domingo, 24 de abril de 2011

El escalón Quince de Verónica y Nano


Y todo sigue y se retoma y continúa; pero los procesos permenencen. Para ver la imagen con el texto, hay que ir al blog de Verónica Leonetti: exactamente AQUÍ. Y para dejar un comentario, también ahí.

jueves, 14 de abril de 2011

Encuentros en la Cuarta Fase

Infancia, Juventud, Vida Adulta, Liberación y Preparación para el Fin de Emisión. Las cinco fases de la vida según el marco temporal imaginario que me he creado. Había decidido no tocar este tema, pero al final lo tengo que ir filtrando de uno en uno a todos mis amigos y conocidos; y eso aburre bastante: repetir lo mismo.

Los hechos son: estaba aburrido de mi trabajo y propuse llegar a un acuerdo. Entretanto, la sede de mi multinacional pidió despidos en el mundo mundial. Estos despidos, los paga la central, no son un coste para las sedes locales. Tengo jugosos pensamientos sobre estas prácticas, pero esos me los guardo para mí y para hablar con una cerveza en la mano. Estamos en los hechos. Hemos “caído” varios de los de más años en la empresa (tiene su lógica si se pretende eliminar gastos fijos). Y a mí, bien por eso, bien porque me estaba volviendo un inútil parásito, bien por hacerme un favor después de todos los esfuerzos hechos durante años, bien por mi peligrosa tendencia a romperme huesos de la columna vertebral y tener bajas prolongadas o bien por cualquier otra razón, me metieron en el lote.

Comprendo que a mis compañeros caídos de 55 años les han metido en una situación dura, pero yo estaba a 25 meses de la jubilación. Indemnización total, sin acuerdos, 24 meses de paro (que cotiza por el mismo nivel que cotizabas en el trabajo) y la jubilación, personalmente es un “premio”. Una manera cómoda de no “tener” que trabajar en la vida. Salvo desgracias, de las que nunca se está libre. Porque nunca he creído en la “seguridad”: basta un repasito a la Historia para saber que es un presupuesto falso. Eso no quita que de momento me haya quedado en una situación realmente “cómoda”.

Es decir, entro en la Cuarta Fase: un cacharro viejo y rojo. Así que, después de casi un mes dando tumbos mentales, porque lo mismo te sientes contentísimo que te da vértigo haber cambiado de fase, la quietud ha venido a mí y me he hecho unas cuantas promesas.

Y es que voy a cumplir 63 años en unos días. Desde aquí me parece que han pasado vertiginosamente. Y es bastante dudoso que cumpla otros 63. Así que es mejor aclarar bien las cosas.

Prometo ser un irresponsable. Ya lo fui en la juventud, tanto que tres tipos de muerte que mataron a algunos amigos me rondaban. Pero apareció MiaLola y me salvó de las tres. Lo hizo, además, dejándome que siguiera “jugando”, sin pronunciar un NO. Nos acostumbramos a estar juntos y hasta tuvimos un hijo. Entré en la Vida Adulta y acepté todas mis responsabilidades: hacer todo lo que tienes que hacer para pagar las cuentas; no recoger un pequeño bolso con las escasas pertenencias y desaparecer; dedicar la mayor parte del tiempo a eso. El Ser, la aventura de la vida, quedó bastante fuera (supongo que sabéis de lo que os hablo).

Ahora eso se acabó. Vuelvo a ser un irresponsable, no del modo nihilista de la juventud, pero irresponsable. Voy a dejarme llevar por el azar; leer mucho, despacio y tomando notas cuando me interese: pereza fuera; caminar sin rumbo, dejándome atraer por lo que me llame, ya sea un desconchón en un muro o una sinfonía; volver a frecuentar los teatros, cines, exposiciones, las tertulias, las conversaciones a piel quitada: todo lo que una vida laboral y las energías propias a la edad me impedían hacer.

Prometo comprometerme con mi pareja y amigos que permanecen en la Tercera Fase. Entenderlos, mimarlos, no decir “ahí te pudras” porque el cansancio de la vida de trabajo no me permitía otra cosa. Com-promiso viene a significa con-promesa.

Prometo defender mi deseo de leer y estudiar un mínimo de seis horas. No hay trato posible que me quite esa “condición imprescindible”; y de esas 6 para arriba.

Prometo no aceptar un “no” irrazonable si no se discute y me convencen. Tengo tiempo para discutir continuadamente. Y volver a discutir.

Prometo decir “no” a lo que ponga en peligro las condiciones anteriores. He abierto las puertas a lo múltiple de la vida y no voy a cerrarla por responsabilidades inventadas, si no proceden de las necesidades del amor. Y a decir "no" a muchas de las servidumbres de la vida. Ya no hay nada en lo que tenga que avanzar salvo en mí mismo.

Prometo buscar la transparencia. Del modo que la define Jesús Aguado:

«La transparencia es una cualidad de la inteligencia y también del amor. Además, es una de las características de la confianza en el presente: cuando uno se asoma por una ventana ve lo que ve (una familia cenando, un gato paseándose por la balaustrada, una cortina naranja con lunares blancos, unos periódicos en el suelo) pero no ve lo que fue ni lo que será. Por eso la transparencia nunca puede ser utilizada como testigo de cargo en los juicios al pasado o al futuro. La transparencia habla del ahora, del momento actual, de los instantes que aún no se han desvanecido de la retina o las yemas de los dedos»

Y en esas estoy, como un niño con zapatos nuevos; como un joven con zapatos atractivos; como un adulto con zapatos cómodos. Dispuesto a dedicar tiempo a conmoverme y a asombrarme.

