sábado, 4 de diciembre de 2010

Relato berlanguiano del Taller

[Esta vez el tema era "berlanguiano". Al tratarse de un estilo, no podía forzar una historia hacia mi estilo, sino al revés. La primera baja ha sido la brevedad].



Figuras de salón


A todos los personajes de esta falsa

historia que supieron morir a tiempo.


... y es entonces cuando, al tener las llaves de un piso en Aluche, y dándome cuenta de me conviene desaparecer unos días, además de que me vendrán muy bien esas tres semanas para estudiar todos las asignaturas del curso, de las que nos examinábamos el 15 y el 16 de septiembre porque en junio hubo huelga de exámenes en varias facultades de la Autónoma, me entra el acojono y voy a buscar a F., esa amiga que habría que tener siempre, con la que lo más que había hecho había sido cogerla de la mano durante un concierto de música religiosa en Cuenca. Ella coge ropa, los libros, tres cajas de Dexedrina Expansule de liberación prolongada de 15 miligramos y nos vamos al piso a encerrarnos a estudiar. ¿Me sigues?

—A ratos. Si no dejas de hablar, no vas a comer.
—No tengo hambre.

Allí tampoco la teníamos. Una dexe de esas tiene 12 horas de efecto, así que nos tomábamos tres al día. Para estar seguros. Era todo tan bonito que nos preguntábamos cómo podíamos haber perdido el año sin dedicarlo por entero a estudiar asignaturas tan apasionantes. Cosas de la dexe. Pero comer, poco: algo de fruta, galletas y chocolate, y litros y litros de cocacolas y refrescos. La dexe también tiene eso. Dormíamos dos horas al día, tres a lo sumo, y habíamos decidido hacerlo en la misma cama. En cuanto nos acostábamos, intentábamos follar, lo que entre amigos es casi imposible, porque te da la risa si estás de subida o la crisis histérica si estás de bajada. Ni pajas, nos podíamos hacer. Comiendo una manzana ante una mesa caótica que en cualquier momento podía derrumbarse por el peso de las colillas, tuvimos la Gran Idea.

—Cuando surge la Gran Idea, procuro ausentarme enseguida. Si dejas de jugar con la merluza, me la podría comer yo.
—Toma.

Ya habíamos estado dos años en dos comunas urbanas nefastas, cada uno por separado, pero esta vez iba a ser distinto porque la íbamos a organizar nosotros dos. Organizar. Nosotros. El plan no podía ser más descabellado. Pero si la gramática generativa me parecía apasionante, esa comuna era ya la hostia. Los exámenes nos salieron cojonudos. En ese estado mental eres capaz de trazar en veinte minutos un cuadro de situación del tema con el que los profesores te hacen la hola y flipan, casi tanto como tú mismo al desarrollarlo. Es que, ¿sabes?, las ideas en esos momentos son como en tres dimensiones, volúmenes dinámicos en movimiento armónico.

—Si me vas a cantar la gloria de las drogas, te advierto que no es la noche.
—No, qué va. Si en cuanto terminaron los exámenes nos cortamos en seco. Éramos consumidores, ¿cómo te lo diría?, ah, sí, profesionales. Nada por el placer, todo por la obligación.

La semana siguiente la recuerdo como una película muy antigua, de estas que tras mucha restauración lo que se ve en la pantalla es inconexo, borroso. Pero F. era como ese personaje de la mitología que en cuanto ponía los pies en el suelo sacaba toda la energía y se le curaban las heridas. Mientras yo me arrastraba de un lugar indeterminado a otro, olvidando las asignaturas con la misma violencia y brillantez con las que las había aprendido, ella se había recorrido todo lo alquilable y asequible, y grande, sobre todo que fuera muy grande, del barrio de Argüelles. Un día que fui capaz de recuperar de la memoria el número de teléfono de la casa en la que estaba, la llamé. Joder, dónde te habrá metido, me dice, ¿en media hora en El Palentino? Ya allí, con las cervezas y unos bocadillos grasientos delante, pone unas llaves encima de la mesa y me dice: un piso en forma de ele enorme, cocina, dos baños, un salón para jugar al balonmano y 8 habitaciones, tan barato que lo podemos pagar entre 5 y las tres habitaciones restantes quedan para amigos de paso. Estas son tus llaves, te he hecho copias, porque ya he firmado el contrato y pagado octubre. Mudo me quedé, porque me puse a pensar en el balonmano. En cuanto me recuperé, le dije coño F., en una comuna, ¿no se decide por asamblea? Si es que te vas a caer de culo, me responde, en cuanto lo veas. Además, con lo que te conozco, es como si hubieras participado en la decisión. Y tenía razón, era más que perfecto. Pero cuando le decía que empezáramos a buscar compañeros, me contestaba que nos tomábamos unas copas y luego me hablaba de eso. Su insistencia me dio malaespina, el primero bebe y luego hablamos no es alentador. Y, esta vez, el que tenía la razón era yo. Resulta que F. tenía una amiga de su pueblo que durante cinco años no había hecho otra cosa que estudiar y sacar matrículas en matemáticas, que ahora estaba deprimida de ver cómo la vida se le había ido escapando, y le había ofrecido que se viniera con nosotros para encontrar el lado de la luz. Cojones, pues yo tenía un amigo que era lo mismo pero al revés. Había vivido en la luz, tomándose tripis como si fueran Pictolines, hasta que en uno de ellos se le presentó San Nosequé y se había cortado el pelo, porque San Pablo abominaba del pelo largo en los hombres, leía ABC y el semanario de Fuerza Nueva, buscaba una habitación y con nosotros podría encontrar ese lado oscuro que tanta falta le estaba haciendo. Cuando las cosas se joden desde el principio, solo les queda coger carrerilla.

—Oye, esa frase está bien para publicitar el guión. La apunto.
—Entonces, ¿vas viendo la película?
—No, pero tú sigue. Ibais a ser cinco, ¿no?

Eso es. Aquella misma noche me encuentro con una conocida, de otro rollo distinto, con más tetas que cabeza, y al hablarle de lo mío me dice que un exnovio al que ha dejado necesita una habitación. Lo llama, viene, un rubio vestido formalmente, me aterro, ella me da dos miradas dulceverdosas, me pone su suave mano en la nuca y acepto: ya somos cinco. Cuando el rubio viene a casa, a F. y a mí nos mira torvo, así que le asignamos la habitación peor y más pequeña; nada más abrir la puerta y alejada decenas de metros de la verdadera casa. Nos mira torvo, pero el precio es irresistible. Esa misma tarde, después de dejar al rubio, sucede (todavía eran los tiempos en que las cosas sucedían, porque sí) que F. y yo estamos en un bar tomando unas cañas con un inglés simpatiquísimo, que se ha licenciado en Filosofía en la Universidad de Londres y se ha venido con una beca de consolación o miseria para escribir una tesina sobre conceptos marxistas en España en la segunda mitad del XIX. Expreso mi opinión, poco fundamentada, de que era dudoso España hubiera pasado por los siglos XVIII y XIX, pero que hubiera conceptos marxistas en ese tiempo y lugar me sonaba a trola de las gordas. En todo caso, nos hacía tanta gracia lo mal que hablaba español, que prescindimos de la sexta habitación. Esa noche, sacó la máquina de escribir, un mamotreto muy inglés, y se puso a teclear como si solo tuviera un dedo y por un problema de coordinación no pudiera usarlo más que una vez cada 30 segundos. Pero a F. y a mí nos pareció que trabajaba y era serio. En cuanto se fue a la mañana siguiente a buscar curro dando clases de inglés, entramos en su cuarto. Medio folio escrito resplandecía sobre el rodillo. Con nuestro inglés no lo entendimos muy bien, pero la letra parecía buena. A la una del mediodía volvió a casa y le invitamos a un vermú. Nada de cañas, vinos españoles. Se le puso la nariz roja y durante 7 meses la conservó de ese color, lo mismo que mantuvo ese medio folio en la máquina, aunque de color cada vez más grisáceo por el polvo que se acumulaba sobre él. En fin, para resumir, la comuna urbana empezaba con, a saber, dos personas salidas de la anfetamina, una depresiva, un viajero del magical mistery tour perdido en el monte, un rubio que no tenía nada que ver con nosotros y un filósofo británico en estado etílico permanente. Perdona que me repita, pero, ¿vas poniendo la historia en imágenes?

—Todavía no, pero sigue. He entendido que sois seis.
—Eso es, lo has pillado todo perfectamente.

La casa se va llenando de amigos porque el salón es irresistible. Traen bebidas, libros subrayados para que veamos qué frases han elegido, artículos que no les va a publicar nadie y los vociferan para nosotros o, en algunos casos, para las paredes. Como un acto de rebelión contra la propiedad, hemos hecho 10 copias de las llaves que vamos repartiendo a los que nos caen mejor, como si fuéramos un programa de la tele y que, por lo visto, ellos recopian y pasan a otros. Eso crea momentos de crisis, una de ella casi ideológica. Una tarde en la que F. y yo volvemos juntos de la Facultad encontramos el salón repleto de gente, vamos a entrar a ver qué eso y nos informan que se trata de una reunión de estudiantes gallegos revolucionarios y no estamos invitados, que no molestemos; les damos la contrainformación de que somos los dueños de la casa y que se pueden ir a poner rótulos en gallego de las calles cagando leches; nos llaman fascistas de mierda mientras se van; nos sentamos en un sillón del salón tan a gusto. Fascistas, no te jode, comento yo. F. va a su cuarto a ponerse cómoda. Es decir, en lugar de las permanentes chirukas abrochadas y una trenca azul sobre la ropa, su atuendo casero consiste en las chirucas desabrochadas y nada debajo de la trenca azul, que no siempre lleva abrochada.

—Habría que elegir bien a la actriz, eso puede dar juego.
—Pues ya verás tú el juego de ese tipo que da la historia —le peloteo al ver el decaimiento con que la estaba recibiendo hasta el momento.
—Céntrate en las crisis.

