jueves, 17 de marzo de 2011

Ejercicio de Taller: Fobias



Por los pelos
Conforme las copas se iban sucediendo, Juan empezó a sentir que su idea se tambaleaba. Ignacio sentía eso tan infrecuente de que el mundo cobra sentido, que los planetas hacen música, que la casualidad te pone delante, con ganas de ayudarte, a quien te puede ayudar. Es más fácil que pase cuando las luces necesarias caen sobre una barra de buena madera, creando un dorado añejo, dulce; peligroso cuando estás solo ante el efecto de luz, lamentando un pasado cuya puerta se cerró; pero cuando se comparte una conversación que nos afecta, ese dorado es el cemento que une lo que es muy difícil separar.
La compañía en la que los dos trabajaban se aferraba a la retórica, ya anticuada, del “up or out”. Cualquiera que tuviera una mínima capacidad de gestión debía pasar por ese rito, esa valoración de un jurado perteneciente a los grupos jerárquicamente dispuestos de tres o cuatro niveles superiores. Cuatro del siguiente, tres de los dos superiores, dos del tercer nivel y uno, que hacía de presidente, del cuarto nivel más alto. Juan era uno del grupo de dos e Ignacio sería el evaluado. Todos estaban de acuerdo, en alguna de esas noches que habían bebido con algún compañero hasta la hora de volver a casa, ducharse, cambiarse de ropa e ir al trabajo, en que era un método tan estúpido como cualquier otro; que por una parte les destrozaba periódicamente y perdían a hombres de gran valor, en un extremo; que les mantenía en una tensión que no les permitía relajarse, en el otro.
Ignacio se había sentido feliz de que Juan le hubiera invitado a cenar esa noche. Cualquier valoración de los tres de arriba, en uno u otro sentido, tenía el significado determinante. Al menos, eso significaba que Juan creía en él, que quería asegurarse. No se hubiera preocupado de invitarle de tener una posición en contra. Aunque se mantuvo a la defensiva, racional y alerta durante la cena, su resistencia fue cayendo copa a copa en la laguna de dorado añejo de la barra de aquel bar de lujo, con música de un pianista de verdad, tan suavizadas todas las aristas que no era posible escuchar las conversaciones que se producían a pocos metros. Todos sabían que su mujer se estaba muriendo, que no podía cumplir al 100% sus obligaciones; pero conocían también lo que se había esforzado para merecer, precisamente ese año, el cambio de nivel. Todos sabían que era cosa de meses, en los que necesitaría atender cada vez más sus asuntos personales, pero que eso tendría un fin y la lógica señalaba que su único resguardo sería encerrarse en el trabajo, darle a la Compañía el 150%.
Precisamente por saber eso, Juan lo había invitado. Juan era un buen hombre, una buena persona, aunque normalmente en la Compañía había dejado a un lado ese aspecto de su personalidad siempre que fue necesario. Entre comer y ser comido, elegía lo primero; pero cuando no se daba esa circunstancia, es decir cuando trataba con subordinados que no hubieran metido la pata, su comportamiento era excelente y los empleados confiaban en él. Hasta eso, que había hecho sin más razón que un impulso, le había valido para subir: la confianza de los empleados se había convertido en un plus adicional.

Ignacio era pelirrojo, lo que para Juan lo convertía en víctima obligada. Pero por su carácter, y por la penosa situación familiar por la que estaba pasando, no quiso basarlo todo en el color del pelo. Quiso saber si realmente iba a ser un acto malvado oponerse a su ascenso, lo que significaba firmar su despido. Con 16 años, cuando murió su padre, el pelirrojo que le había dado palizas brutales tantas veces como regresó borracho a casa, Juan era un pobre adolescente que no creía tener derecho ni a pisar el suelo que lo sostenía.

De inteligencia muy superior a la media, con numerosos valores, bastaba que viera a un hombre pelirrojo para venirse abajo y acabar sentado en el suelo, balbuceando. La psiquiatra que le trató era una mujer brillante. No abusó de la química, en alguien tan joven, sino de la profundización en su problema. Hizo un protocolo de los avances en su caso, con una primera fase que sería la de desconectar los falsos lazos con cualquier pelirrojo con el que se cruzaba pero con el que no tenía nada que ver. Llegó un momento en el que podía subir a un metro o autobús y seguir hasta su destino aunque hubiera en él un pelirrojo.

La segunda fase, la de interactuar con ellos, fue tan complicada que la doctora llegó a determinar que solo la lucha podía salvarle. Ya no era el niño asustado, sino un hombre de recursos: debía enfrentarse a cualquier pelirrojo con el que tuviera trato. Y la fase fue finalmente un éxito. Incluso con Ignacio ejerció su poder, pero las diferencias de jerarquía apenas le dieron ocasión para ello hasta ese momento de la valoración promocional. Esta vez era por algo importante. Dada la situación personal de Ignacio, y que sabía que merecía ascender, le repugnaba derribarlo sin razón. Por eso le invitó a cenar y a beber en exceso: trataba de buscar algo sucio que justificara ante sí mismo cargárselo al día siguiente.

La doctora, que había cortado hacía años la relación terapéutica, por innecesaria, al despedirlo le dijo algo en lo que Juan había puesto su esperanza de llegar a ser un hombre que actuara normalmente, basándose en la razón, aunque con las pequeñas fobias y filias que todos tenemos. Le dijo que, conforme fuera venciendo en sus combates, encontraría su seguridad interior y un día se daría un cuenta de que un pelirrojo podía ser su amigo y su igual; no su antagonista.

Conforme fue pasando la noche, se sintió animado al pensar que ese día había llegado. Cuanto más conocía a Ignacio, más tranquilo y seguro se sentía en su presencia. La solución se estuvo haciendo sólida toda la noche, faltaban uno o dos remaches. Por los pelos, todo se desbarató. Contaba con que esa noche ni siquiera pasarían cada uno por su casa. Faltaba poco más de una hora para la hora de entrada. Ignacio no resistió la tentación de pasar un momento por casa, para darle un beso a su mujer y contarle lo maravillosa que había sido la conversación con Juan. Y este se quedó mirando el reflejo dorado en la barra, pensando que su subordinado le había traicionado al dejarlo allí, dejando enfriar las buenas perspectivas que había ido creando; sin tener en cuenta el esfuerzo que había hecho para no sentir las ganas de retorcerle el cuello como a cualquier pelirrojo. Si siendo un subordinado tan alejado de él, pensó, había faltado a su confianza, ¿qué le podría hacer cuando, muerta la mujer, se entregara en cuerpo y alma a la Compañía y fuera siendo promocionado a la velocidad del rayo?


jueves, 10 de marzo de 2011

El escalón Catorce de Verónica y Nano

En este blog solo se pone la imagen y un enlace a la página del blog de Verónica, donde está el conjunto de imagen y texto. Es decir, para verlo hay que clicar AQUÍ. Solo se puede comentar en el blog de Verónica.

lunes, 7 de marzo de 2011

Ahora que en vez de pelas nos dan palos

Cuando llegan las tormentas, algunos construyen muros, algunos son arrastrados por el viento, otros construyen molinos de viento.

Lao Tzu

jueves, 3 de marzo de 2011

Ejercicio de taller. Tema: una canción

 
 
La reproducción del vídeo de You Tube, por lo visto no era legal y dejó de funcionar (podeís verlo en http://www.youtube.com/watch?v=0FuD3vSxkl4). Espero que la canción de Goear dure más tiempo. ¡Gracias, por el queo, Sir!).
 
 
Cuando ames no preguntes si te aman

Bonma me ponía nervioso. Era un buen compañero, fuerte, animoso, divertido. Muy sociable con todos; pero no pertenecía a ningún grupo. Los grupos se hacían quedando los sábados y domingos; y él siempre tenía algo que hacer. De su familia no hablaba: se limitaba a poner cara de aburrimiento, como si fuera algo tan evidente que no hacía falta comentarlo. Sabíamos que su padre viajaba bastante a Londres, por lo que tenía unos discos increíbles que te prestaba sin problemas. Podía haber sido un filón exótico, porque entonces casi nadie viajaba, pero si le preguntabas a qué se dedicaba, soltaba un uff, un rollo de negocios de esos.
Fuera del Instituto, de lunes a viernes, nada sabíamos de él. A mí me atraía, por su forma de ser y, posiblemente, por su misterio; que tan bien sabía envolver en una capa de vulgaridad. Me pasaba algo parecido con su sociabilidad; pensaba que la usaba para esconder su soledad.
A veces lo encontraba a mi lado al cruzar la puerta de salida por la tarde. Bajábamos juntos las escaleras que salvaban la diferencia de altitud entre el Instituto, sobre un montículo, y el plano en suave pendiente hasta el mar de la ciudad. Algunas tardes, me desviaba yo al llegar a la Plaza de los Luceros; otras, conseguía mantenerme en la conversación hablándome de los discos que tenía, de las revistas con las fotos de los músicos ingleses, y bajaba hasta la Cruz de los Caídos, donde siempre giraba él hacia la derecha por la Avenida de Madrid, donde vivía, con un seco “hasta mañana”. Yo tenía que girar a la izquierda y subir un poco. Algo molesto por la sequedad de su despedida; me parecía como si escapara.
También me inquietaban algunas frases, poco habituales entre chicos de esa edad, como cuando me dijo que yo era tan delgado que le hacía pensar en los músicos de los grupos ingleses. ¿Qué podías contestar a una comparación así, salida de la nada?