Esto es un trato.

Antes solía celebrar mis cumpleaños con un poemilla ad hoc. Me parece bien repetir el que puse cuando los 59.


A mí mismo

No has sido salvado para vivir

poco tiempo te queda, da tu testimonio.

ZBIGNIEW HERBERT


Llegarás como mucho a un epitafio.

Una desgana

de quedarte en los huesos;

un ansia

de ser polvo

(más duro de roer).

Centrifugar antes el yo no es mala idea.

No dejar nada al final

a la pelea del diablo y de san pedro.

Que no haya última sustancia

allí donde la carne sea una instancia

para el fuego.

 

sábado, 2 de abril de 2011

Ejercicio de taller. Tema: relato intimista del sexo contrario a quien escribe



La nuca




Veo en tu nuca el espigón que corta el horizonte de tu infancia.

Del texto de Lara Moreno en el

libro Mujeres que sueñan





Lo veo dormir; tan pausado, le oigo cómo duerme. Le miro la nuca. Me gusta tanto mirar la nuca de un cuello potente de un hombre, su piel recia, morena. La suavidad de la nuca de las mujeres de cuello largo y muy blanco, con el pelo recogido arriba, me produce una rara excitación; porque no tiene ningún componente sexual. La de mi hombre dormido, luego inocente e indefenso, me da paz. Entiendo aquí por paz la ausencia absoluta de tensión. Su sueño se ha hecho profundo, mientras yo encendía y apagaba varias veces la luz de la mesilla, retomando y abandonando otras tantas el libro de la noche; o iba a la cocina para beber agua y dos veces para hacerme y tomarme una infusión, fumando un cigarrillo; otras dos veces a hacer pis, fumando otra vez. Es tan placentero ir a hacer pis, encender un cigarrillo y quedarte sentada en un silencio tan absoluto que a veces escuchas el crepitar de una hebra de tabaco al quemarse. Regresar a la cama, tras lavarte la boca para que él no tosa y se despierte; y retomar el libro porque sabes que no es la hora de dormirte. Todavía no. Los mil nudos del cuerpo se han ido aflojando pero todavía es imposible tirar de ese cordel que los deshace todos y caer en el sueño.

Porque la cuestión, una de las muchas cuestiones que no son más que facetas distintas de la única, cada una con su brillo y su tono, es que él duerme fácilmente. Le es tan fácil como cenar en la sala, llevar luego los platos a la cocina y fregarlos. Cada espacio para su acción. Así de fácil. Yo, en cambio, esa es la otra cara de la cuestión, la mía, no puedo dormirme hasta que me haya perdonado el día, se lo haya perdonado a él y al mundo. Y el proceso no es fácil. No duermo, aunque mañana me caiga de sueño y use la irritabilidad para mantenerme en pie.

Eso sucederá mañana. Ahora he vuelto a refugiarme en el baño, sentada en el váter pero sin hacer pis, apenas iluminada por el foco lejano del pasillo. Alejarme de esa nuca en paz por la que me siento inclinada a perdonarle todo. A este mi tercer hombre de verdad, el mejor de todos, el que está dispuesto a cualquier cosa para hacerme feliz pero puede dormir tranquilamente sin entregarme a mí el don del sueño tranquilo. Pienso en una historia que me contaron, de una poeta rusa, creo que Anna Ajmátova. Desdichada en el sentido raíz de la palabra, cuando te han quitado la dicha que llegaste a conocer. Lo he recordado ahora porque su marido, también poeta, estaba en un penal soviético en el que a veces el soldado que iba detrás de ti te pegaba un tiro en la nuca y morías sin el miedo de que ibas a morir, casi como si la pistola fuera una madre. Y Anna estaba haciendo cola para poder ver a su marido, cuando la mujer de atrás en la cola le preguntó que si ella era la poeta Ajmátova, y al responderla que sí le dijo: “tienes que contar todo esto”. Me emociona ese pacto entre mujeres tan perdidas que se dormían con el hambre y se despertaban con el dolor. Mientras que yo, aquí, estoy sola en el váter y no tengo a quién contarlo. No sé cómo contarlo. Ni tengo valor para acostarme y dejar que el sueño me venza mirando su nuca, que adoro.

¿Qué mujer me ha preguntado nada? ¿A quién le digo que para mí el tiempo es una continuidad, pero para él son cajas que se abren y se cierran: ahora el momento de divertirnos, ahora el de comer, ahora el de besarnos, ahora no es el momento de saber por qué la factura del gas se come una parte cada vez mayor de nuestros sueldos? No puedo vivir esperando que sea el tiempo designado a los besos, haciendo mal en preocuparme, durante la noche, de cómo solucionar los pequeños problemas, abriendo la caja adecuada al momento. Por eso no duermo, porque tengo mil vías de conversación abiertas y de actos iniciados que nunca se clausuran, nunca es el momento. No puedo abrir y cerrar de nuevo las cajas sin que se me abran mil vías por las que me vierto hacia fuera y me pierdo.

No sé si tengo la obligación de contarlo. Si debo mirarle la nuca en paz y abrazarme a él, sin que él lo note, hasta quedarme dormida. O si debe ser como una madre piadosa y dispararle en la nuca el tiro de un adiós sin explicaciones.