jueves 16 de julio de 2009

El tema era "gastronomía"

Miedo razonable

En cuanto se encontraron se comieron con los ojos y fue tal el resplandor que quedaron ciegos. Han decidido no tocarse por miedo a perder las manos, ahora que tanto las necesitan.

martes 7 de julio de 2009

Camarote 503

Nano, Grumete de Segunda de la Marinería de Asalto
En su nombre y en el de la tripulación del Bremen
os invita el sábado día 11 de julio
a celebrar en cubierta año y medio del taller El Bremen
presentando un libro de relatos la mar de buenos de sus marineros más veteranos.
Será a las 20.00 en el
Ladrón de Tinta
(calle Noviciado, 2)
Lo que suceda después dependerá de los vientos


miércoles 1 de julio de 2009

El tema era: Viaje

Apaga la luz y luego apaga su luz
Otelo
Shakespeare



Y encendieron las luces de la casa




Organizar ese retraso no debe ser fácil, pero cuando el período se cumple no hay una segunda oportunidad. Dijo que no se moriría sin tener un nieto varón en los brazos. Ganó 28 años, pero lo tuvo, disfrutó de él un verano antiguo, de dos meses en la playa, y en el otoño empezaron las incomodidades.

Al mediodía de Nochebuena, la hermana llamó al hermano pequeño, que había ido por las fiestas a otra ciudad. No se puede hacer nada, tenemos que hablar. Mañana vuelvo y hablamos. No, ahora, para no pasar unos meses de fuertes dolores hay que medicarla, aunque viviría menos. ¿Hablaste con los hermanos? Cuatro somos demasiado para entendernos; decidimos tú y yo; luego se lo diremos. Por mí, pide las recetas. Ya las he pedido. Cómpralas en la farmacia. Ya las he comprado. Mañana al mediodía estoy ahí.


El hermano pequeño iba a casa de la hermana todas las mañanas, a las ocho y media o nueve. Quizá convenga hacerse una idea de una parte de la casa. Un recibidor da directamente al salón porque se habían quitado las puertas de comunicación. Y el salón da a un comedor. En una esquina de aquél un pasillo conduce a los dormitorios y los baños. Pero lo que importa es que una puerta a la derecha de ese pasillo, la primera, se abre a la antecocina. Después viene la cocina, que al fondo, a la izquierda, da a una terraza encristalada, mientras a la derecha está el pequeño recibidor de la puerta de servicio, desde el que se pasa a un pequeño cuarto soleado, entre el recibidor y la terraza, que le habían elegido para su tranquilidad.

El Primperán era ya una broma. Lo vomitaba todo, salvo alguna manzanilla bien azucarada con dos rodajitas de limón. Nada más llegar, el hermano le preparaba una, y un café para él. Entraba con la bandeja y tras el beso le preguntaba siempre si quería que avisara a los hermanos mayores, para que viniesen.
—Tienen sus cosas, su vida y trabajo. Es demasiado pronto.
Había ido perdiendo peso, pero parecía que la piel se le tensara. Cada día estaba más delgada, más joven, más como de dulce con su mirada de almendra. A todos los que iban entrando les contagiaba un ritmo pausado. Cuando el hermano salía a la terraza del salón a fumar un par de cigarrillos, tenía la sensación de arrastrar tras él una película demasiado expuesta a la luz, que lo iba amarilleando todo hasta quemarlo.


Una mañana, 18 días después, la hermana le dijo que había pedido que avisase a los hermanos para que vinieran enseguida. De aquella tarde, que los cuatro hermanos consideraban especial y memorable, en realidad ninguno recordaba nada. Solo una sensación de algo importante que les había quedado. La hermana comentó que más que una madre con sus hijos parecía una novia. El hermano pequeño recordaba que la había oído reír por primera vez en la vida, aunque muchas veces la recordara sonriendo. A las 8 le pusieron otra inyección. Dijo que estaba cansada y le molestaba la luz. Que quería quedarse sola. Se despidieron todos con un beso y fueron al salón. Poco después sonó el timbre que tenía a mano y al que acudió le dijo que la luz del recibidor era demasiado fuerte. La apagó. Un rato después, la luz de la cocina le resultaba insoportable y más tarde la de la antecocina y después la del pasillo. Apaga la luz y luego apaga la luz. Todos descansaban, en silencio o diciendo algo en susurros, en el salón y el comedor, con las lámparas imprescindibles. Hacia las dos de la madrugada, alguien que se acercó la notó demasiado quieta y avisó a los demás.


No respiraba ni tenía pulso. El hermano pequeño unió su pulgar derecho con el de la mano izquierda de ella; y su izquierdo con el derecho. Le habló de que estuviera tranquila, de que a lo mejor él tenía razón e iba a descansar en la nada, o que la tenía ella y vería pronto a su marido y sus padres. Le dijo que si notaba la oscuridad, se envolviera suavemente en ella porque tenía derecho al descanso, pero que si veía una luz, no se retasara en alcanzarla, que todos estaban bien y no tenía que preocuparse de ellos. En ese momento sonó el estertor y el cuerpo quedó en pausa infinita. El segundo de los hermanos comprobó con un espejo que no dejaba escapar aire. Sin perder tiempo, le cambiaron el camisón por un vestido que estaba preparado. Se dispersaron por la casa, sin ganas de hablar o mirarse.


Y encendieron las luces de la casa.

domingo 21 de junio de 2009

Entretenidos datos que explican nuestro mundo

La semana pasada, el ingeniero agrónomo José Esquinas, alto cargo de la FAO durante treinta años, posiblemente uno de los científicos que más ha trabajado el tema de ética y alimentación, no dejéis de buscar cosas sobre él en Google, dio una conferencia en Madrid.

