domingo, 17 de octubre de 2010

Mis tres episodios de terror: 1ª parte de la 1ª parte del folletín

El otro día me referí a esos episodios y pensé, ¿por qué no contarlos? Para eso están las sobremesas y los blogs. Cuando cuento historias, y tengo muchas simplemente porque he vivido más años, algunos me dicen que son para un libro. ¡Error! Los libros mienten más que la memoria. La ficción es para hacer verosímil lo que nos ha pasado, pero contando otra cosa. Las historias reales son demasiado enloquecidas para resultar creíbles. Punchet escribió (y lo tengo en la cartela del blog): “La literatura miente más que habla. Quizás por ello es la única que acaba contando toda la verdad”. En los recuerdos solo se cuenta las falsedades de la memoria; es decir, aquellas con las que no tenemos más remedio que convivir, porque creemos que fueron así.


Pero tampoco vamos a poner el grito en el cielo por ello. Simplemente, escuchar o leer recuerdos exige más atención. En la ficción, si sigues la teoría de Hemingway, cuentas la punta del iceberg, pero las nueve décimas partes ocultas te las sabes y no das la lata con ellas al lector: controlar esas partes es lo único difícil. Si la historia está bien escrita, lo que muestras no requerirá ser explicado con lo que no muestras, aunque a ti sobre todo lo que te ha interesado son las partes ocultas; el personaje nunca desayuna en el texto, pero te lo has pasado en grande viendo cómo desayuna y se mancha la boca de huevo pasado por agua. En los recuerdos, como no comprimes ni quitas, todo tiene que explicarse: quién es hijo de quién y cuándo y cómo. Lo único que no tiene sitio es el por qué: los motivos no existen en la vida. Te pasa algo y lo único que pasa es que te pasa.

Mejor todavía: las historias tienen el sabor de la narración oral, ese cruzarse y descruzarse; el derivar y reencontrarse. En resumen: esto es un homenaje a uno de los grandes ochomiles de la literatura, Tristram Shandy, cuyo protagonista nace allá por la página 150. Si fuera una persona inteligente, el mejor homenaje sería disfrutarlo y callar; como no es el caso, escribo y cuento.

Hemos cenado. En la mesa todavía quedan migas, envoltorios de polvorones de las pasadas navidades, de frutas de Aragón, una caja de bombones con el de nata que no quiere nadie, ceniceros que se van llenando, tazas de café ya bebido, alguna copa. No hay televisión, la radio es un rollo y no se puede hacer otra cosa que hablar y contar historias. Tomo la palabra.


Parte I

El garrampón del valle (9/10 años)

Tuve una Madrina. Entonces, de lo que era gratis, teníamos de todo. Cosas por las que no había que pagar: una madrina, padre y madre, 3 hermanos mayores, una tía soltera que vivía en casa, una docena de tíos, en su mayoría locos, decenas de primos estupendos por la rama materna (la paterna es poco dada a la procreación: todos compartimos el sentimiento de que es mejor dejar las cosas como están y que el expediente se cierre de una vez), mar, playas desocupadas, la ciudad para recorrerla a mi gusto. El día que cumplí los 5 años, solicité y obtuve el derecho a no pasar la vergüenza de llegar al colegio cogido de la mano de mi madre, como si fuera un niño pequeño, y con ello el de andar por la ciudad hasta unas líneas invisibles pero bien marcadas. También tenía una buena relación con el caballo percherón que tiraba del carro de la basura.

Algunas cosas con coste: una cartera para llevar y traer los libros, con restos diversos de bocadillos. Un verdugo que me había hecho mi madre con una lana que asfixiaba y picaba. Creaba un peligroso clima de contraste, con pantaloncitos cortos que me helaban los muslos y ponían las pelotillas en retracción, mientras la cabeza ardía. También tenía dos porras de churrería diarias que, una vez encasquetado el verdugo, me ponían en la mano. Al bajar por la escalera, me comía una. Al volver la esquina, me quitaba el verdugo y oía el relincho del percherón, que aunque tuviera el freno puesto deslizaba las ruedas y se paraba a mi lado. Me ponía de puntillas, estiraba el brazo con la porra en la mano y él se agachaba y, con delicadeza extrema, la cogía y se la comía. El hombre de la basura gritaba que un día iba a haber un accidente por la porra de la mierda. Era el único momento emocionante del día.

