Si entro en uno de vuestros blogs y encuentro algo tan largo, seguro que cierro y me busco un momento propicio para leerlo. La buena noticia es que el que no quiere puede no leerlo y que el que quiere hacerlo, pero sensatamente, lo puede hacer por fascículos. Pensaba ponerlo en partes, porque así lo escribí y tenía sentido. Pero al teclearlo lo he visto, ya en el pasado, como una unidad que es mejor no romper.4 de agosto
Estaba sentado plácidamente mirando el mar, sosteniendo con descuido la caña de pescar, cuando lo que después supe que era un varano gigante, un dragón de Komodo, mordió el anzuelo. Sentí la dentellada y supe que yo mismo era también el cebo, además del pescador.
Desde entonces, y era el principio de mi adolescencia, me suele acompañar. Dijo que lo había salvado de morir ahogado y se dedicaba a mí por entero. Cuando me siento en paz con el mundo, desaparece una temporada diciendo que no tengo sangre en el cuerpo, que no soy un hombre de verdad.
5 de agosto
Tengo a Varano a dieta. Se alimenta de entrañas, entresijos, desinformaciones, interiores corrompidos, pero aquí no encuentra nada, porque no leo periódicos, ni veo la televisión ni tengo Internet. Me dedico a cerrar los ojos, abrirlos un instante y guardar en la memoria postales antiguas. Varano adelgaza, gimotea y se come mis pies, que me vuelven a crecer más fuertes. Si me quiere comer más arriba lo sujeto y lo miro directamente a los ojos. No lo soporta y huye a esconderse.
6 de agostoLa Anciana de la casa se ha encorvado mucho desde el año anterior y camina con bastón, aunque a velocidad suficiente para dejarla en la cocina estorbándote el acceso a la nevera y, al ir a la sala de leer, encontrarla en el quicio de la puerta estorbándote el paso. He tardado dos días en asegurarme de que solo es una. Suele quedarse como dormida en cualquier parte, hasta que entra en actividad y recorre veloz todos los espacios. Siempre va salmodiando para sí misma, narrando como en voz en off todo lo que hace y sus desventuras, como que ha bajado a tender a la huerta sin pinzas o que el agua está más fría de lo que le conviene.
Cuando habla directamente a Mujer, su hija, cambia la salmodia por las palabras que más molestas puedan resultar. Cuando se detiene junto a mí, cuenta historias del pueblo de nombres que no es posible que yo conozca, con rápidas y confusas genealogías, enredando las historias hasta terminarlas con un “todos han muerto”.
He aprendido a no prestar atención más que al tono de su salmodia. Desde entonces, me imagino que es la abadesa de un templo del Shinto que hubo donde está la casa y me uno, piadoso, a las intenciones de sus rezos.
Varano, al que pisa constantemente, regodeándose en el pisoteo, por lo que ambos hemos llegado a la conclusión de que ella también puede verlo, me pregunta: “¿Me la como?”. Se lo desaconsejo, diciéndole que si lo hiciera ni él ni yo podríamos andar tranquilos por la casa en la oscuridad de la noche. No puedo decirle, porque con estos bichos la sinceridad es una mala estrategia, que me caen bien todos los ancianos, incluidos los que mantienen la pelea contra el mundo, disfrazados de trasgos malintencionados.
7 de agostoEstoy en la huerta, con el sillón de campo orientado hacia el este, que tiene la mejor vista de las montañas más altas. Varano está inquieto, molesto porque han segado la hierba como si fuera césped y no entran culebras ni ratoncillos de campo. Disfrutba mucho con el revuelo que producían, sobre todo si estaban las dos monjas viejas hermanas de Anciana.
Entre mi posición y la luz del sol temprano hay un alto cerezo ornamental. Las hojas son rosadas, luminosas, transparentes cuando el aire les da una inclinación especial. Como si estuvieran hechas de la seda más delicada. Cuando el sol se sitúa al sur, las hojas pierden la levedad y despiden una luz de vino claro. Con los continuos cambios de la larga tarde, el árbol entero pasa por el color de una sangre saludable, bermellón de ropa de teatro y, en la última media hora, dátil echado a perder, levemente rojizo.
