Termina el verano. Otro verano. Pasan las lunas sin danos cuenta y ahora irá haciendo fresquito, los árboles se irán poniendo dorados, pasear por el Retiro será una felicidad. Todos habéis ido volviendo y recuerdo (copio) el final del primer parvulario:
«Un sitio fresquito, que a veces resultará tan pesado como yo, pero no es obligatorio leerlo, en donde poder escribir sobre lo que me dé la gana y cuantas veces quiera. Sin preocuparme del sentido o validez de las entradas. Es el momento ideal, porque casi todos los que pasáis por aquí estáis haciendo las maletas para perderos por ahí, lejos de Internet, y es como estar en la cocina, después de una comida con muchos amigos, que se han quedado medio adormilados en el salón y la terraza, hablando con uno o dos de ellos, en voz baja, de cosas intrascendentes o imprescindibles, delante de una taza tras otra de café. »
Habéis sido más de uno o dos, pero ha resultado igual de agradable. Varios, más de los que pensaba, habéis respondido a mi propuesta de que me enviarais un texto. Esa es la fiesta: que os podáis leer. He hecho una trampa: he puesto primero a Gemma porque me lo ha dedicado.
Allí donde puedo, si pincháis en el nombre del autor vais a su blog. El orden siguiente lo he sorteado por el sistema de papelitos. Gracias.

(foto de Gemma)
Para Nano
El suceso tuvo lugar con la llegada de aquel pájaro extraño. Era un día turbio de luces y sombras cuando, rayano el mediodía, un ejemplar silvestre se posaba en el alféizar de la ventana, congregando en derredor la atención dispersa de transeúntes y ciclistas. De pronto, jóvenes y viejos de toda condición detenían su paso mecánico para escuchar, embelesados, un canto primigenio y subyugante. Incluso hubo señoras de distinto pelaje, también jovencitas, que interrumpían sus charlas y risas, repentinamente cautivadas ante una exhibición parecida, para retomar mucho más tarde sus vidas desde la asunción de una elegancia distinta, con visos plumados de ave zancuda. Si los gorjeos rutilantes de aquellas damas hubieran alcanzado a desvelar, en aquel instante de asombro, la razón última de la existencia, de seguro que no habrían cosechado la más mínima atención del público, para entonces agolpado por completo en torno al ave migratoria. Cuando los quiebros y trinos entonados llegaron a su fin, la ciudad entera yacía envuelta en especies silvestres y exóticas. Como si de nuevo habitaran el paraíso bendito.
Va de caseta en caseta pidiendo libros. “Libros que puedan ustedes donarme”, dice. “Es para un arma de instrucción masiva”.
Es la feria del libro y los que estamos a su alrededor lo miramos con curiosidad. Camina balanceándose, casi bailando, como si al eje de su cuerpo se le hubiera aflojado una pieza.
“Estoy fabricando un arma de instrucción masiva”, le oigo decir. “Conseguí un viejo carro de combate y voy a llenarlo de libros”.
Al cabo de un rato veo un extraño vehículo estacionado junto a la feria. Es una especie de “jeep” grande y de color verde olivo: algo así como un camión pero con la cabina formada sólo por varillas. El parabrisas es un pequeño rectángulo de vidrio sostenido por dos de esas varillas. Y eso es todo el chasis.
Sobre las ruedas hay una plataforma con varias hileras de libros (con el lomo hacia fuera), una sobre otra. Y en vez de faros, lleva siluetas de libros.
Al ver el camión me doy cuenta de que eso es el arma de instrucción masiva.
El hombre se acerca ahora al camión para dejar más libros. Ha conseguido que le donen varios títulos. Algunas personas compran ejemplares y se los regalan. Él los va colocando en la trasera del camión. No falta gente haciéndose fotos a su lado.
Yo mismo contribuyo con una edición barata de “Demian”, de Hermann Hesse. Un proyectil muy peligroso.
No sé dónde pensará usar su carro de combate, pero se me ocurren varios objetivos estratégicos: la casa de “Gran hermano”, alguna tertulia de cotilleo, una cancha de boxeo, una plaza de toros...