La madrina llegó a serlo porque mi madre no había sentido el parto de mis tres hermanos anteriores. El médico le decía “grita, Merceditas” y ella contestaba que por qué. Así que quiso comprobarlo en mi nacimiento, se agachó, mi madre sintió dolor, se sujeto a lo primero que tuvo a mano y se quedó con un mechón de cabellos. Aquella calva solo se compensaba con un madrinazgo.

Pero ¿por qué estaba allí mi futura madrina agachada para ver el fracasado milagro de un parto sin dolor? Relaciones familiares. Atentos ahora que estas tramas son confusas de por sí. Era la viuda con tres hijos de un viudo que ya tenía un hijo de la primera mujer. El viudo, un notario que debió dar un buen braguetazo en su primer matrimonio, llevaba de segundo apellido el mismo que yo llevo de primero. Así que ambas familias, la mía y la del difunto, se relacionaban.

Si ese apellido hubiera sido Gómez, esta historia no se estaría contando, porque los Gómez no suelen salir de casa diciendo vamos a visitar a los Gómez. No, es un apellido muy cantoso, de origen gabacho, y extremadamente infrecuente. Para mí ha sido una pesadilla. Tanto, que cuando en el Taller editamos un libro de relatos el mío lo firmé como Nano. Y si Dios no lo remedia, pero me temo que lo va a remediar, y publico un libro, será firmado como Nano. La gente se acuerda de ese apellido; y entre la gente están los profesores nuevos de la etapa escolar. De la lista, solo recordaban pocos nombres y los quinces primeros días de clase, cuando todavía no se tiene ni idea de la materia, preguntaban a Bonaparte, a Fuenteovejuna y a mí. Quedábamos como necios y luego nos costaba mucho remontar hasta el nivel que merecíamos. Digamos, para el desarrollo de la historia, que somos los Zutánez.

Aumenta el lío: entre las numerosísimas posesiones que tenía el notario Zutánez, procedentes de su primera mujer y que están muy relacionadas, dos de ellas, con mis dos primeros estados de terror, estaba la casa principal, en mitad de la Rambla. Una casa de tres pisos con balcones a esa calle principal que profundizaba hasta el callejón de atrás. El primero, alquilado, el segundo, la vivienda de los Zutánez, el tercero, dividido en dos partes: la que daba a la Rambla, alquilado, pero por la parte de atrás era una extensión del segundo, obra de un arquitecto demoníaco que iba poniendo tramos de escaleras estrechas que daban a los cuartos de los hijos, que empezaban casi en el segundo y tenían el techo en el nivel del tercero. En una fiesta zutanesca, mi hermano mayor, de 13 años, y la menor de mi madrina, de otros tantos, se perdieron por las escaleras con una botella de licor de menta y bajaron convertidos en novios. Historia que duró hasta la muerte de mi hermano.

Digamos que el notario dejó todo en testamento al hijo de la primera mujer, pero su usufructo a mi madrina (y también suegra de mi hermano). No sé si alguien me seguirá todavía, porque incluso a mí que pongo cara a los implicados me resulta difícil hacer un mapa mental. Pero el caso es que mí madrina usufructuaba muchas cosas. No era rica, pero usaba la riqueza.

De no ser por esas propiedades en sitios lejanos, yo no habría conocido el miedo, pues en las cosas de la vida cotidiana soy un hombre muy tranquilo al que ni en las peores situaciones le sube la adrenalina. Una vez pasada la situación, sí: entonces me acojono y soy propenso al desmayo.

(continuará)

28 comentarios:

Di Vagando dijo...

Nano, lo que me ha gustado... no te demores mucho para la segunda entrega.

Me ha encantado aquello de "Entonces, de lo que era gratis, teníamos de todo", o lo de la familia paterna "que el expediente se cierre de una vez e incluso aquello de "a los 5 anios, poder no ir al cole cogido d ela mano de mamá". te imaginas hoy en día? Hoy los llevan hasta los 15 en 4x4 por si los pedófilos. Es q ahí fuera hace mucho frío seniora. etc.

