viernes 5 de febrero de 2010

Un cambio de luz

El principio generador

El cese repentino de las fuertes rachas de viento y de lluvia que llevaba oyendo desde la noche anterior lo percibió como un estruendo. Lo sacó de la somnolencia en la que, desde un sillón, intentaba pasar esa fase dudosa en la que la gripe ha desaparecido, pero todavía no se ha recuperado la sensación de normalidad.
Sobresaltado, se asomó al balcón. Una capa continua de nubes plomo, casi galena, cubrió el cielo salvo por poniente, desde donde el sol en descenso derramaba una luz anaranjada, encajada en el canal de las casas y el plomo. Al no encontrar dónde sustentarse, vaciado por el viento el aire de todo lo que no fuera aire, el naranja se pegaba como un ácido fosforescente a las superficies sólidas. Juan, por un instante, tuvo la sensación de que si estiraba el brazo por encima del jardín del palacio que separaba su casa de la de enfrente, tocaría con los dedos el tejado fauve anaranjado de esta.
Pensó que era imposible y no se movió. Pensó que toda creación surge de un sentido de dislocación del espacio o del tiempo. Pensó que crear exige arriesgarse, incluso a hacer el ridículo más peligroso: ante uno mismo. Entre los tres pensamientos, los colores y los volúmenes volvieron a ser los de siempre.
Creyó que había desperdiciado una ocasión única en la que el vacío, de sonido y del aire, había plegado la realidad. Quedó con una sensación de derrota, como si algo le dijese: “esta puerta se había abierto solo para ti, pero ya se ha cerrado para siempre”.




La historia anterior podría, debería, terminar ahí. Es sencilla, geométrica. Hasta podría haber sido inventada fríamente. Pero, ¿sería justo? ¿No contar cómo se traman los hilos de una vida, sus rarezas; tan ásperas? Juan, existe. Seguro que preferiría que esto ni se afirmara, pero si alguien lee la historia de ese pliegue de la realidad, tiene derecho a saberlo. Juan ha tenido la gripe cuatro veces en su vida: con 21, 31, 41 y 51 años. Siempre una gripe brutal, con fiebre de casi cuarenta grados que le hacía meterse en la cama, tomar lo que le dieran y tener durante tres días estados de conciencia alterados. Si eso suena tremendista, no me importa rebajarlo a “diferentes”. Cada una de esas gripes había marcado el decenio siguiente: en dos ocasiones, mostrándole con claridad el camino para seguir vivo; en otras dos, negándole determinados caminos de la vida que deseaba tomar. Todo tan aritmético como cuando se cuentan los dedos de una mano.
Como consecuencia de la historia de la luz, comprendió que debía abandonar toda relación con el arte, en la que había empezado a avanzar. En los diez años siguientes tuvo dos hijos y llevó una vida metódica, obsesiva en el cumplimiento de los más diminutos de los deberes, sin resentirse jamás del aburrimiento. Solo conservó, en momentos de mucha intimidad, el hábito de la lectura.
Pasados muchos años, hablando de aquel cambio de luz y de su decisión, afirmó que había hecho lo correcto. Lo ilustró con una frase atribuida a Nicanor Parra, a cuento de la abundancia de escritores: “Tal vez convendría que leyéramos un poco más”.

sábado 30 de enero de 2010

Mientras mantengas el paso (no te mueras)

Ser uno y débil y moverse
Roberto Bolaño

Recorrimos los suburbios,
anduvimos juntos entre la maleza,
dormimos en los cobertizos.
Juan Carlos Mestre



No creáis que no me lo digo a veces (o mejor, no creáis lo que digo): cuídate, Viejo Imbécil, te queda mucho por leer algo por escribir alguna risa que otra, ¿no? ¿O hubiera convenido un sí?, el lenguaje es tan confuso.

Conocí tiempos en los que salía un martes y volvía después del desayuno del domingo. Pasaba de mano en mano de conversación en conversación de peligro en alegría de brazos en brazos, si había suerte.

Dormía un rato en cualquier sofá o sillón o en la silla de una cocina con los brazos apoyados en la mesa o en una cama de uno, o para dos; si había suerte.

Metía la mano en todos los libros en todos los huecos de los cuerpos en todas las superficies que brillaban; en todos los cajones. Eres un cabrón me dijo alguien (varias veces), o quizá me lo dijeron varios (una vez). Soy un santo, respondía, que donde pone la mano pone la bala de tu esperanza. ¡Qué tiempos aquellos! que me invento.

No te mueras, mientras respires no te mueras. Comprendo que no es fácil. Que estos tiempos que no te inventas será por algo que están llenos de muertos que toman el autobús. No hay solo un millón de cadáveres en Madrid. La tentación, parece, es fuerte. De muerto no te iba a gustar la vida, porque te conozco te lo digo.

Sería una pena más, tanto azar desde hace millones de años, tanto código binario para llegar hasta aquí y que ahora ya ves. O que ahora ya no verías, aunque siguieras abriendo los ojos y caminando de aquí para allá. Eso es lo que me fastidiaría. El desperdicio de los sentidos, la pereza de no crear sensaciones, la descortesía de no alimentar sentimientos.

Al menos un muerto de verdad no paga impuestos. Pero tampoco es solución (lo de no saber, ya). ¿Cómo seguir teniendo coraje y fuerza cuando el cuerpo se desanima? Date una respuesta si te atreves. Hasta ahora no te han faltado las mentiras ni los trucos de tramoya necesarios.

viernes 22 de enero de 2010

NO LO DIGO POR MOLESTAR, PERO...

El mar ya no es lo que era



Ilustración by Elena




(1)

Ahora que han muerto de viejos los marineros que cantaban las historias con garganta de mar. [“Y en el tubo traqueado el salitre le ha dejado, rumor de altamar”. Kiko Veneno]. O los de bajura, que estaban fuera pocos días, o solo una noche, y eran el pespunte que unía el paño de mar con el de tierra, llenando este de alegría, pero de nuevos fríos al partir; en el paño de mar desmigajaban pensamientos no pensados y los echaban al agua como cebo para los dioses antiguos. Se hundían con esa pesadez de lo que no se dice, alimentando las pesadillas de los seres de los fondos profundos. Los marineros muertos de viejos sabían cantar La Canción, porque el mar fue uno de los orígenes de los cantos.
Ahora los reproducen otros. Y en un primer momento hasta parece que canten mejor, porque los ingenieros de sonido les ponen trapos chillones para llamar la atención. Como si la canción fuera un monito de feria.
Por eso el mar no es ya lo que era.



(2)

Al querer pensar el mar y quedarme en blanco me vienen las palabras “tu coño insomne”, lo que además de indecente es injusto, porque son tantísimos los años que han pasado que porqué voy a pensar en él, ni de esta ni de cualquier manera, o en lo que habrá sido. Si habrá corrido la suerte de tantos sexos de entonces, detenidos como ballenas en las profundidades: perplejas, ariscas, dormidas sin sueño. Sin sueños.
Mejor pensar, y hace tantísimos años que no lo hacía, en cuando buscábamos el cabo más recóndito,
y en él lo más recóndito del cabo,
y luego a ratos la ocultación de las rocas de adentro,
donde tu pequeño coño de 16 años se me hacía agua en la boca. Un descubrimiento tras otro. [“You’re sixteen, you’re beautiful, and you’re mine”. B. Sherman]. Después volvíamos frente al mar, nos lanzábamos desde las rocas planas y movíamos los brazos y las piernas, creyendo que nadábamos. Sin darnos cuenta de que lo que hacíamos era dar las gracias.
Y es que quién sabe ya lo que fue el mar.



(3)


Cuando los mejores mares los surcaban naves negras, y el agua escuchaba los cantos de sus marineros, las olas aprendieron a moverse con el ritmo de los hexámetros dactílicos y los cantos repercutieron en la sal; la sal en los peces; los peces en nuestro estómago; y del estómago el ritmo pasó a la sangre y el cerebro. El corazón nos late así por el sonido de la primera ola. Desde entonces, Ulises es una llamada que llena los huecos del reloj.
El mar tiene zonas de otros colores, más pequeñas, que se llaman Defoe, Coleridge, Melville, Stevenson o London. Más cerca tenemos el tono Camoens, o Galdós, Blasco Ibáñez y Baroja. Hay para elegir; hasta para navegarlos de uno en uno.
Pero el Mar de Homero, madre y padre de todos ellos, no ha cambiado su manera de mecer.


(4)



Aún no sé por qué, pero tuve un hijo, que llevé al mar cada año desde el primero y me regaló la suavidad de la costumbre. Lo presenté al mar, y él y el mar hicieron un pacto que me obligó a regresar todos los años. No creo en esa solemnidad de que debemos la vida (una cadena de datos neurobiológicos) a nuestros padres, tanto como en que lo real es que vivir vivos (una cadena de experiencias) se lo debemos a los hijos.
Comíamos a unos 40 metros de la orilla. Al terminar, cuando levantábamos la mirada, la extensión de arena fina y ardiente reverberaba. Detrás estaba la pequeña franja de la orilla, donde nos poníamos, que se había ido deshabitando sin que nos hubiéramos dado cuenta, con las sombrillas a bandas blancas y azules. Más allá, la mar entera, sola para nosotros. Esa imagen es mía para siempre, vaya o no vaya. Después paseaba por la orilla de un lado a otro, con el agua por los tobillos, leyendo a los griegos cuando era posible.
El mar ante el que presenté al hijo, el que paseaba, el que es mío en la memoria, era el de Homero. Que es inagotable e inalterable.




(5)


Según los penúltimos datos, se espera un aumento de la temperatura de unos dos grados en los siguientes siglos. En el anterior período interglacial, hace unos 125.000 años, la temperatura global media era aproximadamente 1,3 grados superior a la de hoy, como consecuencia de los cambios producidos en la órbita de la Tierra alrededor del Sol. Un artículo publicado en la revista Nature, Robert E. Kopp et al, 17th December 2009. Probabilistic assessment of sea level during the last interglacial stage. Nature Vol 462, pp 863-868, demuestra que durante ese período los niveles del mar eran entre 6,6 y 9,4 metros superiores a los de hoy.

Metro de más o de menos, el mar sueña con volver a ser él mismo.


sábado 16 de enero de 2010

Ojalá fuera así

Volvió del trabajo, otra vez una semana de cinco días después de tantas fiestas, sintiéndose especialmente sucio y avergonzado. Algo achispado, para cobrar fuerzas y poder mirar a la cara, con la conciencia limpia, a su compañera.

Decidió acostarse, solo media hora. Pero durmió dos, hasta las nueve en punto.

Soñó que estaba en una mesa larga de un bar, con gente que apenas conocía. La alegría se esparcía con facilidad. El sueño se vuelve complicado, porque hace tiempo que consiguió tener la capacidad de intervenir en los sueños, en duermevela, convirtiéndose en el guionista.

Hay un momento en el que sabe que se va a morir. Dulcemente. A su derecha hay una mujer. Le dice abrázame. Se recuesta en su pecho, que huele a vida. Profundiza en su muerte. Un momento después abre los ojos y le dice nadie había hecho esto por mí, gracias. Se muere.

Más en vela que en sueño, piensa que así debería ser la muerte, suave y en los brazos de alguien con quien no se tiene intimidad.

Se despierta limpio, como si se hubiera frotado el alma con cepillos de quitar el sudor a los caballos. Su compañera prepara dos Campari. Cena un caldo. Ven el vídeo de la película Tres días en familia. Se entera de que la directora, Mar Coll, solo tiene 29 años, pero ha narrado una película intimista de un modo directo y personal. Le emociona, ya dije que tras dormir era un hombre nuevo, que haya en el mundo gente como ella. Se va con su compañera a El Parnasillo y vuelve a beber, pero ahora lo hace con calma infinita. Vuelve a casa y escribe todo lo anterior en su diario de los días río, que lo fecundan con su barro.

martes 12 de enero de 2010

L100e: Dos

Dos


Cada vez más tan solo, ni siquiera lagrimea.

Las restricciones de espacio, incluso el emocional, requieren de economías en el gesto.

lunes 11 de enero de 2010

L100e: Uno

Uno


El poeta va y dice.

