sábado, 30 de octubre de 2010

ACTUALIZACIÓN vía Giovanni - Dónde está la izquierda: Documento 2: Tony Judt

Sin pedirle permiso siquiera, porque esto es una labor de todos los que queremos hacerla y nos apropiamos de lo bueno, copio aquí, en otro color para que se vea lo nuevo, el grande post de GIO, titulado Una vida digna y feliz para todos. Para ver las fotos e ir a su blog a comentar, haced clic en Tutto è Possibile. Gracias, Gio.

Inspirado por un debate en el blog de NáN sobre "Dónde está la izquierda: Documento 2: Tony Judt" quisiera abordar un tema que me ocupa casi día y noche: cómo juntar fuerzas mentales para entender mejor el mundo en que vivimos y realizar y guardar el mundo que queremos. Uso la palabra “guardar” pensando a la naturaleza y a las conquistas sociales del siglo pasado incluyendo la creación de sociedades más igualitarias – lo que es el tema principal del último libro de Tony Judt, el científico social que murió hace poco.

El debate en el blog de NáN es largo e interesante y espero que la gente que lo lee saque de ello algunas ideas de cómo mejorar su propio análisis y entender mejor lo que pasa en el mundo y, eso también, cómo se pudiera mejorar las cosas.

Acabo de hablar sobre esto con mi mujer, durante el almuerzo, y ella me preguntó de poner por escrito (en holandés) lo que dije. Aquí sólo os contaré lo que dije sobre “la crisis”, que para mí es un concepto que ofusca la realidad en que vivimos.

‘No creo,’ dije, ‘que “crisis” sea el término apto para describir lo que estamos viviendo. Estamos más bien viviendo un “reshuffling” de fuerzas.’

- Cómo? me preguntó ella. Qué quieres decir con esto?

- Ahí, en el campo de la batalla económica, están las tropas, dije, y los generales que las mandan. Las pérdidas nunca se dan entre ellos sino entre las tropas, el “voetvolk” como se dice en holandés, o sea los soldados de pie. Además, los generales han sacado a sus soldados de sus lanzas (para que no las usen contra ellos… o, hablando de la realidad política económica, para que sus sindicatos sean menos combativos) y los mandan a luchar con sus manos entre ellos.’

Sobre “reshuffle” dice WordReference: reshuffle1 /'ri:'ʃʌfəl/ verbo transitivo

‹cards› volver(conj.⇒) a barajar


‹cabinet› remodelar;


‹management› reorganizar(co


Creo que estamos viviendo un reshuffling y un “crisis management” de los que tienen el poder y no de los que tendrían que tener el poder en democracias de verdad: los grupos sociales sin poder. Desgraciadamente los grupos sin poder siguen votando a los políticos que defienden en su mayoría los intereses de los grupos de poder (hay excepciones) y nosotros, los votantes sin poder, no logramos desarrollar estrategias alternativas (eso es el gran desafío de una nueva izquierda) a las de que aplican los que nos gobiernen, tanto del sector privado (Corporate Power) como del sector público (principalmente las “autoridades” financieras y económicas).

Creo que somos soldados sin armas y nos hemos dejado desarmar. Podríamos armarnos nuevamente con armas que sirven para mejorar el mundo y guardar el planeta? Cómo construir un mundo en que cooperemos (en vez de competimos) para que cada ciudadano del mundo pueda tener una vida digna y feliz?

En la foto de abajo se ve Iquique, viniendo (llegando) desde el desierto. En la foto arriba se ve la veranda (pórtico? porch?) de los managers de la salitrera abandonada en el desierto, Humberstone. Ahí filmé en diciembre 2007 a Aafke: Aafke Steenhuis en Humberstone




Aplazo le última parte de la 1ª parte de mis “miedos”. Esa historia del yo-niño que se justifica en mi narcisismo, ¿por qué no reconocer las sombras tanto como las luces, si estamos hechos de las dos?, en el gozo de escribir y en que creo que lo que estoy haciendo es una historia del nosotros-niños.


Lo que Molinos me ha puesto en la bandeja (de entrada) es demasiado importante y lúcido como para no hacer esta “desviación”. A Molinos la conocí a blog vista, donde es para mearse de risa con esa historia costumbrista llena de mala leche en cuyas situaciones y personajes caricaturescos es difícil no reconocerse a veces. Pero por sus lecturas, vi que llevaba en la frente una pegatina de rasca y gana: un estado febril de leer lo mejor. Luego vi la pegatina del entusiasmo, esa cualidad de niña que la emparenta con los filósofos, los poetas y los que defendemos ese niño solo ante el mundo. Finalmente, la generosidad de compartir. Rasqué las tres y gané.

Y parte de esa ganancia, la transmito aquí en extractos del prefacio y el postfacio del libro de Tony Judt Sobre el olvidado siglo XX. Gracias a la tecnología, los recibo en PDF, y otra vez gracias a la tecnología, puedo “retratar” párrafos, convertirlos a formato de imagen y ponerlos aquí.

En estos documentos responde perfectamente al motivo de la serie: son la voz autorizada y trabajada de alguien que, desde la reflexión profunda que no sé hacer, se plantea las preguntas y respuestas que yo simplemente balbuceo. Y gracias a las nuevas tecnologías, ese arma y herramienta que empezamos a usar (y no creo que dejen mucho tiempo en nuestras manos), puedo transmitir aquí sin gran esfuerzo.

Cuando digo “yo soy la izquierda” no digo que sea un referente. Además de una burla del absolutismo, en la figura de Louis XIV, imagino a muchos que pronuncian esas frases. A muchos que nos sentimos huérfanos de una izquierda que ya no existe y cuya narración de la Historia es un horror o un desconcierto. Pero sigue siendo necesaria y hay que reelaborarla. Judt se puso a la tarea y hoy contamos con sus obras, una punzada en los lomos necesaria para escuchar esa voz distinta, que arremete sin vergüenza contra todo, juntando las piezas necesarias sin hacer ascos al de dónde vienen.

El prefacio lleva el título significativo de “El mundo que hemos perdido” y traza en él una crítica de la desmemoria, como si el mundo hubiera recomenzado alegremente con el capitalismo neoliberal, hurtándonos la Historia vital para conocernos. Ya no queremos saber de dónde salimos, pero Judt sí. Es un texto largo y minucioso, así que me voy a limitar a la lista de lo que hemos perdido, sin razonarlo, en esa falsa bruma de olvidar de dónde venimos.

Del prefacio, copio (supongo que haciendo clic en la imagen esta se agradará y facilitará la lectura) las críticas al Estado intervencionista, que asume, así como las razones para la continuidad de ese Estado en Europa.








Del postfacio, titulado "La cuestión social rediviva", copio extractos sobre las pérdidas que hemos tenido en el siglo XX, así como una de las consecuencias de esa pérdida. Lo dejo ahí, en esas preguntas abiertas a las que todos los que somos “la izquierda soy” no estaría mal que nos planteáramos honestamente.





Queda una parte muy interesante: la crítica pormenorizada a las distintas partes de la izquierda, una puesta en cuestión que reabre el debate de lo que podría o debería ser la izquierda. La reservo para otro documento de “Dónde está la izquierda”. Lo termina con una frase impactante y esclarecedora que copio, como aviso a navegantes:


“El desmantelamiento parcial de esas reformas sociales, por la razón que sea, no está exento de riesgos. Como sabían muy bien los grandes reformadores del siglo XIX, la Cuestión Social, si no se aborda, no desaparece. Por el contrario, va en busca de respuestas más radicales”.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Mis tres episodios de terror: (sección de huecograbado 2)



Lo que empezó como un homenaje a Sterne y al relato oral, a veces toma tintes de Sebald.


Ya conté que en la playa los adultos volvían a ser niños. El que me sostiene es mi hermano mayor, el que murió. La foto la tomó el segundo. Una cuñada, mi hermano y el tío Enrique, hermano de mi madre, un personaje fascinante del que a lo mejor hablaré algún día.



De las que están sentadas, mi madre es la de la derecha, la que va vestida de blanco.

sábado, 23 de octubre de 2010

Mis tres episodios de terror: 3ª parte de la 1ª parte del folletín

(continuación)

Cuando ya había amanecido y la luz del sol entraba por la ventana, todo en la habitación volvió a su inocencia e inmovilidad. Durmió tres o cuatro horas y se levantó en plenitud. Como todos los niños, dominaba imperfectamente el hilo de la causalidad y podía pasar con un corte seco del horror a la emoción de un día de verano. Bajó descalzo al baño de la planta baja a hacer pis, canturreando la canción ritual de por las mañanitas cuando me levanto tengo la pilila más tiesa que un canto, llenó de agua fría la jofaina para lavarse la cara, echó el agua al wáter, enjuagó con más agua la jofaina, volvió a desaguarla, subió corriendo a cambiar el pijama por la ropa del día anterior, menos los calzoncillos, que su madre le había dejado unos limpios en una silla, y volvió a bajar a la carrera a desayunar un tazón de achicoria con leche y tortas de masa fritas. Salió fuera de la casa, soltó al perro y se sentó en el borde de la acera que rodeaba la casa. Ya no tenía nada que hacer.

Estaba solo. Los demás eran adultos; otro mundo, otro lenguaje. Carecían del amor por la aventura, que solía durar unos segundos, por lo que había que estar atento para no perdérsela. Era un pliegue que se hacía y se deshacía cuando una mano tocaba un mantel; un hueco en el esfuerzo de vivir las horas. Si no estabas alerta, se cerraba antes de que hubieras llegado. La aventura se daba en un punto ciego en la vigilancia de los mayores.