Dos datos estadísticos bastan para entender lo que nos rodea y para hacernos responsables:

En el año 2005 se igualó en el mundo el número de obesos y el número de hambrientos.

Actualmente, el presupuesto de 10 años para la FAO, el organismo que más puede hacer para terminar con el hambre en el mundo, equivale al presupuesto militar de 1 día en el mundo.

3.652 contra 1.

martes 16 de junio de 2009

Esperando tiempos peores

Hay hombres que los días festivos de calor salen de sus pensiones del centro, de los cuartos alquilados sin aire
Que se cansan de caminar sin rumbo y se apoyan en la baranda de una salida del metro, como esperando
Que a quien esperan ya no está o no existió nunca
Que no tienen dinero salvo para tabaco, para fumar dulcemente
Que no saben que los he visto al salir a pasear y de nuevo cuando regreso
Que están allí detenidos, como si hicieran algo
Que temen que el lunes de paro o de trabajo sea peor que el anterior
Que saben que lo será
Que disimulan que no están vencidos y esa falsa victoria es la única que creen ganar
Hombres a los que nunca les salió gratis una caricia
A los que su padre no les llevó a conocer el hielo
A los que de niños la noche no les era peor que el día.

Hay hombres, cuando notan que los miran con amor, que se asoman a la ventana, hablan del tiempo, quieren ir a comprar tabaco, tosen
Cuando se saben acosados, aplastados contra la pared
Cuando temen no estar otra vez a la altura
Cuando amores lejanos los zarandean y aparecen gotas de sudor bajo los párpados
Cuando temen llegar otra vez tan bajo
Cuando les inquieta no estar otra vez nunca solos en silencio en guerra consigo mismos
Cuando buscan una excusa y desaparecen
Cuando lamentan siempre tarde y a quien no deben.

Hay hombres como estos que durante el tiempo correspondiente ocupan una línea en el padrón municipal.

viernes 12 de junio de 2009

Conciencia de perro

Ayer estuve viendo La lección, de Ionesco, un texto magnífico y una obra magníficamente dirigida por Joan María Gual e interpretada, también de lujo, por Manel Barceló, Itziar Miranda y Maica Barroso. En el programa de mano el director, en lugar de hablar de la obra, cuenta una anécdota que va más allá de la anécdota. Durante mes y medio, fue a los ensayos con su perro labrador, llamado Puck, y esto es lo que cuenta el director:

«El animal permanecía durante todo el ensayo tumbado a mis pies, observando atento los movimientos del actor y las actrices, o en ocasiones dormitaba y a veces roncaba. Pero desde el primer día, al llegar a la escena final donde la alumna es agredida y dominada hasta las últimas consecuencias por el profesor, Puck adoptaba una actitud vigilante, que me obligaba a retenerlo para que pudiera proseguir la acción, porque su instinto le transportaba a intervenir, para evitar que la alumna fuera agredida. No soportaba que alguien fuera maltratado. Cuando terminaba el ensayo y yo le liberaba, corría a abalanzarse sobre la actriz que interpreta a la alumna, para comprobar que efectivamente no había sufrido daño, y colmarla de lametones reparadores.

Pensarán ustedes que esto no tiene mayor importancia, y quizás sea cierto, pero lo que a mí me ha impresionado es que a lo largo de todos y cada uno de los ensayos no ha dejado de tener esa actitud y que indefectiblemente al llegar a la escena fatídica, despertaba de su aparente duermevela para prestarse a intervenir en defensa de la alumna, si yo no lo hubiera evitado sujetándole por el collar.

Puck, a lo largo de un mes y medio de ensayos, no ha querido admitir, por cotidiano, que alguien quiera dominar a otro con el uso de la fuerza ... y cada día ha intentado intervenir para evitarlo a pesar de que no se le ha permitido y que cada día ha podido comprobar que todo era puro juego. No ha aceptado en ningún momento que la repetición de una situación injusta la transformase en aceptable.

Me gustaría pensar que este juego que hoy les proponemos nos va a servir a todos para reflexionar y no admitir, sin excusas y bajo ningún concepto, ser protagonistas o cómplices de ninguna relación de poder, por reiterada y cotidiana que resulte, ni dejar que se instale en nuestras vidas cómodamente desde el televisor del salón de casa.»

jueves 4 de junio de 2009

Sobre la venganza


LLEVAR LAS LATAS ERA LO MÁS DIFÍCIL


Aplastado por el cielo blanco de verano, casi sordo por las chicharras, de espaldas a la colonia de casas con jardín y árboles, que era lo que realmente le asfixiaba, Pablo esperaba a que sus amigos terminaran de merendar, en su postura habitual cuando estaba solo: en cuclillas, arañando con un palito la tierra reseca, mirando hasta el horizonte de ese Levante desértico con algunas matas pequeñas y muchas piedras. Cegado y oprimido por el cielo, inmune al calor.
Después del partido de fútbol de más de dos horas que jugaban nada más terminar la comida, había merendado la botella de litro de gaseosa fría que su madre le dejaba pagada en la tienda. El instinto de no pasar por casa era superior al de tomarse un bocadillo. En cuclillas, sordo y ciego, se sentía en paz y a salvo. Esperando a los amigos.
Loco.
Porque de principios de septiembre a finales de junio, salvo Navidad y Semana Santa, iba al colegio todos los días de lunes a sábado. Y el domingo a la misa obligatoria. Porque en verano, la familia se trasladaba a esa colonia y todos querían descansar y que hubiera silencio. Porque lo que él necesitaba era gritar, agitarse, golpearse. Vaciar la cabeza. Por eso pasaba todo el tiempo en el desierto, poblándolo de lo inimaginable, dedicado a proponer lo más absurdo. A pesar de que era el más débil, la imaginación y la resistencia le valían para que se le tuviera en cuenta.

