lunes, 16 de agosto de 2010
Octavo 100e de Verónica Leonetti
domingo, 1 de agosto de 2010
Qué hastío de estío: Grupo salvaje (la familia) 2

Advierto que el post de hoy es largo, pero como estaré un tiempito fuera, tenéis tiempo. También he de decir que, dado el tema, tengo que contar historias mías, pero estoy seguro de que son ejemplos de la misma o similar situación para todos. Sería enriquecedor que tetuliarais las vuestras y, más todavía, que os interpelarais como en una tertulia de verdad.
Soy el monaguillo de la izquierda según se mira. Hay tan pocas fotos mías que es difícil encontrar una apropiada. Debo tener unos 10 años, por lo que estoy fuera de la fase épica, pero tampoco entré en la edad de la razón de golpe y porrazo, más bien me entretuve perezosamente en alargar la épica hasta bien entrada la de la razón (tengo fechado su final: cuando por primera vez me hicieron gracia los libros de Guillermo Brown, porque era capaz de ver la ironía: ese longevo niño épico había muerto para siempre), así que algo debía permanecer, mezclado, y la foto tiene que valer. Ser del grupo de monaguillos del colegio era estupendo, porque estábamos en clase, aburridos (las clases eran de hora y cuarto; desde las 9 de la mañana a las 6 de la tarde, con hora y media para ir a casa a comer, de lunes a sábado) y entraban y pedían uno para ayudar a misa al Padre Nosequé. Si tenías suerte, una hora fuera de clase. Una vez me tocó ayudar a un Padre al que llamábamos el Sordo. La iglesia del colegio, en esos casos de misa “sobrevenida” a deshoras, estaba vacía. Me colocaba de rodillas detrás del cura, que todavía la decía mirando al frente. Esa vez, como era el sordo y me encantaba tocar la campanilla, la toqué constantemente. Cada movimiento que hacía, campanillazo. A un tercio de la misa se volvió y me dijo que no estaba tan sordo, que la tocara solo cuando estaba mandado. Ya no la volví a tocar, dispuesto a jurarle que sí, pero que él no la había oído. Al terminar, me dijo: “Cuando pidan un monaguillo para mí, no te vuelvas a ofrecer”. El caso es que era muy creyente y piadoso; todos lo éramos. Nos gustaba la Historia Sagrada con todas esas batallas e historias interesantísimas. Y el Evangelio nos llegaba dentro. Pero teníamos una creencia de tú a tú con ese Jesús: opinábamos que los curas se tomaban las cosas a la tremenda; que estaban un poco locos y no sabían nada de la vida, que a Jesús no le importaba que nos pitorreáramos constantemente. Comulgábamos los domingos con gran devoción, pero al volver hacia nuestro sitio había un concurso de muecas cuando no había profes atrás, in vigilantia.
Mi propuesta de hoy es la familia real o épica, en el anterior me referí a la extendida (hacia el pasado y el futuro) y luego está la creada voluntariamente, tengamos o no hijos (la menos interesante desde el punto de vista de las emociones “incrustadas”). No sé cuándo comienza, pero sé que termina cuando empieza la llamada “edad de la razón”, con la que convive un tiempo. Los pensamientos se unen unos a otros mágicamente y vivimos la fase como una “puesta en el mundo”: Todo lo que se piensa es posible. Queremos ocupar un puesto en el mundo, un puesto privilegiado, siendo los elementos más débiles de la familia, pero, repito, todo lo que se piensa es posible. Algunos nos damos por vencidos; otros no cejamos de luchar. Los psiquiatras no dejan de poner nombres de “complejos” a los escenarios que se crean en esas épocas y, de tanto oír la palabra “complejo”, pensamos que es una “situación psicológica”, olvidando que el significado es el de una situación muy “compleja”. Voy a contar dos historietas como ejemplo del “todo es posible”.
La primera es de mi hijo cuando tenía unos tres años. Yo volvía de tomar un café para seguir traduciendo y me lo encuentro bajando la escalera, con aspecto de gran voluntad y dignidad, con la bata y las zapatillas de cuadros. ¿Dónde vas?, le pregunté. Me voy de casa, me contestó tan campante. Le dije algo así como que subía por las buenas o lo subía a patadas en el culo. Con gran tranquilidad, cambió de dirección: necesitaba seguridad y firmeza, que es lo que Lola no le había dado en una discusión que había tenido, así que dijo “me voy de casa”, abrió la puerta y se marchó, dejando a Lola sin saber qué hacer de momento. Para él, todo lo que se pensaba era posible.
La otra es mía. Debía de tener 4 o 5 años. Me llevaron al circo y me encantó un funambulista. Al volver a casa, viendo abierto el balcón del cuarto de mis padres, que estaba vacío, me encaramé por el enrejado del balcón para practicar en la barandilla. Ya estaba casi arriba, haciendo equilibrios para ponerme de pie, cuando una vecina de enfrente dio un grito y, del susto, me caí... hacia el lado de dentro. Todo quedó en una “compleja” fractura de muñeca que me obligó a estar enyesado buena parte del verano. Pero... todo es posible. A mi hermana y a mí mi madre nos llevaba a la playa a las ocho y media; después del largo baño, nos secaba y nos daba una manzana y, después, un vaso de café con leche de un termo (entonces, los niños tomábamos café; aunque dudo mucho de que el café fuera café). Me ataba una bolsa de plástico por encima de la escayola y me bañaba con el brazo en alto, como un pequeño fascista. A las 10 estábamos en casa, con las persianas bajadas, y solo el mundo mítico me salvaba de hacer cualquier burrada.
Esta parte, de la que conozco mil historias de mis amigos, es la parte buena: la del yo voluntarioso y creador; la que se afirma con los cuentos clásicos, donde elaboras que si tus padres no pueden dar de comer a todos los hijos y te dejan solo en el bosque, si quieres puedes salir de esa. La parte en la que un palo es la mejor espada del mundo. Y esto lo recuerdo, no es que “imaginaras” una espada reluciente, no: veías un palo, pero “por el poder que te había sido otorgado”, ese palo del suelo podría enfrentarse a la mejor espada. ¡Ah! y no creo que la situación sea diferente para las chicas: esos libros crean la misma capacidad de independencia en ellas: eligen como proyección el personaje del héroe, sin importar que lleve faldas o pantalones.
