viernes, 30 de abril de 2010

Flavianas: Aposiopesis

[Hace un tiempo medio, me llamó Flavia Company para que acudiera a una cena en un italiano que compartía con otras tres escritoras. Hacía poco que, ¡por fin!, había leído su libro Trastornos literarios, que había encontrado en una librería de segunda mano de Lekeitio. Una de las escritoras presentes, dijo que la primera parte, la que da nombre al libro, podría servir al mejor taller literario que podía hacerse. Ahora que de momento me he distanciado del mío, he pedido permiso a Flavia, que como buena amiga me lo ha dado, para intentar ingeniármelas en un Taller personal con los mismos objetivos que los de su libro, pero sin poner el relato que ella puso en el libro. Al final, pongo, copiado exactamente de su libro, el DIAGNÓSTICO de la figura literaria en la que se basa el relato. Al ser un Taller, aunque unicelular, vuelvo a tener el escudo defensivo del “no es más que un ejercicio”.]




Qué buenos son todos

De qué ese aburrimiento por mí mismo, o de cuándo o, mejor, de cuántas veces. Sin que la vida general haya dejado de aburrirme, todo lo contrario; es lo único que conozco para matar el aburrimiento, aunque solo consiga adormecerlo. Qué les voy a contar a ustedes, que no sepan; salvo a los que me conocen, que son los que de verdad no saben. Agravada esta sensación por una situación de insomnio técnico que no tiene origen, pero me impide dormir más de dos o tres horas. Más tiempo para aburrirme, que evito leyendo casi la noche entera, de cualquier género: literaturas, ciencia, técnica, biografías, artes: todo lo que puede encuadernarse en un libro, que es otra manera de decir todo. El caso es que vivo, aliviado, la vida de los demás, armado por una ingente cantidad de datos con los que llevar la conversación, cuando decae en los que tengo enfrente, y por un interés genuino por la vida de los otros, que los otros aprecian más de lo que vale, agradecidos de que me entusiasme su pobre e insulsa vida. Aunque solo son botes salvavidas en el océano vasto de mi aburrimiento. Como comprenderán los posibles lectores de esta crónica anónima, desconozco qué factores desencadenaron esa cartografía mental inútil, tan detestable. Los desconozco porque, claro está, nunca me he preocupado de investigarlos. Habrá motivos, por supuesto, pero la palabra genérica, “causas”, me sirve tan bien como las especificaciones que podrían ponerse bajo ese epígrafe.

—¿Sales a las seis de la tarde a dar un paseo y vuelves a las 3 de la madrugada apestando a borracho?
—Bueno, es que...
—¡¿Es que qué?! ¿El señor ha tenido tiempo de montar una mentira? ¿Todavía le da la cabeza para eso?
—No, si yo...
—Tú lo que eres es un borracho de mierda que tiras a la basura tu vida y con ella la mía. Tomas una copa y ya estás perdido en tu ronda patibularia. Pero que sepas que ya estoy harta. ¡Que lo sepas! —exclamó mi mujer, arrojando una manta sobre el bendito sofá donde, apaciblemente, iba a no dormir.

Me convenía esa historia de mi yo contada desde fuera. No era tan terrible como la verdad: que había quedado a las siete con mi amada. Me resisto a llamarla amante porque eso requiere una relación sexual que, la verdad, no me entusiasma. Pero vaya si nos amamos. Ella está loquita por mi sabiduría, cuando en realidad es una acumulación inorgánica de datos, y por los dos libros de poemas que me editaron ya ni me acuerdo cuándo. Yo me dejo querer, me apasiono con su vida y le dejo que invente la mía, mucho más favorable que la real, pronunciando un “Bueno, la verdad...”, que ella rellena de maravillas, confundiendo el hecho de que hace años que lo más que he escrito es la lista de la compra, con la versión almibarada de que estoy poseído por un malditismo romántico y un pudor ante el Mundo.

Prefiero mil veces esa historia que el distanciamiento que siento hacia cualquier palabra escrita. Incluso las merecidas broncas de mi jefe se estructuran a mi favor cuando, ante el desorden y confusión mi trabajo, respondo con un “Lo cierto es que...”, dejando la frase colgada para que la rellene con barbaridades asumibles, en lugar de la realidad: mi trabajo me importa una mierda y siempre estoy distraído, viéndole los muslos a Pilar, o cómo afila los lápices Eugenio, el de la mesa minimalista. Todos son muy buenos conmigo, convirtiendo el desinterés letal en unas culpas veniales que esperan que, como consecuencia de sus diagnósticos piadosos, quiera y sepa corregir.

DIAGNÓSTICO: Interrupción brusca del discurso con un silencio porque se sobreentiende lo que se quería decir, por discreción, por prudencia, por desviarse del tema, etcétera.

lunes, 26 de abril de 2010

miércoles, 21 de abril de 2010

Bolaño-Belano

En la tertulia que tuvimos el otro día sobre los poemas de Bolaño, alguien dijo que a lo mejor de quien estábamos hablando era de Arturo Belano. Cierto. Tan cierto como que Belano es Bolaño. Lo que fue, o lo que quiso ser o, lo que es más importante, lo que contó en la narrativa y en la poesía. Son una trama indisoluble. Una esfera densa cuyo centro no se conoce, porque es cambiante: cada texto, narración o poema, es el centro en el momento en que se está leyendo. Cuantos más centros se han leído, más fuerza cobran la referencias internas, más claridad radia ese centro. Con este hombre no hay manera. No hay otra manera. Alguien dijo que la biografía no es un modo de abordar la obra de un autor. Dependerá, supongo, de la obra de cada autor, del valor que ocupe la vida en la obra (Bolaño en Belano). O, como en este caso, de la obra en la vida (Belano en Bolaño). O dependerá de cómo quiera cada uno abordar la obra. Hay poemas suyos que me encantan y no me habrían llamado la atención si los hubiera leído en otro. Pero es la atracción de la esfera densa, toda la referencialidad con la que están cargados. La trama Bolaño-Belano.