Enseguida se marcha, despreocupado de los ecos.

martes 5 de enero de 2010

Los Tres Hombres Sabios, qué gente tan agradable, han dejado un regalo a El Niño Que Fui

El Niño Que Fui soy yo, una de los 173 anima que formamos ese corpus mal autogestionado que responde al nombre de Nano. Aunque de los más viejos, y muy bajito, sigo teniendo mucha importancia; más que muchas de las anima farsantes y remilgadas que forman la mayoría estúpida. Por eso, Nano me ha dedicado el relato sobre el western que tocaba escribir en el Taller. Me ha hecho mucha ilusión. Y como sigo siendo tan exhibicionista como cuando vivía la vida real, que la mañana de Reyes iba a casa de mi madrina a recoger la pelota de goma de siempre, llevando encima el Winchester que dispara corchos de siempre y el arco indio con flechas de punta de ventosa de siempre, que tampoco me hacía demasiada gracia, pero yo creo que me lo traían a ver si había suerte y al llegar el verano no me fabricaba arcos con varas finas y usaba flechas de caña que sí hacían daño (nunca hubo esa suerte, para quien la esperara), pues lo exhibo.
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La voz que prepara


Al niño del cine de sesión doble
de los domingos



Te voy a pedir un gran esfuerzo, pero puedes hacerlo. Yo lo he hecho y para ti va a ser más fácil, porque te voy a guiar. Tienes que imaginar el Este: es enorme. Allí llegaron los primeros, huyendo de los tres tipos de estrechez: la mental, que no deja vivir y pensar como uno quiere; la física, que te confina en pequeños lugares sin medios para alejarte de ellos; la del hambre invencible, cuando todos los recursos ya tienen un dueño que parece venir de la eternidad, y encaminarse hasta su fin. Los que nada tenían, los que pensaban de otra manera, fueron allí; como la inmensa variedad de los que tenían cuentas pendientes que quedarían saldadas al pisar el litoral del otro lado del océano. Los despojos de Europa. Les fue fácil engañar, comprar, desterrar o eliminar a los nativos que encontraron. Lo hicieron. Les fue menos fácil deshacerse del Imperio antiguo. También lo hicieron.
Ya están solos, que es una forma de decir nosotros nos las arreglamos; tenemos un territorio dado por Dios; en Dios confiamos; nosotros decidimos. La conocida historia de somos una nació, la historia de siempre: nada te costará sentirlo, la memoria suple la imaginación.
El Este es grande, pero siguen llegando los que nada tenían. Es un El Dorado para todos. Pero los que nada tenían corren el peligro claro, preciso y punzante de convertirse otra vez en los que nada tienen. El Este se ha vuelto pequeño para los que llegaron y lo cruzaron sin encontrar la respuesta que les hizo partir. Se habla de las tierras de la miel, en el litoral del Oeste, pero todavía parecen cuentos para niños: hay que cruzar las grandes praderas, las Rocosas, los desiertos y tierras entre estas montañas y la cadena final, que baja hasta los naranjos. ¿Cómo creerse que crecen solos?
Ahora es cuando empieza tu tarea. Hasta el momento todo era sabido: la vieja historia europea; pero desde este momento nada sabes. Y lo que sepas, conviene que lo olvides. Quizás no esté de más que te apoyes en las imágenes de las películas que concuerden con cada una de las fases que vas a vivir, pero deberás centrarte en ellas aisladamente. En cada espacio, la suya. Vivirlas como si fuera la primera vez. Lo que has de hacer es descubrir, conquistar y apropiarte de lo descubierto y lo conquistado.

—¿Quién viene ahí? —pregunta el viento.
—Las hordas de hambrientos, Señor —responde la hierba, que llega hasta los límites del Este y sabe de lo que habla—. Hambrientos de comida, Señor, pero también de oportunidades de ser alguien, de ganar en el juego, de ganar en el duelo contra la muerte, de tocar la riqueza que siempre vieron de lejos.
—Cerrémosles el camino —grita el Viento, que se fortalece cuando se enfada—. Los que aquí viven no tienen nada que les sobre.
—No es posible, Señor. Ya han vencido el miedo al vacío, que es el peor de todos. Nada los detendrá. Lo mejor y lo peor avanza. El deseo los iguala y no podemos distinguir a los buenos de los malos. Pero no te preocupes, ellos encontrarán el pan de la supervivencia donde solo hay hambre, lo han hecho siempre. Les impulsa saber que todos parten de cero y algunos encontrarán el oro. Quieren ser los que empiezan la Historia y que esta vez sean ellos los que caigan arriba; sobre los demás. Llevan dentro un alarido que les asegura que va a ser así. ¿Qué puedes oponerles?

¿Fue real esta conversación? Es más que probable, aunque eso importa poco ahora. Escúchala una y otra vez hasta que sientas el terror de lo vacío que hay ahí delante. Ahora que puedes ver el mapa desde arriba, ya te da miedo la inmensidad. Imagina lo que debía ser enfrentar la pradera en horizontal, cuando no se ve el límite. Ahí estás tú. Si no eres capaz de sentirlo hasta notar que tiemblas no podrás entender lo que viene. Estaríamos perdiendo el tiempo. ¿Sientes la hierba bajo las botas? Es lo único a lo que te puedes sujetar (además de al miedo a lo conocido que te empuja por la espalda). Es muy importante que sientas la pradera, que la huelas. Desde ahora vives también en ese mundo; si te despistas en el otro, una estampida de bisontes te puede deshacer mientras crees que estás tomando café en la glorieta de Bilbao.
Hay indios, ya los irás sintiendo, porque vienen hacia ti, te quieren matar o expulsar. Y es justo, porque es lo que quieres hacer tú con ellos. Pero de la Justicia siempre has huido: que no esperen que vayas a ser justo con ellos. A tu favor tienes los rifles, sobre todo los Winchester de repetición y la precisión del Colt; cuando lleguen. Y el Séptimo de Caballería. Es una cuestión de tiempo y de agallas. El Centro, que es ya el oeste del este, su primera parte, es tan grande como el Este, ¿te acuerdas que te pareció inmenso cuando desembarcaste? El Oeste tiene a su favor que está vacío, ocupado por los que se ajustan a lo que la naturaleza da. Solo tiene hierba, pero espera a los ganados que pastarán cuando los bisontes hayan desaparecido, los indios hayan sido domesticados, el ferrocarril destruya a su paso lo que algunos habían construido: los perdedores a los que les quitan el campo cuando ya no quedan libres otros a los que se puedan ir. Esta es una historia de las buenas, de allá del Oeste. Por cada cien caídos, uno se enriquecerá: los primeros en caer de pie sobre los hombros y las espaldas de los demás.

¡Pero mira bien, fijamente, que por eso abandonaste lo que nada te daba!, Quieres llegar al sistema montañoso del Pacífico y a California, donde dicen que mana la miel y pueden crecer los naranjos y todo lo que plantes. Pero no debes precipitarte: ya habías fracasado en Europa y en el Este, no estás preparado para la Tercera Decepción. Has de sufrir aquí bastante tiempo. Atravesar la pradera hasta las Montañas Rocosas, que durante un tiempo se consideraron el final del Oeste, y cruzarlas para llegar a las grandes llanuras que hay entre las dos cadenas montañosas.
Por tanto, aquí nos quedamos. A sufrir y hacerte valer.

Somos gente fuerte, los que buscamos las oportunidades. Cada uno de los nuestros podría llegar antes y quitárnoslas. Es a los demás, a los que son como nosotros, a quienes hay que vencer en la carrera: la competencia es una de las leches que nos amamantan. Nada de camaradería. Nuestro lema dice “Each one trusts in himself”, pero hacia fuera lo pronunciamos “In God we trust”. Si lo piensas bien, significa lo mismo. No vas a ayudar a nadie y nadie te va a ayudar. Para cruzar las praderas y desiertos, no se forman caravanas de iguales que se protegen unos a otros. Los que tienen dinero, pagan para que unos exploradores los conduzcan. Los que no, emprenden el camino solos con la familia, por su cuenta.

¿Ves esos restos de una carreta, casi comidos por la hierba, confundidos con ella? ¿Y esas cruces de madera un poco más allá? Responden a una historia repetida. La carreta de una familia se rompe y todos se quedan allí, mirando el trozo de cielo bajo el que han quedado paralizados. De vez en cuando pasa alguien y, por cortesía civilizada, ofrece su ayuda, pero se la rechazan y no insiste; en realidad nunca pensó que la fueran a aceptar. No se ha llegado hasta allí para depender de los iguales. La familia muere y gentes piadosas que pasarán después se detienen, esta vez sí, para darles cristiana sepultura. Es el modo de avanzar, la primera ocasión de ponerse a prueba ante la suerte. Ya puedes imaginar que es el mismo modo que cuando se detienen y asientan. Cada uno para sí mismo: o somos self-made-men o no somos. ¿Cómo lo gritaba Hamlet hace no mucho? Ah, sí: “A partir de este momento, seré sanguinario o no seré nada”. Eso es. Le viene que ni pintado a la fase, porque no estamos en el Lejano Oeste, sino en el Salvaje Oeste. No son dos zonas geográficas, sino dos tiempos en la misma zona.
Aquello era un circo, un circo de verdad, cuando todavía había bisontes, indios, fuertes donde vivía el Séptimo de Caballería; una empresa descabellada que funcionó e impuso el orden necesario para que prosperara la posibilidad de los negocios. La vida en movimiento frenético, porque no podía ser más lenta que las balas. En realidad fue menos tiempo del que parece. Hubo hasta una Política India: masacrarlos y dejarlos en las reservas. Terminada la misión, la cosa cambió bastante. Se convirtieron en vaqueros, los cow-boys de las películas, porque tenían praderas para dar de comer a las vacas y trenes para alimentar al Este. Ellos interpretaron la etapa salvaje. Que terminó bajo una carpa de circo al que para verlo se pagaba entrada, como el Buffalo Bill’s Wild West Show, que hasta creo que recorrió Europa: los que hacían de artistas se representaban a sí mismos; pocos años antes habían hecho lo mismo, pero matándose de verdad. Fueron los supervivientes que se vieron obligados a seguir sobreviviendo con lo único que sabían hacer: primero como tragedia y después como espectáculo. Tampoco es tan raro: del circo al circo es un movimiento redondo.
No creas que de eso hace mucho, que mi abuelo ya había tenido a mi madre cuando Buffalo Bill era todavía un artista de tourné. Pero más cerca históricamente de nosotros, y mucho más cerca todavía por lo que nos ha contado el cine, está lo otro, el Lejano Oeste. Es nuestro destino en este movimiento que empezamos como un juego. El salvaje oeste lo cuentan las películas de indios y vaqueros. Nuestro periodo lo cuentan las películas del Oeste.

Ahora sí que te ruego la máxima concentración, porque estamos en el meollo: la mente abierta y los sentimientos dispuestos a imprimirse en ella, para que cuando lleguen las historias las puedas vivir. Lo primero que has de conocer, como si vivieras en él, es el pueblo, porque es el centro de todas las historias. Incluso aunque transcurran en las quebradas, los valles, las montañas cercanas, siempre empiezan o terminan en un pueblo.
Desde el aire, a vista de pájaro (o del avión desde el que se rueda la panorámica), parecen incomprensibles: una cuantas casas, agrupadas sobre todo al lado de una calle ancha (antes o después, recuerda, han de pasar por allí las vacas, conducidas por los vaqueros en un viaje de meses; o más tarde hasta la estación de ferrocarril). En medio de la nada más absoluta y estéril.
Bajemos al suelo. ¿Qué hace esa gente allí, de qué vive? Porque no hay agricultura ni ganadería a la vista. Sin embargo, sí hay una oficina del sheriff, un banco, una funeraria, un salón donde se reúnen a beber, a jugar al póker entre ellos o con tahúres profesionales, y a juntarse con las chicas, jóvenes y procaces; también hay una tienda que vende de todo, desde herramientas y comidas enlatadas, sobre todo judías, hasta trajes de París que se piden por encargo; está la oficina de la diligencia antes de que haya una estación de ferrocarril; también hay una iglesia y una escuela, y hasta una peluquería y un hotel. Hay más personajes, que ocupan todos los lugares que hemos citado, pero no llegamos a saber muy bien a qué se dedican. Las mujeres se pueden dividir en tres grupos, las procaces chicas del salón, venidas de las ciudades con sus ropas de colores chillones, las mujeres de los habitantes del pueblo, de mediana edad y todas bastante feas, y la maestra de la escuela, que es joven y bella, pero no es procaz ni viste ropas chillonas. A veces, se convierte en la novia del protagonista de la historia y se casa, antes de volverse fea, suponemos que para que otra hermosa joven ocupe su lugar.