No es que no los quisiera. Si en el colegio alguien se metía con él, había una pelea deportiva. Pero si se metían con alguien de su familia, la pelea era a sangre. Tampoco es que no agradeciera lo que hacían por él: desayuno, comida y cena, ropa y una cama; cine los domingos. A su manera, había ido entendiendo el mundo. Eso de ahí es un árbol, se llama palmera, le dijo su padre una vez. En otra ocasión, supongo que le diría eso es un árbol, un pino. Y que él señalaría con el dedo y preguntaría, ese árbol, ¿cómo se llama? Almacenaba y clasificaba datos; y los de ese tipo eran fáciles. También establecía débiles relaciones; más difíciles, por lo que les prestaba más atención. Había visto bien el bocadillo de los niños que no llevaban bocadillo y miraban el de otros; así que agradecía la comida que le daban. A veces, no sabía por qué, también a él le preparaban un bocadillo para el recreo. Pero esos 40 minutos en el patio, con una portería a cada lado, los más de 400 alumnos de primaria jugando siete partidos de fútbol, uno por cada clase de sesenta, con 30 jugadores por equipo, siete porteros en cada portería, siete balones y los más de 400 vestidos con la misma bata de rayas verticales azules y blancas. No era el momento de comer, así que lo dejaba para la clase de después, agachándose para dar un bocado, hasta que el final casi la mitad iba a la cartera. Comía poco. Además, le gustaba pasar hambre a propósito; se sentía alerta.

Agradecía lo que le daban. También le gustaba que le quisieran, sin que llegaran a atosigarle. Pero no tenía nada que hacer con ellos cuando se sentaban a hablar. En los veranos, al bañarse o en la orilla de mar, los adultos volvían a ser niños y entonces sí; o de excursión por el monte. Estaba acostumbrado a sentarse y meterse dentro de sí mismo, a no ser que contaran historias, pero eso lo hacían después de cenar. En casa había que procurar no montar escándalos, aunque a veces se volvía un poco loco y los montaba. Le decían que se bajara a la plaza a jugar. Era como un muelle que aprietas con los dedos y sueltas el dedo de arriba y hace toiiiing y se queda un rato abriéndose y cerrándose, del placer que le da estar suelto. La inmovilidad de dentro y el vértigo de fuera.

*****

Se fue a pasear, con la condición de que hubiera vuelto a la hora de comer, y se llevó al perro. Este hacía lo mismo que él cuando caminaba con los hombres: corría hacia un lado y volvía, hacia el otro y volvía. Los dos eran felices. A su modo, se entendía mejor con él que con los adultos. Le hablaba y parecía escucharle, hasta que algo le llamaba la atención y salía corriendo y moviendo el rabo sin oír el final de lo que le estaba diciendo. Su alma gemela. Bajaban al fondo de las barrancas, exploraban los lechos de ríos que nunca existieron y subían por el otro lado, en dirección a una ladera de montaña a la que nunca llegaban. Caminar solos por el campo solo no tiene más objetivo que el descubrimiento, cada minuto has llegado, porque no hay un sitio al que llegar.

Horas después, fatigado de tanta excitación, y porque apenas había dormido, se tumbó boca arriba en una zona en la que no hubiera piedras de las que pudieran salir alacranes, ni matorrales cercanos de los que pudieran salir serpientes que mordieran al perro cuando le defendiera. Con el calor del sol se fue quedando dormido. Al poco rato, le despertó el perro poniendo delicadamente la cabeza sobre su pecho. Le pasó un brazo por encima y pensó que nunca en su vida había vivido una mañana así, tan plena. Que volvería la noche, seis noches más le quedaban por pasar en la biblioteca de la torre. Pensó que sería estupendo quedarse dormidos y morirse los dos juntos, bajo el calor del sol. Dormidos para siempre.

(continuará)

miércoles, 20 de octubre de 2010

Mis tres episodios de terror: (sección de huecograbado 1)

Los dos perros de la historia

Era más malo que un nublao y por la noche lo ataban, no fuera a salir uno de los veraneantes y al volver se lo comiera antes de olerlo. Lo primero que hacía por las mañanas era soltarlo.

No se esfuercen en hacer comentarios, que no está permitido. Conozco a algunos de mis visitantes que no se van a leer los textos, pero pondrían cualquier tontería dándoselas de que se están leyendo la historia y precisamente aquí, comentan.

martes, 19 de octubre de 2010

Mis tres episodios de terror: 2ª parte de la 1ª parte del folletín

(continuación)

Para ir a la finca del valle, primero hay que llegar en autobús hasta un pueblo. Tomando una salida de él, de tierra, enseguida se ve una montaña que forma una “n” con las patas abiertas. A una quinta parte del trayecto, cuando el pueblo ha quedado ya bien atrás y mirando a izquierda y derecha ves que estás en una línea imaginaria entre los extremos de los dos lados de la montaña, el final de la ene abierta, empieza la finca y una pendiente no muy fuerte que lleva hasta la casa, digamos que un poco más arriba de las 3/5 partes del valle. La tierra sabe que está encerrada ya entre montañas, que le darán el agua de sus laderas cuando llueva, y se siente privilegiada y superior. Cuanto más se sube, más silencio hay y todo, plantas y animales, es más diverso y está más vivo.

Para llegar hasta allí, conocí tres modos. El Tomasín, un antiguo Ford T, cuando había señoras que transportar y alguien que lo condujera. Si se cumplían esas condiciones, hasta que tuve 7 años tenía que hacer el viaje así, humillado y oliendo a gasolina, a una velocidad de vértigo de al menos 30 kilómetros por hora que nos dejaba en la casa en algo menos de media hora. Para un niño de ciudad, esa no es forma de viajar en el campo. Necesita ir respirando los cambios. El segundo modo era que el mediero bajara con un carro de paseo y la mula. No estaba mal, porque me sentaba delante con él, olía el sudor de la mula, veía los cambios poco a poco y me impregnaba de ellos. El tercero, el de los hombres, era el bueno. Caminando hora y media, o algo menos si yo no me dedicaba a zigzaguear, retrasándolos a todos. Cuando estábamos cerca, el perro que cuidaba la casa aullaba de alegría. Sabía que se acercaba diversión y comida extra. Con los años, me olía a mí y mis ganas de verlo.

El grupo lo formábamos la madrina, mi tía soltera y mi madre, los hijos de la madrina con la novia o el novio, mis hermanos y amigos de ellos. Para mí, adultos, a los que no encontraba diferencia entre los que tenían 25 años y los que tenían más 50. Luego estaba mi hermana, cinco años mayor que yo, con un pavo insufrible, situada en una tierra intermedia, de nadie, el mismo territorio de nubes de algodón de azúcar en el que estaba siempre por mucho que viajara; y finalmente yo, totalmente solo menos por el perro; yo pertenecía a la tierra misma y al perro.

Mi padre no vino nunca. Ahora que hace ya 50 años que ha muerto y que por fin nos hemos hecho amigos, creo que algún día debería escribir sobre él. Empleado, de pensamiento de izquierdas, se enamoró de esa chica que en su casa tenía dos pistas de tenis, fue amado por ella y exigió a su futuro suegro que no se entrometiera porque iban a vivir con lo que él ganaba. Fue así, según sé, mucho tiempo, hasta que perdió la guerra, tuvo que disfrazarse de mono de botella de Anís del Mono, sin beberlo ni comerlo, para vivir y dar de comer a su familia, y perdió, como tantos perdedores, el empuje. Se dedicó a mejorar su posición y la de los suyos, también la mía cuando nací. Los hombres pretendemos dar cosas a la mujer y nos olvidamos de darnos nosotros mismos, que es lo que ellas quieren; me refiero a las mujeres que aman de verdad y no a las que quieren una posición social. Y cuando no somos capaces de dar cosas, y seguimos siendo incapaces de darnos a nosotros mismos, nos hundimos en una vergüenza interior. Así que mi padre se quedaba a trabajar, de lo que entonces se llamaba de Rodríguez con todas sus consecuencias. Imagino que se iría de burdeles. No tengo ningún dato en el que basarme. Pero supongo que sería así. Era un hombre de acción. Supongo que sí, que algún día tendré que escribir sobre él.

Recorría los restos de los platos de la comida de la cena buscando restos para el perro. Una tarde, después de comer, la novia de un hijo de madrina, mientras le daba de comer, empezó una charla sobre lo inconveniente de dar de comer a un perro que cuando nos fuéramos no le darían tanto. “Sí, pero... es que tiene hambre”, le dije, dejándola con la palabra en la boca y yendo a por más comida. No creo que haya mayor humillación para un adulto que el que un niño te dé la razón, sí pero..., y luego actúe como si le importara un huevo lo que le estabas diciendo. Y es que me importaba un huevo.

En lo que decían los adultos, tenía tres categorías con una estrategia muy bien trazada. Órdenes de la categoría primera eran: “no te retrases a la hora de comer”. Hay que cumplirlo, porque ellos sí van a estar a la hora de comer. En la misma categoría estaban “no te subas a la mesa” y “baja del aparador”. Como todos los niños, meterme debajo de la mesa o subirme encima era como buscar el refugio total o subirme a los árboles para ver llegar al enemigo. Había que bajarse de la mesa, porque el adulto estaba allí y no aceptaría una mirada lejana por respuesta. En el caso del aparador, eras consciente de que habías traspasado un límite y que si bajabas enseguida ya era malo, pero si te retrasabas sería peor.

En las órdenes de segunda categoría estaban el “no te metas en la balsa de riego”. Por supuesto, como los adultos no estaban allí, no había que cumplirla; solo procurar que no se enteraran.

En la categoría tercera, o inferior, estaban las moralinas largas, enrevesadas y poco inteligibles, como la que me estaba metiendo aquella adulta. La estrategia de éxito consistía en dar a entender claramente la postura del por mí como si te pierdes en el bosque. Si podías ofender y no era una autoridad cercana y frecuente, mejor que mejor. Les quitabas las ganas de adoctrinar.

La orden de “no te retrases a la hora de la comida” la incumplí una vez, a lo grande. Era la comida de las bodas de plata de mis padres, con muchos familiares invitados. Mi madre cometió el error de vestirme de un modo repugnante y exigirme que paseara pero no jugara. En realidad el error fue hacerlo demasiado pronto. Me encontré con un amigo y su padre, que se iban a pasar el día en un pueblo. Me invitaron y dije que sí (no se debe ofender tanto a un niño), me dijo que se lo preguntara a mis padres, di la vuelta a dos manzanas y volví con el permiso. Regresamos a las 8 de la tarde. Nadie había comido, mi padre y la Guardia Civil buscaban mi cadáver. Y si me encontraban vivo, mi padre tenía sus planes de acabar conmigo. Aprendí la lección y pasé el resto del verano viviendo como un gato que sabe que molesta en la casa y que es mejor que nadie note su presencia. Me convertí en el rey del escabullimiento.