La parte menos bonita también existe. La lucha de poderes para plantarse en el mundo. Mucha atención, que hablamos de poderes emocionales. Esos niños tiranuelos que deciden cuándo y lo que comen, que berrean hasta que les dan lo que quieren, no son fuertes, sino débiles; lo que están heredando es la “debilidad” de sus padres y no soportan su propia debilidad. Un niño equilibrado acepta esas acciones de doma, porque quiere y necesita que sus padres sean fuertes y le ofrezcan seguridad. Pero en la lucha real y sana, hay algo épico: ocupar el puesto del héroe que todo lo soporta y todo lo puede no es fácil con las constantes intromisiones de los padres. No es fácil no rendirse, pero en no hacerlo se basa la propia fuerza para el resto de la vida.
La otra parte amarga es el reparto de amor: somos de naturaleza grandes acaparadores y celosos. De mi hermana y mis dos hermanos mayores recibí, y di, el mayor de los amores. Ni un solo conflicto he encontrado en mis buceos por las aguas oscuras: la gran diferencia de edad significaba que yo era un juguete lindo que participaba en otra liga. De mi tía soltera recibí un amor enfermizo del que me aproveché, en lugar de devolverlo: cargaré con eso toda la vida. De mis padres... ¡hum!, los principios fueron desastrosos y, aunque hicieron todo lo posible para compensarlo, mi situación era de debilidad, de duda, lo que lo estropeaba todo.
Sigo soñando a veces que desde la Rambla veo a lo lejos mi casa, con las luces encendidas, pero es como una torre inaccesible, o no puedo cruzar los 400 metros reales de distancia, o llego allí, pero tengo que entrar como un ladrón, esperando que se vayan los que la habitan. El sueño nunca termina entrando en la casa. Me falta algo que espero recuperar, como he recuperado otras cosas. Fue el escenario de la batalla principal, del gozo principal: el espacio que está por encima de todos los espacios.
La casa era de alquiler, un alquiler ridículo que mi madre siguió pagando cuando ya no vivíamos en ella, a cambio de tener todas las cosas menos las de valor, que había repartido entre los cuatro cuando todavía vivía. Lo que había en mi dormitorio no era de valor: fotos, cartas, muchos libros, montones de libretas escritas. Me llamaron mis hermanos para que fuera a recoger lo que quisiera, porque la iban a derribar en un mes con todo lo que hubiera dentro. Les contesté que de lo que había allí nada servía. Así que lo perdí todo. Fue una jugada de farol, con la que creí que me libraría de ella, pero no funcionó, porque la casa sigue existiendo.
En la terapia regresiva emocional aprendí todo eso. La primera vez que me encontré con mi padre, que lleva 50 años muerto, me lancé a pegarle. Se protegía con los brazos y me decía “no entiendes, no entiendes”, con voz cariñosa. Tuve otros encuentros, en los que me explicó lo que entonces no había sido capaz yo de entender. Acabamos dándonos un abrazo emocionante. Nunca había aparecido en mis sueños: estaba borrado. Pero después de eso, estaba en un sueño en una casa compartida con tres jóvenes amigas. Nos íbamos de vacaciones, cuando llamaron a la puerta. Era mi padre, vestido como yo lo recordaba. Entró jovialmente y me dijo que nos acompañaba. Sacó una postal del bolsillo de la chaqueta y me dijo “No te preocupes por tu madre, mira la postal que le voy a mandar”. La postal decía exactamente: “Querida Mercedes, me voy de vacaciones con Nano, hace tanto tiempo que no nos veíamos. Volveré pronto”. Desde ese sueño hay una enorme paz entre nosotros.
A mi madre tardé en abrazarla en esos encuentros. Pero no eran abrazos totales. El día que lo consiga estoy seguro de que veré la casa en un sueño y podré entrar en ella.
Bueno. Lo solté casi todo. Ha sido muy largo para una tertulia, lo sé, pero no supe explicar de otro modo lo que es y significa la familia real y la fase épica. Ojalá despierte en vosotros el deseo de recordar: la pérdida del miedo al recuerdo. Y compartáis con todos esa fase que no es sino un libro de aventuras, del que siempre es bueno hacer una segunda edición revisada y corregida.
martes, 27 de julio de 2010
Qué hastío de estío: Grupo Salvaje (la familia) 1

Mi bisabuelo (el abuelo de mi madre) de muy joven en la Guerra de Cuba. Lo miro y creo estar viendo al segundo de mis hermanos.
Desde que empezó a llegarme la remesa de fotos antiguas, me siento agitado y pienso. Pienso en qué somos. La individualidad, el yo, lo que chapotea en el líquido materno, sale, crece, experimenta y se muere, respondería a la pregunta de “quién somos”; ya comentaré de eso si es caso. Como miembros de la familia que se extiende hacia el pasado, pero también al futuro en que estemos muertos, la pregunta sería “¿qué somos?”.
Como creo que cuando morimos se acabó, necesitaba encontrar una trascendencia sin credos. Creo que la he encontrado (al menos para mí). Somos datos de información. Datos que se unen a otros datos y producen conjuntos de datos más complejos que transmitimos y formamos cadenas todavía más complejas. Datos para la supervivencia de los genes del grupo. Puedo llegar hasta mis bisabuelos por la parte materna, gente acomodada que se fotografiaba desde el siglo XIX. Por la paterna, me quedo más corto, pero puedo imaginar muchas cosas. Es como si recordara hormigas vistas desde arriba, sin diferenciar una de otra: moviéndose con el objetivo de mantener vivo el hormiguero. Cada una sabiendo lo que ha de hacer, comunicándose por el cruzamiento de las patas dónde hay comida: en qué dirección y a qué distancia (las abejas lo hacen y creo que las hormigas también). He visto a la familia desde arriba y he visto esa comunicación: el salvaje hormiguero humano.
