viernes, 25 de diciembre de 2009

Soy BICo (casi, casi, un cuento o una tarjeta de felicitación para “esta” Navidad)

Seguro que era sábado o domingo, quizá una fiesta de guardar, porque el hijo ha venido a casa a comer y él, la madre y el padre están comiendo una ensalada no enriquecida. Qué manía la de los restaurantes de ahora, que no saben ofrecer ensaladas que no hayan ensuciado con trozos de proteínas cárnicas. Y digo “ensuciado” porque lo convierten en obligatorio. La ensalada era una salida vegetal perfecta, una entrada de vitaminas inmaculadas, hasta que eso se convirtió en vulgar. Ahora se combina con lo que más grasa tiene: adiós a las ensaladas de tomate, lechuga y cebolla de los restaurantes económicos que se frecuentaban en la época de estudiantes y hasta bastante después. En los restaurantes no-económicos, incluía aceitunas, espárragos, remolacha y lo que se les ocurriera, pero siempre brotado de la tierra. También estaba la versión española de la nisuás francesa, que llevaba huevo duro y atún de lata. Una buena oportunidad de comer pescado y huevo, que la convertía en plato único. Pero incluso si no se quería el atún, se pedía que no te lo pusieran y, como se hacía en el momento, te la servían como querías. Adiós también a las ensaladas hechas en el momento, en las que cada ingrediente tiene su sabor, porque apenas hace nada que los han combinado. Ahora las ensaladas sestean en recipientes más o menos grandes, intercambiando sabores de profundidad que deberían haber guardado para sí mismos hasta el momento de la boca. Comprobar que es así resulta sencillo, basta con pedir que no pongan béicon y esperar que respondan que no es posible, porque ya está hecha.

Están tomando la ensalada y un vino apetecible; mientras, los canelones cogen en el horno el calor adecuado, excelentes siempre, siempre hechos en casa: desde la salsa de tomate, y la bechamel, hasta la condimentada carne picada. Son los momentos infrecuentes de comer carne, necesaria, gozosamente. Estas comidas abren el apetito y la conversación. El hijo dice una cosa: he firmado la Declaración de Barsac. Los tres cruzan informaciones y opiniones sobre esa Declaración; hasta que consiguen terminar la ensalada en el momento mismo en que se acaban de dar unos a otros toda la información que tienen.

El hijo dice una segunda cosa: en el modo de comer, ya sé lo que soy. Porque la Declaración pide reducir la ingesta de carne a la mitad y da el nombre de “demitarians” a los que siguen esa dieta. Resulta que el hijo, por el método de acierto y error, hace dos años que había empezado a ajustar lo que comía para sentirse saludable y, sobre todo, para tener la energía suficiente para las larguísimas jornadas de trabajo que realizaba con pasión. Necesitaba también, esa energía, para las largas horas dedicadas a los variados ocios que, con igual pasión, vivía los fines de semana. Y resulta también que al padre, después de un ataque a su salud meses atrás, se le creó un desagrado por la carne, los fritos, lo grasoso, mientras que se le hace la boca agua cuando piensa en verduras, cereales, legumbres, vegetales, frutas y nueces. La madre había seguido desde siempre una manera racional, la llaman mediterránea, de comer. Así que todos seguían ya esa dieta, de un modo u otro, como si les hubiera caído del cielo, no como algo a lo que se hayan sometido voluntariamente. El padre la sigue con mayor extremosidad y animadversión hacia los alimentos que le desagradan. Y ahora resulta que tiene un nombre. Y al final fue el Verbo.

El hijo dice una tercera cosa, dirigiéndose al padre: podrías traducir la Declaración para la página web y encontrar una palabra española adecuada para ese término. Porque los dos participan del mismo grupo de estudio y de agitación, Globalízate. Y el padre lo hace, traduce la Declaración. Y se pone en la página web, incluso con las erratas que contenía. Pero traiciona al hijo, porque hace una traducción literal del término, poniendo una odiosa N. del T. en la que explica su decisión.