J., totalmente evangélico, casi cada tarde se trae un mendigo a casa, le da de merendar y cenar, de dormir en un colchón que ha comprado y está en el suelo de su cuarto. A la mañana siguiente, a la salida de misa, le entrega el ABC en el que ha circundado en rojo los trabajos que le parece le podrían convenir y le hace fregar lo de la cena. Ese mendigo desaparece para siempre, pero la primera tarde vive feliz en el salón y por toda la casa. AG, quiere perder la virginidad y ella y F. me eligen a mí. Aclaro que no tengo el menor interés en el asunto, porque además vive en casa y no quiero tonterías después. Hago el favor, en dos noches consecutivas para que la cosa sea suave, y después hay tonterías. No aprendo. En la casa ha sucedido la aparición de una chica muy simpática que conocíamos de vista porque por las noches vende flores en los bares. Es una bailarina en paro que, por la música que sale de su habitación, está toda la tarde ensayando, salvo cuando sale, totalmente desnuda, y monta en bicicleta por el pasillo, derrapando en el ángulo recto. Los amigos desean que falle en el giro y se dé una hostia para ir a prestarle ayuda: eso lo veo en la mirada soñadora que tienen cuando aparece la ciclista, mientras dan la impresión de que me escuchan. Como el rubio del cuarto pequeño, no participa del salón, de las comidas ni de nada. Simplemente, ocupa una de las habitaciones libres y monta en bici por el pasillo. El negligé doméstico de F., y la ciclista, aumentan las visitas hasta un punto que resulta incómodo.

En diciembre, tenemos dos bajas. Por un lado, AG, malaconsejada por un psiquiatra famoso del seguro escolar, y en contra de lo que opinamos F. y yo, acepta una cura de sueño de una semana y desaparece tres meses. F. se entera de que el rubio es un poli. No me dice nada, según me dijo después, porque entre tíos esas cosas tienen malas soluciones, pero esa tarde al volver de la facultad coge el cuchillo más grande de la cocina y le da 10 minutos para irse. Me lo contó el mendigo del día, que todavía estaba algo asustado el hombre. Yo se lo reproché a F, porque pensé que el pobre muchacho estaba ahí porque el cuarto era barato y no para vigilarnos. El caso es que se van produciendo vacíos, que tienden a llenarse con los peores personajes. La comuna sigue funcionando en el salón, claro, que cada día se parece más a esos bares americanos para perdedores tontos que salen en las películas y abren las 24 horas. Solo que este, en lugar de perdedores mirando la copa, está atestado de sicilianos vehementes. Más o menos por esas fechas se produce una desviación de la historia, ¿te la cuento ahora?

—¿Tiene que ver con el argumento central o es un entremés?
—Me parece decisivo y es una desviación que cae sobre el argumento como un deus ex machina esencial.
—Pues si no hay más remedio, pero si salen nuevos personajes no me pongas iniciales, que me pierdo.

Resulta que F. quiere tirarse a un tío con el que ha quedado, pero va en plan pareja con una tía que parece más aburrida que la hostia y, claro, F. necesita que alguien la distraiga a ella. La operación es un éxito: la novia aburrida y yo nos enrollamos y me voy a vivir con ella; F. se arrepiente en dos días de su movimiento, porque el tipo es poco soportable, pero el mal ya está hecho. Ella me dice la canción esa de No me llames Dolores llámame Lola, así que la llamaremos Nome. Me voy a vivir con Nome, pero sigo pagando mi alquiler y todos los días paso al menos un par de horas por el salón, para llevar vida comunal y para asegurarme de que el Congreso del Pueblo sigue en sesión permanente y de que mi cuarto no sea ocupado. Nome comparte la casa con dos parejas. Una de ellas está formada por una amiga suya, a la que llamaremos Rubia Buenorra, y por un exnovio de ella que le ha endosado y al que llamaremos, sin más explicaciones, Bobo. Al ir conociendo a sus antiguos novios, empieza a preocuparme que me haya elegido como pareja. En la otra habitación, una tía magnífica de cojones, a la que llamaremos Tía Magnífica, vive con un arquitecto, hijo de un conocido industrial vasco, cuyo padre lo metió en un manicomio porque el niño arquitecto, a la hora del desayuno de su padre, acostumbraba a sentarse desnudo con él, comer con las manos del plato del padre y maldecirlo porque una de sus industrias es la fabricación de armas. Era un poco hippy, el arquitecto, pero simpático y con buenas manos para construir porros preciosos y muy grandes. Quiso la mala suerte que la luz de la casa de las tres parejas, de sistema antiguo, reventara. No tuve más remedio que organizar un traslado de los seis a mi casa, que seguía pagando. El salón, con los recién llegados, que seis personas son muchas personas si vienen como grupo, entró en una fase que habríamos podido llamar de fractalización psicodélica, si entonces hubiéramos sabido algo de los fractales. Entre tanto, pasaban por la casa como semipermanentes personas de lo más jodido, como un nieto de un general republicano que se decía perseguido y que se pasaba el día entero hablando con la novia que tenía en Argelia. Decía que ella lo llamaba, pero cuando llegó la factura del teléfono vimos que nos había mentido y que nada más ver el sobre de la Compañía Nacional desapareció. Al menos, desde entonces tuvo motivos para sentirse perseguido. ¿Y F.?, te preguntarás.

—No, que yo no me pregunto nada.
—Te falta paciencia para ser un productor de cine.
—Va a ser eso. Vale, te pregunto, ¿y F.?

Le fue fatal con el exnovio de Nome, aunque no tanto como a él, pero enseguida se consoló con un bancario que estaba casado y según ella era un tío de puta madre. El caso es que una noche el bancario le dijo a su mujer que sacaba a pasear al perro y se vinieron los dos a vivir a casa, él y el perro. Un setter irlandés precioso y muy inteligente. Cuando las tres parejas de la otra casa tuvimos que venirnos a la comuna, o bar libre, o como quiera que se le pueda llamar, el bancario ya había desaparecido, pero el perro se quedó.

—Llevaba ya un tiempo pensando que esta historia necesitaba un perro. Pero olvídalo. En los platós, los perros no hacen más que joder escenas.
—Pues contratas uno adiestrado, porque el perro se queda.
—Ya que hablamos de quedarnos, cerramos el restaurante y este bar de copas tiene toda la pinta de que va a hacer lo mismo. ¿Por qué no me das un final y, si eso, ya relleno yo lo que falta?
—Lo tengo.

Imaginemos una escena tomada cenitalmente en la que gran parte de los que están en el salón beben y fuman porros; las dos parejas de recién llegados se meten mano; Nome y yo no, porque insisto en dar discursos y hay tiempo para todo; el mendigo del día no puede creer la suerte que ha tenido, ya que desconoce el adiestramiento al que será sometido a la mañana siguiente, y opina, sin que sirva de mucho, que comprar pan y unas latas sería ya el no va más; J. me habla de la dulzura del Señor, sin saber que he aprendido a no oír su voz; Nome, que le ha caído muy bien J. y hasta le da cierta pena, intenta convencerle de que no pierda el tiempo; alguno de los amigos intenta ligar con Rubia Buenorra en cuanto Bobo se ausenta un momento; el filósofo ríe con todo porque la vida es así y es maravillosa, y trata de convencer al grupo, con discursos tan vehementes como los míos, de que sería preferible comprar vino más barato pero en más cantidad; F. dice cada diez minutos, sin moverse del sofá, que se tiene que arreglar para salir; y el setter, al oír la palabra salir, cree que lo van a sacar a mear y empieza a ladrar desaforadamente.

En una de esas trampas que hacéis en el cine, la cámara abandona la posición cenital, se ralentiza y puede verse, a través de la amplia puerta de doble cuerpo, que la blanquecina figura fantasmal que parecía un efecto mecánico, como un flash de discoteca, es una joven desnuda montada en bicicleta. Me parece a mí que eso enfatiza la locura de la vida. Además, te gustan las tías en pelotas.

La cámara vuelve a la posición cenital y retrocede; o sube, como si ello fuera posible y arriba no hubiera más pisos, hasta que, en la distancia, lo mismo que pasa con la bóveda celeste, parece que el grupo realice movimientos armónicos: da la impresión de que es un grupo verdadero que hace algo real. Con la lejanía del plano, solo se oyen ya los ladridos del perro y, con esa sensación de tranquilidad inquietante, la pantalla se funde a negro.

—Bueno, qué, ¿hay ahí o no una película?
—Siempre la hay. En este caso, una película de mierda.
—Quizá no la haya contado bien. La cuenta, en todo caso, es cosa tuya, ¿no?

jueves, 2 de diciembre de 2010

Concurso de fotografía digital: Verónica Leonetti participa


Verónica, que le da a casi todas las artes visuales, participa en un concurso con esta foto, que conocía de su blog, otra que también conocía y otra nueva.

He ido AQUÍ y he votado por ella. Vosotros podéis, por lo menos, ir a ver sus tres fotos. ¿No?

lunes, 29 de noviembre de 2010

El Doce de Verónica Leonetti y Nano (Primer Tramo de los Cien Escalones)




Esta es la ilustración, quien quiera verla junto con el texto y comentar, si le apetece, tendrá que ir al blog de Verónica.

domingo, 28 de noviembre de 2010

No sin nosotros

Desde hace días, se repite en mi mente como un mantra la frase con la que empieza Chantal Maillard el texto 70 de sus diarios del 96-98, titulados Filosofía en los días críticos:

«Todo problema se genera a partir de una situación dada. Modifiquemos la situación y se eliminará el problema».

Y es que tenemos un problema bien grande: haber dejado que se instaurara un sistema capitalista financiero sin ponerle la menor traba.

Ahora, ciertamente, las desregulaciones financieras han permitido que un reducido grupo controle la economía del mundo: no producen, simplemente juegan con dinero y cada vez tienen más para seguir jugando; controlan las grandes instituciones financieras y cuentan con amplios medios de difusión y grupos políticos afines en todo el mundo; sus recetas han sido un fracaso para la gente en el Tercer Mundo y en países como Rusia. Pero sus fallos no cuentan... porque nadie los cuenta ni los tiene en cuenta: el que se opone a ellos, es derribado con operaciones de dinero.

Ahora, ciertamente, el capitalismo productivo sigue las biblias de los anteriores al pie de la letra. No debería ser el juego de ellos, pero lo es. Deberían querer la potenciación de la economía productiva, pero los intereses cruzados los han apresado.

Los Gobiernos, incluso los que no querían eso, ceden ante los primeros y, ahora, buscan refugio entre los segundos. Ayer, en nuestro país, el señor Zapatero les preguntó que qué tenía que darles para que ellos le dieran un abrazo y le acariciaran el pelo. El señor Cameron (para irnos al otro lado), el que quería distanciarse de las prácticas neoliberales de incluso, sí, incluso, los socialistas británicos, el que llegó al poder con frases como esta: "Ha llegado la hora de que admitamos que hay más cosas en la vida que el dinero y ha llegado la hora de que nos centremos no solo en el producto interior bruto (PIB), sino en una felicidad general", ya vemos lo que hace.