Cuánta información y datos transmitidos genéticamente (el bisabuelo clavado al hermano segundo). También debe existir una zona neuronal oscura que vaya más allá de los rasgos físicos: información. No puedo explicarme ciertos sueños y pesadillas sino creo que la experiencia acumulada por mis antepasados me ha llegado genéticamente, planteándome dudas, enigmas, caminos para la supervivencia del grupo. No mi familia: todas las familias. Recibimos una experiencia acumulada que busca la experiencia del grupo. A diferencia de los insectos, en nuestro caso es acumulativa, creativa. Está ahí, incluso para que cuando entremos en una crisis, una crisis de grupo suprafamiliar me refiero, podamos salir de ella y avanzar. Los genes egoístas.
Hacia el futuro también. Aunque no tengamos descendencia, significamos muchas cosas para algunos que nos rodean y esa experiencia, convertida en datos por los que sí la van a tener, o en historias contadas o convertidas en Arte, llegará a otros. ¿Cuándo desaparece nuestra influencia individual una vez muertos? ¿Cuándo pasa a formar parte del colectivo, iba a escribir el mar, de la experiencia de los antepasados directos? Cuando desaparezcan los que tuvieron un conocimiento directo de nosotros. Entonces pasaremos a formar parte de un mar de conciencia (al final, lo dije), una complicadísima bola de datos que casi no puede comunicarse sino mediante mitos: cuando nos habla no un individuo, sino una colectividad.
Datos para la supervivencia; por lo tanto, salvajes.
Es mi abuelito. Con dos cojones y un pincho en el casco. De mi familia materna, todos los antepasados varones de mi abuelo fueron militares del ejército de Tierra. Los antepasados varones de mi abuela, marinos de guerra.Fue el último de mis abuelos en morir, cuando yo tenía poco más de dos años, así que no recuerdo nada de él. De mi abuela paterna, que murió en mi casa meses antes, sí tengo un recuerdo exacto. El primero de mi vida; pero no es una historia para hoy. Aún sin conocerlo, su muerte provocó dos historias que sí conservo en la memoria.
El rel
En casa, siempre iba vestido con una bata de rayas verticales azules y blancas, de escolar. Cuando mi madre estaba bien, me dibujaba cosas en una hoja. Ese día me estaba dibujando un reloj. Cuando solo había trazado el círculo, la aguja pequeña arriba y los números hasta el quinto, llegó un telegrama que decía que su padre había muerto. Adoraba a su padre, se echó a llorar y guardé el dibujo en un bolsillo de la bata. Durante varios días, lo sacaba a escondidas, ese “rel” inacabado, y pensaba que estaba relacionado con la muerte, aunque no supiera cómo.
Un abrigo incompleto
Meses después, me dijeron que me iban a hacer un abrigo con la tela del capote militar del abuelo. Había visto esta foto o una parecida, así que inmediatamente pensé que el abrigo completo incluía un casco con pincho a mi medida. Me imaginaba saliendo con él a la calle. Nadie me dijo que iba a ser así: tenía una seguridad absoluta a partir de mi lógica de entre dos y tres años. Cuando llegó el abrigo, pegunté por el casco y se echaron a reír, creció en mí un rencor que duraría mucho tiempo. También me afirmé en una idea que ya tenía algo hecha: los mayores no eran gente de fiar.
Datos, de todas las maneras posibles aprendemos o elaboramos datos.
Un hombre de familia excepcional. Pero también un militar excepcional que había guerreado en Filipinas, en Cuba y en Marruecos, donde Franquito (así lo llamaba mi abuela) fue subordinado suyo.
Me sentiría más tranquilo diciendo que mi abuelo fue un hombre de familia excepcional y uno de los mejores panaderos de Madrid, en cuya panadería la gente hacía cola. Inútil. Parte de mis genes son de guerreros. De un modo u otro, están ahí. En el grupo salvaje que nos ha antecedido a todos (aunque no hayan sido militares). No puedo ni quiero negarlos. Me limito a respirar suavemente al acostarme, esperando que me digan algo que está ya, aunque mudo, dentro de mí.
jueves, 22 de julio de 2010
Séptimo 100e de Verónica Leonetti
Ayer, cuando Verónica me mandó la ilustración que iba a poner para el Escalón 7, me quedé impresionado. No recordaba cuál era el texto 7. Lo leí, miré la ilustración y sentí algo muy raro. Como un placer que no me correspondía, y por eso más agradable: participar, sin apenas hacer nada, en un conjunto espectacular. Estoy seguro de que os va a maravillar: solo tenéis que hacer clic AQUÍ.
Como de costumbre, los comentarios solo se pueden hacer donde Verónica.
sábado, 17 de julio de 2010
Qué hastío de estío: El indocumentado cielo de la amistad
Los amigos son la carga más ligera de nuestro corazón, pero llegado el momento no nos importa cargar con su dolor como si fuera nuestro. Son los indocumentados del poder, no están en ningún código jurídico, no heredamos de ellos ni ellos de nosotros; no tienen patria ni religión; si es necesario, te ayudan o les ayudas; si alguno se hace rico, no comete la indelicadeza de querer arreglarte la vida: un día te invita donde no podrías ir y otro se deja invitar donde dejó de ir; si alguno sigue pobre, o se empobrece, tiene abiertas las casas de los amigos, las carteras en los bares, todo discretamente y sin convertirse en una carga.
Los amigos no tienen siquiera la carga de aferrarse en el tiempo. A veces sn para siempre; otras veces aceptan que su vida, o la tuya, han cambiado: pero si los vuelves a encontrar notas que una sonrisa como las de antes se abre a la fuerza, tocando músculos de la sonrisa ya atrofiados. La amistad se cuenta por lunas llenas: cien lunas llenas revela una amistad potente. Las religiones, las ideologías, el poder, no los mencionan en sus escritos.
Los amigos lo entienden todo. Hubo un tiempo en que se aplicaba lo que cantaba Serrat: “Mis amigos son gente cumplidora / que acuden cuando saben que yo espero. / Si les roza la muerte, disimulan, / que pa’ellos la amistad es lo primero”. Hoy, saben que me fatigo con facilidad, no sé por qué ni tampoco me importa mucho, y no dicen nada cuando desaparezco demasiado pronto de las reuniones.
