El Niño Que Fui soy yo, una de los 173
anima que formamos ese corpus mal autogestionado que responde al nombre de Nano. Aunque de los más viejos, y muy bajito, sigo teniendo mucha importancia; más que muchas de las
anima farsantes y remilgadas que forman la mayoría estúpida. Por eso, Nano me ha dedicado el relato sobre el western que tocaba escribir en el Taller. Me ha hecho mucha ilusión. Y como sigo siendo tan exhibicionista como cuando vivía la vida real, que la mañana de Reyes iba a casa de mi madrina a recoger la pelota de goma de siempre, llevando encima el Winchester que dispara corchos de siempre y el arco indio con flechas de punta de ventosa de siempre, que tampoco me hacía demasiada gracia, pero yo creo que me lo traían a ver si había suerte y al llegar el verano no me fabricaba arcos con varas finas y usaba flechas de caña que sí hacían daño (nunca hubo esa suerte, para quien la esperara), pues lo exhibo.
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La voz que prepara
Al niño del cine de sesión doble
de los domingos
Te voy a pedir un gran esfuerzo, pero puedes hacerlo. Yo lo he hecho y para ti va a ser más fácil, porque te voy a guiar. Tienes que imaginar el Este: es enorme. Allí llegaron los primeros, huyendo de los tres tipos de estrechez: la mental, que no deja vivir y pensar como uno quiere; la física, que te confina en pequeños lugares sin medios para alejarte de ellos; la del hambre invencible, cuando todos los recursos ya tienen un dueño que parece venir de la eternidad, y encaminarse hasta su fin. Los que nada tenían, los que pensaban de otra manera, fueron allí; como la inmensa variedad de los que tenían cuentas pendientes que quedarían saldadas al pisar el litoral del otro lado del océano. Los despojos de Europa. Les fue fácil engañar, comprar, desterrar o eliminar a los nativos que encontraron. Lo hicieron. Les fue menos fácil deshacerse del Imperio antiguo. También lo hicieron.
Ya están solos, que es una forma de decir nosotros nos las arreglamos; tenemos un territorio dado por Dios; en Dios confiamos; nosotros decidimos. La conocida historia de somos una nació, la historia de siempre: nada te costará sentirlo, la memoria suple la imaginación.
El Este es grande, pero siguen llegando los que nada tenían. Es un El Dorado para todos. Pero los que nada tenían corren el peligro claro, preciso y punzante de convertirse otra vez en los que nada tienen. El Este se ha vuelto pequeño para los que llegaron y lo cruzaron sin encontrar la respuesta que les hizo partir. Se habla de las tierras de la miel, en el litoral del Oeste, pero todavía parecen cuentos para niños: hay que cruzar las grandes praderas, las Rocosas, los desiertos y tierras entre estas montañas y la cadena final, que baja hasta los naranjos. ¿Cómo creerse que crecen solos?
Ahora es cuando empieza tu tarea. Hasta el momento todo era sabido: la vieja historia europea; pero desde este momento nada sabes. Y lo que sepas, conviene que lo olvides. Quizás no esté de más que te apoyes en las imágenes de las películas que concuerden con cada una de las fases que vas a vivir, pero deberás centrarte en ellas aisladamente. En cada espacio, la suya. Vivirlas como si fuera la primera vez. Lo que has de hacer es descubrir, conquistar y apropiarte de lo descubierto y lo conquistado.
—¿Quién viene ahí? —pregunta el viento.
—Las hordas de hambrientos, Señor —responde la hierba, que llega hasta los límites del Este y sabe de lo que habla—. Hambrientos de comida, Señor, pero también de oportunidades de ser alguien, de ganar en el juego, de ganar en el duelo contra la muerte, de tocar la riqueza que siempre vieron de lejos.
—Cerrémosles el camino —grita el Viento, que se fortalece cuando se enfada—. Los que aquí viven no tienen nada que les sobre.
—No es posible, Señor. Ya han vencido el miedo al vacío, que es el peor de todos. Nada los detendrá. Lo mejor y lo peor avanza. El deseo los iguala y no podemos distinguir a los buenos de los malos. Pero no te preocupes, ellos encontrarán el pan de la supervivencia donde solo hay hambre, lo han hecho siempre. Les impulsa saber que todos parten de cero y algunos encontrarán el oro. Quieren ser los que empiezan la Historia y que esta vez sean ellos los que caigan arriba; sobre los demás. Llevan dentro un alarido que les asegura que va a ser así. ¿Qué puedes oponerles?
