[Esta vez el tema era "berlanguiano". Al tratarse de un estilo, no podía forzar una historia hacia mi estilo, sino al revés. La primera baja ha sido la brevedad].
Figuras de salón
A todos los personajes de esta falsa
historia que supieron morir a tiempo.
... y es entonces cuando, al tener las llaves de un piso en Aluche, y dándome cuenta de me conviene desaparecer unos días, además de que me vendrán muy bien esas tres semanas para estudiar todos las asignaturas del curso, de las que nos examinábamos el 15 y el 16 de septiembre porque en junio hubo huelga de exámenes en varias facultades de la Autónoma, me entra el acojono y voy a buscar a F., esa amiga que habría que tener siempre, con la que lo más que había hecho había sido cogerla de la mano durante un concierto de música religiosa en Cuenca. Ella coge ropa, los libros, tres cajas de Dexedrina Expansule de liberación prolongada de 15 miligramos y nos vamos al piso a encerrarnos a estudiar. ¿Me sigues?
—A ratos. Si no dejas de hablar, no vas a comer.
—No tengo hambre.
Allí tampoco la teníamos. Una dexe de esas tiene 12 horas de efecto, así que nos tomábamos tres al día. Para estar seguros. Era todo tan bonito que nos preguntábamos cómo podíamos haber perdido el año sin dedicarlo por entero a estudiar asignaturas tan apasionantes. Cosas de la dexe. Pero comer, poco: algo de fruta, galletas y chocolate, y litros y litros de cocacolas y refrescos. La dexe también tiene eso. Dormíamos dos horas al día, tres a lo sumo, y habíamos decidido hacerlo en la misma cama. En cuanto nos acostábamos, intentábamos follar, lo que entre amigos es casi imposible, porque te da la risa si estás de subida o la crisis histérica si estás de bajada. Ni pajas, nos podíamos hacer. Comiendo una manzana ante una mesa caótica que en cualquier momento podía derrumbarse por el peso de las colillas, tuvimos la Gran Idea.
—Cuando surge la Gran Idea, procuro ausentarme enseguida. Si dejas de jugar con la merluza, me la podría comer yo.
—Toma.
Ya habíamos estado dos años en dos comunas urbanas nefastas, cada uno por separado, pero esta vez iba a ser distinto porque la íbamos a organizar nosotros dos. Organizar. Nosotros. El plan no podía ser más descabellado. Pero si la gramática generativa me parecía apasionante, esa comuna era ya la hostia. Los exámenes nos salieron cojonudos. En ese estado mental eres capaz de trazar en veinte minutos un cuadro de situación del tema con el que los profesores te hacen la hola y flipan, casi tanto como tú mismo al desarrollarlo. Es que, ¿sabes?, las ideas en esos momentos son como en tres dimensiones, volúmenes dinámicos en movimiento armónico.
—Si me vas a cantar la gloria de las drogas, te advierto que no es la noche.
—No, qué va. Si en cuanto terminaron los exámenes nos cortamos en seco. Éramos consumidores, ¿cómo te lo diría?, ah, sí, profesionales. Nada por el placer, todo por la obligación.
La semana siguiente la recuerdo como una película muy antigua, de estas que tras mucha restauración lo que se ve en la pantalla es inconexo, borroso. Pero F. era como ese personaje de la mitología que en cuanto ponía los pies en el suelo sacaba toda la energía y se le curaban las heridas. Mientras yo me arrastraba de un lugar indeterminado a otro, olvidando las asignaturas con la misma violencia y brillantez con las que las había aprendido, ella se había recorrido todo lo alquilable y asequible, y grande, sobre todo que fuera muy grande, del barrio de Argüelles. Un día que fui capaz de recuperar de la memoria el número de teléfono de la casa en la que estaba, la llamé. Joder, dónde te habrá metido, me dice, ¿en media hora en El Palentino? Ya allí, con las cervezas y unos bocadillos grasientos delante, pone unas llaves encima de la mesa y me dice: un piso en forma de ele enorme, cocina, dos baños, un salón para jugar al balonmano y 8 habitaciones, tan barato que lo podemos pagar entre 5 y las tres habitaciones restantes quedan para amigos de paso. Estas son tus llaves, te he hecho copias, porque ya he firmado el contrato y pagado octubre. Mudo me quedé, porque me puse a pensar en el balonmano. En cuanto me recuperé, le dije coño F., en una comuna, ¿no se decide por asamblea? Si es que te vas a caer de culo, me responde, en cuanto lo veas. Además, con lo que te conozco, es como si hubieras participado en la decisión. Y tenía razón, era más que perfecto. Pero cuando le decía que empezáramos a buscar compañeros, me contestaba que nos tomábamos unas copas y luego me hablaba de eso. Su insistencia me dio malaespina, el primero bebe y luego hablamos no es alentador. Y, esta vez, el que tenía la razón era yo. Resulta que F. tenía una amiga de su pueblo que durante cinco años no había hecho otra cosa que estudiar y sacar matrículas en matemáticas, que ahora estaba deprimida de ver cómo la vida se le había ido escapando, y le había ofrecido que se viniera con nosotros para encontrar el lado de la luz. Cojones, pues yo tenía un amigo que era lo mismo pero al revés. Había vivido en la luz, tomándose tripis como si fueran Pictolines, hasta que en uno de ellos se le presentó San Nosequé y se había cortado el pelo, porque San Pablo abominaba del pelo largo en los hombres, leía ABC y el semanario de Fuerza Nueva, buscaba una habitación y con nosotros podría encontrar ese lado oscuro que tanta falta le estaba haciendo. Cuando las cosas se joden desde el principio, solo les queda coger carrerilla.