Pero no es este el primer terror. Solo nos acercamos.

(continuará)

domingo, 17 de octubre de 2010

Mis tres episodios de terror: 1ª parte de la 1ª parte del folletín

El otro día me referí a esos episodios y pensé, ¿por qué no contarlos? Para eso están las sobremesas y los blogs. Cuando cuento historias, y tengo muchas simplemente porque he vivido más años, algunos me dicen que son para un libro. ¡Error! Los libros mienten más que la memoria. La ficción es para hacer verosímil lo que nos ha pasado, pero contando otra cosa. Las historias reales son demasiado enloquecidas para resultar creíbles. Punchet escribió (y lo tengo en la cartela del blog): “La literatura miente más que habla. Quizás por ello es la única que acaba contando toda la verdad”. En los recuerdos solo se cuenta las falsedades de la memoria; es decir, aquellas con las que no tenemos más remedio que convivir, porque creemos que fueron así.


Pero tampoco vamos a poner el grito en el cielo por ello. Simplemente, escuchar o leer recuerdos exige más atención. En la ficción, si sigues la teoría de Hemingway, cuentas la punta del iceberg, pero las nueve décimas partes ocultas te las sabes y no das la lata con ellas al lector: controlar esas partes es lo único difícil. Si la historia está bien escrita, lo que muestras no requerirá ser explicado con lo que no muestras, aunque a ti sobre todo lo que te ha interesado son las partes ocultas; el personaje nunca desayuna en el texto, pero te lo has pasado en grande viendo cómo desayuna y se mancha la boca de huevo pasado por agua. En los recuerdos, como no comprimes ni quitas, todo tiene que explicarse: quién es hijo de quién y cuándo y cómo. Lo único que no tiene sitio es el por qué: los motivos no existen en la vida. Te pasa algo y lo único que pasa es que te pasa.

Mejor todavía: las historias tienen el sabor de la narración oral, ese cruzarse y descruzarse; el derivar y reencontrarse. En resumen: esto es un homenaje a uno de los grandes ochomiles de la literatura, Tristram Shandy, cuyo protagonista nace allá por la página 150. Si fuera una persona inteligente, el mejor homenaje sería disfrutarlo y callar; como no es el caso, escribo y cuento.

Hemos cenado. En la mesa todavía quedan migas, envoltorios de polvorones de las pasadas navidades, de frutas de Aragón, una caja de bombones con el de nata que no quiere nadie, ceniceros que se van llenando, tazas de café ya bebido, alguna copa. No hay televisión, la radio es un rollo y no se puede hacer otra cosa que hablar y contar historias. Tomo la palabra.


Parte I

El garrampón del valle (9/10 años)

Tuve una Madrina. Entonces, de lo que era gratis, teníamos de todo. Cosas por las que no había que pagar: una madrina, padre y madre, 3 hermanos mayores, una tía soltera que vivía en casa, una docena de tíos, en su mayoría locos, decenas de primos estupendos por la rama materna (la paterna es poco dada a la procreación: todos compartimos el sentimiento de que es mejor dejar las cosas como están y que el expediente se cierre de una vez), mar, playas desocupadas, la ciudad para recorrerla a mi gusto. El día que cumplí los 5 años, solicité y obtuve el derecho a no pasar la vergüenza de llegar al colegio cogido de la mano de mi madre, como si fuera un niño pequeño, y con ello el de andar por la ciudad hasta unas líneas invisibles pero bien marcadas. También tenía una buena relación con el caballo percherón que tiraba del carro de la basura.

Algunas cosas con coste: una cartera para llevar y traer los libros, con restos diversos de bocadillos. Un verdugo que me había hecho mi madre con una lana que asfixiaba y picaba. Creaba un peligroso clima de contraste, con pantaloncitos cortos que me helaban los muslos y ponían las pelotillas en retracción, mientras la cabeza ardía. También tenía dos porras de churrería diarias que, una vez encasquetado el verdugo, me ponían en la mano. Al bajar por la escalera, me comía una. Al volver la esquina, me quitaba el verdugo y oía el relincho del percherón, que aunque tuviera el freno puesto deslizaba las ruedas y se paraba a mi lado. Me ponía de puntillas, estiraba el brazo con la porra en la mano y él se agachaba y, con delicadeza extrema, la cogía y se la comía. El hombre de la basura gritaba que un día iba a haber un accidente por la porra de la mierda. Era el único momento emocionante del día.

La madrina llegó a serlo porque mi madre no había sentido el parto de mis tres hermanos anteriores. El médico le decía “grita, Merceditas” y ella contestaba que por qué. Así que quiso comprobarlo en mi nacimiento, se agachó, mi madre sintió dolor, se sujeto a lo primero que tuvo a mano y se quedó con un mechón de cabellos. Aquella calva solo se compensaba con un madrinazgo.

Pero ¿por qué estaba allí mi futura madrina agachada para ver el fracasado milagro de un parto sin dolor? Relaciones familiares. Atentos ahora que estas tramas son confusas de por sí. Era la viuda con tres hijos de un viudo que ya tenía un hijo de la primera mujer. El viudo, un notario que debió dar un buen braguetazo en su primer matrimonio, llevaba de segundo apellido el mismo que yo llevo de primero. Así que ambas familias, la mía y la del difunto, se relacionaban.

Si ese apellido hubiera sido Gómez, esta historia no se estaría contando, porque los Gómez no suelen salir de casa diciendo vamos a visitar a los Gómez. No, es un apellido muy cantoso, de origen gabacho, y extremadamente infrecuente. Para mí ha sido una pesadilla. Tanto, que cuando en el Taller editamos un libro de relatos el mío lo firmé como Nano. Y si Dios no lo remedia, pero me temo que lo va a remediar, y publico un libro, será firmado como Nano. La gente se acuerda de ese apellido; y entre la gente están los profesores nuevos de la etapa escolar. De la lista, solo recordaban pocos nombres y los quinces primeros días de clase, cuando todavía no se tiene ni idea de la materia, preguntaban a Bonaparte, a Fuenteovejuna y a mí. Quedábamos como necios y luego nos costaba mucho remontar hasta el nivel que merecíamos. Digamos, para el desarrollo de la historia, que somos los Zutánez.

Aumenta el lío: entre las numerosísimas posesiones que tenía el notario Zutánez, procedentes de su primera mujer y que están muy relacionadas, dos de ellas, con mis dos primeros estados de terror, estaba la casa principal, en mitad de la Rambla. Una casa de tres pisos con balcones a esa calle principal que profundizaba hasta el callejón de atrás. El primero, alquilado, el segundo, la vivienda de los Zutánez, el tercero, dividido en dos partes: la que daba a la Rambla, alquilado, pero por la parte de atrás era una extensión del segundo, obra de un arquitecto demoníaco que iba poniendo tramos de escaleras estrechas que daban a los cuartos de los hijos, que empezaban casi en el segundo y tenían el techo en el nivel del tercero. En una fiesta zutanesca, mi hermano mayor, de 13 años, y la menor de mi madrina, de otros tantos, se perdieron por las escaleras con una botella de licor de menta y bajaron convertidos en novios. Historia que duró hasta la muerte de mi hermano.

Digamos que el notario dejó todo en testamento al hijo de la primera mujer, pero su usufructo a mi madrina (y también suegra de mi hermano). No sé si alguien me seguirá todavía, porque incluso a mí que pongo cara a los implicados me resulta difícil hacer un mapa mental. Pero el caso es que mí madrina usufructuaba muchas cosas. No era rica, pero usaba la riqueza.

De no ser por esas propiedades en sitios lejanos, yo no habría conocido el miedo, pues en las cosas de la vida cotidiana soy un hombre muy tranquilo al que ni en las peores situaciones le sube la adrenalina. Una vez pasada la situación, sí: entonces me acojono y soy propenso al desmayo.

(continuará)

lunes, 11 de octubre de 2010

Cuentos Inhumanos, de josé miguel vilar-bou y verónica leonetti (1 de 4 libros de mis amigos)


Cuentos inhumanos
Textos de José Miguel Vilar-Bou
Ilustraciones de Verónica Leonetti
Saco de Huesos Ediciones
Colección  A sangre
Primera edición: enero de 2010



No tengo problemas para escribir sobre los libros de mis amigos, porque primero los elegí porque me gustaba lo que escribían. En este, a quien había elegido como amiga era a Verónica, así que tenía un poco de incertidumbre. No voy a crear suspense: me gustaría ser amigo de José Miguel.


El siguiente tropiezo lo tuve al leer en el prólogo que eran cuentos de terror. He vivido tres episodios de terror intenso: con 9, 19 y veintitantos años. Quizá soy intuitivo, perceptivo o, como supongo que diría mi abuelo el milico, simplemente un cagueta. Pero desde que tracé la línea de que el mundo infame se quedaba fuera y yo no lo buscaba, quedé tranquilo. Y ahora tenía que leer cuentos de terror. En fin, como cantaba Serrat, “mis amigos son gente cumplidora, que acude cuando sabe que yo espero, si les roza la muerte disimulan, que pa’ellos la amistad es lo primero”.

He tenido suerte. He encontrado 12 relatos llenos de humor bondadoso, con una escritura que te mete en cada situación en las dos primeras líneas, no importa que las historias sean actuales o de los tiempos napoleónicos, que transcurran en una habitación de la rue Goffart, en Tarragona, que empiece en un parto de cuatrillizos en Barcelona, o trate de un español y una austríaca que viven en Bruselas, en las fiestas de Carnaval en las calles de Herzeg Novi. En seguida como lector te sitúas y todo te parece verosímil; nada raro. Es un mérito de mucho valor hoy en día. Leer un relato de Vilar-Bou es como ir andando por la calle, caer (de pie) en un socavón en el que hay gente jugando y ponerte a jugar con ellos sin ni siquiera limpiarte el polvo de la caída.





Las ilustraciones de Verónica marcan el terror. Es una simbiosis perfecta. Con ellas se equilibra el asunto. En ellas está la ternura, la emoción y el horror. Las miras, antes del relato, y te encantan (lo normal con ella, vamos). Pero después de leer el relato, ves que es el sello que lo representa: miras la ilustración y es como tener presente el relato entero. Verónica es una vampira para los escritores: exprime las palabras y hace con ellas un zumo (las más de las veces peligroso y poco vitaminado).