Una tarde, cuando ya me esperaba la despedida, me dijo que le acababan de traer el último single de Dave Clark Five, que tocaban la canción Do you love me y era buenísima, aunque la cara B no valía nada. No habría nadie en su casa y podríamos oírlo sin que nos molestasen. Me llevó hasta su habitación, con una ventana a la calle, puso dos bebidas, dejando la botella en una mesa, y colocó la aguja sobre el disco. Inmediatamente quedé sepultado por ese alud de sonido; ahora es difícil hacerse una idea, porque eso ya es habitual, pero podría compararse con la sensación de quien viera por primera vez un cuadro cubista y, aunque no lo entendiera, supiera por instinto que aquello decía algo.
Poníamos la canción una y otra y decenas de veces. Bebíamos y fumábamos sin parar; él, Bisonte, yo Celtas cortos. Bonma sabía inglés y me traducía la canción. ¿Me amas? preguntaba a cada momento. De pronto se levantó y me dijo “bailemos”. Dimos saltos hasta que hizo la broma de cogerme como si fuera una canción de bailar juntos. Le dije que dejara de hacer chorradas y él se bebió el resto de su copa y se puso a mirar por la ventana. Era más bajo que yo, pero más fuerte y ancho. Llevaba una camisa blanca con el cuello abierto, sin corbata, y un chaleco de color verde oscuro. Me quedé mirando su cuello, tostado por el sol. Por un momento me apeteció besarlo y me horroricé. Poco después me fui a casa y sentí algo raro dentro de mí, algo de mí que no me gustaba. Ya no volvimos a encontrarnos nunca en la puerta de salida del Instituto.


viernes, 25 de febrero de 2011

Conversaciones mal conducidas

Me preguntas que si el dolor.
Si no se sale de su sitio es un juego

una cuerda que suena sola sin pulsarla.

Lo que te decía es lo de mirar por la ventana

temiendo que pueda ser ahí fuera donde sucede algo.

lunes, 21 de febrero de 2011

Ejercicio de Taller sobre las otras literaturas


Los Bowles en El cielo protector

Un pastiche à la Pierre Michon

Prueba A: familia suburbana americana de los años 50

Conviene no precipitar las cosas mirando solo lo que es. Ya que pasaremos juntos las próximas horas y ha dado la casualidad de que nos han puesto la película de Bertolucci y luego me ha visto sacar esta biografía ilustrada de ellos, preguntándome sobre la “veracidad” de la película, he seleccionado estas tres fotos y le ruego que se fije bien en la primera, la Prueba A. No crea que no tiene relación. Es una foto de autor desconocido, de los años 50, que parece representar a una familia suburbana. Y digo parece, porque no es una foto de una familia, sino una representación de unos valores de clase media americana: hombres que trabajan en la ciudad, ganan un buen sueldo, regresan a casa en tren y en la estación encuentran el coche y vuelven a la casa, donde son recibidos por la mujer y los hijos, se toman un Martini, cenan un asado y ven la televisión con la familia. Ese el valor a perseguir; muy distinto de la enajenación de la que escribe Cheever en su cuentos sobre estos personajes. Le hablaré de eso si tenemos tiempo.
Los Bowles pertenecen a la clase media alta, de gustos europeos y distinguidos. Dentro de esa clase, son de los que comparten el horror por esos valores con todo tipo de artistas, como la generación Beat. Ellos no iban a vivir en el suburbio rural, sino en algún apartamento de Nueva York. Pero en los restaurantes, los clubs, se encontrarían con las parejas de los suburbios en su salida semanal. Un ambiente asfixiante. Y ahora podrá ver de otra manera, entender mejor, la película El cielo protector que acaban de ponernos. A su pregunta, le diría que sí, que es biográfica; al modo, claro está, en que los escritores se basan en su vida.



Prueba B: Jane Bowles

 ¿Se fija bien? Una joven sofisticada que vivió la bohemia artística de Greenwich Village, Nueva York, donde regresó después de que la familia la enviara a Suiza para que se curara de una tuberculosis, iniciándose en la bisexualidad. Cuando en 1938 se casó con Bowles, ya era así. En el 43 escribió su libro más conocido; no está mal, aunque algunos de los grandes de la literatura norteamericana consideran que ha sido subestimada. Y el en 47 se van a Marruecos y allí se quedan.


¿Que en la película él muere y ella acaba con la mente confusa tras haber amado a un árabe? Lo que se cuenta, son las cosas; lo que no es lo mismo que decir que las cosas sean como se cuentan. Si leyera más y no se basara en las películas vistas en un avión, seguro que esto lo tendría mucho más claro. Mire la Prueba C.



Prueba C: Paul Bowles

¿No le parece que la habitación, la pequeña esquina que se ve, es tan desasistida como aquella en la que muere el protagonista? Y como las fotos no son inocentes, me pregunto si el que muere es el protagonista o es el Paul que llegó a Tánger con Jane como pareja. Piense en ello como una clave de lo desasistido de Paul en esta foto que le hizo Allen Ginsberg, de un Paul que quiere ser visto así, en una de las pobres pero frescas habitaciones de los fuertes del desierto, que quiere lanzar así su grito de “no tuve nada que ver con ese final de Jane”, o que influyó para que en la película fuera así la habitación del que muere. Porque Jane ya había escrito su obra antes de llegar a África; solo añadiría una obra de teatro. Mientras él llegó como músico, pero se convirtió en escritor. ¿No sería ella la abandonada? En aquellos tiempos, Tánger era un centro social occidental, con palacios propiedad de millonarios americanos y europeos en los que se celebraban continuamente fiestas de fastuosidad oriental, a las que los Bowles asistían, él con un sobrio esmoquin, ella elegantemente vestida. No fue donde empezó a beber, traía esa costumbre desde Nueva York, pero fue ahí donde su vitalidad quedó frenada por el alcohol y las amistades intelectuales y artísticas que les visitaban continuamente. No hay culpables, aquí; lo que hay son dos seres que se conocieron libres y fueron lanzados por su destino a vivir libres; no me negará que eso queda claro en la película. Simplemente, ella no se dejó proteger por el cielo solar de Marruecos, un cielo que actuaba más como una capa mineral, y la circulación de la sangre se ralentizó con el alcohol, que le causó un derrame cerebral en el año 57 por el que visitó varias clínicas europeas, con largas estancias en Marruecos, hasta que fue finalmente ingresada en una clínica de Málaga, donde murió en 1973, confusa como la protagonista de la película. No hay culpables de la vida de una escritora que no escribió con un músico que sí escribió. Los últimos años estuvo relacionada con la horrenda, mayor, pobre y fea Cherifa. Hay quienes se extrañan de eso.



Usted no se extrañe. Esas cosas pasan. ¿Acaso no ha oído hablar de la influencia amatoria de la fea haitiana Jeanne Duval sobre Baudelaire, que la llamaba la “amante de amantes” y la “Venus negra”? ¿No? Si quiere le hablo de ella, para pasar el tiempo. Permítame dormir una siestecita primero, mientras dejamos de sobrevolar el mar eterno.

domingo, 13 de febrero de 2011

El escalón Trece de Verónica y Nano



Hace tiempo que no salía ningún escalón y conviene refrescar la memoria. Los cien escalones es un proyecto raro que nació en la Red; históricamente, como las ilustraciones que Verónica Leonetti empezó a hacer de mis textos. Después, se ha producido un "cruce desde la distancia" y no me atrevería a decir cuál es la causa y cuál el efecto. El proyecto sería de muchos años, aunque se dividiría por tramos, como una escalera real. Ahora estamos en el primero.

