jueves, 20 de enero de 2011

Tema de Taller: una mentira que se convierte en verdad

Cómo hacer que quieras lo que quieres hacer


Recuerdo un episodio de la película Paris je t’aime, en el que un hombre de unos cuarenta años está con su amante, algo más joven, y le dice que va a comer con su mujer y a decirle que han terminado. Esa misma noche se irá a vivir con ella. Está sentado en una mesa y ve entrar a su mujer, con un impermeable rojo. Cuando él le va a decir tengo que decirte una cosa, ella le dice tengo que decirte una cosa y saca unos informes médicos. No te había hablado de esto, pero me encontraba mal y me han estado haciendo pruebas, le dice. Tiene un cáncer terminal. Él la coge las manos. Al ir al baño, llama a la amante, le cuenta brevemente y le dice que todo ha terminado entre ellos. Empieza a cuidar a su mujer, que cada vez necesita más atenciones. La roza, la acaricia, la abraza por detrás cuando ella mira por la ventana, le lee libros cuando ella está en la cama sin poder levantarse. La mujer se muere y, desde entonces, cuando ve a una rubia por la calle con un impermeable rojo se le sobresalta el corazón y corre hasta verle la cara; pero no es la suya, claro, porque está muerta, y sabe que la amará para siempre y no volverá con su amante ni con ninguna otra.

Eso me hace pensar en una mañana de mi propia vida. De cuando llevábamos cuatro o cinco años juntos, subiendo y bajando el perfil de sierra de las emociones. Ha pasado ya el tiempo biológico en el que solo con verla me excitaba, en el que el deseo en los ojos de mis amigos me excitaba más. Nos hemos acostumbrado el uno al otro, pero desde el primer día hasta aquella mañana, al levantarme por la mañana solo me concedía ese otro día; lo único que necesitaba para seguir con ella. Ella había perdido su trabajo y con el mío no conseguíamos vivir. El lunes había empezado trabajar vendiendo enciclopedias por las casas, pero solo vendió una; las otras que vendió, viendo a su víctima se arrepentía, le decía a la compradora que en realidad no necesitaba esos libros y que eran muy caros. Aquella mañana, debía ser un jueves, la vi desde la ventana cruzar la calle hacia el metro, con abrigo de paño, recién duchada para llegar a su derrota, y pensé esta es la mujer a la que voy a amar toda la vida. Y desde ahí empezó el amor, que es otra cosa. No antes. No cuando sobraba de todo. Sino ahí. Y ya no me tuve que levantar pensando que es otro día más, porque el tiempo se había compactado, carecía de subdivisiones y ya no era un problema.

Podía haber sido al revés, pienso. Los desenamoramientos y rupturas empiezan también así, con un acto mínimo y banal de la voluntad. Es una percepción parcial en la pequeña historia de la fatiga de los materiales. Vemos un gesto duro, una barrera, una dejadez, algo que se puede arreglar fácilmente, y no pensamos arréglalo; sino basta, hasta aquí, se acabó. Y duramos semanas, o meses o años de agonía. Por un gesto nimio que nos hizo querer lo que queríamos hacer. No es que el amor se mantenga porque nos cuidamos, sino que queremos cuidarnos y, sin buscarlo, queremos amarnos. No al revés. Lo mismo pasa con los amigos, el trabajo, el tipo de cine o literatura que nos gusta. Luego, nos lo explicamos con grandes teorías y acontecimientos esenciales, simplemente porque nos parecen más apropiados a la enormidad de las consecuencias.

domingo, 16 de enero de 2011

La revista Orsai: Buena, Bonita y Barata

A Sofía, porque creo que lo que ahora
parece malo es lo mejor que podía pasar

ACTUALIZACIÓN

Estos tipos me pueden. En la dirección electrónica de la revista, encuentro:

El fin de la piratería



Hernán Casciari
17 de enero, 2011


Este es el texto más caro de Orsai. Y el que más ganas tenía de publicar. Lo que sigue, dividido en tres partes porque pesa mucho, es el pdf de una revista de 208 páginas que acabó de distribuirse ayer a más de diez mil lectores en todo el mundo. Este pdf no está en Rapidshare, ni en Megaupload, ni en la clandestinidad de la Red. Todos los artistas que escriben y dibujan en este pdf cobraron sus honorarios. Y ahora la obra es gratuita. En este sencillo acto, damos por finalizado el problema de la piratería editorial en Internet.

Y justo debajo, en http://orsai.bitacoras.com/2011/01/el-fin-de-la-pirateria.php, tenéis la revista entera.
¡Esta gente cumple! Y es todo, por una vez, tan hermoso.


La Revista pidió a los 10.080 suscriptores del primer número que les enviáramos una foto con el ejemplar en la mano y una sonrisa falsa: esta es la de Chicuelo y yo

Hay veces en las que se escribe algo con la alegría de ver que está pasando algo, que algo se está moviendo. Hace días celebraba la librería La independiente y la web Madrid entre líneas. Hoy celebro algo, que me perdonen mis amigos, de más calado, por la extensión, aunque en realidad es lo mismo: los pasos en la dirección correcta dados gracias al uso libre de un Internet que hoy, y hay que luchar por mantenerlo así, sigue siendo un espacio libre. No entro aquí y no corresponde a esta entrada, el conjunto de matices ideas sobre el uso de contenidos que en principio no son gratuitos. Esta es una entrada feliz para celebrar que está claro que ahora podemos hacer innumerables pequeñas agrupaciones y proyectos.


El 30 de septiembre de 2010, en su blog Orsai, Hernán Casciari hacía una entrada impresionante titulada “Renuncio”. Después de ese renuncio, puso en marcha con su amigo El Chiri la revista, una revista totalmente diferente. Podéis leer entera la entrada clicando en el título (es más gordito para que os fijéis bien), y lo recomiendo porque es una gozada, pero para el que ande mal de tiempo pongo unos párrafos que lo explican bien:

«Renuncié hace unos días a mi columna de los domingos en el diario La Nación, de Argentina, y renuncio hoy a mi columna de los viernes en El País, de España. Noventa columnas y dos años de trabajo en La Nación; ciento veinte columnas y tres años en El País. Aprendí mucho de ambos periódicos. Aprendí, sobre todo, que solamente me puedo divertir en un medio sin publicidad, y que solamente puedo dormir los viernes —de un tirón, sin telefonazos intempestivos— en un medio sin ideología.

Si tengo que ser sincero, en estos dos años me molestaron más los recortes de El País que los de La Nación. El diario argentino me limitaba en base a un convencimiento moral o, por decirlo de algún modo, por respeto a un libro de estilo interno y a una tipología de lector. El diario español no. Los recortes de El País de los últimos años —y el de casi todos los periódicos de este lado del charco— se basan en el impulso económico de abaratar costes y de pensar, cada vez menos, en sus lectores.

Y ya que estamos en el tren, aviso por este medio a Random House Mondadori que también renuncio a sacar nuevos libros con la Editorial Sudamericana de Argentina, o con Editorial Grijalbo en México. Por contrapartida, no tengo más que agradecimientos con Plaza & Janés de España. Pero como vengo embalado tampoco publicaré más allí.

La revista que estamos haciendo con el Chiri es, sobre todo, ganas enormes de volver a leer largo y tendido, y de que cada colaborador escriba hasta que se le antoje. Queremos tener en las manos un papel que no te venda nada, ni explícito ni subliminal. Regresar a la crónica periodística y a la ilustración de calidad, y que las fotos te cuenten una historia, y que cada línea y cada desglose esté hecho por personas apasionadas, y no por burócratas, pasantes, acomodados y becarios.

Nosotros estamos armando una revista que, encuadernadita y con olor a tinta fresca, llegará sin falta a los países que hablan nuestro idioma. A todos esos países, quiero decir, no únicamente a España, México y Argentina. A todos. Queremos que la revista llegue a cada sitio donde haya alguien que quiera leer con serenidad, y que tenga un precio razonable para ese sitio. No importa si ese sitio se llama Madrid o se llama Cochabamba. Tiene que costar, en cada región, lo que cuesta un libro de tapa blanda. O es así, o no es.

Y va a ser así, incluso a pérdida.

El mayor de nuestros objetivos, el que más ganas nos dará cumplir el uno de enero, es que la revista Orsai llegue a Cuba con un precio de tapa de 4 pesos cubanos, gastos de envío incluido. La misma que en Barcelona costará 20 euros, o 15 (ya veremos), y en el resto de Latinoamérica valdrá 11 dólares, o 9 (ya veremos). La misma. Nuestro objetivo es demostrar que si nadie lo hizo todavía, no fue por imposible.

En este sencillo acto, entonces, y ante la aterradora mirada de Cristina, mi mujer, que es catalana y no entiende de gestas y epopeyas, renuncio a todo lo molesto y a todo lo incordioso y a todo lo burocrático y a todo lo extremadamente sigloveinte de mi oficio. Le digo chau, feliz de la vida y sin rencor, a los intermediarios que me obstaculizan la charla con los lectores. Chau publicidad, que te recorta la palabra; hasta nunca burocracia, que te distribuye mal y pronto; adiós y buena suerte ideología, que te despierta por la noche.

—También dile adiós a la seguridad social y a que nos entre un duro en el banco —me interrumpe Cristina—, saluda de nuestra parte a la universidad de la Nina, despídete de comprarnos una casa y dejar de ser inquilinos, dile adiós a hacerte el tratamiento de conducto cuando se te caigan los dientes de tanto cenar las sobras… Que lo sepas, que yo cojo una maleta y me marcho, si sigues con esa idea de Cuba a cuatro pesos. ¿Qué se te ha perdido a ti en Cuba? Tú y el imbécil de tu amigo. Que desde que llegó os creéis Batman y Robin…

—¡Silencio, mujer! ¡Con tus gritos nadie puede ser anarquista en esta casa!»

10.080 nos suscribimos al primer ejemplar, por medio de una librería, entre ellos mi hijo y yo. La he leído enterita y es una gozada. Gracias a ella conozco historias que sin ella serían impensables. Además, me estimula el sentido de apoyar algo así, dejando de apoyar otras cosas.