En la contracubierta, ambos se despiden así: “Les estamos muy agradecidos, pero lo cierto es que no acertamos a explicar lo aquí dibujado ni tampoco lo escrito. Dínoslo tú”.

Pues allá voy: el terror verdadero que encierra cada vida cotidiana, se me ha hecho presente. Pero en tales condiciones de normalidad, amor, humor, que lo he podido soportar y hasta lo he disfrutado. Para mí, este libro ha sido un recorrido por mi propio cerebro en el que me he detenido y disfrutado de aquellos paisajes y rincones que habitualmente cruzo veloz y mirando el suelo.

lunes, 4 de octubre de 2010

Dónde está la Izquierda, matarile, rile, rile. Documentos para pensar 1

Esta serie es necesariamente la contrapartida del Expreso Neoliberal.

La estreno con estas conclusiones ante el fracaso de Copenhague de George Monbiot en The Guardian. Los dos últimos párrafos, pero se puede leer entero AQUÍ.

Los verdes son una fuerza enclenque, en comparación con los grupos de lobbies industriales, la cobardía de los gobiernos y la tendencia humana natural a negar lo que no queremos ver. Para compensar nuestra debilidad, nos hemos permitido la fantasía de un poder paternalista benigno que actúa, mediante los inescrutables mecanismos políticos, en nombre de los intereses más amplios de la humanidad. Nos hemos permitido creer que, con un poco de petición y de protesta, en alguna parte, en una esfera institucional distante, personas con compromisos pero decentes se harían cargo de nosotros. No lo han hecho. Ni siquiera iban a hacerlo nunca. Así que, ¿qué hacemos ahora?
No lo sé. Estos fracasos nos han dejado expuestos no solo a los conocidos problemas políticos, sino a debilidades humanas profundamente enraizadas. Lo único que sé es que debemos dejar de soñar en una respuesta institucional que nunca se materializará y empezar a hacer frente a una realidad política que hemos tratado de evitar. La conversación empieza aquí.

viernes, 1 de octubre de 2010

Expreso Neoliberalismo, Destino Pobreza (correspondencia Dictaduras): 1. Hagamos el indio

“No hemos heredado la tierra de nuestros antepasados. La tenemos prestada de nuestros hijos”
Antoine de Saint-Exupery

Me he cansado de esperar que salga una nueva izquierda: lo que veo me asusta y quiero reaccionar. Me nuego a dar por sentado que el Capitalismo Neoliberal sea la única opción, porque nos lleva al desastre: humano y ecológico. Dicen sus recetas y parece que no se puede vivir fuera de ellas. En el Capitalismo Neoliberal, no. Por eso hay que buscar fuera de él.

El otro día, un amigo mío decía “veo el trabajo como un bien de consumo más”. Tiene toda la razón. Su frase es irreprochable. En el sistema que se nos ha impuesto, así es. No estoy dispuesto a tolerar que ese sistema, del que me declaro enemigo, se promulgue a sí mismo, impunemente, como el único. La izquierda soy yo, pero no como representante de otro que no sea yo mismo, sino como portavoz de mí mismo: hay otras voces y me uno a ellas.

La base del capitalismo, desde antiguo, es el expolio de los recursos: los naturales y los seres humanos, convertidos en bienes de consumo. Viene de antiguo. Saco el hacha de guerra y uso la tecnología: nada de winchesters contra arcos. Tenemos Internet y todo tipo de comunicaciones que nos permite avanzar en un mes lo que antes nos requería 10 años. Y detrás de un mes enseguida viene otro.

Esta entrada se la dedico a Sirwood, que siempre está haciendo el indio y a mí me parece una de las personas más serias que conozco. él me ha recordado el texto del jefe Seattle. Viene muy bien, porque el Neoliberalismo nos puede vencer a nosotros, pero ansiando cada vez más recursos, y abusando del petróleo para ello, se enfrenta a un Enemigo que le derrotará. Y ahí tenemos que estar nosotros, con una estructura de relevo ya creada, puesta a prueba, con nuestras tácticas y estrategias. Indudablemente, con enfrentamientos.

Carta del Jefe Indio Seattle

El gran jefe de Washington ha mandado hacernos saber que quiere comprarnos las tierras junto con palabras de buena voluntad. Mucho agradecemos este detalle porque de sobras conocemos la poca falta que les hace nuestra amistad.
Queremos considerar el ofrecimiento porque también sabemos de sobra que, si no lo hiciéramos, los rostros pálidos nos arrebatarían las tierras con armas de fuego.
¿Pero cómo podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea nos resulta extraña. Ni el frescor del aire ni el brillo del agua son nuestros. ¿Cómo podrían ser comprados? Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. La hoja verde, la playa arenosa, la niebla en el bosque, el amanecer entre los árboles, los pardos insectos… son sagradas experiencias y memorias de mi pueblo.
Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra cuando comienzan el viaje a través de las estrellas. Nuestros muertos, en cambio, nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos una parte de ella, y la flor perfumada, el ciervo, el caballo y el águila majestuosa son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.
El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si os la vendiésemos, tendréis que recordar que son sagrados y enseñarlo así a vuestros hijos.
También los ríos son nuestros hermanos porque nos liberan de la sed, arrastran nuestras canoas, nos procuran peces. Además, cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuenta los sucesos y memorias de la vida de nuestras gentes, el murmullo del agua es la voz del padre de mi padre. Sí, gran jefe de Washington: los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, son portadores de nuestras canoas y alimento de nuestros hijos. Si os vendemos nuestra tierra, tendréis que recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y también suyos. Y por tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.
Por supuesto que sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de ser. Tanto le da un trozo de tierra que otro, porque no la ve como hermana, sino como enemiga. Cuando ya la ha hecho suya, la desprecia y sigue caminando.
Deja atrás la tumba de sus padres sin importarle. Secuestra la vida de sus hijos y tampoco le importa. No le importan la tumba de sus antepasados ni el patrimonio de sus hijos olvidados. Trata a su madre la tierra y a su hermano el firmamento como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas y cuentas de colores. Su apetito devora la tierra dejando detrás todo un desierto.
No lo puedo entender. Vuestras ciudades hieren los ojos del hombre PIEL ROJA. Quizá sea porque somos salvajes y no podemos comprenderlo. No hay un solo sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar donde se pueda escuchar en la primavera el despliegue de las hojas o el rumor de las alas de un insecto.
Quizá es que soy un salvaje y no comprendo bien las cosas. El ruido de la ciudad es un insulto para el oído. Y yo me pregunto: “¿Qué clase de vida tiene el hombre que no es capaz de escuchar el grito solitario de una garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la balsa?” Soy un piel roja y no lo puedo entender. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de este mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aromas de pinos.
Cuando el último piel roja haya desaparecido de esta tierra, cuando no sea más que un recuerdo su sombra, como el de una nube que pasa por una pradera, entonces todavía esta riberas y estos bosques estarán poblados por el espíritu de mi pueblo. Porque nosotros amamos este país como ama el niño los latidos del corazón de su madre.
Si decidiese aceptar vuestra oferta tendré que poneros una condición: que el hombre blanco considere a los animales de esta tierra como hermanos. Soy salvaje y no comprendo otro modo de vida.
Tengo vistos millares de búfalos pudriéndose abandonados en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha. Soy salvaje y no comprendo cómo una máquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos sólo para sobrevivir.
¿Qué puede ser el hombre sin los animales? Si los animales desapareciesen, el hombre moriría en una gran soledad. Todo lo que le pasa a los animales muy pronto le sucederá también al hombre. Todas las cosas están ligadas.
Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurre a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.
De una cosa estamos bien seguros: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra. Todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. El hombre no tejió la trama de la vida. Él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo quizá seamos hermanos. Ya veremos.
Sabemos una cosa que quizá el hombre blanco descubra algún día: nuestro Dios es el mismo Dios. Vosotros podéis pensar ahora que Él os pertenece, lo mismo que deseáis que nuestras tierras os pertenezcan. Pero no es así. Él es el Dios de todos los hombres y su compasión alcanza por igual al piel roja y al hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y si se daña provocaría la ira del Creador.
También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. El hombre no ha tejido la red de la vida. Sólo es uno de esos hilos y está tentando a la desgracia si osa romper esa red.
Todo está ligado entre sí como la sangre de una familia. Si ensuciáis vuestro lecho, cualquier noche moriréis sofocados por vuestros excrementos.
Pero vosotros caminaréis hacia la destrucción rodeados de gloria y esplendor por la fuerza de Dios, que os trajo a esta tierra y que por algún designio especial os dio dominio sobre ella y sobre el piel roja. Ese designio es un misterio para nosotros, pues no entendemos por qué se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlanchines.
¿Dónde está el bosque espeso?… Desapareció.
¿Dónde está el águila?… Desapareció.
Así se acaba la vida y sólo nos queda el recurso de intentar sobrevivir.

martes, 28 de septiembre de 2010

Divertimentos para una Huelga General

De salir esta noche a las 12 de piquete ni soñarlo. Entre la última y esta se me han roto doa vértebras lumbares, la 5ª y, este mes de marzo, la 2ª. En la última andaba por Sol, viendo el ambiente. Por Alcalá bajaba un grupo de unos 2.000. Parecía, con sus banderas rojas, de una película italiana de antes de la 2ª GM. En la segunda fila vi a un amigo, bastante cegato, al que solo se le mantenía la mitad de un cristal de las gafas, por suerte, no del ojo que estaba debajo de la ceja que le sangraba como a un cerdo en San Martín. También de un lateral de la cabeza caía la sangre, convirtiendo la camisa en otra bandera. "Nos hemos encontrado en Cibeles con un piquete informativo de Antidisturbios que nos ha informado que los piquetes están prohibidos", me dio como explicación. Así que, haciendo de lazarillo de mi amigo, me uní a informar a los señores clientes de las cafeterías de Centro y Gran Vía que no era noche para tomarse un café.

Pero con esta espalda, si me enfrento valientemente a un antidisturbios cachas (es decir, le doy la espalda y trato de pasar de 0 a 100 en el instante que dura que la porra baje de la posición cenital hasta mi espalda), ¿qué pasaría?