Poco a poco, hemos ido encontrando el modo de exhibirlo. En este blog solo se pone la imagen y un enlace a la página del blog de Verónica donde está el conjunto de imagen y texto. Es decir, hay que clicar AQUÍ. Otra "costumbre" de la casa es que en estas entradas solo hay acceso a comentarios desde el blog de Verónica.


Pero esta vez hay algo más: dentro de unos días, Verónica y yo nos vamos a conocer, y vosotros podéis hacerlo, acudiendo a este acto:

El próximo sábado 19 de febrero a las 17.00 h. en en el bar-librería Entrelíneas (C/ Gonzalo de Córdoba, 3. Metros Quevedo y Bilbao, Madrid) tendrá lugar la presentación de Cuentos inhumanos (Saco de huesos ediciones).


Tendremos el honor de compartir presentación con el libro de relatos Texturas del miedo, de Ignacio Cid Hermoso.


Allí estaremos José Miguel Vilar-Bou, Ignació Cid Hermoso, José Ignacio Becerril (maestro de ceremonias) y esta servidora.

lunes, 7 de febrero de 2011

Lo que los medios de comunicación no cuentan

Estas cosas pasan. Constantemente. Pero, oye, me alegro de tener un blog y contarla a unos pocos. La he sacado de globalizate.com y sé que es auténtica. Tampoco es tan terrible que algunos se enteren de que pasan y los periódicos nunca las cuenten. Este David no me parece un tipo peligroso:  por cómo lo cuenta, hasta con humor, podría ser yo mismo, pero él debe andar por los 40 años y ser profesor (sabe no acentuar "solo" y poner el signo de puntuación detrás del paréntesis de cierre).

Hay que pararles los pies aunque sea solo con un brazo


David, manifestante apaleado en la manifestación del 27-E en Madrid (07/02/11)

El jueves 27 de Enero se producía una manifestación en Madrid en protesta por el último ataque del gobierno de Zapatero a la clase trabajadora de este país, en este caso además con el apoyo y firma de los sindicatos mayoritarios CC.OO y UGT. El lema hay que pararles los pies abría la manifestación y para saber el porqué del final del título debéis leer el escrito entero.

Aunque la historia se produjo la tarde-noche del jueves, empezaremos el relato por el telediario de TVE del día siguiente. El azar nos condujo a que la noticia sobre las revueltas en Egipto y las revueltas en Madrid de la noche anterior se emitieran seguidamente. En primer lugar la corresponsal en Egipto narraba los sucesos del siguiente modo: “grupos de manifestantes actúan en legítima defensa propia ante la actuación desmesurada de la policía y el ejército”, al final comunican que el número de muertos de la población a lo largo y ancho del país se encuentra alrededor del centenar. (Por cierto, no entiendo como los medios de comunicación españoles con su potencial económico e intelectual, durante años y años no se habían dado cuenta de que existían dictaduras a escasos kilómetros de sus fronteras yéndose habitualmente mucho más lejos a reconocerlas, pero bueno este no es el tema en esta ocasión). Después narraban los hechos de Madrid del siguiente modo: “extremistas, radicales de izquierdas siembran el desorden y destrozan el mobiliario urbano en el centro de Madrid agrediendo a las fuerzas policiales incluso con petardos caseros llenos de clavos con un balance de ocho policías heridos”. Asombroso. Pero sus razones para el diferente tratamiento son de sobra conocidas por nosotros.

La mani comenzó a las 19 horas en atocha y se dirigiría hacia Sol y el Congreso de los Diputados. El ambiente era bastante festivo a la par que reivindicativo a pesar del frío, y la protesta transcurría sin incidentes. Cuando llegamos a la altura de Sevilla los antidisturbios cortaron el paso con la intención de no permitirnos llegar al congreso. Allí con su habitual provocación, lanzaron algunos botes de humo y algunas pelotas de goma para dispersar a lxs manifestantes. El grueso se fue hacia Sol, donde más o menos la gente se fue yendo hacia sus casas, pero parece que la ruptura de la luna de un coche de municipales aumentó la agresividad con la que estaban actuando. Como perros de presa batieron la calle Montera repartiendo a diestro y siniestro (pero nosotrxs debemos estar hechos de otra pasta pues aún sin ir vestidos como robocop, los medios de desinformación confirmaron que entre los heridos no se encontraba nadie de lxs nuestrxs). Mientras todo esto pasaba, Lucía, una amiga y yo nos metimos en una zapatería a esperar que el nuevo escuadrón de antidisturbios municipales pasara. Y ellos pasaron pero en la tienda dejaron una “infiltrada” de unos 20-25 años que dedicaba su tarde al sano consumo de calzado y que tras mostrarme su desprecio y escasa solidaridad hacia la clase trabajadora y hacia la lucha que manteníamos por un futuro más digno y justo de todxs, se lanzaba sobre mí, brindándome una patada y lanzándose sobre mi cuello sin soltarlo ante el estupor de lxs demás. Ahí no quedó la cosa, porque se le ocurrió la gran idea de avisar a los perros hambrientos que volvían sin apenas caza, diciéndoles: “aquí hay uno de esos” “uno que me ha querido pegar”, y así un grupo de ocho robocop (antidisturbios municipales, un nuevo cuerpo funcionarial) entraban en la tienda con actitud violenta a la búsqueda de “terroristas urbanos”. Viendo la cuestión bastante fea salimos discretamente y con miedo de la tienda, no obstante dos de ellos me terminan siguiendo y cuando alcanzo la esquina de montera con la puerta del sol y a la altura de las lecheras nacionales llega el primero de ellos, que mientras el segundo le grita que lo deje, me da un porrazo (del que supongo me protejo con el brazo) mientras que un nacional que cerca estaba piensa que si su compañero golpea por que no hacerlo él también y me golpea en la pierna. En ese momento me acojono porque veo el furgón abierto y me veo allí dentro, pero el hijo de puta recoge su impunidad y decide no usarla más y supongo que da media vuelta para reunirse con su manada, mientras sigo caminando y sufriendo en carne propia la humillación, la injusticia, la rabia por la imposibilidad de defensa y el miedo a empeorar mi estado ante cualquier movimiento en una situación de pisoteo de la razón.

La historia acaba una hora después en el Hospital de La Princesa con el cúbito roto y una operación para el lunes a la vista.

Y me pregunto a cuántas personas no les ocurrirá esto mismo tantas veces... sin embargo nosotrxs no somos consejeros de la comunidad autónoma murciana y nosotrxs no somos atacadxs por radicales izquierdistas, sino por los garantes de la democracia.

He pensado desde muchos puntos de vista lo ocurrido, y la absoluta impunidad es lo que aterroriza, a nosotros sólo nos queda nuestra superioridad moral e ideológica, eso es lo que nos permite estar muy por encima de ellos y que esa rabia visceral no nos invada y nos deje vivir. También es terrible pensar que yo podría haber sido profesor de esa chica veinteañera que me “acusó”, que esos valores son los que conseguí transmitirle, que fui incapaz de despertar en ella una actitud crítica y transformadora ante la realidad social, una actitud de solidaridad...

Finalmente y para dar un toque de humor, se podrían ver todos estos hechos como una cadena en la que pagamos el sueldo de las fuerzas represivas del estado, para que hagan su trabajo en defensa de los intereses del capital y nos repriman, generando gastos sanitarios (visita a urgencias, medicamentos, días de ingreso hospitalario, cirugías, bajas laborales...) en fin, movimientos monetarios que engrasan el sistema y aumentan así su PIB.