(Para leer la declaración de estos científicos de elite sobre la necesidad de tomar menos carne, pincha en
La declaración de Barsac: Sostenibilidad medioambiental y la dieta semitariana)

El caso es que al ver esa palabra, “demitarians”, y entender por la definición que se trata de comer la mitad de la carne que se comía, el padre lamenta el escaso sentido del humor de los científicos. Porque debían haber escrito “demeatarians”. Lo tenían tan fácil. Claro que los científicos no suelen leer a Joyce. En realidad, casi nadie lee mucho a Joyce, al menos en los últimos cien años. Antes de esa fecha, se sabe que se le leyó, pero no hay fuentes de confianza que lo confirmen. Además, era una lectura complicada, que dificulta los estudios razonados. Había que leerlo sobre todo en Cervantes y en Sterne, así como en una multiplicidad de pequeños espacios de obras de mayor volumen, como por ejemplo el Capítulo 12 de la novela Escorpión y Félix que escribió Karl Marx en su juventud (confieso que no sabía que existiera, pero me la regaló el otro día una muy buena amiga, junto con dos horas de estupenda conversación). Muy complicado escribir así un estudio fundamentado de la lectura de Joyce antes de Joyce.

La gente rechaza el chiste en bloque, porque lo consideran grosero y poco útil. Creo que es por una confusión etimológica. Hay toda una corriente de chistes que también yo rechazo: la que procede etimológicamente de la palabra “chistera” en sus dos significados, aquella con la que se cubrían los ricachones y la que usan los magos para sacar de ella pequeños e inocentes conejos. Claro que me desagradan esos chistes. Pero hay otros que proceden directamente de la palabra “chistar”; son aquellos en los que, por un cruce de letras o palabras, te “chistan” desde la vida; te indican que hay una pequeña puerta abierta a otro camino. Ese es el chiste que se perdieron los científicos.

Para consumo propio, el padre sí ha inventado una palabra nueva, que no se atrevió a poner en la traducción: BICo o BICa. Es la sigla de Baja Ingesta Cárnica añadiéndole una “o” o una “a” final, según el género al que uno considera que pertenece.

De no ser BICos porque les había caído del cielo, el hijo, la madre y el padre se habrían sentido obligados a llegar a serlo como consecuencia de esta Declaración. Por coherencia con su pensamiento (no hay que olvidar que la “coherencia” es el refugio último de la elegancia). También podrían haber pensado que, después de Copenhague, para qué, si ya está todo perdido. Globalízate envió un texto a los medios de comunicación refiriéndose a las consecuencias del fracaso de la cumbre danesa. Por una vez, se pusieron líricos y terminaron así la declaración:

Mientras tanto, adiós África, adiós Sur de Asia, adiós glaciares y hielo marino, arrecifes de coral y selva tropical: Fue bonito conoceros, aunque a nadie le importasteis. Los gobiernos que se movieron tan rápidamente para salvar a los bancos han discutido y obstruido mientras la biosfera arde.

¿Para qué más esfuerzos, si ya no queda tiempo para actuar, para esperar otra cumbre? Los líderes no van a hacer nada porque las personas no quieren que se haga. Incluso los que pensaban que algo estaba pasando prefieren ahora aceptar las dudas de los “negacionistas”, pagados por los Grandes Compañías Contaminantes para seguir el modelo de negación que se usó en la relación entre tabaco y cáncer. Prefieren mantener el modo de vida del abuso de recursos. Si alguien quiere de verdad saber quiénes son los negacionistas que siembran las dudas que aceptamos, pinchad en este artículo de Escudier para El Confidencial:

Los negacionistas españoles del cambio climático

Quizá se hicieran BICos, padre, madre e hijo, de no serlo ya. Por coherencia, por no dejar de hacer el trabajo de cada día pase lo que pase. El padre piensa en la gente que conoce, en la vida y en la blogosfera, que seguirá haciendo lo que debe hacer. Sin más contemplaciones (esta frase es la proclama de izquierdas del infame “sin complejos” de la derecha).

El padre piensa en ellos. Posiblemente los que han llegado hasta el final y han leído los dos enlaces. Y les dedica esta entrada, como una Felicitación de la Nueva Década.

Soy BICo, sí. ¡¿Qué pasa?!

lunes, 14 de diciembre de 2009

Divagos de Punchet: Relatos habitables de Lara Moreno

[Normas de uso de la revista: Gassetia ya ha publicado el segundo Punchet, para verlo, y ver el resto de la revista, pinchad AQUÍ y aparecerán los tres números. Pinchad en el tercer número. Podéis echar un vistazo en forma de revista, pero para leerlo es más cómodo ir a la "Vista de informe". Si lleváis el cursor arriba, aparecen unos iconos y hay uno con un folio grande y dos pequeños. Al pinchar ahí, se abren tres vistas posibles. Pinchad en la tercera, "Vista de informe", y se abrirá una nueva ventana en la que es fácil ir pasando todo y leer lo que se quiera. Pero ahora, por si alguien se lía, o por los momentos en que cargan la página y el primer vínculo no funciona, pongo el texto. Aunque no queda tan bonito como en la revista, con las fotos a color].