Mi horror particular infantil es que tenía un nombrecito casero. Me lo había puesto El yayo, que era argentino y hablaba bonito: "gugui". Así que Di era "gugui" para arriba, "gugui" para abajo. Mi madre no se cortaba de llamármelo delante de mis amigas, y hasta ahí podríamos llegar. Una vez me lo llamó en un autobus abarrotado y ahi tuve que parale los pies. Tal es mi poder de persuasión que (ahora me pena), acabaron por dejar el "gugui" y pasé a ser Di.

Si se hubiera enterado el Yayo habría dicho "che, gugui"...

NáN dijo...

Qué bien, DI, que te haya gustado así.

Aparte de que ahora, en las ciudades, hay gente rara (y a veces un poco bastante de sobreproteccionismo), sobre todo lo que no había era "coches". Lo que daba bastante tranquilidad y además resultaba más bonito. Hay una escena final en Cinema Paradiso que me impactó (una entre muchas): es un pueblo precioso que transmite tranquilidad. De repente, la historia pasa al presente por el entierro del proyeccionista del cine y el pueblo está lleno de coches aparcados. Y es feísimo.

"Gugui" es un nombre precioso que pone un yayo a una nieta de dulce confitado. Pero hiciste bien en rebelarte, porque hoy, lo que son las cosas, parecería que eres una persona que está todo el día con Google.

Un hug de esos

El niño desgraciaíto dijo...

Coincido con Di en que no tardes en poner la segunda parte porque ahora que más o menos me he aclarado de quién es quién necesito la continuación antes de que mis neuronas me jueguen una mala pasada.

Me está gustando.

Microalgo dijo...

Ya somos tres esperando.

Y la frase que anota Di, yo ya la tengo recortada y pegada den mi lista de frases (con permiso de la autoridad competente).

Tamborileo con cuatro de los cinco dedos de la mano izquierda sobre la mesa. Esperando.

Qué güeno, Nán.

Portarosa dijo...

Cuatro, Aquellos Que Esperan.

A mí me ha gustado lo de que en la vida lo que no pinta nada es el porqué.

Un abrazo.

molinos dijo...

Pero...¿qué estafa es esta? Veo el post y digo..paso de leerlo en el movil..llego al curro, despacho las cuatro chorradas de los libros de colores y me dispongo a leer la historia de terror...me ubico ( cubico como dice operario del ingeniero) perfectamente entre toda la familia, quizás porque la mía es así y llego al final...y...¿qué ha pasado con el terror????? La próxima vez no lo titules primera parte...pon: antecedentes,situación y personajes.

Y ya estás tardando...

NáN dijo...

Jua, jua, ND, MICRO, PORTO Y MOLINOS.

Por lo que veo, el folletín sigue funcionando igual de bien que en la segunda mitad del XIX. Con la diferencia de que ahora se es más impaciente.

Abraçets a todos

Sue dijo...

Qué bien lo escribes, Nano, ahora lo dificil va a ser comentar algo. Ya casi te imagino de canijo, con tus textos y alguna foto que he visto por ahí...

Estoy de acuerdo en lo de los coches. Tengo una obsesión recurrente cuando voy de vacaciones a lo rural, y es que NO SALGAN COCHES en mis fotos. Queda tan fea la Plaza de Santillana del Mar (por ejemplo) con un coche ahí plantado. Que lo quemen! Aunque queda igual de feo en la Gran vía de Madrid, la verdad.

En fin, que yo también espero la siguiente entrega porque da gusto leerte.

Sue dijo...

He escrito "gusto" no "susto" ¿no? .. ah, sí :)

Sue dijo...

Uno de mis terrores infantiles (tenía unos cuantos) era el vecinito que me perseguía. ¡Qué pesado de niño! Además, no me gustaba nada, era un bruto y olía a meados.

NáN dijo...

Bueno, SUE, de abajo arriba, un niño que huele a meados, más que terror da un repeluco de repugnancia.

Dado el tema, "susto" y "gusto" son compatibles (aunque todavía no haya escrito del "susto").

Ese coche, ¡que lo quemen! Conservamos la Gran Vía como parque temático de la modernidad. Pero en un publo bonito, ¡ni hablar!

¿Has dicho estafa, ¡¡¡MOLINOS!!!?. No lo acepto. ¿Acaso no dije que era un homenaje a Tristram Shandy, cuyo autor, Sterne, es el rey de la digresión? No me dirás que con 25 años cumplidos no has leído todavía la magnífica traducción de Javier Marías. Además, me referí a las historias orales, con sus idas y venidas.

