Preguntas indeseables
—¿Sabes lo que me pasó en el metro? —preguntó él, sentado en el sillón junto al balcón, tras dejar el libro sobre la repisa.
—¿Sí? —contestó ella, enseñándole los ojos por encima de la revista dominical de un periódico que él odiaba. Si hubiera estado leyendo un libro, no la habría interrumpido.
El exterior estaba grisáceo, como cuando se prepara una tormenta.
Era consciente de que le había hecho esa pregunta porque le irritaba que leyera ese dominical. Que era una pregunta indebida. Ambos, que convivían más que aceptablemente, sabían que algunas preguntas provocaban fricción; eran indeseables. En el caso de ella, preguntarle a él “¿qué estás pensando? o pedirle “dime algo, estás muy callado”. En el caso de él hacia ella, preguntarle “¿Sabes lo que me pasó...?” en un contexto que era de interrupción de lo que ella estuviera haciendo; la pregunta solo era válida si estaban conversando. Porque como ella había resaltado varias veces, “a ti te suceden trivialidades; en realidad, te fijas en las trivialidades”. Y era cierto en un porcentaje lo bastante alto como para que a ella le resultara deprimente. A veces, podían salir de una exposición y él no tenía más comentarios que referirse a una mano de un personaje pintado en segunda fila; o a que la pintura de las paredes le parecía poco adecuada para colgar cuadros en ellas. Ella, simplemente, no podía soportar que eso hubiera sido lo único que le hubiera llamado la atención.
—En el cambio de la línea naranja a la añil, en Gregorio Marañón, llegué justo a tiempo para subir al último vagón. Ya sabes que la salida de Tribunal está por delante; aproximadamente, si dividimos la estación en cinco partes, en el mojón imaginario que señalaría el cambio del primer quinto al segundo.
—Sabes que eso lo sé.
—Pues, como ya sabes también, los trenes de esa línea no tienen vagones separados, así que pude recorrerlo, avanzando por dentro. En el primero vi en el suelo una caja vacía de cartas de Heraclio Fournier y, en el siguiente, pétalos de rosa que debían llevar algún tiempo. Habían adquirido esa oscuridad de las flores de cementerio.
—¿Y tu catálogo habitual de rubias?
—¿Y qué coño importa eso ahora?
—Como a veces me cuentas las que has visto en el metro, lo mismo que si viste a alguien cuyo rostro podría estar pintado en un cuadro de El Prado.
—No te estoy hablando de mis “coleccionismos visuales”, sino de algo importante, joder. En el primer vagón me encuentro la caja de guardar las cartas, las cartas que se pueden echar para ver el destino, pero vacía; en el segundo, pétalos de un ramo de cementerio. ¿Te parece normal, encontrar esos objetos en dos vagones consecutivos del metro? —le preguntó él, para evitar la pregunta-bomba, superior a la pregunta-fricción, de si le parecía normal leer esa basura para pijos.
En ese mismo momento estalló la tormenta que trajo la calma. Simultáneamente y no como en la frase hecha, en la que la segunda viene después de la tormenta. Abrieron el balcón de par en par para ver y oír llover; para respirar ese ozono limpio. Toda fricción se convirtió en bienestar, que celebraron descorchando una botella de vino.
Él sabía que la pregunta fricción había puesto una semilla que brotaría en uno o dos días; aunque también sabía que el tema lo llevaban mucho mejor si estallaba después, cuando él no tenía motivos para sentirse irritado. La visión que tenían del amor esos dos amantes era radicalmente enfrentada. Ella no abandonaba su idea de considerarlo una fuerza totalmente positiva. Y cuando decía “totalmente”, se refería a algo que carecía hasta de la menor mancha.
—Pero ¿no estamos de puta madre, nos queremos, nos preocupamos el uno por el otro, deseamos que se sienta mejor? —preguntaba él en esos estallidos, ahorrándose un vulgar “¿qué más quieres?”, que habría tenido unas consecuencias que podrían suponerse desastrosas.
—Pero no siempre —contestaba ella—, además de que “desear que el otro se sienta mejor” es bueno, pero me parece insuficiente —contestaba ella, que ni siquiera se atrevía a pensar en el concepto de “felicidad”.
Se habían explicado el uno ante el otro mil veces, sin haber superado la barrera que los separaba. Decir eso es decir poco: no habían sido capaces ni de encaramarse a la barrera para ver cómo era la luz y el aire al otro lado. Compartían el espacio muy a gusto, pero en cuanto salía ese tema, brotaba del suelo la barrera, con alambre de púas en la parte superior.
Para ella el amor era algo positivo que “surgía” y exigía, después, una voluntad de cooperación que él aceptaba. Lo que no podía aceptar es que esa voluntad fuera inextinguible, un caso de locura deportiva para ir rebajando milésimas en cada recorrido de los cuatrocientos metros vallas. Eso era lo que le sacaba de quicio: que ella quisiera ir a más y a más en un progreso lineal hacia un futuro.
Él pensaba en el extremismo del pensamiento de ella. Como en el caso de la salud, que para ella era un acto (no un estado) en el que intervenía la voluntad, tomar las medidas adecuadas, practicar, dar las gracias al dios de los laicos en voz alta, al menos dos veces al día, por encontrarse tan bien. Para él, la salud consistía en no tener enfermedades ni molestias. Le bastaba con procurar, razonablemente, no hacer demasiadas tonterías que propiciasen la enfermedad. Tener conciencia activa de lo bueno, frente a no tener conciencia de lo malo; ese era el enfrentamiento entre dos marcos mentales: la posición activa de mejora frente al conformismo pasivo de quedarse con lo aceptable.
—Hay que ser conscientes de que se está bien —solía insistir ella.
—Pues a mí me basta con no ser consciente de que estoy mal —contestaba él, sabiendo que tras esa frase había dos caminos.
Lo más conveniente era dejar la conversación en ese punto. Si quería pasar de la montaña mediana a la alta, solo tenía que añadir:
—Además, esa conciencia del bienestar me resulta demasiado femenina.









