martes, 24 de mayo de 2011

miscelánea de pequeñas cosas

I) La cuestión del Estado

Opiniones particulares:

¿Merecía perder el PSOE? Sí.

¿Merecía ganar el PP? No.

¿Merecemos los españoles que, de modo encubierto, la derecha que incluye a la extrema derecha nos gobierne? No.

Con las interrelaciones e historias de estas preguntas y respuestas que opino, que cada uno se las apañe.



II) Almudena Grandes, mon amour

Hoy, en El País, Almudena ha puesto un texto que coincide tanto con lo que siento y pienso, hasta en las comas, que me limito a copiarlo entero.

El principio de todo

Almudena Grandes

Madrid, amor mío, ¡cuánto has tardado en despertarte! Siempre con el agua al cuello, eso sí, cuando todos te abandonan, y los reyes escapan, y los Gobiernos huyen, y pareces dormida, casi muerta, y nadie da un céntimo por ti, entonces, solo entonces, te acuerdas de quién eres. No me refiero a los resultados de las elecciones de ayer, porque no me han sorprendido. Hablo de la Puerta del Sol, de la emoción de reconocerte, de reconocerme con treinta años menos en los gritos de mis hijos, en los gritos de los tuyos, esos chicos que rozan tu cielo con los dedos y me tienen con la boca abierta, el corazón en un puño mientras les escucho decir que no, mientras el mundo entero escucha que no están dispuestos a bajar los brazos. Hasta hace poco, le tenía mucho miedo a este lunes. Imaginaba la mañana más gris, un despertar plomizo en un mayo invernal, cuatro años de condena, mil cuatrocientos sesenta días para atravesar un desierto seco, polvoriento, de sol abrasador y noches congeladas. Pero hoy sé que ayer sólo fue un domingo, el final de nada, el principio de todo, y aunque parezca mentira, estoy contenta. No hay mantas en este mundo, no hay botellas de agua mineral, ni tiendas de campaña, ni pizzas recién hechas para pagar siquiera una mínima parte de lo que el 15-M ha hecho por nosotras. Porque, entre tú y yo, los resultados electorales, las cifras, los análisis, han caducado ya. Ayer es el pasado y el futuro empieza hoy mismo. El futuro puede ser el fruto de una plaza enorme que nunca se ha llenado de gente en vano, y hasta si no lo es, siempre podremos recordar la semana en la que esta formidable explosión de energía nos devolvió el orgullo de ser nosotras mismas.

Elijo la esperanza, porque la virtud del revolucionario es la paciencia. No lo olvides, Madrid, y no vuelvas a dormir, porque estás mucho más guapa despierta.




y III) ¡Ay, Ferlinguetti, cuánto vales!



El 13 de mayo, El País publico una entrevista a Gary Snyder (uno de los mejores poetas beat) y Jim Harrison, otro beat que ahora s novelista, y me interesa menos. Podéis leerla AQUÍ.
Pero lo que me interesa es lo que dicen de Lawrence Ferlinguetti, cuya poesía me apasiona. Algo mayor que los beats, los editó desde su pequeña librería de San Francisco, que todavía existe. Nació el 24 de marzo de 1919, así que tiene más de 90 años. Leed lo que responden cuando les preguntan sobre él¨

P. ¿Qué queda de sus años beatniks? ¿Todavía ven al que con usted, señor Snyder, cuenta como el gran superviviente de aquella generación, Lawrence Ferlinghetti?

G. S. El otro día cumplió 92 años. Nos escribimos correos electrónicos con regularidad. Me refiero a él como "maestro".

J. H. Le mantiene joven esa novia de 27 años que se ha echado. Lo malo es que tiene que tomar demasiadas drogas e ir por ahí con mochila [Risas].
Es inconcebible que no podamos ir a una librería y pedir un libro de LF. Los que se editaron, están descatalogados. Tengo un magnífico ejemplar editado en Málaga por Jesús Aguado y Paco Cumpián. Como despedida, copio uno de los poemas, traducido por Álvaro García. Casualmente, este poeta nonagenario habla en el poema del ¡bipartidismo!

La ropa interior



No dormí bien anoche

dándole vueltas a eso de la ropa interior

Os habéis parado alguna vez a considerar

la ropa interior en abstracto

Si uno se aplica a fondo

se encuentra con problemas espantosos

Todos tenemos trato con la ropa interior

Todo el mundo lleva

algún tipo de ropa interior

Hasta los indios llevan ropa interior

Hasta los cubanos

llevan ropa interior

El Papa lleva ropa interior espero

El gobernador de Lousiana lleva ropa interior

Lo vi en la tele

Debía llevar ropa interior apretada

Pasé mucha vergüenza

La ropa interior te puede poner en un verdadero apuro

Habéis visto los anuncios de ropa interior de hombre y de mujer

tan parecidos pero tan distintos

La ropa interior de mujer mantiene las cosas arriba

La ropa interior de hombre mantiene las cosas abajo

La ropa interior sí es algo

que hombres y mujeres tenemos en común

La ropa interior es lo único que hay entre nosotros

Habéis visto los croquis a tres tintas

que marcan la entrepierna con un círculo

para indicar las zonas de mayor sujeción

con elásticos en tres direcciones

que aseguran total libertad de movimiento



Desengañaos

Todo eso se basa en el bipartidismo

que no permite mucha libertad de elección

tal como está la cosa establecida

América en Ropa Interior

no para de moverse en toda la noche

La ropa interior al final lo controla todo

Ahí están por ejemplo los corsés

Son sin duda una forma de fascismo

de gobierno en la sombra

que hace que la gente se crea

cualquier cosa menos la verdad

y nos dice lo que hay que hacer y lo que no

¿Nuna habéis intentado caber en una faja?

Puede que el Movimiento de la No Violencia

sea la única respuesta

¿Llevaba faja Gandhi?

¿Llevaba faja Lady Macbeth?

¿Fue esa la razón de que Macbeth matara por las noches?

Y la mancha que ella siempre andaba limpiando

¿estaba en realidad en su ropa interior?

Las señoras anglosajonas de hoy en día

deben tener enormes sentimientos de culpa

siempre lavando y lavando y lavando

Fuera, mancha maldita

Ropa interior con manchas sospechosas

Ropa interior con bultos muy comprometedores

Ropa interior en el tendedero gran bandera de libertad

Alguien se ha escapado de su ropa interior

Debe de andar desnudo por ahí

¡Socorro!

Pero no os preocupéis

Todo está apaciguado gracias a ella

En el fondo no habrá revolución

Y la poesía es aún ropa interior del alma

Y la ropa interior aún cubre

gran número de fallas

en el sentido geológico

¡Raras piedras sedimentarias, grietas inescrutables!

Yo de vosotros apartaría ya

una muda muy grande de ropa interior de invierno

No entres desnudo en esa noche en calma

Y mientras tanto

tranquilo y no pases frío ni humedad

Para qué atormentarse antes de tiempo

por culpa de la Nada

Seguid para adelante dignamente

mano a la camiseta

No seáis emocionales

Y así la muerte no tendrá dominio

Hay mucho tiempo amor mío

¿No somos todavía jóvenes y tranquilos?

No grites

jueves, 19 de mayo de 2011

El 15-M desde Alemania

[Ya podéis suponer que apoyo totalmente este movimiento. Quería poner algo, pero no daba con qué. Ayer por la mañana recibí un mail de un compañero de Globalízate, que nos ha mandado a los miembros del grupo (somos muy pocos) y a otros. Nuestra página web lo ha reproducido, pero vosotros no la visitáis. Como además, dice 100 veces mejor de como yo sería capaz de decir el sentido de este movimiento (e incluye acertadas reflexiones adicionales), me parece que su texto me salva la cara y soluciona mi indecisión. Es importante saber que el tono es el de una carta personal a amigos, de un amigo que en estos momentos querría estar aquí. Los consejos que nos da al final son la forma de hablar que tenemos los miembros del grupo, que nos queremos y, sobre todo, sentimos una gran confianza por las actitudes y propuestas de cada uno].


El 17 de mayo de 2011 22:46, Eduardo escribió:

Chavalas y chavales,

Ahí va un textito acerca de como se han vivido desde aquí estos días de intensa movilización en Madrid y en otra tantas ciudades del estado.

Para vosotros.

Edu.

El 15-M desde Alemania

Ayer volvía de Berlín en tren cuando muchos de vosotros empezabais a recorrer las calles iniciando las movilizaciones que a día de hoy todavía continúan. Recibí un par de llamadas, y desde entonces, no resisto la tentación de mirar continuamente la página web de la plataforma, así como las de prensa convencional y alternativa, para ver que va pasando. Ayer apenas pude dormir, tenía una extraña sensación de desasosiego, y a las 8:00 am, al llegar al curro, me he encontrado con la noticia del desalojo de la Puerta del Sol. En ése momento he sentido que me gustaría estar allí con vosotros/as para vivir todo esto en carne propia, y no como un mero espectador.

Me gusta lo que está pasando ahora mismo en España, por primera vez desde el inicio de la crisis en 2008 se realizan movilizaciones en las que se señala a los verdaderos culpables de lo que ha pasado, los grandes grupos financieros, los fondos de inversión, la gran banca, las agencias de calificación… y a los políticos, evidentemente, en la medida en la que han servido a los intereses de los primeros en vez de a los de los ciudadanos. Por primera vez no están en la diana ni Aznar, ni Zapatero, ni ninguna otra cara visible, sino un estado de cosas inaceptable contra el que cualquier persona ya no de izquierdas, sino de buena voluntad, debería luchar. Tampoco es un movimiento construido desde la negación, sino desde la proposición… y las propuestas del mismo son lo suficientemente generales como para poner de acuerdo a un amplio número de personas y, a la vez, lo suficientemente profundas y dotadas de razón como para resultar revolucionarias. Una crisis sistémica requiere cambios reales en el sistema, y así hemos empezado a entenderlo. Las convocatorias del pasado domingo han conseguido lo que hace unos años a muchos nos parecía imposible, movilizar apuntando al centro de la diana, siendo “radicales” en el mejor sentido de la palabra, y al mismo tiempo evitando el sectarismo y los dogmas. Sumando gente desde la empatía y las ganas.