De uno en uno se fue formando el grupo de esa tarde. Pocos, porque era domingo y había padres que deseaban disfrutar de sus hijos, más dos primas sin nombre que había que arrastrar y Mónica, que sí tenía nombre porque se lo había ganado. Participaba en todo menos en el partido de fútbol y era la única que podía conseguir los objetos necesarios, como latas vacías donde meter los escorpiones que cazaba Pablo y luego iban metiendo en un círculo de fuego. Sacaba seis meses a Pablo, que tenía doce años recién cumplidos. Era pelirroja, muy flaca, pecosa y valiente.
—¿Por qué hay que matarlos? —preguntó en la primera cacería.
—Porque son malos y pican a la gente —respondió Pablo.
No puso ninguna objeción y colaboró como una más. Cualquiera podría haber dicho que en toda la historia conocida por ellos en la zona, nunca jamás uno de esos pequeños escorpiones había picado a nadie, salvo a Pablo, cuando se escapó uno pequeñito de una lata, le cayó en el pie y le clavó el aguijón. Se le hinchó un poco el pie, le pusieron una crema, durmió mal una noche y asunto zanjado. Como el tema de por qué los mataban. Podían picar; y eso era suficiente para hacer lo que hacían.

Mónica y Pablo guardaban dos secretos. Una tarde, jugando al escondite en la casa de ella, un edificio enorme de dos plantas más una torre, se escondieron en el mismo armario y se besaron en los labios. Ella le toqueteó y abrazó, y él a ella. La importancia de aquello iba más allá del hecho de satisfacer una curiosidad que había sido tema de innumerables conversaciones. Algo les unía, sintió Pablo.
Días más tarde, salieron solos, dejaron las bicicletas abajo de la barranca y se metieron a explorar una cueva. Donde todavía había luz, volvieron a besarse.
—Si me enseñas tu palo te enseño mi rajita.
—Primero tú —contestó Pablo.
Era la primera vez que veía una. En aquel entonces a lo más que se podía llegar era a mirar en las enciclopedias fotos de negras con las tetas descubiertas. Estuvo mirándola embobado, tocándosela, notaba que le gustaba con aquel sudor que la humedecía. “Despacito”, le dijo; y siguió hasta respirar muy fuerte.
Cambió el turno, se lo enseñó y ella empezó a tocarlo, conforme iba creciendo. Empezó a temblarle y al final le salieron unas gotitas de líquido transparente. Mónica recogió un poco en la mano y los dos lo olieron y lo probaron con la punta de la lengua. Era asqueroso y ácido. Se volvieron a besar, riendo, para quitarse ese gusto. De aquello, ni una palabra. Habían descubierto el misterio y de eso no se habla. Subieron la pendiente y se quedaron sentados arriba, viendo el mar terroso que se extendía hasta una montaña del fondo. Pablo, desde entonces, se sintió más en paz, más dulce, menos loco.

El que se escapó aquella tarde y le cayó sobre el pie, en la parte que dejaba libre la alpargata, era un poco más grande. El pie se le hinchó más y le llevaron al médico. Su padre no creyó ya en la casualidad de que “iba andando por el campo y casi lo piso y me picó”. Quedaban ocho días para terminar el veraneo, diez para volver al colegio, y estuvo castigado a no salir de la casa y el jardín; sus amigos no podían entrar. Alguna vez hablaron por la verja. Mónica, hija de un militar, se volvía a La Coruña y no iba a volver otro año. Pablo, como un fantasma, daba vueltas a la casa por el jardín, pensando en lo que le había hecho su padre. No iba a matar más escorpiones y deseó que crecieran y uno grande le picara a él. Aún loco como estaba, se daba cuenta de lo improbable de que sucediera. Tenía que hacer algo.

En el primer día de colegio, a la hora del rosario no lo rezó. El cura le llamó después y le preguntó que porque había estado con la boca cerrada, sin contestar a las avemarías.
—Es que ya no creo en Dios, oí decir a mi padre que no existe.

sábado 30 de mayo de 2009

El misterio del tren de las 07:10 de la línea dos

Llevo más de 14 años cogiéndolo; raramente, a veces subo al anterior o a uno posterior. Hace tiempo, empezó a llenarse de gentes de otros países. Distintos colores de piel. Manos grandes para la construcción. Mujeres cansadas para la limpieza de tantos locales y casas; para las cafeterías, que recuperaron con ellas un trato empático. Todos con ojos de sueño insuficiente.

Hace poco, del vagón segundo, que es al que subo siempre, han ido desapareciendo con un vértigo brutal que contradice la lentitud con que lo fueron ocupando. Los seis españoles de siempre pasamos de ser la minoría étnica al grupo mayoritario.

La otra mañana íbamos los seis y un joven sudamericano de piel chocolate claro, sentado al fondo del vagón. Creo que todos estábamos asustados. Que queríamos, por una vez, preguntarnos unos a otros; hablar con ese joven por si nos podía orientar. Pero no lo hicimos; quizá nos dio miedo descubrir la verdad. ¿Qué espanto les estará abatiendo uno a uno, tan velozmente, a quienes creaban la riqueza de la que nos beneficiamos?

No quisimos mirar el abismo cara a cara.

martes 26 de mayo de 2009

Demoño vecindario

Esta frase tan bonita no es mía, me la envió por mail Aroa cuando me estaba poniendo pesado.