Lo malo es que, nada más marcharse con el camión, empieza a llover. Entonces me asalta un temor: que se estropee su armamento, que la pólvora de papel se le moje.

(Foto de Leg)
Ramón no acababa de entender por qué aquella mujer se reía cada vez que él le tiraba los tejos.
No era un hombre feo, acababa de estrenar los cuarenta y el espejo le contaba cada mañana que, aunque se empezasen a notar alrededor de su cintura algunos excesos y la vida sedentaria, conservaba un aspecto juvenil y, por qué no, aún apetecible. Además era un hombre con porvenir, decidido y emprendedor, que regentaba su propio negocio, una acogedora pensión en la calle más céntrica de una ciudad tranquila como aquella.
Pero ella parecía no darse cuenta de todo aquello, y cuando, después de cerrar la cocina y tomarse dos cervezas, él se decidía a sentarse junto a ella, codo con codo en la barra del bar de siempre, le recibía con aquella sonrisa socarrona que se tornaba en risotadas descaradas e hirientes en el preciso momento en que él, por fin, iniciaba cualquier conversación.
Al principio a él le desconcertaban esas carcajadas, pero le gustaba la forma en que echaba la densa melena pelirroja hacia atrás mientras abría desmesuradamente la boca. Tenía unos dientes muy bonitos, y esa forma de reír le daba un aspecto de niña que le provocaba más aún de lo que ya lo hacía su sola presencia. Ella esquivaba condescendiente sus envites, entre risa y risa, y él pensaba que, al menos, la hacía feliz.
Paradojas de la vida, fue justo el día soñado en que ella cedió a sus proposiciones, el mismo en que él se dio cuenta de que no era simpatía precisamente lo que despertaba en ella. María era una mujer que él llamaba “de bandera”, rondaba los cuarenta y cinco, aunque siempre decía muy digna que aún estaba en la treintena, como si sólo un número la pudiese hacer parecer más joven. Tenía la piel siempre morena, y marcaba sus curvas con ropa chillona y muy ajustada, que hacía que Ramón se quedase por momentos hipnotizado contemplando la redondez de sus caderas, la descarada curva que daba paso a su trasero respingón, o la increíble y maravillosa inmensidad de los pechos más generosos que Ramón hubiera visto nunca.
Y con la urgencia que provoca el deseo más encendido, alimentado durante meses a solas con sus pensamientos y con el recuerdo de aquel cuerpo tambaleándose de risa, corría ahora el infeliz a arreglar el escenario de su encuentro, furtivo, porque ella se decía una mujer decente y no quería que corriese la voz de sus andanzas. Iba pensando en sus palabras, con las que ella le había dejado claro su desprecio. Le consideraba un hombre basto, vulgar, un ignorante y un paleto… un “garrulo”, había dicho ella. ¿Y por qué cedía a sus propuestas, entonces? También se lo había dejado claro, con voz altiva mientras encendía un nuevo cigarrillo con la brasa del anterior. Tenía curiosidad, nunca había estado con alguien así. ¿Así? ¿Curiosidad? ¿Qué pensaba, que descubriría un cuerpo lleno de escamas al desnudarle? ¿Qué tenía dos pollas, o una lengua en el ombligo? … La sensación era realmente agridulce, pero en aquel momento ya no podía detenerse. Decirle que no, rechazarla, habría sido peor aún, habría supuesto el motivo de cientos de noches solitarias sintiéndose el hombre más imbécil del mundo, con la imagen de su escote moreno y resudado aún clavada en la frente.
Claro que ella había pensado que, además de garrulo, él no tenía dignidad. “Si ya no quieres, sabiendo esto, lo entiendo”, le había dicho con su sonrisita burlona. Pero él aceptó, y ella abrió los ojos como platos un segundo para luego echar la cabeza hacia atrás bruscamente lanzando otra de sus sonoras carcajadas.
