sábado, 30 de mayo de 2009

El misterio del tren de las 07:10 de la línea dos

Llevo más de 14 años cogiéndolo; raramente, a veces subo al anterior o a uno posterior. Hace tiempo, empezó a llenarse de gentes de otros países. Distintos colores de piel. Manos grandes para la construcción. Mujeres cansadas para la limpieza de tantos locales y casas; para las cafeterías, que recuperaron con ellas un trato empático. Todos con ojos de sueño insuficiente.

Hace poco, del vagón segundo, que es al que subo siempre, han ido desapareciendo con un vértigo brutal que contradice la lentitud con que lo fueron ocupando. Los seis españoles de siempre pasamos de ser la minoría étnica al grupo mayoritario.

La otra mañana íbamos los seis y un joven sudamericano de piel chocolate claro, sentado al fondo del vagón. Creo que todos estábamos asustados. Que queríamos, por una vez, preguntarnos unos a otros; hablar con ese joven por si nos podía orientar. Pero no lo hicimos; quizá nos dio miedo descubrir la verdad. ¿Qué espanto les estará abatiendo uno a uno, tan velozmente, a quienes creaban la riqueza de la que nos beneficiamos?

No quisimos mirar el abismo cara a cara.

martes, 26 de mayo de 2009

Demoño vecindario

Esta frase tan bonita no es mía, me la envió por mail Aroa cuando me estaba poniendo pesado.

Porque Aroa es mi vecina, y mi amiga, y mi cómplice para ciertas trastadas, y compañera mía del taller. El orden no importa.

Aroa es chiquitita, chiquitita y jovencita, jovencita. Una imberbe, vamos. Y sin embargo...

Y sin embargo Aroa Moreno el viernes presenta ya su primer libro, Veinte años sin lápices nuevos, en la colección de poesía de la Editorial Alumbre. La presentación es a las 8:30 en El ladron de tinta, calle Noviciado nº2.

En un poema, titulado Tú y yo y la guera fría, dice por enmedio:

La mañana es de sombra.
Hay pájaros que buscan
una miga de pan
entre banderas rotas.


Las guerras son las mismas.
Una casa.
Tendré niños con parches
en los ojos.


Vigilaré
-entre humo-
su juego y su memoria
tras ventanas redondas.


Espero la llegada de mis padres
tan trémula y perdida
como esperé una manta
un brazo sobre el hombro.


Y es que ella es así, entre lava y dura roca volcánica. No pongo más poemas. El que quiera que vaya a oírlos, o se compre el libro, o se ponga en contacto con ELLA para que de algún modo se los haga llegar.

viernes, 22 de mayo de 2009

El tema era la revelación



La dignidad no es el juego


Supongo un castillo. Resplandeciente desde abajo, como si lo hubieran construido ayer. Solitario y orgulloso. No yo, es todo el pueblo el que cree que las órdenes vienen de él. Mas en el instante que dura un cabeceo, que produce un despertar inmediato por el dolor de la tensión del cuello ante la caída de la cabeza, vuelo y penetro en el castillo. Está solo, frío, huele a rancio. Quien lo gobernaba y sus servidores, que mantenían una actividad frenética de la que partían todas las órdenes y la fuerza para su cumplimiento, hace tiempo que lo abandonaron. Ahora, con los ojos abiertos, lo comprendo.

Yo soy el castillo y el pueblo es mi cuerpo.

Mi cuerpo, que creía cumplir órdenes de un poder, ha quedado solo, frío y huele a rancio. No cabe de la vida mayor indignidad.

