataba una bolsa de plástico por encima de la escayola y me bañaba con el brazo en alto, como un pequeño fascista. A las 10 estábamos en casa, con las persianas bajadas, y solo el mundo mítico me salvaba de hacer cualquier burrada.

Esta parte, de la que conozco mil historias de mis amigos, es la parte buena: la del yo voluntarioso y creador; la que se afirma con los cuentos clásicos, donde elaboras que si tus padres no pueden dar de comer a todos los hijos y te dejan solo en el bosque, si quieres puedes salir de esa. La parte en la que un palo es la mejor espada del mundo. Y esto lo recuerdo, no es que “imaginaras” una espada reluciente, no: veías un palo, pero “por el poder que te había sido otorgado”, ese palo del suelo podría enfrentarse a la mejor espada. ¡Ah! y no creo que la situación sea diferente para las chicas: esos libros crean la misma capacidad de independencia en ellas: eligen como proyección el personaje del héroe, sin importar que lleve faldas o pantalones.

La parte menos bonita también existe. La lucha de poderes para plantarse en el mundo. Mucha atención, que hablamos de poderes emocionales. Esos niños tiranuelos que deciden cuándo y lo que comen, que berrean hasta que les dan lo que quieren, no son fuertes, sino débiles; lo que están heredando es la “debilidad” de sus padres y no soportan su propia debilidad. Un niño equilibrado acepta esas acciones de doma, porque quiere y necesita que sus padres sean fuertes y le ofrezcan seguridad. Pero en la lucha real y sana, hay algo épico: ocupar el puesto del héroe que todo lo soporta y todo lo puede no es fácil con las constantes intromisiones de los padres. No es fácil no rendirse, pero en no hacerlo se basa la propia fuerza para el resto de la vida.

La otra parte amarga es el reparto de amor: somos de naturaleza grandes acaparadores y celosos. De mi hermana y mis dos hermanos mayores recibí, y di, el mayor de los amores. Ni un solo conflicto he encontrado en mis buceos por las aguas oscuras: la gran diferencia de edad significaba que yo era un juguete lindo que participaba en otra liga. De mi tía soltera recibí un amor enfermizo del que me aproveché, en lugar de devolverlo: cargaré con eso toda la vida. De mis padres... ¡hum!, los principios fueron desastrosos y, aunque hicieron todo lo posible para compensarlo, mi situación era de debilidad, de duda, lo que lo estropeaba todo.

Sigo soñando a veces que desde la Rambla veo a lo lejos mi casa, con las luces encendidas, pero es como una torre inaccesible, o no puedo cruzar los 400 metros reales de distancia, o llego allí, pero tengo que entrar como un ladrón, esperando que se vayan los que la habitan. El sueño nunca termina entrando en la casa. Me falta algo que espero recuperar, como he recuperado otras cosas. Fue el escenario de la batalla principal, del gozo principal: el espacio que está por encima de todos los espacios.

La casa era de alquiler, un alquiler ridículo que mi madre siguió pagando cuando ya no vivíamos en ella, a cambio de tener todas las cosas menos las de valor, que había repartido entre los cuatro cuando todavía vivía. Lo que había en mi dormitorio no era de valor: fotos, cartas, muchos libros, montones de libretas escritas. Me llamaron mis hermanos para que fuera a recoger lo que quisiera, porque la iban a derribar en un mes con todo lo que hubiera dentro. Les contesté que de lo que había allí nada servía. Así que lo perdí todo. Fue una jugada de farol, con la que creí que me libraría de ella, pero no funcionó, porque la casa sigue existiendo.

En la terapia regresiva emocional aprendí todo eso. La primera vez que me encontré con mi padre, que lleva 50 años muerto, me lancé a pegarle. Se protegía con los brazos y me decía “no entiendes, no entiendes”, con voz cariñosa. Tuve otros encuentros, en los que me explicó lo que entonces no había sido capaz yo de entender. Acabamos dándonos un abrazo emocionante. Nunca había aparecido en mis sueños: estaba borrado. Pero después de eso, estaba en un sueño en una casa compartida con tres jóvenes amigas. Nos íbamos de vacaciones, cuando llamaron a la puerta. Era mi padre, vestido como yo lo recordaba. Entró jovialmente y me dijo que nos acompañaba. Sacó una postal del bolsillo de la chaqueta y me dijo “No te preocupes por tu madre, mira la postal que le voy a mandar”. La postal decía exactamente: “Querida Mercedes, me voy de vacaciones con Nano, hace tanto tiempo que no nos veíamos. Volveré pronto”. Desde ese sueño hay una enorme paz entre nosotros.

A mi madre tardé en abrazarla en esos encuentros. Pero no eran abrazos totales. El día que lo consiga estoy seguro de que veré la casa en un sueño y podré entrar en ella.


Bueno. Lo solté casi todo. Ha sido muy largo para una tertulia, lo sé, pero no supe explicar de otro modo lo que es y significa la familia real y la fase épica. Ojalá despierte en vosotros el deseo de recordar: la pérdida del miedo al recuerdo. Y compartáis con todos esa fase que no es sino un libro de aventuras, del que siempre es bueno hacer una segunda edición revisada y corregida.