¿Fue real esta conversación? Es más que probable, aunque eso importa poco ahora. Escúchala una y otra vez hasta que sientas el terror de lo vacío que hay ahí delante. Ahora que puedes ver el mapa desde arriba, ya te da miedo la inmensidad. Imagina lo que debía ser enfrentar la pradera en horizontal, cuando no se ve el límite. Ahí estás tú. Si no eres capaz de sentirlo hasta notar que tiemblas no podrás entender lo que viene. Estaríamos perdiendo el tiempo. ¿Sientes la hierba bajo las botas? Es lo único a lo que te puedes sujetar (además de al miedo a lo conocido que te empuja por la espalda). Es muy importante que sientas la pradera, que la huelas. Desde ahora vives también en ese mundo; si te despistas en el otro, una estampida de bisontes te puede deshacer mientras crees que estás tomando café en la glorieta de Bilbao.
Hay indios, ya los irás sintiendo, porque vienen hacia ti, te quieren matar o expulsar. Y es justo, porque es lo que quieres hacer tú con ellos. Pero de la Justicia siempre has huido: que no esperen que vayas a ser justo con ellos. A tu favor tienes los rifles, sobre todo los Winchester de repetición y la precisión del Colt; cuando lleguen. Y el Séptimo de Caballería. Es una cuestión de tiempo y de agallas. El Centro, que es ya el oeste del este, su primera parte, es tan grande como el Este, ¿te acuerdas que te pareció inmenso cuando desembarcaste? El Oeste tiene a su favor que está vacío, ocupado por los que se ajustan a lo que la naturaleza da. Solo tiene hierba, pero espera a los ganados que pastarán cuando los bisontes hayan desaparecido, los indios hayan sido domesticados, el ferrocarril destruya a su paso lo que algunos habían construido: los perdedores a los que les quitan el campo cuando ya no quedan libres otros a los que se puedan ir. Esta es una historia de las buenas, de allá del Oeste. Por cada cien caídos, uno se enriquecerá: los primeros en caer de pie sobre los hombros y las espaldas de los demás.
¡Pero mira bien, fijamente, que por eso abandonaste lo que nada te daba!, Quieres llegar al sistema montañoso del Pacífico y a California, donde dicen que mana la miel y pueden crecer los naranjos y todo lo que plantes. Pero no debes precipitarte: ya habías fracasado en Europa y en el Este, no estás preparado para la Tercera Decepción. Has de sufrir aquí bastante tiempo. Atravesar la pradera hasta las Montañas Rocosas, que durante un tiempo se consideraron el final del Oeste, y cruzarlas para llegar a las grandes llanuras que hay entre las dos cadenas montañosas.
Por tanto, aquí nos quedamos. A sufrir y hacerte valer.
Somos gente fuerte, los que buscamos las oportunidades. Cada uno de los nuestros podría llegar antes y quitárnoslas. Es a los demás, a los que son como nosotros, a quienes hay que vencer en la carrera: la competencia es una de las leches que nos amamantan. Nada de camaradería. Nuestro lema dice “Each one trusts in himself”, pero hacia fuera lo pronunciamos “In God we trust”. Si lo piensas bien, significa lo mismo. No vas a ayudar a nadie y nadie te va a ayudar. Para cruzar las praderas y desiertos, no se forman caravanas de iguales que se protegen unos a otros. Los que tienen dinero, pagan para que unos exploradores los conduzcan. Los que no, emprenden el camino solos con la familia, por su cuenta.
¿Ves esos restos de una carreta, casi comidos por la hierba, confundidos con ella? ¿Y esas cruces de madera un poco más allá? Responden a una historia repetida. La carreta de una familia se rompe y todos se quedan allí, mirando el trozo de cielo bajo el que han quedado paralizados. De vez en cuando pasa alguien y, por cortesía civilizada, ofrece su ayuda, pero se la rechazan y no insiste; en realidad nunca pensó que la fueran a aceptar. No se ha llegado hasta allí para depender de los iguales. La familia muere y gentes piadosas que pasarán después se detienen, esta vez sí, para darles cristiana sepultura. Es el modo de avanzar, la primera ocasión de ponerse a prueba ante la suerte. Ya puedes imaginar que es el mismo modo que cuando se detienen y asientan. Cada uno para sí mismo: o somos self-made-men o no somos. ¿Cómo lo gritaba Hamlet hace no mucho? Ah, sí: “A partir de este momento, seré sanguinario o no seré nada”. Eso es. Le viene que ni pintado a la fase, porque no estamos en el Lejano Oeste, sino en el Salvaje Oeste. No son dos zonas geográficas, sino dos tiempos en la misma zona.