Varano, le digo, fíjate que el árbol es el mismo, que lo que cambia es la orientación de la luz. ¿No te parece que nos pasa lo mismo, que somos iguales en todos los tiempos, pero reflejamos de distinto modo según nos dé la luz de la experiencia?
Varano abre las fauces y me lanza un aliente fétido. Es su manera de poner fin a las conversaciones que no le interesan. Quise vencerlo y dominarlo mediante el ayuno, pero el hedor que ha soltado me hace pensar que ha encontrado el modo de comistrajear corrupción cuando no lo veo.
8 de agosto
Voy a recoger a Hijo a la estación de tren de la ciudad. Es justo hacerlo, porque tenemos un cochecillo a medias que me había traído yo.
No estoy seguro de alegrarme, porque con él se acaba el silencio. No es la salmodia de Anciana. Él te interpela, exige tu atención, saca temas broncos de política, el estado de la investigación, el del mundo, el del deterioro. Viene cabreado porque pensaba tomarse vacaciones el viernes siguiente, pero en el edificio de su facultad quedan 4 gatos, sin cafetería ni aire acondicionado. “¿Es que el trabajo de la universidad es solo la docencia?”, dice.
En cambio, Varano disfruta mucho con esto. Se ha animado, anticipando días de mucha diversión; no sé si estaré a la altura de saber compartirla. Varano babea de gusto, ocupando todo el espacio de los asientos de atrás. Le digo que se desmaterialice, para poder usar el retrovisor central y hago como que me concentro en las curvas de la carretera de montaña. Tendré que acompañarlos a los bares y esforzarme por introducir un poco de silencio en su conversación acalorada.
9 de agosto
Ya sé cómo se alimenta Varano. Anciana solo sale para ir todas las tardes a misa de ocho. Al terminar, las beatas se quedan, como mínimo el tiempo de otra misa, en las escalinatas de la iglesia. Supongo que allí repiten la liturgia, pero orientada a sus propios intereses. Mientras en la católica escuchaban la Buena Nueva del Evangelio, en esa reunión de viejas geishas resabiadas y antiguas monjas del Shinto que añoran la facilidad con que en otros tiempos se derramaba la sangre, se transmiten las Malas Noticias y las Desviaciones del Código de los Tiempos.
Esa es la explicación de que, enterada de todos los pormenores sin otras salidas de la casa, Anciana reunió anoche a Mujer y a Hombre para comunicarles todos los incumplimientos del código que habían perpetrado.
A saber: habían rechazado el ofrecimiento del buen vecino que quiso ayudarles a subir al primer piso las maletas y bultos que traían. Lo que Mujer y Hombre habían tomado como una cortesía normal, que había que rechazar graciosamente, ofendió al vecino, que pensó que no lo habíamos considerado digno de tocar nuestras pertenencias.
A saber: no habíamos realizado las visitas protocolarias en el orden establecido. Así expresado, lo que la acusación revela es el peligro sinuoso de las celebrantas de la Segunda Misa. Por boca de Anciana, se referían a un desorden menor; porque la realidad era que no habíamos hecho ninguna visita. Que ni siquiera se hubieran atrevido a expresar el pecado entero revelaba claramente la enormidad de este, así como las desastrosas e inadvertidas consecuencia que el hecho nos podía acarrear.
En realidad, no nos habría costado hacer esas visitas, aunque fuera para asegurarnos la tranquilidad; pero seguro que no habríamos acertado en el orden. El problema era que ese acto nuestro, que se inscribiría en la columna del Haber del Libro de las Costumbres, abriría automáticamente una tarea en la columna del Debe de otros. Es decir, algún miembro de la casa del visitado o visitada debería corresponder haciéndonos una visita, normalmente cuando estuviéramos más tranquilos y a gusto. Precisamente eso era lo que no estábamos dispuestos a tolerar.
A esas leyes que se bifurcan en dos actos, cada uno de los cuales vuelve a bifurcarse hasta el infinito, creando tal enrevesamiento que solo las oficiantas de la Segunda Misa pueden entender y dominar, opusimos la elegancia de la sencillez y salimos a pasear cuando nos venía en gana, recta la espalda y erguida la cabeza, sonriendo a quien nos gustaba hacerlo.