También me doy cuenta de que desde hace un par de años las fuerzas democráticas de este país nos están dando por el culo de manera absolutamente impune, y en este caso no me refiero a la labor de Zapatero. Primero el señor ex-presidente de la CEOE nos robó y aún nos debe 3600€ y ahora estos guardianes de lo que no nos cansaremos de decir “lo llaman democracia y no lo es” me dejan jodido y “aporreao”.


miércoles, 2 de febrero de 2011

El circo en el taller



El circo nos visita de nuevo

Tengo 87 años. Creo que nadie piensa que va a vivir tanto. Toda mi vida supuse que no llegaría a cumplirlos. Por eso dudo a veces si no tendré muchos menos y sueño que vivo a una edad que nunca tendré. Aunque resulte tranquilizador, por otra parte este sueño es largo y minucioso, tan absurdo como la vida.
En el baño se oye la radio del baño del viejo de la habitación de al lado, que es sordo. Por suerte no soy sordo, ni he perdido más vista, así que puedo pasarme el día fuera de aquí hasta que vuelvo a cenar y leo hasta dormirme. Me muevo por la ciudad como una ardilla nerviosa en una proyección a cámara lenta. En la radio escuché el anuncio de un Gran Circo. De niño me gustaba tanto el circo. Cuando leía o me leían cuentos orientales y hablaban de una vida de lujo, solo tenía tres referentes a los que acudir para sentirlo. Comía algunos días en casa de una tía, porque bajo su casa había una gran plaza arbolada, la de Correos, donde iba a jugar, y tenía la obligación de visitar a la señora Vicedo, la vecina de arriba. Por toda la casa había gruesas alfombras y con mucha ceremonia traía una caja de bombones, la abría y me dejaba que escogiera uno. Solo en esa casa había visto alfombres y había comido bombones. A veces, el señor Vicedo salía de su despacho y me acariciaba enérgicamente la cabeza, despeinándome. Eran muy agradables.
Aparte de eso, lo único que para mí representaba el lujo era el circo. Los trajes dorados y ajustados de los trapecistas, los funambulistas, los malabaristas, los chaqués y sombreros del presentador, el colorido de los payasos, el uniforme de los domadores, siempre en peligro de una muerte instantánea devorados por las fieras. La música y el colorido. Para mí, todos eran grandes damas y caballeros que venían a enseñarnos no lo que sabían hacer, sino cómo viven los que llevan una vida de príncipes; solo para eso. Jamás vi los costurones, la suciedad. Dejé de ir antes de poder pensar en ese cliché del payaso que ríe pero por dentro llora. El circo, por tanto, quedó cristalizado como el espectáculo de lo espléndido.
En una ocasión en que vino el circo a mi ciudad, tenía una enfermedad por la que me pasé dos o tres meses en la cama. Escuchaba pasar por la calle la caravana que anunciaba el circo, pero esa vez no podría ir. En mi casa había un cuadro, al que llamábamos El niño de las naranjas, y una de las veces que me levanté para ir a hacer pis, mi madre, al pasar frente al cuadro al volver, me detuvo y me dijo ¿ves?, se parece a ti. No se parecía, pero desde entonces fue como si me representara. Yo seguiría creciendo y cambiando, pero el cuadro me mostraba lo que había sido. Lo que seguía siendo, en él.

Ese anuncio me hizo decidir que esa tarde visitaría a mi hermana, cinco años más vieja que yo. Ella apenas salía de casa y, aunque nos alegrábamos de vernos, la visitaba con menos frecuencia de la que los dos queríamos, porque nos hemos convertido en gruñones y cascarrabias. Además, enseguida nos ponemos a contarnos los achaques, lo que me resulta insufrible; supongo que también a ella, por lo que las visitas, que empiezan alegremente, duran poco.

Ese día decidí visitarla exclusivamente porque ahora el cuadro estaba en su casa. Al oír el anuncio de que el circo pasaba por la ciudad, sentí la necesidad de mirar a ese niño a los ojos, de sentir su pena porque tampoco esta vez podría ver a las damas y caballeros de la majestad. La necesidad de comprobar que no se había roto la relación entre el niño de las naranjas y yo mismo.

miércoles, 26 de enero de 2011

Algo va bastante mal


Estas Navidades, mi hijo me ha regalado un libro espléndido, de estos grandotes y llenos de fotos, cuyo título se podría traducir como "La historia de Francia a través de sus manifestaciones en la calle". Empieza con ilustraciones de La Comuna y enseguida se usan ya las fotos. Las últimas son del año 2009.

Miro este cartel del 1 de mayo de 1906 y me pregunto que por qué nuestros abuelos o bisabuelos eran más modernos que nosotros, por qué tenían una claridad absoluta de lo que querían y nosotros, desde la treintena neoliberal global, hemos perdido la dirección.

Repaso las fotos del libro, pienso en Francia, donde salen enormes masas a la calle a defender Lo Público, y después pienso en España, donde sucede lo contrario. Recuerdo las 7 huelgas generales de los franceses en un mes y la fracasada y única huelga general de los españoles. Ellos no se plantean si tienen los sindicatos que quieren, no se plantean quién gobierna (muchos de los votantes de Sarko participaban de las manifestaciones), sino cuáles son sus intereses como pueblo francés. Nosotros tenemos un problema añadido, una derecha heredera de la Dictadura que vuelve al gobierno en cuanto el centro derecha moderado (llamo así al PSOE) se tambalea. Los franceses saben que luchan con un sistema económico y fuerzan al gobernante de turno, nosotros debilitamos al gobernante, propiciando un paso atrás. ¿Qué ganaremos con la vuelta de este PP al poder? Los sacrificios para los trabajadores serán mayores, sin duda: no hay más que ver las críticas terribles a todos los gastos sociales del PSOE, que los hubo, para saber que por ahí irán los recortes.

Teniendo en cuenta que solo Lo Público nos beneficia, ¿no hay alternativas? ¿No deberíamos haber ocupado la calle desde el primer mes de Zapatero ante cualquier intento de reducir Lo Público, pero sin debilitarlo, simplemente para forzarle en la dirección que más nos conviene? Fueron las leyes neoliberales del PP las que crearon la burbuja inmobiliaria cuyo estallido, que tenía que producirse antes o después, ha complicado mucho nuestra situación en una crisis global: lo llevan en la sangre como parte de su ADN. También ha explotdo Irlanda, el Milagro Celta en el que se basó el experimento español, que también explotó con la burbuja. Pero de eso no dicen nada: como si no fuera con ellos.

Pero aquí solo sabemos manifestarnos contra el Gobierno. Que sí, que hay que hacerlo, que lo he hecho centenares de veces, pero no para derribarlo cambiándolo por otro peor, sino para fortalecerlo en la dirección de nuestros intereses: para que sepa que hay un lobby mucho más fuerte que todos los lobbies del mercado. El lobbie de la gente.

Y el caso es que la gente está siendo "apretujada" en todo el mundo por una fuerza superior que está en los mercados y en las grandes compañías. Pero de eso pasamos. Y por eso, el anuncio del 1 de mayo de 1906 con tres mujeres desnudas que quieren dedicar 8 horas al día al "placer" nos pilla con el pie cambiado. La política no son los políticos, somos nosotros. Y somos unos analfabetos de la cosa.

jueves, 20 de enero de 2011

Tema de Taller: una mentira que se convierte en verdad

Cómo hacer que quieras lo que quieres hacer


Recuerdo un episodio de la película Paris je t’aime, en el que un hombre de unos cuarenta años está con su amante, algo más joven, y le dice que va a comer con su mujer y a decirle que han terminado. Esa misma noche se irá a vivir con ella. Está sentado en una mesa y ve entrar a su mujer, con un impermeable rojo. Cuando él le va a decir tengo que decirte una cosa, ella le dice tengo que decirte una cosa y saca unos informes médicos. No te había hablado de esto, pero me encontraba mal y me han estado haciendo pruebas, le dice. Tiene un cáncer terminal. Él la coge las manos. Al ir al baño, llama a la amante, le cuenta brevemente y le dice que todo ha terminado entre ellos. Empieza a cuidar a su mujer, que cada vez necesita más atenciones. La roza, la acaricia, la abraza por detrás cuando ella mira por la ventana, le lee libros cuando ella está en la cama sin poder levantarse. La mujer se muere y, desde entonces, cuando ve a una rubia por la calle con un impermeable rojo se le sobresalta el corazón y corre hasta verle la cara; pero no es la suya, claro, porque está muerta, y sabe que la amará para siempre y no volverá con su amante ni con ninguna otra.

Eso me hace pensar en una mañana de mi propia vida. De cuando llevábamos cuatro o cinco años juntos, subiendo y bajando el perfil de sierra de las emociones. Ha pasado ya el tiempo biológico en el que solo con verla me excitaba, en el que el deseo en los ojos de mis amigos me excitaba más. Nos hemos acostumbrado el uno al otro, pero desde el primer día hasta aquella mañana, al levantarme por la mañana solo me concedía ese otro día; lo único que necesitaba para seguir con ella. Ella había perdido su trabajo y con el mío no conseguíamos vivir. El lunes había empezado trabajar vendiendo enciclopedias por las casas, pero solo vendió una; las otras que vendió, viendo a su víctima se arrepentía, le decía a la compradora que en realidad no necesitaba esos libros y que eran muy caros. Aquella mañana, debía ser un jueves, la vi desde la ventana cruzar la calle hacia el metro, con abrigo de paño, recién duchada para llegar a su derrota, y pensé esta es la mujer a la que voy a amar toda la vida. Y desde ahí empezó el amor, que es otra cosa. No antes. No cuando sobraba de todo. Sino ahí. Y ya no me tuve que levantar pensando que es otro día más, porque el tiempo se había compactado, carecía de subdivisiones y ya no era un problema.