Al llegar María a la pensión, él aguantó estoicamente sus burlas más despiadadas comentando el cartel que había puesto en la puerta a modo de coartada, escuchó una vez más sus risas impertinentes y engreídas, la miró por última vez como la había visto hasta entonces, con los ojos encendidos del deseo y, sin decir nada, la agarró por la cintura, apretando firmemente entre sus dedos una de sus nalgas, la aplastó contra sí y, sin llegar a besarla aún, pero mirándola fijamente a los ojos, hundió una mano nerviosa en el mullido escote.
….
Al día siguiente, Ramón no supo si había sido porque sus pechos se habían caído, literalmente, al tirar a un lado el sujetador; o porque recordaba sus labios emborronados de carmín intentando patéticamente encontrarse con los suyos; o porque había gritado como una especie de hiena chiflada durante la mayor parte del tiempo; o porque había conseguido ver, estratégicamente colocado ante el espejo del armario, su fláccido y rechoncho cuerpo agitarse como un flan ante él, y debajo de él, y de rodillas, y a gatas, y…… Ramón no sabía por qué, pero cuando al fin María entró en el bar y se encontró de frente con ella, sonriéndole hoy sinceramente, sin retintín, Ramón abrió la boca para saludar, pero sólo salió de ella una sonora y potente carcajada.
Reyes Vaccaro
La visita
David llamó al timbre, la niña y yo le abrimos la puerta.
Venía cargado con una pequeña maleta y al entrar nos metió en la nariz algo parecido a la brisa marina.
Sonreímos.
“Sólo me quedaré unos días” – dijo, a la niña y a mí nos pareció bien.
Nos sentamos en el salón, bebimos un té con hierbabuena que arrastró el canal de mis pensamientos y volvió a hacer de mí una mujer deseable.
Así me sentí al menos, bañada por la mirada dulce de David y con la mano de mi hija apretada entre las mías.
Conversamos hasta que se hizo de noche y él se levantó para preparar la cena.
Yo había olvidado el sabor del cilantro; no es un sabor habitual en las vidas desordenadas como la mía, labradas a golpe de supervivencia, con su cenefa de desolación y tristeza tan barrocas, por otra parte.
Aunque cuando me divorcié de David sentí que estaba haciendo lo correcto, esta noche, mientras veía la cara de mi hija mirándolo entre vaharadas de especias, un dolor sordo en el centro del pecho me ha tamborileado vilmente.
Y he pensado, si la vida me ha domesticado tanto que sólo me preocupa no perder el empleo, poder pagar las facturas y el gimnasio, si al final esto era todo, si los pasillos de la facultad en realidad no podían llevarnos a sitios mejores ,entonces qué importa estar en casa de uno o de otro, qué importa jugar a ser la novia de Tal o la mujer de Cual, si se trata únicamente de demostrar amor o aguante , en realidad las reglas del juego son más sencillas de lo que pensamos.
No nos iba tan mal cuando estábamos casados, sólo tenía que hacerme la ciega de vez en cuando, ahora le tendríamos en casa todas las noches.
Me he dado cuenta de que soy una mujer muy tonta que retrocede cien pasos ante la línea de la que creyó la meta, y que se hace una toalla con las arrugas para enjugarse lágrimas furtivas, y no por ella misma, como podría pensarse, sino por esa tercera persona que es el hijo y que debió tener acceso a un mundo lleno de derechos básicos, como el de estar con su padre espolvoreando cilantro en la cocina familiar.
He suspirado pensando que el arrepentimiento es un calcetín que no puede lavarse aunque apeste, mejor te lo cuelgas al cuello como un talismán y aparentas que no lo llevas, no lo miras siquiera.
Hay treinta mil revistas de autoayuda para convencerte de que hiciste lo mejor, que desde el punto de vista de la libertad las equivocaciones también son un derecho, y con eso y un par de cervezas consigues ver lo bueno, lo positivo, y al final conciliar el sueño abrazada a la almohada, pensando que a la mañana siguiente será inevitable tener resaca.
Algunas visitas producen resaca, y además cambian todas las cosas de sitio.
Te escribo para pedirte un favor. No sé a quién recurrir. Ya sabes que la curiosidad me puede.
