sábado 14 de noviembre de 2009

El tema era "El silencio"


Los pasos perdidos


Había una ventana. En la habitación que ocupaba de niño, cuando vivíamos mi padre y yo solos. Daba a un pequeño patio con un limonero y un membrillo, cerrado por un muro bajo junto al que crecían arbustos que mi padre podaba para que no lo sobrepasaran. Basta con que lo tapen, me decía, porque los muros siempre son feos. Me gustaba abrirla para ver los limones y los membrillos, cuando los había. Los limones recogen el sol en la piel y reflejan la luz, como un espejo duro; por eso son amarillos por fuera pero no por dentro. Los membrillos se dejan atravesar por la luz y la van soltando poco a poco. Una luz velada, pero sincera. Con el frío, abría la ventana para ver los árboles sin frutos y las montañas a media distancia.
Mi padre me despertaba en cuanto se levantaba. Nos lavábamos juntos, desnudos de cintura para arriba, con agua fría y jabón, resoplando de frío y riéndonos. Después, él hacía cuidadosamente el café en la olla mientras yo calentaba la leche. Desde que cumplí 10 años añadía un poco de café en mi cuenco. Mojábamos pan del día anterior. Él ponía lo que había sobrado de las legumbres con carne de la cena en una sartén con cebollas y ajo, también pimientos cuando había, echaba la mitad en una tartera y me dejaba la otra parte en la cazuela, para la comida. Fregaba, se ponía el mono, con la boina, una gabardina por si llovía y una bufanda si hacía frío, y me traía un libro a la cocina. Léelo para mí y por ti; esta noche me cuentas lo que has leído. Faltaban dos horas y media para la escuela y me quedaba en la cocina, en silencio, leyendo y memorizando para contárselo como si él lo leyera.
Por la tarde llegaba de trabajar duchado y limpio; con las compras hechas. Mientras se cocían las legumbres, se ponía un vaso de vino, liaba un cigarrillo y se sentaba en la mesa de la cocina a oír mi historia. Así aprendí a fijarme en los detalles, por la importancia que él les daba. Había heredado de su padre, un obrero socialista y masón, la pasión por los libros, pero no tuvo tiempo de ir a la escuela y desarrollarla. Después de cenar, me compensaba contándome historias. La que más me gustaba era la del día en que su padre lo llevó a conocer la logia. Le emocionaba. El día que su padre, con el traje de los domingos, le enseñó el templo, que le impresionó, pero todavía más el Salón de los Pasos Perdidos, la antesala, donde los compañeros de su padre le saludaban afectuosamente y después charlaban en susurros, en pequeños grupos, preparando la reunión. Perdió al padre en una tapia del cementerio, pero nunca se olvidó de él ni de ese día. Fue la imagen que lo acompañó y le dio consuelo, aunque nunca pudo entender el significado real: que esos pasos que allí daban se perdían en la memoria y al entrar en la reunión solo quedaba lo pactado. Que eran un filtro adoptado y aceptado entre hermanos. Se emocionaba al hablar de esa fraternidad. Abogados, médicos, empleados y obreros, todos juntos tratando de mejorar el futuro; antes de que precisamente esa unión condujera a la tragedia. Toda su vida esperaba que yo leyera y aprendiera, porque estaba seguro de que volvería el tiempo en que los hombres trabajarían como hermanos. De haber vivido lo suficiente, se sentiría orgulloso de mí, por mi trabajo; pero también sentiría como un agravio mi desclasamiento: el de todos los trabajadores. En el fondo, era un aristócrata del movimiento obrero que creía en la unión de los mejores de la clase obrera con los mejores de la clase burguesa intelectual. No habría entendido los seiscientos y el apartamento en la Costa Blanca como objetivo primordial.

He leído esto, que hace tiempo escribí en una libreta, después de que un primo de mi hijo, cuando hablábamos de Pepe, ha preguntado quién era. Le he dicho que mi padre. Me sorprendió que dos generaciones después de la suya, alguien, aunque no fuera descendiente directo, ni siquiera lo hubiera oído mencionar. Que nadie le hubiera hablado del abuelo de su primo. De su luz tenue como la de un membrillo. En qué poco tiempo desaparecemos de la memoria. En cuatro generaciones, como mucho, el olvido es absoluto, el silencio sobre nuestra vida se vuelve eterno. Al morir se pierden nuestros pasos. Pocos años después, hasta el silencio deja de oírse.

domingo 8 de noviembre de 2009

Primer día de viaje

El camino que seguimos ahora hasta el pueblo roza la ciudad de León, desde donde en un eje oeste-este perfecto tomamos una carretera secundaria y llana, con montes al norte cercanos, solitaria. Inquietantemente hermosa. Llovía meticulosamente, tapando casi los hayedos. Escuchaba música de Thelonius Monk, su disco Monk’s Dream, y el último tema, Sweet and Lovely, se clavaba en los agujeros de la lluvia.

Al pasar junto a Boñar, que es el inicio del pequeño puerto de Sotillos, el agua se hizo aguanieve, el aguanieve se volvió nieve espaciada, y esta se convirtió en copos tan densos que necesitaba la velocidad máxima del limpiaparabrisas para poder ver.

Emocionaba encontrar ese otoño invernal cuando se venía del otoño estival. Nunca otoño, nunca.

Desde Sotillos, la carretera baja al valle, hasta el Esla. La nieve no había querido tocar el lado este de la montaña: se había detenido justo en la linde (la muga). Al llegar al pueblo, llovía de una nube que quedaba aferrada a las montañas del norte. El cielo estaba abierto por el sur, desde donde nos daba el sol.

Una vecina que está arreglando su casa ha llenado la entrada, de la que parte la escalera, de muebles. Un vecino que aprovecha los frutales abandonados de la huerta, ha cubierto los muebles de manzanas y membrillos. Su olor vence cualquier humedad.

Me hago un esguince de rodilla subiendo una bolsa pesada. En el rellano de la escalera, donde cambia de dirección, la pierna izquierda se coloca en la posición adecuada, el cuerpo gira perfectamente, la pierna derecha también, la bolsa pesada ha cogido el impulso semicircular necesario. Pero el pie derecho queda pegado al suelo, ajeno a toda la operación. Desde entonces cojeo y me cuesta subir y bajar escaleras. Pero es un dolor dulce. Me acompaña. Impide que alguien me quiera hacer andar más de la cuenta. Mi pie derecho es más sabio que yo.

Cojeo hasta mi bar preferido para tomar un vino. Es importante porque llevo un mes sin tomar una gota de alcohol. Además, quiero ver a Miguel. Miguel no está y en el bar se empeñan en que el clarete vulgar, que es el que a mí me gusta, no es digno, así que en lugar del de 60 céntimos, que yo quería, me tengo que tomar uno de un euro traído del Penedés, que no me gusta. Estorbos de la globalización, pienso, tragándomelo con desgana; el único vino que me iba a permitir ese día.

Después de comer ligeramente me voy a mi nuevo sillón-mecedora y mi nueva lámpara de lectura, a mi rincón-Ikea. Arrastro una bolsa de plástico doble con números atrasados de revistas culturales. En su cruzada organizadora, L las había rescatado. Solo una cuantas de finales de los 80 que, en un rincón oculto, no habían ido desapareciendo como las de otras épocas. Estas se han salvado. La primera que saco es el número 83 de Quimera. Por la portada, que incluye los artículos principales, ya me acuerdo de ella. Empiezo desde atrás y me encuentro la crítica que Fernando Valls hace de la primera novela de Andrés Trapiello, poniéndole algunas peras al cuarto amistosamente. El relato de los dos últimos meses de Kerouac, que releo y me deja el mal regusto que recuerdo me dejó entonces sobre ese borracho derechista en que se había convertido (las fotos son impagables). Releo la entrevista a Bruce Chatwin que me permitió conocerlo: más tarde lo leería a fondo y sobre todo me dejó impresionado El rastro de la canción. Está tan guapo todavía, sobre todo de frente, porque tiene un mal perfil. La enfermedad no se había manifestado. Un texto de Joseph Brodsky, al que todavía no había aprendido a amar como hice con algunos de sus libros. Una entrevista al joven Muñoz Molina. Un dossier sobre Ford Madox Ford. Cada lectura me trae, vivo, el recuerdo de la primera lectura.

Cuando hice esa primera lectura, era mucho más joven que gente a la que ahora considero joven, como S. y como Jesús Miramón (de otros prefiero no hablar, porque la comparación es insultante para mí). Era una revista tan épica y emotiva: abría una ventana tras otra. Me pregunto si ya no hay revistas así o es que no soy ya tan impresionable. Me quedo hasta releerla casi entera y veo que lo segundo es falso: sigue produciéndome la emoción de que realmente pasa algo. La sensación de que leer es una de las cosas que merecen la pena.

A las siete y media, noche cerrada, voy a comprar al súper y me encuentro con Miguel. Los dos somos algo desadaptados a las condiciones y vamos sin paraguas a pesar de que llueve bastante. Refugiados a medias bajo un pequeño alero, me cuenta que el libro en el que lleva trabajando 10 años en el pueblo se presenta en Madrid el día 26: Guiomar o el desafío de un fantasma. Al jubilarse, conoció a una prima de L, se casó y se vino al pueblo, donde se dedica a sus trabajos machadianos, a leer a filósofos y biografías de gentes del 98, y a ver películas del oeste. Comparte esta afición con otros tres del pueblo, el boticario entre ellos. Todos los días ve alguna y a veces se juntan los 4 para ver por vigésima vez alguna de las mejores.