El que quiera, ya se puede suscribir al número del segundo trimestre (aquí las suscripciones son por número, no para siempre). Podéis usar a la librería La independiente como canal. O reuniros 10 amigos, pagarla con Paypal y recibirla con un 20% de descuento. El primer número ha salido en España por 16 euros; el segundo será más barato, porque el éxito abarata los costes y Hernán y el Chiri repercuten el abaratamiento directamente en los lectores.

Un modelo casi totalmente nuevo. Y hay más. Esta es la dirección del número 1: http://orsai.es/n1/. En las últimas líneas, dicen que los que no tengan la revista encontrarán un PDF gratuito de todos los artículos. Lo he buscado y todavía no está, no sé si por la diferencia horaria o porque no han podido terminar la distribución a los suscriptores en todos los países de habla hispana, condición inexcusable para poner en disponibilidad la versión gratuita online. Pero si me fallan en eso me matan un trocito de corazón; y para mí que no me lo van a matar.

lunes, 10 de enero de 2011

Dadme 52 minutos y 17 segundos

Poneos cómodos, con una bebida. La cosa es tan seria que merece que me regaléis ese tiempo.

Es lo que tardaréis en ver este vídeo. Abandonar toda esperanza en los mercados si aún la teníais. Desde la última crisis, los mercados no hacen más que el ridículo, habiéndose equivocado tan grave e irresponsablemente en todo, después de haber conseguido quitarle el poder al Estado durante 30 años. Pero la Obsolescencia Programada de los productos no es una "característica ajena", de la que pueden desprenderse, sino la esencia de su fincionamiento. Y como consecuencia de ese modo de funcionar, con la creación de tantos residuos están programando, sin fecha, la Obsolescencia del planeta que habitamos. Donde habitamos tú y yo y los que vienen detrás nuestro.

Un pequeño problema: NO estamos en la economía del mercado, SOMOS la economía del mercado. ¿Qué podemos hacer? ¿Seguimos creciendo ilimitadamente en un mundo con recursos limitados? ¿Somos capaces de frenar, sabiendo qué cosas no podemos perder?





Se admiten opiniones.
Se ruega no retrasar más las acciones.

jueves, 6 de enero de 2011

Cuéntalo y luego vuelve a contarlo


A Molinos, como regalo de Reyes

Por sugerencia de Molinos, me bebí La caja negra, de Amos Oz. Después, empecé Una historia de amor y oscuridad. Pero he tardado meses en terminarla. Bien por sus brillantes percepciones, que obligaban a detenerse y pensar, o porque su historia resonaba en la mía: cogía el libro y lo dejaba continuamente. Cualquier historia suya me hacía escribir una mía. O bien leía sin darme cuenta de que en segundo plano estaba escribiendo mentalmente. Cuando escribo así, no recuerdo: escribo. Constantemente vuelvo a atrás para tachar y decir de otra manera. De esta manera, un libro dura meses. Pero esta mañana de Reyes he leído la última línea y me he sentido lleno. “Apaga la luz y luego apaga la luz”, dice Otelo poco antes de matar a Desdémona. Y para mí, que he escrito sobre “cómo matar a la muerte con un lápiz”, la frase tiene un sentido pleno. Lo que voy a contar ahora creo que en parte ya lo he contado, pero “cuéntalo y luego vuelve a contarlo”. Es como sacar brillo a la plata. Además, la lectura de ese libro ha coincidido con que me han llegado decenas de fotos de mi madre que no conocía. Todo se junta cuando debe. Por eso me ha costado terminar las últimas páginas: porque por debajo estaba escribiendo estas dos historias.

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Apaga la luz y luego apaga la luz

Poco antes de nacer yo, mi madre había tenido unas fiebres tifoideas graves. En el año 50, cuando cumplí dos años, tuvo un cáncer de mama y le quitaron un pecho. En aquel tiempo, un cáncer así en alguien que había pasado por lo otro era la muerte casi segura. Pero dijo: “No os preocupéis que no voy a morirme hasta que tenga un nieto varón en mis brazos”. Y no hubo metástasis y soportó el tratamiento.

Veintiséis años después, tras haber tenido varias nietas, nació mi hijo. Mi madre fue la primera en cogerlo en brazos; la recién parida me contó que se le iluminaron los ojos e inmediatamente se entristeció. Se había cumplido el tiempo. Ese verano alquiló un apartamento en la playa y lo pasamos los cuatro juntos: fue feliz con el nieto. En otoño empezó a sentirse mal y en Navidades le diagnosticaron un cáncer de hígado que la mataría en dos meses, con mucho dolor; o en dos semanas, con morfina y sin dolor. Dejamos al niño con sus abuelos de León, volvimos a Madrid y nos instalamos en casa de mi hermana, que es donde vivía nuestra madre.

La habían trasladado a lo que podría llamarse el cuarto del servicio, de haber habido servicio, al lado de la cocina. Todas las mañanas, me tomaba el café con ella y le preguntaba si quería que vinieran los dos hijos que tenía en la ciudad mediterránea. Me decía que todavía no. El 10 de enero me dijo que los llamase y que vinieran rápido. Al mediodía llegaron, le pusimos la morfina y pasamos una de las tardes más agradables que recuerdo. Estaba contenta, contaba historias; todos las contábamos. A las 8 de la tarde, nos pidió que la dejáramos sola y apagáramos la luz, que le molestaba. Cada rato tocaba el timbre para decirnos que la luz le hacía daño, así que sucesivamente fuimos apagando la luz de la cocina, de la antecocina, del pasillo que daba a la cocina, a los dormitorios y al salón. Hacia las dos de la madrugada, alguien que fue a verla dijo que estaba mal. Fuimos, encendimos la luz. Yo uní su pulgar derecho al mío izquierdo, y el izquierdo suyo con el mío derecho, le hablé suavemente, pidiéndole que estuviera tranquila, hasta que dejó de respirar. Se apagó la luz y luego se apagó la luz.

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La vida bulle

Siempre pensé que mi padre había muerto con 56 años, pero el otro día me enteré de que lo hizo con 53. Cuando yo me muera, si existiera un sitio al que se va y te quedas con la edad que tienes al morir, mi padre sería más joven que yo: ¿tendría que hablarle como hijo o desde la experiencia del más viejo? Dentro de dos años, tendré 65; y mi padre habrá estado 53 años vivo y 53 años muerto en falso. Digo esto porque uno no se muere de verdad mientras quedan quienes lo recuerden.

Hace unos días, en una cena con L y mi hijo, a propósito de la película Biutiful hablamos de las perspectivas de otra vida. Ellos dos aman tanto la vida que prefieren pensar que sigue existiendo algo, irracionalmente. Les pregunté: “¿Sabéis que pensáis eso para consolaros?”, y me respondieron que sí. Yo no necesito consuelo, ni falsas ampliaciones. La vida que me llega por los sentidos me basta para que se justifique a sí misma. La vida bulle y eso es tremendamente bueno.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Que sea un año de menta y canela





Médicos Sin Fronteras, lo sé requetebién, no deja perder un céntimo de lo que se recoge con estas pastillas para el dolor ajeno. Tan fácil como que cada vez que vayamos a una farmacia pidamos una cajita de un euro, pare mejorar el aliento. O entrar a comprarla porque sí. Y si no las tienen, que las pidan, que es obligatorio.

Y para añadir a la menta, ¡canela!, tan buena para la cocina y para el amor, para tener ganas de besuquearse.



¿Que más os puedo desear, que mejor os venga?

domingo, 26 de diciembre de 2010

Tema de Taller: anagnorisis y peripeteia


Andanditos Milagros

Milagros tenía 16 años cumplidos y los estudios abandonados cuando quedó huérfana y Doña Encarnación le dio cobijo en su casa para evitar su descarrío, para que la ayudara con los hijos y para que echara una mano en la tienda Tejidos y Novedades de París de la pequeña población provinciana. Milagros tenía apellido, pero si alguien de fuera preguntaba por él, las mujeres se miraban los zapatos y los hombres escupían hebras del tabaco de liar, se rascaban la cabeza y, sin quererlo, miraban hacia el valle que había detrás del cementerio; donde al parecer, si ese apellido existió, casi todos los hombres y mujeres que lo llevaron habían sido sembrados en la tierra al buen tuntún. Solo la madre de Milagros sobrevivió para cuidar de ella, dedicada a los trabajos manuales ínfimos que las buenas gentes le daban.

Doña Encarnación la acogió piadosamente, por consejo de su confesor, lo mismo que había acogido en su patrimonio las tierras de la familia cuyo apellido hacía a los hombres escupir hebras de tabaco y quedarse mirando hacia el valle que hay detrás del cementerio. En tres años, Milagros dirigía realmente la tienda, se ocupaba de los hijos de Doña Encarnación y acompañaba a esta a la primera misa, a todos los rosarios y liturgias, y a todas las comidas, cenas y meriendas, cuando el trabajo lo permitía. Porque podía con todo, decía “andanditos lo hacemos”, sin parar hasta que estuviera hecho lo que hubiera que hacer. Y como Andanditos fue siendo conocida, pasando Milagros a convertirse en el apellido que nunca había tenido. Y es que era un milagro su piedad y su olvido.

Andanditos Milagros, llamada tía Andanditos por los hijos de Encarnación, e Hija Mía por esta dama, aunque trabajó desde el 54 no cobró un sueldo ni tuvo cartilla de la Seguridad Social hasta que se asentó la Democracia. ¿Para qué ofenderla con eso, si es como una hija? Como una hija lo hacía todo; andanditos, que era como decir una cosa detrás de otra, sin parar nunca.

Cuando murió Encarnación, casi su madre, se cerró la tienda, que ya con lo nuevos tiempos esa moda parisina no daba mucho con qué mantenerla, y recibió una indemnización escasa, por los pocos años y el sueldo mínimo por el que había cotizado. Como herencia, solo le habían quedado unos pendientes de oro de la virgen del Pilar, una pulsera de plata de la Madre de la Agonía y algunos rosarios de palorrosa, junto con varias estampas de las de tener mucha fe y otras chucherías religiosas. Como muestra del excepcional cariño que la había tenido, insistió en el testamento que fuera para ella el mejor adorno que había vestido en vida: el hábito morado de penitenta con el que vestía Encarnación los 40 días de la cuaresma, hecho con seda italiana. Meses después, los abogados de la familia le pidieron que abandonara la casa, que se iba a vender por petición de los dueños, pero que por cariño de los hijos de Doña Encarna, podían traspasarle un chisconcillo que daba a la placita, cobrándole por ello, como precio simbólico, el dinero de la indemnización.