Y mi pregunta es, ¿Y nosotros qué pintamos en esto?

La siuación fue creada y si nos fijamos en el problema, es lógico que no haya otra solución: porque el problema se ha creado con un cumplimiento estricto de la reglas emitidas por la situación. Durante decenios, hemos jugado todos al "Virgencita que me quede como estoy": pero la situación no nos lo ha permitido y por miedo a mejorar, hemos empeorado.

Solo nos queda aferrarnos a la frase NO SIN NOSOTROS.

Va a ser duro, nos van a machacar. Pero si no hacemos algo, nadie nos va a escuchar. Somos la gente, tenemos la fuerza si nos atrevemos a ejercerla, tenemos que demostrar que no aceptamos esa situación, que hay que cambiarla. No lo quiero así, me asusta y me duele, pero hemos de elegir: o nos sometemos a la humillación continuada y a la pérdida de los niveles de vida que no debemos perder (que también esos hay que replantearlos para que no consistan sobre todo en la posesión de bienes de consumo) o aceptamos los tiempos de "sangre, sudor y lágrimas" para cambiar la situación.

Porque lo cierto ciertísimo es que la virgencita neoliberal no va a permitir que nos quedemos como estamos.

martes, 23 de noviembre de 2010

Buenoooo, qué sinergias o enredos de la casualidad

Aquí todo se une, casi a diferencia de la historia de hoy, en la que todo se separa. Esto va para largo y les voy a robar su trabajo a unos cuantos. Primero, el último relato del Taller, sobre la vergüenza, después, una entrada de Jesús Miramón, que incluye un enlace a una entrada de Escolar.net y, finalmente, un artículo aparecido en Globalízate.com.

I. Taller


Vergüenzas de todos los colores


Levantes la piedra que levantes

despojas

a quienes precisan el amparo de las piedras.

P. Celan



Dos mujeres se han citado en un lugar que no importa. Ni siquiera la cita importa: es banal; en cualquier gran ciudad se están produciendo en ese momento miles de citas parecidas. Pero todo signo banal es un escudo de lo que hay dentro. Lo que importa es el interior: haber tenido la oportunidad de saber lo que pasa dentro y se tapa; incluso las dos mujeres se lo ocultan cada una a sí misma. Se besan, se lisonjean, se abrazan y se sientan en una mesa.

Cualquier observador que tuviera interés, se daría cuenta de una disimilitud que encierra algo desagradable. Una de ella, la llamaremos Rosita, lleva un abrigo de paño de temporadas pasadas, pero muy cuidado. Y su tez, el halo que la rodea, o su manera de estar, refleja decaimiento y temor. Lo contrario que la otra, vestida con ropa alegre de mercadillo, pero muy nueva. Usa su ropa como si no le importara que le cayera una mancha; tiene un gran armario. Se casó con un hombre que se hizo rico. Rosita, en cambio, vive sola, es administrativa, se plantea 14 veces cualquier compra y se siente avergonzada de su pobreza digna. También tiene miedo a que una crisis la deje sin trabajo y pueda perder esa dignidad cercana a la raya de abajo. Muchas noches, ese miedo le quita el sueño.

El miedo también avergüenza. A veces es difícil distinguir entre un sentimiento y el otro. Pero en esos momentos, la mayor vergüenza se la produce Marta, presentándose ante ella como una igual. Está segura de que fue al mercadillo a comprarse ese traje vaquero para la cita con ella y que no se lo volverá a poner. También siente vergüenza por cómo habla de sus trabajos temporales, de proyectos de relaciones públicas que le dan los amigos de su marido desde que este se relacionó con la política. No soporta que hable con ella como entre trabajadoras, cuando con tres proyectos, que no le quitan más de cuatro meses, gana lo mismo que ella y, además, lo usa para sus gastos. A Rosita le avergüenza la falta de vergüenza de Marta, por ser como es. A veces, en lo más profundo, a Marta le asalta la sensación de que una amiga como Rosita es una vergüenza para ella. Cuando esta le pidió que no la invitara más a sus fiestas, porque se sentía fuera de sitio, no la insistió. Era una manera de reconocer que su amiga de toda la vida estaba fuera de sitio en su vida.

¿Por qué se siguen viendo, aunque cada vez más de tarde en tarde? ¿Por qué no aceptaron el abismo de la distancia que las separa? ¿Por qué están ahí, hablando en una cafetería, animadamente? Quizás porque las une algo más fuerte de lo que sospechan. Amigas de la misma edad, que vivían en el mismo portal, compartieron el descubrimiento de la vida: las primeras menstruaciones, la contemplación mutua del sexo, los primeros chicos y sus sensaciones, la escalada de las relaciones sexuales. Lo compartían todo y es todo fue lo más emocionante en la vida de cada una. Marta tiene de todo, pero ha sido abandonada emocionalmente por su marido. Rosita, ni siquiera tiene eso. Solo tienen un pasado, aunque ahora sea socialmente inconveniente. No hay nada más que les haga latir el corazón.

Podríamos rastrear esa vergüenza íntima, o la falta de vergüenza de los que tienen medios de vida y los consideran algo caído del cielo, que les corresponde, en cada uno que vemos durante un paseo.


—Somos una mierda pinchada en un palo —le dije la otra noche a un amigo.

—Y siempre hay alguien que preferiría nuestra muerte para pelearse por las astillas —me contestó.


II. Entrada de Jesús Miramón

Zarzas y enredaderas


Las noticias sobre la crisis económica en Irlanda, una de las últimas víctimas del robo del siglo, me hacen recordar la amabilidad de sus habitantes, la belleza de Connemara, el olor de sus playas invadidas por las algas, las casas abandonadas cubiertas de zarzas y enredaderas.

¿No parece una coincidencia con mi relato? Pero hay más, porque las palabras "robo del siglo" son un enlace que lleva a una entrada de Escolar que dice lo que a mí me gustaría haber sabido decir, sobre esa Irlanda tan querida por los neoliberales, el modelo de Rajoy a copiar en España. Y va y se desmorona antes que nosotros.


III. Escolar

El robo del Siglo

Dice el economista Paul Krugman que “los avances de la teoría económica en los últimos 30 años fueron, en el mejor de los casos, inútiles; y en el peor, muy dañinos”. Hay una tercera opción, aún más dramática: que el daño no fue inocente; que esas grandes aportaciones de la doctrina neoliberal a la crisis actual fueron parte de una gigantesca estafa: un timo que funcionó y que quedará impune. Era un castillo en el aire, pero no todo el dinero se evaporó. Hubo muchos que ganaron: los mismos que financian y dan voz a algunos de esos economistas que incluso hoy justifican estos desmanes.


La última evidencia del robo del siglo emerge ahora en Irlanda. La niña bonita de los neoliberales, el país que las agencias de calificación ponían como modelo, está a punto de irse a pique. El Estado asumió la inmensa deuda de los bancos privados y evitó una bancarrota financiera, pero a cambio obtuvo la quiebra nacional: es todo el país, y no sólo los bancos, quien está en riesgo. No está claro siquiera cuál era la peor alternativa, pero el resultado final es que cada irlandés debe hoy unos 60.000 euros de aquella fiesta, a la que no fueron invitados; cada céntimo que paguen en sus impuestos durante años servirá para cubrir las apuestas de esos inversores privados. ¿De qué ha servido la austeridad en las cuentas públicas que exigían los economistas liberales si se permitía a la banca irlandesa asumir unos riesgos que han dejado un agujero del 170% del PIB?

Aunque el escándalo mayúsculo es que después no pase nada. Y no sólo nos jugamos la economía. El mayor peligro para nuestra democracia ya no es el golpismo o el terrorismo: es el sistema financiero. ¿Cómo podrían los políticos justificar un nuevo rescate si no se toman las medidas para que algo así no vuelva a suceder jamás?



Pero ya que hablamos de neoliberales, sus posturas de todo para que funcione el negocio en beneficio de muy pocos se ve claramente en su desvergüenza con el cambio climático. Ahí podemos saber lo que se puede esperar de ellos. Negacionistas hasta hace semanas, ahora el Jefe español. que estuvo a punto de presidir una cumbre negacionista hace año y medio en Nueva Yotk (se lo prohibieron en Génova), resulta que ahora pasa aceptar ese cambio, sin la menor excusa por su posición anterior, pero desde la perspectiva del negocio. Este artículo de Louis Lasalle para Globalízate, lo explica muy bien.


IV. Globalízate

La nueva postura de José María Aznar frente al cambio climático: una nueva estrategia del negacionismo de siempre



Louis Lasalle para Globalízate (15/11/10)

Detrás del nuevo instituto sobre cambio climático del que José María Aznar es asesor se esconde una nueva estrategia, financiada por los negacionistas de siempre, para abrir nuevas oportunidades de negocio sin renunciar a lo anterior.
José María Aznar, ex presidente de España, promotor de la guerra de Irak, miembro de holdings financieros agresivos y divulgador de las ideas ultraconservadoras más antisistema, era también conocido por su abierta adhesión a los posicionamientos más radicales del negacionismo del cambio climático. Sin embargo, hace pocos días nos sorprendió a todos al ser fichado como presidente del consejo asesor de una organización centrada en el cambio climático. Inicialmente nos asaltaron muchas preguntas ¿Habrá cambiado su manera de pensar ante la avalancha de evidencias científicas que se acumulan día a día? ¿Cómo una persona formada en letras y con profundas y demostradas lagunas en ciencia puede presidir un consejo asesor sobre cambio climático? ¿Hay gato encerrado? Las crípticas explicaciones que Aznar nos facilita desde la web de la organización nos han dejado aún más confusos




Desde Globalízate hemos preferido ser cautos e investigar un poco antes de posicionarnos precipitadamente. Tras un periodo de investigación y reflexión hemos sacado las conclusiones que presentamos a continuación.

José María Aznar ha estrenado su puesto de presidente del consejo asesor de una asociación sin ánimo de lucro recientemente creada llamada The Global Adaptation Institute (GAI) (http://www.globaladaptationinstitute.org/). ¿Quiénes son y cuáles son sus objetivos? Esta asociación está formada por reconocidos miembros de la esfera conservadora como son Juan José Daboud (Director de GAI, antiguo miembro del Banco Mundial, y ex ministro de economía de El Salvador), Paul Wolfowitz (ex presidente del Banco Mundial y promotor de la guerra de Irak), Jorge Quiroga (ex presidente conservador de Bolivia y ex alto cargo del Banco Mundial), Ana Palacio (ex ministra española, promotora de la guerra de Irak en la ONU y ex miembro del Banco Mundial), además, varios representantes de la empresa privada, de think tanks conservadores y algún científico especializado fundamentalmente en el estudio de los recursos naturales y su relación con la economía. ¿Quién lo paga? GAI ha abierto sus puertas recibiendo una generosa donación (10 millones de dólares) de NGP Energy Capital Management (http://www.ngpenergycapital.com/) una franquicia de inversión energética con una gran participación del sector de los combustibles fósiles.