Ayer, Iñaki Gabilondo decía en El País que nunca se había llegado a una convocatoria electoral con semejante descrédito de la política. No estoy de acuerdo, nunca se había llegado a unas elecciones generales con tal descrédito de los partidos políticos mayoritarios (hecho que reflejan fielmente todas las encuestas), los partidos-máquina que funcionan cerrados en sí mismos y ajenos al ciudadano, imponiendo las recetas dictadas desde los grupos de presión financieros y mediáticos. Ésa es la política desacreditada, pero la política en sí, entendida como la conciencia y la necesidad de actuar en los asuntos que afectan a la colectividad, esa política, la real, ha demostrado estar más viva que nunca.

Todo esto os lo escribo desde un país donde la crisis financiera se vive como un problema de los países de la periferia y las únicas causas capaces de movilizar a la ciudadanía consciente son el auge de la extrema derecha y la amenaza nuclear. Un país cuya canciller federal, Angela Merkel, visitó el nuestro hace unos meses para afirmar que nuestro país iba “en el buen camino” con las reformas emprendidas por el gobierno de Zapatero (reforma laboral y de las pensiones), y declarar luego que en el suyo hacían falta ésos jóvenes con buen nivel de formación a los que las buenas políticas iban a condenar al paro y la precariedad. A las pocas semanas, anuncian la próxima inauguración de 23 nuevas líneas low-cost desde España a Alemania. Las manifestaciones de este fin de semana, vistas desde aquí, desde el centro del continente, me han recordado estos hechos y me han hecho pensar mucho en el tipo de Unión Europea a la que nos dirigimos. Un espacio económico profundamente heterogéneo e injusto en el que a los trabajadores, cualificados y menos cualificados, convertidos todos en “mercancía en manos de políticos y banqueros”, no les quede más remedio que ir de un lado a otro en función de las necesidades de las élites. La máquina generadora de desigualdades de la globalización neoliberal no juega sólo en el tablero del mundo, sino también en el de nuestro continente. Los buenos estudiantes, los inteligentes, irán a Alemania, a Dinamarca, a Suiza, a disfrutar de buenos sueldos, excelentes servicios sociales, tiendas Bio y ciudades diáfanas mientras alimentan el delicado corazón de la máquina. El Sur, mientras tanto, quedará para los frustrados, los “resorts” de vacaciones, la policía, los controles anti-inmigración y el “capitalismo popular” a golpe de corruptelas y nepotismo, la crisis permanente y la permanente amenaza del “rescate” o el ajuste estructural.Ayer y hoy, mientras comía al sol en la amplia terraza del instituto de investigación en el que trabajo, rodeado de "cerebros" provenientes de toda Europa, no dejaba de pensar en esto.

Frente al desarraigo y la violencia estructural de la economía deslocalizada, frente al siniestro plato que los gerifaltes que se reúnen en Davos nos tienen preparado para servir intereses privados, ajenos y distantes, frente a la obediencia debida de quienes deberían poner freno a todos estos desmanes, urge una respuesta. La respuesta que han dado previamente islandeses, griegos, portugueses, británicos, italianos, franceses. La que tenemos que dar nosotros/as ahora.

Sigamos así, informándonos, leyendo “Indignaos” y las secciones de economía de los diarios convencionales (que lo demás es la cáscara), viendo “Inside Job”, ayudándonos y participando en todo lo que podamos. Y, vosotros que estáis allí, hablad. Por favor, hablad de todo esto todo lo que podáis y con todos y todas los que podáis, especialmente con quienes piensan de forma muy diferente, como dice M. Benedetti, de tanto hablarlas, las diferencias se achican. Con seguridad y también con mucho respeto, que de todos/as podemos aprender algo. Y si veis por ahí algún mitin callejero del PSOE o del PP, ¡¡intervenid!! Hacedles saber, a los unos, que las crisis no se arreglan con las mismas medidas que la generaron, y a los otros, que no tengan el morro de pedirnos confianza cuando acaban de arrebatárnosla. Y que no cunda el desaliento si el PP gana votos el próximo domingo y os da cruelmente las gracias, o si los cabezas de lista del PSOE os echan la reprimenda poniendo cara de cordero degollado. Esto va a ser largo y lo importante es que siga adelante más allá de las elecciones. La razón está de nuestra parte y acabamos de darnos cuenta de que estamos menos solos de lo que pensábamos, y estos son dos de los ingredientes básicos con los que empiezan las cosas grandes. Lo dicho, mucho ánimo.

viernes, 6 de mayo de 2011

48 horas forzando mis límites

A veces uso la etiqueta “día río”, para hablar de mí un poco más directamente de lo que lo hago cuando escribo sobre lo otro (aunque no hay manera de escribir del “mi” sin que lo otro/los otros ocupen el centro). Este día ha sido de 48 horas.


Empezando por el cuarto y mitad, tuvimos una cena (el miércoles), en la que conocí en presencia a dos blogas. Fue muy agradable, pero apenas pudimos pasar de un ligero conocimiento: una de mis “coqueterías” de señor mayor es fingir que no estoy bastante sordo y, aunque me senté en la silla de la izquierda para dejar en alerta mi oído menos malo, una mesa de ocho me aleja de los que están en el extremo. “Centradito” es mi posición natural, pero ocuparla habría destrozado ese punto coqueto (que, lo que son las cosas, no me importa destrozarlo por escrito).

También estaba Moli. Para mí, es una persona “asterisco”. Los asteriscos son unos signos ortográficos que me dan mucha confianza. Me encantan los libros con muchos asteriscos que remiten al pie de página y te dan las informaciones vitales que quedan fuera del tema principal. Muchas veces he dicho de un libro que lo que de verdad he aprendido de él eran las notas a las que refieren los asteriscos. Moli es la confianza permanente.

Y estaban Di y su compañero. Nos conocimos por la mañana y pasamos tres horas hablando sin parar. Son personas-signo de interrogación de apertura. En un escrito, ese signo abre una duda; como referencia a personas (en mi peculiar código ortográfico-psicológico) significa la apertura a las personas que siempre te plantean puertas a lo desconocido. Di y su compañero anuncian el interés constante. Terminada la cena, nos fuimos los tres a beber un poco más. Hasta que nos echaron.

El jueves, no muchas horas después, un café y una ducha me dejaron como si el día anterior hubiera estado sentado en un sillón. Les llamé para pasar la mañana con ellos y con unos amigos muy interesantes. Volví a casa a comer con mi hijo, que ha vuelto a España y tiene miles de cosas que contarme. Una buena siesta habría necesaria, pero mi sobrina ahijada, a la que estoy muy unido, estaba entrando en depresión. Su compañero tiene una enfermedad degenerativa grave y la situación es ya dura. Realiza un trabajo que ahora ya no puede hacer con la brillantez de antes, simplemente hace lo que puede, y se ocupa de dos hijos de 5 y de 8. Tenía que hablar y hablamos y bebimos, pero la tuve que dejar, porque a las 8 mi gran amiga Elena inauguraba su primera exposición, así que más metro, más andar, más llegar como si estuviera con el cuerpo descansado y la mente fresca. Cuando volví a casa no me dolía solo la espalda, sino las piernas, los brazos y hasta el bigote: cené dos plátanos y tres yogures y solo fui capaz de dejar la bandeja en la cocina, incapaz de agacharme para tirar las pieles a la basura. Leí la introducción y el prólogo de un librito que compré por la mañana en Cuesta Moyano (unas conversaciones con Bacon) y me quedé dormido con el libro sobre la cama (en algún momento debí apagar la luz).

Para las 48 horas, tenía que llegar hoy hasta las 11 a.m. Me levanté pronto, con el café leí que Bildu se presenta a las elecciones y me alegré de estar en un Estado de Derecho (las formas son importantes). Tenía cita con la reumatóloga que me va a tratar: por fin la especialidad necesaria y, como premio, mujer. Profesionalmente, siempre prefiero a las mujeres. Posiblemente me tengan que poner un poco de cemento bajo la vértebra. No apetece mucho, pero sea. Y me voy a curar, me dice, y a dejar de romperme huesos, pero el tratamiento son dos años y todos los días tendré que meterme yo mismo un pico (como hacen los diabéticos). Si tiene que ser, que sea. Y seguro que cuando lo haya echo dos días, será tan fácil como cepillarse los dientes. Pero salí de la consulta con aprensión, quizá porque las 46 horas anteriores había traspasado todas mis posibilidades.

En el pequeño autobús que me trajo hasta casa, iba releyendo un librito de Chantal Maillard del que quiero poner algo en mi otro blog. Y subrayé por segunda vez algo que había subrayado ya en la primera lectura:



«Dejar que la realidad transcurra ante ti. Aquietarte. Desde la quietud, observar el movimiento».

Decididamente, me voy a aquietar.

domingo, 24 de abril de 2011

El escalón Quince de Verónica y Nano


Y todo sigue y se retoma y continúa; pero los procesos permenencen. Para ver la imagen con el texto, hay que ir al blog de Verónica Leonetti: exactamente AQUÍ. Y para dejar un comentario, también ahí.

jueves, 14 de abril de 2011

Encuentros en la Cuarta Fase

Infancia, Juventud, Vida Adulta, Liberación y Preparación para el Fin de Emisión. Las cinco fases de la vida según el marco temporal imaginario que me he creado. Había decidido no tocar este tema, pero al final lo tengo que ir filtrando de uno en uno a todos mis amigos y conocidos; y eso aburre bastante: repetir lo mismo.