Andanditos Milagros tardó dos semanas en abandonar el chiscón. Lo hizo vestida con el traje penitencial de doña Encarna, convertido desde entonces en su prenda habitual, empezó a fumar, a beber en el bar de al lado, donde los viejos que quedaban de los que escupían hebras de tabaco de liar, y los hijos de estos, la invitaban a vino y no permitían que nadie se burlara de ella. Después, harta ya de andar inútilmente, se sentaba en un banco al sol de la placita donde estaba el chiscón. Cuando pasaba el párroco o una beata, escupía al suelo. Como decían las mujeres del pueblo a la salida de la misa del domingo, a quien nace de roja antes o después le sale la cabrona que lleva dentro.


La ANAGNÓRISIS (del griego antiguo ἀναγνώρισις, «reconocimiento») es un recurso narrativo que consiste en el descubrimiento por parte de un personaje de datos esenciales sobre su identidad, seres queridos o entorno, ocultos para él hasta ese momento. La revelación altera la conducta del personaje y le obliga a hacerse una idea más exacta de sí mismo y lo que le rodea.



PERIPETEIA: cambio brusco en los eventos, cambio brusco de las circunstancias

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Dos acontecimientos con futuro: qué amigotes que tengo, ché


¡Ahí es nada!, la amiga y el amigo que han creado un sitio web sobre lo que pasa en Madrid en los espacios entre esas líneas de metro. Lo que está a la vista y lo oculto. Ha empezado esta semana, pero con el tiempo y la ayuda de todos (enviando cosas, visitándola, comentando), se convertirá en punto de referencia para lo que nos importa: la v-i-d-a. Si hacéis clic aquí, vais a la página (y si no, está en mi lista de Favoritos).

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Y después, otro loquito encantador pone, a 83 metros de mi casa, una librería especializada en editoriales independientes, aunque en un 50% los fondos son de las editoriales conocidas. Además, tiene un sótano en el que celebraremos el Taller y en el que habrá exposiciones, cuentacuentos y demás focos de interés.



Esta es la fachada y abajo una perspectiva del interior

La independiente, una librería especializada en narrativa independiente en la calle Espíritu Santo 27, Malasaña, Madrid. Aparte de libros, hay cafés y tés, y unas mesitas para que escojáis con tranquilidad.




LA INDEPENDIENTE (Libros)

Espíritu Santo, 27
Metro Noviciado o Tribunal

domingo, 19 de diciembre de 2010

Nada es crucial, de Pablo Gutiérrez


Enseñando mis cartas


O sea, el contexto. No solo nací a destiempo, tarde, indebidamente, sino que destrocé el orden de mi casa. Una casa grande, de habitaciones grandes y techos altos, pero de solo tres habitaciones: Padre y Madre, las Chicas (mi hermana, de 5 años más que yo, la que tenía que haber sido la última de Filipinas, y la hermana soltera de mi Padre, tan espantosamente vieja y cercana a la muerte como Padres) y los Chicos (mis dos hermanos, de 15 y 14 años más que yo, igual de espantosamente viejos). Y yo, ¿nadie había pensado dónde iba a dormir sin romper el orden asentado?

Parece ser, por lo que me han contado, que tuve un período extenso de cuna en la habitación de Padres, hasta que los brazos y las piernas sobresalían por entre los barrotes (me viene a la mente la imagen de una gallina con la cresta asomando por los alambres). Fui trasladado, sin que lo recuerde tampoco, donde las Chicas. Por fin, no sé cuándo, pero debió ser cuando Chicos ya tenían novias y no necesitaban hacerse pajas, acabé donde los Chicos, hasta que se casaron y me libré de ellos.

La habitación de Chicos daba al comedor. Me acostaban pronto y me metía en la cama cagado de miedo, llorando y moqueando, porque todos se iban a morir prontísimo y los quería (además, los necesitaba para que me facilitaran la vida). Solo mi hermana (vieja, pero no en estado de precorrupción) sobreviviría. Pero la esperanza de quedar a su cuidado no animaba.

Excluido socialmente de donde nadie me había llamado (la literatura es un espacio ideal para os excluidos), agotado y neurótico por los lloros, escuchaba que mi madre se acostaba al rato. Salud delicada y además, rompehistorias, porque delante de ella no se podía hablar mal de nadie y así no hay quien cuente nada. En ese momento, me levantaba, tapándome con una manta, me sentaba junto a la puerta y escuchaba las historias de la guerra de mi padre, las verdolangas de miembros de la familia y conocidos que contaba la solterona y las interesantísimas aventuras de mis hermanos. Repetían las historias, añadiendo y quitando cosas, haciéndolas mejores: los importante era la emoción de la historia y no la Verdad. Esas historias tenían sentido, las contaban y variaban con la perspectiva en la que hay que contarlas y, además, no salía indemne después de escucharlas. En cuanto oía ruido de sillas corría a mi cama y me hacía el dormido, pero las historias rebotaban dentro, me mejoraban, me llevaban muy lejos de ese sitio en el que poco antes había llorado como una “niñita”, hasta que con la limpieza del llanto largo y la maravilla de las historia comprendí que la muerte está ahí y no hay que hacerle mucho caso: no es crucial mientras te lo puedas pasar a lo grande, dormirte con el corazón ahora encogido ahora saltando con la palmera que pone fin a las fiesta patronales.

Todo lo que sé de literatura, lo aprendí ahí. Luego me ha tocado disfrutarla, cuando hay con qué, y aprenderme unas cuantas etiquetas frías. Pero juro que no he aprendido nada nuevo.


¡Qué jodido es escribir y editar!

Escritores y editores se tienen que encontrar, eso es sabido. Aunque la gente les huya como si fueran el diablo. Hay quien llega diciendo “tengo una historia”. Toma ya, ¡hasta el Guti tiene una historia! Pero eso solo interesa a esas imprentas que tienen todas una colección que lleva el nombre de “España ayer, hoy y siempre”. No es el caso, Pablo G. Y es una pena porque son las únicas que hacen la presentación del libro con un cátering de los buenos.

Después están las editoriales guachi-guachi para escritores guachi-guachi, de esos que cada dos años escriben el libro del siglo (cada uno de ellos). Estas editoriales descubren de vez en cuando a alguien que tiene una historia que ha sabido contar como se debe (no tengo muy claro si es primero la historia y luego el modo de contarla o primero es el modo y luego uno se inventa la historia), lo sacan hasta el aburrimiento y luego cuelan a multitud de genios que cambian el modo de la literatura. Además, y esto es lo importante, están en contacto con medios de comunicación, suplementos culturales y todo eso para el bombo y la promoción. Ni hablar, Pablo G. Tu historia es verdaderamente distinta, contada de modo distinto y te rompe ora el corazón ora los higadillos. Esas editoriales están especializadas en la jota y presentan como novedad a un bailarín que hace como todos pero en el tercer compás gira el pie izquierdo hacia dentro, en lugar de hacia fuera: ¡descubrimiento genial quemejorará nuestra corriente sanguínea! Tú bailas rock, tango y tanguillos de Cádiz, además de que cantas una melodía muy rara. No te van a hacer caso.

Te queda, si de verdad quieres editar, allá tú, esas pequeñas editoriales que se toman las cosas en serio. Las hay de tres tipos: a) el editor se metió en bares chulos de Colombia, bailó salsa con poca gracia, conoció colombianas con mucha gracia (ellas) y un tipo le dijo que era un español muy bien plantado y si quería montar un negocito, a él le sobraba un poco de dinero; b) gilipollas que queman en meses los ahorros de 10 años y salen de deudas hasta las orejas; c) tontol’culos.

Los tontol’culos son la personas más necesarias en este mundo. Hacen lo que quieren hacer, se las arreglan para que los acreedores no les partan las piernas y nos regalan excelente libros, músicas, ortodoncias, cócteles, etc. Y Pablo G. encontró su tontol’culo. ¿Y ya está? Ni hablar. Lo normal es que los libros de los tontol’culos desasistidos de los medios del espectáculo formen columnas altísimas en el almacén y el editor se dedique sobre todo a enderezarlas para que no se caigan. El pobre hombre o la pobre mujer no tienen tiempo para más. Centrándome en el género que inauguró la excelente Nar Rativa, tengo leídos dos libros que uno me quema y otro me explota y me da a mí a que las columnas de sus libros en el almacén se deben estar desmoronando.

A tu libro le va a pasar lo mismo, Pablo G. ¿De verdad que es eso lo que quieres para él? Como muchos de los que son libros de verdad, estoy convencido de que hay más o menos 17.346 personas que necesitan ese libro, y que lo necesitan de verdad. Pero ¿cómo llegar a ellas, si precisamente son las que no leen suplementos ni nada de eso y solo queda el boca-oreja (y ahora los pobres blogs)? Vas de cabeza al sitio de donde saliste, Pablo G, aunque los pocos que te leamos te hagamos un huequito en la mesa de las estampas votivas.


Cuento de Navidad

Todo lo anterior se lo habría dicho a Pablo G., desaconsejándole que editara. Yo, en estos asuntos, lo primero que hago es desaconsejar (entre otras cosas porque sé que no me van a hacer caso; solo yome hago caso a mí mismo); lo segundo, festejar que se ha editado; lo tercero, sufrir perramente de la perra suerte del libro.

Pero a veces pasan milagros. Resulta que la revista Granta (que al menos no pertenece a las covachas mediáticas nacional-localistas, que yo sepa) elige a Pablo G. como uno de los mejores narradores españoles actuales, luego le dan el Ojo Crítico (justo lo contrario de lo habitual, que es que te den por el ojo crítico) y se habla de él y sus libros están ¡en las librerías!

Así que, con esto que os transmito, vais y lo compráis; después, lo leéis (al principio puede parecer raro, pero es como el mezcal, si te quedas en el primer chupito has jodido tu oportunidad).