Me acuerdo de F., con la que fundé una comuna urbana en Madrid, que acabó desastrosamente como todas. Cuando le daba un desamor se venía a nuestra casa y la ponía patas arriba, bebiendo coñac y poniendo canciones de Aute a cualquier hora. Ni a Lola ni a mí nos importaba; hacíamos nuestra vida y hablábamos constantemente con ella, de todo menos del amor. Hasta que un día se echaba a reír, bajábamos a tomar una cañas y al subir hacía la mochililla y se marchaba con su sonrisa maravillosa. Un día, cuando se termino la recta en la que conducía a toda velocidad, no supo, no pudo o no quiso tomar la curva. Era, y éramos con ella, como la canción que canta Camille: “Levántate, está decidido, déjame reemplazarte, tomo tu dolor, suavemente, sin hacer ruido, como se despierta la lluvia, voy a quedarme con tu dolor”.
A veces los amigos se separan bruscamente, con razones. Es la vida. Lo mismo que las arterias elásticas se van endureciendo y una se llena de nicotina, también un amigo, una persona, se puede endurecer y no dejar que la vida pase por él. C. era el mejor amigo de Lola, poco después lo era mío. Un loco de la vida que trabajaba en lo más cutre de la noche de Madrid. A veces llamaba al timbre a las 4 de la madrugada, porque no quería volver a su casa. Lola blasfemaba y seguía durmiendo. A veces yo sacaba el whisky, ponía música y me quedaba con él hasta el amanecer; otras, sacaba la bebida, le señalaba el tocadiscos y seguía durmiendo, hasta que él me despertaba con el café hecho. La codicia le vino ni se sabe cuándo. Para él, para los que son como él, esta canción de Vainica.
Todo lo anterior vale para llegar al cine de hoy. En 1986 vi El declive del Imperio Americano, una película de las que te hacen hablar horas en los bares. Copio una sinopsis de Filmaffinity: “Uno de los grandes éxitos del cine canadiense de los años ochenta. El director francófono -natural de Quebec- Denys Arcand retrata dos grupos, uno de hombres y otro de mujeres, hablando de sexo; sus fantasías, sus frustraciones, sus intimidades... (FILMAFFINITY)”. En 2003, el mismo director con los mismos actores/personajes estrena Las invasiones bárbaras. Uno de ellos enferma de cáncer y va a morir. Los demás amigos, con la amistad olvidada y cada uno en un rincón del mundo, lo dejan todo y acuden a estar con su amigo las últimas semanas. Esta sinopsis que he hecho no es cierta, es solo uno de los temas, pero es el que más me interesa ahora. Os dejo con 2 vídeos del Tubo. ¡Gran Sesión del cine en la calle!
La lo he hablado con Lola; esta tardinoche sesión doble: nos vemos las dos.
sábado, 10 de julio de 2010
Qué hastío de estío: Apocalípticos, integrados y profundamente idiotas

Sin embargo, me resisto a no integrarme en la belleza y el riesgo. La sigue habiendo. Se puede encontrar en el minicine de verano en este pequeño tráiler que proyecto de Jules et Jim, una de mis películas favoritas de aquellos tiempos.
sábado, 3 de julio de 2010
Qué hastío de estío: Bandidaje somos todos
La foto está hecha en la casa de mi abuelo materno, en Madrid. En la foto completa, en un sofá estamos todos los primos que habíamos nacido y éramos capaces de mantenernos sentados; desde la mayor, a la izquierda, al más enano (o sea yo), a la derecha. Mi abuelo materno era un hombre acomodado y tenía máquina de fotos. Siempre le he agradecido que no pusiera obstáculos a que su hija se casara con mi padre, no lo era. Y no tenía cámara de fotos, claro. Pero de los 4 hermanos, soy el único para el que no se contrató un fotógrafo para que me sacara con el traje de cristianar. Que cada uno saque sus consecuencias.
Emocionalmente, antes incluso del nacimiento, viví aquel frío, y me lo expliqué a mí mismo, imagino que con imágenes y sensaciones, como que había dos bandos: por un lado yo, y por el otro todos los demás. Tuve claramente la idea de que si quería sobrevivir, y bien que quería, tenía que espabilar. Para espabilar, es necesario un reconocimiento detallado del escenario donde se van a producir las batallas. Tardé en hablar, pero me fijaba mucho en todo. Volved a la foto: lo que había aprendido buceando, ¡la fijación está ahí!
Esas piernas gordas son un regalo del señor Marshall (o un robo de los regalos del señor Marshall a los niños de la Europa democrática). Mi padre trabajaba en las oficinas del puerto y mi madre, enferma, no me podía amamantar. Creo que la escena, cuyos detalles me estoy inventando, pudo ser más o menos así: hizo escala en el puerto un barco americano, para descargar mercancías y seguir su rumbo. Los de Aduanas sabían que el barco llevaba, digamos que a Marsella, toneladas de leche en polvo, regalo del gobierno estadounidense. Los obreros del puerto, expertos en bajarse lo que no estaba en la lista, opinaron que no sería difícil bajarse unas cajas para que comiera el hijo de Pepe. Debieron llenar la casa con ellas y, como era gratis, y la época era de hambre, posiblemente me embitían un biberón a poco que abriera la boca. Crecí, me fortalecí, seguí fijándome mucho; y mantuve mi guerra.
Demos un salto de tres años desde la foto y os cuento mi aprendizaje del bandidismo social. Me había acostumbrado a dos tipos de vida: en casa, por mi madre, era silencioso y me movía como un gato. La tensión mantenida es como un resorte, que se disparaba en el exterior, donde actuaba como un bárbaro. Había aceptado condiciones. Pero con tres años y medio, y un agravamiento de mi madre, no podía estar en casa todo el día. En mi ciudad había una escuela de recogida de niños con problemas, en un primer piso del centro. La llevaban dos hermanas que se repartían el trabajo de los niños que necesitaban ese sucedáneo de lo que ahora son las habituales escuelas infantiles. En un aula a la derecha, con balcón, los menores hasta cumplir 7 años. En otra aula al fondo, sin ventana, la de los niños de 7, 8 y 9 años, que preparaban el examen de Ingreso para hacer el bachillerato elemental, y que para un niño de menos de 4 eran gigantescos. En medio, un pasillo largo, algunas puertas cerradas, y el baño. La tierra de nadie donde se libraban las luchas y los golpes. Ahora, los niños, van a clases especiales, por ejemplo de judo y karate, que los padres pagan. En aquella escuela, aprender a atacar y defenderte en la tierra de nadie era gratis; como se dice de los coches, venía de serie.