Los hechos son: estaba aburrido de mi trabajo y propuse llegar a un acuerdo. Entretanto, la sede de mi multinacional pidió despidos en el mundo mundial. Estos despidos, los paga la central, no son un coste para las sedes locales. Tengo jugosos pensamientos sobre estas prácticas, pero esos me los guardo para mí y para hablar con una cerveza en la mano. Estamos en los hechos. Hemos “caído” varios de los de más años en la empresa (tiene su lógica si se pretende eliminar gastos fijos). Y a mí, bien por eso, bien porque me estaba volviendo un inútil parásito, bien por hacerme un favor después de todos los esfuerzos hechos durante años, bien por mi peligrosa tendencia a romperme huesos de la columna vertebral y tener bajas prolongadas o bien por cualquier otra razón, me metieron en el lote.

Comprendo que a mis compañeros caídos de 55 años les han metido en una situación dura, pero yo estaba a 25 meses de la jubilación. Indemnización total, sin acuerdos, 24 meses de paro (que cotiza por el mismo nivel que cotizabas en el trabajo) y la jubilación, personalmente es un “premio”. Una manera cómoda de no “tener” que trabajar en la vida. Salvo desgracias, de las que nunca se está libre. Porque nunca he creído en la “seguridad”: basta un repasito a la Historia para saber que es un presupuesto falso. Eso no quita que de momento me haya quedado en una situación realmente “cómoda”.

Es decir, entro en la Cuarta Fase: un cacharro viejo y rojo. Así que, después de casi un mes dando tumbos mentales, porque lo mismo te sientes contentísimo que te da vértigo haber cambiado de fase, la quietud ha venido a mí y me he hecho unas cuantas promesas.

Y es que voy a cumplir 63 años en unos días. Desde aquí me parece que han pasado vertiginosamente. Y es bastante dudoso que cumpla otros 63. Así que es mejor aclarar bien las cosas.

Prometo ser un irresponsable. Ya lo fui en la juventud, tanto que tres tipos de muerte que mataron a algunos amigos me rondaban. Pero apareció MiaLola y me salvó de las tres. Lo hizo, además, dejándome que siguiera “jugando”, sin pronunciar un NO. Nos acostumbramos a estar juntos y hasta tuvimos un hijo. Entré en la Vida Adulta y acepté todas mis responsabilidades: hacer todo lo que tienes que hacer para pagar las cuentas; no recoger un pequeño bolso con las escasas pertenencias y desaparecer; dedicar la mayor parte del tiempo a eso. El Ser, la aventura de la vida, quedó bastante fuera (supongo que sabéis de lo que os hablo).

Ahora eso se acabó. Vuelvo a ser un irresponsable, no del modo nihilista de la juventud, pero irresponsable. Voy a dejarme llevar por el azar; leer mucho, despacio y tomando notas cuando me interese: pereza fuera; caminar sin rumbo, dejándome atraer por lo que me llame, ya sea un desconchón en un muro o una sinfonía; volver a frecuentar los teatros, cines, exposiciones, las tertulias, las conversaciones a piel quitada: todo lo que una vida laboral y las energías propias a la edad me impedían hacer.

Prometo comprometerme con mi pareja y amigos que permanecen en la Tercera Fase. Entenderlos, mimarlos, no decir “ahí te pudras” porque el cansancio de la vida de trabajo no me permitía otra cosa. Com-promiso viene a significa con-promesa.

Prometo defender mi deseo de leer y estudiar un mínimo de seis horas. No hay trato posible que me quite esa “condición imprescindible”; y de esas 6 para arriba.

Prometo no aceptar un “no” irrazonable si no se discute y me convencen. Tengo tiempo para discutir continuadamente. Y volver a discutir.

Prometo decir “no” a lo que ponga en peligro las condiciones anteriores. He abierto las puertas a lo múltiple de la vida y no voy a cerrarla por responsabilidades inventadas, si no proceden de las necesidades del amor. Y a decir "no" a muchas de las servidumbres de la vida. Ya no hay nada en lo que tenga que avanzar salvo en mí mismo.

Prometo buscar la transparencia. Del modo que la define Jesús Aguado:

«La transparencia es una cualidad de la inteligencia y también del amor. Además, es una de las características de la confianza en el presente: cuando uno se asoma por una ventana ve lo que ve (una familia cenando, un gato paseándose por la balaustrada, una cortina naranja con lunares blancos, unos periódicos en el suelo) pero no ve lo que fue ni lo que será. Por eso la transparencia nunca puede ser utilizada como testigo de cargo en los juicios al pasado o al futuro. La transparencia habla del ahora, del momento actual, de los instantes que aún no se han desvanecido de la retina o las yemas de los dedos»

Y en esas estoy, como un niño con zapatos nuevos; como un joven con zapatos atractivos; como un adulto con zapatos cómodos. Dispuesto a dedicar tiempo a conmoverme y a asombrarme.

Esto es un trato.

Antes solía celebrar mis cumpleaños con un poemilla ad hoc. Me parece bien repetir el que puse cuando los 59.


A mí mismo

No has sido salvado para vivir

poco tiempo te queda, da tu testimonio.

ZBIGNIEW HERBERT


Llegarás como mucho a un epitafio.

Una desgana

de quedarte en los huesos;

un ansia

de ser polvo

(más duro de roer).

Centrifugar antes el yo no es mala idea.

No dejar nada al final

a la pelea del diablo y de san pedro.

Que no haya última sustancia

allí donde la carne sea una instancia

para el fuego.

 

sábado, 2 de abril de 2011

Ejercicio de taller. Tema: relato intimista del sexo contrario a quien escribe



La nuca




Veo en tu nuca el espigón que corta el horizonte de tu infancia.

Del texto de Lara Moreno en el

libro Mujeres que sueñan





Lo veo dormir; tan pausado, le oigo cómo duerme. Le miro la nuca. Me gusta tanto mirar la nuca de un cuello potente de un hombre, su piel recia, morena. La suavidad de la nuca de las mujeres de cuello largo y muy blanco, con el pelo recogido arriba, me produce una rara excitación; porque no tiene ningún componente sexual. La de mi hombre dormido, luego inocente e indefenso, me da paz. Entiendo aquí por paz la ausencia absoluta de tensión. Su sueño se ha hecho profundo, mientras yo encendía y apagaba varias veces la luz de la mesilla, retomando y abandonando otras tantas el libro de la noche; o iba a la cocina para beber agua y dos veces para hacerme y tomarme una infusión, fumando un cigarrillo; otras dos veces a hacer pis, fumando otra vez. Es tan placentero ir a hacer pis, encender un cigarrillo y quedarte sentada en un silencio tan absoluto que a veces escuchas el crepitar de una hebra de tabaco al quemarse. Regresar a la cama, tras lavarte la boca para que él no tosa y se despierte; y retomar el libro porque sabes que no es la hora de dormirte. Todavía no. Los mil nudos del cuerpo se han ido aflojando pero todavía es imposible tirar de ese cordel que los deshace todos y caer en el sueño.

Porque la cuestión, una de las muchas cuestiones que no son más que facetas distintas de la única, cada una con su brillo y su tono, es que él duerme fácilmente. Le es tan fácil como cenar en la sala, llevar luego los platos a la cocina y fregarlos. Cada espacio para su acción. Así de fácil. Yo, en cambio, esa es la otra cara de la cuestión, la mía, no puedo dormirme hasta que me haya perdonado el día, se lo haya perdonado a él y al mundo. Y el proceso no es fácil. No duermo, aunque mañana me caiga de sueño y use la irritabilidad para mantenerme en pie.

Eso sucederá mañana. Ahora he vuelto a refugiarme en el baño, sentada en el váter pero sin hacer pis, apenas iluminada por el foco lejano del pasillo. Alejarme de esa nuca en paz por la que me siento inclinada a perdonarle todo. A este mi tercer hombre de verdad, el mejor de todos, el que está dispuesto a cualquier cosa para hacerme feliz pero puede dormir tranquilamente sin entregarme a mí el don del sueño tranquilo. Pienso en una historia que me contaron, de una poeta rusa, creo que Anna Ajmátova. Desdichada en el sentido raíz de la palabra, cuando te han quitado la dicha que llegaste a conocer. Lo he recordado ahora porque su marido, también poeta, estaba en un penal soviético en el que a veces el soldado que iba detrás de ti te pegaba un tiro en la nuca y morías sin el miedo de que ibas a morir, casi como si la pistola fuera una madre. Y Anna estaba haciendo cola para poder ver a su marido, cuando la mujer de atrás en la cola le preguntó que si ella era la poeta Ajmátova, y al responderla que sí le dijo: “tienes que contar todo esto”. Me emociona ese pacto entre mujeres tan perdidas que se dormían con el hambre y se despertaban con el dolor. Mientras que yo, aquí, estoy sola en el váter y no tengo a quién contarlo. No sé cómo contarlo. Ni tengo valor para acostarme y dejar que el sueño me venza mirando su nuca, que adoro.

¿Qué mujer me ha preguntado nada? ¿A quién le digo que para mí el tiempo es una continuidad, pero para él son cajas que se abren y se cierran: ahora el momento de divertirnos, ahora el de comer, ahora el de besarnos, ahora no es el momento de saber por qué la factura del gas se come una parte cada vez mayor de nuestros sueldos? No puedo vivir esperando que sea el tiempo designado a los besos, haciendo mal en preocuparme, durante la noche, de cómo solucionar los pequeños problemas, abriendo la caja adecuada al momento. Por eso no duermo, porque tengo mil vías de conversación abiertas y de actos iniciados que nunca se clausuran, nunca es el momento. No puedo abrir y cerrar de nuevo las cajas sin que se me abran mil vías por las que me vierto hacia fuera y me pierdo.