Mañana pienso tomar el vino vulgar que me gusta. Se pongan como se pongan.

domingo 1 de noviembre de 2009

El tema del taller era ciencia-ficción

Errare humanum est

Al notar una ligera sudoración en la frente, Péiton no se atrevió a secarla con la mano, sino que hizo los esfuerzos de control que había aprendido para detenerla. Era el menor de sus problemas: el miedo se había desencadenado y estaría produciendo una aceleración del ritmo cardíaco y de la respiración, también detectables por los sensores, pero controlables como el sudor. Contra el movimiento que se estaba produciendo en su interior, esa fuerte convulsión de los órganos, como si una mano hubiera sujetado con fuerza los intestinos y tirara de ellos, nada podía hacer. No había llegado a pronunciar mentalmente la palabra “error”, pero la idea estaba ahí, adueñándose de cada una de las células. El error; imposible ya en el Sistema salvo por la malevolencia delictiva de alguno de sus miembros; un ataque frontal a la vida y la salud de todos los miembros de la Comunidad. Así rezaba uno de los Principios Esenciales, que había sido proclamado cuando Péiton estaba en la educación secundaria.
Todavía había conseguido evitar que la palabra “Error” se formara fonéticamente en su pensamiento, pero su aroma o pestilencia, la atmósfera terrorífica que la acompañaba, mandaba señales de advertencia desde el cerebro a todos los destinos posibles, recibiendo como respuesta ineficiencias y cambios indeseados de todos ellos. Aunque en el silencio turbulento mostraba a Viima y a los dos psicoayudantes la mejor de sus sonrisas oficiales, no se había atrevido a mirarlos de frente. Tampoco ellos se miraban entre sí. Cuando por fin, espoleados por una sensación de incomodidad profunda tuvieron que hacerlo, todos vieron en la frente de los otros la capa brillante de un sudor frío que quedaba como resto acusador, aunque todos hubieran sido capaces de detenerlo. En la antesala habían estado Viima y Péiton, pero ninguno de ellos imaginó por un momento que estaban convocados para lo mismo. Cuando les llamaron y entraron, ambos se dieron cuenta por el color y la calidad del uniforme de trabajo, un eufemismo ya que salvo los del grupo Organización nadie tenía otra ropa distinta del uniforme, de que pertenecían a grupos distintos. Viima era una técnica de nivel medio, es decir de software, lo que significaba una posición moderadamente elevada en la Comunidad, mientras Péiton estaba en la posición inferior del grupo Servicios; es decir, se ocupaba de la limpieza en el Sistema Vital Subterráneo donde vivía la Comunidad. Teniendo en cuenta que la mayor parte del trabajo de limpieza era automático, su tarea no iba más allá del esfuerzo de recolocar el escaso mobiliario urbano cuando había quedado fuera de su sitio.
La situación era inaudita para todos. Temible. Viima y Péiton tenían que someterse a la rutinaria preparación para pasar un día en la superficie, pero hasta ese momento los grupos habían estado formados por ciudadanos de categoría similar. De hecho, los estudios psicológicos estaban divididos en distintas ramas que atendían a las diferentes categorías. En esta preparación, tendrían que combinar dos muy alejadas, cada una de las cuales contaba con su protocolo diferenciado. Los psicoayudantes no sabían cómo lo podrían hacer. Péiton y Viima sentían el uno por el otro la desconfianza habitual en una sociedad jerarquizada en la que nunca se había dado colaboración entre grupos, solo órdenes emitidas y aceptadas. ¿Cómo iban a conversar, hacer los mismos ejercicios, colaborar?
Los sonidos de la palabra “trampa” sonaban en su cerebro tratando de combinarse. El miedo era una bola creciente porque el “error”, que los cuatro habían aceptado ya en su interior, podía ser camuflado con la colaboración de todos. Pero la “trampa” podía haber sido tendida desde arriba, para ver cómo abordaban la situación, en cuyo caso estarían perdidos tanto si reconocían que había un error como si no. Estuvieron ya perdidos desde que a un Organizador se le ocurrió elegir sus nombres para un experimento del que solo se conocía que al final, los cuatro serían desechables. El error no existía, pero en caso de producirse su origen era delictivo y tenían la obligación de informar. Aunque nunca se hablara de estas cosas directamente, los miembros de la Comunidad habían aprendido el arte de las sugerencias imprecisas, por lo que sabían lo que pasaba una vez hecho un informe de error. Se abría un proceso al que se sometían como colaboradores de la Justicia todos los implicados, más los que fueran apareciendo en su transcurso. La colaboración era obligatoria y gratuita, lo que significaba que el tiempo dedicado a las gestiones, conversaciones oficiales, presentación de documentos y esperas necesarias no contaba como trabajado. Se perdían con ello todos los privilegios que acarreaba la suma de días trabajados, como las posibilidades de ascenso, los bonos de ocio y el premio final: la salida estipulada al Exterior. En un momento dado, en dos horas todos los implicados, incluidos los mensajeros que habían llevado los papeles, eran desechados: pasaban a trabajar en la expansión del Exterior, donde no existía protección ambiental y tras muchas penalidades morían en días o semanas.

La preparación para el día en el Exterior iba a ser complicada para dos miembros de la Comunidad tan dispares. Aunque el objetivo era volver a vivir en la superficie del planeta, todo era más lento de lo previsto. Quizá porque las dificultades del acondicionamiento fueran muy superiores a lo que se había dicho; quizá porque la clase Organización, cuyos miembros tenían acceso a discreción a la zona liberada, crecía con más rapidez que el trabajo de expansión. No se podía saber con seguridad porque de esos temas no se hablaba directamente. La situación era que cuando Péiton empezó a trabajar los miembros de su grupo tenían derecho a un día cada cinco años, pero los períodos se fueron ampliando e iba a salir por primera vez tras un tiempo trabajado de 20 años. Los del grupo de Viima, en cambio, salían efectivamente un día cada tres años, por lo que esta iba a ser su segunda salida.
Péiton dedico los veinte minutos de relajación profunda inicial, a la que estaban obligados los miembros de todo grupo que comenzase un proceso de trabajo, a pensar todas estas cosas. Incapaz de encontrar una salida, confió en la mayor sabiduría de los otros tres.

—Estimados miembros de la Comunidad —dijo el psico de menor nivel—. Vamos a comenzar la fase de preparación para su salida. Es un proceso inquietante, pues la vista puede extenderse hasta horizontes lejanos, a lo que nuestra mente no está habituada. Pero tengan confianza y borren cualquier inquietud: todos disfrutan de esta experiencia. Una experiencia necesaria, contemplar esa belleza, para redoblar la actitud de un trabajo responsable ante la Comunidad que un día nos permitirá a todos vivir ahí fuera para siempre.
Era el discurso oficial y normal. En este caso decisivo, porque significaba que seguían adelante con el plan, como si Viima y Péiton constituyeran un grupo normal. Por eso ambos, aunque agradecidos, siguieron sintiendo la desconfianza que les provocaba la anormalidad de la situación.
—Quizá hayan percibido un pequeño detalle diferenciador. Sin duda responde, aunque no tengamos capacidad de saber cómo, a la puesta en práctica del discurso de Año Nuevo de nuestro Timonel. Como saben, estuvo dedicado a la Invención. Se nos ha encomendado a todos la tarea de este decenio: innovar para mejorar y acelerar. Sin duda por eso estamos reunidos precisamente nosotros cuatro. Dentro de 48 horas, con toda seguridad ustedes dos harán un viaje que, aunque no dura más de 10 minutos, les conducirá al punto más lejano de sus vidas. No desaprovechen la ocasión. La Comunidad necesita del esfuerzo de todos.
Por primera vez desde que había entrado en ese despacho, Péiton pudo dejar de controlar los signos de miedo. Confiaba en aquel hombre que había encontrado la solución. Recuperó la ilusión de salir. Dadas las circunstancias y la baja media de vida de los trabajadores de su nivel, posiblemente sería el único viaje de su vida.

miércoles 28 de octubre de 2009

L organiza los cajones

Cuando se lleva mucha vida, no es fácil. Una casa está llena de cajones en los que va a parar todo lo que molesta a la vista y no se nos ocurre un lugar donde meterlo. Empiezas esa tarea y la abandonas de inmediato, cuando te das cuenta de que estás sacando cosas de uno para meterlas en otro. Un cajón es un caos imposible de organizar.
Con todo, esta vez se ha mantenido y, al menos, han salido a la luz algunas cosas interesantes, como este poema que mi yo adulto hizo de mi yo joven. Seguro que se salvó de la quema rutinaria que hacía de lo escrito porque, excepcionalmente, a L le gustó, así que debió escamotearlo para guardarlo... en un cajón en cuyo fondo ha dormido unos cuantos años. Es casualidad que hace un par de meses me preguntara por él. Le dije que ya no existía y ella debió haber olvidado que lo había guardado. Ahora me alegro, porque a pesar de tener tantos defectos como líneas me produce ternura ese lejano jovencito, no tanto el adulto sabelotodo.


Quería el absoluto, decía,
con los bluejeans cubriéndole
las piernas de extrema delgadez,
las alpargatas blancas y los ojos,
esos ojos hundidos de leer, de beber,
de ver el sol salir del mar
cada mañana.

Arriesgar la nada por el todo.
Pero era incapaz de mantener
más de unas horas, la absoluta
concentración en el trabajo,
la bebida, los ojos de los otros.
Incapaz de leer absolutamente
ni un día entero,
de la noche a la mañana.

Decía que quería el absoluto,
con su camisetilla morada,
pretendiendo poner una cara muy seria.
No sabía que lo que estaba buscando
era que le diera la vida
dos hostias bien dadas.

domingo 18 de octubre de 2009

Que dimita Ana Botella (o "els nans contre els chagans")

[ACTUALIZACIÓN: Nota de prensa que Globalízate ha enviado a los medios en relación con las medidas anticontaminación anunciadas por Gallardón]

Mejor máscaras anticontaminación

La asociación Globalízate considera que Alberto Ruiz Gallardón, debería facilitar máscaras y monos blancos anticontaminantes, como los utilizados durante el desastre del Prestige si quiere conseguir que los madrileños sufran menos la contaminación. Esta es la conclusión a la que llegamos tras las inútiles medidas anunciadas por el alcalde de Madrid.

La principal sorpresa que nos ha producido en sus declaraciones ha sido la de afirmar que Madrid estaba mejorando en cuanto a la contaminación se refiere tras la actuación del Fiscal del Medio Ambiente la semana pasada. Hay que tener mucha caradura política para hacer estas afirmaciones. La segunda sorpresa es que ha vuelto a anunciar unas medidas que ya anunció en 2006.

El alcalde de Madrid ha informado de la creación de una Zona de Bajas Emisiones (ZBE) donde se podría restringir el tráfico en caso de superar los límites de contaminación de la Unión Europea. Dada la lentitud de las administraciones en actuar en estos casos, podría ocurrir que cuando se fueran a tomar esas medidas, podría haber cambiado el tiempo y haberse limpiado la contaminación que seguramente nos habríamos tragado durante varios días.

Los madrileños deben de saber que su salud realmente está en manos de la meteorología. Si hay un otoño-invierno inestable con viento y precipitaciones, Madrid estará limpio. Por el contrario, si se establece una situación anticiclónica duradera con escasez de vientos, lo mejor que pueden hacer es quedarse en casa, como recomienda la delegada de Medio Ambiente, Ana Botella o comprarse un kit anticontaminante y salir a la calle.

La asociación Globalízate prefiere medidas como la “Congestion tax” de Londres y Estocolmo que cobra una tasa a los conductores que acceden al centro de la ciudad y revertir ese impuesto en la bajada del precio transporte público o mejoras de éste. Estas medidas han dado muy buen resultado en estas ciudades y son más efectivas tanto para mejorar la movilidad como para reducir la contaminación. Como de momento, el alcalde opta por una medida inútil, es mejor que nos vayamos aprovisionando de máscaras porque el invierno será duro.



[El sentido de esta entrada, además de dar a conocer la noticia, es un hip hip hurra al trabajo de los grupos pequeños, como el mío, Globalízate, pero también a otros muchos. Bastó que unos cuantos recopilaran datos ciertos, enfadados por el hecho de que de las 25 estaciones de medición Ana Botella añadiera 2, en sitios paradisiacos, pero cerrara las 17 más conflictivos: así, aunque la calidad del aire empeore, las mediciones darán una sustancial mejora. Esos datos se pusieron a disposición de la fiscalía de Medioambiente, que ha iniciado un procedimiento, de momento informativo, contra la Concejalía.