Todos los martes y viernes, desde la muerte de Sonia, viene una musculosa mujer. La espero en medio del cuarto de baño, desnudo. Me ayuda a meterme en la bañera, donde me quedo de pie, agarrado con la mano a un soporte, encorvado, y ella me ducha, corta el agua, me restriega todo el cuerpo hasta enrojecerlo y, después, con una esponja pequeña, con la misma esponja, me limpia todos los orificios del cuerpo, vuelve a abrir el agua, me ayuda a salir y me frota con una toalla. Me pone unos calzoncillos y un pijama, limpios; me riñe por no haberme cambiado de calzoncillos desde la ducha anterior. Y por llevar esas zapatillas astrosas en lugar de usar las nuevas. Pero después de haber sido tratado como un bebé vertical y temblón, me da lo mismo que me riña y solo deseo que se vaya pronto. Me siento a gusto. Aunque mayor indignidad no cabe.

Los lunes, miércoles y viernes viene Silvia, la asistenta desde que Sonia cumplió 40 años. Limpia la casa, coge dinero de un cajón, hace la compra y cocina para ese día y el siguiente; sobre todo sopas, que es casi lo único que acepto con gusto. Una vez al mes, entra en el cuarto de Sonia, a airearlo, quitarle el polvo y fregarlo.
Hacía ya tiempo que dormíamos cada uno en un cuarto. La molestaba con mi insomnio y, cuando me dormía, con los ronquidos. Desde que murió no había entrado, salvo la semana pasada, pero siempre quise que se conservara igual. A su muerte, Silvia me dijo que dos abrigos y unos vestidos del armario le vendrían muy bien y que a la señora no le importaría, pues muchas veces le había dado ropa. Le dije que no, claro. Desde entonces la inquina que siempre me había tenido se convirtió en odio. A Sonia la envidiaba y yo entendía que lo hiciera. Dos mujeres tan distintas, la una premiada por la suerte y la otra sacando adelante su casa y la nuestra. Supongo que me roba en las cuentas, que nunca me justifica, pero no me importa. De lo que estoy seguro, porque la he visto, es de que escupe en la cazuela de la sopa. Pero me da lo mismo, porque no diferencio entre sus escupitajos y el sabor al jamón rancio que compra para las sopas. Con todo, no cabe mayor indignidad por su parte.

Me atreví, después de tanto tiempo, a entrar en el cuarto de Sonia. Hice mal, porque seguía manteniendo algo de ella que los fregados mensuales no habían conseguido arrancar. Enredé un poco con los objetos, distraídamente, y abrí un par de cajones. En el segundo, al fondo pero sin esconder, encontré varios mazos de cartas, uno por año. Es lo que llevo leyendo, casi sin dormir, esta última semana. Los dos habíamos tenido relaciones fugaces, que nos contamos, y yo también alguna no que no lo fue tanto y no se lo conté. Por eso supuse siempre que también ella me ocultaría algunas. Por mi trabajo, en diferentes períodos, estaba fuera casi cinco meses de cada año. Lo que no podía esperar era que desde que cumplimos diez años de estar juntos, hubiera tenido una relación apasionada con Héctor. Que se hubiera dado a él mucho más que a mí. Y que conservara todas sus cartas desde la primera a la última.
Héctor era un poeta nefasto que malvivía de lo que podía. Un joven airado, lo que deja de tener gracia si no te mueres con 22 años, sin ningún rasgo de talento para el lenguaje, aunque sí para presumir de un conocimiento diferente de la vida. A mí me producía cierta pena y cada vez que lo encontraba en un bar le invitaba a todo lo que hubiera tomado, soportaba su conversación y prometía hablar de él a mis amigos periodistas. Pero había recibido lo mejor de la atención de Sonia, oculta para mí durante tantos años. Apenas había salido el tren o el avión en el que me iba, se instalaba en casa y vivía allí hasta horas antes de que yo regresara. El torpe y engreído de Héctor.
Repaso las conversaciones de Sonia y les voy dando un giro a su significado. Su ánimo constante por mi carrera, de la que creía se sentía orgullosa, su presión para que siguiera manteniendo mi posición y viajando tanto como fuera necesario. Podría haberle dado la negrura de Héctor, con más fundamento, pero me enorgullecía pensar que había formado para ella un mundo claro y luminoso, que era lo que necesitaba. Ahora tengo que desmontar cada situación, carroñear cada fibra, hasta llegar al hueso duro y seco de no haber sido amado. Solo temo que por mi edad muera antes de haber terminado la tarea, cuando queden en mí restos de mi largo amor por ella.