No sé si tengo la obligación de contarlo. Si debo mirarle la nuca en paz y abrazarme a él, sin que él lo note, hasta quedarme dormida. O si debe ser como una madre piadosa y dispararle en la nuca el tiro de un adiós sin explicaciones.

jueves, 17 de marzo de 2011

Ejercicio de Taller: Fobias



Por los pelos
Conforme las copas se iban sucediendo, Juan empezó a sentir que su idea se tambaleaba. Ignacio sentía eso tan infrecuente de que el mundo cobra sentido, que los planetas hacen música, que la casualidad te pone delante, con ganas de ayudarte, a quien te puede ayudar. Es más fácil que pase cuando las luces necesarias caen sobre una barra de buena madera, creando un dorado añejo, dulce; peligroso cuando estás solo ante el efecto de luz, lamentando un pasado cuya puerta se cerró; pero cuando se comparte una conversación que nos afecta, ese dorado es el cemento que une lo que es muy difícil separar.
La compañía en la que los dos trabajaban se aferraba a la retórica, ya anticuada, del “up or out”. Cualquiera que tuviera una mínima capacidad de gestión debía pasar por ese rito, esa valoración de un jurado perteneciente a los grupos jerárquicamente dispuestos de tres o cuatro niveles superiores. Cuatro del siguiente, tres de los dos superiores, dos del tercer nivel y uno, que hacía de presidente, del cuarto nivel más alto. Juan era uno del grupo de dos e Ignacio sería el evaluado. Todos estaban de acuerdo, en alguna de esas noches que habían bebido con algún compañero hasta la hora de volver a casa, ducharse, cambiarse de ropa e ir al trabajo, en que era un método tan estúpido como cualquier otro; que por una parte les destrozaba periódicamente y perdían a hombres de gran valor, en un extremo; que les mantenía en una tensión que no les permitía relajarse, en el otro.
Ignacio se había sentido feliz de que Juan le hubiera invitado a cenar esa noche. Cualquier valoración de los tres de arriba, en uno u otro sentido, tenía el significado determinante. Al menos, eso significaba que Juan creía en él, que quería asegurarse. No se hubiera preocupado de invitarle de tener una posición en contra. Aunque se mantuvo a la defensiva, racional y alerta durante la cena, su resistencia fue cayendo copa a copa en la laguna de dorado añejo de la barra de aquel bar de lujo, con música de un pianista de verdad, tan suavizadas todas las aristas que no era posible escuchar las conversaciones que se producían a pocos metros. Todos sabían que su mujer se estaba muriendo, que no podía cumplir al 100% sus obligaciones; pero conocían también lo que se había esforzado para merecer, precisamente ese año, el cambio de nivel. Todos sabían que era cosa de meses, en los que necesitaría atender cada vez más sus asuntos personales, pero que eso tendría un fin y la lógica señalaba que su único resguardo sería encerrarse en el trabajo, darle a la Compañía el 150%.
Precisamente por saber eso, Juan lo había invitado. Juan era un buen hombre, una buena persona, aunque normalmente en la Compañía había dejado a un lado ese aspecto de su personalidad siempre que fue necesario. Entre comer y ser comido, elegía lo primero; pero cuando no se daba esa circunstancia, es decir cuando trataba con subordinados que no hubieran metido la pata, su comportamiento era excelente y los empleados confiaban en él. Hasta eso, que había hecho sin más razón que un impulso, le había valido para subir: la confianza de los empleados se había convertido en un plus adicional.

Ignacio era pelirrojo, lo que para Juan lo convertía en víctima obligada. Pero por su carácter, y por la penosa situación familiar por la que estaba pasando, no quiso basarlo todo en el color del pelo. Quiso saber si realmente iba a ser un acto malvado oponerse a su ascenso, lo que significaba firmar su despido. Con 16 años, cuando murió su padre, el pelirrojo que le había dado palizas brutales tantas veces como regresó borracho a casa, Juan era un pobre adolescente que no creía tener derecho ni a pisar el suelo que lo sostenía.

De inteligencia muy superior a la media, con numerosos valores, bastaba que viera a un hombre pelirrojo para venirse abajo y acabar sentado en el suelo, balbuceando. La psiquiatra que le trató era una mujer brillante. No abusó de la química, en alguien tan joven, sino de la profundización en su problema. Hizo un protocolo de los avances en su caso, con una primera fase que sería la de desconectar los falsos lazos con cualquier pelirrojo con el que se cruzaba pero con el que no tenía nada que ver. Llegó un momento en el que podía subir a un metro o autobús y seguir hasta su destino aunque hubiera en él un pelirrojo.

La segunda fase, la de interactuar con ellos, fue tan complicada que la doctora llegó a determinar que solo la lucha podía salvarle. Ya no era el niño asustado, sino un hombre de recursos: debía enfrentarse a cualquier pelirrojo con el que tuviera trato. Y la fase fue finalmente un éxito. Incluso con Ignacio ejerció su poder, pero las diferencias de jerarquía apenas le dieron ocasión para ello hasta ese momento de la valoración promocional. Esta vez era por algo importante. Dada la situación personal de Ignacio, y que sabía que merecía ascender, le repugnaba derribarlo sin razón. Por eso le invitó a cenar y a beber en exceso: trataba de buscar algo sucio que justificara ante sí mismo cargárselo al día siguiente.

La doctora, que había cortado hacía años la relación terapéutica, por innecesaria, al despedirlo le dijo algo en lo que Juan había puesto su esperanza de llegar a ser un hombre que actuara normalmente, basándose en la razón, aunque con las pequeñas fobias y filias que todos tenemos. Le dijo que, conforme fuera venciendo en sus combates, encontraría su seguridad interior y un día se daría un cuenta de que un pelirrojo podía ser su amigo y su igual; no su antagonista.

Conforme fue pasando la noche, se sintió animado al pensar que ese día había llegado. Cuanto más conocía a Ignacio, más tranquilo y seguro se sentía en su presencia. La solución se estuvo haciendo sólida toda la noche, faltaban uno o dos remaches. Por los pelos, todo se desbarató. Contaba con que esa noche ni siquiera pasarían cada uno por su casa. Faltaba poco más de una hora para la hora de entrada. Ignacio no resistió la tentación de pasar un momento por casa, para darle un beso a su mujer y contarle lo maravillosa que había sido la conversación con Juan. Y este se quedó mirando el reflejo dorado en la barra, pensando que su subordinado le había traicionado al dejarlo allí, dejando enfriar las buenas perspectivas que había ido creando; sin tener en cuenta el esfuerzo que había hecho para no sentir las ganas de retorcerle el cuello como a cualquier pelirrojo. Si siendo un subordinado tan alejado de él, pensó, había faltado a su confianza, ¿qué le podría hacer cuando, muerta la mujer, se entregara en cuerpo y alma a la Compañía y fuera siendo promocionado a la velocidad del rayo?


jueves, 10 de marzo de 2011

El escalón Catorce de Verónica y Nano

En este blog solo se pone la imagen y un enlace a la página del blog de Verónica, donde está el conjunto de imagen y texto. Es decir, para verlo hay que clicar AQUÍ. Solo se puede comentar en el blog de Verónica.

lunes, 7 de marzo de 2011

Ahora que en vez de pelas nos dan palos

Cuando llegan las tormentas, algunos construyen muros, algunos son arrastrados por el viento, otros construyen molinos de viento.

Lao Tzu

jueves, 3 de marzo de 2011

Ejercicio de taller. Tema: una canción

 
 
La reproducción del vídeo de You Tube, por lo visto no era legal y dejó de funcionar (podeís verlo en http://www.youtube.com/watch?v=0FuD3vSxkl4). Espero que la canción de Goear dure más tiempo. ¡Gracias, por el queo, Sir!).
 
 
Cuando ames no preguntes si te aman

Bonma me ponía nervioso. Era un buen compañero, fuerte, animoso, divertido. Muy sociable con todos; pero no pertenecía a ningún grupo. Los grupos se hacían quedando los sábados y domingos; y él siempre tenía algo que hacer. De su familia no hablaba: se limitaba a poner cara de aburrimiento, como si fuera algo tan evidente que no hacía falta comentarlo. Sabíamos que su padre viajaba bastante a Londres, por lo que tenía unos discos increíbles que te prestaba sin problemas. Podía haber sido un filón exótico, porque entonces casi nadie viajaba, pero si le preguntabas a qué se dedicaba, soltaba un uff, un rollo de negocios de esos.
Fuera del Instituto, de lunes a viernes, nada sabíamos de él. A mí me atraía, por su forma de ser y, posiblemente, por su misterio; que tan bien sabía envolver en una capa de vulgaridad. Me pasaba algo parecido con su sociabilidad; pensaba que la usaba para esconder su soledad.
A veces lo encontraba a mi lado al cruzar la puerta de salida por la tarde. Bajábamos juntos las escaleras que salvaban la diferencia de altitud entre el Instituto, sobre un montículo, y el plano en suave pendiente hasta el mar de la ciudad. Algunas tardes, me desviaba yo al llegar a la Plaza de los Luceros; otras, conseguía mantenerme en la conversación hablándome de los discos que tenía, de las revistas con las fotos de los músicos ingleses, y bajaba hasta la Cruz de los Caídos, donde siempre giraba él hacia la derecha por la Avenida de Madrid, donde vivía, con un seco “hasta mañana”. Yo tenía que girar a la izquierda y subir un poco. Algo molesto por la sequedad de su despedida; me parecía como si escapara.
También me inquietaban algunas frases, poco habituales entre chicos de esa edad, como cuando me dijo que yo era tan delgado que le hacía pensar en los músicos de los grupos ingleses. ¿Qué podías contestar a una comparación así, salida de la nada?