Tanto me gustaba aquello, a pesar de que los mayores pegaban fuerte, que se cuenta, aunque de eso solo tengo un recuerdo borroso, que me despertaba pronto, cogía el cabás y me sentaba en pijama en el sofá de la sala con el cabás sobre la piernas, deseoso de que alguien se levantara, me lavara y vistiera, me diera de desayunar y me llevara al parque temático más fabuloso que he conocido nunca.
Mi padre consiguió que, a finales de noviembre, me aceptaran en el colegio de curas, aunque no tenía la edad reglamentaria. Contaba en mi favor que mientras los que iban a ser mis compañeros repetían lo de la m con la a ma, yo sabía ya leer, escribía algo, y me las apañaba con algunas de las reglas aritméticas: demasiadas horas en el aula del balcón oyendo cuentos y practicando esas habilidades. En el nuevo colegio conocí el bandidaje institucional. Me hicieron saber que también en primero de elemental se practicaba la división en dos bandos (tropas, las llamaban): la de los romanos y la de los cartagineses. Hasta para la organización mafiosa se tenía un gran respeto por las humanidades, en ese colegio. O elegía pronto o me pegarían todos. Con lenguaje de hoy, podría decir que eran unos pringaos que no sabían con quién estaban hablando. Apenas llevaban dos meses separados de las faldas de sus mamás, mientras que yo venía de un campamento de instrucción de comandos de las fuerzas especiales. Antes de terminar la primera semana era el jefe de la banda (tropa) de los cartagineses, ejerciendo con tal creatividad mi jefatura que terminé por tener problemas, cuando tres años después íbamos dejando de ser de goma. Me tuve que hacer “bueno” como nueva táctica de supervivencia. Pero esa es otra historia. Dar y recibir era el juego. Al crecer, los golpes empezaban a doler de verdad, así que cambiamos los ataques físicos por otros más sutiles. Pero no he hecho otra cosa que encontrarme en bandos sin comerlo ni beberlo.
Padres y madres que creéis que vuestros hijos no piensan así, caed del burro. Cierto que lo he contado con un lenguaje articulado, pero esas son las estructuras de pensamiento infantiles, quizá en mi caso exacerbadas por las condiciones que imponía la enfermedad de mi madre; aunque siempre hay algo, así que no creo que haya mucha diferencia. Si no me creéis, pasaos por Donosti y conoceréis cómo fuisteis.
Esta canción nos describe perfectamente. Quizá el mundo sea más o menos así, pero España lo es al 100%. Me contaba un masón que las logias liberales europeas tenían una estructura basada en un centro que era el Gran Oriente, situado en la capital, con centros adscritos en el país. Así funcionó en toda Europa, menos en España. El Gran Oriente de España se convirtió en una bulla, empezaron a subdividirse, como hacen las células, y tuvimos el Gran Oriente de Pérez, el de Martínez, el de Gómez...
O pensad, si no, en el ambiente en el trabajo. Uno llega a una empresa dispuesto a hacer su trabajo y no meterse en líos. Sonríe y saluda a todo el mundo y todos le devuelven el saludo y la sonrisa. Por cualquier razón, repite tres días mesa en el comedor con las mismas personas y ya está perdido. Al día siguiente, alguien le devuelve el saludo con cara seria. No lo sabe, pero existían bandos y sin darse cuenta se ha metido en uno, heredando por ciencia infusa trifulcas que se habían producido años antes de incorporarse a la empresa. Ya no puede hacer nada salvo, quizás, entender mejor cómo es cada uno y abandonar a los compañeros de la primera mesa, que dejarán de saludarle, para que el serio se vuelva efusivo con uno.
¿No tenéis experiencias muy parecidas? No es posible, o es muy difícil, no ser un bandido. Aquí podéis contarlas.
¡Viva Godard!
lunes, 28 de junio de 2010
Sexto 100e de Verónica Leonetti
Ah, y como siempre en este caso, no admito comentarios: el que quiera decir algo, lo puede hacer en el blog de Verónica.
domingo, 27 de junio de 2010
Qué hastío de estío: Mis lecturas de Elizabeth Costello
—John, no sé lo que quiero hacer. Lo único que no quiero hacer es quedarme callada."
J.M Coetze
Traducción de Javier Calvo
He puesto esa foto porque comparto genes con el señor de la foto. Éticamente, le tengo que agradecer que quedara hecho polvo después de la matanza y, aunque vivió en África grandes períodos de su vida, no volviera a matar a un animal. Estéticamente, me tranquiliza que no se hubiera plantado allí con un Salakoff. También he puesto la foto porque tiene mucha relación con el libro.
He leído todo lo que he podido del maestro J.M. Coetze y, en su momento, leí Elizabeth Costello. No era el momento apropiado. Aunque no me considero muy inteligente, hay momentos en los que la mente se me fractaliza, dispara ideas parecidas e inconexas y me vuelvo tonto de remate. Me aburrí leyéndolo, no conectaba unos capítulos con otros y perdí el tiempo. Intuía que era su obra maestra, la que todo gran escritor deja para ser analizada desde todos los puntos, pero aún así no la entendí.
