miércoles, 2 de febrero de 2011

El circo en el taller



El circo nos visita de nuevo

Tengo 87 años. Creo que nadie piensa que va a vivir tanto. Toda mi vida supuse que no llegaría a cumplirlos. Por eso dudo a veces si no tendré muchos menos y sueño que vivo a una edad que nunca tendré. Aunque resulte tranquilizador, por otra parte este sueño es largo y minucioso, tan absurdo como la vida.
En el baño se oye la radio del baño del viejo de la habitación de al lado, que es sordo. Por suerte no soy sordo, ni he perdido más vista, así que puedo pasarme el día fuera de aquí hasta que vuelvo a cenar y leo hasta dormirme. Me muevo por la ciudad como una ardilla nerviosa en una proyección a cámara lenta. En la radio escuché el anuncio de un Gran Circo. De niño me gustaba tanto el circo. Cuando leía o me leían cuentos orientales y hablaban de una vida de lujo, solo tenía tres referentes a los que acudir para sentirlo. Comía algunos días en casa de una tía, porque bajo su casa había una gran plaza arbolada, la de Correos, donde iba a jugar, y tenía la obligación de visitar a la señora Vicedo, la vecina de arriba. Por toda la casa había gruesas alfombras y con mucha ceremonia traía una caja de bombones, la abría y me dejaba que escogiera uno. Solo en esa casa había visto alfombres y había comido bombones. A veces, el señor Vicedo salía de su despacho y me acariciaba enérgicamente la cabeza, despeinándome. Eran muy agradables.
Aparte de eso, lo único que para mí representaba el lujo era el circo. Los trajes dorados y ajustados de los trapecistas, los funambulistas, los malabaristas, los chaqués y sombreros del presentador, el colorido de los payasos, el uniforme de los domadores, siempre en peligro de una muerte instantánea devorados por las fieras. La música y el colorido. Para mí, todos eran grandes damas y caballeros que venían a enseñarnos no lo que sabían hacer, sino cómo viven los que llevan una vida de príncipes; solo para eso. Jamás vi los costurones, la suciedad. Dejé de ir antes de poder pensar en ese cliché del payaso que ríe pero por dentro llora. El circo, por tanto, quedó cristalizado como el espectáculo de lo espléndido.
En una ocasión en que vino el circo a mi ciudad, tenía una enfermedad por la que me pasé dos o tres meses en la cama. Escuchaba pasar por la calle la caravana que anunciaba el circo, pero esa vez no podría ir. En mi casa había un cuadro, al que llamábamos El niño de las naranjas, y una de las veces que me levanté para ir a hacer pis, mi madre, al pasar frente al cuadro al volver, me detuvo y me dijo ¿ves?, se parece a ti. No se parecía, pero desde entonces fue como si me representara. Yo seguiría creciendo y cambiando, pero el cuadro me mostraba lo que había sido. Lo que seguía siendo, en él.

Ese anuncio me hizo decidir que esa tarde visitaría a mi hermana, cinco años más vieja que yo. Ella apenas salía de casa y, aunque nos alegrábamos de vernos, la visitaba con menos frecuencia de la que los dos queríamos, porque nos hemos convertido en gruñones y cascarrabias. Además, enseguida nos ponemos a contarnos los achaques, lo que me resulta insufrible; supongo que también a ella, por lo que las visitas, que empiezan alegremente, duran poco.

Ese día decidí visitarla exclusivamente porque ahora el cuadro estaba en su casa. Al oír el anuncio de que el circo pasaba por la ciudad, sentí la necesidad de mirar a ese niño a los ojos, de sentir su pena porque tampoco esta vez podría ver a las damas y caballeros de la majestad. La necesidad de comprobar que no se había roto la relación entre el niño de las naranjas y yo mismo.

23 comentarios:

Doctora Anchoa dijo...

Me ha gustado, NáN. Es curioso, me has recordado que, cuando de pequeña iba al circo,pensaba que la ropa que se ponían los equilibristas, el presentador... llevaba joyas de verdad. Durante una temporada también pensaba que eran ricos XD.

Araceli Esteves dijo...

En tu personaje, NáN, vive ese niño de las naranjas y la magia del circo. Conviven con la decrepitud. Y de esa mezcla se va llenando él para poder seguir siendo ardilla.
Me ha gustado, sí.

NáN dijo...

Como al personaje, DOCTORA ANCHOA. Creo que antes les pasaba a todos los niños. Ahora, con tantos efectos especiales, quizá se hayan vuelto de fantasía biplana, en lugar de tridimensionales. Vuestra mirada es la que da el contenido.