Una tarde, cuando ya me esperaba la despedida, me dijo que le acababan de traer el último single de Dave Clark Five, que tocaban la canción Do you love me y era buenísima, aunque la cara B no valía nada. No habría nadie en su casa y podríamos oírlo sin que nos molestasen. Me llevó hasta su habitación, con una ventana a la calle, puso dos bebidas, dejando la botella en una mesa, y colocó la aguja sobre el disco. Inmediatamente quedé sepultado por ese alud de sonido; ahora es difícil hacerse una idea, porque eso ya es habitual, pero podría compararse con la sensación de quien viera por primera vez un cuadro cubista y, aunque no lo entendiera, supiera por instinto que aquello decía algo.
Poníamos la canción una y otra y decenas de veces. Bebíamos y fumábamos sin parar; él, Bisonte, yo Celtas cortos. Bonma sabía inglés y me traducía la canción. ¿Me amas? preguntaba a cada momento. De pronto se levantó y me dijo “bailemos”. Dimos saltos hasta que hizo la broma de cogerme como si fuera una canción de bailar juntos. Le dije que dejara de hacer chorradas y él se bebió el resto de su copa y se puso a mirar por la ventana. Era más bajo que yo, pero más fuerte y ancho. Llevaba una camisa blanca con el cuello abierto, sin corbata, y un chaleco de color verde oscuro. Me quedé mirando su cuello, tostado por el sol. Por un momento me apeteció besarlo y me horroricé. Poco después me fui a casa y sentí algo raro dentro de mí, algo de mí que no me gustaba. Ya no volvimos a encontrarnos nunca en la puerta de salida del Instituto.


viernes, 25 de febrero de 2011

Conversaciones mal conducidas

Me preguntas que si el dolor.
Si no se sale de su sitio es un juego

una cuerda que suena sola sin pulsarla.

Lo que te decía es lo de mirar por la ventana

temiendo que pueda ser ahí fuera donde sucede algo.

lunes, 21 de febrero de 2011

Ejercicio de Taller sobre las otras literaturas


Los Bowles en El cielo protector

Un pastiche à la Pierre Michon

Prueba A: familia suburbana americana de los años 50

Conviene no precipitar las cosas mirando solo lo que es. Ya que pasaremos juntos las próximas horas y ha dado la casualidad de que nos han puesto la película de Bertolucci y luego me ha visto sacar esta biografía ilustrada de ellos, preguntándome sobre la “veracidad” de la película, he seleccionado estas tres fotos y le ruego que se fije bien en la primera, la Prueba A. No crea que no tiene relación. Es una foto de autor desconocido, de los años 50, que parece representar a una familia suburbana. Y digo parece, porque no es una foto de una familia, sino una representación de unos valores de clase media americana: hombres que trabajan en la ciudad, ganan un buen sueldo, regresan a casa en tren y en la estación encuentran el coche y vuelven a la casa, donde son recibidos por la mujer y los hijos, se toman un Martini, cenan un asado y ven la televisión con la familia. Ese el valor a perseguir; muy distinto de la enajenación de la que escribe Cheever en su cuentos sobre estos personajes. Le hablaré de eso si tenemos tiempo.
Los Bowles pertenecen a la clase media alta, de gustos europeos y distinguidos. Dentro de esa clase, son de los que comparten el horror por esos valores con todo tipo de artistas, como la generación Beat. Ellos no iban a vivir en el suburbio rural, sino en algún apartamento de Nueva York. Pero en los restaurantes, los clubs, se encontrarían con las parejas de los suburbios en su salida semanal. Un ambiente asfixiante. Y ahora podrá ver de otra manera, entender mejor, la película El cielo protector que acaban de ponernos. A su pregunta, le diría que sí, que es biográfica; al modo, claro está, en que los escritores se basan en su vida.



Prueba B: Jane Bowles

 ¿Se fija bien? Una joven sofisticada que vivió la bohemia artística de Greenwich Village, Nueva York, donde regresó después de que la familia la enviara a Suiza para que se curara de una tuberculosis, iniciándose en la bisexualidad. Cuando en 1938 se casó con Bowles, ya era así. En el 43 escribió su libro más conocido; no está mal, aunque algunos de los grandes de la literatura norteamericana consideran que ha sido subestimada. Y el en 47 se van a Marruecos y allí se quedan.


¿Que en la película él muere y ella acaba con la mente confusa tras haber amado a un árabe? Lo que se cuenta, son las cosas; lo que no es lo mismo que decir que las cosas sean como se cuentan. Si leyera más y no se basara en las películas vistas en un avión, seguro que esto lo tendría mucho más claro. Mire la Prueba C.



Prueba C: Paul Bowles

¿No le parece que la habitación, la pequeña esquina que se ve, es tan desasistida como aquella en la que muere el protagonista? Y como las fotos no son inocentes, me pregunto si el que muere es el protagonista o es el Paul que llegó a Tánger con Jane como pareja. Piense en ello como una clave de lo desasistido de Paul en esta foto que le hizo Allen Ginsberg, de un Paul que quiere ser visto así, en una de las pobres pero frescas habitaciones de los fuertes del desierto, que quiere lanzar así su grito de “no tuve nada que ver con ese final de Jane”, o que influyó para que en la película fuera así la habitación del que muere. Porque Jane ya había escrito su obra antes de llegar a África; solo añadiría una obra de teatro. Mientras él llegó como músico, pero se convirtió en escritor. ¿No sería ella la abandonada? En aquellos tiempos, Tánger era un centro social occidental, con palacios propiedad de millonarios americanos y europeos en los que se celebraban continuamente fiestas de fastuosidad oriental, a las que los Bowles asistían, él con un sobrio esmoquin, ella elegantemente vestida. No fue donde empezó a beber, traía esa costumbre desde Nueva York, pero fue ahí donde su vitalidad quedó frenada por el alcohol y las amistades intelectuales y artísticas que les visitaban continuamente. No hay culpables, aquí; lo que hay son dos seres que se conocieron libres y fueron lanzados por su destino a vivir libres; no me negará que eso queda claro en la película. Simplemente, ella no se dejó proteger por el cielo solar de Marruecos, un cielo que actuaba más como una capa mineral, y la circulación de la sangre se ralentizó con el alcohol, que le causó un derrame cerebral en el año 57 por el que visitó varias clínicas europeas, con largas estancias en Marruecos, hasta que fue finalmente ingresada en una clínica de Málaga, donde murió en 1973, confusa como la protagonista de la película. No hay culpables de la vida de una escritora que no escribió con un músico que sí escribió. Los últimos años estuvo relacionada con la horrenda, mayor, pobre y fea Cherifa. Hay quienes se extrañan de eso.



Usted no se extrañe. Esas cosas pasan. ¿Acaso no ha oído hablar de la influencia amatoria de la fea haitiana Jeanne Duval sobre Baudelaire, que la llamaba la “amante de amantes” y la “Venus negra”? ¿No? Si quiere le hablo de ella, para pasar el tiempo. Permítame dormir una siestecita primero, mientras dejamos de sobrevolar el mar eterno.

domingo, 13 de febrero de 2011

El escalón Trece de Verónica y Nano



Hace tiempo que no salía ningún escalón y conviene refrescar la memoria. Los cien escalones es un proyecto raro que nació en la Red; históricamente, como las ilustraciones que Verónica Leonetti empezó a hacer de mis textos. Después, se ha producido un "cruce desde la distancia" y no me atrevería a decir cuál es la causa y cuál el efecto. El proyecto sería de muchos años, aunque se dividiría por tramos, como una escalera real. Ahora estamos en el primero.

Poco a poco, hemos ido encontrando el modo de exhibirlo. En este blog solo se pone la imagen y un enlace a la página del blog de Verónica donde está el conjunto de imagen y texto. Es decir, hay que clicar AQUÍ. Otra "costumbre" de la casa es que en estas entradas solo hay acceso a comentarios desde el blog de Verónica.


Pero esta vez hay algo más: dentro de unos días, Verónica y yo nos vamos a conocer, y vosotros podéis hacerlo, acudiendo a este acto:

El próximo sábado 19 de febrero a las 17.00 h. en en el bar-librería Entrelíneas (C/ Gonzalo de Córdoba, 3. Metros Quevedo y Bilbao, Madrid) tendrá lugar la presentación de Cuentos inhumanos (Saco de huesos ediciones).


Tendremos el honor de compartir presentación con el libro de relatos Texturas del miedo, de Ignacio Cid Hermoso.


Allí estaremos José Miguel Vilar-Bou, Ignació Cid Hermoso, José Ignacio Becerril (maestro de ceremonias) y esta servidora.

lunes, 7 de febrero de 2011

Lo que los medios de comunicación no cuentan

Estas cosas pasan. Constantemente. Pero, oye, me alegro de tener un blog y contarla a unos pocos. La he sacado de globalizate.com y sé que es auténtica. Tampoco es tan terrible que algunos se enteren de que pasan y los periódicos nunca las cuenten. Este David no me parece un tipo peligroso:  por cómo lo cuenta, hasta con humor, podría ser yo mismo, pero él debe andar por los 40 años y ser profesor (sabe no acentuar "solo" y poner el signo de puntuación detrás del paréntesis de cierre).

Hay que pararles los pies aunque sea solo con un brazo


David, manifestante apaleado en la manifestación del 27-E en Madrid (07/02/11)

El jueves 27 de Enero se producía una manifestación en Madrid en protesta por el último ataque del gobierno de Zapatero a la clase trabajadora de este país, en este caso además con el apoyo y firma de los sindicatos mayoritarios CC.OO y UGT. El lema hay que pararles los pies abría la manifestación y para saber el porqué del final del título debéis leer el escrito entero.