En mayo entró a trabajar en la agencia el hijo de un amigo. Como no tenía experiencia le encargué que, sin moverse mucho de sus lugares habituales, fuera apuntando, en el bloc que siempre llevaba en el bolsillo, todo lo que pudiera tener algún parecido con una noticia de sucesos. Pero resultó un poco duro de mollera y no traía nada de interés con lo que inventarme algo que mereciera ser publicado. Bueno, no me importaba demasiado. Tampoco cobraba, y estaba conmigo porque su padre no sabía qué hacer con él.
El caso es que el chaval me llamó la atención porqué siempre estaba olisqueando a todo el mundo. Hasta el punto de que un compañero se quejó por su comportamiento. Se creó una tensión absurda en la redacción. Dado lo poco que publicaba y su rara afición por olerlo todo, le llamaban el sabueso.
Hablé con él, le pregunté si le ocurría algo, el porqué de esa manía de acercarse a la gente para olerla, incluso intenté echarle un cable al decirle que lo mismo su problema era que no veía bien y, por eso, necesitaba arrimarse tanto. Pero él se calló y negó todo con la cabeza. Después se levantó, se despidió, y ya no volvió al trabajo.
Pasados unos días llamé a su padre. Me contó que no sabía nada de él, pero que no me preocupara porque otras veces ya había desaparecido. Me agradeció que le hubiera dado un trabajo durante una temporada y quedó en llamarme cuando supiera algo.
Un mes después entró a trabajar un nuevo redactor y, al indicarle su mesa, hallé en un cajón el bloc que el hijo de mi amigo siempre llevaba en el bolsillo. En la parte de atrás había un pequeño texto escrito por él y que te envío para ver si tú -que eres un profesional y estás acostumbrado a tratar con gente extraña- me resuelves las dudas que me invaden cada vez que pienso en ello.
No sé si toma algún tipo de sustancia que le hace comportarse así, si lo que tiene es una enfermedad, o tan sólo se trata de un amor desaforado hacia alguien que ni siquiera conoce.
Perdona las molestias y gracias por todo.
Te llamo la semana que viene a la consulta. No se me olvida que te debo unas copas.
Me tumbo en la cama.
Ahora duermo casi todo el día.
Me despierto un momento, cada poco, intentando retener en ese instante el recuerdo del insistente sueño. Y me siento feliz durante esos segundos que pasan hasta que se vuelve olvido.
La historia no ha cambiado. Es la misma que se ha repetido durante años, aunque parezca diferente y sólo tenga la imagen distorsionada de algunos detalles.
Tu silueta que se acerca sigilosa; el deseo de que no pases de largo; la torpeza de mi cuerpo en movimiento; el agobio al sentir que no puedo avanzar; la angustia al oír mi voz apagada; la emoción por descubrir quién eres; el instante en el que te dispones a mirarme, y percibir que ha llegado el momento de despertar sin haber visto tu cara.
No abro los ojos. No me muevo. No respiro. Retengo ese olor que reconozco. Me levanto y busco con determinación tu único rastro.
Hace tres meses estuve de dependiente en una perfumería. Olí todas las colonias, cremas, perfumes y jabones que vendía sin encontrar esa fragancia que me persigue cuando duermo y que me ha cautivado de tal manera que si no descubro a quién pertenece mi vida nunca tendrá sentido.
Ahora vago por las calles acercándome con disimulo a todo aquel que me encuentro. Pregunto por sitios, disimulo tropiezos, bajo al metro, entro en bares, pido fuego, hago todo lo que puedo por reconocer en alguien ese olor que está presente cuando el sueño muere.
Y vuelvo a casa, y sin quitarme la ropa me tumbo en la cama, excitado al pensar que quizás esta vez me despierte un instante más tarde. Después de que gires la cara al cruzarte conmigo.
Luna
Emilia
Te imagino Emilia, mirando el páramo castellano con los labios apretados y los ojos secos y duros.
Has peleado hasta el final por quedarte, por acabar tu vida donde comenzó.
Has luchado Emilia, por seguir viendo encendido el fuego de la chimenea en los duros inviernos. Por ver renacer el verde en los trigales cada primavera. Por ver dorar el trigo verano tras verano y sentir el olor de la tierra húmeda o seca dependiendo de la estación de cada año de tu vida.