Así que de estafa, nada de nada. Algo enrevesadilla, es la historia, pero no más que Las mil y una noches.

¿Llegaremos a puerto? Yo creo que sí. Pero te aseguro que antes de eso vamos a visitar todas las islas que sea posible.

Paciencia.

el chico de la consuelo dijo...

Mu guuutaaa!
!!qué juego dan los notarios!!Los colegios notariales deberían cobrar por el uso cachondo de la profesión por parte de los cuentistas del mundo.
Me sumo a la impaciencia general y en el concurso de resalte usted su frase yo me quedo con
"...pantaloncitos cortos que me helaban los muslos y ponían las pelotillas en retracción..."

Josep Vilaplana dijo...

He leído a dos carrillos tu texto (ese niño casi que se alcanza apenas extendiendo la mano). Coincido plenamente con el público de platea, palcos y gallinero: no se te ocurra dejarnos a media obra -la pateada sería histórica-.

Un abrazo Nan.

molinos dijo...

NáN no he leído esa obra...pero no te preocupes que lo haré.

De todos modos..has creado un mounstruo..has creado una expectativa entre tu público que no sé como vas a cumplir. Como luego el terror venga de una ventana mal cerrada, una sombra dentro de un armario o cualquier otra chorrada...va a ser un chasco.


Esto es por meter más presión....

NáN dijo...

La verdad, ECDC, es que desde hoy resulta difícil de creer. Éramos la generación de Machotes para el Imperio y hasta que no cumplías 13 años no había pantalones largos. Segundo de Bachillerato elemental (12 años) era toda una exhibición de piernas pelambrerosas.

JOSEP, esto acojona, ¿eh? Pero el miedo hay que dejarlo para cuando ya se ha fracasado.

MOLINOS, ya verás qué modernidad y qué descojone. Con respecto a lo otro, uff, te digo lo mismo que a Josep. ¿De verdad que el chirrido de una ventana en la noche no basta?

andandos dijo...

Nán, te esperan en Tutto è possibile. Volveré más tarde, esta entrada tuya es muy buena.

Saludos

Isabel dijo...

Pero bueno, he esperado a tener una sobremesa libre, me acomodo e intento entender este entramado familiar y cuando le voy cogiendo el gusto me sales con un continuará...
Hombre, Nano, esto no se hace.
Vuelvo a leer "Mis tres episodios de terror..." Y yo no veo el primero por ninguna parte.
¿Será la sobremesa que nos juega malas pasadas?

NáN dijo...

Ya me pasé, JOSE LUIS, muchas gracias por el queo. Y vuelve.


Pero ISABEL, si lo he dicho muy clarito, "primera parte de la primera parte". La primera primera parte será el primer terror, dividio en partes, y la primera parte de la primera parte es "empecemos y veremos por dónde terminamos". Si está clarísimo.

Además, ¿qué hora es? Las 12 de la noche. Hasta que por la ventana entre el airecillo y el olor del amanecer, tenemos tiempo.

QuiaSint dijo...

Tristram Shandy. ¡Horror!


Sirwood

NáN dijo...

Pero horror, de lo buan aque es, ¿no?

andandos dijo...

A mí me ha gustado mucho, la verdad. Lo de "entonces, de lo que era gratis, teníamos de todo" se puede seguir aplicando hoy día. Sabes de sobra que el "sistema" quiere que solo valoremos lo que nos cuesta dinero, cuando los placeres sencillos no cuestan nada, y pretenden que los olvidemos.
Ahora que llegará Navidad volveremos, al menos en mi familia, a hablar otra vez de los innumerables parientes que tenemos y que no sabemos muy bien qué relación guardan entre ellos ni con nosotros, pero faltan dos meses todavía. Vivamos el presente.

Un abrazo

giovanni dijo...

La memoria miente y las novelas aún más. A veces minus mas minus da plus (- x - = +), pero no siempre. En los recuerdos el escritor quita mucho, casi más que en la literatura, pero parece que no sea así. Todo parece tan verdadero.

El primer párrafo de Parte 1 es literatura, presentando el protagonista en su ambiente y en su salsa.
El segundo párrafo no sigue, como en La Literatura, el hilo narrador, pero me gustó leer ese 'momento emocionante del día'.