Sabemos quiénes son, pero también que no pueden vivir de ellos mismos: no hay un recorrido posible de los dólares de unos a otros que dé para todos. Haz un ejercicio imprescindible, para familiarizarte, y verás que tengo razón. Llega al pueblo, en diligencia o ferrocarril. Eres agradable y hablas con todos. Hospédate en el hotel y come una chuleta con judías en el restaurante. Pasea y charla, compra algo en la tienda, córtate el pelo, la peluquería es un centro social de primer orden. Después, ve al salón: es mejor que a los jugadores los observes, pero sin entrar en la partida. Muchas de las historias del Oeste terminan con el forastero arruinado o, en caso de buena fortuna en el juego, muerto en un duelo en la calle ancha. Bebe whisky y hasta sube a los dormitorios con la chica que más te guste. El domingo, acude a los oficios religiosos. Desde entonces ya puedes saludar a los del pueblo, hacerles una reverencia a las mujeres, sobre todo a la esposa del predicador. Incluso mirar de cerca a la maestra.
Pero sigues sin saber de qué viven, ofreciendo tantos servicios. ¡Un momento! ¿Te quedaste a charlar en la tienda, como te dije? ¿No viste que llegaba gente en carros, hacía grandes compras y se marchaban o se quedaban a visitar la peluquería o a beber en el salón? Tienes que prestar más atención: vives ahí, ¿recuerdas? Esa es la gente que pone el dinero: los de los ranchos que quedan fuera de la panorámica de la vista de pájaro. Habría que hacer la toma desde mucha más altura para que entraran en el cuadro. Son los que viven alejados, dedicados a la cría de ganado. O a una débil agricultura, pero suficiente para proporcionar trigo y judías. También llegan de las montañas próximas mineros del oro, con una pequeña bolsa con gruesas pepitas que malvenden en el banco.
Los que cuidan pequeños ranchos, con un poco de agricultura y algo de ganado, casi para consumo propio, son seres pacíficos. Aunque alguna vez, una injusticia convierte a uno de ellos en un forajido. Apréndete esta palabra porque se trata de un personaje principal de muchos western, tanto si se le presenta como un malvado o, románticamente, como un hombre bueno. Son más habituales los trabajadores de los ranchos que acuden al pueblo a gastarse la paga de muchas semanas. Estos son malos de corazón y crean conflictos. Pero si se les mete en la cárcel del pueblo (la oficina del sheriff) o si el juez que vive en el pueblo o viene de un pueblo cercano(no lo he citado porque, salvo excepciones, cumple su función y desaparece) los quiere enviar a la horca o a un presidio, el dueño del rancho viene con gente armada a liberarlos, porque al fin y al cabo es con su dinero metido en el banco, con sus abundantes compras más el gasto que hacen sus hombres, .con lo que viven los ciudadanos del pueblo. Ahí sí que hace falta un buen sheriff, que no es raro que en otro tiempo fuera forajido y sepa disparar bien, para el previsible enfrentamiento con los del rancho. Cuando ese sheriff no existe, los malvados abusan hasta que llega el hombre adecuado. A la gente de allí, como los buenos sheriffs tardaban en llegar, y los jueces también, o llegaban borrachos, les gustaba lo que propuso Lynch y preferían linchar rápidamente a los apresados, sin tiempo para demostrar que eran inocentes, si lo eran. Tampoco es que el sistema lo descubriera Lynch: lo de matar pronto y que luego Dios decida viene de lejos. Pero en las historias del Oeste, el linchamiento y el duelo en la calle ancha se iluminan con una luz mucho mejor.
Nos falta el personaje principal: el pistolero. Normalmente, contratado por el del rancho, o por el dueño del banco cuando le han robado. Aunque también recorre la zona perseguido por su fama, sin que nadie le contrate. Haber matado en duelo a un hombre te convierte en pistolero. Siempre habrá quien quiera quitarte esa corona midiéndose contigo. Si no eres muy bueno, mueres pronto y no hay historia, pero si de verdad eres bueno irás matando a los que te ofendan para hacerte salir a la calle a disparar. No hay delito en dos hombres que se enfrentan cara a cara en la calle, con sus pistolas. Se ve como una restitución: del orden, de la verdad o del abuso criminal, según quién gane. Contemplar un duelo desde la ventana del salón o la terraza del hotel te proporcionará una experiencia profunda de la muerte como justicia y te será más fácil entender las historias. Porque la muerte violenta es el lago donde flotan las historias del Oeste. Demasiado parecidas a los relatos de los griegos como para no pensar en la impostura de los escritores de este género.

Ya has sentido todo lo que debías sentir para que estas historias no sean una más entre muchas. Se terminó el esfuerzo. Ya puedes adoptar una actitud pasiva para escuchar la historia del Oeste que nos va a contar David, el que más a gusto se siente en ellas, el que empezó a contárnoslas. Después vendrán la de Juan y la de Marina y la de Ernesto y la de Javier y la de María y la de Fernando y la de Róber y la de Nacho.
Te has ganado este placer.

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Y ahora ya podéis hacer clic aquí, EXACTAMENTE AQUÍ, para leer esas historias. De verdad que merece la pena.

viernes 25 de diciembre de 2009

Soy BICo (casi, casi, un cuento o una tarjeta de felicitación para “esta” Navidad)

Seguro que era sábado o domingo, quizá una fiesta de guardar, porque el hijo ha venido a casa a comer y él, la madre y el padre están comiendo una ensalada no enriquecida. Qué manía la de los restaurantes de ahora, que no saben ofrecer ensaladas que no hayan ensuciado con trozos de proteínas cárnicas. Y digo “ensuciado” porque lo convierten en obligatorio. La ensalada era una salida vegetal perfecta, una entrada de vitaminas inmaculadas, hasta que eso se convirtió en vulgar. Ahora se combina con lo que más grasa tiene: adiós a las ensaladas de tomate, lechuga y cebolla de los restaurantes económicos que se frecuentaban en la época de estudiantes y hasta bastante después. En los restaurantes no-económicos, incluía aceitunas, espárragos, remolacha y lo que se les ocurriera, pero siempre brotado de la tierra. También estaba la versión española de la nisuás francesa, que llevaba huevo duro y atún de lata. Una buena oportunidad de comer pescado y huevo, que la convertía en plato único. Pero incluso si no se quería el atún, se pedía que no te lo pusieran y, como se hacía en el momento, te la servían como querías. Adiós también a las ensaladas hechas en el momento, en las que cada ingrediente tiene su sabor, porque apenas hace nada que los han combinado. Ahora las ensaladas sestean en recipientes más o menos grandes, intercambiando sabores de profundidad que deberían haber guardado para sí mismos hasta el momento de la boca. Comprobar que es así resulta sencillo, basta con pedir que no pongan béicon y esperar que respondan que no es posible, porque ya está hecha.

Están tomando la ensalada y un vino apetecible; mientras, los canelones cogen en el horno el calor adecuado, excelentes siempre, siempre hechos en casa: desde la salsa de tomate, y la bechamel, hasta la condimentada carne picada. Son los momentos infrecuentes de comer carne, necesaria, gozosamente. Estas comidas abren el apetito y la conversación. El hijo dice una cosa: he firmado la Declaración de Barsac. Los tres cruzan informaciones y opiniones sobre esa Declaración; hasta que consiguen terminar la ensalada en el momento mismo en que se acaban de dar unos a otros toda la información que tienen.

El hijo dice una segunda cosa: en el modo de comer, ya sé lo que soy. Porque la Declaración pide reducir la ingesta de carne a la mitad y da el nombre de “demitarians” a los que siguen esa dieta. Resulta que el hijo, por el método de acierto y error, hace dos años que había empezado a ajustar lo que comía para sentirse saludable y, sobre todo, para tener la energía suficiente para las larguísimas jornadas de trabajo que realizaba con pasión. Necesitaba también, esa energía, para las largas horas dedicadas a los variados ocios que, con igual pasión, vivía los fines de semana. Y resulta también que al padre, después de un ataque a su salud meses atrás, se le creó un desagrado por la carne, los fritos, lo grasoso, mientras que se le hace la boca agua cuando piensa en verduras, cereales, legumbres, vegetales, frutas y nueces. La madre había seguido desde siempre una manera racional, la llaman mediterránea, de comer. Así que todos seguían ya esa dieta, de un modo u otro, como si les hubiera caído del cielo, no como algo a lo que se hayan sometido voluntariamente. El padre la sigue con mayor extremosidad y animadversión hacia los alimentos que le desagradan. Y ahora resulta que tiene un nombre. Y al final fue el Verbo.

El hijo dice una tercera cosa, dirigiéndose al padre: podrías traducir la Declaración para la página web y encontrar una palabra española adecuada para ese término. Porque los dos participan del mismo grupo de estudio y de agitación, Globalízate. Y el padre lo hace, traduce la Declaración. Y se pone en la página web, incluso con las erratas que contenía. Pero traiciona al hijo, porque hace una traducción literal del término, poniendo una odiosa N. del T. en la que explica su decisión.

(Para leer la declaración de estos científicos de elite sobre la necesidad de tomar menos carne, pincha en
La declaración de Barsac: Sostenibilidad medioambiental y la dieta semitariana)

El caso es que al ver esa palabra, “demitarians”, y entender por la definición que se trata de comer la mitad de la carne que se comía, el padre lamenta el escaso sentido del humor de los científicos. Porque debían haber escrito “demeatarians”. Lo tenían tan fácil. Claro que los científicos no suelen leer a Joyce. En realidad, casi nadie lee mucho a Joyce, al menos en los últimos cien años. Antes de esa fecha, se sabe que se le leyó, pero no hay fuentes de confianza que lo confirmen. Además, era una lectura complicada, que dificulta los estudios razonados. Había que leerlo sobre todo en Cervantes y en Sterne, así como en una multiplicidad de pequeños espacios de obras de mayor volumen, como por ejemplo el Capítulo 12 de la novela Escorpión y Félix que escribió Karl Marx en su juventud (confieso que no sabía que existiera, pero me la regaló el otro día una muy buena amiga, junto con dos horas de estupenda conversación). Muy complicado escribir así un estudio fundamentado de la lectura de Joyce antes de Joyce.

La gente rechaza el chiste en bloque, porque lo consideran grosero y poco útil. Creo que es por una confusión etimológica. Hay toda una corriente de chistes que también yo rechazo: la que procede etimológicamente de la palabra “chistera” en sus dos significados, aquella con la que se cubrían los ricachones y la que usan los magos para sacar de ella pequeños e inocentes conejos. Claro que me desagradan esos chistes. Pero hay otros que proceden directamente de la palabra “chistar”; son aquellos en los que, por un cruce de letras o palabras, te “chistan” desde la vida; te indican que hay una pequeña puerta abierta a otro camino. Ese es el chiste que se perdieron los científicos.

Para consumo propio, el padre sí ha inventado una palabra nueva, que no se atrevió a poner en la traducción: BICo o BICa. Es la sigla de Baja Ingesta Cárnica añadiéndole una “o” o una “a” final, según el género al que uno considera que pertenece.

De no ser BICos porque les había caído del cielo, el hijo, la madre y el padre se habrían sentido obligados a llegar a serlo como consecuencia de esta Declaración. Por coherencia con su pensamiento (no hay que olvidar que la “coherencia” es el refugio último de la elegancia). También podrían haber pensado que, después de Copenhague, para qué, si ya está todo perdido. Globalízate envió un texto a los medios de comunicación refiriéndose a las consecuencias del fracaso de la cumbre danesa. Por una vez, se pusieron líricos y terminaron así la declaración:

Mientras tanto, adiós África, adiós Sur de Asia, adiós glaciares y hielo marino, arrecifes de coral y selva tropical: Fue bonito conoceros, aunque a nadie le importasteis. Los gobiernos que se movieron tan rápidamente para salvar a los bancos han discutido y obstruido mientras la biosfera arde.

¿Para qué más esfuerzos, si ya no queda tiempo para actuar, para esperar otra cumbre? Los líderes no van a hacer nada porque las personas no quieren que se haga. Incluso los que pensaban que algo estaba pasando prefieren ahora aceptar las dudas de los “negacionistas”, pagados por los Grandes Compañías Contaminantes para seguir el modelo de negación que se usó en la relación entre tabaco y cáncer. Prefieren mantener el modo de vida del abuso de recursos. Si alguien quiere de verdad saber quiénes son los negacionistas que siembran las dudas que aceptamos, pinchad en este artículo de Escudier para El Confidencial:

Los negacionistas españoles del cambio climático

Quizá se hicieran BICos, padre, madre e hijo, de no serlo ya. Por coherencia, por no dejar de hacer el trabajo de cada día pase lo que pase. El padre piensa en la gente que conoce, en la vida y en la blogosfera, que seguirá haciendo lo que debe hacer. Sin más contemplaciones (esta frase es la proclama de izquierdas del infame “sin complejos” de la derecha).

El padre piensa en ellos. Posiblemente los que han llegado hasta el final y han leído los dos enlaces. Y les dedica esta entrada, como una Felicitación de la Nueva Década.

