viernes, 25 de julio de 2008

Buen género. De punto y aparte


Me he dosificado este libro de Flavia para que me durara. Un relato en el metro al ir y otro al venir. De todas maneras cuando terminas un relato no tienes ganas de pasar al otro, sino de quedarte un ratito disfrutando de los ricos cruces de realidad: como cuando sales de una película que te ha gustado. Si estuviera escribiendo una tesis sobre literatura, realidad, ficción, autor, narrador, personajes (o sea, sobre literatura), probablemente usaría como referentes principales este libro y los microrrelatos de Mega sobre autor, narrador y personajes.

Flavia tiene una escritura de cargas de profundidad, como La mitad sombría, libro al que me referí, poniendo unos extractos, en Las Playas, y del que en este blog celebré la traducción al portugués brasileño. Pero también tiene otra escritura de apariencia suave y fácil, que se puede leer distraídamente por los que gustan leer así (no lo aconsejo, porque hay más, pero se puede). En su blog hay una muestra de esa escritura con sus Frases (muy) hechas, que va poniendo entrada a entrada, la tercera parte de un delicioso libro, Trastornos literarios, del que tuve la suerte de que Crescencio me consiguiera un ejemplar.

Género de punto es de estos. Diecinueve relatos en los que un personaje, a veces indirecto, ha leído el que se refiere a algo que sabe y envía una carta a la editorial para añadir, quitar, recortar o pervertir lo que dice quien narra. (Hay un relato sin carta, pero otro tiene dos así que se compensan). El juego que se abre entre la narración y la carta da mucho de sí. Pero además, la carta da un aval de realidad que por sí solo lo trastoca todo. "De ahí" (así es como termina Flavia cada una de sus Frases), que creo que debería ser un libro de mucha lectura y reflexión, en lugar de otro proyecto lanzado y olvidado por la máquina devoradora de la industria editorial. La otra noche hablaba con Lara acerca de que las librerías de viejo se están convirtiendo en el verdadero centro de interés literario. Es el único sitio para encontrar lo mejor de lo que se escribe. Avisados están ustedes.

(El libro Género de punto os lo podéis bajar enterito en PDF de su blog, si no tenéis la suerte de encontrar el libro físico en una librería de viejo, para tener una experiencia más rica y móvil).

sábado, 19 de julio de 2008

sin que sea un precedente

No hice este blog para subir cosas de creación propia, salvo algunos poemas de vez en cuando. Me produce una sensación de desvalimiento. Pero he hablado tantas veces del Taller, y Winsta pidió que subiera un relato, que voy a poner uno. Es el penúltimo, el del miércoles 2 de julio. El tema era "El erotismo" y fue una noche divertida y hasta algo más que cálida: 14 personas que conoces bien leyendo el suyo en una cueva con humedad tropical y sin tener muy trazada la frontera entre lo erótico y lo pornográfico. Podría decir que es un ejercicio de taller, con unos objetivos personales claros para mí: sería cierto. Pero eso no encubre el hecho de que si hubiera sabido hacerlo mejor, lo habría hecho. En fin. Por una sola vez, y como es verano y ya hay menos gente, ahí va el mío.




Lucy in the Sky with Diamonds
A Winsta


Ni me acuerdo de su nombre. Pero sí de que tenía una piel muy blanca, algunas pecas, cabellos de judía, pechos grandes y caderas anchas. No entraba en ninguna de mis categorías de la atracción: primero, las andróginas; segundo, los putoncillos, que eran quienes más me excitaban para una relación rápida; tercero, lo que podría llamarse "rarezas" y me cautivaban por algo especial, porque me sentía con ellas como con un amigo (con derecho, a veces, a alivios sexuales). Por cómo hablaban, por aquello de lo que hablaban, por cómo vivían. Porque me abrían mundos y en aquel tiempo, exprovinciano reciente, el mundo, su bullicio y su barullo era lo que más hambre me daba.

Por ejemplo, tuve relaciones con una enana que se sabía al dedillo toda la filosofía francesa de aquellos tiempos; cuando para mí, después de Sartre no había nada. Mi juego preferido, al que ella se sumaba por complacerme, era entrar en un bar. Se pegaba a la barra, para que solamente asomara su cabecita y el camarero nada más viera un flequillo sobre media frente. "Una copa de Garvey", pedía yo. Ella callaba hasta la pregunta de rigor: "¿Y tú, nena, qué tomas?". "Otra copa de lo mismo", contestaba con una de las voces más graves que he oído. Aquello era mejor que el sexo. Aquello y sentarnos luego en una mesa fumando y bebiendo mientras tuviéramos dinero.