Sus objetivos son muy claros: abordar el problema del cambio climático exclusivamente desde la perspectiva de la adaptación. Para comprender un poco mejor esta perspectiva vayamos al IPCC. El IPCC se divide en tres Grupos de Trabajo: GT I La base científica, GT II Impactos, Adaptación y Vulnerabilidad, GT III Mitigación del cambio climático. El GT I se dedica a recopilar información y redactar informes sobre todas las evidencias científicas, procesos, causas y predicciones de este fenómeno. El GT II estudia la magnitud de los impactos y plantea posibles formas de adaptación ante todos los posibles cambios previstos en los distintos escenarios planteados. El GT III se centra en estudiar y proponer medidas que permitan reducir la emisión de gases de efecto invernadero. Las tres aproximaciones son totalmente necesarias, hay que profundizar en el conocimiento de este fenómeno a escala global, perfeccionar los modelos predictivos y los posibles escenarios, necesitamos estudiar cuán grandes serán los impactos, cuán vulnerables son las distintas regiones del planeta a estos cambios y cómo podremos adaptarnos a ellos de producirse. Y por supuesto y con urgencia necesitamos saber cómo podemos mitigar los cambios y evitar en la medida de lo posible que se produzcan, minimizando así la necesidad de una adaptación.

Entonces nos preguntamos, ¿por qué The Global Adaptation Institute ha decidido que solo es importante la adaptación? Observando quiénes conforman este instituto, quién lo financia y cuáles son sus objetivos, concluimos que la respuesta es la de siempre: el dinero. Si apareciese una asociación que tratase de abordar el problema del cáncer desde una perspectiva global pero que no considerase importante ni el estudio de sus causas, ni su prevención sino tan solo el desarrollo de nuevos tratamientos de quimioterapia, sospecharíamos inmediatamente que hay intereses farmacéuticos detrás. Algo parecido ocurre con el GAI. Detrás del negacionismo tradicional está el interés de las multinacionales petroleras que ven amenazados sus beneficios con un cambio en el modelo energético. A esta corriente se ha sumado con alegría toda la esfera neocon ya que en el fondo las causas cambio climático ponen de manifiesto un cuestionamiento el modelo tradicional de crecimiento económico-financiero perpetuo, negando la evidencia de que no se puede crecer hasta el infinito en un planeta finito. Sin embargo, los defensores del sistema financiero liberalizado se han dado cuenta de que también detrás del cambio climático puede haber serias oportunidades de negocio y sería inadmisible dejar pasar esta oportunidad.

Es cierto que las campañas negacionistas están cosechando muchos éxitos y sirva como dato que en EE. UU. cada vez hay más escépticos. Solo el 38% de los votantes republicanos confía en las evidencias científicas sobre el cambio climático y si nos centramos en los simpatizantes del Tea Party se reduce a poco más del 20%. Estas campañas pretenden salvaguardar los intereses comerciales de una serie de poderosas multinacionales. Sin embargo, ¿no sería posible desarrollar un nuevo discurso que sin afectar a las empresas energéticas ni a los paradigmas del neoliberalismo permita conquistar nuevos mercados y negocios emergentes? La respuesta es clara: la adaptación. Por un lado son conscientes de que las evidencias científicas son tan apabullantes que va a haber movimiento político y solcial por mucha campaña negacionista que se financie. Por otro lado, si olvidamos el estudio de la ciencia del clima y también cualquier intento de mitigar el problema podremos obtener un pedazo de pastel de ambas tartas: por un lado, el modelo energético y de crecimiento no se tocará y por el otro abriremos nuevas y abundantes oportunidades financieras en la adaptación. Resumiendo, cambiar un poco para que todo siga igual y además ganar influencia en un sector prometedor.

Desde Globalízate consideramos que abandonar la lucha por la mitigación es una renuncia inadmisible y de consecuencias desastrosas. Por todos los motivos relatados aquí, somos profundamente críticos y escépticos con los intereses y objetivos de The Global Adaptation Institute. Es indudable que la estrategia es inteligente y probablemente durante mucho tiempo veremos campañas negacionistas y de “solo-adaptación” simultáneamente y probablemente financiadas con los mismos fondos. También tenemos que estar alerta y si alguien nos habla de abordar el problema del cambio climático tan solo desde la adaptación, probablemente se trate de un neo-negacionista.

¿Nadie hace nada?, se preguntaba Jesús. La Rosita del relato ni siquiera se pregunta nada, solo teme y se avergüenza. Escolar y Louis Lasalle explican. Y yo no me pregunto. Afirmo con rotundidad que hago lo que puedo. Aunque sea algo tan pequeño como tener los ojos abiertos y traeros aquí estas cosas.

 

domingo, 21 de noviembre de 2010

Pikara Magazine en la Red


Hay personas a las que, por su trayectoria limpia, porque abren su propio camino sin pensar en sí mismas, las sigues donde vayan. June Fernández, la periodista bilbaína, es una de ellas. Esta es su revista:


Ya está en Internet y podéis ver el primer número haciendo clic en el nombre. Verónica y yo aportamos los escalones Uno y Tres.

¡Buena lectura a todos!

domingo, 14 de noviembre de 2010

El Lápiz

Trasteando en una columnilla de libros de una mesita, he encontrado una edición de Rey Lear que tenía dentro un texto de Taller fechado el 7 de mayo de 2008. Lo que quiere decir que releí, o eché un vistazo al libro, en esas fechas, sin reincorporarlo a la librería de donde salió. Había olvidado ese texto, que según el encabezado repondía al tema de "flashbacks", por lo que lo he podido leer como si no fuera mío. Me ha apetecido ponerlo.



El lápiz


Alguien ha tenido la excelente idea de que viniera la asistenta, cambiara las sábanas, lavara toda la ropa, la secara y la guardara. Entretanto, ha dejado la casa perfecta, sin quitar nada; los libros de ella a medio leer todavía en su mesilla, pero con la sensación de que la casa entera ha sido lavada, frotada. Ni una mota de polvo posada hasta ayer permanece. Me ha costado rechazar, con una sonrisa de agradecimiento y toda la amabilidad de hierro de la que he sido capaz, los ofrecimientos de dormir en otra casa o de que me acompañaran en la mía. He participado tantas veces de esa comedia de lo irreal que me la conozco. Hoy es una noche más de las noches que me quedan. No necesariamente la peor. La voluntad de aferrarme a lo real, lo pinten como lo pinten, es mi única esperanza de ser lo que soy.

Me he duchado, me he puesto una camiseta y unos pantalones de pintor viejos. No me he calzado. He hecho una taza de té fuerte. La he tomado casi quemándome. Del fondo del segundo cajón de mi mesilla, he sacado una cajita en la que guardo, diminuto ya, el lápiz con el que una vez escribí una despedida decisiva y desde entonces solo lo he utilizado para las cosas que me importan; lo que no quiere decir que sean importantes. Le he sacado punta cuidadosamente, para no gastarlo más de lo necesario, y con él me dispongo a escribir esta lista que me conviene tener en cuenta para evitar las falsas expectativas, que son las que pueden amargarte un día y otro día, y otro más.


Cosas que probablemente no haré ya nunca

Comer bien.

Sé cocinar, pero me he vuelto perezoso, así que dependeré de la sensación de hambre. Y no sé comer sin hambre si no hay alguien que me fuerza.


Despreocuparme de las circunstancias de la casa sin que el estado de esta sufra las consecuencias.

Si no funcionaba un grifo, iba mal la caldera, se habían fundido bombillas, la tostadora dejó de tostar, cualquier cosa así, una tarde volvía a casa y ya estaba solucionada. Nunca tomé la menor decisión ni hice acto alguno para arreglar ese tipo de cosas. Supongo que ahora tendré que averiguar quién se encarga de ellas, ponerme en contacto, aceptar una cita y esperar. Supongo, también, que antes de ese proceso dejaré que las cosas lleguen un poco más lejos de lo soportable.


Abrazar, en una caída durante la noche, un cuerpo suave, tibio, reconocible que me acepte.

O sentir que eres abrazado así, necesitado desesperadamente. Claro que hay momentos en que te estorbas y molestas. Pero no hay experiencia humana que se pueda igualar a cuando se producía ese acertar en la búsqueda de abrigo y dos respiraciones se acompasaban en la temperatura justa, recayendo en un sueño lento como algodón de azúcar.


Tener una vida social normal. Vestir normal.

Es curioso que haya puesto las dos cosas en la misma línea. Quizá resonaba un verso de Sabina, “huraño, como un dandy con lamparones”. Porque salvo de adolescente nunca me he comprado ropa; siempre alguien, desde hace muchísimo tiempo ella, me ha comprado la ropa y se ha preocupado de que me la pusiera. Eso se ha terminado. También lo de las citas con los amigos. Nunca las hice yo. Huraño al descubierto, seguramente.

Voy a hacerme otro té, aunque lo más posible es que la lista quede así, sobre la mesa, varios días. Me llevo el lápiz, que cabe en la palma de la mano. Lo miro.

***

En brazos me entran en la habitación. Cogiéndome por la cintura me acercan a mi abuela, acostada y amarillenta. La habitación está llena y les oigo hablar. Del bolsillo superior del delantal a rayas blancas y azules verticales, saco un lápiz y grito ¡Pinta, pinta! La gente habla más fuerte. Más nervioso todavía, sigo gritando y con el lápiz en la mano cerrada trato de clavárselo. Tiran de mí hacia atrás y veo más de la mitad de la habitación.
Ya no sé más, pero fue el primer recuerdo de mi vida. Por mucho que lo he intentado, no he logrado retroceder ni una hora. El primer recuerdo que tengo es que soy muy pequeño, pronuncio todavía mal la única palabra que digo, me acercan a dar un beso a mi abuela muerta y trato de vengarme de que no me haga caso. Mucho tiempo después comprendí que lo que había intentado en mi primera acción consciente fue matar a la muerte con un lápiz. Lo que he seguido haciendo hasta hoy. Más o menos.