Podía haber sido al revés, pienso. Los desenamoramientos y rupturas empiezan también así, con un acto mínimo y banal de la voluntad. Es una percepción parcial en la pequeña historia de la fatiga de los materiales. Vemos un gesto duro, una barrera, una dejadez, algo que se puede arreglar fácilmente, y no pensamos arréglalo; sino basta, hasta aquí, se acabó. Y duramos semanas, o meses o años de agonía. Por un gesto nimio que nos hizo querer lo que queríamos hacer. No es que el amor se mantenga porque nos cuidamos, sino que queremos cuidarnos y, sin buscarlo, queremos amarnos. No al revés. Lo mismo pasa con los amigos, el trabajo, el tipo de cine o literatura que nos gusta. Luego, nos lo explicamos con grandes teorías y acontecimientos esenciales, simplemente porque nos parecen más apropiados a la enormidad de las consecuencias.

domingo, 16 de enero de 2011

La revista Orsai: Buena, Bonita y Barata

A Sofía, porque creo que lo que ahora
parece malo es lo mejor que podía pasar

ACTUALIZACIÓN

Estos tipos me pueden. En la dirección electrónica de la revista, encuentro:

El fin de la piratería



Hernán Casciari
17 de enero, 2011


Este es el texto más caro de Orsai. Y el que más ganas tenía de publicar. Lo que sigue, dividido en tres partes porque pesa mucho, es el pdf de una revista de 208 páginas que acabó de distribuirse ayer a más de diez mil lectores en todo el mundo. Este pdf no está en Rapidshare, ni en Megaupload, ni en la clandestinidad de la Red. Todos los artistas que escriben y dibujan en este pdf cobraron sus honorarios. Y ahora la obra es gratuita. En este sencillo acto, damos por finalizado el problema de la piratería editorial en Internet.

Y justo debajo, en http://orsai.bitacoras.com/2011/01/el-fin-de-la-pirateria.php, tenéis la revista entera.
¡Esta gente cumple! Y es todo, por una vez, tan hermoso.


La Revista pidió a los 10.080 suscriptores del primer número que les enviáramos una foto con el ejemplar en la mano y una sonrisa falsa: esta es la de Chicuelo y yo

Hay veces en las que se escribe algo con la alegría de ver que está pasando algo, que algo se está moviendo. Hace días celebraba la librería La independiente y la web Madrid entre líneas. Hoy celebro algo, que me perdonen mis amigos, de más calado, por la extensión, aunque en realidad es lo mismo: los pasos en la dirección correcta dados gracias al uso libre de un Internet que hoy, y hay que luchar por mantenerlo así, sigue siendo un espacio libre. No entro aquí y no corresponde a esta entrada, el conjunto de matices ideas sobre el uso de contenidos que en principio no son gratuitos. Esta es una entrada feliz para celebrar que está claro que ahora podemos hacer innumerables pequeñas agrupaciones y proyectos.


El 30 de septiembre de 2010, en su blog Orsai, Hernán Casciari hacía una entrada impresionante titulada “Renuncio”. Después de ese renuncio, puso en marcha con su amigo El Chiri la revista, una revista totalmente diferente. Podéis leer entera la entrada clicando en el título (es más gordito para que os fijéis bien), y lo recomiendo porque es una gozada, pero para el que ande mal de tiempo pongo unos párrafos que lo explican bien:

«Renuncié hace unos días a mi columna de los domingos en el diario La Nación, de Argentina, y renuncio hoy a mi columna de los viernes en El País, de España. Noventa columnas y dos años de trabajo en La Nación; ciento veinte columnas y tres años en El País. Aprendí mucho de ambos periódicos. Aprendí, sobre todo, que solamente me puedo divertir en un medio sin publicidad, y que solamente puedo dormir los viernes —de un tirón, sin telefonazos intempestivos— en un medio sin ideología.

Si tengo que ser sincero, en estos dos años me molestaron más los recortes de El País que los de La Nación. El diario argentino me limitaba en base a un convencimiento moral o, por decirlo de algún modo, por respeto a un libro de estilo interno y a una tipología de lector. El diario español no. Los recortes de El País de los últimos años —y el de casi todos los periódicos de este lado del charco— se basan en el impulso económico de abaratar costes y de pensar, cada vez menos, en sus lectores.

Y ya que estamos en el tren, aviso por este medio a Random House Mondadori que también renuncio a sacar nuevos libros con la Editorial Sudamericana de Argentina, o con Editorial Grijalbo en México. Por contrapartida, no tengo más que agradecimientos con Plaza & Janés de España. Pero como vengo embalado tampoco publicaré más allí.

La revista que estamos haciendo con el Chiri es, sobre todo, ganas enormes de volver a leer largo y tendido, y de que cada colaborador escriba hasta que se le antoje. Queremos tener en las manos un papel que no te venda nada, ni explícito ni subliminal. Regresar a la crónica periodística y a la ilustración de calidad, y que las fotos te cuenten una historia, y que cada línea y cada desglose esté hecho por personas apasionadas, y no por burócratas, pasantes, acomodados y becarios.

Nosotros estamos armando una revista que, encuadernadita y con olor a tinta fresca, llegará sin falta a los países que hablan nuestro idioma. A todos esos países, quiero decir, no únicamente a España, México y Argentina. A todos. Queremos que la revista llegue a cada sitio donde haya alguien que quiera leer con serenidad, y que tenga un precio razonable para ese sitio. No importa si ese sitio se llama Madrid o se llama Cochabamba. Tiene que costar, en cada región, lo que cuesta un libro de tapa blanda. O es así, o no es.

Y va a ser así, incluso a pérdida.

El mayor de nuestros objetivos, el que más ganas nos dará cumplir el uno de enero, es que la revista Orsai llegue a Cuba con un precio de tapa de 4 pesos cubanos, gastos de envío incluido. La misma que en Barcelona costará 20 euros, o 15 (ya veremos), y en el resto de Latinoamérica valdrá 11 dólares, o 9 (ya veremos). La misma. Nuestro objetivo es demostrar que si nadie lo hizo todavía, no fue por imposible.

En este sencillo acto, entonces, y ante la aterradora mirada de Cristina, mi mujer, que es catalana y no entiende de gestas y epopeyas, renuncio a todo lo molesto y a todo lo incordioso y a todo lo burocrático y a todo lo extremadamente sigloveinte de mi oficio. Le digo chau, feliz de la vida y sin rencor, a los intermediarios que me obstaculizan la charla con los lectores. Chau publicidad, que te recorta la palabra; hasta nunca burocracia, que te distribuye mal y pronto; adiós y buena suerte ideología, que te despierta por la noche.

—También dile adiós a la seguridad social y a que nos entre un duro en el banco —me interrumpe Cristina—, saluda de nuestra parte a la universidad de la Nina, despídete de comprarnos una casa y dejar de ser inquilinos, dile adiós a hacerte el tratamiento de conducto cuando se te caigan los dientes de tanto cenar las sobras… Que lo sepas, que yo cojo una maleta y me marcho, si sigues con esa idea de Cuba a cuatro pesos. ¿Qué se te ha perdido a ti en Cuba? Tú y el imbécil de tu amigo. Que desde que llegó os creéis Batman y Robin…

—¡Silencio, mujer! ¡Con tus gritos nadie puede ser anarquista en esta casa!»

10.080 nos suscribimos al primer ejemplar, por medio de una librería, entre ellos mi hijo y yo. La he leído enterita y es una gozada. Gracias a ella conozco historias que sin ella serían impensables. Además, me estimula el sentido de apoyar algo así, dejando de apoyar otras cosas.

El que quiera, ya se puede suscribir al número del segundo trimestre (aquí las suscripciones son por número, no para siempre). Podéis usar a la librería La independiente como canal. O reuniros 10 amigos, pagarla con Paypal y recibirla con un 20% de descuento. El primer número ha salido en España por 16 euros; el segundo será más barato, porque el éxito abarata los costes y Hernán y el Chiri repercuten el abaratamiento directamente en los lectores.