¿Cómo coloco los ojos, para que me quepan tantos mundos?
Punchet


Me gusta bajar a Lavapiés. A veces. En un día de diario cuando ya haya oscurecido. Cuando se vive la vida de barrio porque todavía no han llegado los de fuera; menos yo, que soy un visitante poco visible. Este barrio es una metrópolis cruzada y condensada en un pequeño espacio. A veces parece como unos grandes almacenes formados por infinitos huecos ocupados por tiendas étnicas de segunda mano (como poco) donde venden todo lo que se ha gastado en un camino que se empezó cuando los artículos nuevos estaban ya deteriorados. O la gente de toda la vida, las parejas ya mayores que se quedaron aquí, estupefactas de cómo aceleraba el mundo en otras partes, que ahora meriendan café con churros en bares cuya pretendida elegancia se había esfumado a los pocos meses de su inauguración. Indios, moros, negros africanos, asiáticos, pasean como sombras que puedan diluirse en el aire en cualquier momento. O hacen como que han salido a comprar. O son dueños de una tienda, vacía de clientes, desde cuya puerta miran la calle. Todos contribuyen a que nuestros sentidos jadeen de ansiedad. Paseo como uno más, como si fuera de compras sin llevar bolsa ni dinero. Como si nos impulsara el miedo a parecer que no somos de aquí y pudieran aplicarnos tantas leyes que no podemos ni memorizarlas. Miro, toco disimuladamente, escucho cadencias de voz que, bien agrupadas y ordenadas, podrían esparcirse desde las salas de conciertos; olfateo, incapaz de diferenciar lo que me llega, dónde se ha mezclado. Sobre todo quiero ver, pero ¿cómo coloco los ojos para que me quepan tantos mundos?

No soy Schrödinger. Soy su gato y soy yo el que decide y hace los experimentos. Yo mismo me meto en la caja, cierro la tapa y me quedo en la oscuridad luminosa preguntándome si cuando la abra a la luz oscura del exterior estará allí Schrödinger, o su hijo, quizá un tío suyo o una sardina envenenada sobre la que me lanzaría con alborozo. Una vez, cuando la abrí estaba Lara saliendo del metro. La reconocí porque acababa de leer su libro Cuatro veces fuego en una biblioteca y venía una foto suya en la solapa. Le dije que lo había leído, pero no me preguntó si me había gustado, sino si podía invitarme a un te con ron. Nos sentamos en un bar en el que quedaban sillas que eran restos de varios cambios antiguos, pero sin que presumiera de “vintage”. Llevaba una falda corta, como algunas de sus protagonistas, pero no podía mirarle los muslos, ni la boca, ni los ojos. Solo me interesaba la que había escrito historias que me habían perturbado: y esa no pasea por la calle. Le miraba las manos. En uno de los relatos escribe que todos tenemos una mano inocente y una mano cruel. Le miraba la inocente, es fácil distinguirlas a poco que te fijes, y leía en ella:

«la boca de su madre estaba mojada en aceite y parecía una boca de verdad, no una boca de madre.»

Hemos tenido la misma infancia, una distancia recorrida por un temblor. Eso le dije. Le miré la mano cruel y leí en ella:

«Y claro que llegó la tristeza y la incertidumbre y la certeza, pero la muchacha (ya era una muchacha en la ventana) nunca comprendió muy bien según qué cosas y tampoco quiso preguntar

Tampoco Lara quiso preguntar por qué recordaba esas citas. Estábamos bien allí, tomando ron y dejando que el té se enfriara, fumando los cigarrillos que ella liaba. Esto se repitió varios días, hasta que dejé de encontrarla. He seguido bajando a Lavapiés; a veces. Pero no la he vuelto a ver. Era la única persona con la que sentía acercanza en ese barrio. Ahora lo recorro con los sentidos abiertos de un padre huido antes de tiempo.


