
Estuve la otra mañana en su casa para ver el libro de fotografía sobre una ciudad (no muy divergente de estos cielos). Aunque vivamos en el mismo barrio, en realidad ¡un pueblo!, llevábamos meses sin encontrarnos, pero desde la otra mañana nos tropezamos en todas las esquinas.
En un comentario de estos mismos cielos escribí: "¿Cómo crear la gracia en un matadero?". María lo sabe. No se engaña, ni nos engaña, con respecto a lo que es la vida en el mundo. Pero debe tener esperanza en que ciertas personas puedan hacer algo por contrarrestarlo (siempre la sé rodeada de personas así, trabajando con ellas). Y encuentra ese pequeño punto. No debo desvelar nada, pero en la primera foto de ese libro, con una esquinita de cielo que se ve gracias a un recorte de un enorme muro grisáceo, en el que sin embargo, cuando había andamio, alguien escribió en enormes y hermosas letras azul celeste "REVOLUCIÓN" (en la lengua del país), que seguiría siendo sin embargo una foto dura (una realidad dura), aparecen las ramas superiores de un pequeño árbol, como japonés, que no sabemos qué hace allí, pero da una oportunidad. Ella es ese arbolito. Y los encuentra, los árboles o las miradas, muchas veces: y en ese momento la cámara aparece en sus manos.
O ved esta americana de trabajo, ese azul obrero junto al verde campesino, que alguien ha limpiado cuidadosamente y ha puesto a secar en ese cierre pobre de lo que sin duda es un jardín pobre de Lisboa. Pero hay dignidad en ese jardín "no recalificado" que alguien ha cerrado con pobres materiales; hay belleza y dignidad en la limpieza y el orgullo de esa chaqueta. Es otra de las cosas, de la gracia, de María: la dignidad que da a lo pequeño y débil, que a su lado se crece (lo he visto muchas veces).
No quiero multiplicar esta entrada con todas las ideas conexas que se me ocurren y que tendrán que aparecer alguna vez en estos cielos: su hermana que Lisboa nos robó para unas restauraciones y se quedó, lisboeta perdida ya; de mi primer y enloquecido viaje a Lisboa con "L" y con "l" gracias al actor que está arriba con alas, de...
No. Esta es la primera entrada de María, que me ha dado permiso para colgar esa foto. Lo que quiero decir es que cuando estás un buen rato con ella te vas sintiendo de otra manera y viendo todo de otro modo. Luego, cuando se va, te queda la nostalgia de una ausencia. Ese hueco, grande, que te deja es la medida verdadera de todo lo que vale.
Y finalmente, quiero decir que leyendo en el metro a John Berger, en Fotocopias, traducido por Pilar Vázquez, subrayé la frase que escribe sobre un personaje: "Sabía la diferencia exacta entre reconocimiento y gratitud, y entre gratitud y deleite". Pensé al momento en si los que nos leemos en estos blogs iremos viendo esas diferencias y si sabremos hacer los recorridos exactos y propicios para ir llegando (ir llegando).
Después, pensé que ese recorrido yo ya lo he hecho con respecto a María: del reconocerla de mi tribu cuando era ella tan, tan, joven, de la gratitud que sentí cuando vi lo que me aportaba y cómo me ayudó, entusiasta y generosa, a jugar a ser yo Yeman Okip (y apuntarme así a la pequeña historia de haberle organizado su primera exposición); de ahora que sé lo que me espera ver de ella, de hablar con ella de vez en cuando sobre lo que voy a ver: deleite. Y pensé la suerte que tengo. Y decidí poner hoy esa foto que me dejó usar, para que vayáis haciendo boca, y decirlo: decir la suerte que tengo de ser su amigo.
En un comentario de estos mismos cielos escribí: "¿Cómo crear la gracia en un matadero?". María lo sabe. No se engaña, ni nos engaña, con respecto a lo que es la vida en el mundo. Pero debe tener esperanza en que ciertas personas puedan hacer algo por contrarrestarlo (siempre la sé rodeada de personas así, trabajando con ellas). Y encuentra ese pequeño punto. No debo desvelar nada, pero en la primera foto de ese libro, con una esquinita de cielo que se ve gracias a un recorte de un enorme muro grisáceo, en el que sin embargo, cuando había andamio, alguien escribió en enormes y hermosas letras azul celeste "REVOLUCIÓN" (en la lengua del país), que seguiría siendo sin embargo una foto dura (una realidad dura), aparecen las ramas superiores de un pequeño árbol, como japonés, que no sabemos qué hace allí, pero da una oportunidad. Ella es ese arbolito. Y los encuentra, los árboles o las miradas, muchas veces: y en ese momento la cámara aparece en sus manos.
O ved esta americana de trabajo, ese azul obrero junto al verde campesino, que alguien ha limpiado cuidadosamente y ha puesto a secar en ese cierre pobre de lo que sin duda es un jardín pobre de Lisboa. Pero hay dignidad en ese jardín "no recalificado" que alguien ha cerrado con pobres materiales; hay belleza y dignidad en la limpieza y el orgullo de esa chaqueta. Es otra de las cosas, de la gracia, de María: la dignidad que da a lo pequeño y débil, que a su lado se crece (lo he visto muchas veces).
No quiero multiplicar esta entrada con todas las ideas conexas que se me ocurren y que tendrán que aparecer alguna vez en estos cielos: su hermana que Lisboa nos robó para unas restauraciones y se quedó, lisboeta perdida ya; de mi primer y enloquecido viaje a Lisboa con "L" y con "l" gracias al actor que está arriba con alas, de...
No. Esta es la primera entrada de María, que me ha dado permiso para colgar esa foto. Lo que quiero decir es que cuando estás un buen rato con ella te vas sintiendo de otra manera y viendo todo de otro modo. Luego, cuando se va, te queda la nostalgia de una ausencia. Ese hueco, grande, que te deja es la medida verdadera de todo lo que vale.
Y finalmente, quiero decir que leyendo en el metro a John Berger, en Fotocopias, traducido por Pilar Vázquez, subrayé la frase que escribe sobre un personaje: "Sabía la diferencia exacta entre reconocimiento y gratitud, y entre gratitud y deleite". Pensé al momento en si los que nos leemos en estos blogs iremos viendo esas diferencias y si sabremos hacer los recorridos exactos y propicios para ir llegando (ir llegando).
Después, pensé que ese recorrido yo ya lo he hecho con respecto a María: del reconocerla de mi tribu cuando era ella tan, tan, joven, de la gratitud que sentí cuando vi lo que me aportaba y cómo me ayudó, entusiasta y generosa, a jugar a ser yo Yeman Okip (y apuntarme así a la pequeña historia de haberle organizado su primera exposición); de ahora que sé lo que me espera ver de ella, de hablar con ella de vez en cuando sobre lo que voy a ver: deleite. Y pensé la suerte que tengo. Y decidí poner hoy esa foto que me dejó usar, para que vayáis haciendo boca, y decirlo: decir la suerte que tengo de ser su amigo.