Soy BICo, sí. ¡¿Qué pasa?!

lunes 14 de diciembre de 2009

Divagos de Punchet: Relatos habitables de Lara Moreno

[Normas de uso de la revista: Gassetia ya ha publicado el segundo Punchet, para verlo, y ver el resto de la revista, pinchad AQUÍ y aparecerán los tres números. Pinchad en el tercer número. Podéis echar un vistazo en forma de revista, pero para leerlo es más cómodo ir a la "Vista de informe". Si lleváis el cursor arriba, aparecen unos iconos y hay uno con un folio grande y dos pequeños. Al pinchar ahí, se abren tres vistas posibles. Pinchad en la tercera, "Vista de informe", y se abrirá una nueva ventana en la que es fácil ir pasando todo y leer lo que se quiera. Pero ahora, por si alguien se lía, o por los momentos en que cargan la página y el primer vínculo no funciona, pongo el texto. Aunque no queda tan bonito como en la revista, con las fotos a color].




¿Cómo coloco los ojos, para que me quepan tantos mundos?
Punchet


Me gusta bajar a Lavapiés. A veces. En un día de diario cuando ya haya oscurecido. Cuando se vive la vida de barrio porque todavía no han llegado los de fuera; menos yo, que soy un visitante poco visible. Este barrio es una metrópolis cruzada y condensada en un pequeño espacio. A veces parece como unos grandes almacenes formados por infinitos huecos ocupados por tiendas étnicas de segunda mano (como poco) donde venden todo lo que se ha gastado en un camino que se empezó cuando los artículos nuevos estaban ya deteriorados. O la gente de toda la vida, las parejas ya mayores que se quedaron aquí, estupefactas de cómo aceleraba el mundo en otras partes, que ahora meriendan café con churros en bares cuya pretendida elegancia se había esfumado a los pocos meses de su inauguración. Indios, moros, negros africanos, asiáticos, pasean como sombras que puedan diluirse en el aire en cualquier momento. O hacen como que han salido a comprar. O son dueños de una tienda, vacía de clientes, desde cuya puerta miran la calle. Todos contribuyen a que nuestros sentidos jadeen de ansiedad. Paseo como uno más, como si fuera de compras sin llevar bolsa ni dinero. Como si nos impulsara el miedo a parecer que no somos de aquí y pudieran aplicarnos tantas leyes que no podemos ni memorizarlas. Miro, toco disimuladamente, escucho cadencias de voz que, bien agrupadas y ordenadas, podrían esparcirse desde las salas de conciertos; olfateo, incapaz de diferenciar lo que me llega, dónde se ha mezclado. Sobre todo quiero ver, pero ¿cómo coloco los ojos para que me quepan tantos mundos?

No soy Schrödinger. Soy su gato y soy yo el que decide y hace los experimentos. Yo mismo me meto en la caja, cierro la tapa y me quedo en la oscuridad luminosa preguntándome si cuando la abra a la luz oscura del exterior estará allí Schrödinger, o su hijo, quizá un tío suyo o una sardina envenenada sobre la que me lanzaría con alborozo. Una vez, cuando la abrí estaba Lara saliendo del metro. La reconocí porque acababa de leer su libro Cuatro veces fuego en una biblioteca y venía una foto suya en la solapa. Le dije que lo había leído, pero no me preguntó si me había gustado, sino si podía invitarme a un te con ron. Nos sentamos en un bar en el que quedaban sillas que eran restos de varios cambios antiguos, pero sin que presumiera de “vintage”. Llevaba una falda corta, como algunas de sus protagonistas, pero no podía mirarle los muslos, ni la boca, ni los ojos. Solo me interesaba la que había escrito historias que me habían perturbado: y esa no pasea por la calle. Le miraba las manos. En uno de los relatos escribe que todos tenemos una mano inocente y una mano cruel. Le miraba la inocente, es fácil distinguirlas a poco que te fijes, y leía en ella:

«la boca de su madre estaba mojada en aceite y parecía una boca de verdad, no una boca de madre.»

Hemos tenido la misma infancia, una distancia recorrida por un temblor. Eso le dije. Le miré la mano cruel y leí en ella:

«Y claro que llegó la tristeza y la incertidumbre y la certeza, pero la muchacha (ya era una muchacha en la ventana) nunca comprendió muy bien según qué cosas y tampoco quiso preguntar

Tampoco Lara quiso preguntar por qué recordaba esas citas. Estábamos bien allí, tomando ron y dejando que el té se enfriara, fumando los cigarrillos que ella liaba. Esto se repitió varios días, hasta que dejé de encontrarla. He seguido bajando a Lavapiés; a veces. Pero no la he vuelto a ver. Era la única persona con la que sentía acercanza en ese barrio. Ahora lo recorro con los sentidos abiertos de un padre huido antes de tiempo.


Hay relatos habitables donde quedarse a vivir
Él

Se equivoca quien crea que Punchet es mi amigo. Solo porque se pega a mí cuando me ve, pago sus consumiciones, le paso un brazo por el hombro cuando mirando su copa susurra palabras que no entiendo. Porque en los bares que frecuento deja a mi nombre cuentas sin pagar y las abono con naturalidad. Porque deja a mi nombre, con la deuda, escritos en cualquier cuartilla u hoja de bloc que le han prestado, con la palabra “Divagos”, centrada, como título. Como este de Lara Moreno, que dejó para mí en la Almudayna. El primero de ellos llevaba una nota que decía “no sé qué hacer con estas cosas, quizás tú sí”. Lo curioso es que consideré siempre esos divagos como una obligación a cumplir. Con el poco tiempo que tengo, él me marca el destino. Por eso creo que en lugar de amigo es mi asesino, el que devora mi tiempo poco a poco.

La Lara que Punchet encontró y perdió en Lavapiés yo la he encontrado y no perdido en Malasaña. Yo sí le miro los muslos, la boca y los ojos. Me preocupa cuando tiene una tos ronca que persiste. Le pregunto si su hermosa pareja sigue dando luz cuando la tarde oscurece. La tengo totalmente separada de la escritora del mismo nombre que ha publicado, entre otras cosas, Cuatro veces fuego. Ni por un momento se me ocurre engañarme pensando que las dos son la misma.
Me ha gustado tanto, ese libro. Qué palabra tan pobre, “gustar”: lo he vivido. Están los relatos de infancia y familia, que recordaba Punchet. Pero hay otros. Unos contienen gérmenes de poemas como los de Panero (el loco, le dicen), o se refieren al recuerdo de esa infancia. Son poemas explotados, expandidos, que felizmente nos queman y hieren, entre las descripciones necesarias para que no nos perdamos demasiado. Como en el que se llama “Donde más te duela”. Allí leo:

«(...) Si te acercas a alguien mucho, tanto que las narices queden pegadas y respiren el aire ajeno como ladronas, tanto que tu visión sea oscura a pleno sol, porque sólo y exclusivamente veas los ojos contrarios, los ojos complementarios, los ojos contrincantes y cómplices y corruptos y veas sólo con los ojos, te darás cuenta de que está ahí, igual, exacto, intacto, sin los días de más en el cuerpo y sin las arrugas de la piel, sin todas las batallas y las víctimas y sin todas las ecuaciones torpemente resueltas, y por supuesto sin las nuevas fórmulas descubiertas; está ahí para ti, para sí mismo, y tú debes estar igual, a pesar de todo, a pesar de la caja llena de fotografías que guardas en el armario del Jardín.
(...)
El calor había quedado atrapado afuera. La hierba se empeñaba en ser fresca, el ruido de los pájaros durmiéndose, la silueta del tronco del árbol más negro que la noche. Pero daba igual. Sentí el calor de la tierra en las rodillas y acto seguido mis manos sudaron todo el frío que habían recibido bajo el grifo, y me saludaron, y creo que bendijeron el suelo que iban a escarbar, o algo, porque quedaron quietas, una sobre la caja y otra sobre la dura arena del campo, y dijeron cosas bíblicas que habían aprendido en el colegio. Y el verbo se hizo carne, seguramente,
(...)
Y entendí, con las manos enterradas en un racimo de uvas blancas, que todo puede ser de otra manera, que el Jardín devora la vida y luego la expulsa, para que nos la comamos, que siempre la vida está para comérsela.
».

Pero hay algo más, más decisivo. Todos hemos deseado que un libro no se terminara y hemos leído el final a sorbitos, para alargarlo. No se puede releer de inmediato el mismo libro queriendo que pervivan las sensaciones que produjo. Es tan grande la distancia entre el final y el principio que volver a este rompe el encantamiento. Pero hay quien sabe escribir un relato como si fuera un espacio donde quedarse, y puedes pasar del final al principio sin que se rompa nada: la atmósfera persiste y hasta se ahonda. Hay varios en el libro de Lara, pero el que más se hace espacio es “Las difusas”. Contiene el misterio cruel de la adolescencia, del despertar, y resuena en nuestra propia historia. Estuve una tarde entera de un sábado leyéndolo, haciéndome un té, volviéndolo a leer. Varias veces. No lo leía, lo recorría, como se recorre un camino. Es muy difícil escribir un espacio como ese, en el que el lector pueda acomodarse.


Postscriptum con Cascarinna rondando
Él



Tengo una joven vecina que se llama Cascarinna. De ella me separa un tabique tan delgado que cuando se lía un cigarrillo escucho el crujido del papel al curvarse. Escucha y canta coplas. El otro día encontré media tarta con esta nota: “He venido a dejarte la mitad de una tarta que he hecho y de paso a espiar lo que escribes. Una noche me leíste dos cuentos de esa chica, ¿te acuerdas? Te dejo mis impresiones en el ordenador”. Claro que me acuerdo, cuando llega dolida y no puede dormirse, si oye que estoy despierto toca en el tabique para que pase a leerle hasta que se duerma. Me parece excesivo que otra persona más ocupe el espacio de mi escritura. Además, me gusta cómo habla, pero cuando escribe cree que debe poner palabras difíciles y se acartona. Así que no doy entrada a su voz, hasta que deje de pensar que escribir es un acto elevado. Solo diré lo que me dijo escribiéndolo en mi ordenador.

Me dijo que había dejado fuera los relatos de sexo, los que más le gustaban. “Futuro imperfecto”, que la refleja, porque siempre que un chico o una chica le hablan de futuro no cumplen. Y la protagonista acaba vengándose en el baño de un bar, como ha hecho ella tantas veces, me dijo.

«Dijiste ya investigaré y yo vi o quise adivinar que estarías horas así, husmeando mi cuerpo, hasta que la nariz se te quedara atascada de tantos lunares desperdigados, hasta que mi piel fuera un erizo escalofriante entre tus dientes».

Me dijo que le emocionó “Durante horas”, donde un chico y una chica se descubren poco antes de madrugar, sin haber dormido, y se persiguen durante horas por la ciudad, manteniéndose a diez metros, hasta que veinte horas después terminan encontrándose en un callejón sin salida y, a una distancia de diez metros, mirándose y sin hablar, hacen el amor.

Le avisé que no la iba a incluir en el texto y le dije que no tenía razón en su preferencia, tanta atracción por enfrentarse acariciarse y violentarse, que no presta atención a todo lo demás. Cuando me quedé solo y lo pensé, comprendí que el equivocado era yo, simplemente porque tengo la edad de estar equivocado y ella tiene la edad de acertar. Simplemente porque la vida es así (cuando ya no está para comérsela). Fui a su pastelería preferida a comprarle pastas de té y le dejé la bandeja en la mesa de su sala, con una tarjeta que decía: “Lo siento, la razón la vuelves a tener tú”.

sábado 5 de diciembre de 2009

Qué noche que se abrió y no se ha cerrado


Homenaje a Zarzalejo

La cocina es el centro del universo si tu mundo es apenas lo que ves y oyes, si fuera de ese límite no contiene más certezas que las fantasías descabelladas. Los dormitorios son, entonces, lugares donde retirarte a dormir, enfrentarte a lo oscuro y vivir las indecencias; como la del miedo al afuera, donde tantas cosas desconocidas, incomprensibles, te pueden dañar. La cocina tiene una ventana enrejada que da a un patio con una pequeña huerta y muchos cachivaches amontonados. En la cocina se está caliente, huele bien. Por la cocina entra de fuera lo que es aceptado. La novela después de comer que oye madre, donde cuentan tan bien las historias; mejor que los viejos, que da tanto gusto oírlos en la plaza cuando, a fuerza de repetirla, atan la memoria del universo. Y el partido del domingo que padre oye conmigo a su lado y lo vivimos como derrotas y glorias militares tan intensas como las que cuentan los viejos.
En la cocina había hablado varias veces de que un día me iría a la ciudad, donde para un hombre joven siempre hay trabajo. Allí le dije una noche a madre que ese domingo me iría en el tren que pasa cuando amanece. No volvimos a a hablar de eso, pero cerca del amanecer, ese domingo, estaba madre en la cocina para hacerme el café.