Guardo el lápiz en la caja. Ya no es necesario que la meta en el cajón.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Undécimo 100e de Verónica Leonetti y Nano

Desde que recibí la ilustración quedé encantado. Tanto que me la puse de fondo del escritorio del ordenador. Ahora ya la podéis ver con un clic AQUÍ.

Como de costumbre, los comentarios solo se pueden hacer en su blog.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Otro año será, otoño

La semana que empieza el lunes, tendría que estar paseando por esta huerta de la montaña oriental baja de León. La foto es del 2009, en un otoño tardío, en fecha similar a esta.



Pero no me encuentro demasiado bien, por simples molestias nada serias, así que me voy a quedar aquí. En la foto de abajo se ve mi segundo puesto de lectura, en el sillón azul, con los pies descalzos sobre la cama. Acudo a él cuando en la sala está puesta la televisión o hay demasiado "alboroto". He sacado de la biiblioteca pública 3 libros de Chantal Maillard y tengo prácticamente empezada la autobiografía de Amos Oz, porque con las molestias y dolorcillos, la ansiedad que me producían, más ir a trabajar todos los días, no he podido leer. Así que me esperan buenos tiempos. Estar mejor y buenas lecturas.


Además de estas chorradas, y hasta que el jueves Verónica publique el escalón 11, con una ilustración que no me merezco de lo buena que es, pensando qué poner me he acordado de una carpetilla que tengo en el ordenador, con el título Los pies me llevan y me preguntan qué veo. De ahí sale este texto, que no sé si está ya bastante macerado.



La desgracia es un pantano con una hermosa capa de espejo


Cómete la sopa

que ha empezado a fermentar y es nauseabunda

si quieres salir a jugar


Haz tu trabajo

fétido

para tener dinero el sábado y el domingo


Todo bajo la capa de espejo de la superficie

que refleja el vuelo de los pájaros, las nubes, el color del cielo.

Abajo es donde nadamos en la oscuridad

como esqueletos

Abajo no hay vuelos ni nubes en riguroso directo

abajo huimos de los siluros que se alimentan de nuestras alegrías.


Algo, no alguien, nos da órdenes.

Las cumplimos o quedamos fuera

¿de qué?

Alimentamos a los bagres, que engordan.

Otros, de ojos azules de mirada inocente,

los pescan

¿quiénes?

sábado, 30 de octubre de 2010

ACTUALIZACIÓN vía Giovanni - Dónde está la izquierda: Documento 2: Tony Judt

Sin pedirle permiso siquiera, porque esto es una labor de todos los que queremos hacerla y nos apropiamos de lo bueno, copio aquí, en otro color para que se vea lo nuevo, el grande post de GIO, titulado Una vida digna y feliz para todos. Para ver las fotos e ir a su blog a comentar, haced clic en Tutto è Possibile. Gracias, Gio.

Inspirado por un debate en el blog de NáN sobre "Dónde está la izquierda: Documento 2: Tony Judt" quisiera abordar un tema que me ocupa casi día y noche: cómo juntar fuerzas mentales para entender mejor el mundo en que vivimos y realizar y guardar el mundo que queremos. Uso la palabra “guardar” pensando a la naturaleza y a las conquistas sociales del siglo pasado incluyendo la creación de sociedades más igualitarias – lo que es el tema principal del último libro de Tony Judt, el científico social que murió hace poco.

El debate en el blog de NáN es largo e interesante y espero que la gente que lo lee saque de ello algunas ideas de cómo mejorar su propio análisis y entender mejor lo que pasa en el mundo y, eso también, cómo se pudiera mejorar las cosas.

Acabo de hablar sobre esto con mi mujer, durante el almuerzo, y ella me preguntó de poner por escrito (en holandés) lo que dije. Aquí sólo os contaré lo que dije sobre “la crisis”, que para mí es un concepto que ofusca la realidad en que vivimos.

‘No creo,’ dije, ‘que “crisis” sea el término apto para describir lo que estamos viviendo. Estamos más bien viviendo un “reshuffling” de fuerzas.’

- Cómo? me preguntó ella. Qué quieres decir con esto?

- Ahí, en el campo de la batalla económica, están las tropas, dije, y los generales que las mandan. Las pérdidas nunca se dan entre ellos sino entre las tropas, el “voetvolk” como se dice en holandés, o sea los soldados de pie. Además, los generales han sacado a sus soldados de sus lanzas (para que no las usen contra ellos… o, hablando de la realidad política económica, para que sus sindicatos sean menos combativos) y los mandan a luchar con sus manos entre ellos.’

Sobre “reshuffle” dice WordReference: reshuffle1 /'ri:'ʃʌfəl/ verbo transitivo

‹cards› volver(conj.⇒) a barajar


‹cabinet› remodelar;


‹management› reorganizar(co


Creo que estamos viviendo un reshuffling y un “crisis management” de los que tienen el poder y no de los que tendrían que tener el poder en democracias de verdad: los grupos sociales sin poder. Desgraciadamente los grupos sin poder siguen votando a los políticos que defienden en su mayoría los intereses de los grupos de poder (hay excepciones) y nosotros, los votantes sin poder, no logramos desarrollar estrategias alternativas (eso es el gran desafío de una nueva izquierda) a las de que aplican los que nos gobiernen, tanto del sector privado (Corporate Power) como del sector público (principalmente las “autoridades” financieras y económicas).

Creo que somos soldados sin armas y nos hemos dejado desarmar. Podríamos armarnos nuevamente con armas que sirven para mejorar el mundo y guardar el planeta? Cómo construir un mundo en que cooperemos (en vez de competimos) para que cada ciudadano del mundo pueda tener una vida digna y feliz?

En la foto de abajo se ve Iquique, viniendo (llegando) desde el desierto. En la foto arriba se ve la veranda (pórtico? porch?) de los managers de la salitrera abandonada en el desierto, Humberstone. Ahí filmé en diciembre 2007 a Aafke: Aafke Steenhuis en Humberstone




Aplazo le última parte de la 1ª parte de mis “miedos”. Esa historia del yo-niño que se justifica en mi narcisismo, ¿por qué no reconocer las sombras tanto como las luces, si estamos hechos de las dos?, en el gozo de escribir y en que creo que lo que estoy haciendo es una historia del nosotros-niños.


Lo que Molinos me ha puesto en la bandeja (de entrada) es demasiado importante y lúcido como para no hacer esta “desviación”. A Molinos la conocí a blog vista, donde es para mearse de risa con esa historia costumbrista llena de mala leche en cuyas situaciones y personajes caricaturescos es difícil no reconocerse a veces. Pero por sus lecturas, vi que llevaba en la frente una pegatina de rasca y gana: un estado febril de leer lo mejor. Luego vi la pegatina del entusiasmo, esa cualidad de niña que la emparenta con los filósofos, los poetas y los que defendemos ese niño solo ante el mundo. Finalmente, la generosidad de compartir. Rasqué las tres y gané.

Y parte de esa ganancia, la transmito aquí en extractos del prefacio y el postfacio del libro de Tony Judt Sobre el olvidado siglo XX. Gracias a la tecnología, los recibo en PDF, y otra vez gracias a la tecnología, puedo “retratar” párrafos, convertirlos a formato de imagen y ponerlos aquí.

En estos documentos responde perfectamente al motivo de la serie: son la voz autorizada y trabajada de alguien que, desde la reflexión profunda que no sé hacer, se plantea las preguntas y respuestas que yo simplemente balbuceo. Y gracias a las nuevas tecnologías, ese arma y herramienta que empezamos a usar (y no creo que dejen mucho tiempo en nuestras manos), puedo transmitir aquí sin gran esfuerzo.

Cuando digo “yo soy la izquierda” no digo que sea un referente. Además de una burla del absolutismo, en la figura de Louis XIV, imagino a muchos que pronuncian esas frases. A muchos que nos sentimos huérfanos de una izquierda que ya no existe y cuya narración de la Historia es un horror o un desconcierto. Pero sigue siendo necesaria y hay que reelaborarla. Judt se puso a la tarea y hoy contamos con sus obras, una punzada en los lomos necesaria para escuchar esa voz distinta, que arremete sin vergüenza contra todo, juntando las piezas necesarias sin hacer ascos al de dónde vienen.

El prefacio lleva el título significativo de “El mundo que hemos perdido” y traza en él una crítica de la desmemoria, como si el mundo hubiera recomenzado alegremente con el capitalismo neoliberal, hurtándonos la Historia vital para conocernos. Ya no queremos saber de dónde salimos, pero Judt sí. Es un texto largo y minucioso, así que me voy a limitar a la lista de lo que hemos perdido, sin razonarlo, en esa falsa bruma de olvidar de dónde venimos.

Del prefacio, copio (supongo que haciendo clic en la imagen esta se agradará y facilitará la lectura) las críticas al Estado intervencionista, que asume, así como las razones para la continuidad de ese Estado en Europa.








Del postfacio, titulado "La cuestión social rediviva", copio extractos sobre las pérdidas que hemos tenido en el siglo XX, así como una de las consecuencias de esa pérdida. Lo dejo ahí, en esas preguntas abiertas a las que todos los que somos “la izquierda soy” no estaría mal que nos planteáramos honestamente.





Queda una parte muy interesante: la crítica pormenorizada a las distintas partes de la izquierda, una puesta en cuestión que reabre el debate de lo que podría o debería ser la izquierda. La reservo para otro documento de “Dónde está la izquierda”. Lo termina con una frase impactante y esclarecedora que copio, como aviso a navegantes:


“El desmantelamiento parcial de esas reformas sociales, por la razón que sea, no está exento de riesgos. Como sabían muy bien los grandes reformadores del siglo XIX, la Cuestión Social, si no se aborda, no desaparece. Por el contrario, va en busca de respuestas más radicales”.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Mis tres episodios de terror: (sección de huecograbado 2)



Lo que empezó como un homenaje a Sterne y al relato oral, a veces toma tintes de Sebald.


Ya conté que en la playa los adultos volvían a ser niños. El que me sostiene es mi hermano mayor, el que murió. La foto la tomó el segundo. Una cuñada, mi hermano y el tío Enrique, hermano de mi madre, un personaje fascinante del que a lo mejor hablaré algún día.