Da ánimo saber que los pocos y pequeños pueden dar a las instituciones fiscales las informaciones que necesitan para proceder. Da ánimo saber que los pocos y pequeños pueden realizar un trabajo útil.

Da ánimo saber lo fácil que es hacer algo].


Europa Press se hace eco de la campaña de Globalízate

Globalízate pide la destitución de Botella por su "incompetencia" para gestionar la materia de Medio Ambiente

MADRID, 17 Oct. (EUROPA PRESS) -

La asociación Globalízate consideró hoy que que el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, debe destituir a su delegada de Medio Ambiente, Ana Botella, por "su manifiesta incompetencia" en materia ambiental que, según la organización, está poniendo en riesgo la salud de los madrileños.
"Creemos que esta incompetencia viene provocada por su profundo desconocimiento en material ambiental y el desdén de Ana Botella hacia la sostenibilidad", indicó la organización, quien recordó que Madrid ha conocido en los últimos años los niveles más altos de contaminación registrados.
Sin embargo, frente a esto, señalan que no tienen constancia de ninguna medida efectiva para su reducción. "Es más, la concejala está tratando de ocultarla eliminando las estaciones de medición", añadió, al tiempo que apuntó que los incrementos de la contaminación denunciados por la Fiscalía de Medio Ambiente ayer "son el colofón a una gestión desastrosa de Ana Botella, conocida por su actitud prepotente contra el planeta".
A su juicio, "más que concejala de medio ambiente, su cargo debería llamarse concejala contra el medio ambiente". Globalízate recordó que los niveles alcanzados durante el último año en partículas en suspensión, dióxido de nitrógeno y ozono troposférico han superado en muchísimas ocasiones los niveles máximos permitidos y "la única respuesta de la concejala ha sido pedir a los madrileños que permanezcan en sus casas".
"Como dicha petición es imposible de cumplir, se está poniendo en riesgo constante no sólo a los más vulnerables ancianos y niños, sino también a personas de toda condición. Exponerse de forma continua a estos contaminantes añade un riesgo potencial al incremento de enfermedades graves del aparato respiratorio", indicó.
Por otra parte, subrayó que, según la Red de Ciudades por el Clima, los municipios deberían jugar un papel clave en la lucha contra el cambio climático y en lo que respecta al municipio de Madrid, desde el área de Medio Ambiente "se hace todo lo posible para que Madrid contribuya al incremento del calentamiento global".
"No se ha tomado ni una sola medida para evitar la emisión de dióxido de carbono a la atmósfera. Es más se adoptan medidas para favorecer el tráfico privado, principal causa del aumento de emisiones de dióxido de carbono en la ciudad con el apoyo del Área de Medio Ambiente", apostilló.
La asociación Globalízate remitió hace unos meses al Defensor del Pueblo una queja por esta situación y agradecen la iniciativa del fiscal de Medio Ambiente. "Deseamos que sirva para una reducción efectiva de la contaminación en un próximo futuro, empezando por airear la "contaminada" delegada de Medio Ambiente, Ana Botella", concluyó.

lunes 12 de octubre de 2009

toleramos, nosotros, la poesía

La poesía es una pérdida de tiempo. Así, consigue reunir la Belleza de toda pérdida y la Esperanza de reencontrarlo por azar en algún cajón.

Esta nota sacada de mi libretilla la uso para poner copia de la traducción que hizo Juan Ferraté de un poema de Ezra Pound, lo que me sirve para recomendar el librillo en donde aparece, Gil de Biedma – Cartas y artículos, de Juan Ferraté, en Acantilado.

Y ese libro, con la inclusión de Ezra Pound, me sirve a su vez para contrarrestar el horrendo pecado de intolerancia de una miembro de IU en Sevilla que prohibió un acto sobre Agustín de Foxá. Fernando nos lo cuenta en La Nave de los locos. Es una suerte que la tolerancia siga siendo para muchos de la izquierda un valor irrenunciable.

Venga mi alegría

juntemos nuestros odios en un solo manojo y al diablo con ellos,

cálido sol, agua clara, viento fresco,

que no pise ya más pavimentos,

que no vea ya más impresores.

Vengan gentes hermosas

vestidas de sedas crudas de colores

vengan los habladores con donaire,

vengan los ingeniosos,

los de alegres maneras,

los insolentes, los gozadores.

Hablamos de lagos bruñidos,

y de aires secos, como el metal pulidos.


Ezra Pound, en traducción de Juan Ferraté

martes 6 de octubre de 2009

Una de piratas

[Me he quedado boquiabierto con este artículo publicado en The Guardian por George Monbiot. Pongo una parte, suficiente para que veamos hasta qué punto estamos comprometidos sin saberlo con este Sistema. Además, ahora que tanto se habla de los piratas, a mí me entran dudas de quiénes piratean a quién. Pinchando donde digo, iréis al artículo entero, incluyendo las referencias, que a veces merece la pena visitar].


Activos tóxicos


El escándalo Trafigura es solamente uno de los miles de casos de vertidos ilegales del mundo rico
Por George Monbiot. Publicado en el Guardian el 22 de septiembre de 2009

Fue repugnante, monstruoso, inhumano... pero apenas diferente de lo que sucede en África casi todos los días. La compañía de operaciones petrolíferas Trafigura acaba de aceptar pagar una compensación a 31.000 mil personas de Costa de Marfil después de que el Guardian y el programa Newsnight de la BBC obtuvieran los mensajes de correo electrónico enviados por sus operadores. Revelan que Trafigura sabía que los derramamientos de petróleo enviados allí en 2006 estaban contaminados con desechos tóxicos. Pero el contratista de Costa de Marfil encargado de bombearlo del buque cisterna lo vertió en áreas habitadas de la capital y del campo. Decenas de miles de personas enfermaron y 15 de ellas murieron. Es uno de los peores casos del mundo de exposición a tóxicos químicos desde la filtración de gas de la fábrica Union Carbide de Bhopal. Pero en todos los demás aspectos, el caso de Trafigura es uno más. Solamente otro caso en el que el mundo rico realiza vertidos ilegales.

El día que el Guardian publicó los mensajes de correo electrónico de la compañía, también publicaba un artículo sobre un buque naufragado a 480 metros de la costa italiana. Los detectives encontraron el barco por el soplo de un mafioso. Parece que llevaba bidones de desechos nucleares y que la mafia usó explosivos para hundirlo. El informante, Francesco Fonti, dijo que su clan había pagado 100.000 libras para deshacerse de él. Lo interesante de esta historia es que por lo visto los desechos eran noruegos. Noruega es famosa por sus duras leyes medioambientales, pero una carga de desechos nucleares no se pierde sin que algún alto responsable mire para otro lado.

Los fiscales italianos están investigando el hundimiento de otros 41 barcos. Pero la mayoría de ellos no se hundió, como el barco de Fonti, frente a la costa italiana; se perdieron frente a la costa de Somalia. Cuando el gran tsunami de 2004 azotó la costa somalí, lanzó y abrió miles de bidones sobre las playas y pueblos somalíes hasta 10 km tierra adentro. De acuerdo con Naciones Unidas, contenían desechos clínicos de hospitales occidentales, metales pesados, otras basuras químicas y desechos nucleares. La gente empezó a sufrir de infecciones cutáneas inusuales, a sangrar por la boca, a tener infecciones respiratorias agudas y hemorragias abdominales. Los bidones habían sido hundidos en el mar, afirmó un portavoz de la ONU, por una razón obvia: a las compañías europeas les costaba alrededor de 2,50 $ deshacerse de esta manera de una tonelada de desechos, mientras que tratar el problema correctamente hubiera tenido un precio “de unos 1.000 $ la tonelada”. En el lecho marino de Somalia está la imagen de Dorian Gray de Europa: el esqueleto en el armario del lánguido nuevo mundo que hemos creado.
Las únicas personas que han tratado físicamente de detener estos vertidos son los piratas somalíes. La mayoría de ellos solo se hace a la mar por sangre y botín; pero algunos de ellos han formado patrullas costeras para detener la sobrepesca y los vertidos ilegales de flotas extranjeras. Algunos de los barcos que han sido protegidos de los piratas por el destacamento combinado 151 –la operación policial del mundo rico en el Golfo de Aden– habían ido a pescar ilegalmente o a verter residuos tóxicos. Los barcos de guerra no hicieron ningún intento por detenerlos.

Para seguir leyendo, pinchad aquí.

domingo 27 de septiembre de 2009

Cuando me caí del guindo

[Ese era el tema del taller, que no se ha interrumpido durante el verano, pero no subí ningún relato porque andaba con el Parvulario. Esta es la segunda versión, no la que leí. Se la debo a Gemma, que me avergüenza con el cuidado que pone en sus textos, en el modo en que los va variando y cambiando ahora una palabra, después dos, hasta obtener un resultado magnífico. También se la debo a Marina, que me mandó una magnífica crítica-sugerencia sobre lo que valía y lo que no en la primera versión, crítica con la que estuve totalmente de acuerdo. No sé si lo he mejorado o empeorado, pero si es lo primero se lo debo a ellas].




A punto

La mosca ha despegado de la cortina, beige translúcida durante el día, y ha volado erráticamente por la habitación, posándose en el barrote inferior de la cama. No sé cómo ha entrado aquí, en un ambiente ligeramente fresco por el aire acondicionado y supuestamente estanco, pero está y es una distracción. La miro, veo todo lo que hace y no pienso en otras cosas. Es interesante seguir la trayectoria de una vida, porque tengo entendido que viven muy poco. Contemplo su inquietud, cómo pasa de un lugar a otro, cambiando inexplicablemente la dirección durante el vuelo. De un lugar inútil a otro igual de inútil. Como donde está ahora, sobre el barrote pintado de un verde feo de la parte inferior de la cama. ¿Cómo lo verá, como un prado donde puede encontrar comida? Quizá no se da cuenta de que es una pintura química que tapa óxido y mierda de muchos años. Mi hijo entra en la habitación, la ve sobre el verde y la ahuyenta. Le llamo, acerca la oreja a mi boca y le hablo.
—Déjala tranquila, me distrae.
—Una mosca que se te cague en el vendaje no parece muy sensato.
Le sonrío.
Me sonríe y se sienta en el sillón.
Saca una revista, lee y subraya.

Lo miro y me da una sensación de pena. Es absurdo, porque dentro de horas o de muy pocos días no existiré y no habrá sensaciones ni sentimientos. La pena anticipada de lo que no será es descabellada. Lo mismo con otras personas a las que quiero, con los paseos por la calle, el silencio en mi sillón, la lectura. A ellos les pasa lo mismo. Es curioso, quizá sea por la morfina, pero el oído se me ha agudizado y escucho lo que susurran en el pasillo. Sienten pena. Absurdamente, porque creer que todos los recuerdos que tienen, que esa identidad mía que cada uno de ellos se ha fabricado, guardan relación con este cuerpo que agoniza, en lugar de ser una interiorización de escenas pasadas para siempre, carece de fundamento. En breve, se enfrentarán a los recuerdos y entonces la pena, apartada ya de este cuerpo en la cama de una habitación del hospital, tendrá sentido. Ellos se llevan la peor parte.