—Oye, esa frase está bien para publicitar el guión. La apunto.
—Entonces, ¿vas viendo la película?
—No, pero tú sigue. Ibais a ser cinco, ¿no?
Eso es. Aquella misma noche me encuentro con una conocida, de otro rollo distinto, con más tetas que cabeza, y al hablarle de lo mío me dice que un exnovio al que ha dejado necesita una habitación. Lo llama, viene, un rubio vestido formalmente, me aterro, ella me da dos miradas dulceverdosas, me pone su suave mano en la nuca y acepto: ya somos cinco. Cuando el rubio viene a casa, a F. y a mí nos mira torvo, así que le asignamos la habitación peor y más pequeña; nada más abrir la puerta y alejada decenas de metros de la verdadera casa. Nos mira torvo, pero el precio es irresistible. Esa misma tarde, después de dejar al rubio, sucede (todavía eran los tiempos en que las cosas sucedían, porque sí) que F. y yo estamos en un bar tomando unas cañas con un inglés simpatiquísimo, que se ha licenciado en Filosofía en la Universidad de Londres y se ha venido con una beca de consolación o miseria para escribir una tesina sobre conceptos marxistas en España en la segunda mitad del XIX. Expreso mi opinión, poco fundamentada, de que era dudoso España hubiera pasado por los siglos XVIII y XIX, pero que hubiera conceptos marxistas en ese tiempo y lugar me sonaba a trola de las gordas. En todo caso, nos hacía tanta gracia lo mal que hablaba español, que prescindimos de la sexta habitación. Esa noche, sacó la máquina de escribir, un mamotreto muy inglés, y se puso a teclear como si solo tuviera un dedo y por un problema de coordinación no pudiera usarlo más que una vez cada 30 segundos. Pero a F. y a mí nos pareció que trabajaba y era serio. En cuanto se fue a la mañana siguiente a buscar curro dando clases de inglés, entramos en su cuarto. Medio folio escrito resplandecía sobre el rodillo. Con nuestro inglés no lo entendimos muy bien, pero la letra parecía buena. A la una del mediodía volvió a casa y le invitamos a un vermú. Nada de cañas, vinos españoles. Se le puso la nariz roja y durante 7 meses la conservó de ese color, lo mismo que mantuvo ese medio folio en la máquina, aunque de color cada vez más grisáceo por el polvo que se acumulaba sobre él. En fin, para resumir, la comuna urbana empezaba con, a saber, dos personas salidas de la anfetamina, una depresiva, un viajero del magical mistery tour perdido en el monte, un rubio que no tenía nada que ver con nosotros y un filósofo británico en estado etílico permanente. Perdona que me repita, pero, ¿vas poniendo la historia en imágenes?
—Todavía no, pero sigue. He entendido que sois seis.
—Eso es, lo has pillado todo perfectamente.
La casa se va llenando de amigos porque el salón es irresistible. Traen bebidas, libros subrayados para que veamos qué frases han elegido, artículos que no les va a publicar nadie y los vociferan para nosotros o, en algunos casos, para las paredes. Como un acto de rebelión contra la propiedad, hemos hecho 10 copias de las llaves que vamos repartiendo a los que nos caen mejor, como si fuéramos un programa de la tele y que, por lo visto, ellos recopian y pasan a otros. Eso crea momentos de crisis, una de ella casi ideológica. Una tarde en la que F. y yo volvemos juntos de la Facultad encontramos el salón repleto de gente, vamos a entrar a ver qué eso y nos informan que se trata de una reunión de estudiantes gallegos revolucionarios y no estamos invitados, que no molestemos; les damos la contrainformación de que somos los dueños de la casa y que se pueden ir a poner rótulos en gallego de las calles cagando leches; nos llaman fascistas de mierda mientras se van; nos sentamos en un sillón del salón tan a gusto. Fascistas, no te jode, comento yo. F. va a su cuarto a ponerse cómoda. Es decir, en lugar de las permanentes chirukas abrochadas y una trenca azul sobre la ropa, su atuendo casero consiste en las chirucas desabrochadas y nada debajo de la trenca azul, que no siempre lleva abrochada.