Porque Aroa es mi vecina, y mi amiga, y mi cómplice para ciertas trastadas, y compañera mía del taller. El orden no importa.

Aroa es chiquitita, chiquitita y jovencita, jovencita. Una imberbe, vamos. Y sin embargo...

Y sin embargo Aroa Moreno el viernes presenta ya su primer libro, Veinte años sin lápices nuevos, en la colección de poesía de la Editorial Alumbre. La presentación es a las 8:30 en El ladron de tinta, calle Noviciado nº2.

En un poema, titulado Tú y yo y la guera fría, dice por enmedio:

La mañana es de sombra.
Hay pájaros que buscan
una miga de pan
entre banderas rotas.


Las guerras son las mismas.
Una casa.
Tendré niños con parches
en los ojos.


Vigilaré
-entre humo-
su juego y su memoria
tras ventanas redondas.


Espero la llegada de mis padres
tan trémula y perdida
como esperé una manta
un brazo sobre el hombro.


Y es que ella es así, entre lava y dura roca volcánica. No pongo más poemas. El que quiera que vaya a oírlos, o se compre el libro, o se ponga en contacto con ELLA para que de algún modo se los haga llegar.

viernes 22 de mayo de 2009

El tema era la revelación



La dignidad no es el juego


Supongo un castillo. Resplandeciente desde abajo, como si lo hubieran construido ayer. Solitario y orgulloso. No yo, es todo el pueblo el que cree que las órdenes vienen de él. Mas en el instante que dura un cabeceo, que produce un despertar inmediato por el dolor de la tensión del cuello ante la caída de la cabeza, vuelo y penetro en el castillo. Está solo, frío, huele a rancio. Quien lo gobernaba y sus servidores, que mantenían una actividad frenética de la que partían todas las órdenes y la fuerza para su cumplimiento, hace tiempo que lo abandonaron. Ahora, con los ojos abiertos, lo comprendo.

Yo soy el castillo y el pueblo es mi cuerpo.

Mi cuerpo, que creía cumplir órdenes de un poder, ha quedado solo, frío y huele a rancio. No cabe de la vida mayor indignidad.

Todos los martes y viernes, desde la muerte de Sonia, viene una musculosa mujer. La espero en medio del cuarto de baño, desnudo. Me ayuda a meterme en la bañera, donde me quedo de pie, agarrado con la mano a un soporte, encorvado, y ella me ducha, corta el agua, me restriega todo el cuerpo hasta enrojecerlo y, después, con una esponja pequeña, con la misma esponja, me limpia todos los orificios del cuerpo, vuelve a abrir el agua, me ayuda a salir y me frota con una toalla. Me pone unos calzoncillos y un pijama, limpios; me riñe por no haberme cambiado de calzoncillos desde la ducha anterior. Y por llevar esas zapatillas astrosas en lugar de usar las nuevas. Pero después de haber sido tratado como un bebé vertical y temblón, me da lo mismo que me riña y solo deseo que se vaya pronto. Me siento a gusto. Aunque mayor indignidad no cabe.

Los lunes, miércoles y viernes viene Silvia, la asistenta desde que Sonia cumplió 40 años. Limpia la casa, coge dinero de un cajón, hace la compra y cocina para ese día y el siguiente; sobre todo sopas, que es casi lo único que acepto con gusto. Una vez al mes, entra en el cuarto de Sonia, a airearlo, quitarle el polvo y fregarlo.
Hacía ya tiempo que dormíamos cada uno en un cuarto. La molestaba con mi insomnio y, cuando me dormía, con los ronquidos. Desde que murió no había entrado, salvo la semana pasada, pero siempre quise que se conservara igual. A su muerte, Silvia me dijo que dos abrigos y unos vestidos del armario le vendrían muy bien y que a la señora no le importaría, pues muchas veces le había dado ropa. Le dije que no, claro. Desde entonces la inquina que siempre me había tenido se convirtió en odio. A Sonia la envidiaba y yo entendía que lo hiciera. Dos mujeres tan distintas, la una premiada por la suerte y la otra sacando adelante su casa y la nuestra. Supongo que me roba en las cuentas, que nunca me justifica, pero no me importa. De lo que estoy seguro, porque la he visto, es de que escupe en la cazuela de la sopa. Pero me da lo mismo, porque no diferencio entre sus escupitajos y el sabor al jamón rancio que compra para las sopas. Con todo, no cabe mayor indignidad por su parte.

Me atreví, después de tanto tiempo, a entrar en el cuarto de Sonia. Hice mal, porque seguía manteniendo algo de ella que los fregados mensuales no habían conseguido arrancar. Enredé un poco con los objetos, distraídamente, y abrí un par de cajones. En el segundo, al fondo pero sin esconder, encontré varios mazos de cartas, uno por año. Es lo que llevo leyendo, casi sin dormir, esta última semana. Los dos habíamos tenido relaciones fugaces, que nos contamos, y yo también alguna no que no lo fue tanto y no se lo conté. Por eso supuse siempre que también ella me ocultaría algunas. Por mi trabajo, en diferentes períodos, estaba fuera casi cinco meses de cada año. Lo que no podía esperar era que desde que cumplimos diez años de estar juntos, hubiera tenido una relación apasionada con Héctor. Que se hubiera dado a él mucho más que a mí. Y que conservara todas sus cartas desde la primera a la última.
Héctor era un poeta nefasto que malvivía de lo que podía. Un joven airado, lo que deja de tener gracia si no te mueres con 22 años, sin ningún rasgo de talento para el lenguaje, aunque sí para presumir de un conocimiento diferente de la vida. A mí me producía cierta pena y cada vez que lo encontraba en un bar le invitaba a todo lo que hubiera tomado, soportaba su conversación y prometía hablar de él a mis amigos periodistas. Pero había recibido lo mejor de la atención de Sonia, oculta para mí durante tantos años. Apenas había salido el tren o el avión en el que me iba, se instalaba en casa y vivía allí hasta horas antes de que yo regresara. El torpe y engreído de Héctor.
Repaso las conversaciones de Sonia y les voy dando un giro a su significado. Su ánimo constante por mi carrera, de la que creía se sentía orgullosa, su presión para que siguiera manteniendo mi posición y viajando tanto como fuera necesario. Podría haberle dado la negrura de Héctor, con más fundamento, pero me enorgullecía pensar que había formado para ella un mundo claro y luminoso, que era lo que necesitaba. Ahora tengo que desmontar cada situación, carroñear cada fibra, hasta llegar al hueso duro y seco de no haber sido amado. Solo temo que por mi edad muera antes de haber terminado la tarea, cuando queden en mí restos de mi largo amor por ella.