Pero no me gusta esta complicación; que después de tantos años, toda emoción siga siendo compleja y contradictoria, que siga sin saber cómo manejarla. Poco he aprendido. Voy a desaparecer y no debería importarme ni mi pena ni la de ellos. Seguimos siendo mamíferos unidos unos a otros irrazonablemente. ¡Fuera estos pensamientos! Busco la mosca, pero no está o no puedo encontrarla. En todo caso, aquí, en el silencio de la noche, interrumpido pocas veces por algún timbre o quejido, por una carrera breve hasta una habitación, estoy bien.
Estoy bien y tranquilo. No sé si las moscas duermen. Una vida tan larga y no sé si las moscas duermen. Eliges y descartas, eso es lo que haces a lo largo del tiempo, que ahora me parece corto. Descarté la vida de las moscas.

El ajetreo que se produce desde que vienen a por ti, en mi caso por la cabeza abierta, es insufrible. Creo que no sería necesario tanto alboroto alrededor, que deberían ser rápidos y eficaces, pero al mismo tiempo suaves. El que cae en sus manos ya tiene suficiente angustia y la única sensación positiva que recibe de ahí es saber que parecen interesados en cuidarte. Desde la ambulancia, pasando por el box, el principio del quirófano y la mayor parte de la UCI, demasiados estímulos renuevan cada instante el malestar. Al principio de la UCI no, porque te encuentras en un estado de belleza interior, hasta que la anestesia desaparece, la sonda del estómago por la que sale un líquido espeso y marronáceo se atasca y sientes vómitos, o la del pis la empiezas a notar y pides más calmantes; pero no te los dan.

Cuando me subieron a una habitación para dejarme morir en lugar de enviarme a casa, menos por cortesía y más por los aparatos necesarios para mantenerme con vida, descansé. Aunque el día fuera ruidoso, no lo eran tanto como en la UCI, y la noche resultaba bastante tranquila; prácticamente solo había monjas. Pensaba en el pasado, que conducía ahora a la nada. Todo se me presentaba desprovisto de la cualidad por la que me había entusiasmado, hecho y sentido solo por el placer que daba hacerlo y sentirlo. Estaba así cuando entró el cura del hospital a venderme un futuro. Se nos debe notar en la cara, el pensamiento de que no existe un sentido, y es cuado vienen a carroñear. Cerré una mano, vuelta hacia mí, y levanté un dedo. Mi hijo se abalanzó sobre él y lo sacó a empujones. Casi siempre está conmigo, señal de que no va a ser algo largo y no necesita crear una estructura de acompañamiento. Hace unos días, con ochenta años cumplidos hace mucho, seguía entusiasmándome por muchas cosas de la vida. Ahora pienso en la mosca y no creo que ningún episodio haya tenido mayor ni menor interés. Todo es cuestión de dónde pones la mirada.

jueves 24 de septiembre de 2009

La fuerza de la energía alternativa en España

Esto es importante. No es la panacea, pero es importante, para nosotros como país y para el mundo. También es importante que este gobierno que pretende esas cosas no podrá hacerlas sin un fuerte apoyo de la gente (la gente somos nosotros, no las organizaciones que dicen representarnos). Aparece hoy en El País (pinchad AQUÍ para verlo). También es importante que hace unos meses se pudieron hacer relaciones de este tipo con EE UU, pero las echó abajo el lobby de patriotas de la FAES, que contactó con los congresistas y senadores. ¿Cómo iban a permitir que España hiciera algo bien sin estar ellos? Obama retrocedió, pero la realidad se ha vuelto a imponer. También es importante que no haya ningún medio de comunicación hablando de estos esfuerzos y nos tengamos que enterar por la traducción de un artículo de un periódico estadounidense. Saquemos las consecuencias de todo esto.

'The Washington Post' coloca a España como líder del empleo 'verde'
El diario afirma que la apuesta española por lo sostenible puede recolocar al 80% de los obreros que se han quedado sin trabajo en 2008. -Alerta del riesgo de crear nuevas burbujas
ELPAÍS.com - Madrid - 24/09/2009
"La creación de empleos verdes se ha convertido en un mantra para muchos gobiernos, incluido el de Estados Unidos. Pero, pocos países están mejor posicionados y motivados que España para luchar contra la recesión y, al mismo tiempo, conservar el medio ambiente". Este es el análisis que hoy publica el diario norteamericano The Washington Post en un extenso artículo sobre la apuesta española por la economía sostenible y la posibilidad que ofrece para recuperar los millones de puestos de trabajo destruidos durante la crisis. Además, destaca que "el esfuerzo del Gobierno español está siendo seguido de cerca por Obama".
De hecho, el diario se hace eco de las previsiones oficiales que apuntan a que la economía española podría crear un millón de empleos vinculados a las energías renovables en la próxima década gracias a la puesta en marcha de nuevas leyes y la combinación de la inversión público y privada. No obstante, puntualiza que, para ello, "deberán obligar a millones de españoles a abrazar la ecología".
"Con una tasa de paro del 18,5% pero una cuota del 24,5% de la energía producida en España proveniente de las energías renovables, frente al 7% de EE UU, España parece que tiene una respuesta para recuperar los cientos de empleos perdidos por la recesión y salvar la tierra al mismo tiempo", explica el artículo. El Gabinete de José Luis Rodríguez Zapatero confía en que la puesta en marcha de parques de energía solar y aerogeneradores y la nueva legislación sobre eficiencia energética de los edificios, ayude a recolocar al 80% de los obreros que han perdido su empleo en la construcción.
"El esfuerzo del Gobierno español está siendo seguido de cerca por la Administración de Barack Obama y otros estados que están elaborando su propio plan de empleo verde", resalta el periódico antes de advertir de que, a pesar del optimismo de Zapatero, el proyecto no está exento de riesgos. En este apartado, el texto recoge las opiniones críticas que denuncian que tendrá un alto coste para los contribuyentes y que, a pesar de sus buenas intenciones, las medidas del Ejecutivo y sus subvenciones han distorsionado el mercado de la energía, como es el caso de la "reciente burbuja de la energía solar española".
El artículo de The Washington Post va en la misma línea que el informe de la Administración de Obama publicado recientemente que desmonta el estudio español elaborado por la Fundación Faes que atacó la inversión pública en energías limpias

sábado 19 de septiembre de 2009

Parvulario de verano 13. Cierre y fiesta

Termina el verano. Otro verano. Pasan las lunas sin danos cuenta y ahora irá haciendo fresquito, los árboles se irán poniendo dorados, pasear por el Retiro será una felicidad. Todos habéis ido volviendo y recuerdo (copio) el final del primer parvulario:

«Un sitio fresquito, que a veces resultará tan pesado como yo, pero no es obligatorio leerlo, en donde poder escribir sobre lo que me dé la gana y cuantas veces quiera. Sin preocuparme del sentido o validez de las entradas. Es el momento ideal, porque casi todos los que pasáis por aquí estáis haciendo las maletas para perderos por ahí, lejos de Internet, y es como estar en la cocina, después de una comida con muchos amigos, que se han quedado medio adormilados en el salón y la terraza, hablando con uno o dos de ellos, en voz baja, de cosas intrascendentes o imprescindibles, delante de una taza tras otra de café. »

Habéis sido más de uno o dos, pero ha resultado igual de agradable. Varios, más de los que pensaba, habéis respondido a mi propuesta de que me enviarais un texto. Esa es la fiesta: que os podáis leer. He hecho una trampa: he puesto primero a Gemma porque me lo ha dedicado. Allí donde puedo, si pincháis en el nombre del autor vais a su blog. El orden siguiente lo he sorteado por el sistema de papelitos. Gracias.



(foto de Gemma)
Gemma
Retorno al Paraíso
Para Nano

El suceso tuvo lugar con la llegada de aquel pájaro extraño. Era un día turbio de luces y sombras cuando, rayano el mediodía, un ejemplar silvestre se posaba en el alféizar de la ventana, congregando en derredor la atención dispersa de transeúntes y ciclistas. De pronto, jóvenes y viejos de toda condición detenían su paso mecánico para escuchar, embelesados, un canto primigenio y subyugante. Incluso hubo señoras de distinto pelaje, también jovencitas, que interrumpían sus charlas y risas, repentinamente cautivadas ante una exhibición parecida, para retomar mucho más tarde sus vidas desde la asunción de una elegancia distinta, con visos plumados de ave zancuda. Si los gorjeos rutilantes de aquellas damas hubieran alcanzado a desvelar, en aquel instante de asombro, la razón última de la existencia, de seguro que no habrían cosechado la más mínima atención del público, para entonces agolpado por completo en torno al ave migratoria. Cuando los quiebros y trinos entonados llegaron a su fin, la ciudad entera yacía envuelta en especies silvestres y exóticas. Como si de nuevo habitaran el paraíso bendito.



Isidro Saiz
Armas blancas

Va de caseta en caseta pidiendo libros. “Libros que puedan ustedes donarme”, dice. “Es para un arma de instrucción masiva”.

Es la feria del libro y los que estamos a su alrededor lo miramos con curiosidad. Camina balanceándose, casi bailando, como si al eje de su cuerpo se le hubiera aflojado una pieza.

“Estoy fabricando un arma de instrucción masiva”, le oigo decir. “Conseguí un viejo carro de combate y voy a llenarlo de libros”.

Al cabo de un rato veo un extraño vehículo estacionado junto a la feria. Es una especie de “jeep” grande y de color verde olivo: algo así como un camión pero con la cabina formada sólo por varillas. El parabrisas es un pequeño rectángulo de vidrio sostenido por dos de esas varillas. Y eso es todo el chasis.

Sobre las ruedas hay una plataforma con varias hileras de libros (con el lomo hacia fuera), una sobre otra. Y en vez de faros, lleva siluetas de libros.

Al ver el camión me doy cuenta de que eso es el arma de instrucción masiva.

El hombre se acerca ahora al camión para dejar más libros. Ha conseguido que le donen varios títulos. Algunas personas compran ejemplares y se los regalan. Él los va colocando en la trasera del camión. No falta gente haciéndose fotos a su lado.

Yo mismo contribuyo con una edición barata de “Demian”, de Hermann Hesse. Un proyectil muy peligroso.

No sé dónde pensará usar su carro de combate, pero se me ocurren varios objetivos estratégicos: la casa de “Gran hermano”, alguna tertulia de cotilleo, una cancha de boxeo, una plaza de toros...

Lo malo es que, nada más marcharse con el camión, empieza a llover. Entonces me asalta un temor: que se estropee su armamento, que la pólvora de papel se le moje.