—Habría que elegir bien a la actriz, eso puede dar juego.
—Pues ya verás tú el juego de ese tipo que da la historia —le peloteo al ver el decaimiento con que la estaba recibiendo hasta el momento.
—Céntrate en las crisis.
J., totalmente evangélico, casi cada tarde se trae un mendigo a casa, le da de merendar y cenar, de dormir en un colchón que ha comprado y está en el suelo de su cuarto. A la mañana siguiente, a la salida de misa, le entrega el ABC en el que ha circundado en rojo los trabajos que le parece le podrían convenir y le hace fregar lo de la cena. Ese mendigo desaparece para siempre, pero la primera tarde vive feliz en el salón y por toda la casa. AG, quiere perder la virginidad y ella y F. me eligen a mí. Aclaro que no tengo el menor interés en el asunto, porque además vive en casa y no quiero tonterías después. Hago el favor, en dos noches consecutivas para que la cosa sea suave, y después hay tonterías. No aprendo. En la casa ha sucedido la aparición de una chica muy simpática que conocíamos de vista porque por las noches vende flores en los bares. Es una bailarina en paro que, por la música que sale de su habitación, está toda la tarde ensayando, salvo cuando sale, totalmente desnuda, y monta en bicicleta por el pasillo, derrapando en el ángulo recto. Los amigos desean que falle en el giro y se dé una hostia para ir a prestarle ayuda: eso lo veo en la mirada soñadora que tienen cuando aparece la ciclista, mientras dan la impresión de que me escuchan. Como el rubio del cuarto pequeño, no participa del salón, de las comidas ni de nada. Simplemente, ocupa una de las habitaciones libres y monta en bici por el pasillo. El negligé doméstico de F., y la ciclista, aumentan las visitas hasta un punto que resulta incómodo.
En diciembre, tenemos dos bajas. Por un lado, AG, malaconsejada por un psiquiatra famoso del seguro escolar, y en contra de lo que opinamos F. y yo, acepta una cura de sueño de una semana y desaparece tres meses. F. se entera de que el rubio es un poli. No me dice nada, según me dijo después, porque entre tíos esas cosas tienen malas soluciones, pero esa tarde al volver de la facultad coge el cuchillo más grande de la cocina y le da 10 minutos para irse. Me lo contó el mendigo del día, que todavía estaba algo asustado el hombre. Yo se lo reproché a F, porque pensé que el pobre muchacho estaba ahí porque el cuarto era barato y no para vigilarnos. El caso es que se van produciendo vacíos, que tienden a llenarse con los peores personajes. La comuna sigue funcionando en el salón, claro, que cada día se parece más a esos bares americanos para perdedores tontos que salen en las películas y abren las 24 horas. Solo que este, en lugar de perdedores mirando la copa, está atestado de sicilianos vehementes. Más o menos por esas fechas se produce una desviación de la historia, ¿te la cuento ahora?
—¿Tiene que ver con el argumento central o es un entremés?
—Me parece decisivo y es una desviación que cae sobre el argumento como un deus ex machina esencial.
—Pues si no hay más remedio, pero si salen nuevos personajes no me pongas iniciales, que me pierdo.