Silvia tuvo que ser la que recibía las cartas y luego las guardaba. La que, rencorosa, las puso en el cajón para que alguna vez las viera. La que les llevaba el desayuno a la cama. Por eso he llamado a un restaurante cercano para que me sirvan dos raciones de sopa y una barra de pan cada día, y a una tienda para que me traigan fruta y las pocas cosas que me hacen falta. Aunque sé que lo necesita, le he reducido a la mitad el tiempo de trabajo y el sueldo; y ya no hay dinero en un cajón abierto. Presiento que cabe mayor indignidad, pero todavía no se me ha ocurrido cómo.

lunes, 18 de mayo de 2009

Esta es la mujer que logró que


Más chula que un ocho, ¿verdad? Quería poner esta foto de ella por eso, por su postura de desafío que la define, aunque tengo algunas más recientes en las que está más guapa; pero tenía la foto en el trabajo y tuve que esperar para mandármela.

Es una de mis maravillosas sobrinas, pero con ella, M, siempre ha habido algo especial. Hasta fui su padrino (por poderes, claro), lo tenían claros sus padres, porque en caso de necesidad me habría tenido que ocupar yo de que recibiera una pulcra educación cristiana. Já. Esa relación especial la tuvimos desde muy chiquitita. Cuando llevé a L por primera vez a su casa, ella debía tener unos tres años. Estábamos los dos en el sofá y nos debimos coger la mano. M puso una mirada furiosa y se abalanzó hacia nosotros, moviendo los dedos como si fueran unas tijeras y diciendo “te corto, te corto, te corto”. Ahora L y M son uña y carne.

Creo fue en el año 2000 que me llamó para quedar. Nos vimos en Albur, en la calle Malasaña. Me quería decir que su chico reciente (que sigue siendo el de ahora) se iba seis meses a Rumanía a no sé que curso de filología (siempre ha sido un raro y un exquisito), me dijo que tenía que hacer algo para combatir la soledad y me propuso que escribiéramos un libro de relatos a medias, con una reglas. Acepté y en ese momento pasó el fotógrafo habitual del barrio, que se retiraría poco después, y nos hicimos una foto del momento. Está muy bien, pero tiene un problema, salgo yo y no la puedo poner.

Con 20 años había dejado de escribir en serio, por razones que no vienen al caso, y me dediqué a un claro ¡oh nanismo! literario del que no salí hasta esa tarde en Albur. Escritura críptica, confusa, bloque, paliza. Cuando me levantaba de la máquina de escribir, la gente que había en casa huía, no se lo fuera a leer. Cada mes rompía todo y volvía a empezar (a copiarme).

M consiguió que escribiera de nuevo, torpe, pero ya no lo dejé, luego vino el blog, el taller, y algo he aprendido. M fue la mujer que logró que escribiera.

También, junto con la que vive en casa, es la mujer con la que más disfruto las pocas veces que nos emborrachamos juntos, aunque la verdad es que son pocas. Es editora de una casa editorial grande y trabaja hasta el agotamiento, luego tiene dos niños, de tres y seis años, y un chico que hasta hace poco solo libraba un fin de semana al mes, así que ha tenido que hacerse cargo de los niños todos los fines de semana, sola.

Y la vida le da golpes duros. Pero es como en la foto. Racionaliza, organiza, lucha y planta cara. Un día volverá a escribir ella. Tiene mejores cosas que contar que yo. Entre tanto, a ver si una tarde de estas quedamos los dos (o los tres si él puede), y bebemos hasta soltar las palabras necesarias y me vuelvo a casa tropezando con las puertas.