Yo lo he leído como un libro de verdad, sentado en el suelo, apoyado en la puerta y tapado con una mantita. Me he estremecido y gozado. Y no he salido indemne. Pablo G.lo ha contado de una mera que le permite entrar a decir lo que se le ocurre cuando quiera y nada chirríe: todo lo contrario, coge una velocidad endiablada. Además, en este libro de verdad, como pasa con mi adorado Watusi, acabas conociendo el país donde vives y sus gentes mucho mejor que si te leyeras la versión abreviada en diez tomacos de la Sociología de España. Es decir, llegas a un bar, ves a un tipo o una tipa, y los calas a la primera.

Un solo consejo, cuando empecéis a leer, como la narración es tan nueva, sentiréis al principio ganas de abandonarlo (para ocultar, con vergüenza, vuestra confusión). ¡Lo nuevo cuesta, coño! Hay que embeberse.

Y como a los que pasáis por aquí os quiero mucho, mucho, y no quiero que os salvéis ni que quedéis indemnes, porque quiero ser amigo vuestro, esta noticia es el regalo navideño que os hago. Mi Buena Nueva. Porque cuando nada es crucial, todo adquiere una importancia suprema. Sobre todo, este libro.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

¿Qué quiero decir cuando digo que soy de izquierdas?

Todo se ha vuelto tan retórico, tan contaminado por los agrupamientos y desagrupamientos, por unas herencias que muchos no aceptamos, que a veces hay que sentarse y esbozar una lista básica. Que otros me pongan la etiqueta que quieran.

Esta mañana, a las 5, me he soltado un largo infumable sobre lo que considero que es ser de izquierdas. Lo abrevio. La idea sería conseguir:


Un Estado fuerte, que no poderoso, que defienda a la mayoría abrumadora de la población de los ataques de los verdaderos centros de poder.

Ese Estado debe procurar los derechos básicos: la posibilidad de tener una alimentación sana al alcance de todos; la realidad de tener una sanidad pública y una educación pública eficaces y de calidad.

Un Estado comprometido en la lucha con las condiciones de calidad decreciente del medio ambiente.

El Estado debe ser construido por gobiernos bien asentados que no pertenezcan a los grupos que trabajan para lograr un Estado poderoso que proteja y potencie no a los ciudadanos, sino a los grupos de presión del poder económico.

Una idea clara de univrsalización: nos importa la situación de otros pueblos. Todo ataque a los derechos de los ciudadanos en cualquier lugar, es problema nuestro.

Si nos aclaramos en eso, y vemos al neoliberalismo y el capitalismo financiero como el enemigo que son, podremos juzgar cada acto e idea de acuerdo con lo que se acercan o alejan de esos objetivos: actuando en consecuencia de una manera dinámica y no anquilosada por la retórica.

 
La lista de soluciones / protestas de Basajaun:

Las expresó en un comentario a un post anterior, después de que algunos se preguntaran qué podíamos hacer, concretamente, cada uno. Personalmente las asumo:

--No consumir más que lo mínimamente necesario, ahorrar, utilizar el consumo y el ahorro activamente como una palanca para el cambio (i.e. consumir productos de empresas que no sean muy letales, que respeten los derechos de sus trabajadores, que se corten un poco, y poner mis ahorros, mi nómina, mis seguros, en banca ética). Y decirlo a los cuatro vientos.

--No endeudarse, nunca, bajo ningún concepto.

--Viajar en transporte público, vender el coche, andar más.

--Poner unas rayas rojas innegociables, por ejemplo, las pensiones públicas o la sanidad pública, o la educación pública. No aceptar el que no hay dinero para esas cosas y sí para guerras, Papas, fútbol, monarquías, obras faraónicas.

--Estar a favor de los impuestos directos: que vuelva el impuesto sobre Patrimonio, sobre sucesiones, que se suba el impuesto de sociedades y el de la renta para los que tienen ingresos de más de 50.000€. Pedir que la declaración del IRPF sea pública como antaño. Acabar con el fraude fiscal empezando por denunciar a los amigos que se pavonean de ello, los que cobran el paro y trabajan, los que cobran en negro, los que preguntan con IVA o sin IVA, y terminando por los que pagan un 1% de sus SICAV. Que el que más tenga pague más.

--No consumir medios de comunicación de masas.

--Votar solo a los partidos que defiendan estos puntos, y hacerles saber a los que no les votamos por qué no les votamos.

--Ir a todas las manis habidas y por haber de protesta marginal, concreta o general, que nos cuenten, que sepan que no estamos de acuerdo, que nos oigan, que nos tengan enfrente, que nos respeten.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Felices Fiestas y Próspero Merimée


Ya he dicho por ahí que este año me gusta la navidad porque el 24 mi hijo vuelve unos días a la ciudad. Así que hago un crismas de felicitación.



 El señor Williams S. Burroughs terminó siendo el escritor en prosa que más me gusta de la Beat Generation. Y de todas sus fotos, esta es la que más me ha fascinado siempre, saliendo del Beat Hotel de la calle Git-Le-Coeur de París. La tenía en un libro y muchas veces la miraba.


Y esta, pues oye, se le parece pero en bonito. Las fotos de solitarios casi siempre son mentira: hay un fotógrafo que la hace. Pero el parque del Retiro estaba así de solitario y hermoso (también andaba Molirunner por allí). Satisfago el morbo, a medias, de quienes se preguntan cómo seré debajo del pasamontañas del nick.

Además, tiene autenticidad psicológica. Mia Lola me define con tres características. Una de ellas es "siempre te estás yendo".

Por todo lo dicho, es un crismas de felicitación auténtico.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

para no aburrise ni aburrarse (nosotros)



Algunos pensarán que con esa insistencia mía en que el mundo tiene una enfermedad terminal, pero todavía operable y curable, y que eso es lo importante, soy una persona seca que no presta atención a lo que parece no estar destinado directamente a ese cambio. Sin embargo, creo que no es así la cosa.

Una comentarista pregunta que adónde vamos. Mi respuesta (la mía de mí) es que al mismo sitio donde íbamos la semana pasada: a terminar con el sistema económico social que permite, por ejemplo, que en un país sin crisis económica (pero con el más alto nivel de ataque a los derechos humanos), estos niños no tengan escuela, porque no es rentable.

Más todavía, vamos en la dirección absolutamente contraria a la que pide este señor del chiste de hoy de El Roto (con su permiso, señores El Roto y El País).

sábado, 4 de diciembre de 2010

Relato berlanguiano del Taller

[Esta vez el tema era "berlanguiano". Al tratarse de un estilo, no podía forzar una historia hacia mi estilo, sino al revés. La primera baja ha sido la brevedad].



Figuras de salón


A todos los personajes de esta falsa

historia que supieron morir a tiempo.


... y es entonces cuando, al tener las llaves de un piso en Aluche, y dándome cuenta de me conviene desaparecer unos días, además de que me vendrán muy bien esas tres semanas para estudiar todos las asignaturas del curso, de las que nos examinábamos el 15 y el 16 de septiembre porque en junio hubo huelga de exámenes en varias facultades de la Autónoma, me entra el acojono y voy a buscar a F., esa amiga que habría que tener siempre, con la que lo más que había hecho había sido cogerla de la mano durante un concierto de música religiosa en Cuenca. Ella coge ropa, los libros, tres cajas de Dexedrina Expansule de liberación prolongada de 15 miligramos y nos vamos al piso a encerrarnos a estudiar. ¿Me sigues?

—A ratos. Si no dejas de hablar, no vas a comer.
—No tengo hambre.

Allí tampoco la teníamos. Una dexe de esas tiene 12 horas de efecto, así que nos tomábamos tres al día. Para estar seguros. Era todo tan bonito que nos preguntábamos cómo podíamos haber perdido el año sin dedicarlo por entero a estudiar asignaturas tan apasionantes. Cosas de la dexe. Pero comer, poco: algo de fruta, galletas y chocolate, y litros y litros de cocacolas y refrescos. La dexe también tiene eso. Dormíamos dos horas al día, tres a lo sumo, y habíamos decidido hacerlo en la misma cama. En cuanto nos acostábamos, intentábamos follar, lo que entre amigos es casi imposible, porque te da la risa si estás de subida o la crisis histérica si estás de bajada. Ni pajas, nos podíamos hacer. Comiendo una manzana ante una mesa caótica que en cualquier momento podía derrumbarse por el peso de las colillas, tuvimos la Gran Idea.

—Cuando surge la Gran Idea, procuro ausentarme enseguida. Si dejas de jugar con la merluza, me la podría comer yo.
—Toma.

Ya habíamos estado dos años en dos comunas urbanas nefastas, cada uno por separado, pero esta vez iba a ser distinto porque la íbamos a organizar nosotros dos. Organizar. Nosotros. El plan no podía ser más descabellado. Pero si la gramática generativa me parecía apasionante, esa comuna era ya la hostia. Los exámenes nos salieron cojonudos. En ese estado mental eres capaz de trazar en veinte minutos un cuadro de situación del tema con el que los profesores te hacen la hola y flipan, casi tanto como tú mismo al desarrollarlo. Es que, ¿sabes?, las ideas en esos momentos son como en tres dimensiones, volúmenes dinámicos en movimiento armónico.

—Si me vas a cantar la gloria de las drogas, te advierto que no es la noche.
—No, qué va. Si en cuanto terminaron los exámenes nos cortamos en seco. Éramos consumidores, ¿cómo te lo diría?, ah, sí, profesionales. Nada por el placer, todo por la obligación.