Los chicos – tus hijos – no entienden tu terquedad, no comprenden que no quieras vivir en la ciudad.
No entienden Emilia, que quieras seguir lavando la ropa en el río y verla secar al viento. Ni que prefieras enjabonar tu cuerpo con el agua calentada en el puchero.
Ellos no saben que sigues frotando tu piel con esa colonia añeja, como lo hacía él. Él... ¿Qué pasará con él?
Los chicos – tus hijos – no entienden que dejas en las tierras del páramo su cuerpo abandonado en una vieja tumba desgastada por los años.
Él, tu hombre, murió joven. El esfuerzo, la lucha, el hambre, dejó marcas.
Él, tu hombre, te dejó huérfana de amor y de caricias. De plácidas tardes veraniegas oyendo los gritos de los chicos, libres como los pájaros, jugar en las calles.
Aún hoy Emilia, cuando cierras los ojos, sientes sus manos y su boca recorrer tu cuerpo. Sus besos en el cuello.
Tu mirada, Emilia, se enternece ante tantos recuerdos. Tus ojos recorren por última vez el páramo. Desciendes hasta el suelo, besas la tierra que durante setenta años fue tu hogar. Presientes que no la volverás a ver. Las lágrimas fluyen silenciosamente durante largo rato.
Nadie te ve. Nadie te mira. Nadie comprende...
(Foto enviada por "Isabel")
Isabel
Un verano de olor
“Septiembre ya huele a nardos”. Eso piensa Jimena al entrar en un mercado bastante alejado de su casa y, en vez de comprar comida, sigue el penetrante perfume hasta el puesto de flores. Compra tres varas de “políanthes tuberosa”, nombre científico de la también llamada vara de San José, para ella nardo. Porque Jimena no es religiosa y, aunque se aprende las definiciones, por eso sabe que es de la familia Amaryllidaceae (Amarilidáceas), a ella le gustan los nombres comunes y contundentes como su perfume. Le trae recuerdos de los bulbos que su abuela cultivaba.
Ni Jimena tiene el carácter de la mujer del Cid ni la fuerza del huracán que anuncian atravesará el Pacífico Mexicano. Se parece más bien a una gran tortuga de andar lento y pausado. No es muy agraciada, tiene una cara redonda y achatada como la torta de un pan de pueblo.
Es temprano y se nota en la ciudad que ya han vuelto a poblarla después de las vacaciones. Los bares rebosan de mujeres tostadas al sol hablando todas a la vez alrededor del café, con los collares colgados al cuello, sustitutos del minúsculo biquini que no llegaría a cubrir, si los cubría, las siliconas al peso.
Eso va pensando Jimena en su caminar. Mira su piel de un moreno natural, sólo atravesada por el polvo del gran piso que anoche se encontró a punto su señora.
No compra lo que hace falta en la gran casa que cuida. “Seguro no vendrán ni a comer” se dice y, orgullosa con sus tres varas de nardos, sale del mercado más tranquila que entró.
Entre paso y paso Jimena observa que la miran, algo no usual en su joven vida, echa un vistazo a su vestido fruncido por si tiene alguna mancha, pero no.
Entonces ocurre: un joven montado en bicicleta frena en seco delante de ella.
-¿Dónde has comprado los nardos? –le pregunta decidido.
Jimena levanta la mirada, incrédula, ante la cara sonriente del chico que aspira el perfume con los ojos cerrados.
-¿Te gustan? -Contesta extrañada, pensaba ella que esa afición suya era algo ya caduco, sólo propio de algunos pueblos y sus costumbres. Pero él le dice que sí con la cabeza acercando la nariz a los que están abiertos y Jimena le regala una vara.
Al llegar a la gran casa le corta un poco el rabo a la segunda vara, la pone en un bote con agua, al que echa piedrecitas para que no se tumbe, y la coloca en su habitación. De la restante hace ramilletes, como los que hacía su abuela, para enganchar en su vestido de tarde y para regalar a quien se cruza con ella cada día y se gira para seguir oliéndola.