Un modelo casi totalmente nuevo. Y hay más. Esta es la dirección del número 1: http://orsai.es/n1/. En las últimas líneas, dicen que los que no tengan la revista encontrarán un PDF gratuito de todos los artículos. Lo he buscado y todavía no está, no sé si por la diferencia horaria o porque no han podido terminar la distribución a los suscriptores en todos los países de habla hispana, condición inexcusable para poner en disponibilidad la versión gratuita online. Pero si me fallan en eso me matan un trocito de corazón; y para mí que no me lo van a matar.

lunes, 10 de enero de 2011

Dadme 52 minutos y 17 segundos

Poneos cómodos, con una bebida. La cosa es tan seria que merece que me regaléis ese tiempo.

Es lo que tardaréis en ver este vídeo. Abandonar toda esperanza en los mercados si aún la teníais. Desde la última crisis, los mercados no hacen más que el ridículo, habiéndose equivocado tan grave e irresponsablemente en todo, después de haber conseguido quitarle el poder al Estado durante 30 años. Pero la Obsolescencia Programada de los productos no es una "característica ajena", de la que pueden desprenderse, sino la esencia de su fincionamiento. Y como consecuencia de ese modo de funcionar, con la creación de tantos residuos están programando, sin fecha, la Obsolescencia del planeta que habitamos. Donde habitamos tú y yo y los que vienen detrás nuestro.

Un pequeño problema: NO estamos en la economía del mercado, SOMOS la economía del mercado. ¿Qué podemos hacer? ¿Seguimos creciendo ilimitadamente en un mundo con recursos limitados? ¿Somos capaces de frenar, sabiendo qué cosas no podemos perder?





Se admiten opiniones.
Se ruega no retrasar más las acciones.

jueves, 6 de enero de 2011

Cuéntalo y luego vuelve a contarlo


A Molinos, como regalo de Reyes

Por sugerencia de Molinos, me bebí La caja negra, de Amos Oz. Después, empecé Una historia de amor y oscuridad. Pero he tardado meses en terminarla. Bien por sus brillantes percepciones, que obligaban a detenerse y pensar, o porque su historia resonaba en la mía: cogía el libro y lo dejaba continuamente. Cualquier historia suya me hacía escribir una mía. O bien leía sin darme cuenta de que en segundo plano estaba escribiendo mentalmente. Cuando escribo así, no recuerdo: escribo. Constantemente vuelvo a atrás para tachar y decir de otra manera. De esta manera, un libro dura meses. Pero esta mañana de Reyes he leído la última línea y me he sentido lleno. “Apaga la luz y luego apaga la luz”, dice Otelo poco antes de matar a Desdémona. Y para mí, que he escrito sobre “cómo matar a la muerte con un lápiz”, la frase tiene un sentido pleno. Lo que voy a contar ahora creo que en parte ya lo he contado, pero “cuéntalo y luego vuelve a contarlo”. Es como sacar brillo a la plata. Además, la lectura de ese libro ha coincidido con que me han llegado decenas de fotos de mi madre que no conocía. Todo se junta cuando debe. Por eso me ha costado terminar las últimas páginas: porque por debajo estaba escribiendo estas dos historias.

*****

Apaga la luz y luego apaga la luz

Poco antes de nacer yo, mi madre había tenido unas fiebres tifoideas graves. En el año 50, cuando cumplí dos años, tuvo un cáncer de mama y le quitaron un pecho. En aquel tiempo, un cáncer así en alguien que había pasado por lo otro era la muerte casi segura. Pero dijo: “No os preocupéis que no voy a morirme hasta que tenga un nieto varón en mis brazos”. Y no hubo metástasis y soportó el tratamiento.

Veintiséis años después, tras haber tenido varias nietas, nació mi hijo. Mi madre fue la primera en cogerlo en brazos; la recién parida me contó que se le iluminaron los ojos e inmediatamente se entristeció. Se había cumplido el tiempo. Ese verano alquiló un apartamento en la playa y lo pasamos los cuatro juntos: fue feliz con el nieto. En otoño empezó a sentirse mal y en Navidades le diagnosticaron un cáncer de hígado que la mataría en dos meses, con mucho dolor; o en dos semanas, con morfina y sin dolor. Dejamos al niño con sus abuelos de León, volvimos a Madrid y nos instalamos en casa de mi hermana, que es donde vivía nuestra madre.

La habían trasladado a lo que podría llamarse el cuarto del servicio, de haber habido servicio, al lado de la cocina. Todas las mañanas, me tomaba el café con ella y le preguntaba si quería que vinieran los dos hijos que tenía en la ciudad mediterránea. Me decía que todavía no. El 10 de enero me dijo que los llamase y que vinieran rápido. Al mediodía llegaron, le pusimos la morfina y pasamos una de las tardes más agradables que recuerdo. Estaba contenta, contaba historias; todos las contábamos. A las 8 de la tarde, nos pidió que la dejáramos sola y apagáramos la luz, que le molestaba. Cada rato tocaba el timbre para decirnos que la luz le hacía daño, así que sucesivamente fuimos apagando la luz de la cocina, de la antecocina, del pasillo que daba a la cocina, a los dormitorios y al salón. Hacia las dos de la madrugada, alguien que fue a verla dijo que estaba mal. Fuimos, encendimos la luz. Yo uní su pulgar derecho al mío izquierdo, y el izquierdo suyo con el mío derecho, le hablé suavemente, pidiéndole que estuviera tranquila, hasta que dejó de respirar. Se apagó la luz y luego se apagó la luz.

*****

La vida bulle

Siempre pensé que mi padre había muerto con 56 años, pero el otro día me enteré de que lo hizo con 53. Cuando yo me muera, si existiera un sitio al que se va y te quedas con la edad que tienes al morir, mi padre sería más joven que yo: ¿tendría que hablarle como hijo o desde la experiencia del más viejo? Dentro de dos años, tendré 65; y mi padre habrá estado 53 años vivo y 53 años muerto en falso. Digo esto porque uno no se muere de verdad mientras quedan quienes lo recuerden.

Hace unos días, en una cena con L y mi hijo, a propósito de la película Biutiful hablamos de las perspectivas de otra vida. Ellos dos aman tanto la vida que prefieren pensar que sigue existiendo algo, irracionalmente. Les pregunté: “¿Sabéis que pensáis eso para consolaros?”, y me respondieron que sí. Yo no necesito consuelo, ni falsas ampliaciones. La vida que me llega por los sentidos me basta para que se justifique a sí misma. La vida bulle y eso es tremendamente bueno.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Que sea un año de menta y canela





Médicos Sin Fronteras, lo sé requetebién, no deja perder un céntimo de lo que se recoge con estas pastillas para el dolor ajeno. Tan fácil como que cada vez que vayamos a una farmacia pidamos una cajita de un euro, pare mejorar el aliento. O entrar a comprarla porque sí. Y si no las tienen, que las pidan, que es obligatorio.

Y para añadir a la menta, ¡canela!, tan buena para la cocina y para el amor, para tener ganas de besuquearse.



¿Que más os puedo desear, que mejor os venga?

domingo, 26 de diciembre de 2010

Tema de Taller: anagnorisis y peripeteia


Andanditos Milagros

Milagros tenía 16 años cumplidos y los estudios abandonados cuando quedó huérfana y Doña Encarnación le dio cobijo en su casa para evitar su descarrío, para que la ayudara con los hijos y para que echara una mano en la tienda Tejidos y Novedades de París de la pequeña población provinciana. Milagros tenía apellido, pero si alguien de fuera preguntaba por él, las mujeres se miraban los zapatos y los hombres escupían hebras del tabaco de liar, se rascaban la cabeza y, sin quererlo, miraban hacia el valle que había detrás del cementerio; donde al parecer, si ese apellido existió, casi todos los hombres y mujeres que lo llevaron habían sido sembrados en la tierra al buen tuntún. Solo la madre de Milagros sobrevivió para cuidar de ella, dedicada a los trabajos manuales ínfimos que las buenas gentes le daban.

Doña Encarnación la acogió piadosamente, por consejo de su confesor, lo mismo que había acogido en su patrimonio las tierras de la familia cuyo apellido hacía a los hombres escupir hebras de tabaco y quedarse mirando hacia el valle que hay detrás del cementerio. En tres años, Milagros dirigía realmente la tienda, se ocupaba de los hijos de Doña Encarnación y acompañaba a esta a la primera misa, a todos los rosarios y liturgias, y a todas las comidas, cenas y meriendas, cuando el trabajo lo permitía. Porque podía con todo, decía “andanditos lo hacemos”, sin parar hasta que estuviera hecho lo que hubiera que hacer. Y como Andanditos fue siendo conocida, pasando Milagros a convertirse en el apellido que nunca había tenido. Y es que era un milagro su piedad y su olvido.