Hay relatos habitables donde quedarse a vivir
Él

Se equivoca quien crea que Punchet es mi amigo. Solo porque se pega a mí cuando me ve, pago sus consumiciones, le paso un brazo por el hombro cuando mirando su copa susurra palabras que no entiendo. Porque en los bares que frecuento deja a mi nombre cuentas sin pagar y las abono con naturalidad. Porque deja a mi nombre, con la deuda, escritos en cualquier cuartilla u hoja de bloc que le han prestado, con la palabra “Divagos”, centrada, como título. Como este de Lara Moreno, que dejó para mí en la Almudayna. El primero de ellos llevaba una nota que decía “no sé qué hacer con estas cosas, quizás tú sí”. Lo curioso es que consideré siempre esos divagos como una obligación a cumplir. Con el poco tiempo que tengo, él me marca el destino. Por eso creo que en lugar de amigo es mi asesino, el que devora mi tiempo poco a poco.

La Lara que Punchet encontró y perdió en Lavapiés yo la he encontrado y no perdido en Malasaña. Yo sí le miro los muslos, la boca y los ojos. Me preocupa cuando tiene una tos ronca que persiste. Le pregunto si su hermosa pareja sigue dando luz cuando la tarde oscurece. La tengo totalmente separada de la escritora del mismo nombre que ha publicado, entre otras cosas, Cuatro veces fuego. Ni por un momento se me ocurre engañarme pensando que las dos son la misma.
Me ha gustado tanto, ese libro. Qué palabra tan pobre, “gustar”: lo he vivido. Están los relatos de infancia y familia, que recordaba Punchet. Pero hay otros. Unos contienen gérmenes de poemas como los de Panero (el loco, le dicen), o se refieren al recuerdo de esa infancia. Son poemas explotados, expandidos, que felizmente nos queman y hieren, entre las descripciones necesarias para que no nos perdamos demasiado. Como en el que se llama “Donde más te duela”. Allí leo:

«(...) Si te acercas a alguien mucho, tanto que las narices queden pegadas y respiren el aire ajeno como ladronas, tanto que tu visión sea oscura a pleno sol, porque sólo y exclusivamente veas los ojos contrarios, los ojos complementarios, los ojos contrincantes y cómplices y corruptos y veas sólo con los ojos, te darás cuenta de que está ahí, igual, exacto, intacto, sin los días de más en el cuerpo y sin las arrugas de la piel, sin todas las batallas y las víctimas y sin todas las ecuaciones torpemente resueltas, y por supuesto sin las nuevas fórmulas descubiertas; está ahí para ti, para sí mismo, y tú debes estar igual, a pesar de todo, a pesar de la caja llena de fotografías que guardas en el armario del Jardín.
(...)
El calor había quedado atrapado afuera. La hierba se empeñaba en ser fresca, el ruido de los pájaros durmiéndose, la silueta del tronco del árbol más negro que la noche. Pero daba igual. Sentí el calor de la tierra en las rodillas y acto seguido mis manos sudaron todo el frío que habían recibido bajo el grifo, y me saludaron, y creo que bendijeron el suelo que iban a escarbar, o algo, porque quedaron quietas, una sobre la caja y otra sobre la dura arena del campo, y dijeron cosas bíblicas que habían aprendido en el colegio. Y el verbo se hizo carne, seguramente,
(...)
Y entendí, con las manos enterradas en un racimo de uvas blancas, que todo puede ser de otra manera, que el Jardín devora la vida y luego la expulsa, para que nos la comamos, que siempre la vida está para comérsela.
».

Pero hay algo más, más decisivo. Todos hemos deseado que un libro no se terminara y hemos leído el final a sorbitos, para alargarlo. No se puede releer de inmediato el mismo libro queriendo que pervivan las sensaciones que produjo. Es tan grande la distancia entre el final y el principio que volver a este rompe el encantamiento. Pero hay quien sabe escribir un relato como si fuera un espacio donde quedarse, y puedes pasar del final al principio sin que se rompa nada: la atmósfera persiste y hasta se ahonda. Hay varios en el libro de Lara, pero el que más se hace espacio es “Las difusas”. Contiene el misterio cruel de la adolescencia, del despertar, y resuena en nuestra propia historia. Estuve una tarde entera de un sábado leyéndolo, haciéndome un té, volviéndolo a leer. Varias veces. No lo leía, lo recorría, como se recorre un camino. Es muy difícil escribir un espacio como ese, en el que el lector pueda acomodarse.