Silvia tuvo que ser la que recibía las cartas y luego las guardaba. La que, rencorosa, las puso en el cajón para que alguna vez las viera. La que les llevaba el desayuno a la cama. Por eso he llamado a un restaurante cercano para que me sirvan dos raciones de sopa y una barra de pan cada día, y a una tienda para que me traigan fruta y las pocas cosas que me hacen falta. Aunque sé que lo necesita, le he reducido a la mitad el tiempo de trabajo y el sueldo; y ya no hay dinero en un cajón abierto. Presiento que cabe mayor indignidad, pero todavía no se me ha ocurrido cómo.

lunes 18 de mayo de 2009

Esta es la mujer que logró que


Más chula que un ocho, ¿verdad? Quería poner esta foto de ella por eso, por su postura de desafío que la define, aunque tengo algunas más recientes en las que está más guapa; pero tenía la foto en el trabajo y tuve que esperar para mandármela.

Es una de mis maravillosas sobrinas, pero con ella, M, siempre ha habido algo especial. Hasta fui su padrino (por poderes, claro), lo tenían claros sus padres, porque en caso de necesidad me habría tenido que ocupar yo de que recibiera una pulcra educación cristiana. Já. Esa relación especial la tuvimos desde muy chiquitita. Cuando llevé a L por primera vez a su casa, ella debía tener unos tres años. Estábamos los dos en el sofá y nos debimos coger la mano. M puso una mirada furiosa y se abalanzó hacia nosotros, moviendo los dedos como si fueran unas tijeras y diciendo “te corto, te corto, te corto”. Ahora L y M son uña y carne.

Creo fue en el año 2000 que me llamó para quedar. Nos vimos en Albur, en la calle Malasaña. Me quería decir que su chico reciente (que sigue siendo el de ahora) se iba seis meses a Rumanía a no sé que curso de filología (siempre ha sido un raro y un exquisito), me dijo que tenía que hacer algo para combatir la soledad y me propuso que escribiéramos un libro de relatos a medias, con una reglas. Acepté y en ese momento pasó el fotógrafo habitual del barrio, que se retiraría poco después, y nos hicimos una foto del momento. Está muy bien, pero tiene un problema, salgo yo y no la puedo poner.

Con 20 años había dejado de escribir en serio, por razones que no vienen al caso, y me dediqué a un claro ¡oh nanismo! literario del que no salí hasta esa tarde en Albur. Escritura críptica, confusa, bloque, paliza. Cuando me levantaba de la máquina de escribir, la gente que había en casa huía, no se lo fuera a leer. Cada mes rompía todo y volvía a empezar (a copiarme).

M consiguió que escribiera de nuevo, torpe, pero ya no lo dejé, luego vino el blog, el taller, y algo he aprendido. M fue la mujer que logró que escribiera.

También, junto con la que vive en casa, es la mujer con la que más disfruto las pocas veces que nos emborrachamos juntos, aunque la verdad es que son pocas. Es editora de una casa editorial grande y trabaja hasta el agotamiento, luego tiene dos niños, de tres y seis años, y un chico que hasta hace poco solo libraba un fin de semana al mes, así que ha tenido que hacerse cargo de los niños todos los fines de semana, sola.

Y la vida le da golpes duros. Pero es como en la foto. Racionaliza, organiza, lucha y planta cara. Un día volverá a escribir ella. Tiene mejores cosas que contar que yo. Entre tanto, a ver si una tarde de estas quedamos los dos (o los tres si él puede), y bebemos hasta soltar las palabras necesarias y me vuelvo a casa tropezando con las puertas.

Le debo mucho más de lo que he contado aquí.

A veces, MADRID MEJOR(ob)A

¿Recuerdan ustedes aquella canción sobre la revuelta en un frenopático? ¡Qué risa! Los locos tomaban el poder, hacían una Asamblea y tomaban una decisión "¡Mañana sol, y buen tiempo!"

Pues a ver qué les parece esta: "Hay que ser felices y optimistas, no hay que ser catastrofistas".

Se equivocan, no era el segundo punto de las conclusiones de aquella Asamblea. Son las palabras que este fin de semana ha dicho Doña Ana Botella de Aznar, a la sazón la directora de la cosa del Medio Ambiente madrileño, como contextualización de las medidas que ha tomado.

Resulta que en Madrid hay 27 estaciones de medición de la contaminación, sobre todo la que producen los coches. Pero la UE exige que se midan otros componentes del aire, más generales. Son mediciones necesarias, como las del ozono, para conocer el aire en Europa.