(Foto de Leg)
Leg
La venganza

Ramón no acababa de entender por qué aquella mujer se reía cada vez que él le tiraba los tejos.
No era un hombre feo, acababa de estrenar los cuarenta y el espejo le contaba cada mañana que, aunque se empezasen a notar alrededor de su cintura algunos excesos y la vida sedentaria, conservaba un aspecto juvenil y, por qué no, aún apetecible. Además era un hombre con porvenir, decidido y emprendedor, que regentaba su propio negocio, una acogedora pensión en la calle más céntrica de una ciudad tranquila como aquella.

Pero ella parecía no darse cuenta de todo aquello, y cuando, después de cerrar la cocina y tomarse dos cervezas, él se decidía a sentarse junto a ella, codo con codo en la barra del bar de siempre, le recibía con aquella sonrisa socarrona que se tornaba en risotadas descaradas e hirientes en el preciso momento en que él, por fin, iniciaba cualquier conversación.
Al principio a él le desconcertaban esas carcajadas, pero le gustaba la forma en que echaba la densa melena pelirroja hacia atrás mientras abría desmesuradamente la boca. Tenía unos dientes muy bonitos, y esa forma de reír le daba un aspecto de niña que le provocaba más aún de lo que ya lo hacía su sola presencia. Ella esquivaba condescendiente sus envites, entre risa y risa, y él pensaba que, al menos, la hacía feliz.

Paradojas de la vida, fue justo el día soñado en que ella cedió a sus proposiciones, el mismo en que él se dio cuenta de que no era simpatía precisamente lo que despertaba en ella. María era una mujer que él llamaba “de bandera”, rondaba los cuarenta y cinco, aunque siempre decía muy digna que aún estaba en la treintena, como si sólo un número la pudiese hacer parecer más joven. Tenía la piel siempre morena, y marcaba sus curvas con ropa chillona y muy ajustada, que hacía que Ramón se quedase por momentos hipnotizado contemplando la redondez de sus caderas, la descarada curva que daba paso a su trasero respingón, o la increíble y maravillosa inmensidad de los pechos más generosos que Ramón hubiera visto nunca.

Y con la urgencia que provoca el deseo más encendido, alimentado durante meses a solas con sus pensamientos y con el recuerdo de aquel cuerpo tambaleándose de risa, corría ahora el infeliz a arreglar el escenario de su encuentro, furtivo, porque ella se decía una mujer decente y no quería que corriese la voz de sus andanzas. Iba pensando en sus palabras, con las que ella le había dejado claro su desprecio. Le consideraba un hombre basto, vulgar, un ignorante y un paleto… un “garrulo”, había dicho ella. ¿Y por qué cedía a sus propuestas, entonces? También se lo había dejado claro, con voz altiva mientras encendía un nuevo cigarrillo con la brasa del anterior. Tenía curiosidad, nunca había estado con alguien así. ¿Así? ¿Curiosidad? ¿Qué pensaba, que descubriría un cuerpo lleno de escamas al desnudarle? ¿Qué tenía dos pollas, o una lengua en el ombligo? … La sensación era realmente agridulce, pero en aquel momento ya no podía detenerse. Decirle que no, rechazarla, habría sido peor aún, habría supuesto el motivo de cientos de noches solitarias sintiéndose el hombre más imbécil del mundo, con la imagen de su escote moreno y resudado aún clavada en la frente.

Claro que ella había pensado que, además de garrulo, él no tenía dignidad. “Si ya no quieres, sabiendo esto, lo entiendo”, le había dicho con su sonrisita burlona. Pero él aceptó, y ella abrió los ojos como platos un segundo para luego echar la cabeza hacia atrás bruscamente lanzando otra de sus sonoras carcajadas.

Al llegar María a la pensión, él aguantó estoicamente sus burlas más despiadadas comentando el cartel que había puesto en la puerta a modo de coartada, escuchó una vez más sus risas impertinentes y engreídas, la miró por última vez como la había visto hasta entonces, con los ojos encendidos del deseo y, sin decir nada, la agarró por la cintura, apretando firmemente entre sus dedos una de sus nalgas, la aplastó contra sí y, sin llegar a besarla aún, pero mirándola fijamente a los ojos, hundió una mano nerviosa en el mullido escote.
….
Al día siguiente, Ramón no supo si había sido porque sus pechos se habían caído, literalmente, al tirar a un lado el sujetador; o porque recordaba sus labios emborronados de carmín intentando patéticamente encontrarse con los suyos; o porque había gritado como una especie de hiena chiflada durante la mayor parte del tiempo; o porque había conseguido ver, estratégicamente colocado ante el espejo del armario, su fláccido y rechoncho cuerpo agitarse como un flan ante él, y debajo de él, y de rodillas, y a gatas, y…… Ramón no sabía por qué, pero cuando al fin María entró en el bar y se encontró de frente con ella, sonriéndole hoy sinceramente, sin retintín, Ramón abrió la boca para saludar, pero sólo salió de ella una sonora y potente carcajada.


Reyes Vaccaro
La visita

David llamó al timbre, la niña y yo le abrimos la puerta.
Venía cargado con una pequeña maleta y al entrar nos metió en la nariz algo parecido a la brisa marina.
Sonreímos.
“Sólo me quedaré unos días” – dijo, a la niña y a mí nos pareció bien.
Nos sentamos en el salón, bebimos un té con hierbabuena que arrastró el canal de mis pensamientos y volvió a hacer de mí una mujer deseable.
Así me sentí al menos, bañada por la mirada dulce de David y con la mano de mi hija apretada entre las mías.
Conversamos hasta que se hizo de noche y él se levantó para preparar la cena.
Yo había olvidado el sabor del cilantro; no es un sabor habitual en las vidas desordenadas como la mía, labradas a golpe de supervivencia, con su cenefa de desolación y tristeza tan barrocas, por otra parte.
Aunque cuando me divorcié de David sentí que estaba haciendo lo correcto, esta noche, mientras veía la cara de mi hija mirándolo entre vaharadas de especias, un dolor sordo en el centro del pecho me ha tamborileado vilmente.
Y he pensado, si la vida me ha domesticado tanto que sólo me preocupa no perder el empleo, poder pagar las facturas y el gimnasio, si al final esto era todo, si los pasillos de la facultad en realidad no podían llevarnos a sitios mejores ,entonces qué importa estar en casa de uno o de otro, qué importa jugar a ser la novia de Tal o la mujer de Cual, si se trata únicamente de demostrar amor o aguante , en realidad las reglas del juego son más sencillas de lo que pensamos.
No nos iba tan mal cuando estábamos casados, sólo tenía que hacerme la ciega de vez en cuando, ahora le tendríamos en casa todas las noches.
Me he dado cuenta de que soy una mujer muy tonta que retrocede cien pasos ante la línea de la que creyó la meta, y que se hace una toalla con las arrugas para enjugarse lágrimas furtivas, y no por ella misma, como podría pensarse, sino por esa tercera persona que es el hijo y que debió tener acceso a un mundo lleno de derechos básicos, como el de estar con su padre espolvoreando cilantro en la cocina familiar.
He suspirado pensando que el arrepentimiento es un calcetín que no puede lavarse aunque apeste, mejor te lo cuelgas al cuello como un talismán y aparentas que no lo llevas, no lo miras siquiera.
Hay treinta mil revistas de autoayuda para convencerte de que hiciste lo mejor, que desde el punto de vista de la libertad las equivocaciones también son un derecho, y con eso y un par de cervezas consigues ver lo bueno, lo positivo, y al final conciliar el sueño abrazada a la almohada, pensando que a la mañana siguiente será inevitable tener resaca.
Algunas visitas producen resaca, y además cambian todas las cosas de sitio.

ese
Hola NáN, soy ese

Te escribo para pedirte un favor. No sé a quién recurrir. Ya sabes que la curiosidad me puede.

En mayo entró a trabajar en la agencia el hijo de un amigo. Como no tenía experiencia le encargué que, sin moverse mucho de sus lugares habituales, fuera apuntando, en el bloc que siempre llevaba en el bolsillo, todo lo que pudiera tener algún parecido con una noticia de sucesos. Pero resultó un poco duro de mollera y no traía nada de interés con lo que inventarme algo que mereciera ser publicado. Bueno, no me importaba demasiado. Tampoco cobraba, y estaba conmigo porque su padre no sabía qué hacer con él.
El caso es que el chaval me llamó la atención porqué siempre estaba olisqueando a todo el mundo. Hasta el punto de que un compañero se quejó por su comportamiento. Se creó una tensión absurda en la redacción. Dado lo poco que publicaba y su rara afición por olerlo todo, le llamaban el sabueso.

Hablé con él, le pregunté si le ocurría algo, el porqué de esa manía de acercarse a la gente para olerla, incluso intenté echarle un cable al decirle que lo mismo su problema era que no veía bien y, por eso, necesitaba arrimarse tanto. Pero él se calló y negó todo con la cabeza. Después se levantó, se despidió, y ya no volvió al trabajo.

Pasados unos días llamé a su padre. Me contó que no sabía nada de él, pero que no me preocupara porque otras veces ya había desaparecido. Me agradeció que le hubiera dado un trabajo durante una temporada y quedó en llamarme cuando supiera algo.

Un mes después entró a trabajar un nuevo redactor y, al indicarle su mesa, hallé en un cajón el bloc que el hijo de mi amigo siempre llevaba en el bolsillo. En la parte de atrás había un pequeño texto escrito por él y que te envío para ver si tú -que eres un profesional y estás acostumbrado a tratar con gente extraña- me resuelves las dudas que me invaden cada vez que pienso en ello.

No sé si toma algún tipo de sustancia que le hace comportarse así, si lo que tiene es una enfermedad, o tan sólo se trata de un amor desaforado hacia alguien que ni siquiera conoce.

Perdona las molestias y gracias por todo.

Te llamo la semana que viene a la consulta. No se me olvida que te debo unas copas.


Me tumbo en la cama.

Ahora duermo casi todo el día.

Me despierto un momento, cada poco, intentando retener en ese instante el recuerdo del insistente sueño. Y me siento feliz durante esos segundos que pasan hasta que se vuelve olvido.

La historia no ha cambiado. Es la misma que se ha repetido durante años, aunque parezca diferente y sólo tenga la imagen distorsionada de algunos detalles.

Tu silueta que se acerca sigilosa; el deseo de que no pases de largo; la torpeza de mi cuerpo en movimiento; el agobio al sentir que no puedo avanzar; la angustia al oír mi voz apagada; la emoción por descubrir quién eres; el instante en el que te dispones a mirarme, y percibir que ha llegado el momento de despertar sin haber visto tu cara.

No abro los ojos. No me muevo. No respiro. Retengo ese olor que reconozco. Me levanto y busco con determinación tu único rastro.