Y lo mismo, la mani de mañana por la tarde. Donde hay gentío no voy (salvo que el Atlético de Madrid gane la liga).

Así que, ¿qué puedo hacer? ¡Ya lo tengo pensado!

Voy a leer el libro Lazos de Teresa Arellano (la de la ventana). Pero también tengo un juguete nuevo con el que estoy como Mateo con la vaca. Como no pienso hacer transacciones comerciales, me pondré las zapatillas de esas de cuadros, tomaré café en casa y me pondré a jugar. En realidad no tengo zapatillas, pero me está entrando la tentación de bajar ahora y comprarlas.

Soy un zote para la música. A mitad de un movimiento se me va el santo al cielo, porque no me concentro. Hace años, cuando en verano estaba solo y salía al balcón con unos auriculares de lo mejor del mercado, me fumaba un peta y escuchaba, por ejemplo, una sinfonía de Mahler, oyendo el conjunto y cada instrumento por separado; y no me desconcentraba. Un peta muy de vez en cuando no está mal, pero convertirme en un melónamo flipao es otra cosa.

Hace más años todavía, lo sé porque estaba en la otra casa, me vi en la tele un documental entrevista con Luis de Pablo. Se celebraba en un estudio grande de su casa, repleto de intrumentos no occidentales y de cintas grabadas con ruidos y con músicas raras, de esas, explicaba, que no admiten nuestra notación musical.

Entonces el periodista, pardillo como casi todos, le hizo la pregunta que él estaba esperando: "Si tiene todas estas grabaciones en cinta, su discoteca debe ser fabulosa". "No tengo un solo disco", contestó. "Sería redundante, porque tengo las partituras". ¡Qué pedazo de cabrón!, pensé. Abre una partitura y escucha la música en su mente con el sonido más puro que puede existir. ¡Veía la música!

Ya era demasiado tarde para aprender solfeo. No podía ver la música. Pero con esto que me enseñó Hijo la otra noche, ya puedo. Miras la pantalla y ves cuándo se produce el sonido de cada instrumento, ves que empieza una línea y estás espectante de lo que sonará, "ah, un violín" y ya sigues el violín unido a lo que estaba sonando. Cuando has visto oído una pieza dos veces, sacas el disco, lo pones y, ¡milagro!, entiendes la música y anticipas lo que va a sonar.

En fin; una muestra.

Un clic AQUÍ para ver y oír la muestra. Aconsejo empezar por una de piano y ponerlo en pantalla completa.

ESTA TOCATA Y FUGA DE BACH es más fácil de seguir y, por tanto, mucho más espectacular.

ESTA es la página donde está todo lo que hay gratis en YouTube (crece día a día).

Nos vemos en la calle, moviendo la mano como si estuviéramos dirigiendo.

jueves, 23 de septiembre de 2010

HUELGA, decirlo

Huelga decirlo, claro. Pero una de las cosas que aprendes cuando has llegado a la protovejez es que hay que decirlo todo, porque los sobreentendidos son los cimientos de la ignorancia. Hay que dar el grito cuando procede, la palabra amiga del corazón, decir toma mi hombro, contar chistes, secuestrar besos a punta de arma alba. Mil cosas. Como protoviejo, he aprendido muchas más cosas interesantes y útiles. Pero me voy a referir a dos. El resto irán saliendo en el blog, o en libros de poemas, relatos o novelas, que anunciaré para que los compre el que quiera (hay en mis venas gotas de sangre jacobina, aunque mi verso no brote de un manantial sereno).

Una cosa: he tendido siempre a la delgadez. Cuando hijo no tenía diez años y yo aparecía por la casa con el boxer puesto, él y su madre se burlaban de mí cantando:

Un hombre grande
patitas de alambre
se cae de un tejado
y no se hace sangre.

Pero con la edad, la masa glútea desaparece y se transmuta en un barrigón aunque no seas muy comilón, ni cervecero ni abuses, ¡ay!, del alcohol. Así que tienes un perfil empeorado (pero ¿quién se quiere mirar el perfil?) y un culo no almohadillado que convierte en un infierno las dos últimas horas de la jornada laboral. Y de lo laboral quería hablar.

Otra cosa: te conviertes en un maestro de los tonos. Se acabó el blanco o negro. Eso es mentira. Si tienes 3 restaurantes de menús a cuál peor, significa que alguno es menos peor que el peor y sería de tontos decir "todos son iguales". En política pasa lo mismo, nos la tocamos con papel de fumar porque "todos son iguales". ¡Y un cuerno de Palomera!

Así que oigo decirme que con Rajoy en lugar de Zapatero habría sido peor. Y lo creo firmemente. Y también me digo que mantuvo un tren de gasto social hasta que le pusieron una pistola en la cabeza. Y también es verdad que el muy tonto creía que no lo iban a hacer. Por no hablar de toda la prensa contra los síndicatos y la gente creyéndose lo que dicen, que parece que el dinero para cursos para trabajadores se lo embolsen los líderes sindicales. ¡Ni hablar! Yo lo que sé es que en mi empresa multinacional europea no había Comité y nos la metían doblada cada dos por tres. Pero cuando nos fusionaron con una americana, que sí tenía Comité, vimos lo que significa que una empresa no te pueda robar sin contemplaciones. Dentro de un orden, claro, porque no son sindicatos revolucionarios, sino los árbitros que exigen el cumplimiento de las leyes.

Y me digo que la huelga general va a ser aprovechada para derribarle al Zapa y entre los muy tontos de un lado y los muy tontos del otro esto va a ser un si no quieres caldo dos tazas. Además de que veremos cómo la mayor corrupción de España en su historia quedará sin castigo.

Puedo entender todo eso. Vale.

Pero también entiendo que hay cosas cuya apreciación no ha cambiado en la vida. Una de ellas es que no te pueden atracar lo que es tuyo y quedarte diciendo "bueno, así son las cosas, no se puede hacer nada. Dios me lo dio y Dios me lo quitó".

Pues no señores: no fue Dios quien nos dio los derechos de los que disfrutamos. Los combatimos. Y si nos van quitando de aquí y de allá, al menos hay que soltar un grito. Para que teman que la siguiente vez además de gritar podamos pegar dos buenas patadas. Y así, in crescendo.

Aunque sea simbólico. Lo que es a mí, los de Radio Futura no me cantan, y se van de rositas, eso de:

Eres tonto, Simón,
Y no tienes elección.

Porque aunque lleve el cráneo rapao al cero y la cabeza al aire, sin gorra, sé cuál es mi posición y no me da la gana quitarme la simbólica gorra de obrero.

Mande quien mande, HUELGA GENERAL EL 29

domingo, 19 de septiembre de 2010

Tema de taller: remordimientos


El ojo izquierdo



Había despertado de la pesadilla. Estaba delante de una cara gigantesca, amarillo rojiza, en la que solo destacaban los dos agujeros negros y vacíos de lo que habían sido los ojos. Diminuto frente a su enormidad, se daba cuenta de que el ojo izquierdo, aunque negro, profundo y vacío, lo miraba. En el momento en que despertó, un tren cruzó la ciudad lanzando pitidos breves y constantes por la vía paralela a la orilla del mar. En una pequeña ciudad de provincias, cuando apenas si había coches durante el día, la noche era un silencio absoluto. Cuando algo lo rompía, el sonido parecía encapsulado en miles de esferas de humedad. No era una lluvia que te moja y se va, sino una niebla cuyas gotas seguían penetrándote de nostalgia sin causa hasta mucho después de que el tren que provocó el sonido se hubiera ido. Tenía trece años; la angustia de que hubiera algo que sí iba a alguna parte no le dejó volver a dormirse.


Con once años la siesta no era obligatoria. De la mesa salía a la carrera al punto de encuentro, junto a la colonia arbolada de chalets de verano, donde empezaba la zona desértica y habían conseguido un campo de fútbol quitando las piedras y pisoteando las hierbas raquíticas mientras jugaban. Al borde del campo se puso en cuclillas, dando la vuelta a las piedras y hurgando con un palo en lo que encontraba debajo. No llevaba una lata para guardar los pequeños escorpiones y quemarlos a la caída de la tarde en un círculo de fuego. Miraba al horizonte fijamente, hasta que los vahos de calor enturbiaban la lejanía. Se sentía como un indio de las películas que se ha quedado solo, toca el suelo y nota que la tierra palpita con los cascos de los caballos del enemigo. Una sensación de rabia lo mantenía tenso, sintiéndose abandonado. A lo largo de una hora fueron viniendo todos, cada uno con su bicicleta, y jugaron un partido.

Los partidos de fútbol duraban más de tres horas. Cantaban los goles como si fueran del Madrid, pero no los contaban. Incluso los miembros de cada equipo se intercambiaban de vez en cuando, al pelearse uno con alguno de los suyos que no le había pasado el balón. Por eso no había un resultado final; solo la pasión del juego hasta que no se tenían en pie.

Una violencia que se abrió el verano anterior impregnaba los actos del grupo. Los juegos consistían en pruebas físicas y de riesgo para demostrar que se merecía ser aceptado para jugar con los demás. Una vez confirmado que habían vuelto a pasar la prueba, ya no sabían a qué jugar. En el interior de cada uno estaba pasando algo que los desquiciaba. A veces, el pene delgado se ponía tieso, dolía, lo tocaban torpemente, sin consecuencias todavía: como si bajaran en bici una cuesta abajo con los frenos gastados. El cuerpo se olvida y solo existen las ruedas.


Cuando tenía diez años, solían ir hasta el final del llano, donde la tierra descendía un escalón y pendientes pronunciadas daban paso a otro llano igual de desértico, cerrado a lo lejos por una montaña pelada. En un punto, la pendiente era de una tierra rojiza suave. Se lanzaban por ella tratando de llegar abajo sobre la bici; no era normal que lo consiguieran, pero tampoco importaba. Volvían a subir y se volvían a lanzar: ese era el juego. En la parte de abajo, al lado de la pista de descenso, había dos cuevas. Un día de finales del verano, salió de la cueva de la izquierda una vieja andrajosa, les chilló por el alboroto que creaban y se volvió a meter. Tiraron piedras al interior de la cueva y algunos creyeron haber oído un grito de dolor.