Lo bonito del caso es que aprovechando que se va a medir eso, va a cerrar 19 de las 27 estaciones, precisamente las más contaminantes, y va a abrir 6 en zonas apartadas de la ciudad, de poco tránsito y muy arboladas. Así que se acabaron las series históricas, que comparaban las mismas mediciones desde los mismos sitios. ¡En el 2010 vamos a tener las mediciones más positivas desde que se empezó a medir!

O sea:
Por orden de la Autoridad, Madrid va a tener el aire más limpio de todas las ciudades europeas.*

* (Esta frase es una predicción mía, tampoco es un punto de la Asamblea del frenopático).

Sen felices y sálvense, no me hagan como decía Benedetti.

viernes 8 de mayo de 2009

La soledad me sigue visitando

Hay que ver lo que son las tradiciones: quién lo diría y ya van tres. Tres años que en este día me dedico un poemilla que permite trazar una gráfica como la de las acciones en bolsa, con subidas y bajadas. En un día como hoy, se rindió la Alemania nazi; o Nabokov conoció a Vera en un baile en París. Yo, simplemente nací, creo que con más voluntad que acierto. Aquí expongo, sinvergüenza, el de este año.

61
Torpe para la vida, olvidadizo,

casi nunca me encuentro donde estoy.

La soledad me sigue visitando

como una amante apaciguada con los años.

Si tarda, la busco inquieto

por las calles más extrañas

donde la paz presagia una masacre.


Echo las cuentas

por el balcón. Queda la calle

cubierta de letras y números

irreciclables e inconexos.

Los menos que me han odiado

lo han hecho con más fundamento

que los más, que me han amado

a tontas y a locas.

Olvido a los primeros,

egoísta.

Agradezco a los demás

la falta de criterio.

Sin vosotros no estaría,

no estoy,

sujetando el corazón

cuando os pienso.

En resumen, es poco.

Es el detalle lo que cuenta,

cada minuto es lo que estalla.

miércoles 6 de mayo de 2009

Así que pasen mil años

«Qué dicha escuchar el misterioso y hermosísimo piano de Bill Evans y el inimitable sonido del saxo de Coltrane, poniéndose a las órdenes de Miles Davis, el fulano que declaraba con legítima arrogancia haber revolucionado varias veces la historia de la música, para crear un disco que se oirá con idéntico placer dentro de mil años».

Carlos Boyero, Babelia, nº 908

El jueves, 7 de mayo, a las 19:00 h. tendrá lugar en la librería una conferencia con motivo de los 50 años de grabación de Kind of Blue, obra maestra del jazz.

Se cumplen 50 años de la grabación de Kind of Blue, de Miles Davis, por lo que el jueves en la librería contaremos con la presencia del Kind of Blue Group (Alberto Sanz, Luis Lassaletta, Fernando Sanz y José Quevedo), que nos hablarán de los músicos que participaron en la sesión creando cada una de las magistrales piezas, cinco en total, que la componen.

jueves 30 de abril de 2009

Una historia de familia

Ese fue el tema del taller de ayer. Y como se han unido varios factores (gran éxito de crítica y público del ejercicio del taller anterior, no tengo nada preparado para "matar" el post anterior sobre la acción, el texto es corto, me siento primaveral, ligero y con mucho morro), pongo el de ayer.

Las protestas, a quienes pidieron más. (¡pero que no se repita!).



El príncipe del circo


Hasta me meó una pantera. De verdad. Que sí. Una pantera negra. Estaba solo en el patio de fieras cuando faltaba poco para que les dieran de comer. Inquietas. Me dediqué a dar saltos delante de la jaula de la pantera, haciéndole cucamonas, sacándole la lengua, agitando los brazos. Debí resultarle molesto, porque lo que ella esperaba era al señor con el trozo de carne. Se dio la vuelta y me lanzó un chorro de pis que me manchó el jersey. Una de las cosas más emocionantes y bonitas que me han pasado en la vida.

Al volver a casa tuve problemas, porque mi madre no entendía el orgullo que sentía por esa meada y que más que nada en el mundo deseaba mantenerlo hasta el día siguiente, para presumir con todos los amigos. Me quitó el jersey y la camisa, para lavarlos, me metió en la ducha y me restregó hasta borrar todo rastro. Nadie me iba a creer. Tuve que someterme, pero algo debí hacerle horas, días o semanas después, porque era un niño rencoroso y vengativo. Nunca dejaba pasar una ofensa sin devolverla; aunque entre lo que me hacían y mi venganza se producía, ahora lo veo claramente, un problema de tiempo y de escala. Sobre todo de escala. A veces respondía a una monstruosidad con una nimiedad y a veces al revés. Dejaba pasar un tiempo prudente y respondía. Así borraba la posibilidad de que enlazaran causa y efecto. No sabían que había hecho aquello por venganza. Lo achacaban a que estaba un poco loco, lo que era un beneficio para mí. Tampoco era culpa mía ser así. Por la enfermedad de mi madre, con poco más de tres años me habían llevado a una especie de guardería, la única de la ciudad, donde dos hermanas, las señoritas Vals, se encargaban de un grupo de inadaptados divididos en dos clases, de entre tres y nueve años de edad. Eran un encanto, bondadosa y risueñas, pero incapaces de controlarnos contaban sus cosas y hacían como que no veían lo que pasaba. Allí tenías que aprender las leyes de la supervivencia, del sometimiento a los más fuertes, pero también la necesidad de no dejar que nada que te hicieran quedara impune. Lo que luego supe que se llamaba el Respeto.