Hace tres meses estuve de dependiente en una perfumería. Olí todas las colonias, cremas, perfumes y jabones que vendía sin encontrar esa fragancia que me persigue cuando duermo y que me ha cautivado de tal manera que si no descubro a quién pertenece mi vida nunca tendrá sentido.

Ahora vago por las calles acercándome con disimulo a todo aquel que me encuentro. Pregunto por sitios, disimulo tropiezos, bajo al metro, entro en bares, pido fuego, hago todo lo que puedo por reconocer en alguien ese olor que está presente cuando el sueño muere.

Y vuelvo a casa, y sin quitarme la ropa me tumbo en la cama, excitado al pensar que quizás esta vez me despierte un instante más tarde. Después de que gires la cara al cruzarte conmigo.


Luna
Emilia

Te imagino Emilia, mirando el páramo castellano con los labios apretados y los ojos secos y duros.
Has peleado hasta el final por quedarte, por acabar tu vida donde comenzó.
Has luchado Emilia, por seguir viendo encendido el fuego de la chimenea en los duros inviernos. Por ver renacer el verde en los trigales cada primavera. Por ver dorar el trigo verano tras verano y sentir el olor de la tierra húmeda o seca dependiendo de la estación de cada año de tu vida.
Los chicos – tus hijos – no entienden tu terquedad, no comprenden que no quieras vivir en la ciudad.

No entienden Emilia, que quieras seguir lavando la ropa en el río y verla secar al viento. Ni que prefieras enjabonar tu cuerpo con el agua calentada en el puchero.

Ellos no saben que sigues frotando tu piel con esa colonia añeja, como lo hacía él. Él... ¿Qué pasará con él?
Los chicos – tus hijos – no entienden que dejas en las tierras del páramo su cuerpo abandonado en una vieja tumba desgastada por los años.
Él, tu hombre, murió joven. El esfuerzo, la lucha, el hambre, dejó marcas.
Él, tu hombre, te dejó huérfana de amor y de caricias. De plácidas tardes veraniegas oyendo los gritos de los chicos, libres como los pájaros, jugar en las calles.
Aún hoy Emilia, cuando cierras los ojos, sientes sus manos y su boca recorrer tu cuerpo. Sus besos en el cuello.
Tu mirada, Emilia, se enternece ante tantos recuerdos. Tus ojos recorren por última vez el páramo. Desciendes hasta el suelo, besas la tierra que durante setenta años fue tu hogar. Presientes que no la volverás a ver. Las lágrimas fluyen silenciosamente durante largo rato.
Nadie te ve. Nadie te mira. Nadie comprende...



(Foto enviada por "Isabel")
Isabel
Un verano de olor

“Septiembre ya huele a nardos”. Eso piensa Jimena al entrar en un mercado bastante alejado de su casa y, en vez de comprar comida, sigue el penetrante perfume hasta el puesto de flores. Compra tres varas de “políanthes tuberosa”, nombre científico de la también llamada vara de San José, para ella nardo. Porque Jimena no es religiosa y, aunque se aprende las definiciones, por eso sabe que es de la familia Amaryllidaceae (Amarilidáceas), a ella le gustan los nombres comunes y contundentes como su perfume. Le trae recuerdos de los bulbos que su abuela cultivaba.
Ni Jimena tiene el carácter de la mujer del Cid ni la fuerza del huracán que anuncian atravesará el Pacífico Mexicano. Se parece más bien a una gran tortuga de andar lento y pausado. No es muy agraciada, tiene una cara redonda y achatada como la torta de un pan de pueblo.
Es temprano y se nota en la ciudad que ya han vuelto a poblarla después de las vacaciones. Los bares rebosan de mujeres tostadas al sol hablando todas a la vez alrededor del café, con los collares colgados al cuello, sustitutos del minúsculo biquini que no llegaría a cubrir, si los cubría, las siliconas al peso.
Eso va pensando Jimena en su caminar. Mira su piel de un moreno natural, sólo atravesada por el polvo del gran piso que anoche se encontró a punto su señora.

No compra lo que hace falta en la gran casa que cuida. “Seguro no vendrán ni a comer” se dice y, orgullosa con sus tres varas de nardos, sale del mercado más tranquila que entró.

Entre paso y paso Jimena observa que la miran, algo no usual en su joven vida, echa un vistazo a su vestido fruncido por si tiene alguna mancha, pero no.
Entonces ocurre: un joven montado en bicicleta frena en seco delante de ella.
-¿Dónde has comprado los nardos? –le pregunta decidido.
Jimena levanta la mirada, incrédula, ante la cara sonriente del chico que aspira el perfume con los ojos cerrados.
-¿Te gustan? -Contesta extrañada, pensaba ella que esa afición suya era algo ya caduco, sólo propio de algunos pueblos y sus costumbres. Pero él le dice que sí con la cabeza acercando la nariz a los que están abiertos y Jimena le regala una vara.

Al llegar a la gran casa le corta un poco el rabo a la segunda vara, la pone en un bote con agua, al que echa piedrecitas para que no se tumbe, y la coloca en su habitación. De la restante hace ramilletes, como los que hacía su abuela, para enganchar en su vestido de tarde y para regalar a quien se cruza con ella cada día y se gira para seguir oliéndola.

sábado 12 de septiembre de 2009

Parvulario de verano 12. La identidad y Patrick Modiano

Hoy, lección doble, para que elijáis. Además, el curso se acaba y me parece que vamos atrasados en el temario. Es un extracto de la novela Calle de las tiendas oscuras, de Patrick Modiano, publicada por Anagrama y traducida por mi envidiada María Teresa Gallego Urrutia. El párrafo, largo, lo subrayé. Aunque Modiano suele tratar el tema de la identidad, siento especialmente cercano este párrafo. Me inquieta. Me hace preguntarme quién soy (dando por hecho que “el ser” es un proceso breve). Para aclarar más, Hutte era el dueño de una agencia de detectives privados, que se ha jubilado, mientras que el narrador era su único empleado. Tras sufrir amnesia acudió como cliente para rastrear su pasado, pero se quedó como detective. Ahora que la agencia no existe, pero sabe rastrear, la novela consiste en la búsqueda de sí mismo. Espero que el párrafo os sacuda como a mí. La identidad es un buen tema para los primeros fresquitos del verano.

(Y por cierto, qué pocos me habéis mandado un texto para el día 20. Va a ser un cierre de curso muy deslucido).


«Qué gente tan peculiar. De esa que no deja a su paso un vaho que enseguida se disipa. Hablábamos muchas veces Hutte y yo de esos seres cuyo rastro se pierde. Surgen un buen día de la nada y a la nada regresan tras haber brillado con unas cuantas lentejuelas. Reinas de belleza. Gigolós. Mariposas. La mayoría no tenían, ni siquiera en vida, mayor consistencia que un vapor que nunca habrá de condensarse. Hutte me citaba, por ejemplo, a un individuo a quien llamaba “el hombre de las playas”. Aquel hombre se había pasado cuarenta años de su vida en playas o al borde de piscinas, charlando amablemente con veraneantes u ociosos acaudalados. En las esquinas y en los segundos planos de miles de fotos de vacaciones aparece en traje de baño en medio de alegres grupos, pero nadie podría decir ni cómo se llamaba ni por qué estaba ahí. Y nadie se fijó en que un día desapareció de las fotos. Ne me atrevía a decírselo a Hutte, pero creí que “el hombre de las playas” era yo. Por lo demás, no se habría extrañado si se lo hubiera confesado. Hutte repetía siempre que, en el fondo, todos somos “hombres de las playas” y que “en la arena –cito sus propias palabras– no dura más que unos segundos la huellas de nuestros pasos.»

Parvulario de verano 11. La voz auténtica de Beatriz Gimeno

He leído un artículo de Beatriz Gimeno en el.plural.com (podéis leerlo pinchando AQUÍ) que expresa tan bien lo que pienso que lo copio entero. Esta lección sería sobre la manipulación ideológica de los periódicos occidentales. Que me perdonen Beatriz Gimeno los de el.plural por la apropiación, pero no tengo modo de comunicárselo.



BEATRIZ GIMENO
Uribe se perpetúa en el poder y las trampas de la prensa

Anda, me entero por El País de que el presidente Uribe quiere convocar un referéndum para modificar la constitución de su país con el objetivo de presentarse otra vez, de forma indefinida, a las elecciones. Qué curioso. Pero no vayan a pensar mal. Este caso no se parece en nada a esos otros de Evo Morales o Chávez, o Zelaya que han hecho exactamente lo mismo, (en el caso de Zelaya no ha podido, ya lo sabemos) con la única intención de perpetuarse en el poder. Este caso es distinto, dónde va a parar. La democrática Colombia (con el índice más alto de toda Latinoamérica en asesinatos políticos y donde no hay sindicalista o líder social que viva para contarlo) es completamente distinto.

Según El País, que da la noticia en pequeñito, Uribe no quería hacerlo, pobre hombre, casi le han obligado. El titular de la noticia no es “Uribe se perpetua en el poder”, ni nada de eso que leímos en el caso de Chávez o de Zelaya de quien se nos dijo que tal intento le costó un golpe de estado (ya nos explicó Vicenç Navaro que no es así). No, ahora el titular es: “El Senado aprueba el referéndum para la reelección de Uribe”. Qué cosas, el Senado por su cuenta va y obliga a Uribe a presentarse a presidente. Por si no quedara claro, en el texto de la noticia se transcriben entrecomilladas dos frases de Uribe que dejan clara cuál es su actitud acerca de su reelección: "Lo veo inconveniente por perpetuar al presidente, porque el país tiene muchos buenos líderes". "Y en lo personal, porque no quisiera la amargura de que las nuevas generaciones me vieran como alguien apegado al poder". Su Gobierno, sin embargo, ha presionado mucho para que se apruebe el proyecto de ley, prosigue la información.

Pero… ¡pobre hombre, cómo le hace esto el Gobierno, obligarle a presentarse con la amargura que dice que le produce! En fin, pareciera que no va a tener más remedio. Pero dos días después nos llega otra noticia aún más pequeñita. El Senado quiere que Uribe se presente a la reelección pero se ha encontrado con el pequeño problema de que ahora no se sabe qué senadores pueden votar y cuáles no porque resulta que la mayoría (¡la mayoría!) están siendo investigados por la justicia por corrupción. Eso sí que es un parlamento democrático.

Yo sólo les pido que hagan un pequeño ejercicio. Cojan los periódicos y lean los titulares con atención. Cuando ocurre cualquier cosa en la América Latina más partidaria de socializar que de privatizar, los titulares comienzan siempre: “Chavez, Evo, Correa...hacen esto o lo otro” como si Venezuela, Bolivia o Ecuador no tuvieran parlamentos democráticamente elegidos y las leyes no tuvieran que seguir sus trámites. Cuando lo mismo ocurre en la América Latina más partidaria de privatizar que de socializar, entonces los titulares siempre comienzan: “El senado de Colombia, o de Perú...” Aquí los responsables no son nunca Uribe o García, sino que la culpa se diluye en sus hipercorruptos (pero al parecer democráticos) parlamentos.