—Llévate esto —me dijo al entregarme una bolsa blanca de plástico con algo dentro—. Los hombres no tenéis el gusto de quedaros en un sitio, vais de aquí para allá andando siempre hacia otra parte, por eso necesitáis una bufanda y unos calcetines gruesos de lana. Para protegeros del frío.
Lo metí en mi bolsa, suponiendo que se lo habría dejado olvidado él, la última vez; o la penúltima, o alguna de las anteriores. De eso hacía mucho tiempo. La última que lo vi, yo era todavía un niño que no había hecho la primera comunión. Supe que después había estado más veces, pero llegaba cuando estaba dormido y se marchaba en el tren del domingo, que pasa por el pueblo antes de amanecer. Sabía que había estado porque a la mañana siguiente, en la mesa de la cocina, encontraba un tebeo medio sucio y arrugado de Supermán o de Vidas Ejemplares o de Hazañas bélicas. Las más de las veces encontraba, sujetado con una goma elástica, un mazo de cromos de distintas colecciones, con fotos de jugadores de fútbol de varias temporadas anteriores, de ciclistas, de una naturaleza que no se veía en el pueblo o de la película de la guerra de Corea, que repetían el tono verdoso, la jungla ocupando el color de los soldados, que tanto me había gustado en el cine que ponían en el salón de la parroquia un domingo al mes. Hasta había cromos de colecciones de chicas. Me gustaba esa variedad y valoraba cada mazo por lo grueso que era. Los llevaba en el bolsillo, cada uno con su goma, y recordaba el día en que había encontrado cada uno junto al sitio de la mesa de la cocina donde yo desayunaba; cerca del fogón, que se estaba más calentito.
Una vez, me dejó un trompo de madera, pero sin cordel. Enfadado del olvido, que me hacía de menos, como si no pensara bien en mí, lo lancé contra unos pájaros y cayó en el prado del vecino. No salté la valla para recuperarlo.
Tiempo después, mi madre empezó a tener seca la mirada y ya no volví a encontrar más regalos. De todas formas, nunca hablamos de él. Ni cuando venía oculto en la noche ni cuando dejó de venir.
—Verás que hay días buenos, en los que tengas dinero para tabaco, para vino y hasta para coñac —me dijo mi madre despidiéndome en la puerta.

Del cambio de las estaciones, me gustaban los primeros fríos; para ponerme la bufanda, los calcetines gruesos, y caminar sintiéndome protegido. Caminar es el privilegio de los hombres.
Un amanecer vi una chica morena y muy menuda, que tiritaba. Le puse la bufanda al cuello, me regaló una sonrisa y se marchó.
Viví con una mujer rubia de carne tan suave como no había conocido. Cuando la abrazaba en la cama, su cuerpo se encendía, pero con la costumbre se le empezaron a quedar fríos los pies. Le ponía los calcetines y nos dormíamos. Llegó un momento en el que por mucho que me esforzara, un día si y uno no el frío le subía por las pantorrillas, que las tenía como las de esas corredoras africanas que saltaban vallas en la televisión. Su manera de mirarme se fue haciendo menos dulce y un día me marché, sin avisarla.
Con el frío que da no tener bufanda ni calcetines gruesos de lana, cambié el ser, que decía mi patrón, me volví un informal, por lo que ya no me daba trabajo todos los días. Al buscar en los bolsillos, un día ví que ya no tenía dinero grande para coñac, y dejé de beber coñac. Cuando ya no me quedaba dinero mediano para vino, dejé de beber vino. Cuando me quedé sin dinero pequeño para tabaco, dejé de fumar.

Ahora que parece que me han despojado de todo, camino por la ciudad entera, todas las calles son mías, y en este momento estoy en un banco de un parque. Y ha sucedido algo. El miedo a lo de fuera, la falta de comprensión que nublaba lo que veía, ha desaparecido. El despojamiento ha dado paso al descubrimiento. Se ha ensanchando el Universo y es mío ahora que todo es de sí mismo, no como lo veo yo. Las cosas, las personas, las hojas y la luz que reflejan y dejan pasar las veo como son. He recordado un año que el equipo de padre, que tenía muy malos resultados, a mitad del invierno se encontró a sí mismo y empezó a ganar todos los partidos. Padre estaba feliz. Por la radio dieron los tres últimos partidos, que ganó y se convirtió en campeón. Estaba tan feliz que mojaba pan en su vino y me lo daba. Recuerda, me dijo, cuando las cosas van mal a veces es necesario que vayan totalmente mal; solo así podrás entender quién eres y empezar a ganar. Lo recordé ahora, que ya solo tenía el aire para respirar. Al ver las cosas como son, lo comprendí todo: lo mío y lo de fuera. Si en este momento pasara padre, me levantaría, le daría un gran abrazo y le diría que ya entiendo lo que hizo. Si en estos momentos pasara madre, me levantaría, le daría un gran abrazo y le preguntaría si entiende ya por qué hice lo que hice.
Ahora sabré ser formal lo justo para encontrar en mi bolsillo dinero pequeño, y volver a fumar tabaco; dinero mediano, y volver a beber vino. Pero cuando tenga en mi bolsillo el primer billete grande, lo primero que haré será ir a comprarme para el cuello un pañuelo de seda de colores muy vivos.

sábado 28 de noviembre de 2009

Un Punchet en Gassetia: ¡Actualización!

Este ya se puso por aquí, pero no me dio tiempo a hacer uno nuevo tal como he pactado ir haciéndolo y enviándolo una vez al mes.

Si alguno no lo leyó, o quiere verlo en "su sitio", no hay más que pinchar aquí, pinchar en Gassetia en la página que se abre, ir al número 2 de la revista, recorrer las páginas de estos estudiantes de Ourense y encontrar a Punchet, perdido entre Ribeiros, en la página 7.


PARTE ACTUALIZADA
Me gusta mucho esa canción de Serrat que dice: "Mis amigos son gente cumplidora / y acuden cuando saben que yo espero / Si les roza la muerte disimulan / Que pa'ellos la amistad es lo primero".

Lo que no podía saber Serrat entonces es que puedes tener amigos igual de buenos, pero que no consigan abrir la revista. Para ellos, copio aquí el texto.

Divago de Punchet: Volver


Al señor Punchet son estas las cosas que le emocionan. No digo que no sepa moverse en la realidad, coger un metro, conocer los bares, saber que ha de pagar cada caña y cada vino, pero eso lo hace automáticamente, como el que conduce o sube una escalera. Él solo presta atención a los pliegues del tiempo y el espacio, donde habitan las telarañas con las que hace bolitas que esconde en su ombligo. Oye o lee, que es como oír por dentro, la palabra “volver” y se le levantan las orejas, tan peludas. Como perro que es. Ya se lo llamaron una vez y lo discutimos mucho, él y yo, que era de la opinión de que no lo es; o que no lo es tanto. Pero él estaba tan encantado como si le hubieran besado en la boca.


Esta cuarta copa de vino rojo, denso, bermellón, a ti te la ofrezco y por ti la alzo y en ayunas la tomo porque recibiste adicta mi semen cuando era espeso como yo me bebí tu sangre cuando la había, como hay ahora este vino espeso. Porque como dice el libro de Flavia Company, Dame placer, que le he robado a mi amo en cuanto lo consiguió tener, y espero que me encuentre para que se lo devuelva porque no tengo dinero para pagar lo que bebo, «a las cosas y a los lugares no se puede volver ni siquiera volviendo». Recuerdo de inmediato el verso de Borges que decía «Vuelvo a Junín, donde nunca estuve».

Y entre una frase y otra me quedo colgado sobre el abismo. O peor, me dejan las dos colgando (pero el abismo permanece), porque los dos cuentan lo mismo y lo hacen perfectamente. Cuentan lo que no quiero oír pero me veo obligado a leer: que es imposible volver y que si se vuelve se hace a donde nunca se estuvo. Porque ya no es el río de Heráclito, en el que uno no se puede bañar dos veces, donde el río cambia pero uno parece ser el mismo. Desde entonces hemos aprendido demasiado, para nuestro mal, y ahora sabemos que lo imposible es seguir siendo uno mismo. Así que para qué volver. O cómo, si el que vuelve es otro. O para qué vivir, si todo a lo que le damos importancia está en un pasado no improbable, sino imposible. Si fuera posible volver a ti, incluso sentiría celos de quien vuelve, como desasosiego siento de las calles cambiadas. Por eso me he venido a vivir aquí, donde todo cambia tan deprisa que volver no puede ni plantearse, pues no ha dado tiempo a crear el hábito.

Vivir sin crear pasado es la ofensa más indecente al ser.

sábado 21 de noviembre de 2009

¡Maldita sea! ¿Por qué he leído hoy el periódico?

“Lo único sostenible es la criminalidad”. Lo dice en El País de hoy, pero mejor y un poco más largo, Manuel Rivas. Y yo respeto lo que dice porque, además, concuerda con lo que veo: y veo porque miro, pues mirar es una actividad voluntaria que no siempre se quiere ejercer. Al principio mismo de la película El Crack, Alfredo Landa piensa en voz en off: “Ando mucho, miro mucho y lo que veo no me gusta nada”. Anda, que si Garci hubiera terminado en ese minuto glorioso su carrera cinematográfica, en lugar de enredarla con una concatenación de aburrimientos, sería mi director favorito. No se puede empezar por una apuesta total y despeñarse desde esa cima. Que hubiera aprendido de Rivas, que deja su frase para consecuencia final de unos razonamientos y citas impecables.

Abajo, siguiendo en la misma última página que uno se puede permitir leer tomando el café, sin tener que desplegar el diario, Helen Clark, directora del Programa para el Desarrollo de Naciones Unidas*, da varias veces en el clavo, empezando por el hecho de que hable del hambre con una cuenta de comida de 105,65 € para ella y su secretaria: hasta el propio periodista lo resalta esta vez (“metáfora perfecta”, lo llama); aunque para cualquier ejecutivo de quinta fila de mi compañía sería una cuenta “barata”, ¿y por qué nos vamos a meter con lo público no escarbando en lo privado; teniendo en cuenta, como hemos visto en los “rescates financieros”, e intuido en el resto de las operaciones, que lo “privado” se nutre prioritariamente de los “fondos públicos"?

*Se equivoca el periodista, no es un programa para desarrollar Naciones Unidas, sino un programa de NU destinado al desarrollo. Pero, ¿quién no ha dicho "voy a comprar unos calcetines para el niño de lana"? Que nos tire la primera gramática a la cabeza el que esté libre de ese error.

Pero da en el clavo (la directora del PNUD, que temo estar liándola un poco) sobre todo cuando dice: “una crisis causada por los sistemas financieros de algunos países ricos golpea con violencia a los pobres”; “Puede ser un poco frustrante que la gente que no hizo nada para causar la crisis la esté sufriendo todavía más”.

[Pero “solo un poco” frustrante, le gloso yo, que estoy un poco quejicoso y cantamañanas por haberme dado por leer el periódico, cuando me limito a comprarlo los sábados, sacar Babelia y tan contento. En mis días "normales", leo por encima algunos titulares y algunos pequeños textos en Internet, confirmo que sigue pasando lo que pensaba que estaba pasando, y enseguida estoy dispuesto a no perder el tiempo y dedicarme a otras cosas].

Y al poco, añade (la directora del PNUD): “Una crisis que ha mostrado lo que un mercado desregulado puede hacer. El mercado puede crear riqueza, pero su papel no es producir igualdad y justicia, solo crea ganadores y perdedores, por eso hay que poner sobre él políticas sociales”. Entonces, los lobbies de las empresas que presionan a los gobiernos públicos para que legislen y saquen normativas según los intereses de las grandes empresas, ¿no os parece que son un poco más criminales que los piratas somalíes? Pero “solo un poco”, ¿eh? no exageremos.

El periodista había empezado describiendo lo vertiginoso de su trabajo, corriendo mucho de un lugar a otro para que la crisis no se lleve por delante los Objetivos del Milenio para 2015. No dice que unos objetivos no son como la llegada del primer día de vacaciones, de golpe, habiendo trabajado como siempre el día anterior. No señor, unos objetivos se van cumpliendo a plazos y la verdad es que los países ricos del mundo, que eran los que tenían que haber ido trabajando en ello poco a poco, lo están haciendo fatal. Vamos, que van más retrasados que el otoño.

Pero solo son mil millones de personas. “Solo un poco” más de lo conveniente. Si hiciéramos eso tan bonito de disparar una salva de honor por cada víctima, nos fuéramos a la Puerta del Sol o al sitio correspondiente de cada lugar, y cada segundo disparáramos una salva en honor de una de esas víctimas, la calculadora me ha dicho que estaríamos 31 años día y noche disparando salvas cada segundo. ¡Anda, ahora sí que mil millones me parecen muchas personas! Creo que juegan con nuestra incapacidad para imaginarnos el significado de los números grandes.