Postscriptum con Cascarinna rondando
Él



Tengo una joven vecina que se llama Cascarinna. De ella me separa un tabique tan delgado que cuando se lía un cigarrillo escucho el crujido del papel al curvarse. Escucha y canta coplas. El otro día encontré media tarta con esta nota: “He venido a dejarte la mitad de una tarta que he hecho y de paso a espiar lo que escribes. Una noche me leíste dos cuentos de esa chica, ¿te acuerdas? Te dejo mis impresiones en el ordenador”. Claro que me acuerdo, cuando llega dolida y no puede dormirse, si oye que estoy despierto toca en el tabique para que pase a leerle hasta que se duerma. Me parece excesivo que otra persona más ocupe el espacio de mi escritura. Además, me gusta cómo habla, pero cuando escribe cree que debe poner palabras difíciles y se acartona. Así que no doy entrada a su voz, hasta que deje de pensar que escribir es un acto elevado. Solo diré lo que me dijo escribiéndolo en mi ordenador.

Me dijo que había dejado fuera los relatos de sexo, los que más le gustaban. “Futuro imperfecto”, que la refleja, porque siempre que un chico o una chica le hablan de futuro no cumplen. Y la protagonista acaba vengándose en el baño de un bar, como ha hecho ella tantas veces, me dijo.

«Dijiste ya investigaré y yo vi o quise adivinar que estarías horas así, husmeando mi cuerpo, hasta que la nariz se te quedara atascada de tantos lunares desperdigados, hasta que mi piel fuera un erizo escalofriante entre tus dientes».

Me dijo que le emocionó “Durante horas”, donde un chico y una chica se descubren poco antes de madrugar, sin haber dormido, y se persiguen durante horas por la ciudad, manteniéndose a diez metros, hasta que veinte horas después terminan encontrándose en un callejón sin salida y, a una distancia de diez metros, mirándose y sin hablar, hacen el amor.

Le avisé que no la iba a incluir en el texto y le dije que no tenía razón en su preferencia, tanta atracción por enfrentarse acariciarse y violentarse, que no presta atención a todo lo demás. Cuando me quedé solo y lo pensé, comprendí que el equivocado era yo, simplemente porque tengo la edad de estar equivocado y ella tiene la edad de acertar. Simplemente porque la vida es así (cuando ya no está para comérsela). Fui a su pastelería preferida a comprarle pastas de té y le dejé la bandeja en la mesa de su sala, con una tarjeta que decía: “Lo siento, la razón la vuelves a tener tú”.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Qué noche que se abrió y no se ha cerrado


Homenaje a Zarzalejo

La cocina es el centro del universo si tu mundo es apenas lo que ves y oyes, si fuera de ese límite no contiene más certezas que las fantasías descabelladas. Los dormitorios son, entonces, lugares donde retirarte a dormir, enfrentarte a lo oscuro y vivir las indecencias; como la del miedo al afuera, donde tantas cosas desconocidas, incomprensibles, te pueden dañar. La cocina tiene una ventana enrejada que da a un patio con una pequeña huerta y muchos cachivaches amontonados. En la cocina se está caliente, huele bien. Por la cocina entra de fuera lo que es aceptado. La novela después de comer que oye madre, donde cuentan tan bien las historias; mejor que los viejos, que da tanto gusto oírlos en la plaza cuando, a fuerza de repetirla, atan la memoria del universo. Y el partido del domingo que padre oye conmigo a su lado y lo vivimos como derrotas y glorias militares tan intensas como las que cuentan los viejos.
En la cocina había hablado varias veces de que un día me iría a la ciudad, donde para un hombre joven siempre hay trabajo. Allí le dije una noche a madre que ese domingo me iría en el tren que pasa cuando amanece. No volvimos a a hablar de eso, pero cerca del amanecer, ese domingo, estaba madre en la cocina para hacerme el café.