Aunque la historia se produjo la tarde-noche del jueves, empezaremos el relato por el telediario de TVE del día siguiente. El azar nos condujo a que la noticia sobre las revueltas en Egipto y las revueltas en Madrid de la noche anterior se emitieran seguidamente. En primer lugar la corresponsal en Egipto narraba los sucesos del siguiente modo: “grupos de manifestantes actúan en legítima defensa propia ante la actuación desmesurada de la policía y el ejército”, al final comunican que el número de muertos de la población a lo largo y ancho del país se encuentra alrededor del centenar. (Por cierto, no entiendo como los medios de comunicación españoles con su potencial económico e intelectual, durante años y años no se habían dado cuenta de que existían dictaduras a escasos kilómetros de sus fronteras yéndose habitualmente mucho más lejos a reconocerlas, pero bueno este no es el tema en esta ocasión). Después narraban los hechos de Madrid del siguiente modo: “extremistas, radicales de izquierdas siembran el desorden y destrozan el mobiliario urbano en el centro de Madrid agrediendo a las fuerzas policiales incluso con petardos caseros llenos de clavos con un balance de ocho policías heridos”. Asombroso. Pero sus razones para el diferente tratamiento son de sobra conocidas por nosotros.

La mani comenzó a las 19 horas en atocha y se dirigiría hacia Sol y el Congreso de los Diputados. El ambiente era bastante festivo a la par que reivindicativo a pesar del frío, y la protesta transcurría sin incidentes. Cuando llegamos a la altura de Sevilla los antidisturbios cortaron el paso con la intención de no permitirnos llegar al congreso. Allí con su habitual provocación, lanzaron algunos botes de humo y algunas pelotas de goma para dispersar a lxs manifestantes. El grueso se fue hacia Sol, donde más o menos la gente se fue yendo hacia sus casas, pero parece que la ruptura de la luna de un coche de municipales aumentó la agresividad con la que estaban actuando. Como perros de presa batieron la calle Montera repartiendo a diestro y siniestro (pero nosotrxs debemos estar hechos de otra pasta pues aún sin ir vestidos como robocop, los medios de desinformación confirmaron que entre los heridos no se encontraba nadie de lxs nuestrxs). Mientras todo esto pasaba, Lucía, una amiga y yo nos metimos en una zapatería a esperar que el nuevo escuadrón de antidisturbios municipales pasara. Y ellos pasaron pero en la tienda dejaron una “infiltrada” de unos 20-25 años que dedicaba su tarde al sano consumo de calzado y que tras mostrarme su desprecio y escasa solidaridad hacia la clase trabajadora y hacia la lucha que manteníamos por un futuro más digno y justo de todxs, se lanzaba sobre mí, brindándome una patada y lanzándose sobre mi cuello sin soltarlo ante el estupor de lxs demás. Ahí no quedó la cosa, porque se le ocurrió la gran idea de avisar a los perros hambrientos que volvían sin apenas caza, diciéndoles: “aquí hay uno de esos” “uno que me ha querido pegar”, y así un grupo de ocho robocop (antidisturbios municipales, un nuevo cuerpo funcionarial) entraban en la tienda con actitud violenta a la búsqueda de “terroristas urbanos”. Viendo la cuestión bastante fea salimos discretamente y con miedo de la tienda, no obstante dos de ellos me terminan siguiendo y cuando alcanzo la esquina de montera con la puerta del sol y a la altura de las lecheras nacionales llega el primero de ellos, que mientras el segundo le grita que lo deje, me da un porrazo (del que supongo me protejo con el brazo) mientras que un nacional que cerca estaba piensa que si su compañero golpea por que no hacerlo él también y me golpea en la pierna. En ese momento me acojono porque veo el furgón abierto y me veo allí dentro, pero el hijo de puta recoge su impunidad y decide no usarla más y supongo que da media vuelta para reunirse con su manada, mientras sigo caminando y sufriendo en carne propia la humillación, la injusticia, la rabia por la imposibilidad de defensa y el miedo a empeorar mi estado ante cualquier movimiento en una situación de pisoteo de la razón.

La historia acaba una hora después en el Hospital de La Princesa con el cúbito roto y una operación para el lunes a la vista.

Y me pregunto a cuántas personas no les ocurrirá esto mismo tantas veces... sin embargo nosotrxs no somos consejeros de la comunidad autónoma murciana y nosotrxs no somos atacadxs por radicales izquierdistas, sino por los garantes de la democracia.

He pensado desde muchos puntos de vista lo ocurrido, y la absoluta impunidad es lo que aterroriza, a nosotros sólo nos queda nuestra superioridad moral e ideológica, eso es lo que nos permite estar muy por encima de ellos y que esa rabia visceral no nos invada y nos deje vivir. También es terrible pensar que yo podría haber sido profesor de esa chica veinteañera que me “acusó”, que esos valores son los que conseguí transmitirle, que fui incapaz de despertar en ella una actitud crítica y transformadora ante la realidad social, una actitud de solidaridad...

Finalmente y para dar un toque de humor, se podrían ver todos estos hechos como una cadena en la que pagamos el sueldo de las fuerzas represivas del estado, para que hagan su trabajo en defensa de los intereses del capital y nos repriman, generando gastos sanitarios (visita a urgencias, medicamentos, días de ingreso hospitalario, cirugías, bajas laborales...) en fin, movimientos monetarios que engrasan el sistema y aumentan así su PIB.

También me doy cuenta de que desde hace un par de años las fuerzas democráticas de este país nos están dando por el culo de manera absolutamente impune, y en este caso no me refiero a la labor de Zapatero. Primero el señor ex-presidente de la CEOE nos robó y aún nos debe 3600€ y ahora estos guardianes de lo que no nos cansaremos de decir “lo llaman democracia y no lo es” me dejan jodido y “aporreao”.


miércoles, 2 de febrero de 2011

El circo en el taller



El circo nos visita de nuevo

Tengo 87 años. Creo que nadie piensa que va a vivir tanto. Toda mi vida supuse que no llegaría a cumplirlos. Por eso dudo a veces si no tendré muchos menos y sueño que vivo a una edad que nunca tendré. Aunque resulte tranquilizador, por otra parte este sueño es largo y minucioso, tan absurdo como la vida.
En el baño se oye la radio del baño del viejo de la habitación de al lado, que es sordo. Por suerte no soy sordo, ni he perdido más vista, así que puedo pasarme el día fuera de aquí hasta que vuelvo a cenar y leo hasta dormirme. Me muevo por la ciudad como una ardilla nerviosa en una proyección a cámara lenta. En la radio escuché el anuncio de un Gran Circo. De niño me gustaba tanto el circo. Cuando leía o me leían cuentos orientales y hablaban de una vida de lujo, solo tenía tres referentes a los que acudir para sentirlo. Comía algunos días en casa de una tía, porque bajo su casa había una gran plaza arbolada, la de Correos, donde iba a jugar, y tenía la obligación de visitar a la señora Vicedo, la vecina de arriba. Por toda la casa había gruesas alfombras y con mucha ceremonia traía una caja de bombones, la abría y me dejaba que escogiera uno. Solo en esa casa había visto alfombres y había comido bombones. A veces, el señor Vicedo salía de su despacho y me acariciaba enérgicamente la cabeza, despeinándome. Eran muy agradables.
Aparte de eso, lo único que para mí representaba el lujo era el circo. Los trajes dorados y ajustados de los trapecistas, los funambulistas, los malabaristas, los chaqués y sombreros del presentador, el colorido de los payasos, el uniforme de los domadores, siempre en peligro de una muerte instantánea devorados por las fieras. La música y el colorido. Para mí, todos eran grandes damas y caballeros que venían a enseñarnos no lo que sabían hacer, sino cómo viven los que llevan una vida de príncipes; solo para eso. Jamás vi los costurones, la suciedad. Dejé de ir antes de poder pensar en ese cliché del payaso que ríe pero por dentro llora. El circo, por tanto, quedó cristalizado como el espectáculo de lo espléndido.
En una ocasión en que vino el circo a mi ciudad, tenía una enfermedad por la que me pasé dos o tres meses en la cama. Escuchaba pasar por la calle la caravana que anunciaba el circo, pero esa vez no podría ir. En mi casa había un cuadro, al que llamábamos El niño de las naranjas, y una de las veces que me levanté para ir a hacer pis, mi madre, al pasar frente al cuadro al volver, me detuvo y me dijo ¿ves?, se parece a ti. No se parecía, pero desde entonces fue como si me representara. Yo seguiría creciendo y cambiando, pero el cuadro me mostraba lo que había sido. Lo que seguía siendo, en él.

Ese anuncio me hizo decidir que esa tarde visitaría a mi hermana, cinco años más vieja que yo. Ella apenas salía de casa y, aunque nos alegrábamos de vernos, la visitaba con menos frecuencia de la que los dos queríamos, porque nos hemos convertido en gruñones y cascarrabias. Además, enseguida nos ponemos a contarnos los achaques, lo que me resulta insufrible; supongo que también a ella, por lo que las visitas, que empiezan alegremente, duran poco.

Ese día decidí visitarla exclusivamente porque ahora el cuadro estaba en su casa. Al oír el anuncio de que el circo pasaba por la ciudad, sentí la necesidad de mirar a ese niño a los ojos, de sentir su pena porque tampoco esta vez podría ver a las damas y caballeros de la majestad. La necesidad de comprobar que no se había roto la relación entre el niño de las naranjas y yo mismo.

miércoles, 26 de enero de 2011

Algo va bastante mal


Estas Navidades, mi hijo me ha regalado un libro espléndido, de estos grandotes y llenos de fotos, cuyo título se podría traducir como "La historia de Francia a través de sus manifestaciones en la calle". Empieza con ilustraciones de La Comuna y enseguida se usan ya las fotos. Las últimas son del año 2009.

Miro este cartel del 1 de mayo de 1906 y me pregunto que por qué nuestros abuelos o bisabuelos eran más modernos que nosotros, por qué tenían una claridad absoluta de lo que querían y nosotros, desde la treintena neoliberal global, hemos perdido la dirección.

