domingo, 30 de noviembre de 2008

Huelga de Fuentetaja: ¡Hemos ganado!


A principios de diciembre de 2007, los mejores libreros de una librería que en otro tiempo significó mucho se pusieron en huelga, por dejadez de los dueños en sacarla adelante, por unos sueldos miserables congelados durante años. En este blog fue quedando constancia de muchas de sus luchas. Luego tuve que callar para no interferir una vez que todo estaba en manos de los juzgados.
Fue una huelga que contó rápidamente con el apoyo de una mayoría de clientes (se llegaron a reunir más de mil firmas de clientes), pero la Dirección, absurdamente, se negó a tener en cuenta a sus trabajadores y a sus clientes. Los huelguistas pasaban los días de frío frente a la librería. Algunos les acompáñabamos un rato a la salida del trabajo. Los sábados, llegamos a ser más de 100 personas apoyándoles, leyendo de espaldas la librería.


La historia va despacio.


A finales de enero recibieron una carta de despido y ya no tuvieron derecho a estar allí. Llegaron los juicios: 4. Todos ellos ganados por los libreros. El tercero declaró que el despido era nulo, pero siguieron algunos problemas que llevaron a un cuarto, que por casualidad le tocó a la jueza que había dictado despido nulo.
Ya está todo arreglado: han tenido que pagarles los salarios de tramitación desde esa fecha de enero hasta el tercer juicio (finales de septiembre). Y como aceptarles en la librería era difícil, han tenido que pagarles la indeminización máxima.
Están fuera de una librería en la que ya no querían estar, pero con todos sus derechos más que cumplidos. Ahora, pueden calmadamente decidir lo que hacen con su vida. Quien no quiso dar un euro, ha tenido que traspasarles una cantidad de dinero que seguro le duele en su orgullo.
Los grandes han perdido, los pequeños han ganado. Aunque hayan faltado unos días para que se cumpla un año.
Fue una huelga ejemplar. Tenemos además el ejemplo de la persistencia, de que las cosas son duras y largas.

¡Qué alegría que estas cosas puedan terminar bien!

lunes, 24 de noviembre de 2008

Criticar a los políticos no basta. Hay que estar donde hay que estar.


Somos grupos pequeños, pero los otros no van a Londres a la preparación de esta manifestación global, ojalá vinieran más y fuera una manifestación con apoyo mediático.

Ayudadnos a dar a conocer esta manifestación. Y ya sabéis: hay que estar donde hay que estar.




Los estados han sustentado el sistema financiero internacional, exigimos de igual forma que se sustente el sistema ambiental del planeta.
Hacemos una llamada a la acción, una acción drástica e inmediata, si lo que queremos es evitar que el cambio climático acabe con el planeta Tierra tal y como lo conocemos.

sábado, 15 de noviembre de 2008

otro texto del taller

Les he hecho una pequeña pirula a mis compañeros. Teníamos que presentar un texto sobre el tema "la angustia" y presenté el mío. Pero me quedé mal. Precisamente desde que me voy sintiendo mejor, lo que escribo no me gusta. Me di cuenta de que era un esbozo plano, como si estuviera contando el argumento, pero yo seguía "oyendo voces" al pasear, en el metro, y me cargué el esbozo para rehacerlo en esto. Lo más divertido es que estoy haciendo una tercera versión, para mí, todavía más deconstruida. Creo que me lo voy a pasar en grande retomando lo escrito. Esto es lo que ha quedado, lejos todavía de lo que pretendo.



Hayas

Le tiemblan ligeramente las manos sobre el tapete de hule. Quizá porque el frío se le ha metido en el cuerpo en el pequeño paseo para echar las sobras del plato a las gallinas.

Este frío de las tardes, se dice, de todas las tardes.

Procura no pensar, se esfuerza, pero no le es posible. Siempre está juzgando, comentando, haciéndose mala compañía. Por las mañanas no tiene frío: con un jersey grueso cochambroso, todo lo es ya en él, se ocupa del pequeño huerto del que come, de limpiar el corral de las gallinas. Pasea hasta la casa más cercana un día de cada dos, para recoger el pan que le compran en el pueblo, hacer un encargo, recibir lo encargado. El huerto, tan pequeño, se ha vuelto inmenso en comparación con su estómago. Alimentaría a siete como él.

Este frío sale de mí, se dice, de lo que voy a mirar.

Friega el plato y el cazo en el que coció las patatas con verduras y legumbres. Pone a calentar agua en el cazo para hacerse un café de puchero, que irá tomando caliente, luego tibio, y volverá a recalentar todas las veces que haga falta hasta que se acabe. Deja sobre la mesa una botella de aguardiente y un vasito diminuto. Las cosas de fumar. Se sienta y mira el temblor de las manos, que ha aumentado sobre el tapete de hule gastado, cruzado por rayas verdes que están formadas por hilos de distinto tamaño y tono si las miras de cerca. Por eso no son iguales.