[[Esto lo digo entre dos corchetes y con algunas prevenciones: el único país del mundo que según las cifras de organismos internacionales ya ha cumplido los objetivos es Venezuela, y desde aquí ya me proclamé prochavista por cosas así, pero ese Presidente ha cruzado en los últimos meses varias líneas rojas que, en mi opinión, conducen al desastre de la causa por las personas (todas ellas). He comprobado en mi cajero automático de tolerancia si me quedaba efectivo para pagar el alto precio de soslayar actitudes crecientemente egocéntricas de dominio, y me ha salido saldo negativo, así que tengo que dejar de apoyar el chavismo: de momento y me temo que para siempre. Mantengo sin embargo algunas ideas, como que la prensa occidental va a por él no por ese motivo (la prensa occidental tiene tragaderas enormes con los países que sí están en el juego de los mercados y la economía liberal). También mantengo que Estados cercanos como Colombia dan muestra de ser mucho más criminales. No “solo un poco” más, sino “mucho más”. Pero esa criminalidad no parece importarle a nadie]].

Volvamos a Rivas, con la cita de una carta que envió Flaubert a Turgueniev: “Siempre he intentado vivir en una torre de marfil, pero una marea de mierda no deja de golpear sus muros y amenaza con tirarla abajo”.

Me gusta un montón la frase, aunque en aquel tiempo el pobre no podía imaginar que tapar la mierda no tangible desde los parlamentos y los medios, y ocultar la tangible en los países pobres, o en los no pobres cuando los "ocultadores" se benefician de la oscuridad que producen unos billetes en los ojos de quien debería verlo, se ha convertido en el negocio más lucrativo de esta Criminalidad Sostenible. De la que disfrutan mafias, instituciones neoliberales, los políticos y medios que la apoyan, algunas instituciones religiosas y algunos más. “Solo unos pocos” más.

Ah... el resto del periódico describe en sus secciones diversas actividades criminales que os evito, porque esto ya iba siendo demasiado largo. Como lo pensé por la mañana pero lo he escrito a media tarde, es la hora de ponerme la correa y sacarme a pasear.

sábado 14 de noviembre de 2009

El tema era "El silencio"


Los pasos perdidos


Había una ventana. En la habitación que ocupaba de niño, cuando vivíamos mi padre y yo solos. Daba a un pequeño patio con un limonero y un membrillo, cerrado por un muro bajo junto al que crecían arbustos que mi padre podaba para que no lo sobrepasaran. Basta con que lo tapen, me decía, porque los muros siempre son feos. Me gustaba abrirla para ver los limones y los membrillos, cuando los había. Los limones recogen el sol en la piel y reflejan la luz, como un espejo duro; por eso son amarillos por fuera pero no por dentro. Los membrillos se dejan atravesar por la luz y la van soltando poco a poco. Una luz velada, pero sincera. Con el frío, abría la ventana para ver los árboles sin frutos y las montañas a media distancia.
Mi padre me despertaba en cuanto se levantaba. Nos lavábamos juntos, desnudos de cintura para arriba, con agua fría y jabón, resoplando de frío y riéndonos. Después, él hacía cuidadosamente el café en la olla mientras yo calentaba la leche. Desde que cumplí 10 años añadía un poco de café en mi cuenco. Mojábamos pan del día anterior. Él ponía lo que había sobrado de las legumbres con carne de la cena en una sartén con cebollas y ajo, también pimientos cuando había, echaba la mitad en una tartera y me dejaba la otra parte en la cazuela, para la comida. Fregaba, se ponía el mono, con la boina, una gabardina por si llovía y una bufanda si hacía frío, y me traía un libro a la cocina. Léelo para mí y por ti; esta noche me cuentas lo que has leído. Faltaban dos horas y media para la escuela y me quedaba en la cocina, en silencio, leyendo y memorizando para contárselo como si él lo leyera.
Por la tarde llegaba de trabajar duchado y limpio; con las compras hechas. Mientras se cocían las legumbres, se ponía un vaso de vino, liaba un cigarrillo y se sentaba en la mesa de la cocina a oír mi historia. Así aprendí a fijarme en los detalles, por la importancia que él les daba. Había heredado de su padre, un obrero socialista y masón, la pasión por los libros, pero no tuvo tiempo de ir a la escuela y desarrollarla. Después de cenar, me compensaba contándome historias. La que más me gustaba era la del día en que su padre lo llevó a conocer la logia. Le emocionaba. El día que su padre, con el traje de los domingos, le enseñó el templo, que le impresionó, pero todavía más el Salón de los Pasos Perdidos, la antesala, donde los compañeros de su padre le saludaban afectuosamente y después charlaban en susurros, en pequeños grupos, preparando la reunión. Perdió al padre en una tapia del cementerio, pero nunca se olvidó de él ni de ese día. Fue la imagen que lo acompañó y le dio consuelo, aunque nunca pudo entender el significado real: que esos pasos que allí daban se perdían en la memoria y al entrar en la reunión solo quedaba lo pactado. Que eran un filtro adoptado y aceptado entre hermanos. Se emocionaba al hablar de esa fraternidad. Abogados, médicos, empleados y obreros, todos juntos tratando de mejorar el futuro; antes de que precisamente esa unión condujera a la tragedia. Toda su vida esperaba que yo leyera y aprendiera, porque estaba seguro de que volvería el tiempo en que los hombres trabajarían como hermanos. De haber vivido lo suficiente, se sentiría orgulloso de mí, por mi trabajo; pero también sentiría como un agravio mi desclasamiento: el de todos los trabajadores. En el fondo, era un aristócrata del movimiento obrero que creía en la unión de los mejores de la clase obrera con los mejores de la clase burguesa intelectual. No habría entendido los seiscientos y el apartamento en la Costa Blanca como objetivo primordial.

He leído esto, que hace tiempo escribí en una libreta, después de que un primo de mi hijo, cuando hablábamos de Pepe, ha preguntado quién era. Le he dicho que mi padre. Me sorprendió que dos generaciones después de la suya, alguien, aunque no fuera descendiente directo, ni siquiera lo hubiera oído mencionar. Que nadie le hubiera hablado del abuelo de su primo. De su luz tenue como la de un membrillo. En qué poco tiempo desaparecemos de la memoria. En cuatro generaciones, como mucho, el olvido es absoluto, el silencio sobre nuestra vida se vuelve eterno. Al morir se pierden nuestros pasos. Pocos años después, hasta el silencio deja de oírse.

domingo 8 de noviembre de 2009

Primer día de viaje

El camino que seguimos ahora hasta el pueblo roza la ciudad de León, desde donde en un eje oeste-este perfecto tomamos una carretera secundaria y llana, con montes al norte cercanos, solitaria. Inquietantemente hermosa. Llovía meticulosamente, tapando casi los hayedos. Escuchaba música de Thelonius Monk, su disco Monk’s Dream, y el último tema, Sweet and Lovely, se clavaba en los agujeros de la lluvia.

Al pasar junto a Boñar, que es el inicio del pequeño puerto de Sotillos, el agua se hizo aguanieve, el aguanieve se volvió nieve espaciada, y esta se convirtió en copos tan densos que necesitaba la velocidad máxima del limpiaparabrisas para poder ver.

Emocionaba encontrar ese otoño invernal cuando se venía del otoño estival. Nunca otoño, nunca.

Desde Sotillos, la carretera baja al valle, hasta el Esla. La nieve no había querido tocar el lado este de la montaña: se había detenido justo en la linde (la muga). Al llegar al pueblo, llovía de una nube que quedaba aferrada a las montañas del norte. El cielo estaba abierto por el sur, desde donde nos daba el sol.

Una vecina que está arreglando su casa ha llenado la entrada, de la que parte la escalera, de muebles. Un vecino que aprovecha los frutales abandonados de la huerta, ha cubierto los muebles de manzanas y membrillos. Su olor vence cualquier humedad.

Me hago un esguince de rodilla subiendo una bolsa pesada. En el rellano de la escalera, donde cambia de dirección, la pierna izquierda se coloca en la posición adecuada, el cuerpo gira perfectamente, la pierna derecha también, la bolsa pesada ha cogido el impulso semicircular necesario. Pero el pie derecho queda pegado al suelo, ajeno a toda la operación. Desde entonces cojeo y me cuesta subir y bajar escaleras. Pero es un dolor dulce. Me acompaña. Impide que alguien me quiera hacer andar más de la cuenta. Mi pie derecho es más sabio que yo.

Cojeo hasta mi bar preferido para tomar un vino. Es importante porque llevo un mes sin tomar una gota de alcohol. Además, quiero ver a Miguel. Miguel no está y en el bar se empeñan en que el clarete vulgar, que es el que a mí me gusta, no es digno, así que en lugar del de 60 céntimos, que yo quería, me tengo que tomar uno de un euro traído del Penedés, que no me gusta. Estorbos de la globalización, pienso, tragándomelo con desgana; el único vino que me iba a permitir ese día.

Después de comer ligeramente me voy a mi nuevo sillón-mecedora y mi nueva lámpara de lectura, a mi rincón-Ikea. Arrastro una bolsa de plástico doble con números atrasados de revistas culturales. En su cruzada organizadora, L las había rescatado. Solo una cuantas de finales de los 80 que, en un rincón oculto, no habían ido desapareciendo como las de otras épocas. Estas se han salvado. La primera que saco es el número 83 de Quimera. Por la portada, que incluye los artículos principales, ya me acuerdo de ella. Empiezo desde atrás y me encuentro la crítica que Fernando Valls hace de la primera novela de Andrés Trapiello, poniéndole algunas peras al cuarto amistosamente. El relato de los dos últimos meses de Kerouac, que releo y me deja el mal regusto que recuerdo me dejó entonces sobre ese borracho derechista en que se había convertido (las fotos son impagables). Releo la entrevista a Bruce Chatwin que me permitió conocerlo: más tarde lo leería a fondo y sobre todo me dejó impresionado El rastro de la canción. Está tan guapo todavía, sobre todo de frente, porque tiene un mal perfil. La enfermedad no se había manifestado. Un texto de Joseph Brodsky, al que todavía no había aprendido a amar como hice con algunos de sus libros. Una entrevista al joven Muñoz Molina. Un dossier sobre Ford Madox Ford. Cada lectura me trae, vivo, el recuerdo de la primera lectura.

Cuando hice esa primera lectura, era mucho más joven que gente a la que ahora considero joven, como S. y como Jesús Miramón (de otros prefiero no hablar, porque la comparación es insultante para mí). Era una revista tan épica y emotiva: abría una ventana tras otra. Me pregunto si ya no hay revistas así o es que no soy ya tan impresionable. Me quedo hasta releerla casi entera y veo que lo segundo es falso: sigue produciéndome la emoción de que realmente pasa algo. La sensación de que leer es una de las cosas que merecen la pena.

A las siete y media, noche cerrada, voy a comprar al súper y me encuentro con Miguel. Los dos somos algo desadaptados a las condiciones y vamos sin paraguas a pesar de que llueve bastante. Refugiados a medias bajo un pequeño alero, me cuenta que el libro en el que lleva trabajando 10 años en el pueblo se presenta en Madrid el día 26: Guiomar o el desafío de un fantasma. Al jubilarse, conoció a una prima de L, se casó y se vino al pueblo, donde se dedica a sus trabajos machadianos, a leer a filósofos y biografías de gentes del 98, y a ver películas del oeste. Comparte esta afición con otros tres del pueblo, el boticario entre ellos. Todos los días ve alguna y a veces se juntan los 4 para ver por vigésima vez alguna de las mejores.