Había llegado al circo poco antes, cuando aún no estaba abierto al público. Me asomé en la taquilla y mi tía me dijo que pasara, con una gran sonrisa. Iba vestida con ropa de colores chillones; mi madre siempre iba de luto. Era rolliza, de enormes tetas, y me abrazaba efusiva aplastándome la cabeza contra ellas; mi madre ni siquiera tenía. Su olor a perfume mareaba deliciosamente; mi madre olía simplemente a limpio. Después de achucharme, me presentaba como su sobrino a los que estaban por allí y me decía que fuera a ver las fieras hasta que empezara la función. Podía ver cómo les daban de comer; solo yo y los empleados podíamos verlo. Como si el circo entero se hubiera levantado para mí. Aparecía mi tío a darme un beso, antes de ponerse el uniforme de saxofonista, para darme un buen puñado de caramelos de los que luego rifaban. Me presentaba a los porteros y les decía que me sentara donde quisiera. Era lo contrario de mi tía: delgado, enjuto, bajito, calvo, muy moreno.

Me emocionaba verle en la parte de arriba de la salida de pista, con las mangas con volantes de colores. Tan delgado, con su saxofón. Cuando la orquestita tocaba ni miraba lo que había en la pista, salvo las fieras. Ver animales peligrosos era lo mejor de lo mejor. Eso iba a ser de mayor, salir en la pista central con un látigo en una mano y una silla en la otra. Comía caramelos, saludaba a los porteros, me cambiaba de un sitio a otro. Ni había soñado que podía tener unos tíos tan magníficos, tan importantes. Les había conocido días antes, cuando estaban montando el circo y mi padre les invitó a comer porque ella era su prima hermana. La valenciana, decía. Me excusaron con una tarjeta de volver al colegio esa tarde, para que comiera con ellos. Y el domingo, tenía que ser domingo porque entonces las clases eran de lunes a sábado, fui al circo y pasó lo que he contado.

Después, con el tiempo, me fui enterando de muchas cosas. Que los dos habían sido rojos y él había estado muchos años en la cárcel. Que como músico encontró ese trabajo y a ella la pusieron de taquillera. Que no estaban casados y solo se les recibía en mi casa. Quizá porque mi padre había sido rojo. Quizá porque era alegre, como ellos. Ahora sé que el circo era un porquería, pequeño y sin sillas de pista ni nada. Lo ponían en la Plaza de San Cristóbal, tan pequeña. Y no volvieron nunca. También me enteré de que las señoritas Vals eran unas maestras republicanas que perdieron el título para enseñar. Conocí más casos así y aprendí algo que no he olvidado y que me sigue pareciendo cierto: a pesar de que a veces lo hayan pasado muy mal, los rojos eran y son personas alegres, contentas de estar en la vida y de rodearse de los demás. Si alguno, con el tiempo se avinagra, me lo explico diciendo que se ha vuelto reaccionario. ¡Ah!, y también aprendí que eso de los payasos tristes por dentro y el dolor del circo es una mentira inventada por los tristes. Aquel día lo vi y lo supe. Aquel día que visité el circo como un niño, como el último mono, y me recibieron como a un príncipe como los de los cuentos que leía.

lunes 27 de abril de 2009

tarjeta roja a los 4x4 urbanos


No a los 4x4 urbanos

Jóvenes Verdes y Globalízate (26/04/09)

En la tarde del sábado 25 de abril, activistas de Jóvenes Verdes y Globalízate han estados “multando” de 18 a 19 hora a unos 50 vehículos 4x4 que paraban frente al semáforo de la calle Sagasta en dirección a la calle Génova y premiando con un obsequio de la campaña global por el clima a transeúntes, conductores de medios de transporte públicos y ciclistas.
Al mismo tiempo y frente a los vehículos estacionados en el semáforo se desplegada una pancarta que decía “Actúa ahora contra el cambio climático” y se repartían folletos informativos a los conductores de los vehículos 4x4 más contaminantes.Tres árbitros se dirigían hacia los vehículos 4x4 mostrando una tarjeta roja y tocando el silbato para llamar la atención a los propietarios de estos vehículos. A continuación otros activistas se aproximaban al vehículo y le entregaban al conductor un folleto con los datos de las emisiones de su vehículo, una multa simbólica por sus emisiones y se le informaba de modelos menos contaminantes.
En general, los conductores aceptaron de buen grado la información facilitada e incluso un conductor “amonestado” tras aparcar su vehículo volvió al control arbitral a reclamar que se cambiara su amonestación a una tarjeta amarilla. Los transeúntes mostraron su interés preguntando por el motivo del acto, muchos dieron su apoyo y se llevaron el panfleto informativo. Los participantes del acto mostraban una tarjeta verde a los ciudadanos que iban en autobuses de la EMT o en bicicletas, a los que se les regalaba una chapa de la campaña global por el clima.
En las próximas semanas se realizará una nueva acción de este tipo en otro punto de Madrid.

Para enlaces, un vídeo y más fotos, CLICAR AQUÍ.

domingo 19 de abril de 2009

Una cultura ajena

Ese era el tema del último taller. De vez en cuando me apetece subir el relato.


Dorotha, ¡oh Dorotha!

Fue absolutamente terminante: se acabó la aventura occidental. Lo 90 kilos de Zurek quedaron aplastados junto a la cabina del bar de carretera belga al que conseguían llegar los fines de semana, normalmente chapoteando en el barro. La que ellos estaban construyendo estaba unos dos kilómetros más abajo.
—Es mucho dinero, Dorotha.
—También es mucho lo que ha llegado ya, 800 euros ingresados en el pueblo cada mes, más lo que traigas.
—Dorotha, piénsalo un poco. Son muchos zloty.
—Ya está pensado.