Y ya puestos a comparar y a analizar, fíjense como Evo es siempre Evo, como mucho Evo Morales, pero nunca Morales; y es que las mujeres y los indígenas con el nombre basta. Y si no que se lo digan a “Soraya” y el titular con el que abría su primera página El Mundo del día 25: “Soraya ultima un informe para probar la persecución del PP”. Ya sé que toco muchos temas, pero es que no doy abasto.

Beatriz Gimeno es escritora y ex presidenta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales

sábado 5 de septiembre de 2009

Parvulario de verano 10-B. Propuesta para el siglo: seamos un grano en el culo

Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.
Goytisolo

Ya que no nos ven, algo tendremos que hacer, ¿no? Sé que no estoy proponiendo un buen sitio para estar, pero es que estamos ahí, aunque no queramos. La propuesta es que, ya que estamos, incomodémosles. Si no nos ven, que nos sientan. Seamos una pequeña molestia multiplicada por centenares de miles de pequeñas molestias que les obligue a olvidar el Paraíso para crear un sistema más justo.

PRIMERO, basta de quejarnos en los bares de que no hay una izquierda que haga frente a todo eso. La izquierda somos nosotros, que no queremos estar en los grandes o pequeños partidos. En primer lugar, porque no estamos de acuerdo con el paquete completo y no queremos pertenecer a una secta.

Pero podemos crear pequeñas asociaciones o participar en ellas. Cada uno con el tiempo que pueda. Yo, por ejemplo, participo de una, Globalízate, que somos unos veintitantos, con un presupuesto anual irrisorio al que contribuimos cada uno con 30 € anuales. Hay quienes trabajan un montón, otros hacen lo que pueden. Yo, una traducción algunas semanas para alimentar de contenidos importantes la actualización semanal de nuestra página web, muy visitada y de la que se hacen eco medios de comunicación. Pero no voy a las acciones ni prácticamente a las reuniones. Nadie me lo echa en cara. Es fácil y me permite contribuir en la medida de mis posibilidades. Una compañera de los blogs, trabaja para SOS Racismo, otra, de los blogs y el taller, da clases a inmigrantes y entiende realidades que pasa a transmitir, otros... Hay miles de posibilidades y cada una de ellas incide en la realidad: hace visible lo que se empeñan en que sea invisible. Si todos los que nos quejamos nos dedicáramos a fortalecer con nuestro trabajo e ideas una pequeña asociación, esta, como le pasa a Globalízate, llega a ser conocida e impacta en la realidad. A vuestro alrededor existen. No las desaprovechéis.

SEGUNDO, hay que votar siempre. Ni siquiera es necesario votar a uno de los grandes para que no salga otro. Votar si se prefiere a partidos diminutos de la izquierda sin la menor posibilidad. Ahora explico por qué. Hay quienes proclaman la abstención como una postura activa. Pero la experiencia dice que les da lo mismo. Aunque vote solo el 50% se sienten legitimados y a la semana exhiben su porcentaje de votos sobre los votos emitidos. 2 millones de abstencionistas no sirven para nada, pero si votan, el partido que gana no lo hace con el 42% (parece siempre que representan al 42% de la población), sino con el 37, 36 o 35%. Y eso ya duele más: gobernar un país con el 35% de los votos sí roe un poco su legitimidad. Probadlo: no cuesta tanto y significa que no dejamos de usar una herramienta mínima de la que disponemos. La abstención la provocan siempre los partidos del Paraíso, porque saben que los suyos no fallarán. Evitemos esa trampa.

Parvulario de verano 10-A. No nos ven

En el campo de la percepción, a veces unas anécdotas transmiten el sentido real. Aquí van dos.

Un amigo ha estado este verano en Latinoamérica. En un bar prestó atención a la conversación de la mesa de al lado. Una mujer joven, de unos cuarenta años, bien vestida, evidentemente venezolana de clase media de las de allí, dijo: “Tenemos que conseguir que Venezuela vuelva a ser un paraíso, donde podamos tener tres criadas”.

Otro amigo que trabaja en una multinacional vivió una restructuración de personal. Una decena de sus compañeros de aquí fueron despedidos, junto con algún centenar de los del resto del mundo. Lo normal. Dos meses después, un alto ejecutivo se mató en un accidente. Todos los empleados recibieron un mensaje en el que, aparte de las condolencias habituales, se hacía referencia a la tristeza por la condición en la que quedaban los hijos de este y se indicaba que se había abierto un fondo para asegurar su educación, fondo al que esperaban que contribuyeran todos los empleados.

En ambos casos, ¿son unos malvados? La señora venezolana, que por lo visto en la Venezuela de ahora no se puede conseguir criadas por la comida y una propinilla, ¿cree que cada una de sus criadas tiene a su vez en su casa otras tres, que les arreglan la casa y les dan masajes en los pies cuando regresan reventadas? ¿Y así una cadena de servidumbre de tres en tres? Y los ejecutivos que se apiadan de los pobres hijos del accidentado, ¿no saben que los despedidos tienen hijos que se verán gravemente afectados por la pérdida de trabajo de su padre o su madre?

No. No son malvados. No duermen mal. Simplemente: no existimos. No nos ven. No conocen nuestra existencia. Somos actores de reparto, instrumentos. Proletarios en el sentido histórico de la palabra: nos reproducimos para que haya el número suficiente de instrumentos. Todo lo más, formamos parte de estadísticas diversas, siempre en conjunto. Porcentajes de empleados, de desempleados, coste global del trabajo, coste de los servicios sociales y asistenciales. Y para manejar a esos conjuntos, dado que en las democracias todos podrían votar y se les acabaría el Paraíso, proveen de fondos suficientes a medios de comunicación que bombardean a las mentes de los proletarios; poco educadas, por cierto, que ya se han encargado de ello.

domingo 30 de agosto de 2009

Parvulario de verano 9. La kerkaporta y el imbécil

Este texto es una puntualización, no una retractación. Por pura necesidad más que por vocación o capacidad, tuve que formar a dos o tres personas, parcial o totalmente, sobre la vida. A lo mejor exagero y no fueron tantas; quizá me quede corto. Tuve que hacerlo, como dije, sin estar preparado. Un amigo me decía el otro día que, a partir de los 50 años, al leer a Marco Aurelio te das cuenta de que tú mismo ya has pensado eso. Esa es la edad en la que empiezas a tener capacidad; pero sigues sin vocación y, desde luego, ya no hay necesidad. Así que para qué.

El caso es que como educador insistía mucho en que no hay que pensar nunca que tu enemigo, social o personal, es imbécil. Para ser tu enemigo y cabrearte tiene que tener algo importante, que le permite ocupar el espacio desde donde te cabrea. Si piensas que es imbécil, eres tú el que acabas siéndolo, mientras él se aferra todavía más a su posición de ventaja. Para derrotar a un enemigo hay que estudiarlo, buscar puntos débiles, pero sobre todo conocer sus puntos fuertes. Ese era, en resumen, la teoría que transmitía.

Ahora, como libro para el metro, leo Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Sweig. El segundo capítulo está dedicado a la caída de Bizancio, donde el Imperio Romano de Oriente resiste mil años después de que hubiera caído el de Occidente. Políticamente, las condiciones están maduras para que las potencias occidentales no le ayuden a resistir. Personalmente, Mehmet, que pasa a ser Sultán a la muerte de su padre Murat, llevaba años dedicado al estudio de cómo podría tomar Bizancio. Estratégicamente, solo la murallas ciclópeas que construyó Teodosio y que mantuvieron y mejoraron los emperadores posteriores defiende la ciudad.

Mehmet contrata al mejor constructor de cañones, que fabrica un prototipo del cañón más grande que se había hecho nunca. Demostrada su eficacia, hace del mismo molde 20 o 30 más. Miles de trabajadores y centenares de bueyes dedican dos meses a arrastrarlos sobre rodillos de madera hasta ponerlos en posición.

Necesita después llevar su flota hasta la garganta profunda del Cuerno de Oro. Llevarla por mar es imposible, porque a la entrada está la ciudad genovesa de Galata, a la que debe neutralidad y no puede romperla en ese momento. Manda construir cilindros de madera y los barcos salen del mar, cruzan la lengua de tierra montañosa y llegan a donde él quería. Los bizantinos ven horrorizados cómo de la nada surge una flota que amenaza la parte que creían protegida.

Para no alargarme, llega el momento de los preparativos del ataque. Mehmet recorre los campamentos montado a caballo y prometiendo 3 días de saqueo libre a los que tomen la ciudad. Su botín es la ciudad. Que los guerreros que sobrevivan se enriquezcan, para que sus deseos de luchar aumenten.

A la una de la madrugada, el Sultán da la orden de asalto. En su plan de ataque, primero se abalanzan los bashi-bazuks. Semidesnudos e inexpertos, son sacrificados en el plan de ataque con el único fin de fatigar al enemigo sitiado. Tras ellos están las tropas principales, que les obligan a volver una y otra vez a sacrificar su vida para fatigar al enemigo, vestido con cotas de malla y armas pesadas que hunden en la carne de los atacantes desnudos.

Dos horas después, al clarear, atacan los anatolios y el combate ya es peligroso. Pero a pesar de que están descansados, de que van con cota de malla y buenas armas, y de que son más numerosos, son rechazados.

El Sultán tiene que utilizar a los jenízaros, la tropa de élite formada por 12.000 jóvenes entusiastas y bien formados, a la cabeza de los cuáles se pone él mismo. Pero los sitiados resisten en las murallas golpeadas, pero no derribadas, por los grandes cañones.

Y ahora sucede lo no esperado. Dos atacantes, que deambulan entre la segunda y la tercera muralla, se apoyan fatigados en la kerkaporta. Una puerta pequeña para el paso de vendedores antes de que se hayan abierto las grandes. La pequeña puerta cede, porque no estaba cerrada. Temen que sea una trampa, pero la cruzan con cuidado y descubren que no. Salen a llamar a sus compañeros y, en un grupo grande, la cruzan y comienzan a disparar a los defensores por detrás. Inmediatamente, un grito recorre las murallas: la ciudad ha sido tomada. Los defensores abandonan la lucha y la ciudad es tomada de verdad.

Bizancio estuvo a punto de mantenerse. La historia del mundo habría cambiado. Pero a pesar del trabajo de todos durante tantos siglos, de la defensa que diezmó a los defensores, un imbécil no cumplió su cometido: cerrar una pequeña puerta. Y se produjo su caída. A lo mejor había muerto, pero el imbécil de su jefe inmediato no se aseguró de que hubiera alguien que la cerrara.