Le debo mucho más de lo que he contado aquí.

A veces, MADRID MEJOR(ob)A

¿Recuerdan ustedes aquella canción sobre la revuelta en un frenopático? ¡Qué risa! Los locos tomaban el poder, hacían una Asamblea y tomaban una decisión "¡Mañana sol, y buen tiempo!"

Pues a ver qué les parece esta: "Hay que ser felices y optimistas, no hay que ser catastrofistas".

Se equivocan, no era el segundo punto de las conclusiones de aquella Asamblea. Son las palabras que este fin de semana ha dicho Doña Ana Botella de Aznar, a la sazón la directora de la cosa del Medio Ambiente madrileño, como contextualización de las medidas que ha tomado.

Resulta que en Madrid hay 27 estaciones de medición de la contaminación, sobre todo la que producen los coches. Pero la UE exige que se midan otros componentes del aire, más generales. Son mediciones necesarias, como las del ozono, para conocer el aire en Europa.

Lo bonito del caso es que aprovechando que se va a medir eso, va a cerrar 19 de las 27 estaciones, precisamente las más contaminantes, y va a abrir 6 en zonas apartadas de la ciudad, de poco tránsito y muy arboladas. Así que se acabaron las series históricas, que comparaban las mismas mediciones desde los mismos sitios. ¡En el 2010 vamos a tener las mediciones más positivas desde que se empezó a medir!

O sea:
Por orden de la Autoridad, Madrid va a tener el aire más limpio de todas las ciudades europeas.*

* (Esta frase es una predicción mía, tampoco es un punto de la Asamblea del frenopático).

Sen felices y sálvense, no me hagan como decía Benedetti.

viernes, 8 de mayo de 2009

La soledad me sigue visitando

Hay que ver lo que son las tradiciones: quién lo diría y ya van tres. Tres años que en este día me dedico un poemilla que permite trazar una gráfica como la de las acciones en bolsa, con subidas y bajadas. En un día como hoy, se rindió la Alemania nazi; o Nabokov conoció a Vera en un baile en París. Yo, simplemente nací, creo que con más voluntad que acierto. Aquí expongo, sinvergüenza, el de este año.

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Torpe para la vida, olvidadizo,

casi nunca me encuentro donde estoy.

La soledad me sigue visitando

como una amante apaciguada con los años.

Si tarda, la busco inquieto

por las calles más extrañas

donde la paz presagia una masacre.


Echo las cuentas

por el balcón. Queda la calle

cubierta de letras y números

irreciclables e inconexos.

Los menos que me han odiado

lo han hecho con más fundamento

que los más, que me han amado

a tontas y a locas.

Olvido a los primeros,

egoísta.

Agradezco a los demás

la falta de criterio.

Sin vosotros no estaría,

no estoy,

sujetando el corazón

cuando os pienso.

En resumen, es poco.

Es el detalle lo que cuenta,

cada minuto es lo que estalla.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Así que pasen mil años

«Qué dicha escuchar el misterioso y hermosísimo piano de Bill Evans y el inimitable sonido del saxo de Coltrane, poniéndose a las órdenes de Miles Davis, el fulano que declaraba con legítima arrogancia haber revolucionado varias veces la historia de la música, para crear un disco que se oirá con idéntico placer dentro de mil años».

Carlos Boyero, Babelia, nº 908

El jueves, 7 de mayo, a las 19:00 h. tendrá lugar en la librería una conferencia con motivo de los 50 años de grabación de Kind of Blue, obra maestra del jazz.

Se cumplen 50 años de la grabación de Kind of Blue, de Miles Davis, por lo que el jueves en la librería contaremos con la presencia del Kind of Blue Group (Alberto Sanz, Luis Lassaletta, Fernando Sanz y José Quevedo), que nos hablarán de los músicos que participaron en la sesión creando cada una de las magistrales piezas, cinco en total, que la componen.