Un beso

Equilicuá,ARACELI. Si es capaz de inquietarse por un anuncio en la radio, es que ese niño no se le ha muerto. De ahí la ardilla. No creas que lo sabía al escribirlo, bien sabes que cuando se escribe una historia, se sabe poco de ella. Lo he descubierto ahora.

Beso de gracias

Isamonalisa dijo...

Me ha parecido un texto escrito con una gran sensibilidad.
Es curioso pero, a mí nunca me gustó el circo, no sé por qué.

Nunca me ha llamado la atención ese mundo, desde pequeña siempre me pareció como de otra época, totalmente irreal y poco gracioso. Es raro, no? Lo digo porque a todo el mundo le encantaba.

Lo que sí me gustaba eran los Payasos de la tele, la familia Aragón.

Besos equilibristas!!

Anónimo dijo...

A mi el circo nunca me ha gustado, ni siquiera de chica. Me han dado siempre mucha pena, los equilibristas con los calcetines roídos, los animales enjaulados... Imagino que los circos que pasaban por mi barrio eran más bien cutres. Y luego estaba El Circo de los Muchachos ese, que decían que lo formaban personas sin hogar o huérfanos y me daba más pena aún.
Y luego los payasos ¡qué pena me dan! (y qué poca gracia tienen).

En fin, NáN, que el texto me ha gustado pero el circo no es mi fuerte (por muy payasa que yo sea en el fondo :)

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Ah, por cierto, el anterior coment es mío (SUE), que no puedo entrar a mi cuenta hoy, no sé qué pasa.

Beatriz dijo...

Me gusta la nostalgia del relato y me gusta la expresión del niño del cuadro, pero no me gustan nada-nada los circos. ¡Qué tristes!
Me he reconciliado con ese mundo gracias al Circo del Sol y similares.

Dol dijo...

Qué bonito , Nán.
..
Por cierto yo tengo fotos de niña con esa misma cara , sólo me faltaban las naranjas.
Quizá los ojos más chinos.
...
Peste de egocentrismo , siempre acabo hablando de mí.
Me gusta tu estilo, montamos una editorial independiente?
Ejem.
Muchos besos.

LA ZARZAMORA dijo...

Un relato lleno de ternura Nán. Tuve la suerte de conocer el circo por dentro de la mano de los Zavatta y los Bouglione, fue un descubrimiento impresionante, yo que con tantos a prioris había decidido de antemano de que no me gustaba sin conocerlo de verdad, acabó fascinándome por la libertad que allí se respira.
Participé en el libro de Catherine Zavatta y fue una aventura vital de la que guardo un recuerdo como el del niño de las naranjas.
Gracias por tan lindo relato.
Besos, Nano.

NáN dijo...

ISAMONALISA, ANÓNIMA SUE y BEATRIZ, os contesto juntas, porque coincidís en vuestra experiencia del circo. Además, os ha gustado el texto, que es lo que me importa: si relatara una violación, no pretendería que las violaciones os gustaran.

Entiendo que a las más jóvenas que yo, que tenías mejores cosas que llevaros a los ojos y los oídos, no os gustara el circo y vierais sobresalir en él todo lo que, superficialmente, tiene de cutre.

No puedo hablar de por qué a gente más joven que yo les gusta el circo. En mi caso, la infancia y primera adolescencia las viví en los años 50. Todo escaseaba y solo el cine mostraba otro mundo al que escaparse. Más o menos con 7 años, empecé a ir solo al cine los domingos por la tarde (y dejé de ir al circo). Pero hasta esa edad, únicamente el circo mostraba el esplendor. Creo que para los niños de mi generación, el circo representaba lo fastuoso. Creíamos en ello a pies juntillas. Si luego se hablaba de la cutrez de los circos, nos tapábamos interiormente los oídos: esas ideas nunca jamás entrarían en nosotros. Nada destruiría ese refugio de lo espléndido. Y, Sue, me llevaban dos veces, en Navidad al circo grande, y en verano, en las fiestas de la ciudad, a uno pequeño y muy cutre (en el que la taquillera era prima de mi padre, pero preferí no usar esa historia).

Aunque juntas, el beso es uno para cada una de las tres.

Siempre espero, REYES, que vengáis a hablar de vosotros mismos. Es lo que me gusta. Y con lo de "qué bonito", de mi ya has dicho bastante. ¡¿Editorial?! Grrr. Ya me arruiné una vez con una y no hace demasiado que dejé de tener pesadillas.
Uno o dos besos, por supuesto que sí.