Andanditos Milagros, llamada tía Andanditos por los hijos de Encarnación, e Hija Mía por esta dama, aunque trabajó desde el 54 no cobró un sueldo ni tuvo cartilla de la Seguridad Social hasta que se asentó la Democracia. ¿Para qué ofenderla con eso, si es como una hija? Como una hija lo hacía todo; andanditos, que era como decir una cosa detrás de otra, sin parar nunca.

Cuando murió Encarnación, casi su madre, se cerró la tienda, que ya con lo nuevos tiempos esa moda parisina no daba mucho con qué mantenerla, y recibió una indemnización escasa, por los pocos años y el sueldo mínimo por el que había cotizado. Como herencia, solo le habían quedado unos pendientes de oro de la virgen del Pilar, una pulsera de plata de la Madre de la Agonía y algunos rosarios de palorrosa, junto con varias estampas de las de tener mucha fe y otras chucherías religiosas. Como muestra del excepcional cariño que la había tenido, insistió en el testamento que fuera para ella el mejor adorno que había vestido en vida: el hábito morado de penitenta con el que vestía Encarnación los 40 días de la cuaresma, hecho con seda italiana. Meses después, los abogados de la familia le pidieron que abandonara la casa, que se iba a vender por petición de los dueños, pero que por cariño de los hijos de Doña Encarna, podían traspasarle un chisconcillo que daba a la placita, cobrándole por ello, como precio simbólico, el dinero de la indemnización.

Andanditos Milagros tardó dos semanas en abandonar el chiscón. Lo hizo vestida con el traje penitencial de doña Encarna, convertido desde entonces en su prenda habitual, empezó a fumar, a beber en el bar de al lado, donde los viejos que quedaban de los que escupían hebras de tabaco de liar, y los hijos de estos, la invitaban a vino y no permitían que nadie se burlara de ella. Después, harta ya de andar inútilmente, se sentaba en un banco al sol de la placita donde estaba el chiscón. Cuando pasaba el párroco o una beata, escupía al suelo. Como decían las mujeres del pueblo a la salida de la misa del domingo, a quien nace de roja antes o después le sale la cabrona que lleva dentro.


La ANAGNÓRISIS (del griego antiguo ἀναγνώρισις, «reconocimiento») es un recurso narrativo que consiste en el descubrimiento por parte de un personaje de datos esenciales sobre su identidad, seres queridos o entorno, ocultos para él hasta ese momento. La revelación altera la conducta del personaje y le obliga a hacerse una idea más exacta de sí mismo y lo que le rodea.



PERIPETEIA: cambio brusco en los eventos, cambio brusco de las circunstancias

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Dos acontecimientos con futuro: qué amigotes que tengo, ché


¡Ahí es nada!, la amiga y el amigo que han creado un sitio web sobre lo que pasa en Madrid en los espacios entre esas líneas de metro. Lo que está a la vista y lo oculto. Ha empezado esta semana, pero con el tiempo y la ayuda de todos (enviando cosas, visitándola, comentando), se convertirá en punto de referencia para lo que nos importa: la v-i-d-a. Si hacéis clic aquí, vais a la página (y si no, está en mi lista de Favoritos).

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Y después, otro loquito encantador pone, a 83 metros de mi casa, una librería especializada en editoriales independientes, aunque en un 50% los fondos son de las editoriales conocidas. Además, tiene un sótano en el que celebraremos el Taller y en el que habrá exposiciones, cuentacuentos y demás focos de interés.



Esta es la fachada y abajo una perspectiva del interior

La independiente, una librería especializada en narrativa independiente en la calle Espíritu Santo 27, Malasaña, Madrid. Aparte de libros, hay cafés y tés, y unas mesitas para que escojáis con tranquilidad.




LA INDEPENDIENTE (Libros)

Espíritu Santo, 27
Metro Noviciado o Tribunal

domingo, 19 de diciembre de 2010

Nada es crucial, de Pablo Gutiérrez


Enseñando mis cartas


O sea, el contexto. No solo nací a destiempo, tarde, indebidamente, sino que destrocé el orden de mi casa. Una casa grande, de habitaciones grandes y techos altos, pero de solo tres habitaciones: Padre y Madre, las Chicas (mi hermana, de 5 años más que yo, la que tenía que haber sido la última de Filipinas, y la hermana soltera de mi Padre, tan espantosamente vieja y cercana a la muerte como Padres) y los Chicos (mis dos hermanos, de 15 y 14 años más que yo, igual de espantosamente viejos). Y yo, ¿nadie había pensado dónde iba a dormir sin romper el orden asentado?

Parece ser, por lo que me han contado, que tuve un período extenso de cuna en la habitación de Padres, hasta que los brazos y las piernas sobresalían por entre los barrotes (me viene a la mente la imagen de una gallina con la cresta asomando por los alambres). Fui trasladado, sin que lo recuerde tampoco, donde las Chicas. Por fin, no sé cuándo, pero debió ser cuando Chicos ya tenían novias y no necesitaban hacerse pajas, acabé donde los Chicos, hasta que se casaron y me libré de ellos.

La habitación de Chicos daba al comedor. Me acostaban pronto y me metía en la cama cagado de miedo, llorando y moqueando, porque todos se iban a morir prontísimo y los quería (además, los necesitaba para que me facilitaran la vida). Solo mi hermana (vieja, pero no en estado de precorrupción) sobreviviría. Pero la esperanza de quedar a su cuidado no animaba.

Excluido socialmente de donde nadie me había llamado (la literatura es un espacio ideal para os excluidos), agotado y neurótico por los lloros, escuchaba que mi madre se acostaba al rato. Salud delicada y además, rompehistorias, porque delante de ella no se podía hablar mal de nadie y así no hay quien cuente nada. En ese momento, me levantaba, tapándome con una manta, me sentaba junto a la puerta y escuchaba las historias de la guerra de mi padre, las verdolangas de miembros de la familia y conocidos que contaba la solterona y las interesantísimas aventuras de mis hermanos. Repetían las historias, añadiendo y quitando cosas, haciéndolas mejores: los importante era la emoción de la historia y no la Verdad. Esas historias tenían sentido, las contaban y variaban con la perspectiva en la que hay que contarlas y, además, no salía indemne después de escucharlas. En cuanto oía ruido de sillas corría a mi cama y me hacía el dormido, pero las historias rebotaban dentro, me mejoraban, me llevaban muy lejos de ese sitio en el que poco antes había llorado como una “niñita”, hasta que con la limpieza del llanto largo y la maravilla de las historia comprendí que la muerte está ahí y no hay que hacerle mucho caso: no es crucial mientras te lo puedas pasar a lo grande, dormirte con el corazón ahora encogido ahora saltando con la palmera que pone fin a las fiesta patronales.

Todo lo que sé de literatura, lo aprendí ahí. Luego me ha tocado disfrutarla, cuando hay con qué, y aprenderme unas cuantas etiquetas frías. Pero juro que no he aprendido nada nuevo.


¡Qué jodido es escribir y editar!

Escritores y editores se tienen que encontrar, eso es sabido. Aunque la gente les huya como si fueran el diablo. Hay quien llega diciendo “tengo una historia”. Toma ya, ¡hasta el Guti tiene una historia! Pero eso solo interesa a esas imprentas que tienen todas una colección que lleva el nombre de “España ayer, hoy y siempre”. No es el caso, Pablo G. Y es una pena porque son las únicas que hacen la presentación del libro con un cátering de los buenos.

Después están las editoriales guachi-guachi para escritores guachi-guachi, de esos que cada dos años escriben el libro del siglo (cada uno de ellos). Estas editoriales descubren de vez en cuando a alguien que tiene una historia que ha sabido contar como se debe (no tengo muy claro si es primero la historia y luego el modo de contarla o primero es el modo y luego uno se inventa la historia), lo sacan hasta el aburrimiento y luego cuelan a multitud de genios que cambian el modo de la literatura. Además, y esto es lo importante, están en contacto con medios de comunicación, suplementos culturales y todo eso para el bombo y la promoción. Ni hablar, Pablo G. Tu historia es verdaderamente distinta, contada de modo distinto y te rompe ora el corazón ora los higadillos. Esas editoriales están especializadas en la jota y presentan como novedad a un bailarín que hace como todos pero en el tercer compás gira el pie izquierdo hacia dentro, en lugar de hacia fuera: ¡descubrimiento genial quemejorará nuestra corriente sanguínea! Tú bailas rock, tango y tanguillos de Cádiz, además de que cantas una melodía muy rara. No te van a hacer caso.