—Llévate esto —me dijo al entregarme una bolsa blanca de plástico con algo dentro—. Los hombres no tenéis el gusto de quedaros en un sitio, vais de aquí para allá andando siempre hacia otra parte, por eso necesitáis una bufanda y unos calcetines gruesos de lana. Para protegeros del frío.
Lo metí en mi bolsa, suponiendo que se lo habría dejado olvidado él, la última vez; o la penúltima, o alguna de las anteriores. De eso hacía mucho tiempo. La última que lo vi, yo era todavía un niño que no había hecho la primera comunión. Supe que después había estado más veces, pero llegaba cuando estaba dormido y se marchaba en el tren del domingo, que pasa por el pueblo antes de amanecer. Sabía que había estado porque a la mañana siguiente, en la mesa de la cocina, encontraba un tebeo medio sucio y arrugado de Supermán o de Vidas Ejemplares o de Hazañas bélicas. Las más de las veces encontraba, sujetado con una goma elástica, un mazo de cromos de distintas colecciones, con fotos de jugadores de fútbol de varias temporadas anteriores, de ciclistas, de una naturaleza que no se veía en el pueblo o de la película de la guerra de Corea, que repetían el tono verdoso, la jungla ocupando el color de los soldados, que tanto me había gustado en el cine que ponían en el salón de la parroquia un domingo al mes. Hasta había cromos de colecciones de chicas. Me gustaba esa variedad y valoraba cada mazo por lo grueso que era. Los llevaba en el bolsillo, cada uno con su goma, y recordaba el día en que había encontrado cada uno junto al sitio de la mesa de la cocina donde yo desayunaba; cerca del fogón, que se estaba más calentito.
Una vez, me dejó un trompo de madera, pero sin cordel. Enfadado del olvido, que me hacía de menos, como si no pensara bien en mí, lo lancé contra unos pájaros y cayó en el prado del vecino. No salté la valla para recuperarlo.
Tiempo después, mi madre empezó a tener seca la mirada y ya no volví a encontrar más regalos. De todas formas, nunca hablamos de él. Ni cuando venía oculto en la noche ni cuando dejó de venir.
—Verás que hay días buenos, en los que tengas dinero para tabaco, para vino y hasta para coñac —me dijo mi madre despidiéndome en la puerta.

Del cambio de las estaciones, me gustaban los primeros fríos; para ponerme la bufanda, los calcetines gruesos, y caminar sintiéndome protegido. Caminar es el privilegio de los hombres.
Un amanecer vi una chica morena y muy menuda, que tiritaba. Le puse la bufanda al cuello, me regaló una sonrisa y se marchó.
Viví con una mujer rubia de carne tan suave como no había conocido. Cuando la abrazaba en la cama, su cuerpo se encendía, pero con la costumbre se le empezaron a quedar fríos los pies. Le ponía los calcetines y nos dormíamos. Llegó un momento en el que por mucho que me esforzara, un día si y uno no el frío le subía por las pantorrillas, que las tenía como las de esas corredoras africanas que saltaban vallas en la televisión. Su manera de mirarme se fue haciendo menos dulce y un día me marché, sin avisarla.
Con el frío que da no tener bufanda ni calcetines gruesos de lana, cambié el ser, que decía mi patrón, me volví un informal, por lo que ya no me daba trabajo todos los días. Al buscar en los bolsillos, un día ví que ya no tenía dinero grande para coñac, y dejé de beber coñac. Cuando ya no me quedaba dinero mediano para vino, dejé de beber vino. Cuando me quedé sin dinero pequeño para tabaco, dejé de fumar.

Ahora que parece que me han despojado de todo, camino por la ciudad entera, todas las calles son mías, y en este momento estoy en un banco de un parque. Y ha sucedido algo. El miedo a lo de fuera, la falta de comprensión que nublaba lo que veía, ha desaparecido. El despojamiento ha dado paso al descubrimiento. Se ha ensanchando el Universo y es mío ahora que todo es de sí mismo, no como lo veo yo. Las cosas, las personas, las hojas y la luz que reflejan y dejan pasar las veo como son. He recordado un año que el equipo de padre, que tenía muy malos resultados, a mitad del invierno se encontró a sí mismo y empezó a ganar todos los partidos. Padre estaba feliz. Por la radio dieron los tres últimos partidos, que ganó y se convirtió en campeón. Estaba tan feliz que mojaba pan en su vino y me lo daba. Recuerda, me dijo, cuando las cosas van mal a veces es necesario que vayan totalmente mal; solo así podrás entender quién eres y empezar a ganar. Lo recordé ahora, que ya solo tenía el aire para respirar. Al ver las cosas como son, lo comprendí todo: lo mío y lo de fuera. Si en este momento pasara padre, me levantaría, le daría un gran abrazo y le diría que ya entiendo lo que hizo. Si en estos momentos pasara madre, me levantaría, le daría un gran abrazo y le preguntaría si entiende ya por qué hice lo que hice.
Ahora sabré ser formal lo justo para encontrar en mi bolsillo dinero pequeño, y volver a fumar tabaco; dinero mediano, y volver a beber vino. Pero cuando tenga en mi bolsillo el primer billete grande, lo primero que haré será ir a comprarme para el cuello un pañuelo de seda de colores muy vivos.