Mañana pienso tomar el vino vulgar que me gusta. Se pongan como se pongan.

domingo 1 de noviembre de 2009

El tema del taller era ciencia-ficción

Errare humanum est

Al notar una ligera sudoración en la frente, Péiton no se atrevió a secarla con la mano, sino que hizo los esfuerzos de control que había aprendido para detenerla. Era el menor de sus problemas: el miedo se había desencadenado y estaría produciendo una aceleración del ritmo cardíaco y de la respiración, también detectables por los sensores, pero controlables como el sudor. Contra el movimiento que se estaba produciendo en su interior, esa fuerte convulsión de los órganos, como si una mano hubiera sujetado con fuerza los intestinos y tirara de ellos, nada podía hacer. No había llegado a pronunciar mentalmente la palabra “error”, pero la idea estaba ahí, adueñándose de cada una de las células. El error; imposible ya en el Sistema salvo por la malevolencia delictiva de alguno de sus miembros; un ataque frontal a la vida y la salud de todos los miembros de la Comunidad. Así rezaba uno de los Principios Esenciales, que había sido proclamado cuando Péiton estaba en la educación secundaria.
Todavía había conseguido evitar que la palabra “Error” se formara fonéticamente en su pensamiento, pero su aroma o pestilencia, la atmósfera terrorífica que la acompañaba, mandaba señales de advertencia desde el cerebro a todos los destinos posibles, recibiendo como respuesta ineficiencias y cambios indeseados de todos ellos. Aunque en el silencio turbulento mostraba a Viima y a los dos psicoayudantes la mejor de sus sonrisas oficiales, no se había atrevido a mirarlos de frente. Tampoco ellos se miraban entre sí. Cuando por fin, espoleados por una sensación de incomodidad profunda tuvieron que hacerlo, todos vieron en la frente de los otros la capa brillante de un sudor frío que quedaba como resto acusador, aunque todos hubieran sido capaces de detenerlo. En la antesala habían estado Viima y Péiton, pero ninguno de ellos imaginó por un momento que estaban convocados para lo mismo. Cuando les llamaron y entraron, ambos se dieron cuenta por el color y la calidad del uniforme de trabajo, un eufemismo ya que salvo los del grupo Organización nadie tenía otra ropa distinta del uniforme, de que pertenecían a grupos distintos. Viima era una técnica de nivel medio, es decir de software, lo que significaba una posición moderadamente elevada en la Comunidad, mientras Péiton estaba en la posición inferior del grupo Servicios; es decir, se ocupaba de la limpieza en el Sistema Vital Subterráneo donde vivía la Comunidad. Teniendo en cuenta que la mayor parte del trabajo de limpieza era automático, su tarea no iba más allá del esfuerzo de recolocar el escaso mobiliario urbano cuando había quedado fuera de su sitio.
La situación era inaudita para todos. Temible. Viima y Péiton tenían que someterse a la rutinaria preparación para pasar un día en la superficie, pero hasta ese momento los grupos habían estado formados por ciudadanos de categoría similar. De hecho, los estudios psicológicos estaban divididos en distintas ramas que atendían a las diferentes categorías. En esta preparación, tendrían que combinar dos muy alejadas, cada una de las cuales contaba con su protocolo diferenciado. Los psicoayudantes no sabían cómo lo podrían hacer. Péiton y Viima sentían el uno por el otro la desconfianza habitual en una sociedad jerarquizada en la que nunca se había dado colaboración entre grupos, solo órdenes emitidas y aceptadas. ¿Cómo iban a conversar, hacer los mismos ejercicios, colaborar?
Los sonidos de la palabra “trampa” sonaban en su cerebro tratando de combinarse. El miedo era una bola creciente porque el “error”, que los cuatro habían aceptado ya en su interior, podía ser camuflado con la colaboración de todos. Pero la “trampa” podía haber sido tendida desde arriba, para ver cómo abordaban la situación, en cuyo caso estarían perdidos tanto si reconocían que había un error como si no. Estuvieron ya perdidos desde que a un Organizador se le ocurrió elegir sus nombres para un experimento del que solo se conocía que al final, los cuatro serían desechables. El error no existía, pero en caso de producirse su origen era delictivo y tenían la obligación de informar. Aunque nunca se hablara de estas cosas directamente, los miembros de la Comunidad habían aprendido el arte de las sugerencias imprecisas, por lo que sabían lo que pasaba una vez hecho un informe de error. Se abría un proceso al que se sometían como colaboradores de la Justicia todos los implicados, más los que fueran apareciendo en su transcurso. La colaboración era obligatoria y gratuita, lo que significaba que el tiempo dedicado a las gestiones, conversaciones oficiales, presentación de documentos y esperas necesarias no contaba como trabajado. Se perdían con ello todos los privilegios que acarreaba la suma de días trabajados, como las posibilidades de ascenso, los bonos de ocio y el premio final: la salida estipulada al Exterior. En un momento dado, en dos horas todos los implicados, incluidos los mensajeros que habían llevado los papeles, eran desechados: pasaban a trabajar en la expansión del Exterior, donde no existía protección ambiental y tras muchas penalidades morían en días o semanas.

La preparación para el día en el Exterior iba a ser complicada para dos miembros de la Comunidad tan dispares. Aunque el objetivo era volver a vivir en la superficie del planeta, todo era más lento de lo previsto. Quizá porque las dificultades del acondicionamiento fueran muy superiores a lo que se había dicho; quizá porque la clase Organización, cuyos miembros tenían acceso a discreción a la zona liberada, crecía con más rapidez que el trabajo de expansión. No se podía saber con seguridad porque de esos temas no se hablaba directamente. La situación era que cuando Péiton empezó a trabajar los miembros de su grupo tenían derecho a un día cada cinco años, pero los períodos se fueron ampliando e iba a salir por primera vez tras un tiempo trabajado de 20 años. Los del grupo de Viima, en cambio, salían efectivamente un día cada tres años, por lo que esta iba a ser su segunda salida.
Péiton dedico los veinte minutos de relajación profunda inicial, a la que estaban obligados los miembros de todo grupo que comenzase un proceso de trabajo, a pensar todas estas cosas. Incapaz de encontrar una salida, confió en la mayor sabiduría de los otros tres.

—Estimados miembros de la Comunidad —dijo el psico de menor nivel—. Vamos a comenzar la fase de preparación para su salida. Es un proceso inquietante, pues la vista puede extenderse hasta horizontes lejanos, a lo que nuestra mente no está habituada. Pero tengan confianza y borren cualquier inquietud: todos disfrutan de esta experiencia. Una experiencia necesaria, contemplar esa belleza, para redoblar la actitud de un trabajo responsable ante la Comunidad que un día nos permitirá a todos vivir ahí fuera para siempre.
Era el discurso oficial y normal. En este caso decisivo, porque significaba que seguían adelante con el plan, como si Viima y Péiton constituyeran un grupo normal. Por eso ambos, aunque agradecidos, siguieron sintiendo la desconfianza que les provocaba la anormalidad de la situación.
—Quizá hayan percibido un pequeño detalle diferenciador. Sin duda responde, aunque no tengamos capacidad de saber cómo, a la puesta en práctica del discurso de Año Nuevo de nuestro Timonel. Como saben, estuvo dedicado a la Invención. Se nos ha encomendado a todos la tarea de este decenio: innovar para mejorar y acelerar. Sin duda por eso estamos reunidos precisamente nosotros cuatro. Dentro de 48 horas, con toda seguridad ustedes dos harán un viaje que, aunque no dura más de 10 minutos, les conducirá al punto más lejano de sus vidas. No desaprovechen la ocasión. La Comunidad necesita del esfuerzo de todos.
Por primera vez desde que había entrado en ese despacho, Péiton pudo dejar de controlar los signos de miedo. Confiaba en aquel hombre que había encontrado la solución. Recuperó la ilusión de salir. Dadas las circunstancias y la baja media de vida de los trabajadores de su nivel, posiblemente sería el único viaje de su vida.

miércoles 28 de octubre de 2009

L organiza los cajones

Cuando se lleva mucha vida, no es fácil. Una casa está llena de cajones en los que va a parar todo lo que molesta a la vista y no se nos ocurre un lugar donde meterlo. Empiezas esa tarea y la abandonas de inmediato, cuando te das cuenta de que estás sacando cosas de uno para meterlas en otro. Un cajón es un caos imposible de organizar.
Con todo, esta vez se ha mantenido y, al menos, han salido a la luz algunas cosas interesantes, como este poema que mi yo adulto hizo de mi yo joven. Seguro que se salvó de la quema rutinaria que hacía de lo escrito porque, excepcionalmente, a L le gustó, así que debió escamotearlo para guardarlo... en un cajón en cuyo fondo ha dormido unos cuantos años. Es casualidad que hace un par de meses me preguntara por él. Le dije que ya no existía y ella debió haber olvidado que lo había guardado. Ahora me alegro, porque a pesar de tener tantos defectos como líneas me produce ternura ese lejano jovencito, no tanto el adulto sabelotodo.


Quería el absoluto, decía,
con los bluejeans cubriéndole
las piernas de extrema delgadez,
las alpargatas blancas y los ojos,
esos ojos hundidos de leer, de beber,
de ver el sol salir del mar
cada mañana.

Arriesgar la nada por el todo.
Pero era incapaz de mantener
más de unas horas, la absoluta
concentración en el trabajo,
la bebida, los ojos de los otros.
Incapaz de leer absolutamente
ni un día entero,
de la noche a la mañana.

Decía que quería el absoluto,
con su camisetilla morada,
pretendiendo poner una cara muy seria.
No sabía que lo que estaba buscando
era que le diera la vida
dos hostias bien dadas.

domingo 18 de octubre de 2009

Que dimita Ana Botella (o "els nans contre els chagans")

[ACTUALIZACIÓN: Nota de prensa que Globalízate ha enviado a los medios en relación con las medidas anticontaminación anunciadas por Gallardón]

Mejor máscaras anticontaminación

La asociación Globalízate considera que Alberto Ruiz Gallardón, debería facilitar máscaras y monos blancos anticontaminantes, como los utilizados durante el desastre del Prestige si quiere conseguir que los madrileños sufran menos la contaminación. Esta es la conclusión a la que llegamos tras las inútiles medidas anunciadas por el alcalde de Madrid.

La principal sorpresa que nos ha producido en sus declaraciones ha sido la de afirmar que Madrid estaba mejorando en cuanto a la contaminación se refiere tras la actuación del Fiscal del Medio Ambiente la semana pasada. Hay que tener mucha caradura política para hacer estas afirmaciones. La segunda sorpresa es que ha vuelto a anunciar unas medidas que ya anunció en 2006.

El alcalde de Madrid ha informado de la creación de una Zona de Bajas Emisiones (ZBE) donde se podría restringir el tráfico en caso de superar los límites de contaminación de la Unión Europea. Dada la lentitud de las administraciones en actuar en estos casos, podría ocurrir que cuando se fueran a tomar esas medidas, podría haber cambiado el tiempo y haberse limpiado la contaminación que seguramente nos habríamos tragado durante varios días.

Los madrileños deben de saber que su salud realmente está en manos de la meteorología. Si hay un otoño-invierno inestable con viento y precipitaciones, Madrid estará limpio. Por el contrario, si se establece una situación anticiclónica duradera con escasez de vientos, lo mejor que pueden hacer es quedarse en casa, como recomienda la delegada de Medio Ambiente, Ana Botella o comprarse un kit anticontaminante y salir a la calle.

La asociación Globalízate prefiere medidas como la “Congestion tax” de Londres y Estocolmo que cobra una tasa a los conductores que acceden al centro de la ciudad y revertir ese impuesto en la bajada del precio transporte público o mejoras de éste. Estas medidas han dado muy buen resultado en estas ciudades y son más efectivas tanto para mejorar la movilidad como para reducir la contaminación. Como de momento, el alcalde opta por una medida inútil, es mejor que nos vayamos aprovisionando de máscaras porque el invierno será duro.



[El sentido de esta entrada, además de dar a conocer la noticia, es un hip hip hurra al trabajo de los grupos pequeños, como el mío, Globalízate, pero también a otros muchos. Bastó que unos cuantos recopilaran datos ciertos, enfadados por el hecho de que de las 25 estaciones de medición Ana Botella añadiera 2, en sitios paradisiacos, pero cerrara las 17 más conflictivos: así, aunque la calidad del aire empeore, las mediciones darán una sustancial mejora. Esos datos se pusieron a disposición de la fiscalía de Medioambiente, que ha iniciado un procedimiento, de momento informativo, contra la Concejalía.

Da ánimo saber que los pocos y pequeños pueden dar a las instituciones fiscales las informaciones que necesitan para proceder. Da ánimo saber que los pocos y pequeños pueden realizar un trabajo útil.

Da ánimo saber lo fácil que es hacer algo].


