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sábado, 5 de diciembre de 2009

Qué noche que se abrió y no se ha cerrado


Homenaje a Zarzalejo

La cocina es el centro del universo si tu mundo es apenas lo que ves y oyes, si fuera de ese límite no contiene más certezas que las fantasías descabelladas. Los dormitorios son, entonces, lugares donde retirarte a dormir, enfrentarte a lo oscuro y vivir las indecencias; como la del miedo al afuera, donde tantas cosas desconocidas, incomprensibles, te pueden dañar. La cocina tiene una ventana enrejada que da a un patio con una pequeña huerta y muchos cachivaches amontonados. En la cocina se está caliente, huele bien. Por la cocina entra de fuera lo que es aceptado. La novela después de comer que oye madre, donde cuentan tan bien las historias; mejor que los viejos, que da tanto gusto oírlos en la plaza cuando, a fuerza de repetirla, atan la memoria del universo. Y el partido del domingo que padre oye conmigo a su lado y lo vivimos como derrotas y glorias militares tan intensas como las que cuentan los viejos.
En la cocina había hablado varias veces de que un día me iría a la ciudad, donde para un hombre joven siempre hay trabajo. Allí le dije una noche a madre que ese domingo me iría en el tren que pasa cuando amanece. No volvimos a a hablar de eso, pero cerca del amanecer, ese domingo, estaba madre en la cocina para hacerme el café.

—Llévate esto —me dijo al entregarme una bolsa blanca de plástico con algo dentro—. Los hombres no tenéis el gusto de quedaros en un sitio, vais de aquí para allá andando siempre hacia otra parte, por eso necesitáis una bufanda y unos calcetines gruesos de lana. Para protegeros del frío.
Lo metí en mi bolsa, suponiendo que se lo habría dejado olvidado él, la última vez; o la penúltima, o alguna de las anteriores. De eso hacía mucho tiempo. La última que lo vi, yo era todavía un niño que no había hecho la primera comunión. Supe que después había estado más veces, pero llegaba cuando estaba dormido y se marchaba en el tren del domingo, que pasa por el pueblo antes de amanecer. Sabía que había estado porque a la mañana siguiente, en la mesa de la cocina, encontraba un tebeo medio sucio y arrugado de Supermán o de Vidas Ejemplares o de Hazañas bélicas. Las más de las veces encontraba, sujetado con una goma elástica, un mazo de cromos de distintas colecciones, con fotos de jugadores de fútbol de varias temporadas anteriores, de ciclistas, de una naturaleza que no se veía en el pueblo o de la película de la guerra de Corea, que repetían el tono verdoso, la jungla ocupando el color de los soldados, que tanto me había gustado en el cine que ponían en el salón de la parroquia un domingo al mes. Hasta había cromos de colecciones de chicas. Me gustaba esa variedad y valoraba cada mazo por lo grueso que era. Los llevaba en el bolsillo, cada uno con su goma, y recordaba el día en que había encontrado cada uno junto al sitio de la mesa de la cocina donde yo desayunaba; cerca del fogón, que se estaba más calentito.
Una vez, me dejó un trompo de madera, pero sin cordel. Enfadado del olvido, que me hacía de menos, como si no pensara bien en mí, lo lancé contra unos pájaros y cayó en el prado del vecino. No salté la valla para recuperarlo.
Tiempo después, mi madre empezó a tener seca la mirada y ya no volví a encontrar más regalos. De todas formas, nunca hablamos de él. Ni cuando venía oculto en la noche ni cuando dejó de venir.
—Verás que hay días buenos, en los que tengas dinero para tabaco, para vino y hasta para coñac —me dijo mi madre despidiéndome en la puerta.

Del cambio de las estaciones, me gustaban los primeros fríos; para ponerme la bufanda, los calcetines gruesos, y caminar sintiéndome protegido. Caminar es el privilegio de los hombres.
Un amanecer vi una chica morena y muy menuda, que tiritaba. Le puse la bufanda al cuello, me regaló una sonrisa y se marchó.
Viví con una mujer rubia de carne tan suave como no había conocido. Cuando la abrazaba en la cama, su cuerpo se encendía, pero con la costumbre se le empezaron a quedar fríos los pies. Le ponía los calcetines y nos dormíamos. Llegó un momento en el que por mucho que me esforzara, un día si y uno no el frío le subía por las pantorrillas, que las tenía como las de esas corredoras africanas que saltaban vallas en la televisión. Su manera de mirarme se fue haciendo menos dulce y un día me marché, sin avisarla.
Con el frío que da no tener bufanda ni calcetines gruesos de lana, cambié el ser, que decía mi patrón, me volví un informal, por lo que ya no me daba trabajo todos los días. Al buscar en los bolsillos, un día ví que ya no tenía dinero grande para coñac, y dejé de beber coñac. Cuando ya no me quedaba dinero mediano para vino, dejé de beber vino. Cuando me quedé sin dinero pequeño para tabaco, dejé de fumar.

Ahora que parece que me han despojado de todo, camino por la ciudad entera, todas las calles son mías, y en este momento estoy en un banco de un parque. Y ha sucedido algo. El miedo a lo de fuera, la falta de comprensión que nublaba lo que veía, ha desaparecido. El despojamiento ha dado paso al descubrimiento. Se ha ensanchando el Universo y es mío ahora que todo es de sí mismo, no como lo veo yo. Las cosas, las personas, las hojas y la luz que reflejan y dejan pasar las veo como son. He recordado un año que el equipo de padre, que tenía muy malos resultados, a mitad del invierno se encontró a sí mismo y empezó a ganar todos los partidos. Padre estaba feliz. Por la radio dieron los tres últimos partidos, que ganó y se convirtió en campeón. Estaba tan feliz que mojaba pan en su vino y me lo daba. Recuerda, me dijo, cuando las cosas van mal a veces es necesario que vayan totalmente mal; solo así podrás entender quién eres y empezar a ganar. Lo recordé ahora, que ya solo tenía el aire para respirar. Al ver las cosas como son, lo comprendí todo: lo mío y lo de fuera. Si en este momento pasara padre, me levantaría, le daría un gran abrazo y le diría que ya entiendo lo que hizo. Si en estos momentos pasara madre, me levantaría, le daría un gran abrazo y le preguntaría si entiende ya por qué hice lo que hice.
Ahora sabré ser formal lo justo para encontrar en mi bolsillo dinero pequeño, y volver a fumar tabaco; dinero mediano, y volver a beber vino. Pero cuando tenga en mi bolsillo el primer billete grande, lo primero que haré será ir a comprarme para el cuello un pañuelo de seda de colores muy vivos.