Te queda, si de verdad quieres editar, allá tú, esas pequeñas editoriales que se toman las cosas en serio. Las hay de tres tipos: a) el editor se metió en bares chulos de Colombia, bailó salsa con poca gracia, conoció colombianas con mucha gracia (ellas) y un tipo le dijo que era un español muy bien plantado y si quería montar un negocito, a él le sobraba un poco de dinero; b) gilipollas que queman en meses los ahorros de 10 años y salen de deudas hasta las orejas; c) tontol’culos.

Los tontol’culos son la personas más necesarias en este mundo. Hacen lo que quieren hacer, se las arreglan para que los acreedores no les partan las piernas y nos regalan excelente libros, músicas, ortodoncias, cócteles, etc. Y Pablo G. encontró su tontol’culo. ¿Y ya está? Ni hablar. Lo normal es que los libros de los tontol’culos desasistidos de los medios del espectáculo formen columnas altísimas en el almacén y el editor se dedique sobre todo a enderezarlas para que no se caigan. El pobre hombre o la pobre mujer no tienen tiempo para más. Centrándome en el género que inauguró la excelente Nar Rativa, tengo leídos dos libros que uno me quema y otro me explota y me da a mí a que las columnas de sus libros en el almacén se deben estar desmoronando.

A tu libro le va a pasar lo mismo, Pablo G. ¿De verdad que es eso lo que quieres para él? Como muchos de los que son libros de verdad, estoy convencido de que hay más o menos 17.346 personas que necesitan ese libro, y que lo necesitan de verdad. Pero ¿cómo llegar a ellas, si precisamente son las que no leen suplementos ni nada de eso y solo queda el boca-oreja (y ahora los pobres blogs)? Vas de cabeza al sitio de donde saliste, Pablo G, aunque los pocos que te leamos te hagamos un huequito en la mesa de las estampas votivas.


Cuento de Navidad

Todo lo anterior se lo habría dicho a Pablo G., desaconsejándole que editara. Yo, en estos asuntos, lo primero que hago es desaconsejar (entre otras cosas porque sé que no me van a hacer caso; solo yome hago caso a mí mismo); lo segundo, festejar que se ha editado; lo tercero, sufrir perramente de la perra suerte del libro.

Pero a veces pasan milagros. Resulta que la revista Granta (que al menos no pertenece a las covachas mediáticas nacional-localistas, que yo sepa) elige a Pablo G. como uno de los mejores narradores españoles actuales, luego le dan el Ojo Crítico (justo lo contrario de lo habitual, que es que te den por el ojo crítico) y se habla de él y sus libros están ¡en las librerías!

Así que, con esto que os transmito, vais y lo compráis; después, lo leéis (al principio puede parecer raro, pero es como el mezcal, si te quedas en el primer chupito has jodido tu oportunidad).

Yo lo he leído como un libro de verdad, sentado en el suelo, apoyado en la puerta y tapado con una mantita. Me he estremecido y gozado. Y no he salido indemne. Pablo G.lo ha contado de una mera que le permite entrar a decir lo que se le ocurre cuando quiera y nada chirríe: todo lo contrario, coge una velocidad endiablada. Además, en este libro de verdad, como pasa con mi adorado Watusi, acabas conociendo el país donde vives y sus gentes mucho mejor que si te leyeras la versión abreviada en diez tomacos de la Sociología de España. Es decir, llegas a un bar, ves a un tipo o una tipa, y los calas a la primera.

Un solo consejo, cuando empecéis a leer, como la narración es tan nueva, sentiréis al principio ganas de abandonarlo (para ocultar, con vergüenza, vuestra confusión). ¡Lo nuevo cuesta, coño! Hay que embeberse.

Y como a los que pasáis por aquí os quiero mucho, mucho, y no quiero que os salvéis ni que quedéis indemnes, porque quiero ser amigo vuestro, esta noticia es el regalo navideño que os hago. Mi Buena Nueva. Porque cuando nada es crucial, todo adquiere una importancia suprema. Sobre todo, este libro.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

¿Qué quiero decir cuando digo que soy de izquierdas?

Todo se ha vuelto tan retórico, tan contaminado por los agrupamientos y desagrupamientos, por unas herencias que muchos no aceptamos, que a veces hay que sentarse y esbozar una lista básica. Que otros me pongan la etiqueta que quieran.

Esta mañana, a las 5, me he soltado un largo infumable sobre lo que considero que es ser de izquierdas. Lo abrevio. La idea sería conseguir:


Un Estado fuerte, que no poderoso, que defienda a la mayoría abrumadora de la población de los ataques de los verdaderos centros de poder.

Ese Estado debe procurar los derechos básicos: la posibilidad de tener una alimentación sana al alcance de todos; la realidad de tener una sanidad pública y una educación pública eficaces y de calidad.

Un Estado comprometido en la lucha con las condiciones de calidad decreciente del medio ambiente.

El Estado debe ser construido por gobiernos bien asentados que no pertenezcan a los grupos que trabajan para lograr un Estado poderoso que proteja y potencie no a los ciudadanos, sino a los grupos de presión del poder económico.

Una idea clara de univrsalización: nos importa la situación de otros pueblos. Todo ataque a los derechos de los ciudadanos en cualquier lugar, es problema nuestro.

Si nos aclaramos en eso, y vemos al neoliberalismo y el capitalismo financiero como el enemigo que son, podremos juzgar cada acto e idea de acuerdo con lo que se acercan o alejan de esos objetivos: actuando en consecuencia de una manera dinámica y no anquilosada por la retórica.

 
La lista de soluciones / protestas de Basajaun:

Las expresó en un comentario a un post anterior, después de que algunos se preguntaran qué podíamos hacer, concretamente, cada uno. Personalmente las asumo:

--No consumir más que lo mínimamente necesario, ahorrar, utilizar el consumo y el ahorro activamente como una palanca para el cambio (i.e. consumir productos de empresas que no sean muy letales, que respeten los derechos de sus trabajadores, que se corten un poco, y poner mis ahorros, mi nómina, mis seguros, en banca ética). Y decirlo a los cuatro vientos.

--No endeudarse, nunca, bajo ningún concepto.

--Viajar en transporte público, vender el coche, andar más.

--Poner unas rayas rojas innegociables, por ejemplo, las pensiones públicas o la sanidad pública, o la educación pública. No aceptar el que no hay dinero para esas cosas y sí para guerras, Papas, fútbol, monarquías, obras faraónicas.

--Estar a favor de los impuestos directos: que vuelva el impuesto sobre Patrimonio, sobre sucesiones, que se suba el impuesto de sociedades y el de la renta para los que tienen ingresos de más de 50.000€. Pedir que la declaración del IRPF sea pública como antaño. Acabar con el fraude fiscal empezando por denunciar a los amigos que se pavonean de ello, los que cobran el paro y trabajan, los que cobran en negro, los que preguntan con IVA o sin IVA, y terminando por los que pagan un 1% de sus SICAV. Que el que más tenga pague más.

--No consumir medios de comunicación de masas.

--Votar solo a los partidos que defiendan estos puntos, y hacerles saber a los que no les votamos por qué no les votamos.

--Ir a todas las manis habidas y por haber de protesta marginal, concreta o general, que nos cuenten, que sepan que no estamos de acuerdo, que nos oigan, que nos tengan enfrente, que nos respeten.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Felices Fiestas y Próspero Merimée


Ya he dicho por ahí que este año me gusta la navidad porque el 24 mi hijo vuelve unos días a la ciudad. Así que hago un crismas de felicitación.



 El señor Williams S. Burroughs terminó siendo el escritor en prosa que más me gusta de la Beat Generation. Y de todas sus fotos, esta es la que más me ha fascinado siempre, saliendo del Beat Hotel de la calle Git-Le-Coeur de París. La tenía en un libro y muchas veces la miraba.


Y esta, pues oye, se le parece pero en bonito. Las fotos de solitarios casi siempre son mentira: hay un fotógrafo que la hace. Pero el parque del Retiro estaba así de solitario y hermoso (también andaba Molirunner por allí). Satisfago el morbo, a medias, de quienes se preguntan cómo seré debajo del pasamontañas del nick.

Además, tiene autenticidad psicológica. Mia Lola me define con tres características. Una de ellas es "siempre te estás yendo".

Por todo lo dicho, es un crismas de felicitación auténtico.