La he vuelto a leer hace muy poco (la terminé hoy). Es espléndida, la obra maestra que esperaba... pero seguía sin entender el motivo. La anciana Elizabeth, escritora de éxito en otros tiempos, da una serie de conferencias, más vieja cada vez, en las que en lugar de hablar tenuemente de su obra, habla de su pensamiento, racional y bien estructurado. Cosecha una frialdad tras otra. Este tema ya lo trató en Desgracia, una novela cuyo título es un muy grave error de traducción, porque “disgrace” significa “vergüenza”, “deshonra”. Me refiero al tema de los ultraprogres (ultrafeministas, ultragays, untrasocialdemócratas, ultranacionalistas periféricos disfrazados de progres en otros tiempos...) que hunden a quien no tiene un pensamiento políticamente correcto. Ya no hace falta que te critique la derechona eclesiástica. En cualquier momento puedes ser antisemita, homófobo, racista... aunque por supuesto no lo seas: basta con decir algo que no se ajuste al cliché del establishment cultural. Nadie como Coetze ha buceado en esto.
Habla, y mucho, de la banalidad del mal. Es uno de los centros del libro y cuando lo lees ya estás convencido. El amable vecino que nos invita a un te con pastas, si el miedo al diferente le acogotara, podría mirar para otra parte cuando masacraran a los diferentes.
La vejez. Antes de seguir, quiero dejar constancia que vivo estos años como los mejores de mi vida; aunque, consciente de que todo pasa tan rápido, es inevitable sentir cierto desasosiego al saber que la siguiente etapa será ya la del inicio de las incapacitaciones. Elizabeth habla de la vejez de una manera aterradora. En un momento de la novela, se da cuenta de que sus ideas, absolutamente racionales, ya no las considera tan firmes y seguras; me estremecí. Cuando tenía 20 años pensaba que ser viejo era tener canas o quedarte calvo, y tener arrugas; pero que por dentro sentirías la misma fuerza y el mismo calor. Ahora sé que ese calor apagado se irá convirtiendo en frío, pero, otro error, confiaba en que la claridad de mis ideas sería una fuerza permanente a la que sujetarme. Después de leer el libro dudo... y temo.
Habla de la escritura, del significado de esta para el escritor. Nadie que escriba debe ignorar esta parte: le ayudará a ocupar el necesario espacio de humildad.
Pero a pesar de eso no encontraba el intríngulis: lo que la hace obra maestra, en el sentido que sabemos que lo es El Quijote, Ulysses, etc., gracias a que nos lo han explicado. Hoy he leído los dos últimos capítulos y ya lo sé. Pero necesito leerlo una tercera vez, interpretándolo todo por lo leído hoy. Me concedo unos meses para hacerlo: sería muy duro revivir tan pronto ese proceso de soledad creciente.
No se debería leer cumplidos los 60 años. En mi primera lectura no los había cumplido, pero la malogré; y ahora tengo que pagar las consecuencias. No me importará pagar por ello cuantas veces haga falta, con relecturas periódicas hasta que me diga que ya lo entiendo todo.
De ninguna novela de Coetze se sale indemne. Es su grandeza.
jueves, 24 de junio de 2010
Qué hastío de estío: Presentación
Antes de empezar, dar las gracias a José Luis Ríos por prestarme esta foto de su blog, Andandos, en el que hace la historia fotográfica de su pueblo, Binéfar, que vaya casualidad es el de Jesús Miramón. Posiblemente no se da cuenta, pero con imágenes nos está contando algo que para muchos está ya muy lejano. El otro día lo comprobamos, con una foto de una maravillosa carretera arbolada. Para él, era algo natural, pero los que visitamos su blog hace años que dejamos de ver una carretera así. Os animo a visitarlo.
Y ahora, la serie veraniega: reconozco que el verano no me hace gracia. Ni siquiera me gusta viajar y los amigos desaparecen, ¡también los virtuales! Me gusta, a cambio, el mayor silencio.
Todos habéis notado un menor movimiento en los blogs. A mí, me parece bien. La parte más tonta de la blogocosa ha cerrado el blog y se ha pasado a las redes sociales, donde además de tener centenares de amigos se puede dejar un mensaje que diga “Hoy me he levantado con ánimo”, con la seguridad de que será contestado con una frase igual de corta. Son los que a veces dejaban un mensaje que decía: "me flipa tu blog". Otros blogs, realmente interesantes, han ido abandonando por razones más serias, que no apetece tratar con el calor. Somos menos, pero eso a mí nunca me ha importado: nos conoceremos mejor. Y como decía el Camarada Mao (el que no haya oído hablar de él, tiene la Wiki para enterarse), "una minoría en el camino de la Revolución es una mayoría".
Pero, ¡ay!, de los pocos que somos, muchos desaparecéis temporalmente (también yo lo haré 15 días), así que he fregado tres sillas y las he sacado al sol, para tenerlas preparadas para la tertulia del anochecer. Si venís más, pues os podéis traer una sillita: si todos vivís ahí, al lado de mi corazón. Cuando no sea posible, ya sacaré yo algo de la casa, como el sillín del piano o la bici estática (de estatismo permanente, la llamaría).
Como el Parvulario del año pasado, esta serie banal e intrascendente me va a permitir enfocar la tertulia con cualquier tema que se me ocurra, que ya hablaréis vosotros de lo que os dé la gana. Es una plantilla para escribir sin orden y concierto. Y cuando algo no entre en ella, con no poner la etiqueta, tan frescos.
Solo tengo un relato editado, en un libro con los compañeros del taller. Al protagonista, un viejo mucho más viejo que yo, tampoco le gusta el verano. Esta es la respuesta que da a la periodista que le entrevista. ¿Os parece mal que, con un solo relato publicado, tenga la desvergüenza de citarme? ¡Que esto es el verano, amigos! Somos tan pocos que podemos hacer lo que nos dé la gana.
"El verano es una estación terrible. Es difícil encontrar a quien quieres, pero resulta fácil que quien no quieres te encuentre a ti. Desprovisto de amigos, me lanzo por el teléfono en cuanto suena. Y una vez te han encontrado, las excusas suenan tan falsas que no las das. Esta conversación que estamos teniendo difícilmente se hubiera producido en otro momento del año. Lo que tal como se va desarrollando, habría
sido una suerte para usted. No, no me interrumpa, ahora que voy a contestar a lo que me preguntó: el verano es un cliché."
domingo, 20 de junio de 2010
Sobre la resistencia
Cuando el Ojo queda abierto siempre
mínimamente humedecido para resistir
sin fugas al pasado o al futuro,
la mirada presente, fuerte, instantánea
deja fuera el tiempo.