Repaso las fotos del libro, pienso en Francia, donde salen enormes masas a la calle a defender Lo Público, y después pienso en España, donde sucede lo contrario. Recuerdo las 7 huelgas generales de los franceses en un mes y la fracasada y única huelga general de los españoles. Ellos no se plantean si tienen los sindicatos que quieren, no se plantean quién gobierna (muchos de los votantes de Sarko participaban de las manifestaciones), sino cuáles son sus intereses como pueblo francés. Nosotros tenemos un problema añadido, una derecha heredera de la Dictadura que vuelve al gobierno en cuanto el centro derecha moderado (llamo así al PSOE) se tambalea. Los franceses saben que luchan con un sistema económico y fuerzan al gobernante de turno, nosotros debilitamos al gobernante, propiciando un paso atrás. ¿Qué ganaremos con la vuelta de este PP al poder? Los sacrificios para los trabajadores serán mayores, sin duda: no hay más que ver las críticas terribles a todos los gastos sociales del PSOE, que los hubo, para saber que por ahí irán los recortes.

Teniendo en cuenta que solo Lo Público nos beneficia, ¿no hay alternativas? ¿No deberíamos haber ocupado la calle desde el primer mes de Zapatero ante cualquier intento de reducir Lo Público, pero sin debilitarlo, simplemente para forzarle en la dirección que más nos conviene? Fueron las leyes neoliberales del PP las que crearon la burbuja inmobiliaria cuyo estallido, que tenía que producirse antes o después, ha complicado mucho nuestra situación en una crisis global: lo llevan en la sangre como parte de su ADN. También ha explotdo Irlanda, el Milagro Celta en el que se basó el experimento español, que también explotó con la burbuja. Pero de eso no dicen nada: como si no fuera con ellos.

Pero aquí solo sabemos manifestarnos contra el Gobierno. Que sí, que hay que hacerlo, que lo he hecho centenares de veces, pero no para derribarlo cambiándolo por otro peor, sino para fortalecerlo en la dirección de nuestros intereses: para que sepa que hay un lobby mucho más fuerte que todos los lobbies del mercado. El lobbie de la gente.

Y el caso es que la gente está siendo "apretujada" en todo el mundo por una fuerza superior que está en los mercados y en las grandes compañías. Pero de eso pasamos. Y por eso, el anuncio del 1 de mayo de 1906 con tres mujeres desnudas que quieren dedicar 8 horas al día al "placer" nos pilla con el pie cambiado. La política no son los políticos, somos nosotros. Y somos unos analfabetos de la cosa.

jueves, 20 de enero de 2011

Tema de Taller: una mentira que se convierte en verdad

Cómo hacer que quieras lo que quieres hacer


Recuerdo un episodio de la película Paris je t’aime, en el que un hombre de unos cuarenta años está con su amante, algo más joven, y le dice que va a comer con su mujer y a decirle que han terminado. Esa misma noche se irá a vivir con ella. Está sentado en una mesa y ve entrar a su mujer, con un impermeable rojo. Cuando él le va a decir tengo que decirte una cosa, ella le dice tengo que decirte una cosa y saca unos informes médicos. No te había hablado de esto, pero me encontraba mal y me han estado haciendo pruebas, le dice. Tiene un cáncer terminal. Él la coge las manos. Al ir al baño, llama a la amante, le cuenta brevemente y le dice que todo ha terminado entre ellos. Empieza a cuidar a su mujer, que cada vez necesita más atenciones. La roza, la acaricia, la abraza por detrás cuando ella mira por la ventana, le lee libros cuando ella está en la cama sin poder levantarse. La mujer se muere y, desde entonces, cuando ve a una rubia por la calle con un impermeable rojo se le sobresalta el corazón y corre hasta verle la cara; pero no es la suya, claro, porque está muerta, y sabe que la amará para siempre y no volverá con su amante ni con ninguna otra.

Eso me hace pensar en una mañana de mi propia vida. De cuando llevábamos cuatro o cinco años juntos, subiendo y bajando el perfil de sierra de las emociones. Ha pasado ya el tiempo biológico en el que solo con verla me excitaba, en el que el deseo en los ojos de mis amigos me excitaba más. Nos hemos acostumbrado el uno al otro, pero desde el primer día hasta aquella mañana, al levantarme por la mañana solo me concedía ese otro día; lo único que necesitaba para seguir con ella. Ella había perdido su trabajo y con el mío no conseguíamos vivir. El lunes había empezado trabajar vendiendo enciclopedias por las casas, pero solo vendió una; las otras que vendió, viendo a su víctima se arrepentía, le decía a la compradora que en realidad no necesitaba esos libros y que eran muy caros. Aquella mañana, debía ser un jueves, la vi desde la ventana cruzar la calle hacia el metro, con abrigo de paño, recién duchada para llegar a su derrota, y pensé esta es la mujer a la que voy a amar toda la vida. Y desde ahí empezó el amor, que es otra cosa. No antes. No cuando sobraba de todo. Sino ahí. Y ya no me tuve que levantar pensando que es otro día más, porque el tiempo se había compactado, carecía de subdivisiones y ya no era un problema.

Podía haber sido al revés, pienso. Los desenamoramientos y rupturas empiezan también así, con un acto mínimo y banal de la voluntad. Es una percepción parcial en la pequeña historia de la fatiga de los materiales. Vemos un gesto duro, una barrera, una dejadez, algo que se puede arreglar fácilmente, y no pensamos arréglalo; sino basta, hasta aquí, se acabó. Y duramos semanas, o meses o años de agonía. Por un gesto nimio que nos hizo querer lo que queríamos hacer. No es que el amor se mantenga porque nos cuidamos, sino que queremos cuidarnos y, sin buscarlo, queremos amarnos. No al revés. Lo mismo pasa con los amigos, el trabajo, el tipo de cine o literatura que nos gusta. Luego, nos lo explicamos con grandes teorías y acontecimientos esenciales, simplemente porque nos parecen más apropiados a la enormidad de las consecuencias.

domingo, 16 de enero de 2011

La revista Orsai: Buena, Bonita y Barata

A Sofía, porque creo que lo que ahora
parece malo es lo mejor que podía pasar

ACTUALIZACIÓN

Estos tipos me pueden. En la dirección electrónica de la revista, encuentro:

El fin de la piratería



Hernán Casciari
17 de enero, 2011


Este es el texto más caro de Orsai. Y el que más ganas tenía de publicar. Lo que sigue, dividido en tres partes porque pesa mucho, es el pdf de una revista de 208 páginas que acabó de distribuirse ayer a más de diez mil lectores en todo el mundo. Este pdf no está en Rapidshare, ni en Megaupload, ni en la clandestinidad de la Red. Todos los artistas que escriben y dibujan en este pdf cobraron sus honorarios. Y ahora la obra es gratuita. En este sencillo acto, damos por finalizado el problema de la piratería editorial en Internet.

Y justo debajo, en http://orsai.bitacoras.com/2011/01/el-fin-de-la-pirateria.php, tenéis la revista entera.
¡Esta gente cumple! Y es todo, por una vez, tan hermoso.


La Revista pidió a los 10.080 suscriptores del primer número que les enviáramos una foto con el ejemplar en la mano y una sonrisa falsa: esta es la de Chicuelo y yo

Hay veces en las que se escribe algo con la alegría de ver que está pasando algo, que algo se está moviendo. Hace días celebraba la librería La independiente y la web Madrid entre líneas. Hoy celebro algo, que me perdonen mis amigos, de más calado, por la extensión, aunque en realidad es lo mismo: los pasos en la dirección correcta dados gracias al uso libre de un Internet que hoy, y hay que luchar por mantenerlo así, sigue siendo un espacio libre. No entro aquí y no corresponde a esta entrada, el conjunto de matices ideas sobre el uso de contenidos que en principio no son gratuitos. Esta es una entrada feliz para celebrar que está claro que ahora podemos hacer innumerables pequeñas agrupaciones y proyectos.


El 30 de septiembre de 2010, en su blog Orsai, Hernán Casciari hacía una entrada impresionante titulada “Renuncio”. Después de ese renuncio, puso en marcha con su amigo El Chiri la revista, una revista totalmente diferente. Podéis leer entera la entrada clicando en el título (es más gordito para que os fijéis bien), y lo recomiendo porque es una gozada, pero para el que ande mal de tiempo pongo unos párrafos que lo explican bien:

«Renuncié hace unos días a mi columna de los domingos en el diario La Nación, de Argentina, y renuncio hoy a mi columna de los viernes en El País, de España. Noventa columnas y dos años de trabajo en La Nación; ciento veinte columnas y tres años en El País. Aprendí mucho de ambos periódicos. Aprendí, sobre todo, que solamente me puedo divertir en un medio sin publicidad, y que solamente puedo dormir los viernes —de un tirón, sin telefonazos intempestivos— en un medio sin ideología.

Si tengo que ser sincero, en estos dos años me molestaron más los recortes de El País que los de La Nación. El diario argentino me limitaba en base a un convencimiento moral o, por decirlo de algún modo, por respeto a un libro de estilo interno y a una tipología de lector. El diario español no. Los recortes de El País de los últimos años —y el de casi todos los periódicos de este lado del charco— se basan en el impulso económico de abaratar costes y de pensar, cada vez menos, en sus lectores.

Y ya que estamos en el tren, aviso por este medio a Random House Mondadori que también renuncio a sacar nuevos libros con la Editorial Sudamericana de Argentina, o con Editorial Grijalbo en México. Por contrapartida, no tengo más que agradecimientos con Plaza & Janés de España. Pero como vengo embalado tampoco publicaré más allí.