De las que están sentadas, mi madre es la de la derecha, la que va vestida de blanco.

sábado, 23 de octubre de 2010

Mis tres episodios de terror: 3ª parte de la 1ª parte del folletín

(continuación)

Cuando ya había amanecido y la luz del sol entraba por la ventana, todo en la habitación volvió a su inocencia e inmovilidad. Durmió tres o cuatro horas y se levantó en plenitud. Como todos los niños, dominaba imperfectamente el hilo de la causalidad y podía pasar con un corte seco del horror a la emoción de un día de verano. Bajó descalzo al baño de la planta baja a hacer pis, canturreando la canción ritual de por las mañanitas cuando me levanto tengo la pilila más tiesa que un canto, llenó de agua fría la jofaina para lavarse la cara, echó el agua al wáter, enjuagó con más agua la jofaina, volvió a desaguarla, subió corriendo a cambiar el pijama por la ropa del día anterior, menos los calzoncillos, que su madre le había dejado unos limpios en una silla, y volvió a bajar a la carrera a desayunar un tazón de achicoria con leche y tortas de masa fritas. Salió fuera de la casa, soltó al perro y se sentó en el borde de la acera que rodeaba la casa. Ya no tenía nada que hacer.

Estaba solo. Los demás eran adultos; otro mundo, otro lenguaje. Carecían del amor por la aventura, que solía durar unos segundos, por lo que había que estar atento para no perdérsela. Era un pliegue que se hacía y se deshacía cuando una mano tocaba un mantel; un hueco en el esfuerzo de vivir las horas. Si no estabas alerta, se cerraba antes de que hubieras llegado. La aventura se daba en un punto ciego en la vigilancia de los mayores.

No es que no los quisiera. Si en el colegio alguien se metía con él, había una pelea deportiva. Pero si se metían con alguien de su familia, la pelea era a sangre. Tampoco es que no agradeciera lo que hacían por él: desayuno, comida y cena, ropa y una cama; cine los domingos. A su manera, había ido entendiendo el mundo. Eso de ahí es un árbol, se llama palmera, le dijo su padre una vez. En otra ocasión, supongo que le diría eso es un árbol, un pino. Y que él señalaría con el dedo y preguntaría, ese árbol, ¿cómo se llama? Almacenaba y clasificaba datos; y los de ese tipo eran fáciles. También establecía débiles relaciones; más difíciles, por lo que les prestaba más atención. Había visto bien el bocadillo de los niños que no llevaban bocadillo y miraban el de otros; así que agradecía la comida que le daban. A veces, no sabía por qué, también a él le preparaban un bocadillo para el recreo. Pero esos 40 minutos en el patio, con una portería a cada lado, los más de 400 alumnos de primaria jugando siete partidos de fútbol, uno por cada clase de sesenta, con 30 jugadores por equipo, siete porteros en cada portería, siete balones y los más de 400 vestidos con la misma bata de rayas verticales azules y blancas. No era el momento de comer, así que lo dejaba para la clase de después, agachándose para dar un bocado, hasta que el final casi la mitad iba a la cartera. Comía poco. Además, le gustaba pasar hambre a propósito; se sentía alerta.

Agradecía lo que le daban. También le gustaba que le quisieran, sin que llegaran a atosigarle. Pero no tenía nada que hacer con ellos cuando se sentaban a hablar. En los veranos, al bañarse o en la orilla de mar, los adultos volvían a ser niños y entonces sí; o de excursión por el monte. Estaba acostumbrado a sentarse y meterse dentro de sí mismo, a no ser que contaran historias, pero eso lo hacían después de cenar. En casa había que procurar no montar escándalos, aunque a veces se volvía un poco loco y los montaba. Le decían que se bajara a la plaza a jugar. Era como un muelle que aprietas con los dedos y sueltas el dedo de arriba y hace toiiiing y se queda un rato abriéndose y cerrándose, del placer que le da estar suelto. La inmovilidad de dentro y el vértigo de fuera.

*****

Se fue a pasear, con la condición de que hubiera vuelto a la hora de comer, y se llevó al perro. Este hacía lo mismo que él cuando caminaba con los hombres: corría hacia un lado y volvía, hacia el otro y volvía. Los dos eran felices. A su modo, se entendía mejor con él que con los adultos. Le hablaba y parecía escucharle, hasta que algo le llamaba la atención y salía corriendo y moviendo el rabo sin oír el final de lo que le estaba diciendo. Su alma gemela. Bajaban al fondo de las barrancas, exploraban los lechos de ríos que nunca existieron y subían por el otro lado, en dirección a una ladera de montaña a la que nunca llegaban. Caminar solos por el campo solo no tiene más objetivo que el descubrimiento, cada minuto has llegado, porque no hay un sitio al que llegar.

Horas después, fatigado de tanta excitación, y porque apenas había dormido, se tumbó boca arriba en una zona en la que no hubiera piedras de las que pudieran salir alacranes, ni matorrales cercanos de los que pudieran salir serpientes que mordieran al perro cuando le defendiera. Con el calor del sol se fue quedando dormido. Al poco rato, le despertó el perro poniendo delicadamente la cabeza sobre su pecho. Le pasó un brazo por encima y pensó que nunca en su vida había vivido una mañana así, tan plena. Que volvería la noche, seis noches más le quedaban por pasar en la biblioteca de la torre. Pensó que sería estupendo quedarse dormidos y morirse los dos juntos, bajo el calor del sol. Dormidos para siempre.

(continuará)

miércoles, 20 de octubre de 2010

Mis tres episodios de terror: (sección de huecograbado 1)

Los dos perros de la historia

Era más malo que un nublao y por la noche lo ataban, no fuera a salir uno de los veraneantes y al volver se lo comiera antes de olerlo. Lo primero que hacía por las mañanas era soltarlo.

No se esfuercen en hacer comentarios, que no está permitido. Conozco a algunos de mis visitantes que no se van a leer los textos, pero pondrían cualquier tontería dándoselas de que se están leyendo la historia y precisamente aquí, comentan.

martes, 19 de octubre de 2010

Mis tres episodios de terror: 2ª parte de la 1ª parte del folletín

(continuación)

Para ir a la finca del valle, primero hay que llegar en autobús hasta un pueblo. Tomando una salida de él, de tierra, enseguida se ve una montaña que forma una “n” con las patas abiertas. A una quinta parte del trayecto, cuando el pueblo ha quedado ya bien atrás y mirando a izquierda y derecha ves que estás en una línea imaginaria entre los extremos de los dos lados de la montaña, el final de la ene abierta, empieza la finca y una pendiente no muy fuerte que lleva hasta la casa, digamos que un poco más arriba de las 3/5 partes del valle. La tierra sabe que está encerrada ya entre montañas, que le darán el agua de sus laderas cuando llueva, y se siente privilegiada y superior. Cuanto más se sube, más silencio hay y todo, plantas y animales, es más diverso y está más vivo.

Para llegar hasta allí, conocí tres modos. El Tomasín, un antiguo Ford T, cuando había señoras que transportar y alguien que lo condujera. Si se cumplían esas condiciones, hasta que tuve 7 años tenía que hacer el viaje así, humillado y oliendo a gasolina, a una velocidad de vértigo de al menos 30 kilómetros por hora que nos dejaba en la casa en algo menos de media hora. Para un niño de ciudad, esa no es forma de viajar en el campo. Necesita ir respirando los cambios. El segundo modo era que el mediero bajara con un carro de paseo y la mula. No estaba mal, porque me sentaba delante con él, olía el sudor de la mula, veía los cambios poco a poco y me impregnaba de ellos. El tercero, el de los hombres, era el bueno. Caminando hora y media, o algo menos si yo no me dedicaba a zigzaguear, retrasándolos a todos. Cuando estábamos cerca, el perro que cuidaba la casa aullaba de alegría. Sabía que se acercaba diversión y comida extra. Con los años, me olía a mí y mis ganas de verlo.

El grupo lo formábamos la madrina, mi tía soltera y mi madre, los hijos de la madrina con la novia o el novio, mis hermanos y amigos de ellos. Para mí, adultos, a los que no encontraba diferencia entre los que tenían 25 años y los que tenían más 50. Luego estaba mi hermana, cinco años mayor que yo, con un pavo insufrible, situada en una tierra intermedia, de nadie, el mismo territorio de nubes de algodón de azúcar en el que estaba siempre por mucho que viajara; y finalmente yo, totalmente solo menos por el perro; yo pertenecía a la tierra misma y al perro.

Mi padre no vino nunca. Ahora que hace ya 50 años que ha muerto y que por fin nos hemos hecho amigos, creo que algún día debería escribir sobre él. Empleado, de pensamiento de izquierdas, se enamoró de esa chica que en su casa tenía dos pistas de tenis, fue amado por ella y exigió a su futuro suegro que no se entrometiera porque iban a vivir con lo que él ganaba. Fue así, según sé, mucho tiempo, hasta que perdió la guerra, tuvo que disfrazarse de mono de botella de Anís del Mono, sin beberlo ni comerlo, para vivir y dar de comer a su familia, y perdió, como tantos perdedores, el empuje. Se dedicó a mejorar su posición y la de los suyos, también la mía cuando nací. Los hombres pretendemos dar cosas a la mujer y nos olvidamos de darnos nosotros mismos, que es lo que ellas quieren; me refiero a las mujeres que aman de verdad y no a las que quieren una posición social. Y cuando no somos capaces de dar cosas, y seguimos siendo incapaces de darnos a nosotros mismos, nos hundimos en una vergüenza interior. Así que mi padre se quedaba a trabajar, de lo que entonces se llamaba de Rodríguez con todas sus consecuencias. Imagino que se iría de burdeles. No tengo ningún dato en el que basarme. Pero supongo que sería así. Era un hombre de acción. Supongo que sí, que algún día tendré que escribir sobre él.

Recorría los restos de los platos de la comida de la cena buscando restos para el perro. Una tarde, después de comer, la novia de un hijo de madrina, mientras le daba de comer, empezó una charla sobre lo inconveniente de dar de comer a un perro que cuando nos fuéramos no le darían tanto. “Sí, pero... es que tiene hambre”, le dije, dejándola con la palabra en la boca y yendo a por más comida. No creo que haya mayor humillación para un adulto que el que un niño te dé la razón, sí pero..., y luego actúe como si le importara un huevo lo que le estabas diciendo. Y es que me importaba un huevo.