Después, uno de ellos, asustado, dijo que tenían que contarlo a los padres, porque a lo mejor le habían hecho daño. Al rato jugaron a pegarse todos con todos, pero esa vez aprovecharon para darle una paliza al que se había asustado. Nadie volvió a hablar de la cueva y la vieja, nunca regresaron a la pista rojiza. Jugaban al fútbol y luego tomaban otros caminos por el desierto. Eran los últimos días del verano; llegaron las lluvias de septiembre y se sintieron apaciguados. Se despidieron como los amigos que habían sido hasta hacia poco.

martes, 14 de septiembre de 2010

Décimo 100e de Verónica Leonetti

Desde que me mandó su ilustración al texto 10, deseaba que lo publicara. No os lo podéis perder. Haced clic AQUÍ.

Como siempre, los comentarios en su blog.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Esperpensamiento 2: ¡¡¡Mucha pobreza!!!

Debió suceder en un pasado remoto, porque recuerdo que al hablarme tenía esa maravillosa sonrisa de la adolescencia y la primera juventud con la que me cautivaba, pero hace ya muchos años que la perdió. Hijo me preguntó: "¿Sabes qué ha de hacer una cebra cuando un león ataca el rebaño?”. Como suponía que iba de trampa, le contesté que lo soltara y dijo: “Correr más que otras cebras”.

Estuve un tiempo pensando en eso. De todas las ciencias se extraen datos que son útiles para el modo en que piensas la vida. Me gusta la Ecología, que él me ha ido dando a conocer; pero no confundo los ecólogos con los ecologistas, que estos los hay de su padre, de su madre y de su tío de Alcalá. A pesar de que estoy en un grupo, pero me interesa porque une ecología y anti-neoliberalismo, teniendo la coherencia de encontrar la causa de los trastornos ecológicos. Podéis ver nuestra página en Globalízate.

El otro día fui al centro a comprarme un par de pantalones, porque todos los tenía deshilachados por abajo y Lola se cansó de mi aspecto. Había todo tipo de pobres, pero ¡muchos pobres! Como un reflejo de lo que pasa no aquí, sino en todo el mundo desarrollado. Que es lo que ha estado y sigue pasando, sin que le prestáramos atención, en el mundo no desarrollado.

Los pobres, tan difíciles de mirarlos, son individuos. Querríamos sacar de la pobreza a ese individuo que estamos viendo. Pero no podemos. Normalmente nuestro discurso se queda ahí y no salta al segundo paso: No serviría de nada. Lo único que habríamos hecho es ayudar a una cebra lenta, pero el león se comería otra.

La pobreza no la podemos entender si no manejamos los porcentajes visualizando su realidad. A mí siempre se me han dado bien las cifras: Hijo nos desprecia un poco a los de letras, aunque lo disimula, por eso siempre le ha sorprendido que entendiera el significado de los números. Por si acaso, me regaló un libro que os aconsejo, El hombre anumérico, que me ha venido muy bien y me ha permitido entender el porqué, por la falta de comprensión de las cifras (entre otras cosas), los problemas no tienen solución.

Hay que cambiar la mirada de las cebras a los leones. En la sabana la cosa es como debe ser: un equilibrio de vida y muerte. Pero en el mundo de los hombres, además de fijar la atención en los desastres de todo tipo, en las cebras masacradas como si dios lo hubiera ordenado, conviene que empecemos a analizar a fondo el mundo de los leones, aprender cómo actúan y forzar su ayuno. Podemos hacerlo si nos ponemos a ello. Porque la pobreza se fabrica, no es un efecto colateral del Sistema, sino su éxito: los leones trabajan para crear y aumentar al infinito la distancia que les sepra de las cebras. Tenemos buenos cascos, anticipémonos a ellos y pateémosles.

Y mientras tanto, la compasión personal hacia los individuos comidos no está de más.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Tema de taller: el calor

Estuve dos años en el taller, escribiendo un ejercicio-relato cada dos semanas, incluidos los veranos. Aprovechando una excusa lo dejé, pero me he desintoxicado durante 6 meses y he vuelto. Como mediopensionista. De vez en cuando subiré algo de lo que escriba.




El olor descubierto


Trabaja en un cubículo espalda con espalda con María, su ayudante con contrato de aprendizaje, separados por apenas un metro. El aire acondicionado se ha estropeado en agosto y en toda la oficina llevan tres días sudando; en su cubículo más, porque María no ha hecho otra cosa que imprimir los manuales de las aplicaciones y de los sistemas de contabilidad, que desparramados en mazos por el suelo impiden enchufar el ventilador de urgencia traído para cada espacio.
El olor del sudor de ella bajo la blusa blanca de cuello Mao le inquieta. No le deja trabajar. Está ahí oliendo su cuerpo, un cuerpo que hace crecer la vergüenza que le produce su propia vulgaridad. Cuerpos del exterior del barrio, que no serán suyos, con perfumes incandescentes. Un rato antes, oyó que se levantaba y recogía la melena rubia. Una vez, en un movimiento rápido, había dejado al descubierto un segundo su cuello largo y blanco. Ahora que lo imaginaba desnudo y que la olía, notó una media erección que lo paralizaba. Intentó levantarse para ir al baño y las vio: gotas de sudor brillante, estáticas, en el cuello. Volvió a sentarse cuando la erección se completó. Alcanzando su grado máximo de vergüenza, volvió a mirar la pantalla, abrió un documento inservible y lo fue destrozando sin saber muy bien lo que quitaba o añadía.

La vergüenza que le habían hecho pasar los compañeros del barrio, por su torpeza física o sus sobresalientes, era la de sus iguales. Cuando la pandilla empezó a salir el domingo a las discotecas del centro de la ciudad, la encontró en un grado superior: la de un mundo brillante en el que era él quien destacaba negativamente. Nunca saldría del cubículo, porque nadie lo quería fuera y porque era feliz cumpliendo meticulosamente los encargos de su jefe y haciendo flotar los números hasta llegar algo más lejos de lo que le había pedido. Era el último reducto de la oscuridad en la que se ocultaba. Al terminar, siempre muy tarde, cogía el coche del parking del sótano y con las ventanas cerradas conducía hasta el barrio, donde estaba la neblina de una madre que le daba de cenar las mismas cosas insípidas de siempre, una novia que trabajaba de secretaria y con la que había comprado un piso en la ampliación del barrio, con piscina y jardín común. Aburridos el uno del otro.


Por la tarde notó un olor nuevo. A almendra amarga. No era un perfume distinto, porque olía el de siempre, combinado desde hacía tres días con el del sudor en una mezcla que sentía como agujas clavándose en su cuerpo. Media hora después, María se acercó su mesa. No pudo evitar que la mirada se le quedara fija un instante en los rodales de sudor de los pezones, que erguidos y excitados por el calor casi se transparentaban. Su rubor estalló. Ella sonrió al darse cuenta, hiriéndole. Sintiendo que podía correrse, pensó en el barrio; pero notó que los encantos de María lo arrasaban y lo convertían en otro territorio inseguro.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Noveno 100e de Verónica Leonetti

Tenía ganas de que saliera este escalón. Verónica ha hecho una ilustración a mi texto que desde que la vi estaba ansioso de que la vierais también. Solo tenéis que hacer clic AQUÍ.

Como siempre, texto e ilustración solo se muestran combinados y en el blog de Verónica. Los comentarios solo se pueden hacer en su blog.

sábado, 28 de agosto de 2010

Qué hastío de estío: Esperpensamiento


De no haber sido por cómo he creado, mimado y desarrollado mi sinsustancialidad, mi sustancialidad no equilibrada me habría vuelto intolerable incluso el magnífico espectáculo sensorial del Mundo.

viernes, 20 de agosto de 2010

Qué hastío de estío: Diario del varano


Si entro en uno de vuestros blogs y encuentro algo tan largo, seguro que cierro y me busco un momento propicio para leerlo. La buena noticia es que el que no quiere puede no leerlo y que el que quiere hacerlo, pero sensatamente, lo puede hacer por fascículos. Pensaba ponerlo en partes, porque así lo escribí y tenía sentido. Pero al teclearlo lo he visto, ya en el pasado, como una unidad que es mejor no romper.

4 de agosto

Estaba sentado plácidamente mirando el mar, sosteniendo con descuido la caña de pescar, cuando lo que después supe que era un varano gigante, un dragón de Komodo, mordió el anzuelo. Sentí la dentellada y supe que yo mismo era también el cebo, además del pescador.

Desde entonces, y era el principio de mi adolescencia, me suele acompañar. Dijo que lo había salvado de morir ahogado y se dedicaba a mí por entero. Cuando me siento en paz con el mundo, desaparece una temporada diciendo que no tengo sangre en el cuerpo, que no soy un hombre de verdad.


5 de agosto

Tengo a Varano a dieta. Se alimenta de entrañas, entresijos, desinformaciones, interiores corrompidos, pero aquí no encuentra nada, porque no leo periódicos, ni veo la televisión ni tengo Internet. Me dedico a cerrar los ojos, abrirlos un instante y guardar en la memoria postales antiguas. Varano adelgaza, gimotea y se come mis pies, que me vuelven a crecer más fuertes. Si me quiere comer más arriba lo sujeto y lo miro directamente a los ojos. No lo soporta y huye a esconderse.


6 de agosto

La Anciana de la casa se ha encorvado mucho desde el año anterior y camina con bastón, aunque a velocidad suficiente para dejarla en la cocina estorbándote el acceso a la nevera y, al ir a la sala de leer, encontrarla en el quicio de la puerta estorbándote el paso. He tardado dos días en asegurarme de que solo es una. Suele quedarse como dormida en cualquier parte, hasta que entra en actividad y recorre veloz todos los espacios. Siempre va salmodiando para sí misma, narrando como en voz en off todo lo que hace y sus desventuras, como que ha bajado a tender a la huerta sin pinzas o que el agua está más fría de lo que le conviene.

Cuando habla directamente a Mujer, su hija, cambia la salmodia por las palabras que más molestas puedan resultar. Cuando se detiene junto a mí, cuenta historias del pueblo de nombres que no es posible que yo conozca, con rápidas y confusas genealogías, enredando las historias hasta terminarlas con un “todos han muerto”.

He aprendido a no prestar atención más que al tono de su salmodia. Desde entonces, me imagino que es la abadesa de un templo del Shinto que hubo donde está la casa y me uno, piadoso, a las intenciones de sus rezos.

