Pero tampoco vamos a poner el grito en el cielo por ello. Simplemente, escuchar o leer recuerdos exige más atención. En la ficción, si sigues la teoría de Hemingway, cuentas la punta del iceberg, pero las nueve décimas partes ocultas te las sabes y no das la lata con ellas al lector: controlar esas partes es lo único difícil. Si la historia está bien escrita, lo que muestras no requerirá ser explicado con lo que no muestras, aunque a ti sobre todo lo que te ha interesado son las partes ocultas; el personaje nunca desayuna en el texto, pero te lo has pasado en grande viendo cómo desayuna y se mancha la boca de huevo pasado por agua. En los recuerdos, como no comprimes ni quitas, todo tiene que explicarse: quién es hijo de quién y cuándo y cómo. Lo único que no tiene sitio es el por qué: los motivos no existen en la vida. Te pasa algo y lo único que pasa es que te pasa.
Mejor todavía: las historias tienen el sabor de la narración oral, ese cruzarse y descruzarse; el derivar y reencontrarse. En resumen: esto es un homenaje a uno de los grandes ochomiles de la literatura, Tristram Shandy, cuyo protagonista nace allá por la página 150. Si fuera una persona inteligente, el mejor homenaje sería disfrutarlo y callar; como no es el caso, escribo y cuento.
Hemos cenado. En la mesa todavía quedan migas, envoltorios de polvorones de las pasadas navidades, de frutas de Aragón, una caja de bombones con el de nata que no quiere nadie, ceniceros que se van llenando, tazas de café ya bebido, alguna copa. No hay televisión, la radio es un rollo y no se puede hacer otra cosa que hablar y contar historias. Tomo la palabra.
Tuve una Madrina. Entonces, de lo que era gratis, teníamos de todo. Cosas por las que no había que pagar: una madrina, padre y madre, 3 hermanos mayores, una tía soltera que vivía en casa, una docena de tíos, en su mayoría locos, decenas de primos estupendos por la rama materna (la paterna es poco dada a la procreación: todos compartimos el sentimiento de que es mejor dejar las cosas como están y que el expediente se cierre de una vez), mar, playas desocupadas, la ciudad para recorrerla a mi gusto. El día que cumplí los 5 años, solicité y obtuve el derecho a no pasar la vergüenza de llegar al colegio cogido de la mano de mi madre, como si fuera un niño pequeño, y con ello el de andar por la ciudad hasta unas líneas invisibles pero bien marcadas. También tenía una buena relación con el caballo percherón que tiraba del carro de la basura.
Algunas cosas con coste: una cartera para llevar y traer los libros, con restos diversos de bocadillos. Un verdugo que me había hecho mi madre con una lana que asfixiaba y picaba. Creaba un peligroso clima de contraste, con pantaloncitos cortos que me helaban los muslos y ponían las pelotillas en retracción, mientras la cabeza ardía. También tenía dos porras de churrería diarias que, una vez encasquetado el verdugo, me ponían en la mano. Al bajar por la escalera, me comía una. Al volver la esquina, me quitaba el verdugo y oía el relincho del percherón, que aunque tuviera el freno puesto deslizaba las ruedas y se paraba a mi lado. Me ponía de puntillas, estiraba el brazo con la porra en la mano y él se agachaba y, con delicadeza extrema, la cogía y se la comía. El hombre de la basura gritaba que un día iba a haber un accidente por la porra de la mierda. Era el único momento emocionante del día.
La madrina llegó a serlo porque mi madre no había sentido el parto de mis tres hermanos anteriores. El médico le decía “grita, Merceditas” y ella contestaba que por qué. Así que quiso comprobarlo en mi nacimiento, se agachó, mi madre sintió dolor, se sujeto a lo primero que tuvo a mano y se quedó con un mechón de cabellos. Aquella calva solo se compensaba con un madrinazgo.
Pero ¿por qué estaba allí mi futura madrina agachada para ver el fracasado milagro de un parto sin dolor? Relaciones familiares. Atentos ahora que estas tramas son confusas de por sí. Era la viuda con tres hijos de un viudo que ya tenía un hijo de la primera mujer. El viudo, un notario que debió dar un buen braguetazo en su primer matrimonio, llevaba de segundo apellido el mismo que yo llevo de primero. Así que ambas familias, la mía y la del difunto, se relacionaban.
Si ese apellido hubiera sido Gómez, esta historia no se estaría contando, porque los Gómez no suelen salir de casa diciendo vamos a visitar a los Gómez. No, es un apellido muy cantoso, de origen gabacho, y extremadamente infrecuente. Para mí ha sido una pesadilla. Tanto, que cuando en el Taller editamos un libro de relatos el mío lo firmé como Nano. Y si Dios no lo remedia, pero me temo que lo va a remediar, y publico un libro, será firmado como Nano. La gente se acuerda de ese apellido; y entre la gente están los profesores nuevos de la etapa escolar. De la lista, solo recordaban pocos nombres y los quinces primeros días de clase, cuando todavía no se tiene ni idea de la materia, preguntaban a Bonaparte, a Fuenteovejuna y a mí. Quedábamos como necios y luego nos costaba mucho remontar hasta el nivel que merecíamos. Digamos, para el desarrollo de la historia, que somos los Zutánez.
Aumenta el lío: entre las numerosísimas posesiones que tenía el notario Zutánez, procedentes de su primera mujer y que están muy relacionadas, dos de ellas, con mis dos primeros estados de terror, estaba la casa principal, en mitad de la Rambla. Una casa de tres pisos con balcones a esa calle principal que profundizaba hasta el callejón de atrás. El primero, alquilado, el segundo, la vivienda de los Zutánez, el tercero, dividido en dos partes: la que daba a la Rambla, alquilado, pero por la parte de atrás era una extensión del segundo, obra de un arquitecto demoníaco que iba poniendo tramos de escaleras estrechas que daban a los cuartos de los hijos, que empezaban casi en el segundo y tenían el techo en el nivel del tercero. En una fiesta zutanesca, mi hermano mayor, de 13 años, y la menor de mi madrina, de otros tantos, se perdieron por las escaleras con una botella de licor de menta y bajaron convertidos en novios. Historia que duró hasta la muerte de mi hermano.
Digamos que el notario dejó todo en testamento al hijo de la primera mujer, pero su usufructo a mi madrina (y también suegra de mi hermano). No sé si alguien me seguirá todavía, porque incluso a mí que pongo cara a los implicados me resulta difícil hacer un mapa mental. Pero el caso es que mí madrina usufructuaba muchas cosas. No era rica, pero usaba la riqueza.
De no ser por esas propiedades en sitios lejanos, yo no habría conocido el miedo, pues en las cosas de la vida cotidiana soy un hombre muy tranquilo al que ni en las peores situaciones le sube la adrenalina. Una vez pasada la situación, sí: entonces me acojono y soy propenso al desmayo.