Por tanto, no me retracto de mi teoría. El enemigo es poderoso e inteligente. No puedes enfrentarte a él creyendo otra cosa. Pero entre el enemigo, hay imbéciles. En lo peor del enfrentamiento, hay que vigilar siempre los posibles actos de un imbécil para convertirlos en una ventaja para ti. Te pueden facilitar la victoria. Y por supuesto, vigilar siempre a tus imbéciles.

sábado 29 de agosto de 2009

Parvulario de verano 8. Aviso a parvularia

El domingo 20 de septiembre termina el verano de 2009 y nunca, pero nunca, más volveremos a vivirlo. [Esto último es una mentira podrida, porque el tiempo es una cosa muy personal. Como dice Ángel González: «Ayer fue miércoles toda la mañana. // Por la tarde cambió: // se puso casi lunes, // la tristeza invadió los corazones.»].

Me gustaría celebrarlo y cerrar el parvulario poniendo un pequeño texto de cada uno de vosotros. Libertad para hacerlo o no. Tema y formato libre. Mi mail en mi perfil.

domingo 23 de agosto de 2009

Parvulario de verano 7. ¡Pierre Michon despega!

Babelia le dedica una larga entrevista con motivo de la traducción de un libro al español, el segundo que escribió y la quinta traducción que aparece. Merece la pena leerla, porque es un escritor de culto que tiene mucho que decirnos, enseñarnos y emocionarnos. Considerémoslo una tarea de libre cumplimiento (como la de leer a Robertson Davies). Para leer la entrevista de El País, basta con hacer clic en La embriaguez de la escritura.


Se dice mucho que es un escritor de culto. Desde luego para mí lo es. De hecho, en octubre de 2007 le dediqué la entrada 100. Y creo que he hablado de él alguna que otra vez. Para leer esa entrada, haced clic en Entrada 100: los vivos y Pierre Michon.

Ojalá, con esta entrevista de El País en las primeras páginas de Babelia pase a ser un autor más leído y más comprado. Así se podrá traducir el resto de sus obras. Ojalá encarguen algunas de ellas a María Teresa Gallego. En todo caso, un libro más de este autor es siempre motivo de celebración.

sábado 22 de agosto de 2009

Parvulario de verano 6. Robertson Davies


He leído su Trilogía de Deptford y podría escribir sobre el esplendor de su escritura. Ha sido uno descubrimiento de esos que por suerte se dan alguna vez. Concedeos el privilegio de sumergiros en esta trilogía; es la única que está traducida entera. Y en Wikipedia y la red podréis saber más de él.

Pero no es por eso que lo pongo. Un parvulario tiene que ver con la educación y en el segundo volumen, Pargetter, su profesor en Oxford, le dice al protagonista una frase que creo que es una crítica demoledora del sistema educativo moderno, basado en la especialización. He visto como un rayo que gran parte de los males que tenemos se deben no a la educación (eso ya lo sabíamos todos), sino a la educación formal especializada desconectada de la sociedad y la cultura.

Esta es la frase, que está en la página 285 del segundo volumen, Mantícora:

«"Si la práctica de la profesión es todo lo que se le enseña, la práctica de la profesión será también lo que nunca llegue a saber", decía citando a Blackstone. Así pues leí mucho de historia, ya que en mis tiempos mozos le había cogido el gusto gracias a Ramsay, y leí unos cuantos grandes clásicos, los que han conformado la mentalidad de los hombres desde hace generaciones, y de los cuales no he conseguido retener más que la vaga sensación de lo largos que eran y de lo listos que tenían que ser quienes de veras los apreciaran. Lo que más me gustaba era la poesía, y leí mucha.»


[Gemma ha puesto en su comentario un vínculo a un artículo de Garía Montero que me parece muy interesante leer: lo podéis leer haciendo clic en Teoría impertinente de la literarura.]

Parvulario de verano 5. Límites del amor por Internet

Hoy me pasé por donde Crescencio, mi librero de segunda mano y amigo. Los sábados abre un puesto en un mercadillo de libros, discos antiguos y algo de artesanía en la Plaza Dos de Mayo.

Crescencio tiene una lista de libros que quiero sin prisa. Antes o después aparece uno en una de las bibliotecas que compra y me lo aparta. Cuando tengo prisa, me lo busca por las librerías de viejo de toda España y me lo compra. Es un método necesario, porque hay libros de venta no afortunada, pero gran valor en sí mismos, que desaparecen del mercado. Hoy, por ejemplo, tenía uno.

También me guarda y cuenta historias que recoge estando en la calle. Hoy me habló de un cliente joven, de unos treinta y cinco años, que solo busca y compra relatos. Le dijo que se iba de vacaciones a Nueva York. Al volver, le contó que la primera noche tenía una cita a ciegas con una amiga de una amiga de aquí y que fue un amor a primera vista. Loco, absoluto. Ni usó el hotel que había contratado.

Ahora están enamorados y demasiado lejos. Crescencio le dijo que, al menos, ahora Internet permitía mucha comunicación.

Cierto, contestó el cliente y supongo que también amigo de Crescencio. Pero en las conversaciones amorosas los silencios son muy importantes. ¿Cómo se usa el silencio en Internet?

sábado 15 de agosto de 2009

Parvulario de verano 4. Viajes

En esto soy el raro y me voy a dar la oportunidad de explicarme. Por qué no me gusta viajar. Luego, si queréis, me crucificáis por lo que me pierdo, aunque será mejor enfocarlo por lo positivo: que habléis de lo que es viajar, eso tan bueno, para vosotros.

Si nos vamos atrás-atrás, recuerdo que con unos 14 años le comenté a mi madre que muchas noches tenía un sueño angustioso en el que perdía un tren y corría por las vías hasta la siguiente estación, que estaba a punto de pillarlo pero se ponía otra vez en marcha. ¿Sabes lo que es eso?, me dijo, que cuando todavía no andabas mi madre enfermó en Madrid y tuve que hacer un viaje urgente, llevándote conmigo. En una de las largas paradas, bajé llevándote en brazos para comprar algo de comer y perdimos el tren. Fue angustioso y tú debiste captarlo.

Mano de santo. Fue oír aquello y no volver a tener el sueño. Pero el mar rollo de los viajes siguió. Que siempre, cuando llego, me encante lo que encuentro no elimina la terrible inseguridad y angustia previajera.

Además, a poco que me dejen, me las arreglo para embrollarlo todo. Es más, L, mi compañera, que es una excelente viajera profesional, cuando viaja conmigo ayuda todo lo que puede a mantener mi maldición del bebé perdido con su madre en una estación provinciana de tren. Como ejemplo, una relación sucinta del viaje de Madrid al pueblo de montaña de León. Los presumidos dicen que lo hacen en tres horas (no les creo). Yo lo hago en cuatro porque nunca paso de los ecológicos 120 por hora, salvo cuando me despisto y sin darme cuenta voy a más de 140 y piso el freno (¿alguno de esos momentos habrá coincidido con un radar y, además de ser lento, me multarán por exceso de velocidad?) Para saber si es la guinda del pastel habrá que esperar.

A las 08:15 del sábado pasado voy al aparcamiento, donde tengo el coche como lo han dejado L y una amiga tras una visita a Ikea. Imposible ver nada por el retrovisor interior del coche. Pero me parece bien, porque el mobiliario de la casa es de 1920 y tenía ganas de contar con sillones cómodos con lámpara de lectura.

A las 08:30 la recojo en el portal y, con más fuerza que maña, remetemos el pequeño equipaje entre las cajas. En la esquina de arriba, cuando he de girar, me dice que se olvidó de las llaves de la casa. “¿Vuelvo?”. “No, mi madre tiene copias”. Ya nos hemos alejado lo suficiente para que se dé cuenta de una cosa. “¿Y si no está cuando lleguemos?”. O sea, vuelvo; pero de más lejos.

A las 08:45, estamos en el portal de casa, con las llaves, y marchamos contentos y felices. ¡Ay! El quiosco de siempre que viajamos está cerrado por vacaciones. Ya en Princesa, solo encuentro uno lateral que me aparta del camino y me obligará a dar un rodeo. Pero no me voy de Madrid un sábado sin “mi” Babelia. ¿Sabéis que los tengo desde el número 1, encuadernados?

A las 09:00 tomamos la carretera que deberíamos haber tomado más de 20 minutos antes. Nada más terminar la autopista le pregunto si quiere tomar café en un sitio que está bien. Me dice que no y tomo la primera curva, pegando un frenazo en 50 metros y deseando que el de atrás sepa frenar, porque se ha producido un accidente de dos coches con vueltas de campana. En lugar de tomar café, esperamos paseando por la autovía a que todo se arregle. Ahora sí quiere tomar café. Paro en el primero que hay para que desayune; pero yo, desde luego, no quiero tomar café.

Volvemos al coche y 40 kilómetros después le digo que me estoy durmiendo. ¡Ahora! sí quiero tomar café. Así que paramos. Habréis visto que no nos tomamos casi nada a mal. Paramos en cuanto uno quiera: qué más da llegar más tarde.

Parece que ahora va a ir todo a las mil maravillas hasta el pueblo. Pero el exceso de confianza es malo. Veo que un dibujito del coche me indica que hay alguna puerta abierta. Como es un coche de gama baja, me dice que hay puerta abierta, pero no indica cuál: en los más caros te lo avisa con precisión. Yo creo que hacen todos los coches igual de buenos y les van quitando cosas conforme el precio va bajando. Empiezo a despotricar de la carga que llevamos y de que seguro que la colocó mal y una de las puertas de atrás no estuvo bien cerrada (por una rotura de una vértebra lumbar, no cargo con algo más pesado que una bandeja de pasteles y es L la que se ocupa de esas cosas). Como me conoce, aguanta con dignidad (o sea, sin oírme mucho) la diatriba. Parar en el arcén a recargar es peligroso, así que seguimos a baja velocidad hasta encontrar un punto adecuado.

Un coche me adelanta, me pita y señala una puerta abierta: ¡la mía!, que cerré mal al salir del café. Para esto el arcén sirve. Así que lo arreglo. Los siguientes 10 minutos de silencio de L me resultan humillantes.

Dado cómo iba el viaje, no parecía el mejor día para buscar una ruta alternativa. Desde luego, ninguna persona sensata lo plantearía. Nosotros sí. Con buenos mapas en la mano, L lo prepara todo muy bien. Solo me dice que le preste mucha atención en los últimos 2 kilómetros, que son los liosos para llegar antes y mejor a la carretera comarcal que lleva directa al pueblo.

Todo está preparado. Y va funcionando bien. Pero al entrar en esos dos kilómetros llenos de rotondas que la primera no la coges, la segunda sí y luego hay otra que... ¡Suena el móvil de L! Su madre está preocupada porque tendríamos que haber llegado hace mucho. Es más fácil desatenderme a mí que cortar a su madre en 100 metros. Me ocupo de todo y con sonrisa de triunfo le digo: “¡No ha sido tan difícil! Estamos en la nacional XXX que nos lleva a la comarcal YYY. Todo resuelto”.

Pierdo la tranquilidad al darme cuenta de un detalle. Me deslumbra el sol, que en la dirección correcta debería darme por detrás.

No hay nada que no se pueda arreglar y al final llegamos. Eso sí, sin tiempo para tomar unos vinos antes de comer.