Varano, al que pisa constantemente, regodeándose en el pisoteo, por lo que ambos hemos llegado a la conclusión de que ella también puede verlo, me pregunta: “¿Me la como?”. Se lo desaconsejo, diciéndole que si lo hiciera ni él ni yo podríamos andar tranquilos por la casa en la oscuridad de la noche. No puedo decirle, porque con estos bichos la sinceridad es una mala estrategia, que me caen bien todos los ancianos, incluidos los que mantienen la pelea contra el mundo, disfrazados de trasgos malintencionados.


7 de agosto

Estoy en la huerta, con el sillón de campo orientado hacia el este, que tiene la mejor vista de las montañas más altas. Varano está inquieto, molesto porque han segado la hierba como si fuera césped y no entran culebras ni ratoncillos de campo. Disfrutba mucho con el revuelo que producían, sobre todo si estaban las dos monjas viejas hermanas de Anciana.

Entre mi posición y la luz del sol temprano hay un alto cerezo ornamental. Las hojas son rosadas, luminosas, transparentes cuando el aire les da una inclinación especial. Como si estuvieran hechas de la seda más delicada. Cuando el sol se sitúa al sur, las hojas pierden la levedad y despiden una luz de vino claro. Con los continuos cambios de la larga tarde, el árbol entero pasa por el color de una sangre saludable, bermellón de ropa de teatro y, en la última media hora, dátil echado a perder, levemente rojizo.

Varano, le digo, fíjate que el árbol es el mismo, que lo que cambia es la orientación de la luz. ¿No te parece que nos pasa lo mismo, que somos iguales en todos los tiempos, pero reflejamos de distinto modo según nos dé la luz de la experiencia?

Varano abre las fauces y me lanza un aliente fétido. Es su manera de poner fin a las conversaciones que no le interesan. Quise vencerlo y dominarlo mediante el ayuno, pero el hedor que ha soltado me hace pensar que ha encontrado el modo de comistrajear corrupción cuando no lo veo.


8 de agosto

Voy a recoger a Hijo a la estación de tren de la ciudad. Es justo hacerlo, porque tenemos un cochecillo a medias que me había traído yo.

No estoy seguro de alegrarme, porque con él se acaba el silencio. No es la salmodia de Anciana. Él te interpela, exige tu atención, saca temas broncos de política, el estado de la investigación, el del mundo, el del deterioro. Viene cabreado porque pensaba tomarse vacaciones el viernes siguiente, pero en el edificio de su facultad quedan 4 gatos, sin cafetería ni aire acondicionado. “¿Es que el trabajo de la universidad es solo la docencia?”, dice.

En cambio, Varano disfruta mucho con esto. Se ha animado, anticipando días de mucha diversión; no sé si estaré a la altura de saber compartirla. Varano babea de gusto, ocupando todo el espacio de los asientos de atrás. Le digo que se desmaterialice, para poder usar el retrovisor central y hago como que me concentro en las curvas de la carretera de montaña. Tendré que acompañarlos a los bares y esforzarme por introducir un poco de silencio en su conversación acalorada.


9 de agosto

Ya sé cómo se alimenta Varano. Anciana solo sale para ir todas las tardes a misa de ocho. Al terminar, las beatas se quedan, como mínimo el tiempo de otra misa, en las escalinatas de la iglesia. Supongo que allí repiten la liturgia, pero orientada a sus propios intereses. Mientras en la católica escuchaban la Buena Nueva del Evangelio, en esa reunión de viejas geishas resabiadas y antiguas monjas del Shinto que añoran la facilidad con que en otros tiempos se derramaba la sangre, se transmiten las Malas Noticias y las Desviaciones del Código de los Tiempos.

Esa es la explicación de que, enterada de todos los pormenores sin otras salidas de la casa, Anciana reunió anoche a Mujer y a Hombre para comunicarles todos los incumplimientos del código que habían perpetrado.
A saber: habían rechazado el ofrecimiento del buen vecino que quiso ayudarles a subir al primer piso las maletas y bultos que traían. Lo que Mujer y Hombre habían tomado como una cortesía normal, que había que rechazar graciosamente, ofendió al vecino, que pensó que no lo habíamos considerado digno de tocar nuestras pertenencias.

A saber: no habíamos realizado las visitas protocolarias en el orden establecido. Así expresado, lo que la acusación revela es el peligro sinuoso de las celebrantas de la Segunda Misa. Por boca de Anciana, se referían a un desorden menor; porque la realidad era que no habíamos hecho ninguna visita. Que ni siquiera se hubieran atrevido a expresar el pecado entero revelaba claramente la enormidad de este, así como las desastrosas e inadvertidas consecuencia que el hecho nos podía acarrear.

En realidad, no nos habría costado hacer esas visitas, aunque fuera para asegurarnos la tranquilidad; pero seguro que no habríamos acertado en el orden. El problema era que ese acto nuestro, que se inscribiría en la columna del Haber del Libro de las Costumbres, abriría automáticamente una tarea en la columna del Debe de otros. Es decir, algún miembro de la casa del visitado o visitada debería corresponder haciéndonos una visita, normalmente cuando estuviéramos más tranquilos y a gusto. Precisamente eso era lo que no estábamos dispuestos a tolerar.

A esas leyes que se bifurcan en dos actos, cada uno de los cuales vuelve a bifurcarse hasta el infinito, creando tal enrevesamiento que solo las oficiantas de la Segunda Misa pueden entender y dominar, opusimos la elegancia de la sencillez y salimos a pasear cuando nos venía en gana, recta la espalda y erguida la cabeza, sonriendo a quien nos gustaba hacerlo.

Todo lo cual sirve para explicar la razón de que Varano no haya adelgazado e incluso esté más rollizo. Ha sido adoptado por el grupo de devotas, ante las que seguro que se vuelve visible, y le miman dándole de comer malediciencias. Es más, seguro que lo envían de mensajero, mandándolo a instilar pensamientos tóxicos en los del pueblo, que de ese modo están permanentemente cabreados; y de espía, aprovechando su natural invisibilidad, para conocer de inmediato hechos domésticos que, sin él, tardarían días en atar y desatar hilos para averiguarlos.
Hasta tengo la esperanza de que, entusiasmado con esta vida, Varano se quede aquí cuando yo vuelva a Madrid.


9 de agosto

Definitivamente, Varano no está con nosotros. Lo sé porque en los paseos lo perros no ladran para luego lloriquear y huir cuando nos acercamos. Damos dos paseos al día.

Por la mañana, muy temprano, Mujer se las arregla para despertarme. Tomo un café instantáneo para poder balbucear, salgo a tomar un café en un bar y al volver bajamos al río. Una pendiente fuerte de 1.800 metros y, al llegar al río, tomamos el camino en paralelo, 700 metros, de ligerísima pendiente hacia arriba, hasta unas rocas planas desde las que metemos los pies en el agua para ver cuánto aguantamos. Desde que hicieron la presa arriba ya no se baña nadie, se han muerto los peces, los bichos y la vegetación que el agua toca. Después, la bajada suave y la pendiente fuerte, ahora cuesta arriba. Al llegar a casa, compramos una hogaza de pan y desayunamos tomándolo tostado con mantequilla o con un buen aceite.

Al anochecer toca el paseo sentimental, hacia el pueblo exminero de arriba. El cielo va tomando tonos violeta. Al bajar, las curvas de la carretera de montaña muestran un paisaje distinto cada vez que tomamos una. La luz es totalmente violeta hasta que anochece y llegamos al pueblo. Algunos días hacemos una ronda de bares y vinos, volviendo exultantes; otros, preferimos no romper nuestro estado y nos encerramos en casa, como purificados.


10 de agosto

De alguna manera, Varano lo ha conseguido, anoche tuve que llevar a Mujer a Urgencias de un pueblo grande que está a 7 kilómetros, porque los dolores crecientes de espalda terminaron con un ataque algo histérico, que no es normal en ella, cuando vio que no podía darse la vuelta en la cama. Temía que fuese un cólico nefrítico o se hubiera dañado la espalda, porque el lunes siguiente se iba de viaje. Tenía que pasar. Sin que nadie se lo mandara, y sin ayuda, se había dedicado a arreglar armarios y todo lo arregable. Incluso se trajo a casa a un electricista, por no darle el nombre que se merece, a poner enchufes más cómodos para la nueva disposición y cables con bombillas donde hacía falta desde que construyeron la casa. Una simple contractura mecánica, que me sirvió para dormir los días restantes en otra habitación y pude dejar la ventana abierta, permitiendo la entrada del aire puro y frío y arrebujándome en el edredón que saqué del armario. Se han fastidiado los paseos al río, lo que produce un exceso de energía acumulada que no ayuda al entendimiento.

Durante el día, no han cesado la discusiones de dos en dos entre todos, menos conmigo. Varano vuelve a estar, aunque no deja que lo vea, porque los perros me ladran otra vez. Puedo imaginar sus risas. Me escabullo todo lo que puedo: soy el único que no ha tenido discusiones con ninguno de los otros tres. Podríamos llamarlo traición, pero prefiero considerarlo una sensata cobardía.


11 de agosto

Nada más despertar, cuando he vuelto del café de la calle, Mujer me dice: “La verdad es que es lógico. Somos cuatro adultos estresados y egoístas. Cada uno piensa que su situación es la peor y todos deberían cuidarle especialmente: nos sentimos ofendidos y saltamos a la primera”.

Tranquiliza mucho que alguien razone lo que pasa. No obstante, mentalmente doy las vacaciones como acabadas. Leo a Mishima y cuento las horas para volver. Varano, en la nueva situación racionalizada, se amustia y veo que también tiene ganas de volver y que la vida perra siga su curso.

lunes, 16 de agosto de 2010

Octavo 100e de Verónica Leonetti

Por fin, aunque con el verano hemos tardado más, Verónica publica el nuevo. Despliega uns historia visual que se hace interesante y misteriosa por momentos. Podéis verlo haciendo clic AQUÍ. Como de costumbre, los comentarios solo se pueden hacer en el blog de Verónica.

domingo, 1 de agosto de 2010

Qué hastío de estío: Grupo salvaje (la familia) 2

A Filla y Portorosa, tan preocupados por sus hijos, para que no teman lo humano


Advierto que el post de hoy es largo, pero como estaré un tiempito fuera, tenéis tiempo. También he de decir que, dado el tema, tengo que contar historias mías, pero estoy seguro de que son ejemplos de la misma o similar situación para todos. Sería enriquecedor que tetuliarais las vuestras y, más todavía, que os interpelarais como en una tertulia de verdad.