Aquello era un circo, un circo de verdad, cuando todavía había bisontes, indios, fuertes donde vivía el Séptimo de Caballería; una empresa descabellada que funcionó e impuso el orden necesario para que prosperara la posibilidad de los negocios. La vida en movimiento frenético, porque no podía ser más lenta que las balas. En realidad fue menos tiempo del que parece. Hubo hasta una Política India: masacrarlos y dejarlos en las reservas. Terminada la misión, la cosa cambió bastante. Se convirtieron en vaqueros, los cow-boys de las películas, porque tenían praderas para dar de comer a las vacas y trenes para alimentar al Este. Ellos interpretaron la etapa salvaje. Que terminó bajo una carpa de circo al que para verlo se pagaba entrada, como el Buffalo Bill’s Wild West Show, que hasta creo que recorrió Europa: los que hacían de artistas se representaban a sí mismos; pocos años antes habían hecho lo mismo, pero matándose de verdad. Fueron los supervivientes que se vieron obligados a seguir sobreviviendo con lo único que sabían hacer: primero como tragedia y después como espectáculo. Tampoco es tan raro: del circo al circo es un movimiento redondo.
No creas que de eso hace mucho, que mi abuelo ya había tenido a mi madre cuando Buffalo Bill era todavía un artista de tourné. Pero más cerca históricamente de nosotros, y mucho más cerca todavía por lo que nos ha contado el cine, está lo otro, el Lejano Oeste. Es nuestro destino en este movimiento que empezamos como un juego. El salvaje oeste lo cuentan las películas de indios y vaqueros. Nuestro periodo lo cuentan las películas del Oeste.
Ahora sí que te ruego la máxima concentración, porque estamos en el meollo: la mente abierta y los sentimientos dispuestos a imprimirse en ella, para que cuando lleguen las historias las puedas vivir. Lo primero que has de conocer, como si vivieras en él, es el pueblo, porque es el centro de todas las historias. Incluso aunque transcurran en las quebradas, los valles, las montañas cercanas, siempre empiezan o terminan en un pueblo.
Desde el aire, a vista de pájaro (o del avión desde el que se rueda la panorámica), parecen incomprensibles: una cuantas casas, agrupadas sobre todo al lado de una calle ancha (antes o después, recuerda, han de pasar por allí las vacas, conducidas por los vaqueros en un viaje de meses; o más tarde hasta la estación de ferrocarril). En medio de la nada más absoluta y estéril.
Bajemos al suelo. ¿Qué hace esa gente allí, de qué vive? Porque no hay agricultura ni ganadería a la vista. Sin embargo, sí hay una oficina del sheriff, un banco, una funeraria, un salón donde se reúnen a beber, a jugar al póker entre ellos o con tahúres profesionales, y a juntarse con las chicas, jóvenes y procaces; también hay una tienda que vende de todo, desde herramientas y comidas enlatadas, sobre todo judías, hasta trajes de París que se piden por encargo; está la oficina de la diligencia antes de que haya una estación de ferrocarril; también hay una iglesia y una escuela, y hasta una peluquería y un hotel. Hay más personajes, que ocupan todos los lugares que hemos citado, pero no llegamos a saber muy bien a qué se dedican. Las mujeres se pueden dividir en tres grupos, las procaces chicas del salón, venidas de las ciudades con sus ropas de colores chillones, las mujeres de los habitantes del pueblo, de mediana edad y todas bastante feas, y la maestra de la escuela, que es joven y bella, pero no es procaz ni viste ropas chillonas. A veces, se convierte en la novia del protagonista de la historia y se casa, antes de volverse fea, suponemos que para que otra hermosa joven ocupe su lugar.
Sabemos quiénes son, pero también que no pueden vivir de ellos mismos: no hay un recorrido posible de los dólares de unos a otros que dé para todos. Haz un ejercicio imprescindible, para familiarizarte, y verás que tengo razón. Llega al pueblo, en diligencia o ferrocarril. Eres agradable y hablas con todos. Hospédate en el hotel y come una chuleta con judías en el restaurante. Pasea y charla, compra algo en la tienda, córtate el pelo, la peluquería es un centro social de primer orden. Después, ve al salón: es mejor que a los jugadores los observes, pero sin entrar en la partida. Muchas de las historias del Oeste terminan con el forastero arruinado o, en caso de buena fortuna en el juego, muerto en un duelo en la calle ancha. Bebe whisky y hasta sube a los dormitorios con la chica que más te guste. El domingo, acude a los oficios religiosos. Desde entonces ya puedes saludar a los del pueblo, hacerles una reverencia a las mujeres, sobre todo a la esposa del predicador. Incluso mirar de cerca a la maestra.