En lo que decían los adultos, tenía tres categorías con una estrategia muy bien trazada. Órdenes de la categoría primera eran: “no te retrases a la hora de comer”. Hay que cumplirlo, porque ellos sí van a estar a la hora de comer. En la misma categoría estaban “no te subas a la mesa” y “baja del aparador”. Como todos los niños, meterme debajo de la mesa o subirme encima era como buscar el refugio total o subirme a los árboles para ver llegar al enemigo. Había que bajarse de la mesa, porque el adulto estaba allí y no aceptaría una mirada lejana por respuesta. En el caso del aparador, eras consciente de que habías traspasado un límite y que si bajabas enseguida ya era malo, pero si te retrasabas sería peor.

En las órdenes de segunda categoría estaban el “no te metas en la balsa de riego”. Por supuesto, como los adultos no estaban allí, no había que cumplirla; solo procurar que no se enteraran.

En la categoría tercera, o inferior, estaban las moralinas largas, enrevesadas y poco inteligibles, como la que me estaba metiendo aquella adulta. La estrategia de éxito consistía en dar a entender claramente la postura del por mí como si te pierdes en el bosque. Si podías ofender y no era una autoridad cercana y frecuente, mejor que mejor. Les quitabas las ganas de adoctrinar.

La orden de “no te retrases a la hora de la comida” la incumplí una vez, a lo grande. Era la comida de las bodas de plata de mis padres, con muchos familiares invitados. Mi madre cometió el error de vestirme de un modo repugnante y exigirme que paseara pero no jugara. En realidad el error fue hacerlo demasiado pronto. Me encontré con un amigo y su padre, que se iban a pasar el día en un pueblo. Me invitaron y dije que sí (no se debe ofender tanto a un niño), me dijo que se lo preguntara a mis padres, di la vuelta a dos manzanas y volví con el permiso. Regresamos a las 8 de la tarde. Nadie había comido, mi padre y la Guardia Civil buscaban mi cadáver. Y si me encontraban vivo, mi padre tenía sus planes de acabar conmigo. Aprendí la lección y pasé el resto del verano viviendo como un gato que sabe que molesta en la casa y que es mejor que nadie note su presencia. Me convertí en el rey del escabullimiento.

Pero no es este el primer terror. Solo nos acercamos.

(continuará)

domingo, 17 de octubre de 2010

Mis tres episodios de terror: 1ª parte de la 1ª parte del folletín

El otro día me referí a esos episodios y pensé, ¿por qué no contarlos? Para eso están las sobremesas y los blogs. Cuando cuento historias, y tengo muchas simplemente porque he vivido más años, algunos me dicen que son para un libro. ¡Error! Los libros mienten más que la memoria. La ficción es para hacer verosímil lo que nos ha pasado, pero contando otra cosa. Las historias reales son demasiado enloquecidas para resultar creíbles. Punchet escribió (y lo tengo en la cartela del blog): “La literatura miente más que habla. Quizás por ello es la única que acaba contando toda la verdad”. En los recuerdos solo se cuenta las falsedades de la memoria; es decir, aquellas con las que no tenemos más remedio que convivir, porque creemos que fueron así.


Pero tampoco vamos a poner el grito en el cielo por ello. Simplemente, escuchar o leer recuerdos exige más atención. En la ficción, si sigues la teoría de Hemingway, cuentas la punta del iceberg, pero las nueve décimas partes ocultas te las sabes y no das la lata con ellas al lector: controlar esas partes es lo único difícil. Si la historia está bien escrita, lo que muestras no requerirá ser explicado con lo que no muestras, aunque a ti sobre todo lo que te ha interesado son las partes ocultas; el personaje nunca desayuna en el texto, pero te lo has pasado en grande viendo cómo desayuna y se mancha la boca de huevo pasado por agua. En los recuerdos, como no comprimes ni quitas, todo tiene que explicarse: quién es hijo de quién y cuándo y cómo. Lo único que no tiene sitio es el por qué: los motivos no existen en la vida. Te pasa algo y lo único que pasa es que te pasa.

Mejor todavía: las historias tienen el sabor de la narración oral, ese cruzarse y descruzarse; el derivar y reencontrarse. En resumen: esto es un homenaje a uno de los grandes ochomiles de la literatura, Tristram Shandy, cuyo protagonista nace allá por la página 150. Si fuera una persona inteligente, el mejor homenaje sería disfrutarlo y callar; como no es el caso, escribo y cuento.

Hemos cenado. En la mesa todavía quedan migas, envoltorios de polvorones de las pasadas navidades, de frutas de Aragón, una caja de bombones con el de nata que no quiere nadie, ceniceros que se van llenando, tazas de café ya bebido, alguna copa. No hay televisión, la radio es un rollo y no se puede hacer otra cosa que hablar y contar historias. Tomo la palabra.


Parte I

El garrampón del valle (9/10 años)

Tuve una Madrina. Entonces, de lo que era gratis, teníamos de todo. Cosas por las que no había que pagar: una madrina, padre y madre, 3 hermanos mayores, una tía soltera que vivía en casa, una docena de tíos, en su mayoría locos, decenas de primos estupendos por la rama materna (la paterna es poco dada a la procreación: todos compartimos el sentimiento de que es mejor dejar las cosas como están y que el expediente se cierre de una vez), mar, playas desocupadas, la ciudad para recorrerla a mi gusto. El día que cumplí los 5 años, solicité y obtuve el derecho a no pasar la vergüenza de llegar al colegio cogido de la mano de mi madre, como si fuera un niño pequeño, y con ello el de andar por la ciudad hasta unas líneas invisibles pero bien marcadas. También tenía una buena relación con el caballo percherón que tiraba del carro de la basura.

Algunas cosas con coste: una cartera para llevar y traer los libros, con restos diversos de bocadillos. Un verdugo que me había hecho mi madre con una lana que asfixiaba y picaba. Creaba un peligroso clima de contraste, con pantaloncitos cortos que me helaban los muslos y ponían las pelotillas en retracción, mientras la cabeza ardía. También tenía dos porras de churrería diarias que, una vez encasquetado el verdugo, me ponían en la mano. Al bajar por la escalera, me comía una. Al volver la esquina, me quitaba el verdugo y oía el relincho del percherón, que aunque tuviera el freno puesto deslizaba las ruedas y se paraba a mi lado. Me ponía de puntillas, estiraba el brazo con la porra en la mano y él se agachaba y, con delicadeza extrema, la cogía y se la comía. El hombre de la basura gritaba que un día iba a haber un accidente por la porra de la mierda. Era el único momento emocionante del día.

La madrina llegó a serlo porque mi madre no había sentido el parto de mis tres hermanos anteriores. El médico le decía “grita, Merceditas” y ella contestaba que por qué. Así que quiso comprobarlo en mi nacimiento, se agachó, mi madre sintió dolor, se sujeto a lo primero que tuvo a mano y se quedó con un mechón de cabellos. Aquella calva solo se compensaba con un madrinazgo.

Pero ¿por qué estaba allí mi futura madrina agachada para ver el fracasado milagro de un parto sin dolor? Relaciones familiares. Atentos ahora que estas tramas son confusas de por sí. Era la viuda con tres hijos de un viudo que ya tenía un hijo de la primera mujer. El viudo, un notario que debió dar un buen braguetazo en su primer matrimonio, llevaba de segundo apellido el mismo que yo llevo de primero. Así que ambas familias, la mía y la del difunto, se relacionaban.

Si ese apellido hubiera sido Gómez, esta historia no se estaría contando, porque los Gómez no suelen salir de casa diciendo vamos a visitar a los Gómez. No, es un apellido muy cantoso, de origen gabacho, y extremadamente infrecuente. Para mí ha sido una pesadilla. Tanto, que cuando en el Taller editamos un libro de relatos el mío lo firmé como Nano. Y si Dios no lo remedia, pero me temo que lo va a remediar, y publico un libro, será firmado como Nano. La gente se acuerda de ese apellido; y entre la gente están los profesores nuevos de la etapa escolar. De la lista, solo recordaban pocos nombres y los quinces primeros días de clase, cuando todavía no se tiene ni idea de la materia, preguntaban a Bonaparte, a Fuenteovejuna y a mí. Quedábamos como necios y luego nos costaba mucho remontar hasta el nivel que merecíamos. Digamos, para el desarrollo de la historia, que somos los Zutánez.

Aumenta el lío: entre las numerosísimas posesiones que tenía el notario Zutánez, procedentes de su primera mujer y que están muy relacionadas, dos de ellas, con mis dos primeros estados de terror, estaba la casa principal, en mitad de la Rambla. Una casa de tres pisos con balcones a esa calle principal que profundizaba hasta el callejón de atrás. El primero, alquilado, el segundo, la vivienda de los Zutánez, el tercero, dividido en dos partes: la que daba a la Rambla, alquilado, pero por la parte de atrás era una extensión del segundo, obra de un arquitecto demoníaco que iba poniendo tramos de escaleras estrechas que daban a los cuartos de los hijos, que empezaban casi en el segundo y tenían el techo en el nivel del tercero. En una fiesta zutanesca, mi hermano mayor, de 13 años, y la menor de mi madrina, de otros tantos, se perdieron por las escaleras con una botella de licor de menta y bajaron convertidos en novios. Historia que duró hasta la muerte de mi hermano.

Digamos que el notario dejó todo en testamento al hijo de la primera mujer, pero su usufructo a mi madrina (y también suegra de mi hermano). No sé si alguien me seguirá todavía, porque incluso a mí que pongo cara a los implicados me resulta difícil hacer un mapa mental. Pero el caso es que mí madrina usufructuaba muchas cosas. No era rica, pero usaba la riqueza.

De no ser por esas propiedades en sitios lejanos, yo no habría conocido el miedo, pues en las cosas de la vida cotidiana soy un hombre muy tranquilo al que ni en las peores situaciones le sube la adrenalina. Una vez pasada la situación, sí: entonces me acojono y soy propenso al desmayo.

(continuará)

lunes, 11 de octubre de 2010

Cuentos Inhumanos, de josé miguel vilar-bou y verónica leonetti (1 de 4 libros de mis amigos)


Cuentos inhumanos
Textos de José Miguel Vilar-Bou
Ilustraciones de Verónica Leonetti
Saco de Huesos Ediciones
Colección  A sangre
Primera edición: enero de 2010



No tengo problemas para escribir sobre los libros de mis amigos, porque primero los elegí porque me gustaba lo que escribían. En este, a quien había elegido como amiga era a Verónica, así que tenía un poco de incertidumbre. No voy a crear suspense: me gustaría ser amigo de José Miguel.