Pestañear sería una métrica vertiginosa,
una compasión del cuerpo,
cuando el cuerpo solo es fuerza impía.
sábado, 12 de junio de 2010
Carteo entre la poeta Aroa y la poeta Emily Dickinson
Querida Emily:
Te escribo una carta que no recibirás pues no confío en más que en la carne que me sostiene viva. Como aquel gusano rosa que una tarde se coló en tu habitación. Mientras leía Crónica de plata, me he preguntado muchas veces qué pensarías hoy de la literatura. De nosotros, los aficionadamente expuestos, de todo lo escrito para ser leído como un objeto de mercadeo. Con qué fin llenaste tú tu día y tu noche de palabras, con qué afilada mira clavaste el dardo donde se mantiene tu verso, de qué te alimentabas si no fue de mundo, cómo nunca perdiste el juicio, cómo hablaste del amor sin sentir el húmedo peso de otro cuerpo. Qué les digo de ti a los descreídos de la honestidad del poeta si solamente viviste dentro de tu blanco límite.
Querida Emily refugiada. Fuiste de paso cobarde y sílaba viajera. Qué pensarías de esta cueva, de encontrarnos reunidos, discutiendo sobre las ediciones de tus poemas. Sentados frente a la inmensidad de todo lo arrasado, lo brutalmente desaparecido, la muerte, una por una, de todas las creencias.
Si cuestionaste a Dios, por qué sentarte a esperar la noche.
Poeta Aroa
Poeta Aroa:
Si la Poesía cambia la Vida, ¿cómo dudas de que no haga lo mismo con la Muerte? ¿O de que no pueda leer tu carta o contestarte? Piensa en Dante, recorriendo lo que no existe guiada por Virgilio, que ya no existía. A mí también todo me entraba por la carne en los primeros años. La Naturaleza te traspasa si cumples la condición de la intensidad: ese es el requisito previo del Poeta. Sea una abeja y un petirrojo, o el húmedo peso de otro cuerpo, o lo que quieras imaginar que pueda sentirse, si no hay intensidad, un claveteo obsesivo del afuera en el adentro, no hay Poeta. El objetivo exterior del Poeta es indiferente. Solo cuenta que sea una tarea que esté más allá de lo posible.
Pero la naturaleza es todavía una extraña:
Los que más la citan
Nunca han traspasado su casa embrujada,
Ni han simplificado su fantasma.
La carne es el ojo de entrada, lo demás es la disciplina de la mente.
No hay Fragata como un Libro
Para llevarnos a lejanas Tierras
Ni corceles como una Página
De briosa Poesía –
Tras la intensidad, viene el mundo propio, creado dentro, pero no reflejado: un destilado de la Creación en la creación, cuando esta es ya un Mundo nuevo.
“El ojo que no lo ha visto” puede serHe decidido contestarte así como podría haberlo hecho de otro modo y orden, siguiendo siempre mis Poemas. Llegué de joven hasta el mar y los cerros, me quedé después en el campo abierto, limité mis pasos al jardín, pasé a habitar solo la casa y, al final, únicamente la segunda planta. Las restricciones fueron inversamente proporcionales al crecimiento de mi mundo. Equilibrio y honestidad. No pude, por los tiempos, editar mis poemas, pero ahora están ahí. Porque, acumulada y vivida la Experiencia que te he relatado, ante todo fui Poeta: conocí la Tradición. Dominé la Lengua. La forcé, para expresar lo que no había sido expresado. Los pocos de entre los pocos que lean despacio mi obra, entenderán lo que te digo. No es éste un oficio destinado a la mayoría.
Común entre los ciegos
Pero no consintamos que la Revelación
Se detenga por tesis como estas –
Poeta Emily Dickinson
La percepción de un objeto cuesta
Precisamente la pérdida del Objeto -
***
Una carta es un gozo Terrenal -
Negado a los Dioses -
lunes, 7 de junio de 2010
Los cuentos antologados por Gemma Pellicer y Fernando Valls
La invitación ya dice dónde y cuándo. A lo mejor hay que clicarla para agrandarla.

miércoles, 2 de junio de 2010
Flavianas: Apotegma
2.-[Me han comentado que alguien se ha confundido, pensando que los textos son de Flavia... ¡Nooo! Lo textos de Flavia solo se pueden leer en su libro].
Quien bien te quiere te hará llorar, dijo. Debía llevar hablándome un buen rato, pero concentrado en los gritos que subían del patio, en el recreo del que yo debía ser el único en no disfrutar por el aparte que me había dedicado el Hermano Sebastián, no me había enterado de nada. Me activé cuando puso una manaza sudorosa en mi hombro de niño de 12 años y pude oír esa frase, que me pareció tonta. Me dejó solo con las notas en las manos. De casi todo sobresalientes hasta el año anterior, había pasado a casi todo suspensos ese junio.
Cierto que el hecho de que los sitios de la clase se fueran ocupando ordenadamente por las notas de cada trimestre, y hubiera pasado de la primera fila a una de las últimas, ayudó a mi meteórico ascenso en el orden del campeonato de pajas públicas y con testigos, un punto en cualquier clase, dos puntos en la de religión y tres puntos durante el rosario. Del cincuenta y muchos en una clase de 60, al número 12. No había certificados ni firmas, ni creo que a nuestras familias les interesara el certamen. Que tu mano izquierda no se entere de lo que hace la derecha.
¡Hacerme llorar! Ni los hermanos Carracedo, uno de ellos repetidor dos años y el otro uno, lo conseguían cuando me emboscaban. Los amigos son la verdadera familia. Todo por la amistad. Aumentó mi prestigio mi ascenso en el certamen. También que cuando en clase preguntaban a uno de los Carracedo, era el primero que soltaba una carcajada ante su respuesta, que provocaba el estruendo y el pitorreo general. Todavía no sabía que el tiempo es largo, que la venganza se sirve fría y que las ocasiones, propicias o desafortunadas, acaban por presentarse. Años después, en una clase de literatura, el título de un poema de un señor antiguo y narigudo, lo explicó muy bien: ande yo caliente y ríase la gente.