La semana siguiente la recuerdo como una película muy antigua, de estas que tras mucha restauración lo que se ve en la pantalla es inconexo, borroso. Pero F. era como ese personaje de la mitología que en cuanto ponía los pies en el suelo sacaba toda la energía y se le curaban las heridas. Mientras yo me arrastraba de un lugar indeterminado a otro, olvidando las asignaturas con la misma violencia y brillantez con las que las había aprendido, ella se había recorrido todo lo alquilable y asequible, y grande, sobre todo que fuera muy grande, del barrio de Argüelles. Un día que fui capaz de recuperar de la memoria el número de teléfono de la casa en la que estaba, la llamé. Joder, dónde te habrá metido, me dice, ¿en media hora en El Palentino? Ya allí, con las cervezas y unos bocadillos grasientos delante, pone unas llaves encima de la mesa y me dice: un piso en forma de ele enorme, cocina, dos baños, un salón para jugar al balonmano y 8 habitaciones, tan barato que lo podemos pagar entre 5 y las tres habitaciones restantes quedan para amigos de paso. Estas son tus llaves, te he hecho copias, porque ya he firmado el contrato y pagado octubre. Mudo me quedé, porque me puse a pensar en el balonmano. En cuanto me recuperé, le dije coño F., en una comuna, ¿no se decide por asamblea? Si es que te vas a caer de culo, me responde, en cuanto lo veas. Además, con lo que te conozco, es como si hubieras participado en la decisión. Y tenía razón, era más que perfecto. Pero cuando le decía que empezáramos a buscar compañeros, me contestaba que nos tomábamos unas copas y luego me hablaba de eso. Su insistencia me dio malaespina, el primero bebe y luego hablamos no es alentador. Y, esta vez, el que tenía la razón era yo. Resulta que F. tenía una amiga de su pueblo que durante cinco años no había hecho otra cosa que estudiar y sacar matrículas en matemáticas, que ahora estaba deprimida de ver cómo la vida se le había ido escapando, y le había ofrecido que se viniera con nosotros para encontrar el lado de la luz. Cojones, pues yo tenía un amigo que era lo mismo pero al revés. Había vivido en la luz, tomándose tripis como si fueran Pictolines, hasta que en uno de ellos se le presentó San Nosequé y se había cortado el pelo, porque San Pablo abominaba del pelo largo en los hombres, leía ABC y el semanario de Fuerza Nueva, buscaba una habitación y con nosotros podría encontrar ese lado oscuro que tanta falta le estaba haciendo. Cuando las cosas se joden desde el principio, solo les queda coger carrerilla.

—Oye, esa frase está bien para publicitar el guión. La apunto.
—Entonces, ¿vas viendo la película?
—No, pero tú sigue. Ibais a ser cinco, ¿no?

Eso es. Aquella misma noche me encuentro con una conocida, de otro rollo distinto, con más tetas que cabeza, y al hablarle de lo mío me dice que un exnovio al que ha dejado necesita una habitación. Lo llama, viene, un rubio vestido formalmente, me aterro, ella me da dos miradas dulceverdosas, me pone su suave mano en la nuca y acepto: ya somos cinco. Cuando el rubio viene a casa, a F. y a mí nos mira torvo, así que le asignamos la habitación peor y más pequeña; nada más abrir la puerta y alejada decenas de metros de la verdadera casa. Nos mira torvo, pero el precio es irresistible. Esa misma tarde, después de dejar al rubio, sucede (todavía eran los tiempos en que las cosas sucedían, porque sí) que F. y yo estamos en un bar tomando unas cañas con un inglés simpatiquísimo, que se ha licenciado en Filosofía en la Universidad de Londres y se ha venido con una beca de consolación o miseria para escribir una tesina sobre conceptos marxistas en España en la segunda mitad del XIX. Expreso mi opinión, poco fundamentada, de que era dudoso España hubiera pasado por los siglos XVIII y XIX, pero que hubiera conceptos marxistas en ese tiempo y lugar me sonaba a trola de las gordas. En todo caso, nos hacía tanta gracia lo mal que hablaba español, que prescindimos de la sexta habitación. Esa noche, sacó la máquina de escribir, un mamotreto muy inglés, y se puso a teclear como si solo tuviera un dedo y por un problema de coordinación no pudiera usarlo más que una vez cada 30 segundos. Pero a F. y a mí nos pareció que trabajaba y era serio. En cuanto se fue a la mañana siguiente a buscar curro dando clases de inglés, entramos en su cuarto. Medio folio escrito resplandecía sobre el rodillo. Con nuestro inglés no lo entendimos muy bien, pero la letra parecía buena. A la una del mediodía volvió a casa y le invitamos a un vermú. Nada de cañas, vinos españoles. Se le puso la nariz roja y durante 7 meses la conservó de ese color, lo mismo que mantuvo ese medio folio en la máquina, aunque de color cada vez más grisáceo por el polvo que se acumulaba sobre él. En fin, para resumir, la comuna urbana empezaba con, a saber, dos personas salidas de la anfetamina, una depresiva, un viajero del magical mistery tour perdido en el monte, un rubio que no tenía nada que ver con nosotros y un filósofo británico en estado etílico permanente. Perdona que me repita, pero, ¿vas poniendo la historia en imágenes?

—Todavía no, pero sigue. He entendido que sois seis.
—Eso es, lo has pillado todo perfectamente.

La casa se va llenando de amigos porque el salón es irresistible. Traen bebidas, libros subrayados para que veamos qué frases han elegido, artículos que no les va a publicar nadie y los vociferan para nosotros o, en algunos casos, para las paredes. Como un acto de rebelión contra la propiedad, hemos hecho 10 copias de las llaves que vamos repartiendo a los que nos caen mejor, como si fuéramos un programa de la tele y que, por lo visto, ellos recopian y pasan a otros. Eso crea momentos de crisis, una de ella casi ideológica. Una tarde en la que F. y yo volvemos juntos de la Facultad encontramos el salón repleto de gente, vamos a entrar a ver qué eso y nos informan que se trata de una reunión de estudiantes gallegos revolucionarios y no estamos invitados, que no molestemos; les damos la contrainformación de que somos los dueños de la casa y que se pueden ir a poner rótulos en gallego de las calles cagando leches; nos llaman fascistas de mierda mientras se van; nos sentamos en un sillón del salón tan a gusto. Fascistas, no te jode, comento yo. F. va a su cuarto a ponerse cómoda. Es decir, en lugar de las permanentes chirukas abrochadas y una trenca azul sobre la ropa, su atuendo casero consiste en las chirucas desabrochadas y nada debajo de la trenca azul, que no siempre lleva abrochada.

—Habría que elegir bien a la actriz, eso puede dar juego.
—Pues ya verás tú el juego de ese tipo que da la historia —le peloteo al ver el decaimiento con que la estaba recibiendo hasta el momento.
—Céntrate en las crisis.

J., totalmente evangélico, casi cada tarde se trae un mendigo a casa, le da de merendar y cenar, de dormir en un colchón que ha comprado y está en el suelo de su cuarto. A la mañana siguiente, a la salida de misa, le entrega el ABC en el que ha circundado en rojo los trabajos que le parece le podrían convenir y le hace fregar lo de la cena. Ese mendigo desaparece para siempre, pero la primera tarde vive feliz en el salón y por toda la casa. AG, quiere perder la virginidad y ella y F. me eligen a mí. Aclaro que no tengo el menor interés en el asunto, porque además vive en casa y no quiero tonterías después. Hago el favor, en dos noches consecutivas para que la cosa sea suave, y después hay tonterías. No aprendo. En la casa ha sucedido la aparición de una chica muy simpática que conocíamos de vista porque por las noches vende flores en los bares. Es una bailarina en paro que, por la música que sale de su habitación, está toda la tarde ensayando, salvo cuando sale, totalmente desnuda, y monta en bicicleta por el pasillo, derrapando en el ángulo recto. Los amigos desean que falle en el giro y se dé una hostia para ir a prestarle ayuda: eso lo veo en la mirada soñadora que tienen cuando aparece la ciclista, mientras dan la impresión de que me escuchan. Como el rubio del cuarto pequeño, no participa del salón, de las comidas ni de nada. Simplemente, ocupa una de las habitaciones libres y monta en bici por el pasillo. El negligé doméstico de F., y la ciclista, aumentan las visitas hasta un punto que resulta incómodo.

En diciembre, tenemos dos bajas. Por un lado, AG, malaconsejada por un psiquiatra famoso del seguro escolar, y en contra de lo que opinamos F. y yo, acepta una cura de sueño de una semana y desaparece tres meses. F. se entera de que el rubio es un poli. No me dice nada, según me dijo después, porque entre tíos esas cosas tienen malas soluciones, pero esa tarde al volver de la facultad coge el cuchillo más grande de la cocina y le da 10 minutos para irse. Me lo contó el mendigo del día, que todavía estaba algo asustado el hombre. Yo se lo reproché a F, porque pensé que el pobre muchacho estaba ahí porque el cuarto era barato y no para vigilarnos. El caso es que se van produciendo vacíos, que tienden a llenarse con los peores personajes. La comuna sigue funcionando en el salón, claro, que cada día se parece más a esos bares americanos para perdedores tontos que salen en las películas y abren las 24 horas. Solo que este, en lugar de perdedores mirando la copa, está atestado de sicilianos vehementes. Más o menos por esas fechas se produce una desviación de la historia, ¿te la cuento ahora?

—¿Tiene que ver con el argumento central o es un entremés?
—Me parece decisivo y es una desviación que cae sobre el argumento como un deus ex machina esencial.
—Pues si no hay más remedio, pero si salen nuevos personajes no me pongas iniciales, que me pierdo.