Pero las chicas de piel blanca, sencillas y dulces, administrativas que se sentían tranquilas con la vida, no me atraían especialmente. Por eso, Amparo —la voy a llamar así porque era valenciana— era la auténtica rareza. Apenas la veía; tenía novio. Pero los martes y los viernes venía a casa al mediodía. Comíamos algo comprado en un bar, nos desnudábamos y follábamos suavemente. Los dedos y la lengua, que su novio no usaba, eran lo que la hacía venir cada martes y cada viernes. Blandamente, me aburría cada vez más, lamiendo aquella seda de piel. Al terminar, fumábamos un par de cigarrillos, mirando al techo, mientras me hablaba de su vida. Ese día, al terminar, se duchó, como hacía siempre; la acompañé hasta la puerta, nos besamos y se fue a su jornada de tarde.
Me sentía como cuando vas a la playa, te metes 50 metros y nadas en paralelo a la orilla de una punta a otra varias veces. Al salir, agotado y con todas las toxinas expulsadas, te sientes magnífico, tumbado sobre la toalla, dejando que los músculos se relajen al sol. Pero cuando lo has hecho varios días, si no hay otro interés especial te aburres, así que al día siguiente no te levantas de la cama. Te haces una paja, te llevas un café a la cama y te pones a fumar y leer, durmiéndote a ratos, hasta que puede más el hambre.

Pensé que la natación en el mar de Amparo se había terminado.

En lugar de quedarme tranquilo, bajé a tomar un café con coñac y llamé por teléfono a Edu el Bolas. Lo llamaban así porque se atrevía hacer cosas que ninguno hacía, salvo que estuvieras con él. Hacía ya casi dos meses que de vez en cuando quedábamos solos, sin el grupo, para pasear por Valencia y hablar. Era poeta, estudiante de Filología, aunque apenas iba a la Facultad, gran conocedor de la literatura y los movimientos estadounidenses políticos y artísticos contemporáneos. Y estaba enamorado de mí, convencido de que mi reconocimiento era cuestión de tiempo. A veces nos dábamos piquitos en sitios especiales, como dentro de una iglesia delante de una beata, pero me negaba a verme con él a solas en lugares más comprometidos; como mi casa.
En cuanto le llamé aceptó quedar conmigo a las 12 en el bar de alterne al que iba por las noches, cuando todo había cerrado. A tomar café a precio de estudiante. Gratis total desde que la Madame me vio un día descargando un camión. Había unas chicas muy agradables con las que hablaba cuando no había clientes durante los 10 ó 15 minutos que tardaba en tomar uno o dos cafés. Esa noche, cuando llegó Eduardo, tomamos dos copas cada uno. Venía con una bolsa militar en la que traía el álbum Seargent Pepper’s. También una botella de coñac bueno, que le había birlado a su padre, hachís y un pañuelo rojo con el que cubrió la lámpara. Estábamos nerviosos, los dos. Bebíamos y hablábamos de cosas intrascendentes. Los Beatles sonaban. Cuando di la primera calada, de un porro muy suave, escuché "Look for the girl with the sun in her eyes and she's gone". La historia de mi vida, le dije, pero no que me parecía escapar de ella por sus ojos. Nunca, hasta entonces, los había visto así; me había sentido atraído por él de esa manera. Reíamos, nos mecíamos como si bailáramos. Nos fuimos quitando la camiseta el uno al otro. Me sentía como si por primera vez jugara, sin responsabilidades: no había que convencer, maniobrar, limitar territorios o franquearlos. Nos dejábamos llevar por la risa y la impaciencia: éramos iguales. Reconocíamos en el cuerpo del otro el deseo del nuestro.