Nada es igual, piensa; y nada es igual que antes.

Ve sus manos llenas de manchas que antes no estaban; nota los huesos, que nunca pensó que pudieran notarse si no estabas enfermo; las ve todavía fuertes, por el trabajo en el huerto. Pero le tiemblan. Entonces, ¿por qué ese temblor?

Por mirar.

Aunque el cuerpo, negado, vaya creando nuevos crujidos, su buena vista ha mejorado desde que vive en el campo. Algo le hizo regresar a la casa cuando ya habían muerto sus padres. Romper con todo. Y allí, en el campo, se esfuerza, se esfuerza mucho, por reducir el mundo y el pensamiento a lo que ve. Que su narración del mundo trate solo de lo que está a su alcance. Si piensa estas gallinas ponen ya pocos huevos, eso es lo que piensa y nada más. Si mira un árbol, mira un árbol. Pero no funciona siempre. A veces la narración se vuelve transitiva y pide que le echen su objeto directo. Por las mañanas sí lo consigue, ocupado en tareas físicas. Después de comer tiene ya que sentarse, encender un cigarrillo, tomar el café caliente, ver el temblor de sus manos.

Putas manos.

Y les da su vasito de aguardiente, que es lo único que las calienta. A ellas y el cuerpo entero. Entonces, y solo entonces, levanta la cabeza y mira por la ventana el prado que en una ligera pendiente llega hasta el hayedo.


Cuando ve las hayas, todo el esfuerzo por el que se encerró aquí se rompe. El verde de la fuerza, el dorado rojizo, que es el más hermoso, el de la consumación, las ramas desnudas que dejan ver detrás el paisaje más feo del mundo, los restos de una zona industrial cerrada antes de la guerra. De un año para otro ve los desperfectos y los convierte en metáfora de sí mismo.
Eso no le importa, pero el verde y el dorado rojizo sí, porque son la belleza de la que huyó y el alma toma el control. Café a café, cigarrillo a cigarrillo, vasito a vasito, revelándole, tan tarde ya, que no se puede huir a ninguna parte.

¿Qué hago aquí mirándome allí?

martes, 4 de noviembre de 2008

Esos largos círculos de la vida que nos traen lo perdido



Siempre me gustaron las historias y la familia, todos mayores que yo, era una fuente continua de ellas. Creo que ya conté que cuando me acostaban en el dormitorio, que daba a la sala, me levantaba a veces tapado con una manta para sentarme junto a la puerta y escuchar las historias de verdad, las que se cuentan cuando no hay niños.

Claro que con esos métodos se une realidad y fantasía. De algunas de esas historias he llegado a dudar hasta yo mismo, creyendo que me las había inventado a partir de una ensoñación. Por ejemplo, la de aquel familiar lejano de mi padre, de la rama de Barcelona, que era cazador en África para vender los animales a los zoológicos europeos. Un día, en los años 50 todavía existían lazos de unión entre las dos ramas, vino a comer a casa, pero me quitaron de en medio. No es de extrañar. Pocos meses antes me habían llevado a un circo y al volver me estaba encaramando al balcón para hacer de acróbata sobre el borde. Ya casi estaba arriba cuando un grito (no recuerdo si de mi madre o de una vecina de enfrente) me asustó y caí, hacia el lado de dentro, haciéndome una fea fractura de la muñeca izquierda que me obligó una buena parte del verano a bañarme con escayola, el brazo en alto y cubierto por un plástico. Es normal que mi madre no quisiera que un niño tan “impresionable” estuviera toda una comida escuchando aventuras de caza de animales salvajes. Peligraban los gatos de los vecinos.

Pero he encontrado la prueba del lejano familiar africano. Y de la manera más curiosa. Mi hijo tiene un grupo de amigos excelentes. Cuando leyó la tesis doctoral, uno de ellos pidió día libre en Canarias, cogió el primer avión, oyó la presentación y se volvió. Otro, en cambio, no pudo porque vivía en África, a caballo entre dos países. Desde allí pidió a Madrid que le enviaran los 6 tomos de Memorias de un biólogo heterodoxo, de José A. Valverde, para regalárselos por el doctorado. Venía en el avión, hojeando el tomo dedicado a África cuando, ¡zas! Encontró esta foto. ¿No es grande que el libro que certificaba que ese cazador africano existía llegara en un avión desde África? Esos largos círculos de la vida que nos traen lo perdido.

Por lo demás, hay que tener en cuenta las fechas. Quizá ahora no nos parezca bien que se cacen animales para los zoológicos. Además, esa foto (hay otras, pero ya no de caza sino de cuidados) hace que J.M. me caiga bien: había provocado la muerte y, como dice el autor, se sintió “pesaroso” y ya no volvió a matar. Era buena gente.