Resulta que F. quiere tirarse a un tío con el que ha quedado, pero va en plan pareja con una tía que parece más aburrida que la hostia y, claro, F. necesita que alguien la distraiga a ella. La operación es un éxito: la novia aburrida y yo nos enrollamos y me voy a vivir con ella; F. se arrepiente en dos días de su movimiento, porque el tipo es poco soportable, pero el mal ya está hecho. Ella me dice la canción esa de No me llames Dolores llámame Lola, así que la llamaremos Nome. Me voy a vivir con Nome, pero sigo pagando mi alquiler y todos los días paso al menos un par de horas por el salón, para llevar vida comunal y para asegurarme de que el Congreso del Pueblo sigue en sesión permanente y de que mi cuarto no sea ocupado. Nome comparte la casa con dos parejas. Una de ellas está formada por una amiga suya, a la que llamaremos Rubia Buenorra, y por un exnovio de ella que le ha endosado y al que llamaremos, sin más explicaciones, Bobo. Al ir conociendo a sus antiguos novios, empieza a preocuparme que me haya elegido como pareja. En la otra habitación, una tía magnífica de cojones, a la que llamaremos Tía Magnífica, vive con un arquitecto, hijo de un conocido industrial vasco, cuyo padre lo metió en un manicomio porque el niño arquitecto, a la hora del desayuno de su padre, acostumbraba a sentarse desnudo con él, comer con las manos del plato del padre y maldecirlo porque una de sus industrias es la fabricación de armas. Era un poco hippy, el arquitecto, pero simpático y con buenas manos para construir porros preciosos y muy grandes. Quiso la mala suerte que la luz de la casa de las tres parejas, de sistema antiguo, reventara. No tuve más remedio que organizar un traslado de los seis a mi casa, que seguía pagando. El salón, con los recién llegados, que seis personas son muchas personas si vienen como grupo, entró en una fase que habríamos podido llamar de fractalización psicodélica, si entonces hubiéramos sabido algo de los fractales. Entre tanto, pasaban por la casa como semipermanentes personas de lo más jodido, como un nieto de un general republicano que se decía perseguido y que se pasaba el día entero hablando con la novia que tenía en Argelia. Decía que ella lo llamaba, pero cuando llegó la factura del teléfono vimos que nos había mentido y que nada más ver el sobre de la Compañía Nacional desapareció. Al menos, desde entonces tuvo motivos para sentirse perseguido. ¿Y F.?, te preguntarás.

—No, que yo no me pregunto nada.
—Te falta paciencia para ser un productor de cine.
—Va a ser eso. Vale, te pregunto, ¿y F.?

Le fue fatal con el exnovio de Nome, aunque no tanto como a él, pero enseguida se consoló con un bancario que estaba casado y según ella era un tío de puta madre. El caso es que una noche el bancario le dijo a su mujer que sacaba a pasear al perro y se vinieron los dos a vivir a casa, él y el perro. Un setter irlandés precioso y muy inteligente. Cuando las tres parejas de la otra casa tuvimos que venirnos a la comuna, o bar libre, o como quiera que se le pueda llamar, el bancario ya había desaparecido, pero el perro se quedó.

—Llevaba ya un tiempo pensando que esta historia necesitaba un perro. Pero olvídalo. En los platós, los perros no hacen más que joder escenas.
—Pues contratas uno adiestrado, porque el perro se queda.
—Ya que hablamos de quedarnos, cerramos el restaurante y este bar de copas tiene toda la pinta de que va a hacer lo mismo. ¿Por qué no me das un final y, si eso, ya relleno yo lo que falta?
—Lo tengo.

Imaginemos una escena tomada cenitalmente en la que gran parte de los que están en el salón beben y fuman porros; las dos parejas de recién llegados se meten mano; Nome y yo no, porque insisto en dar discursos y hay tiempo para todo; el mendigo del día no puede creer la suerte que ha tenido, ya que desconoce el adiestramiento al que será sometido a la mañana siguiente, y opina, sin que sirva de mucho, que comprar pan y unas latas sería ya el no va más; J. me habla de la dulzura del Señor, sin saber que he aprendido a no oír su voz; Nome, que le ha caído muy bien J. y hasta le da cierta pena, intenta convencerle de que no pierda el tiempo; alguno de los amigos intenta ligar con Rubia Buenorra en cuanto Bobo se ausenta un momento; el filósofo ríe con todo porque la vida es así y es maravillosa, y trata de convencer al grupo, con discursos tan vehementes como los míos, de que sería preferible comprar vino más barato pero en más cantidad; F. dice cada diez minutos, sin moverse del sofá, que se tiene que arreglar para salir; y el setter, al oír la palabra salir, cree que lo van a sacar a mear y empieza a ladrar desaforadamente.

En una de esas trampas que hacéis en el cine, la cámara abandona la posición cenital, se ralentiza y puede verse, a través de la amplia puerta de doble cuerpo, que la blanquecina figura fantasmal que parecía un efecto mecánico, como un flash de discoteca, es una joven desnuda montada en bicicleta. Me parece a mí que eso enfatiza la locura de la vida. Además, te gustan las tías en pelotas.

La cámara vuelve a la posición cenital y retrocede; o sube, como si ello fuera posible y arriba no hubiera más pisos, hasta que, en la distancia, lo mismo que pasa con la bóveda celeste, parece que el grupo realice movimientos armónicos: da la impresión de que es un grupo verdadero que hace algo real. Con la lejanía del plano, solo se oyen ya los ladridos del perro y, con esa sensación de tranquilidad inquietante, la pantalla se funde a negro.

—Bueno, qué, ¿hay ahí o no una película?
—Siempre la hay. En este caso, una película de mierda.
—Quizá no la haya contado bien. La cuenta, en todo caso, es cosa tuya, ¿no?

jueves, 2 de diciembre de 2010

Concurso de fotografía digital: Verónica Leonetti participa


Verónica, que le da a casi todas las artes visuales, participa en un concurso con esta foto, que conocía de su blog, otra que también conocía y otra nueva.

He ido AQUÍ y he votado por ella. Vosotros podéis, por lo menos, ir a ver sus tres fotos. ¿No?

lunes, 29 de noviembre de 2010

El Doce de Verónica Leonetti y Nano (Primer Tramo de los Cien Escalones)




Esta es la ilustración, quien quiera verla junto con el texto y comentar, si le apetece, tendrá que ir al blog de Verónica.

domingo, 28 de noviembre de 2010

No sin nosotros

Desde hace días, se repite en mi mente como un mantra la frase con la que empieza Chantal Maillard el texto 70 de sus diarios del 96-98, titulados Filosofía en los días críticos:

«Todo problema se genera a partir de una situación dada. Modifiquemos la situación y se eliminará el problema».

Y es que tenemos un problema bien grande: haber dejado que se instaurara un sistema capitalista financiero sin ponerle la menor traba.

Ahora, ciertamente, las desregulaciones financieras han permitido que un reducido grupo controle la economía del mundo: no producen, simplemente juegan con dinero y cada vez tienen más para seguir jugando; controlan las grandes instituciones financieras y cuentan con amplios medios de difusión y grupos políticos afines en todo el mundo; sus recetas han sido un fracaso para la gente en el Tercer Mundo y en países como Rusia. Pero sus fallos no cuentan... porque nadie los cuenta ni los tiene en cuenta: el que se opone a ellos, es derribado con operaciones de dinero.

Ahora, ciertamente, el capitalismo productivo sigue las biblias de los anteriores al pie de la letra. No debería ser el juego de ellos, pero lo es. Deberían querer la potenciación de la economía productiva, pero los intereses cruzados los han apresado.

Los Gobiernos, incluso los que no querían eso, ceden ante los primeros y, ahora, buscan refugio entre los segundos. Ayer, en nuestro país, el señor Zapatero les preguntó que qué tenía que darles para que ellos le dieran un abrazo y le acariciaran el pelo. El señor Cameron (para irnos al otro lado), el que quería distanciarse de las prácticas neoliberales de incluso, sí, incluso, los socialistas británicos, el que llegó al poder con frases como esta: "Ha llegado la hora de que admitamos que hay más cosas en la vida que el dinero y ha llegado la hora de que nos centremos no solo en el producto interior bruto (PIB), sino en una felicidad general", ya vemos lo que hace.

Y mi pregunta es, ¿Y nosotros qué pintamos en esto?

La siuación fue creada y si nos fijamos en el problema, es lógico que no haya otra solución: porque el problema se ha creado con un cumplimiento estricto de la reglas emitidas por la situación. Durante decenios, hemos jugado todos al "Virgencita que me quede como estoy": pero la situación no nos lo ha permitido y por miedo a mejorar, hemos empeorado.

Solo nos queda aferrarnos a la frase NO SIN NOSOTROS.

Va a ser duro, nos van a machacar. Pero si no hacemos algo, nadie nos va a escuchar. Somos la gente, tenemos la fuerza si nos atrevemos a ejercerla, tenemos que demostrar que no aceptamos esa situación, que hay que cambiarla. No lo quiero así, me asusta y me duele, pero hemos de elegir: o nos sometemos a la humillación continuada y a la pérdida de los niveles de vida que no debemos perder (que también esos hay que replantearlos para que no consistan sobre todo en la posesión de bienes de consumo) o aceptamos los tiempos de "sangre, sudor y lágrimas" para cambiar la situación.

Porque lo cierto ciertísimo es que la virgencita neoliberal no va a permitir que nos quedemos como estamos.

martes, 23 de noviembre de 2010

Buenoooo, qué sinergias o enredos de la casualidad

Aquí todo se une, casi a diferencia de la historia de hoy, en la que todo se separa. Esto va para largo y les voy a robar su trabajo a unos cuantos. Primero, el último relato del Taller, sobre la vergüenza, después, una entrada de Jesús Miramón, que incluye un enlace a una entrada de Escolar.net y, finalmente, un artículo aparecido en Globalízate.com.

I. Taller


Vergüenzas de todos los colores


Levantes la piedra que levantes

despojas

a quienes precisan el amparo de las piedras.

P. Celan



Dos mujeres se han citado en un lugar que no importa. Ni siquiera la cita importa: es banal; en cualquier gran ciudad se están produciendo en ese momento miles de citas parecidas. Pero todo signo banal es un escudo de lo que hay dentro. Lo que importa es el interior: haber tenido la oportunidad de saber lo que pasa dentro y se tapa; incluso las dos mujeres se lo ocultan cada una a sí misma. Se besan, se lisonjean, se abrazan y se sientan en una mesa.

Cualquier observador que tuviera interés, se daría cuenta de una disimilitud que encierra algo desagradable. Una de ella, la llamaremos Rosita, lleva un abrigo de paño de temporadas pasadas, pero muy cuidado. Y su tez, el halo que la rodea, o su manera de estar, refleja decaimiento y temor. Lo contrario que la otra, vestida con ropa alegre de mercadillo, pero muy nueva. Usa su ropa como si no le importara que le cayera una mancha; tiene un gran armario. Se casó con un hombre que se hizo rico. Rosita, en cambio, vive sola, es administrativa, se plantea 14 veces cualquier compra y se siente avergonzada de su pobreza digna. También tiene miedo a que una crisis la deje sin trabajo y pueda perder esa dignidad cercana a la raya de abajo. Muchas noches, ese miedo le quita el sueño.