La revista que estamos haciendo con el Chiri es, sobre todo, ganas enormes de volver a leer largo y tendido, y de que cada colaborador escriba hasta que se le antoje. Queremos tener en las manos un papel que no te venda nada, ni explícito ni subliminal. Regresar a la crónica periodística y a la ilustración de calidad, y que las fotos te cuenten una historia, y que cada línea y cada desglose esté hecho por personas apasionadas, y no por burócratas, pasantes, acomodados y becarios.

Nosotros estamos armando una revista que, encuadernadita y con olor a tinta fresca, llegará sin falta a los países que hablan nuestro idioma. A todos esos países, quiero decir, no únicamente a España, México y Argentina. A todos. Queremos que la revista llegue a cada sitio donde haya alguien que quiera leer con serenidad, y que tenga un precio razonable para ese sitio. No importa si ese sitio se llama Madrid o se llama Cochabamba. Tiene que costar, en cada región, lo que cuesta un libro de tapa blanda. O es así, o no es.

Y va a ser así, incluso a pérdida.

El mayor de nuestros objetivos, el que más ganas nos dará cumplir el uno de enero, es que la revista Orsai llegue a Cuba con un precio de tapa de 4 pesos cubanos, gastos de envío incluido. La misma que en Barcelona costará 20 euros, o 15 (ya veremos), y en el resto de Latinoamérica valdrá 11 dólares, o 9 (ya veremos). La misma. Nuestro objetivo es demostrar que si nadie lo hizo todavía, no fue por imposible.

En este sencillo acto, entonces, y ante la aterradora mirada de Cristina, mi mujer, que es catalana y no entiende de gestas y epopeyas, renuncio a todo lo molesto y a todo lo incordioso y a todo lo burocrático y a todo lo extremadamente sigloveinte de mi oficio. Le digo chau, feliz de la vida y sin rencor, a los intermediarios que me obstaculizan la charla con los lectores. Chau publicidad, que te recorta la palabra; hasta nunca burocracia, que te distribuye mal y pronto; adiós y buena suerte ideología, que te despierta por la noche.

—También dile adiós a la seguridad social y a que nos entre un duro en el banco —me interrumpe Cristina—, saluda de nuestra parte a la universidad de la Nina, despídete de comprarnos una casa y dejar de ser inquilinos, dile adiós a hacerte el tratamiento de conducto cuando se te caigan los dientes de tanto cenar las sobras… Que lo sepas, que yo cojo una maleta y me marcho, si sigues con esa idea de Cuba a cuatro pesos. ¿Qué se te ha perdido a ti en Cuba? Tú y el imbécil de tu amigo. Que desde que llegó os creéis Batman y Robin…

—¡Silencio, mujer! ¡Con tus gritos nadie puede ser anarquista en esta casa!»

10.080 nos suscribimos al primer ejemplar, por medio de una librería, entre ellos mi hijo y yo. La he leído enterita y es una gozada. Gracias a ella conozco historias que sin ella serían impensables. Además, me estimula el sentido de apoyar algo así, dejando de apoyar otras cosas.

El que quiera, ya se puede suscribir al número del segundo trimestre (aquí las suscripciones son por número, no para siempre). Podéis usar a la librería La independiente como canal. O reuniros 10 amigos, pagarla con Paypal y recibirla con un 20% de descuento. El primer número ha salido en España por 16 euros; el segundo será más barato, porque el éxito abarata los costes y Hernán y el Chiri repercuten el abaratamiento directamente en los lectores.

Un modelo casi totalmente nuevo. Y hay más. Esta es la dirección del número 1: http://orsai.es/n1/. En las últimas líneas, dicen que los que no tengan la revista encontrarán un PDF gratuito de todos los artículos. Lo he buscado y todavía no está, no sé si por la diferencia horaria o porque no han podido terminar la distribución a los suscriptores en todos los países de habla hispana, condición inexcusable para poner en disponibilidad la versión gratuita online. Pero si me fallan en eso me matan un trocito de corazón; y para mí que no me lo van a matar.

lunes, 10 de enero de 2011

Dadme 52 minutos y 17 segundos

Poneos cómodos, con una bebida. La cosa es tan seria que merece que me regaléis ese tiempo.

Es lo que tardaréis en ver este vídeo. Abandonar toda esperanza en los mercados si aún la teníais. Desde la última crisis, los mercados no hacen más que el ridículo, habiéndose equivocado tan grave e irresponsablemente en todo, después de haber conseguido quitarle el poder al Estado durante 30 años. Pero la Obsolescencia Programada de los productos no es una "característica ajena", de la que pueden desprenderse, sino la esencia de su fincionamiento. Y como consecuencia de ese modo de funcionar, con la creación de tantos residuos están programando, sin fecha, la Obsolescencia del planeta que habitamos. Donde habitamos tú y yo y los que vienen detrás nuestro.

Un pequeño problema: NO estamos en la economía del mercado, SOMOS la economía del mercado. ¿Qué podemos hacer? ¿Seguimos creciendo ilimitadamente en un mundo con recursos limitados? ¿Somos capaces de frenar, sabiendo qué cosas no podemos perder?





Se admiten opiniones.
Se ruega no retrasar más las acciones.

jueves, 6 de enero de 2011

Cuéntalo y luego vuelve a contarlo


A Molinos, como regalo de Reyes

Por sugerencia de Molinos, me bebí La caja negra, de Amos Oz. Después, empecé Una historia de amor y oscuridad. Pero he tardado meses en terminarla. Bien por sus brillantes percepciones, que obligaban a detenerse y pensar, o porque su historia resonaba en la mía: cogía el libro y lo dejaba continuamente. Cualquier historia suya me hacía escribir una mía. O bien leía sin darme cuenta de que en segundo plano estaba escribiendo mentalmente. Cuando escribo así, no recuerdo: escribo. Constantemente vuelvo a atrás para tachar y decir de otra manera. De esta manera, un libro dura meses. Pero esta mañana de Reyes he leído la última línea y me he sentido lleno. “Apaga la luz y luego apaga la luz”, dice Otelo poco antes de matar a Desdémona. Y para mí, que he escrito sobre “cómo matar a la muerte con un lápiz”, la frase tiene un sentido pleno. Lo que voy a contar ahora creo que en parte ya lo he contado, pero “cuéntalo y luego vuelve a contarlo”. Es como sacar brillo a la plata. Además, la lectura de ese libro ha coincidido con que me han llegado decenas de fotos de mi madre que no conocía. Todo se junta cuando debe. Por eso me ha costado terminar las últimas páginas: porque por debajo estaba escribiendo estas dos historias.

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Apaga la luz y luego apaga la luz

Poco antes de nacer yo, mi madre había tenido unas fiebres tifoideas graves. En el año 50, cuando cumplí dos años, tuvo un cáncer de mama y le quitaron un pecho. En aquel tiempo, un cáncer así en alguien que había pasado por lo otro era la muerte casi segura. Pero dijo: “No os preocupéis que no voy a morirme hasta que tenga un nieto varón en mis brazos”. Y no hubo metástasis y soportó el tratamiento.

Veintiséis años después, tras haber tenido varias nietas, nació mi hijo. Mi madre fue la primera en cogerlo en brazos; la recién parida me contó que se le iluminaron los ojos e inmediatamente se entristeció. Se había cumplido el tiempo. Ese verano alquiló un apartamento en la playa y lo pasamos los cuatro juntos: fue feliz con el nieto. En otoño empezó a sentirse mal y en Navidades le diagnosticaron un cáncer de hígado que la mataría en dos meses, con mucho dolor; o en dos semanas, con morfina y sin dolor. Dejamos al niño con sus abuelos de León, volvimos a Madrid y nos instalamos en casa de mi hermana, que es donde vivía nuestra madre.

La habían trasladado a lo que podría llamarse el cuarto del servicio, de haber habido servicio, al lado de la cocina. Todas las mañanas, me tomaba el café con ella y le preguntaba si quería que vinieran los dos hijos que tenía en la ciudad mediterránea. Me decía que todavía no. El 10 de enero me dijo que los llamase y que vinieran rápido. Al mediodía llegaron, le pusimos la morfina y pasamos una de las tardes más agradables que recuerdo. Estaba contenta, contaba historias; todos las contábamos. A las 8 de la tarde, nos pidió que la dejáramos sola y apagáramos la luz, que le molestaba. Cada rato tocaba el timbre para decirnos que la luz le hacía daño, así que sucesivamente fuimos apagando la luz de la cocina, de la antecocina, del pasillo que daba a la cocina, a los dormitorios y al salón. Hacia las dos de la madrugada, alguien que fue a verla dijo que estaba mal. Fuimos, encendimos la luz. Yo uní su pulgar derecho al mío izquierdo, y el izquierdo suyo con el mío derecho, le hablé suavemente, pidiéndole que estuviera tranquila, hasta que dejó de respirar. Se apagó la luz y luego se apagó la luz.

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La vida bulle

Siempre pensé que mi padre había muerto con 56 años, pero el otro día me enteré de que lo hizo con 53. Cuando yo me muera, si existiera un sitio al que se va y te quedas con la edad que tienes al morir, mi padre sería más joven que yo: ¿tendría que hablarle como hijo o desde la experiencia del más viejo? Dentro de dos años, tendré 65; y mi padre habrá estado 53 años vivo y 53 años muerto en falso. Digo esto porque uno no se muere de verdad mientras quedan quienes lo recuerden.

Hace unos días, en una cena con L y mi hijo, a propósito de la película Biutiful hablamos de las perspectivas de otra vida. Ellos dos aman tanto la vida que prefieren pensar que sigue existiendo algo, irracionalmente. Les pregunté: “¿Sabéis que pensáis eso para consolaros?”, y me respondieron que sí. Yo no necesito consuelo, ni falsas ampliaciones. La vida que me llega por los sentidos me basta para que se justifique a sí misma. La vida bulle y eso es tremendamente bueno.