Soy el monaguillo de la izquierda según se mira. Hay tan pocas fotos mías que es difícil encontrar una apropiada. Debo tener unos 10 años, por lo que estoy fuera de la fase épica, pero tampoco entré en la edad de la razón de golpe y porrazo, más bien me entretuve perezosamente en alargar la épica hasta bien entrada la de la razón (tengo fechado su final: cuando por primera vez me hicieron gracia los libros de Guillermo Brown, porque era capaz de ver la ironía: ese longevo niño épico había muerto para siempre), así que algo debía permanecer, mezclado, y la foto tiene que valer. Ser del grupo de monaguillos del colegio era estupendo, porque estábamos en clase, aburridos (las clases eran de hora y cuarto; desde las 9 de la mañana a las 6 de la tarde, con hora y media para ir a casa a comer, de lunes a sábado) y entraban y pedían uno para ayudar a misa al Padre Nosequé. Si tenías suerte, una hora fuera de clase. Una vez me tocó ayudar a un Padre al que llamábamos el Sordo. La iglesia del colegio, en esos casos de misa “sobrevenida” a deshoras, estaba vacía. Me colocaba de rodillas detrás del cura, que todavía la decía mirando al frente. Esa vez, como era el sordo y me encantaba tocar la campanilla, la toqué constantemente. Cada movimiento que hacía, campanillazo. A un tercio de la misa se volvió y me dijo que no estaba tan sordo, que la tocara solo cuando estaba mandado. Ya no la volví a tocar, dispuesto a jurarle que sí, pero que él no la había oído. Al terminar, me dijo: “Cuando pidan un monaguillo para mí, no te vuelvas a ofrecer”. El caso es que era muy creyente y piadoso; todos lo éramos. Nos gustaba la Historia Sagrada con todas esas batallas e historias interesantísimas. Y el Evangelio nos llegaba dentro. Pero teníamos una creencia de tú a tú con ese Jesús: opinábamos que los curas se tomaban las cosas a la tremenda; que estaban un poco locos y no sabían nada de la vida, que a Jesús no le importaba que nos pitorreáramos constantemente. Comulgábamos los domingos con gran devoción, pero al volver hacia nuestro sitio había un concurso de muecas cuando no había profes atrás, in vigilantia.

Mi propuesta de hoy es la familia real o épica, en el anterior me referí a la extendida (hacia el pasado y el futuro) y luego está la creada voluntariamente, tengamos o no hijos (la menos interesante desde el punto de vista de las emociones “incrustadas”). No sé cuándo comienza, pero sé que termina cuando empieza la llamada “edad de la razón”, con la que convive un tiempo. Los pensamientos se unen unos a otros mágicamente y vivimos la fase como una “puesta en el mundo”: Todo lo que se piensa es posible. Queremos ocupar un puesto en el mundo, un puesto privilegiado, siendo los elementos más débiles de la familia, pero, repito, todo lo que se piensa es posible. Algunos nos damos por vencidos; otros no cejamos de luchar. Los psiquiatras no dejan de poner nombres de “complejos” a los escenarios que se crean en esas épocas y, de tanto oír la palabra “complejo”, pensamos que es una “situación psicológica”, olvidando que el significado es el de una situación muy “compleja”. Voy a contar dos historietas como ejemplo del “todo es posible”.

La primera es de mi hijo cuando tenía unos tres años. Yo volvía de tomar un café para seguir traduciendo y me lo encuentro bajando la escalera, con aspecto de gran voluntad y dignidad, con la bata y las zapatillas de cuadros. ¿Dónde vas?, le pregunté. Me voy de casa, me contestó tan campante. Le dije algo así como que subía por las buenas o lo subía a patadas en el culo. Con gran tranquilidad, cambió de dirección: necesitaba seguridad y firmeza, que es lo que Lola no le había dado en una discusión que había tenido, así que dijo “me voy de casa”, abrió la puerta y se marchó, dejando a Lola sin saber qué hacer de momento. Para él, todo lo que se pensaba era posible.

La otra es mía. Debía de tener 4 o 5 años. Me llevaron al circo y me encantó un funambulista. Al volver a casa, viendo abierto el balcón del cuarto de mis padres, que estaba vacío, me encaramé por el enrejado del balcón para practicar en la barandilla. Ya estaba casi arriba, haciendo equilibrios para ponerme de pie, cuando una vecina de enfrente dio un grito y, del susto, me caí... hacia el lado de dentro. Todo quedó en una “compleja” fractura de muñeca que me obligó a estar enyesado buena parte del verano. Pero... todo es posible. A mi hermana y a mí mi madre nos llevaba a la playa a las ocho y media; después del largo baño, nos secaba y nos daba una manzana y, después, un vaso de café con leche de un termo (entonces, los niños tomábamos café; aunque dudo mucho de que el café fuera café). Me ataba una bolsa de plástico por encima de la escayola y me bañaba con el brazo en alto, como un pequeño fascista. A las 10 estábamos en casa, con las persianas bajadas, y solo el mundo mítico me salvaba de hacer cualquier burrada.

Esta parte, de la que conozco mil historias de mis amigos, es la parte buena: la del yo voluntarioso y creador; la que se afirma con los cuentos clásicos, donde elaboras que si tus padres no pueden dar de comer a todos los hijos y te dejan solo en el bosque, si quieres puedes salir de esa. La parte en la que un palo es la mejor espada del mundo. Y esto lo recuerdo, no es que “imaginaras” una espada reluciente, no: veías un palo, pero “por el poder que te había sido otorgado”, ese palo del suelo podría enfrentarse a la mejor espada. ¡Ah! y no creo que la situación sea diferente para las chicas: esos libros crean la misma capacidad de independencia en ellas: eligen como proyección el personaje del héroe, sin importar que lleve faldas o pantalones.

La parte menos bonita también existe. La lucha de poderes para plantarse en el mundo. Mucha atención, que hablamos de poderes emocionales. Esos niños tiranuelos que deciden cuándo y lo que comen, que berrean hasta que les dan lo que quieren, no son fuertes, sino débiles; lo que están heredando es la “debilidad” de sus padres y no soportan su propia debilidad. Un niño equilibrado acepta esas acciones de doma, porque quiere y necesita que sus padres sean fuertes y le ofrezcan seguridad. Pero en la lucha real y sana, hay algo épico: ocupar el puesto del héroe que todo lo soporta y todo lo puede no es fácil con las constantes intromisiones de los padres. No es fácil no rendirse, pero en no hacerlo se basa la propia fuerza para el resto de la vida.

La otra parte amarga es el reparto de amor: somos de naturaleza grandes acaparadores y celosos. De mi hermana y mis dos hermanos mayores recibí, y di, el mayor de los amores. Ni un solo conflicto he encontrado en mis buceos por las aguas oscuras: la gran diferencia de edad significaba que yo era un juguete lindo que participaba en otra liga. De mi tía soltera recibí un amor enfermizo del que me aproveché, en lugar de devolverlo: cargaré con eso toda la vida. De mis padres... ¡hum!, los principios fueron desastrosos y, aunque hicieron todo lo posible para compensarlo, mi situación era de debilidad, de duda, lo que lo estropeaba todo.

Sigo soñando a veces que desde la Rambla veo a lo lejos mi casa, con las luces encendidas, pero es como una torre inaccesible, o no puedo cruzar los 400 metros reales de distancia, o llego allí, pero tengo que entrar como un ladrón, esperando que se vayan los que la habitan. El sueño nunca termina entrando en la casa. Me falta algo que espero recuperar, como he recuperado otras cosas. Fue el escenario de la batalla principal, del gozo principal: el espacio que está por encima de todos los espacios.

La casa era de alquiler, un alquiler ridículo que mi madre siguió pagando cuando ya no vivíamos en ella, a cambio de tener todas las cosas menos las de valor, que había repartido entre los cuatro cuando todavía vivía. Lo que había en mi dormitorio no era de valor: fotos, cartas, muchos libros, montones de libretas escritas. Me llamaron mis hermanos para que fuera a recoger lo que quisiera, porque la iban a derribar en un mes con todo lo que hubiera dentro. Les contesté que de lo que había allí nada servía. Así que lo perdí todo. Fue una jugada de farol, con la que creí que me libraría de ella, pero no funcionó, porque la casa sigue existiendo.

En la terapia regresiva emocional aprendí todo eso. La primera vez que me encontré con mi padre, que lleva 50 años muerto, me lancé a pegarle. Se protegía con los brazos y me decía “no entiendes, no entiendes”, con voz cariñosa. Tuve otros encuentros, en los que me explicó lo que entonces no había sido capaz yo de entender. Acabamos dándonos un abrazo emocionante. Nunca había aparecido en mis sueños: estaba borrado. Pero después de eso, estaba en un sueño en una casa compartida con tres jóvenes amigas. Nos íbamos de vacaciones, cuando llamaron a la puerta. Era mi padre, vestido como yo lo recordaba. Entró jovialmente y me dijo que nos acompañaba. Sacó una postal del bolsillo de la chaqueta y me dijo “No te preocupes por tu madre, mira la postal que le voy a mandar”. La postal decía exactamente: “Querida Mercedes, me voy de vacaciones con Nano, hace tanto tiempo que no nos veíamos. Volveré pronto”. Desde ese sueño hay una enorme paz entre nosotros.

A mi madre tardé en abrazarla en esos encuentros. Pero no eran abrazos totales. El día que lo consiga estoy seguro de que veré la casa en un sueño y podré entrar en ella.


Bueno. Lo solté casi todo. Ha sido muy largo para una tertulia, lo sé, pero no supe explicar de otro modo lo que es y significa la familia real y la fase épica. Ojalá despierte en vosotros el deseo de recordar: la pérdida del miedo al recuerdo. Y compartáis con todos esa fase que no es sino un libro de aventuras, del que siempre es bueno hacer una segunda edición revisada y corregida.