Europa Press se hace eco de la campaña de Globalízate

Globalízate pide la destitución de Botella por su "incompetencia" para gestionar la materia de Medio Ambiente

MADRID, 17 Oct. (EUROPA PRESS) -

La asociación Globalízate consideró hoy que que el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, debe destituir a su delegada de Medio Ambiente, Ana Botella, por "su manifiesta incompetencia" en materia ambiental que, según la organización, está poniendo en riesgo la salud de los madrileños.
"Creemos que esta incompetencia viene provocada por su profundo desconocimiento en material ambiental y el desdén de Ana Botella hacia la sostenibilidad", indicó la organización, quien recordó que Madrid ha conocido en los últimos años los niveles más altos de contaminación registrados.
Sin embargo, frente a esto, señalan que no tienen constancia de ninguna medida efectiva para su reducción. "Es más, la concejala está tratando de ocultarla eliminando las estaciones de medición", añadió, al tiempo que apuntó que los incrementos de la contaminación denunciados por la Fiscalía de Medio Ambiente ayer "son el colofón a una gestión desastrosa de Ana Botella, conocida por su actitud prepotente contra el planeta".
A su juicio, "más que concejala de medio ambiente, su cargo debería llamarse concejala contra el medio ambiente". Globalízate recordó que los niveles alcanzados durante el último año en partículas en suspensión, dióxido de nitrógeno y ozono troposférico han superado en muchísimas ocasiones los niveles máximos permitidos y "la única respuesta de la concejala ha sido pedir a los madrileños que permanezcan en sus casas".
"Como dicha petición es imposible de cumplir, se está poniendo en riesgo constante no sólo a los más vulnerables ancianos y niños, sino también a personas de toda condición. Exponerse de forma continua a estos contaminantes añade un riesgo potencial al incremento de enfermedades graves del aparato respiratorio", indicó.
Por otra parte, subrayó que, según la Red de Ciudades por el Clima, los municipios deberían jugar un papel clave en la lucha contra el cambio climático y en lo que respecta al municipio de Madrid, desde el área de Medio Ambiente "se hace todo lo posible para que Madrid contribuya al incremento del calentamiento global".
"No se ha tomado ni una sola medida para evitar la emisión de dióxido de carbono a la atmósfera. Es más se adoptan medidas para favorecer el tráfico privado, principal causa del aumento de emisiones de dióxido de carbono en la ciudad con el apoyo del Área de Medio Ambiente", apostilló.
La asociación Globalízate remitió hace unos meses al Defensor del Pueblo una queja por esta situación y agradecen la iniciativa del fiscal de Medio Ambiente. "Deseamos que sirva para una reducción efectiva de la contaminación en un próximo futuro, empezando por airear la "contaminada" delegada de Medio Ambiente, Ana Botella", concluyó.

lunes 12 de octubre de 2009

toleramos, nosotros, la poesía

La poesía es una pérdida de tiempo. Así, consigue reunir la Belleza de toda pérdida y la Esperanza de reencontrarlo por azar en algún cajón.

Esta nota sacada de mi libretilla la uso para poner copia de la traducción que hizo Juan Ferraté de un poema de Ezra Pound, lo que me sirve para recomendar el librillo en donde aparece, Gil de Biedma – Cartas y artículos, de Juan Ferraté, en Acantilado.

Y ese libro, con la inclusión de Ezra Pound, me sirve a su vez para contrarrestar el horrendo pecado de intolerancia de una miembro de IU en Sevilla que prohibió un acto sobre Agustín de Foxá. Fernando nos lo cuenta en La Nave de los locos. Es una suerte que la tolerancia siga siendo para muchos de la izquierda un valor irrenunciable.

Venga mi alegría

juntemos nuestros odios en un solo manojo y al diablo con ellos,

cálido sol, agua clara, viento fresco,

que no pise ya más pavimentos,

que no vea ya más impresores.

Vengan gentes hermosas

vestidas de sedas crudas de colores

vengan los habladores con donaire,

vengan los ingeniosos,

los de alegres maneras,

los insolentes, los gozadores.

Hablamos de lagos bruñidos,

y de aires secos, como el metal pulidos.


Ezra Pound, en traducción de Juan Ferraté

martes 6 de octubre de 2009

Una de piratas

[Me he quedado boquiabierto con este artículo publicado en The Guardian por George Monbiot. Pongo una parte, suficiente para que veamos hasta qué punto estamos comprometidos sin saberlo con este Sistema. Además, ahora que tanto se habla de los piratas, a mí me entran dudas de quiénes piratean a quién. Pinchando donde digo, iréis al artículo entero, incluyendo las referencias, que a veces merece la pena visitar].


Activos tóxicos


El escándalo Trafigura es solamente uno de los miles de casos de vertidos ilegales del mundo rico
Por George Monbiot. Publicado en el Guardian el 22 de septiembre de 2009

Fue repugnante, monstruoso, inhumano... pero apenas diferente de lo que sucede en África casi todos los días. La compañía de operaciones petrolíferas Trafigura acaba de aceptar pagar una compensación a 31.000 mil personas de Costa de Marfil después de que el Guardian y el programa Newsnight de la BBC obtuvieran los mensajes de correo electrónico enviados por sus operadores. Revelan que Trafigura sabía que los derramamientos de petróleo enviados allí en 2006 estaban contaminados con desechos tóxicos. Pero el contratista de Costa de Marfil encargado de bombearlo del buque cisterna lo vertió en áreas habitadas de la capital y del campo. Decenas de miles de personas enfermaron y 15 de ellas murieron. Es uno de los peores casos del mundo de exposición a tóxicos químicos desde la filtración de gas de la fábrica Union Carbide de Bhopal. Pero en todos los demás aspectos, el caso de Trafigura es uno más. Solamente otro caso en el que el mundo rico realiza vertidos ilegales.

El día que el Guardian publicó los mensajes de correo electrónico de la compañía, también publicaba un artículo sobre un buque naufragado a 480 metros de la costa italiana. Los detectives encontraron el barco por el soplo de un mafioso. Parece que llevaba bidones de desechos nucleares y que la mafia usó explosivos para hundirlo. El informante, Francesco Fonti, dijo que su clan había pagado 100.000 libras para deshacerse de él. Lo interesante de esta historia es que por lo visto los desechos eran noruegos. Noruega es famosa por sus duras leyes medioambientales, pero una carga de desechos nucleares no se pierde sin que algún alto responsable mire para otro lado.

Los fiscales italianos están investigando el hundimiento de otros 41 barcos. Pero la mayoría de ellos no se hundió, como el barco de Fonti, frente a la costa italiana; se perdieron frente a la costa de Somalia. Cuando el gran tsunami de 2004 azotó la costa somalí, lanzó y abrió miles de bidones sobre las playas y pueblos somalíes hasta 10 km tierra adentro. De acuerdo con Naciones Unidas, contenían desechos clínicos de hospitales occidentales, metales pesados, otras basuras químicas y desechos nucleares. La gente empezó a sufrir de infecciones cutáneas inusuales, a sangrar por la boca, a tener infecciones respiratorias agudas y hemorragias abdominales. Los bidones habían sido hundidos en el mar, afirmó un portavoz de la ONU, por una razón obvia: a las compañías europeas les costaba alrededor de 2,50 $ deshacerse de esta manera de una tonelada de desechos, mientras que tratar el problema correctamente hubiera tenido un precio “de unos 1.000 $ la tonelada”. En el lecho marino de Somalia está la imagen de Dorian Gray de Europa: el esqueleto en el armario del lánguido nuevo mundo que hemos creado.
Las únicas personas que han tratado físicamente de detener estos vertidos son los piratas somalíes. La mayoría de ellos solo se hace a la mar por sangre y botín; pero algunos de ellos han formado patrullas costeras para detener la sobrepesca y los vertidos ilegales de flotas extranjeras. Algunos de los barcos que han sido protegidos de los piratas por el destacamento combinado 151 –la operación policial del mundo rico en el Golfo de Aden– habían ido a pescar ilegalmente o a verter residuos tóxicos. Los barcos de guerra no hicieron ningún intento por detenerlos.

Para seguir leyendo, pinchad aquí.

domingo 27 de septiembre de 2009

Cuando me caí del guindo

[Ese era el tema del taller, que no se ha interrumpido durante el verano, pero no subí ningún relato porque andaba con el Parvulario. Esta es la segunda versión, no la que leí. Se la debo a Gemma, que me avergüenza con el cuidado que pone en sus textos, en el modo en que los va variando y cambiando ahora una palabra, después dos, hasta obtener un resultado magnífico. También se la debo a Marina, que me mandó una magnífica crítica-sugerencia sobre lo que valía y lo que no en la primera versión, crítica con la que estuve totalmente de acuerdo. No sé si lo he mejorado o empeorado, pero si es lo primero se lo debo a ellas].




A punto

La mosca ha despegado de la cortina, beige translúcida durante el día, y ha volado erráticamente por la habitación, posándose en el barrote inferior de la cama. No sé cómo ha entrado aquí, en un ambiente ligeramente fresco por el aire acondicionado y supuestamente estanco, pero está y es una distracción. La miro, veo todo lo que hace y no pienso en otras cosas. Es interesante seguir la trayectoria de una vida, porque tengo entendido que viven muy poco. Contemplo su inquietud, cómo pasa de un lugar a otro, cambiando inexplicablemente la dirección durante el vuelo. De un lugar inútil a otro igual de inútil. Como donde está ahora, sobre el barrote pintado de un verde feo de la parte inferior de la cama. ¿Cómo lo verá, como un prado donde puede encontrar comida? Quizá no se da cuenta de que es una pintura química que tapa óxido y mierda de muchos años. Mi hijo entra en la habitación, la ve sobre el verde y la ahuyenta. Le llamo, acerca la oreja a mi boca y le hablo.
—Déjala tranquila, me distrae.
—Una mosca que se te cague en el vendaje no parece muy sensato.
Le sonrío.
Me sonríe y se sienta en el sillón.
Saca una revista, lee y subraya.

Lo miro y me da una sensación de pena. Es absurdo, porque dentro de horas o de muy pocos días no existiré y no habrá sensaciones ni sentimientos. La pena anticipada de lo que no será es descabellada. Lo mismo con otras personas a las que quiero, con los paseos por la calle, el silencio en mi sillón, la lectura. A ellos les pasa lo mismo. Es curioso, quizá sea por la morfina, pero el oído se me ha agudizado y escucho lo que susurran en el pasillo. Sienten pena. Absurdamente, porque creer que todos los recuerdos que tienen, que esa identidad mía que cada uno de ellos se ha fabricado, guardan relación con este cuerpo que agoniza, en lugar de ser una interiorización de escenas pasadas para siempre, carece de fundamento. En breve, se enfrentarán a los recuerdos y entonces la pena, apartada ya de este cuerpo en la cama de una habitación del hospital, tendrá sentido. Ellos se llevan la peor parte.

Pero no me gusta esta complicación; que después de tantos años, toda emoción siga siendo compleja y contradictoria, que siga sin saber cómo manejarla. Poco he aprendido. Voy a desaparecer y no debería importarme ni mi pena ni la de ellos. Seguimos siendo mamíferos unidos unos a otros irrazonablemente. ¡Fuera estos pensamientos! Busco la mosca, pero no está o no puedo encontrarla. En todo caso, aquí, en el silencio de la noche, interrumpido pocas veces por algún timbre o quejido, por una carrera breve hasta una habitación, estoy bien.
Estoy bien y tranquilo. No sé si las moscas duermen. Una vida tan larga y no sé si las moscas duermen. Eliges y descartas, eso es lo que haces a lo largo del tiempo, que ahora me parece corto. Descarté la vida de las moscas.

El ajetreo que se produce desde que vienen a por ti, en mi caso por la cabeza abierta, es insufrible. Creo que no sería necesario tanto alboroto alrededor, que deberían ser rápidos y eficaces, pero al mismo tiempo suaves. El que cae en sus manos ya tiene suficiente angustia y la única sensación positiva que recibe de ahí es saber que parecen interesados en cuidarte. Desde la ambulancia, pasando por el box, el principio del quirófano y la mayor parte de la UCI, demasiados estímulos renuevan cada instante el malestar. Al principio de la UCI no, porque te encuentras en un estado de belleza interior, hasta que la anestesia desaparece, la sonda del estómago por la que sale un líquido espeso y marronáceo se atasca y sientes vómitos, o la del pis la empiezas a notar y pides más calmantes; pero no te los dan.

Cuando me subieron a una habitación para dejarme morir en lugar de enviarme a casa, menos por cortesía y más por los aparatos necesarios para mantenerme con vida, descansé. Aunque el día fuera ruidoso, no lo eran tanto como en la UCI, y la noche resultaba bastante tranquila; prácticamente solo había monjas. Pensaba en el pasado, que conducía ahora a la nada. Todo se me presentaba desprovisto de la cualidad por la que me había entusiasmado, hecho y sentido solo por el placer que daba hacerlo y sentirlo. Estaba así cuando entró el cura del hospital a venderme un futuro. Se nos debe notar en la cara, el pensamiento de que no existe un sentido, y es cuado vienen a carroñear. Cerré una mano, vuelta hacia mí, y levanté un dedo. Mi hijo se abalanzó sobre él y lo sacó a empujones. Casi siempre está conmigo, señal de que no va a ser algo largo y no necesita crear una estructura de acompañamiento. Hace unos días, con ochenta años cumplidos hace mucho, seguía entusiasmándome por muchas cosas de la vida. Ahora pienso en la mosca y no creo que ningún episodio haya tenido mayor ni menor interés. Todo es cuestión de dónde pones la mirada.