Resulta que F. quiere tirarse a un tío con el que ha quedado, pero va en plan pareja con una tía que parece más aburrida que la hostia y, claro, F. necesita que alguien la distraiga a ella. La operación es un éxito: la novia aburrida y yo nos enrollamos y me voy a vivir con ella; F. se arrepiente en dos días de su movimiento, porque el tipo es poco soportable, pero el mal ya está hecho. Ella me dice la canción esa de No me llames Dolores llámame Lola, así que la llamaremos Nome. Me voy a vivir con Nome, pero sigo pagando mi alquiler y todos los días paso al menos un par de horas por el salón, para llevar vida comunal y para asegurarme de que el Congreso del Pueblo sigue en sesión permanente y de que mi cuarto no sea ocupado. Nome comparte la casa con dos parejas. Una de ellas está formada por una amiga suya, a la que llamaremos Rubia Buenorra, y por un exnovio de ella que le ha endosado y al que llamaremos, sin más explicaciones, Bobo. Al ir conociendo a sus antiguos novios, empieza a preocuparme que me haya elegido como pareja. En la otra habitación, una tía magnífica de cojones, a la que llamaremos Tía Magnífica, vive con un arquitecto, hijo de un conocido industrial vasco, cuyo padre lo metió en un manicomio porque el niño arquitecto, a la hora del desayuno de su padre, acostumbraba a sentarse desnudo con él, comer con las manos del plato del padre y maldecirlo porque una de sus industrias es la fabricación de armas. Era un poco hippy, el arquitecto, pero simpático y con buenas manos para construir porros preciosos y muy grandes. Quiso la mala suerte que la luz de la casa de las tres parejas, de sistema antiguo, reventara. No tuve más remedio que organizar un traslado de los seis a mi casa, que seguía pagando. El salón, con los recién llegados, que seis personas son muchas personas si vienen como grupo, entró en una fase que habríamos podido llamar de fractalización psicodélica, si entonces hubiéramos sabido algo de los fractales. Entre tanto, pasaban por la casa como semipermanentes personas de lo más jodido, como un nieto de un general republicano que se decía perseguido y que se pasaba el día entero hablando con la novia que tenía en Argelia. Decía que ella lo llamaba, pero cuando llegó la factura del teléfono vimos que nos había mentido y que nada más ver el sobre de la Compañía Nacional desapareció. Al menos, desde entonces tuvo motivos para sentirse perseguido. ¿Y F.?, te preguntarás.
—No, que yo no me pregunto nada.
—Te falta paciencia para ser un productor de cine.
—Va a ser eso. Vale, te pregunto, ¿y F.?
Le fue fatal con el exnovio de Nome, aunque no tanto como a él, pero enseguida se consoló con un bancario que estaba casado y según ella era un tío de puta madre. El caso es que una noche el bancario le dijo a su mujer que sacaba a pasear al perro y se vinieron los dos a vivir a casa, él y el perro. Un setter irlandés precioso y muy inteligente. Cuando las tres parejas de la otra casa tuvimos que venirnos a la comuna, o bar libre, o como quiera que se le pueda llamar, el bancario ya había desaparecido, pero el perro se quedó.
—Llevaba ya un tiempo pensando que esta historia necesitaba un perro. Pero olvídalo. En los platós, los perros no hacen más que joder escenas.
—Pues contratas uno adiestrado, porque el perro se queda.
—Ya que hablamos de quedarnos, cerramos el restaurante y este bar de copas tiene toda la pinta de que va a hacer lo mismo. ¿Por qué no me das un final y, si eso, ya relleno yo lo que falta?
—Lo tengo.
Imaginemos una escena tomada cenitalmente en la que gran parte de los que están en el salón beben y fuman porros; las dos parejas de recién llegados se meten mano; Nome y yo no, porque insisto en dar discursos y hay tiempo para todo; el mendigo del día no puede creer la suerte que ha tenido, ya que desconoce el adiestramiento al que será sometido a la mañana siguiente, y opina, sin que sirva de mucho, que comprar pan y unas latas sería ya el no va más; J. me habla de la dulzura del Señor, sin saber que he aprendido a no oír su voz; Nome, que le ha caído muy bien J. y hasta le da cierta pena, intenta convencerle de que no pierda el tiempo; alguno de los amigos intenta ligar con Rubia Buenorra en cuanto Bobo se ausenta un momento; el filósofo ríe con todo porque la vida es así y es maravillosa, y trata de convencer al grupo, con discursos tan vehementes como los míos, de que sería preferible comprar vino más barato pero en más cantidad; F. dice cada diez minutos, sin moverse del sofá, que se tiene que arreglar para salir; y el setter, al oír la palabra salir, cree que lo van a sacar a mear y empieza a ladrar desaforadamente.
En una de esas trampas que hacéis en el cine, la cámara abandona la posición cenital, se ralentiza y puede verse, a través de la amplia puerta de doble cuerpo, que la blanquecina figura fantasmal que parecía un efecto mecánico, como un flash de discoteca, es una joven desnuda montada en bicicleta. Me parece a mí que eso enfatiza la locura de la vida. Además, te gustan las tías en pelotas.
La cámara vuelve a la posición cenital y retrocede; o sube, como si ello fuera posible y arriba no hubiera más pisos, hasta que, en la distancia, lo mismo que pasa con la bóveda celeste, parece que el grupo realice movimientos armónicos: da la impresión de que es un grupo verdadero que hace algo real. Con la lejanía del plano, solo se oyen ya los ladridos del perro y, con esa sensación de tranquilidad inquietante, la pantalla se funde a negro.
—Bueno, qué, ¿hay ahí o no una película?
—Siempre la hay. En este caso, una película de mierda.
—Quizá no la haya contado bien. La cuenta, en todo caso, es cosa tuya, ¿no?