Les habían llevado en un autobús, parando en varios pueblos pare recoger a otros como él. Cruzaron Alemania con muy pocas paradas y llegaron a una carretera en construcción, donde dos roulottes con literas les esperaban. Otra, con una cocina, ducha y servicios. Para los 20 hombres que formaban esa brigada polaca. Nueve horas de trabajo de lunes a viernes y seis el sábado por la mañana, más alguna extra que les metía un buen dinero en el bolsillo. Litera gratis, desayuno, comida y cena gratis. El lujo occidental que, para Dorotha, ya había durado bastante. Zurek y sus compañeros aceptaban todo aquello, incluso la lluvia que desde finales de agosto se fue haciendo más frecuente. Pensaba en presumir del dinero en una zona en la que pocos consiguen el salario mínimo de 176 euros, en arreglar algunas cosas de la granja de la que comían. Creyó que Dorotha entendería que se quedara otro trimestre, que le agradecería su esfuerzo. Pero no fue así. Colgó el teléfono y dijo “que había dicho que no”. Todos soltaron una risotada. Aunque a todos los casados les irían diciendo que no de uno en uno.

Dorotha colgó el teléfono enfurecida. No es que no pudiera llevar la granja ella sola, y cuidar de las dos hijas de 8 y 14 años. Pero sin él no era lo mismo. Sobre todo, no lo era por las noches conforme había ido pasando el tiempo. Era joven y fuerte: necesitaba que la abrazaran, sobre todo ahora que ya había empezado a nevar. Últimamente, al acostarse, pensaba en las series europeas que veía por televisión, o en las revistas que había leído en el pueblo cercano, más grande y con peluquería, a la que había ido pensando en el pronto regreso de Zurek. Veía esas mujeres y se imaginaba a su marido entre ellas. Nunca había deseado más dinero del que necesitaba. Además, cuando volviera seguro que primero se iría con sus amigos a celebrar que era rico, invitando a vodka hasta que poco a poco todos fueran cayendo inconscientes sobre la nieve. Plaf, plaf. Las esposas hacían rondas en esos casos y la del caído lo despertaba y se lo llevaba a casa. No quería más noches imaginando a las occidentales y a su Zurek.

En un restaurante de carretera con tiendas de souvenirs en el que pararon a comer, compró regalos para todas. Las abrazó al llegar, se dio un baño, se puso una camisa blanca inmaculada, comió un bigos, le dio a Dorotha casi todo el dinero que había traído, menos un billete de cada diez, y se fue a recoger a los amigos. El primero cayó a los dos días y al anochecer del tercero cayeron a la nieve, plaf, plaf, los dos últimos, Zurek uno de ellos. Dorotha y la mujer del otro los encontraron. Despertó cuando ella le tiraba de los brazos para levantarlo. Le miró los ojos azules, se sintió emocionado de estar en casa y de tenerla y, antes de quedarse dormido en pie para que ella le condujera a casa, tuvo tiempo de decir casi llorando:
—Dorotha, ¡oh Dorotha!

viernes 17 de abril de 2009

Me sumo a Vega


A mí me lo mandaron así. No sé si será verdad, pero es creíble. Podéis ver la entrada de Vega haciendo clic AQUÍ.
Y haciendo clic en la imagen se agranda un poco y se lee mejor. El caso es que los "políticos" creo que actúan (y me parece que lo hacen a gusto) como el escudo defensivo de los verdaderos culpables.
Podéis opinar. De momento es libre y (casi) gratis.

jueves 9 de abril de 2009

Envidia cochina

Me encantó este post de María a rayas (clic aquí). Ese viaje con amigas, en un momento de la juventud estrenada, que da a todas ese aire de felicidad. Y recordé que muchas veces ha sido tema de conversación: esa felicidad de ese viaje de esa juventud. Y que si la conversación se producía en mi casa, sacaba estas fotos de Cuenca. Eran más, y algunas más al caso, pero solo he encontrado estas dos.






La historia es la siguiente. Después de mes y medio de permiso por exámenes, un lunes por la mañana volví en autobús al cuartel, en Lorca, para terminar los cuatro meses de mili que me faltaban. Pero al llegar, como resulta que había poco dinero entonces, me dijeron que a mi promoción la habían licenciado 10 días antes; que devolviera todo lo militar, me sellaran la cartilla y hasta nunca.

Esa tarde de junio avanzado quedé con 4 amigos a celebrarlo, en la Plaza de los Luceros, y uno de ellos dijo la frase mágica entre los tíos, no importa el nivel cultural que tengan: ¿A que no hay huevos de irnos ahora mismo a Cuenca a conocer el museo y las montañas? Una hora después nos íbamos los 5 en un Dyane de esos que se quitaba el techo de hule. Para llegar al amanecer, fuimos por Albacete y estuvimos bebiendo en un bareto hasta que nos echaron. El resto, es historia muy mágica. Y en cuanto a la foto del puente, ¿a que valía para un grupo pop?

Por cierto, sabéis que no sigo los memes ni los premios ni estas cosas. Pero así, por libre, sería estupendo ver vuestra foto de la felicidad.




domingo 29 de marzo de 2009

Pequeñas explosiones incontroladas

Dulcemente chocamos

en pequeñas explosiones incontroladas.

Despedidos del centro emprendemos viajes

de colores. Exhalamos vida

inspirando el mundo exterior.

Hasta que la seria gravedad nos da tirones hacia el centro.

Los colores de las idas y venidas

que aportamos al choque embellecen la pirotecnia

del encuentro; que predice la explosión.

Dulcemente nos vamos y volvemos.

Tan en silencio.