Sentados, ya desnudos, en la cama, fumamos un porro muy fuerte y volvió a poner la cara A. Boca arriba, me sentía como plomo hundiéndome sobre el colchón, como si algo tirara de mí desde el centro de la Tierra. Hablar era difícil: nos salían unos sonidos lentos que el otro oía distorsionados. Cuando volvieron a cantar lo de la chica con el sol en los ojos que ha desaparecido, puso suavemente una mano en mi muslo. Sentí un crujido, una explosión eléctrica que me quemaba y atravesaba. No sé cuánto permanecimos así, porque el tiempo era tan difícil de controlar como el sonido. La mano empezó a subir muy despacio y yo, con un gran esfuerzo, le puse una mía en el pecho. Nadie me había acariciado de esa manera, me había conocido de ese modo. Tocaba donde yo me habría tocado de haber tenido una mano independiente. Entonces me besó, con una lengua dulce que tenía una voluntad muy superior a las que yo había besado. Una lengua con voluntad propia y una lentitud exasperante. Todo mientras deslizaba los dedos por mi pene hasta que, notando los movimientos automáticos de este, empezó a hacerlo con más fuerza. Acercando la boca a mi oreja me dijo No soy una chica, no tienes que esperar por mí, córrete cuando te apetezca. Y fue exactamente entonces cuando me apeteció.

Después le conduje a él. Más torpe, pero el tiempo que llevaba deseándome ayudó. Fumamos tabaco, cogidos de la mano. ¿Ves como sí?, dijo. Contigo es distinto, contesté, pero no soporto a tu grupo de gente, tienes que darme más tiempo. Me contestó que no lo había, que todo el tiempo del mundo no me libraría por sí solo de mis prejuicios. Se abrazó a mí y empezó a llorar. Poco después, con el frotamiento del abrazo y sus pequeñas convulsiones, acabamos corriéndonos el uno sobre el otro. Nos fuimos quedando dormidos, por el hachís y la tristeza. Tuve la sensación de que había algo en mí que funcionaba mal, y por eso desaparecía siempre la chica con el sol en los ojos.

viernes, 11 de julio de 2008

Me voy un poco (muy poco)

Lara me ha pedido dos veces que suba un poema. Siempre llevo uno o dos poemas en construcción en la cabeza. Ya no sé andar si no voy haciendo un poema o un relato. El relato sale cada dos semanas, gracias al Taller; pero el poema se queda dentro, a trozos, como cristals ortopédicos: solo queda escrito el título y la primera línea. Se hace, se deshace, se ramifica y corto y tiro la leña. Y nunca creo que esté acabado. De hecho, creo que este no lo está. He tomado unos trocitos y lo he montado; al fin y al cabo, puedo deshacerlo y hacerlo otra vez. Pero como me lo ha pedido Lara, venzo la tentación de pensar que en una semana estaría y lo pongo. O así me lo quito de encima.



Tres patas de una mosca de verano

Hay que saber que una mujer, un hombre,

es una herida.

Una conciencia que no descubre el sentido

del flujo de las cosas. No transita.

Registra el dolor y entra en alerta con el miedo.

No extraña que nos envolvamos

en la gelatina del día a día.

Hacer la cama, cocinar, comer,

limpiar la casa, trabajar, cerveza fría

con mínimas conversaciones desastradas.

Porque nada pasa.

Nada. Nada.



Hay que saberlo y olvidarlo luego.

El ser duele sin remedio.



Lavar la ropa, bailar,

tener amigos. Trabajar.

Sin notarlo, lo olvidado nos refuerza

como cristales ortopédicos de acero entre la carne.

Se agita algo en la memoria.



Ya el ser se sabe. No hay olvido.



Podemos mirar de otra manera,

sonreír en una esquina,

dedicar un crepúsculo entero a besarte

un muslo, solo uno. O recorrerte con el pulgar un labio

como un largo viaje.



Es como decirte que tampoco yo podría amarte,

que fuera de la soledad todo es invento.

Pero que estoy en tu secreto.

Te comprendo. Y te comparto.

martes, 1 de julio de 2008

La historia del Sistema





Le he pedido permiso a Miguel para bajarme de su blog, Cuatrocientos mares, y ayudar a extender este vídeo de la doctora Annie Leonard. Tras diez años de estudios sobre las relaciones de producción y poder, nos cuenta lo que ha descubierto. No lo cuenta "para niños", sino para que la gente no experta lo entendamos. En todo caso, lo ha estudiado con la curiosidad y la pasión de los niños. Merece la pena verlo hasta el final. Yo he aprendido mucho: cosas que todos deberíamos saber. También, en su final, me ha animado en el sentido de que se puede hacer algo, que hay que hacer algo. Si el tiempo no nos alcanza; en ese caso, peor para todos. Reservad 21 minutos para verlo cuando os resulte cómodo.