El miedo también avergüenza. A veces es difícil distinguir entre un sentimiento y el otro. Pero en esos momentos, la mayor vergüenza se la produce Marta, presentándose ante ella como una igual. Está segura de que fue al mercadillo a comprarse ese traje vaquero para la cita con ella y que no se lo volverá a poner. También siente vergüenza por cómo habla de sus trabajos temporales, de proyectos de relaciones públicas que le dan los amigos de su marido desde que este se relacionó con la política. No soporta que hable con ella como entre trabajadoras, cuando con tres proyectos, que no le quitan más de cuatro meses, gana lo mismo que ella y, además, lo usa para sus gastos. A Rosita le avergüenza la falta de vergüenza de Marta, por ser como es. A veces, en lo más profundo, a Marta le asalta la sensación de que una amiga como Rosita es una vergüenza para ella. Cuando esta le pidió que no la invitara más a sus fiestas, porque se sentía fuera de sitio, no la insistió. Era una manera de reconocer que su amiga de toda la vida estaba fuera de sitio en su vida.

¿Por qué se siguen viendo, aunque cada vez más de tarde en tarde? ¿Por qué no aceptaron el abismo de la distancia que las separa? ¿Por qué están ahí, hablando en una cafetería, animadamente? Quizás porque las une algo más fuerte de lo que sospechan. Amigas de la misma edad, que vivían en el mismo portal, compartieron el descubrimiento de la vida: las primeras menstruaciones, la contemplación mutua del sexo, los primeros chicos y sus sensaciones, la escalada de las relaciones sexuales. Lo compartían todo y es todo fue lo más emocionante en la vida de cada una. Marta tiene de todo, pero ha sido abandonada emocionalmente por su marido. Rosita, ni siquiera tiene eso. Solo tienen un pasado, aunque ahora sea socialmente inconveniente. No hay nada más que les haga latir el corazón.

Podríamos rastrear esa vergüenza íntima, o la falta de vergüenza de los que tienen medios de vida y los consideran algo caído del cielo, que les corresponde, en cada uno que vemos durante un paseo.


—Somos una mierda pinchada en un palo —le dije la otra noche a un amigo.

—Y siempre hay alguien que preferiría nuestra muerte para pelearse por las astillas —me contestó.


II. Entrada de Jesús Miramón

Zarzas y enredaderas


Las noticias sobre la crisis económica en Irlanda, una de las últimas víctimas del robo del siglo, me hacen recordar la amabilidad de sus habitantes, la belleza de Connemara, el olor de sus playas invadidas por las algas, las casas abandonadas cubiertas de zarzas y enredaderas.

¿No parece una coincidencia con mi relato? Pero hay más, porque las palabras "robo del siglo" son un enlace que lleva a una entrada de Escolar que dice lo que a mí me gustaría haber sabido decir, sobre esa Irlanda tan querida por los neoliberales, el modelo de Rajoy a copiar en España. Y va y se desmorona antes que nosotros.


III. Escolar

El robo del Siglo

Dice el economista Paul Krugman que “los avances de la teoría económica en los últimos 30 años fueron, en el mejor de los casos, inútiles; y en el peor, muy dañinos”. Hay una tercera opción, aún más dramática: que el daño no fue inocente; que esas grandes aportaciones de la doctrina neoliberal a la crisis actual fueron parte de una gigantesca estafa: un timo que funcionó y que quedará impune. Era un castillo en el aire, pero no todo el dinero se evaporó. Hubo muchos que ganaron: los mismos que financian y dan voz a algunos de esos economistas que incluso hoy justifican estos desmanes.


La última evidencia del robo del siglo emerge ahora en Irlanda. La niña bonita de los neoliberales, el país que las agencias de calificación ponían como modelo, está a punto de irse a pique. El Estado asumió la inmensa deuda de los bancos privados y evitó una bancarrota financiera, pero a cambio obtuvo la quiebra nacional: es todo el país, y no sólo los bancos, quien está en riesgo. No está claro siquiera cuál era la peor alternativa, pero el resultado final es que cada irlandés debe hoy unos 60.000 euros de aquella fiesta, a la que no fueron invitados; cada céntimo que paguen en sus impuestos durante años servirá para cubrir las apuestas de esos inversores privados. ¿De qué ha servido la austeridad en las cuentas públicas que exigían los economistas liberales si se permitía a la banca irlandesa asumir unos riesgos que han dejado un agujero del 170% del PIB?

Aunque el escándalo mayúsculo es que después no pase nada. Y no sólo nos jugamos la economía. El mayor peligro para nuestra democracia ya no es el golpismo o el terrorismo: es el sistema financiero. ¿Cómo podrían los políticos justificar un nuevo rescate si no se toman las medidas para que algo así no vuelva a suceder jamás?



Pero ya que hablamos de neoliberales, sus posturas de todo para que funcione el negocio en beneficio de muy pocos se ve claramente en su desvergüenza con el cambio climático. Ahí podemos saber lo que se puede esperar de ellos. Negacionistas hasta hace semanas, ahora el Jefe español. que estuvo a punto de presidir una cumbre negacionista hace año y medio en Nueva Yotk (se lo prohibieron en Génova), resulta que ahora pasa aceptar ese cambio, sin la menor excusa por su posición anterior, pero desde la perspectiva del negocio. Este artículo de Louis Lasalle para Globalízate, lo explica muy bien.


IV. Globalízate

La nueva postura de José María Aznar frente al cambio climático: una nueva estrategia del negacionismo de siempre



Louis Lasalle para Globalízate (15/11/10)

Detrás del nuevo instituto sobre cambio climático del que José María Aznar es asesor se esconde una nueva estrategia, financiada por los negacionistas de siempre, para abrir nuevas oportunidades de negocio sin renunciar a lo anterior.
José María Aznar, ex presidente de España, promotor de la guerra de Irak, miembro de holdings financieros agresivos y divulgador de las ideas ultraconservadoras más antisistema, era también conocido por su abierta adhesión a los posicionamientos más radicales del negacionismo del cambio climático. Sin embargo, hace pocos días nos sorprendió a todos al ser fichado como presidente del consejo asesor de una organización centrada en el cambio climático. Inicialmente nos asaltaron muchas preguntas ¿Habrá cambiado su manera de pensar ante la avalancha de evidencias científicas que se acumulan día a día? ¿Cómo una persona formada en letras y con profundas y demostradas lagunas en ciencia puede presidir un consejo asesor sobre cambio climático? ¿Hay gato encerrado? Las crípticas explicaciones que Aznar nos facilita desde la web de la organización nos han dejado aún más confusos




Desde Globalízate hemos preferido ser cautos e investigar un poco antes de posicionarnos precipitadamente. Tras un periodo de investigación y reflexión hemos sacado las conclusiones que presentamos a continuación.

José María Aznar ha estrenado su puesto de presidente del consejo asesor de una asociación sin ánimo de lucro recientemente creada llamada The Global Adaptation Institute (GAI) (http://www.globaladaptationinstitute.org/). ¿Quiénes son y cuáles son sus objetivos? Esta asociación está formada por reconocidos miembros de la esfera conservadora como son Juan José Daboud (Director de GAI, antiguo miembro del Banco Mundial, y ex ministro de economía de El Salvador), Paul Wolfowitz (ex presidente del Banco Mundial y promotor de la guerra de Irak), Jorge Quiroga (ex presidente conservador de Bolivia y ex alto cargo del Banco Mundial), Ana Palacio (ex ministra española, promotora de la guerra de Irak en la ONU y ex miembro del Banco Mundial), además, varios representantes de la empresa privada, de think tanks conservadores y algún científico especializado fundamentalmente en el estudio de los recursos naturales y su relación con la economía. ¿Quién lo paga? GAI ha abierto sus puertas recibiendo una generosa donación (10 millones de dólares) de NGP Energy Capital Management (http://www.ngpenergycapital.com/) una franquicia de inversión energética con una gran participación del sector de los combustibles fósiles.

Sus objetivos son muy claros: abordar el problema del cambio climático exclusivamente desde la perspectiva de la adaptación. Para comprender un poco mejor esta perspectiva vayamos al IPCC. El IPCC se divide en tres Grupos de Trabajo: GT I La base científica, GT II Impactos, Adaptación y Vulnerabilidad, GT III Mitigación del cambio climático. El GT I se dedica a recopilar información y redactar informes sobre todas las evidencias científicas, procesos, causas y predicciones de este fenómeno. El GT II estudia la magnitud de los impactos y plantea posibles formas de adaptación ante todos los posibles cambios previstos en los distintos escenarios planteados. El GT III se centra en estudiar y proponer medidas que permitan reducir la emisión de gases de efecto invernadero. Las tres aproximaciones son totalmente necesarias, hay que profundizar en el conocimiento de este fenómeno a escala global, perfeccionar los modelos predictivos y los posibles escenarios, necesitamos estudiar cuán grandes serán los impactos, cuán vulnerables son las distintas regiones del planeta a estos cambios y cómo podremos adaptarnos a ellos de producirse. Y por supuesto y con urgencia necesitamos saber cómo podemos mitigar los cambios y evitar en la medida de lo posible que se produzcan, minimizando así la necesidad de una adaptación.

Entonces nos preguntamos, ¿por qué The Global Adaptation Institute ha decidido que solo es importante la adaptación? Observando quiénes conforman este instituto, quién lo financia y cuáles son sus objetivos, concluimos que la respuesta es la de siempre: el dinero. Si apareciese una asociación que tratase de abordar el problema del cáncer desde una perspectiva global pero que no considerase importante ni el estudio de sus causas, ni su prevención sino tan solo el desarrollo de nuevos tratamientos de quimioterapia, sospecharíamos inmediatamente que hay intereses farmacéuticos detrás. Algo parecido ocurre con el GAI. Detrás del negacionismo tradicional está el interés de las multinacionales petroleras que ven amenazados sus beneficios con un cambio en el modelo energético. A esta corriente se ha sumado con alegría toda la esfera neocon ya que en el fondo las causas cambio climático ponen de manifiesto un cuestionamiento el modelo tradicional de crecimiento económico-financiero perpetuo, negando la evidencia de que no se puede crecer hasta el infinito en un planeta finito. Sin embargo, los defensores del sistema financiero liberalizado se han dado cuenta de que también detrás del cambio climático puede haber serias oportunidades de negocio y sería inadmisible dejar pasar esta oportunidad.