No tengas miedo, no voy a analizar cada párrafo de tus recuerdos, sino voy a gozar simplemente de su lectura y ya te puedo decir que, habiendo llegado al final, me apetece leer más. Me gustaron esas escaleras estrechas y me da pena la muerte de tu hermano. No es tan mayor, no?

Te he seguido fácilmente. Interesante el último párrafo.

Un abrazo

NáN dijo...

Tienes tanta razón, JOSE LUIS. Las cosas se valoran ahora por el precio. Mucha gente se gasta dinerales (que a veces no tienen) en llevar a los hijos a famosos parques temáticos (y no estoy diciendo que no lo hagan), pero no van con ellos al campo o la montaña baja, con un tupper con tortilla de patata y filetes empanados. Allí, los niños viven algo muy especial: soledad acompañados de los padres, sensación de misterio… Por no hablar de cuando en el colegio discuten por qué padre tiene el mejor coche.

GIOVANNI, pienso salirme del hilo muchas veces, porque es como se cuentan las historias en la mesa, después de la cena. Creo que es el estilo adecuado para esta historia, pasar de lo literario a lo que no lo es. También he utilizado, aunque no esté publicado todavía, la tercera persona en lugar de la primera. En fin, que todo vale, como en Tristram Shandy.

Por no hablar de la sección de huecograbado, en la que a lo mejor voy poniendo fotos.

Mi hermano mayor tenía 15 años más que yo. Prácticamente hizo de padre cuando murió el mío, con 56 años. Mi hermano murió con 67. Me dolió mucho esa muerte: cuando empiezan a caer ramas del mismo tronco y te vas quedando sin referentes para contrastar historias. Es decir, sin los “tuyos”.

Un gran abrazo a los dos

VERONICA LEONETTI dijo...

Anda! que historias de familia que tienes. Para escribir una novela de realismo mágico, o dos!
Me ha encantado especialmente esa historia de amor entre tu hermano y la hija de tu madrina.
Voy a por la otra parte que ya no me acuerdo que parte de que parte es.

NáN dijo...

Bueno, querida VERÓNICA, insisto con lo del niño, que no se diferenciaba mucho de los otros niños que conocía. Y también con los familiares. Para bien o para mal, se ha producido una unificación de las costumbres y los caracteres. Al menos en la superficie, porque no puede ser que antes estuvieran un poco como cabras simpáticas y ahora todo el mundo sea sensato.

Me tocó vivir esa época, apasionarme por las historias y, ahora, soy testigo más o menos fiel de otro tipo de vida distinto al de ahora, en el que todas las personas están de acuerdo y muestran comportamientos razonables y semejantes.

Pero para estas cosas, prefiero los blogs a los libros.

Ya he visto que te estás haciendo famosa y en Facebook hay quien pone de foto personal una ilustración tuya, por el morrillo y sin avisar. Mañana te comento mi opinión (es decir, sin dormir entre medias, no tengo opinión).

LA ZARZAMORA dijo...

Acabo de leérmelos todos de un tirón y me están gustando mucho las aventuras del pícaro Nano, desde sus orígenes hasta los episodios picarescos del viaje, la comida, el mundo hostil (de los adultos) y los bajos instintos. La relación de los orígenes con el padre, todo. Me gusta TODO.

Yo también recuerdo esos suéteres de lana que picaban y picaban.
Y te pregunto de paso ese episodio del verano en casa no lo escribiste ya antes? Me suena haberte leído algo no similar pero sí evocando aquel recuerdo.
Y también te digo de paso que me enganché y sigo el folletín :))
Besos, Nano.

Gemma dijo...

¡Y que viva el folletín!
Besos, Nano

NáN dijo...

ZARZAMORA, la única explicación es que en aquel tiempo había pocas ovejas vírgenes. Era ver a una tía tejiendo y encomendarte a los santos: "Señor, que no sea para mí".

Es posible que haya escrito alguna referencia a esa casa, pero no lo recuerdo. Tengo la suerte de tener mala memoria para los escritos que he perpetrado.

Me alegro de que te apuntes al seguimiento. Un abrazo (que te llegará pronto porque no estás muy lejos).

Qué bueno que volviste, GEMMA. Los géneros clásicos, ya ves, nunca pasan de moda.
Otro abrazo para ti,que aunque lejos, ya está más cerca.