Gracias a ti, ZARZAMORA, por haber atravesado la capa dura y haber conocido la energía interior. Y por los piropos al relato. Tienes que darnos más información sobre ese libro y tu participación, sobre esa experiencia.

Besos de funambulista arriesgado (no literal pero sí metafórico)

Sue dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Sue dijo...

Sí, supongo que no he nacido en una buena época para apreciar el circo. Sin embargo, sí nací en la época de la TV y no me va ni un pelo. Prefiero la radio.
En cualquier caso, tengo que decir que en dos ocasiones me he "colado" en los circos del barrio y creo que ya es hora de confesarlo.
A ver, no fue a propósito, pues yo lo único que buscaba era ver a los animales (y comprobar si podía liberarlos de sus cadenas). Lo que ocurría era que al colarme en el "backstage" y escuchar que venía algún cuidador o personal del circo salía corriendo y me metía bajo la carpa en cuanto veía un hueco. Me sentaba en una silla haciéndome pasar por una espectadora y así me libraba del rapapolvo o el tirón de orejas.

Confesado queda.

LUISA M. dijo...

Felicidades, Nán. Un relato que resulta conmovedor, con ese niño-anciano al que dan ganas de conocer y de invitar una tarde al circo, aunque quizá es más mágico en su imaginación.
Me he quedado con ganas de asistir con él a ese reencuentro con el cuadro del niño de las naranjas.
Con mucho retraso, he descubierto hoy tu entrada sobre el biblioburro; me ha gustado mucho. Te dejé un comentario allí.
Desde luego, esta tarde de sábado ha merecido la pena la visita a tu blog, por el que hacía algún tiempo que no pasaba.
Un abrazo.

Zayi Hernández dijo...

Quiero ir al circo...pero no en el sentido de ir y devolverme a casa, sino que me gustaría mucho formar parte de una familia de feriantes e ir de pueblo en pueblo con un espectáculo mágico...regalando sonrisas y esas cosas...que bien me lo pasaría.
Un besito.

Freia dijo...

¡Qué hermoso, Nano. Qué hermoso! Y a estas horas de la noche tan solas aún lo es más.
Y la plaza de Correos con las camelias florecidas, las raíces levantando el pavimento y los chorros del agua de la fuente golpeando a la dama que inclinaba el cántaro. Recuerdos de agua, sombras, cartas llevadas a escondidas, cañamones para las palomas y libros.

Un abrazo suavecito

NáN dijo...

Qué sería del mundo, SUE, si los niños no tuvieran derecho a intentar (y a veces conseguir) colarse en el circo. ¡Menos mal que no pudiste soltar a los animales, no creo que te lo agradecieran! Y hoy no contaríamos con tus diálogos. Por no hablar de la pérdida irreparable para la NBA Woman. No tiene que gustarnos todo.

Un abrazo

Luego iré a ver tu comentario, LUISA M., aunque lo supongo entusiasmado porque sé que eres profesora entregada a tus alumnos. Un placer verte por aquí.

Un abrazo

ZAYI, me tienes muy enfadado. ¿Qué es eso de haber desaparecido, quitando incluso el acceso a tus entradas? Tu prosa-caribe es una necesidad. Anda, mientras te piensas nuevas entradas, restituye al menos las antiguas... ¡Y ponles etiquetas!, para que pueda clicar en "coitus interruptus" y leérmelas todas seguidas.

Seguro que serías el alma de ese circo. Seguro. seguro.

Un abrazo para ti.

Y jugar a tellas y a las canicas, FREIA, y acariciar a los perros. ¡Menuda plaza! Casi una selva, pero oliendo el mar, a 50 metros.

Un beso.

Gemma dijo...

A mí lo que me gusta es que hayas inventado un personaje anciano que tiene mucho de ti, de tu memoria al menos. Resulta extraño leer en esa clave el texto. Recuerdo haber leído muchas historias del Nano niño que fuiste, con el que guarda tanta relación por cierto este otro Nano. Reflejo el uno del otro, y ambos de ti, la historia es una delicia.
¿Puede ser que nos hayas hablado alguna otra vez de este cuadro?
Muchos besos

NáN dijo...

Me gusta que te fijes en que las proyecciones van en todas las direcciones del tiempo, GEMMA. Que todos los personajes creados son, como mínimo, curativos.