El siguiente tropiezo lo tuve al leer en el prólogo que eran cuentos de terror. He vivido tres episodios de terror intenso: con 9, 19 y veintitantos años. Quizá soy intuitivo, perceptivo o, como supongo que diría mi abuelo el milico, simplemente un cagueta. Pero desde que tracé la línea de que el mundo infame se quedaba fuera y yo no lo buscaba, quedé tranquilo. Y ahora tenía que leer cuentos de terror. En fin, como cantaba Serrat, “mis amigos son gente cumplidora, que acude cuando sabe que yo espero, si les roza la muerte disimulan, que pa’ellos la amistad es lo primero”.

He tenido suerte. He encontrado 12 relatos llenos de humor bondadoso, con una escritura que te mete en cada situación en las dos primeras líneas, no importa que las historias sean actuales o de los tiempos napoleónicos, que transcurran en una habitación de la rue Goffart, en Tarragona, que empiece en un parto de cuatrillizos en Barcelona, o trate de un español y una austríaca que viven en Bruselas, en las fiestas de Carnaval en las calles de Herzeg Novi. En seguida como lector te sitúas y todo te parece verosímil; nada raro. Es un mérito de mucho valor hoy en día. Leer un relato de Vilar-Bou es como ir andando por la calle, caer (de pie) en un socavón en el que hay gente jugando y ponerte a jugar con ellos sin ni siquiera limpiarte el polvo de la caída.





Las ilustraciones de Verónica marcan el terror. Es una simbiosis perfecta. Con ellas se equilibra el asunto. En ellas está la ternura, la emoción y el horror. Las miras, antes del relato, y te encantan (lo normal con ella, vamos). Pero después de leer el relato, ves que es el sello que lo representa: miras la ilustración y es como tener presente el relato entero. Verónica es una vampira para los escritores: exprime las palabras y hace con ellas un zumo (las más de las veces peligroso y poco vitaminado).

En la contracubierta, ambos se despiden así: “Les estamos muy agradecidos, pero lo cierto es que no acertamos a explicar lo aquí dibujado ni tampoco lo escrito. Dínoslo tú”.

Pues allá voy: el terror verdadero que encierra cada vida cotidiana, se me ha hecho presente. Pero en tales condiciones de normalidad, amor, humor, que lo he podido soportar y hasta lo he disfrutado. Para mí, este libro ha sido un recorrido por mi propio cerebro en el que me he detenido y disfrutado de aquellos paisajes y rincones que habitualmente cruzo veloz y mirando el suelo.

lunes, 4 de octubre de 2010

Dónde está la Izquierda, matarile, rile, rile. Documentos para pensar 1

Esta serie es necesariamente la contrapartida del Expreso Neoliberal.

La estreno con estas conclusiones ante el fracaso de Copenhague de George Monbiot en The Guardian. Los dos últimos párrafos, pero se puede leer entero AQUÍ.

Los verdes son una fuerza enclenque, en comparación con los grupos de lobbies industriales, la cobardía de los gobiernos y la tendencia humana natural a negar lo que no queremos ver. Para compensar nuestra debilidad, nos hemos permitido la fantasía de un poder paternalista benigno que actúa, mediante los inescrutables mecanismos políticos, en nombre de los intereses más amplios de la humanidad. Nos hemos permitido creer que, con un poco de petición y de protesta, en alguna parte, en una esfera institucional distante, personas con compromisos pero decentes se harían cargo de nosotros. No lo han hecho. Ni siquiera iban a hacerlo nunca. Así que, ¿qué hacemos ahora?
No lo sé. Estos fracasos nos han dejado expuestos no solo a los conocidos problemas políticos, sino a debilidades humanas profundamente enraizadas. Lo único que sé es que debemos dejar de soñar en una respuesta institucional que nunca se materializará y empezar a hacer frente a una realidad política que hemos tratado de evitar. La conversación empieza aquí.

viernes, 1 de octubre de 2010

Expreso Neoliberalismo, Destino Pobreza (correspondencia Dictaduras): 1. Hagamos el indio

“No hemos heredado la tierra de nuestros antepasados. La tenemos prestada de nuestros hijos”
Antoine de Saint-Exupery

Me he cansado de esperar que salga una nueva izquierda: lo que veo me asusta y quiero reaccionar. Me nuego a dar por sentado que el Capitalismo Neoliberal sea la única opción, porque nos lleva al desastre: humano y ecológico. Dicen sus recetas y parece que no se puede vivir fuera de ellas. En el Capitalismo Neoliberal, no. Por eso hay que buscar fuera de él.

El otro día, un amigo mío decía “veo el trabajo como un bien de consumo más”. Tiene toda la razón. Su frase es irreprochable. En el sistema que se nos ha impuesto, así es. No estoy dispuesto a tolerar que ese sistema, del que me declaro enemigo, se promulgue a sí mismo, impunemente, como el único. La izquierda soy yo, pero no como representante de otro que no sea yo mismo, sino como portavoz de mí mismo: hay otras voces y me uno a ellas.

La base del capitalismo, desde antiguo, es el expolio de los recursos: los naturales y los seres humanos, convertidos en bienes de consumo. Viene de antiguo. Saco el hacha de guerra y uso la tecnología: nada de winchesters contra arcos. Tenemos Internet y todo tipo de comunicaciones que nos permite avanzar en un mes lo que antes nos requería 10 años. Y detrás de un mes enseguida viene otro.

Esta entrada se la dedico a Sirwood, que siempre está haciendo el indio y a mí me parece una de las personas más serias que conozco. él me ha recordado el texto del jefe Seattle. Viene muy bien, porque el Neoliberalismo nos puede vencer a nosotros, pero ansiando cada vez más recursos, y abusando del petróleo para ello, se enfrenta a un Enemigo que le derrotará. Y ahí tenemos que estar nosotros, con una estructura de relevo ya creada, puesta a prueba, con nuestras tácticas y estrategias. Indudablemente, con enfrentamientos.

Carta del Jefe Indio Seattle

El gran jefe de Washington ha mandado hacernos saber que quiere comprarnos las tierras junto con palabras de buena voluntad. Mucho agradecemos este detalle porque de sobras conocemos la poca falta que les hace nuestra amistad.
Queremos considerar el ofrecimiento porque también sabemos de sobra que, si no lo hiciéramos, los rostros pálidos nos arrebatarían las tierras con armas de fuego.
¿Pero cómo podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea nos resulta extraña. Ni el frescor del aire ni el brillo del agua son nuestros. ¿Cómo podrían ser comprados? Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. La hoja verde, la playa arenosa, la niebla en el bosque, el amanecer entre los árboles, los pardos insectos… son sagradas experiencias y memorias de mi pueblo.
Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra cuando comienzan el viaje a través de las estrellas. Nuestros muertos, en cambio, nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos una parte de ella, y la flor perfumada, el ciervo, el caballo y el águila majestuosa son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.
El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si os la vendiésemos, tendréis que recordar que son sagrados y enseñarlo así a vuestros hijos.
También los ríos son nuestros hermanos porque nos liberan de la sed, arrastran nuestras canoas, nos procuran peces. Además, cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuenta los sucesos y memorias de la vida de nuestras gentes, el murmullo del agua es la voz del padre de mi padre. Sí, gran jefe de Washington: los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, son portadores de nuestras canoas y alimento de nuestros hijos. Si os vendemos nuestra tierra, tendréis que recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y también suyos. Y por tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.
Por supuesto que sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de ser. Tanto le da un trozo de tierra que otro, porque no la ve como hermana, sino como enemiga. Cuando ya la ha hecho suya, la desprecia y sigue caminando.
Deja atrás la tumba de sus padres sin importarle. Secuestra la vida de sus hijos y tampoco le importa. No le importan la tumba de sus antepasados ni el patrimonio de sus hijos olvidados. Trata a su madre la tierra y a su hermano el firmamento como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas y cuentas de colores. Su apetito devora la tierra dejando detrás todo un desierto.
No lo puedo entender. Vuestras ciudades hieren los ojos del hombre PIEL ROJA. Quizá sea porque somos salvajes y no podemos comprenderlo. No hay un solo sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar donde se pueda escuchar en la primavera el despliegue de las hojas o el rumor de las alas de un insecto.
Quizá es que soy un salvaje y no comprendo bien las cosas. El ruido de la ciudad es un insulto para el oído. Y yo me pregunto: “¿Qué clase de vida tiene el hombre que no es capaz de escuchar el grito solitario de una garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la balsa?” Soy un piel roja y no lo puedo entender. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de este mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aromas de pinos.
Cuando el último piel roja haya desaparecido de esta tierra, cuando no sea más que un recuerdo su sombra, como el de una nube que pasa por una pradera, entonces todavía esta riberas y estos bosques estarán poblados por el espíritu de mi pueblo. Porque nosotros amamos este país como ama el niño los latidos del corazón de su madre.
Si decidiese aceptar vuestra oferta tendré que poneros una condición: que el hombre blanco considere a los animales de esta tierra como hermanos. Soy salvaje y no comprendo otro modo de vida.
Tengo vistos millares de búfalos pudriéndose abandonados en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha. Soy salvaje y no comprendo cómo una máquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos sólo para sobrevivir.
¿Qué puede ser el hombre sin los animales? Si los animales desapareciesen, el hombre moriría en una gran soledad. Todo lo que le pasa a los animales muy pronto le sucederá también al hombre. Todas las cosas están ligadas.
Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurre a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.
De una cosa estamos bien seguros: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra. Todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. El hombre no tejió la trama de la vida. Él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo quizá seamos hermanos. Ya veremos.
Sabemos una cosa que quizá el hombre blanco descubra algún día: nuestro Dios es el mismo Dios. Vosotros podéis pensar ahora que Él os pertenece, lo mismo que deseáis que nuestras tierras os pertenezcan. Pero no es así. Él es el Dios de todos los hombres y su compasión alcanza por igual al piel roja y al hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y si se daña provocaría la ira del Creador.
También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. El hombre no ha tejido la red de la vida. Sólo es uno de esos hilos y está tentando a la desgracia si osa romper esa red.
Todo está ligado entre sí como la sangre de una familia. Si ensuciáis vuestro lecho, cualquier noche moriréis sofocados por vuestros excrementos.
Pero vosotros caminaréis hacia la destrucción rodeados de gloria y esplendor por la fuerza de Dios, que os trajo a esta tierra y que por algún designio especial os dio dominio sobre ella y sobre el piel roja. Ese designio es un misterio para nosotros, pues no entendemos por qué se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlanchines.
¿Dónde está el bosque espeso?… Desapareció.
¿Dónde está el águila?… Desapareció.
Así se acaba la vida y sólo nos queda el recurso de intentar sobrevivir.