Es cierto que las campañas negacionistas están cosechando muchos éxitos y sirva como dato que en EE. UU. cada vez hay más escépticos. Solo el 38% de los votantes republicanos confía en las evidencias científicas sobre el cambio climático y si nos centramos en los simpatizantes del Tea Party se reduce a poco más del 20%. Estas campañas pretenden salvaguardar los intereses comerciales de una serie de poderosas multinacionales. Sin embargo, ¿no sería posible desarrollar un nuevo discurso que sin afectar a las empresas energéticas ni a los paradigmas del neoliberalismo permita conquistar nuevos mercados y negocios emergentes? La respuesta es clara: la adaptación. Por un lado son conscientes de que las evidencias científicas son tan apabullantes que va a haber movimiento político y solcial por mucha campaña negacionista que se financie. Por otro lado, si olvidamos el estudio de la ciencia del clima y también cualquier intento de mitigar el problema podremos obtener un pedazo de pastel de ambas tartas: por un lado, el modelo energético y de crecimiento no se tocará y por el otro abriremos nuevas y abundantes oportunidades financieras en la adaptación. Resumiendo, cambiar un poco para que todo siga igual y además ganar influencia en un sector prometedor.

Desde Globalízate consideramos que abandonar la lucha por la mitigación es una renuncia inadmisible y de consecuencias desastrosas. Por todos los motivos relatados aquí, somos profundamente críticos y escépticos con los intereses y objetivos de The Global Adaptation Institute. Es indudable que la estrategia es inteligente y probablemente durante mucho tiempo veremos campañas negacionistas y de “solo-adaptación” simultáneamente y probablemente financiadas con los mismos fondos. También tenemos que estar alerta y si alguien nos habla de abordar el problema del cambio climático tan solo desde la adaptación, probablemente se trate de un neo-negacionista.

¿Nadie hace nada?, se preguntaba Jesús. La Rosita del relato ni siquiera se pregunta nada, solo teme y se avergüenza. Escolar y Louis Lasalle explican. Y yo no me pregunto. Afirmo con rotundidad que hago lo que puedo. Aunque sea algo tan pequeño como tener los ojos abiertos y traeros aquí estas cosas.

 

domingo, 21 de noviembre de 2010

Pikara Magazine en la Red


Hay personas a las que, por su trayectoria limpia, porque abren su propio camino sin pensar en sí mismas, las sigues donde vayan. June Fernández, la periodista bilbaína, es una de ellas. Esta es su revista:


Ya está en Internet y podéis ver el primer número haciendo clic en el nombre. Verónica y yo aportamos los escalones Uno y Tres.

¡Buena lectura a todos!

domingo, 14 de noviembre de 2010

El Lápiz

Trasteando en una columnilla de libros de una mesita, he encontrado una edición de Rey Lear que tenía dentro un texto de Taller fechado el 7 de mayo de 2008. Lo que quiere decir que releí, o eché un vistazo al libro, en esas fechas, sin reincorporarlo a la librería de donde salió. Había olvidado ese texto, que según el encabezado repondía al tema de "flashbacks", por lo que lo he podido leer como si no fuera mío. Me ha apetecido ponerlo.



El lápiz


Alguien ha tenido la excelente idea de que viniera la asistenta, cambiara las sábanas, lavara toda la ropa, la secara y la guardara. Entretanto, ha dejado la casa perfecta, sin quitar nada; los libros de ella a medio leer todavía en su mesilla, pero con la sensación de que la casa entera ha sido lavada, frotada. Ni una mota de polvo posada hasta ayer permanece. Me ha costado rechazar, con una sonrisa de agradecimiento y toda la amabilidad de hierro de la que he sido capaz, los ofrecimientos de dormir en otra casa o de que me acompañaran en la mía. He participado tantas veces de esa comedia de lo irreal que me la conozco. Hoy es una noche más de las noches que me quedan. No necesariamente la peor. La voluntad de aferrarme a lo real, lo pinten como lo pinten, es mi única esperanza de ser lo que soy.

Me he duchado, me he puesto una camiseta y unos pantalones de pintor viejos. No me he calzado. He hecho una taza de té fuerte. La he tomado casi quemándome. Del fondo del segundo cajón de mi mesilla, he sacado una cajita en la que guardo, diminuto ya, el lápiz con el que una vez escribí una despedida decisiva y desde entonces solo lo he utilizado para las cosas que me importan; lo que no quiere decir que sean importantes. Le he sacado punta cuidadosamente, para no gastarlo más de lo necesario, y con él me dispongo a escribir esta lista que me conviene tener en cuenta para evitar las falsas expectativas, que son las que pueden amargarte un día y otro día, y otro más.


Cosas que probablemente no haré ya nunca

Comer bien.

Sé cocinar, pero me he vuelto perezoso, así que dependeré de la sensación de hambre. Y no sé comer sin hambre si no hay alguien que me fuerza.


Despreocuparme de las circunstancias de la casa sin que el estado de esta sufra las consecuencias.

Si no funcionaba un grifo, iba mal la caldera, se habían fundido bombillas, la tostadora dejó de tostar, cualquier cosa así, una tarde volvía a casa y ya estaba solucionada. Nunca tomé la menor decisión ni hice acto alguno para arreglar ese tipo de cosas. Supongo que ahora tendré que averiguar quién se encarga de ellas, ponerme en contacto, aceptar una cita y esperar. Supongo, también, que antes de ese proceso dejaré que las cosas lleguen un poco más lejos de lo soportable.


Abrazar, en una caída durante la noche, un cuerpo suave, tibio, reconocible que me acepte.

O sentir que eres abrazado así, necesitado desesperadamente. Claro que hay momentos en que te estorbas y molestas. Pero no hay experiencia humana que se pueda igualar a cuando se producía ese acertar en la búsqueda de abrigo y dos respiraciones se acompasaban en la temperatura justa, recayendo en un sueño lento como algodón de azúcar.


Tener una vida social normal. Vestir normal.

Es curioso que haya puesto las dos cosas en la misma línea. Quizá resonaba un verso de Sabina, “huraño, como un dandy con lamparones”. Porque salvo de adolescente nunca me he comprado ropa; siempre alguien, desde hace muchísimo tiempo ella, me ha comprado la ropa y se ha preocupado de que me la pusiera. Eso se ha terminado. También lo de las citas con los amigos. Nunca las hice yo. Huraño al descubierto, seguramente.

Voy a hacerme otro té, aunque lo más posible es que la lista quede así, sobre la mesa, varios días. Me llevo el lápiz, que cabe en la palma de la mano. Lo miro.

***

En brazos me entran en la habitación. Cogiéndome por la cintura me acercan a mi abuela, acostada y amarillenta. La habitación está llena y les oigo hablar. Del bolsillo superior del delantal a rayas blancas y azules verticales, saco un lápiz y grito ¡Pinta, pinta! La gente habla más fuerte. Más nervioso todavía, sigo gritando y con el lápiz en la mano cerrada trato de clavárselo. Tiran de mí hacia atrás y veo más de la mitad de la habitación.
Ya no sé más, pero fue el primer recuerdo de mi vida. Por mucho que lo he intentado, no he logrado retroceder ni una hora. El primer recuerdo que tengo es que soy muy pequeño, pronuncio todavía mal la única palabra que digo, me acercan a dar un beso a mi abuela muerta y trato de vengarme de que no me haga caso. Mucho tiempo después comprendí que lo que había intentado en mi primera acción consciente fue matar a la muerte con un lápiz. Lo que he seguido haciendo hasta hoy. Más o menos.

Guardo el lápiz en la caja. Ya no es necesario que la meta en el cajón.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Undécimo 100e de Verónica Leonetti y Nano

Desde que recibí la ilustración quedé encantado. Tanto que me la puse de fondo del escritorio del ordenador. Ahora ya la podéis ver con un clic AQUÍ.

Como de costumbre, los comentarios solo se pueden hacer en su blog.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Otro año será, otoño

La semana que empieza el lunes, tendría que estar paseando por esta huerta de la montaña oriental baja de León. La foto es del 2009, en un otoño tardío, en fecha similar a esta.



Pero no me encuentro demasiado bien, por simples molestias nada serias, así que me voy a quedar aquí. En la foto de abajo se ve mi segundo puesto de lectura, en el sillón azul, con los pies descalzos sobre la cama. Acudo a él cuando en la sala está puesta la televisión o hay demasiado "alboroto". He sacado de la biiblioteca pública 3 libros de Chantal Maillard y tengo prácticamente empezada la autobiografía de Amos Oz, porque con las molestias y dolorcillos, la ansiedad que me producían, más ir a trabajar todos los días, no he podido leer. Así que me esperan buenos tiempos. Estar mejor y buenas lecturas.


Además de estas chorradas, y hasta que el jueves Verónica publique el escalón 11, con una ilustración que no me merezco de lo buena que es, pensando qué poner me he acordado de una carpetilla que tengo en el ordenador, con el título Los pies me llevan y me preguntan qué veo. De ahí sale este texto, que no sé si está ya bastante macerado.



La desgracia es un pantano con una hermosa capa de espejo


Cómete la sopa

que ha empezado a fermentar y es nauseabunda

si quieres salir a jugar


Haz tu trabajo

fétido

para tener dinero el sábado y el domingo


Todo bajo la capa de espejo de la superficie

que refleja el vuelo de los pájaros, las nubes, el color del cielo.

Abajo es donde nadamos en la oscuridad

como esqueletos

Abajo no hay vuelos ni nubes en riguroso directo

abajo huimos de los siluros que se alimentan de nuestras alegrías.


Algo, no alguien, nos da órdenes.

Las cumplimos o quedamos fuera

¿de qué?

Alimentamos a los bagres, que engordan.

Otros, de ojos azules de mirada inocente,

los pescan

¿quiénes?