DIAGNÓSTICO
Apotegma: Sentencia breve y concisa de carácter doctrinal que enuncia una norma sin ninguna argumentación.
viernes, 28 de mayo de 2010
Quinto 100e de Verónica Leonetti
Clicad AQUÍ.
Este quinto lo considero especial, porque es un objeto unificado, texto e ilustración se unen sin que puedan separarse, sin puntos de sutura. No os lo perdáis.
Y como es ya habitual, esta entrada no admite comentarios. El blog de Verónica es el sitio para hacerlo.
domingo, 23 de mayo de 2010
Diagnóstico certero de la izquierda mundial
[ACTUALIZACIÓN]
Jesús Miramón ha puesto un vídeo fantástico de Cohn Bendit, muy relacionado con esta entrada. Son seis minutos pero demuestra que hay gente, aunque poca, que sí sabe inventar preguntas, que está en la política, y sabe cómo hablar a los políticos, pero de otra manera. Es muy necesario perder esos 6 minutos de nuestro tiempo. Como me sale solo la mitad de la pantalla, es mejor que vayáis a verlo en su página, haciendo clic AQUÍ.
Juan Cruz ha contado esta mañana en la radio que vio ese grafitti en Quito. Me he dado cuenta de que describe con precisión lo que nos pasa. Tantos años queriendo alcanzar el poder en el poder político y cuando lo hemos logrado vemos que está vacío. Que el poder está en otra parte.
Cuánto le costó a Marx mirar con atención y describir con precisión el funcionamiento del reloj, de todos los relojes, así como el papel necesario del Estado para que el reloj marcara siempre los tiempos del Capital. Mucho más les costó a nuestras pobres cabecitas entenderlo. ¡Y ahora los relojes son digitales!
La izquierda no tiene ni puñetera idea de cómo funciona el mundo. Así nos va. La derecha conoce ese funcionamiento, lo apoya y se beneficia de él. Otro mundo es posible, seguro que sí. Pero primero hay que entenderlo.
Nuestras respuestas ya no nos valen. ¿Cambiamos las preguntas?
viernes, 21 de mayo de 2010
Hay quienes siguen sin amar a las mujeres
El caso es que la reconocida fotógrafa africana Angèle Etoundi Essamba tiene una exposición callejera en fotos de gran formato, llamada Desvelos, sobre la belleza de la mujer africana. Del 10 de mayo al 1 de junio en la calle de Alcalá entre Sevilla y Sol.
Y que gentes de uno de los pocos colores feos, el negro fascista, se dedicaron a atacar las fotos.
Me enteré de esto en el blog de Momo, que da la información, saca unas fotos del desastre y hasta pone un vídeo que hizo antes, para que podamos ver esas bellezas.
Haced clic AQUÍ y llegaréis directamente a Navegando por mis orillas.
Merece la pena.
lunes, 17 de mayo de 2010
Sorprendente Rebeca Le Rumeur


Me confieso. He de confesarlo. En aquellos lejanos tiempos en que conocí, por Miguel, a toda la gente maravillosa que ahora conozco, enseguida me hacía una idea de lo que era cada uno como persona y sobre cómo estaba en el mundo. Ideas que el tiempo ha confirmado. Veía a Lara y me decía: por ahí camina una escritoraza recorriendo el camino que le falta para que se reconozca (ella a sí misma y los demás a ella). Hablo de Lara, hablando de Rebeca, porque entonces vivían las dos juntas en un pueblo lejano en la sierra. Eran dos personas diferentes y una atmósfera común.
Cuando miraba a Rebeca no sabía lo que veía. Cuando oía sus relatos en el Taller sí sabía que oía a una escritora de un aroma muy especial. Lo que no estaba claro era que llegara a serlo, porque tiene la capacidad de estar y dejar de estar sin solución de continuidad. Era un "ella" muy compleja que unía la máxima fragilidad a un grado enorme de fuerza.
En un paseo por un bosque, se agachó de repente y cogió una ramita para explicarnos que eran como esa las ramitas que pegaba en los cuadros. En mi memoria quedó una foto, cuadrada, en la que se ve su mano alzando la ramita: ha desaparecido el resto de su cuerpo y la presencia de los otros. Lo sorprendente. Tuve la sensación de que en general Rebeca no estaba en el mundo, sino en el bosque, en la naturaleza. De que cuando fuera escribiendo más nos daría la entrada a un mundo vegetal y geológico. Luego, fui hablando con ella. Luego, me fui habituando a lo sorprendente. A que sus relatos no me hablaran de lo vegetal y de lo geológico, sino de ese centro del ser humano que tenemos oculto, casi cerrado a voluntad, y que Rebeca nos permite mirar. A que su conversación me hablara del mundo real. Dulce y doloroso.
Quedaba pendiente una cosa: entre su voluntad clara de escribir y su modo de estar en el aire, ¿cómo recorrería ese camino hasta el punto del reconocimiento? Porque de Rebeca te despedías y no sabías si la verías en tres días, tres semanas, tres meses o tres años. Aunque al volverla a ver la conversación proseguía más o menos donde había quedado la última vez: sorprendentemente, la distancia se había volatilizado.
Ya no está pendiente; la duda, digo. Han pasado tres años y reaparece con un pequeño libro con 10 relatos. Unos gramos de peso físico para toneladas de revelación. No son distraídos, los relatos, ni divertidos; ni para pasar un rato o para disfrazar un trayecto en metro. Son artefactos ligeros de explosión asegurada. Dinamita es decir poco. Exigen un lector vaca que lea uno, se detenga y rumie mirando hacia dentro. Para mí es una felicidad ser una de sus vacas. Y ahora sé, o al menos estoy casi seguro de ello, que Rebeca no podrá evitar seguir este camino de escribir y publicar. A su manera, claro, como apareciendo desde el aire.
martes, 11 de mayo de 2010
Cuarto 100e de Verónica Leonetti
He quitado los comentarios a esta entrada. Prefiero que se hagan donde Verónica.
sábado, 8 de mayo de 2010
62 años
je ne t'aime plus tous les jours
siempre me han protegido(del amor, de la muerte)las viejas cojas(los grises vienen)