Todo lo cual sirve para explicar la razón de que Varano no haya adelgazado e incluso esté más rollizo. Ha sido adoptado por el grupo de devotas, ante las que seguro que se vuelve visible, y le miman dándole de comer malediciencias. Es más, seguro que lo envían de mensajero, mandándolo a instilar pensamientos tóxicos en los del pueblo, que de ese modo están permanentemente cabreados; y de espía, aprovechando su natural invisibilidad, para conocer de inmediato hechos domésticos que, sin él, tardarían días en atar y desatar hilos para averiguarlos.
Hasta tengo la esperanza de que, entusiasmado con esta vida, Varano se quede aquí cuando yo vuelva a Madrid.
9 de agostoDefinitivamente, Varano no está con nosotros. Lo sé porque en los paseos lo perros no ladran para luego lloriquear y huir cuando nos acercamos. Damos dos paseos al día.
Por la mañana, muy temprano, Mujer se las arregla para despertarme. Tomo un café instantáneo para poder balbucear, salgo a tomar un café en un bar y al volver bajamos al río. Una pendiente fuerte de 1.800 metros y, al llegar al río, tomamos el camino en paralelo, 700 metros, de ligerísima pendiente hacia arriba, hasta unas rocas planas desde las que metemos los pies en el agua para ver cuánto aguantamos. Desde que hicieron la presa arriba ya no se baña nadie, se han muerto los peces, los bichos y la vegetación que el agua toca. Después, la bajada suave y la pendiente fuerte, ahora cuesta arriba. Al llegar a casa, compramos una hogaza de pan y desayunamos tomándolo tostado con mantequilla o con un buen aceite.
Al anochecer toca el paseo sentimental, hacia el pueblo exminero de arriba. El cielo va tomando tonos violeta. Al bajar, las curvas de la carretera de montaña muestran un paisaje distinto cada vez que tomamos una. La luz es totalmente violeta hasta que anochece y llegamos al pueblo. Algunos días hacemos una ronda de bares y vinos, volviendo exultantes; otros, preferimos no romper nuestro estado y nos encerramos en casa, como purificados.
10 de agosto
De alguna manera, Varano lo ha conseguido, anoche tuve que llevar a Mujer a Urgencias de un pueblo grande que está a 7 kilómetros, porque los dolores crecientes de espalda terminaron con un ataque algo histérico, que no es normal en ella, cuando vio que no podía darse la vuelta en la cama. Temía que fuese un cólico nefrítico o se hubiera dañado la espalda, porque el lunes siguiente se iba de viaje. Tenía que pasar. Sin que nadie se lo mandara, y sin ayuda, se había dedicado a arreglar armarios y todo lo arregable. Incluso se trajo a casa a un electricista, por no darle el nombre que se merece, a poner enchufes más cómodos para la nueva disposición y cables con bombillas donde hacía falta desde que construyeron la casa. Una simple contractura mecánica, que me sirvió para dormir los días restantes en otra habitación y pude dejar la ventana abierta, permitiendo la entrada del aire puro y frío y arrebujándome en el edredón que saqué del armario. Se han fastidiado los paseos al río, lo que produce un exceso de energía acumulada que no ayuda al entendimiento.
Durante el día, no han cesado la discusiones de dos en dos entre todos, menos conmigo. Varano vuelve a estar, aunque no deja que lo vea, porque los perros me ladran otra vez. Puedo imaginar sus risas. Me escabullo todo lo que puedo: soy el único que no ha tenido discusiones con ninguno de los otros tres. Podríamos llamarlo traición, pero prefiero considerarlo una sensata cobardía.
11 de agosto
Nada más despertar, cuando he vuelto del café de la calle, Mujer me dice: “La verdad es que es lógico. Somos cuatro adultos estresados y egoístas. Cada uno piensa que su situación es la peor y todos deberían cuidarle especialmente: nos sentimos ofendidos y saltamos a la primera”.
Tranquiliza mucho que alguien razone lo que pasa. No obstante, mentalmente doy las vacaciones como acabadas. Leo a Mishima y cuento las horas para volver. Varano, en la nueva situación racionalizada, se amustia y veo que también tiene ganas de volver y que la vida perra siga su curso.