Y sí, recuerdo que en un cuento de taller aparecía ese cuadro, un niño enfermo, un cielo azul y una mariposa que pasaba frente a la ventana. ¡Buena memoria lectora! Era un relato sobre colores, creo recordar.

Isabel dijo...

¡Qué mirada la del niño! En vez de contener el viejo al niño parece que es al revés.
Lo has descrito muy bien y me gusta mucho imaginar la proyección a cámara lenta de esa ardilla nerviosa.

¿Dónde hay que firmar para llegar a esa edad con ese desparpajo?

Yo siempre pensaba ¿y el día que el payaso no tenga ganas de hacer reír?
Quizás por ello ahora trato de averiguarlo en el taller de teatro.

Muy bueno, Nano.

NáN dijo...

Qué bueno, ISABEL, que payasees en el taller de teatro. Estás en una posición inmejorable para entender este texto y para servirte de él.

Un abrazo

VERONICA LEONETTI dijo...

Qué hermoso, Nano.
No hay que olvidar nuestra mirada de niño/a. Aunque parezca que queda poco de ella en nosotros, hay que conservarla de alguna manera. Yo, como soy tan despistada, tengo una foto mía de cuando tenía un año en mi escritorio. Así la recupero, cada vez que me veo a mi misma, en ese 'otro' espejo.

andandos dijo...

No suelo hablar con palabras de mí, pero el tema del circo me lleva a otro parecido. Estuve durante algunos años, (para pagar mis estudios, como se decía entonces), en orquestas y grupos de música de baile, buenos, regulares y malos, y recuerdo esos años con simpatía. Mi padre, mi tío, mi primo (todavía lo hace) y mi abuelo han sido lo que se llamaban músicos de verbena, de fiesta mayor, y, ocasionalmente han formado parte de los músicos de circos. Yo creo que aquella vida era lo más parecido a ir en un circo. Estoy hablando de cuando yo tenía 16 años en adelante. De manera intermitente y ocasional lo he seguido haciendo hasta hace pocos años. Entre los amigos y conocidos de mi padre había payasos, magos, equilibristas, humoristas, vedettes, cantantes de canción española, presentadores de espectáculos de variedadres... y músicos, claro.
Nunca me he reído tanto como en aquellos interminables viajes, con músicos (algunos, como he dicho, de mi familia) de fiesta mayor curtidos en mil batallas y capaces de sacar partido a cualquier situación, y de imaginar, casi sin cesar, grandes proyectos que luego la realidad los rebajaba a proyectos para ir tirando.
Aparte de las anécdotas, recuerdo, como sucede en "El viaje a ninguna parte", la sensación de estar viviendo el final de aquél tipo de orquestas, con pocas pretensiones reales, muy honestos con su trabajo, muy cumplidores de sus compromisos, muy fieles a "su" música... y ciegos ante la nueva realidad (gente más preparada profesionalmente, música hecha para entrar por los ojos, grupos y orquestas que sonaban como los discos...).

Un saludo, Nán

NáN dijo...

Ay, se me habían pasado los dos últimos comentarios.

Hay quienes dicen, VERÓNICA, que la infancia es el paraíso perdido; para otros es la esfera del dolor. En todo caso, es; y sigue siendo. Prefiero fluir con la corriente y abrirle todos los pasos de conexión posibles, porque de su recuerdo saco fuerzas que compensan las que se pueden ir perdiendo.

Un abrazo, que muy pronto será presencial.

Pues no sabes lo que me alegro, JOSE LUIS, que te hayas decidido a hablar de ti con palabras. Compartimos un poco la experiencia, porque estuve en grupos "modernos", pero de antes de que aparecieran los que sonaban como los discos, compartiendo con las orquestas de siempre los escenarios de los bailes de las fiestas patronales (en verano), y algún que otro cabarete guarrete (en invierno), que debía tener permiso de la Gobernancia para poder hacer un striptise de vez en cuando (o sencillamente era propiedad de algunos de los que "gobernaban").

En el trabajo no podíamos hablar, porque nos íbamos turnando, pero sí compartíamos las copas finales mientras recogíamos. Y los recuerdo aceptando con mucha dignidad que sus días estaban contados (los nuestros, también).

Había grandes músicos entre ellos (entre nosotros, no). Pero, sobre todo, eran divertidos. Y fuertes y con vocación, porque recogíamos a las 3 o las 4 de la madrugada y normalmente a las 8 entraban a trabajar, a bastantes kilómetros de distancia.

Anímate a hablar más de ti.

Un abrazo