Pero sigues sin saber de qué viven, ofreciendo tantos servicios. ¡Un momento! ¿Te quedaste a charlar en la tienda, como te dije? ¿No viste que llegaba gente en carros, hacía grandes compras y se marchaban o se quedaban a visitar la peluquería o a beber en el salón? Tienes que prestar más atención: vives ahí, ¿recuerdas? Esa es la gente que pone el dinero: los de los ranchos que quedan fuera de la panorámica de la vista de pájaro. Habría que hacer la toma desde mucha más altura para que entraran en el cuadro. Son los que viven alejados, dedicados a la cría de ganado. O a una débil agricultura, pero suficiente para proporcionar trigo y judías. También llegan de las montañas próximas mineros del oro, con una pequeña bolsa con gruesas pepitas que malvenden en el banco.
Los que cuidan pequeños ranchos, con un poco de agricultura y algo de ganado, casi para consumo propio, son seres pacíficos. Aunque alguna vez, una injusticia convierte a uno de ellos en un forajido. Apréndete esta palabra porque se trata de un personaje principal de muchos western, tanto si se le presenta como un malvado o, románticamente, como un hombre bueno. Son más habituales los trabajadores de los ranchos que acuden al pueblo a gastarse la paga de muchas semanas. Estos son malos de corazón y crean conflictos. Pero si se les mete en la cárcel del pueblo (la oficina del sheriff) o si el juez que vive en el pueblo o viene de un pueblo cercano(no lo he citado porque, salvo excepciones, cumple su función y desaparece) los quiere enviar a la horca o a un presidio, el dueño del rancho viene con gente armada a liberarlos, porque al fin y al cabo es con su dinero metido en el banco, con sus abundantes compras más el gasto que hacen sus hombres, .con lo que viven los ciudadanos del pueblo. Ahí sí que hace falta un buen sheriff, que no es raro que en otro tiempo fuera forajido y sepa disparar bien, para el previsible enfrentamiento con los del rancho. Cuando ese sheriff no existe, los malvados abusan hasta que llega el hombre adecuado. A la gente de allí, como los buenos sheriffs tardaban en llegar, y los jueces también, o llegaban borrachos, les gustaba lo que propuso Lynch y preferían linchar rápidamente a los apresados, sin tiempo para demostrar que eran inocentes, si lo eran. Tampoco es que el sistema lo descubriera Lynch: lo de matar pronto y que luego Dios decida viene de lejos. Pero en las historias del Oeste, el linchamiento y el duelo en la calle ancha se iluminan con una luz mucho mejor.
Nos falta el personaje principal: el pistolero. Normalmente, contratado por el del rancho, o por el dueño del banco cuando le han robado. Aunque también recorre la zona perseguido por su fama, sin que nadie le contrate. Haber matado en duelo a un hombre te convierte en pistolero. Siempre habrá quien quiera quitarte esa corona midiéndose contigo. Si no eres muy bueno, mueres pronto y no hay historia, pero si de verdad eres bueno irás matando a los que te ofendan para hacerte salir a la calle a disparar. No hay delito en dos hombres que se enfrentan cara a cara en la calle, con sus pistolas. Se ve como una restitución: del orden, de la verdad o del abuso criminal, según quién gane. Contemplar un duelo desde la ventana del salón o la terraza del hotel te proporcionará una experiencia profunda de la muerte como justicia y te será más fácil entender las historias. Porque la muerte violenta es el lago donde flotan las historias del Oeste. Demasiado parecidas a los relatos de los griegos como para no pensar en la impostura de los escritores de este género.
Ya has sentido todo lo que debías sentir para que estas historias no sean una más entre muchas. Se terminó el esfuerzo. Ya puedes adoptar una actitud pasiva para escuchar la historia del Oeste que nos va a contar David, el que más a gusto se siente en ellas, el que empezó a contárnoslas. Después vendrán la de Juan y la de Marina y la de Ernesto y la de Javier y la de María y la de Fernando y la de Róber y la de Nacho.
Te has ganado este placer.
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