Tengo la primera reimpresión de Detectives Salvajes, de diciembre 1998. La primera edición era de noviembre de ese año. Desde que leí, en las vacaciones después de Reyes del 99 la segunda entrada del supuesto diario de Juan García Madero, las cuatro primeras páginas del libro, en las que describe el taller de poesía de Julio César Álamo, la poesía volvió a estar viva para mí, años después de haber dejado de leerla. La poesía como vida.

Con Bolaño volví a sentirla viva y ya no la he dejado. Me bebí, literalmente, los Detectives. Y conforme fueron saliendo otros libros, se convirtió en algo más que un amigo: en un acompañante fantasma. El que llevó una vida de mierda, hasta que le empezó a sonreír la suerte, pero se le enfermó el hígado. Hizo una literatura que se tenía como tema a sí mismo, su desierto, amueblado con invenciones que no solo lees, sino que tocas, pero con una voluntad con la que construyó su obra.

Acabo de leer hace unos días Estrella distante, de 1996. Se me había pasado. He encontrado la otra cara de la moneda de los Detectives. O algo peor, el lado salvaje. Allí donde la poesía era la vida, aquí es la muerte. Como los Detectives, termina con una búsqueda y un encuentro, pero donde allí era alucinada, de joven que busca, aquí es tranquila, desesperada, de adulto que encuentra. Sin embargo, Estrella es anterior a Detectives: la capacidad de fabulación de Bolaño es inmensa

La primera parte de Estrella describe a los asistentes a un taller de poesía en Santiago de Chile poco antes de Pinochet y tras el golpe. La situación no la ha vivido, como vivió la de México. Pero es lo mismo, solo que aquí la poesía se desboca en muerte al doblar una de las primeras páginas. Me pasé la mitad del libro llorando hacia dentro, como debe llorarse; la segunda, acompañando con ansiedad la persecución.

Vuelve a meter su vida en el primer párrafo que puede, en la página 130: “Vivía solo, no tenía dinero, mi salud dejaba bastante que desear, hacía mucho que no publicaba en ninguna parte, últimamente ya ni siquiera escribía. Mi destino me parecía miserable”. Que no tiene que ser la vida de esa época, sino otra anterior. No era ordenado para contar, sino obsesivo; pare regresar una y otra vez. Entre los dos libros, ya sabemos mucho de lo que se puede saber de la poesía. Y de la vida de nuestro acompañante y sus fabulaciones.

En el 2007 aparecen sus poesías reunidas, La Universidad Desconocida. Esta vez sí tengo la primera edición: estaba sobre aviso. Me vuelvo a beber el libro, pero algo pasa: no me provoca el entusiasmo que preveía. Algo falla y me temo que es en mí. Había leído que se consideraba sobre todo poeta. En el primer relato de Llamadas Telefónicas, titulado “Sensini”, cuenta una historia sobre un premio literario al que se presentó, el Concurso Nacional de Literatura de Alcoi (esto va por usté, Maestro Robert), en las modalidades de poesía, cuento y ensayo. Y dice: “Primero pensé en presentarme en poesía, pero enviar a luchar con los leones (o las hienas) aquello que era lo que mejor hacía me pareció indecoroso”.

Más todavía, el crítico Ignacio Echevarría, su albacea literario, en mayo de 2004 escribe para la introducción a Entre Paréntesis, refiriéndose a Nicanor Parra: “Resulta imposible explicarse la poesía de Bolaño (y conste que Bolaño fue, antes que nada y sobre todo, poeta) sin tener presente ese magisterio”.

He de reconocer que en las siguientes lecturas su poesía ha ido prendiendo. Aunque también reconozco que su intertextualidad es brutal y, a veces, no sabes si lo que recuerdas es de un poema o de un relato. Pero hay extrañeza, el relato “Últimos atardeceres en la Tierra”, del libro Putas asesinas, aún siendo magnífico no alcanza la emoción del poema en que su padre es admitido como enfermo en el hospital donde está Bolaño con su hígado, pero el del personaje el gusano es mucho mejor que el poema de ese nombre.

Todo se mezcla, o todo es uno. A lo mejor habrá que leer a Parra. O releer atentamente sus 4 manifiestos. De una manera o de otra, la emoción está servida. Es tan buen compañero para vivir tu propia vida y llevarla donde quieres.

viernes, 16 de abril de 2010

Buena noche de los libros: Isabel Barceló


Isabel tiene un magnífico blog (ver AQUÍ) en el que, sin decir nada (por mi ignorancia) he aprendido muchas cosas de nuestro pasado. Cuenta como nadie historias de las mujeres de Roma, o del Imperio. Era cuestión de tiempo que terminara novelando una historia. Creo que asistir a su presentación en Madrid, el viernes 23 de abril a las 8 de la tarde, en la Librería Avinareta, San Bernardo 128, es una forma excelente de empezar esa noche. Os animo a que os paséis.

viernes, 9 de abril de 2010

Segundo 100e de Verónica Leonetti

Verónica ha publicado la ilustración del segundo 100e. No os imagináis lo bien que me siento, como si alguien diera una respuesta, y con ella valor, a lo mío.

En este blog había publicado los cinco primeros, por lo que me parece redundante seguir haciéndolo aquí. Hasta el número cinco, los que me visitáis los conocéis, pero desde el sexto se publicarán en su blog, texto e ilustración conjuntamente. Creo que es lo justo y evita redundancias. Ni siquiera es necesario que los comentarios los hagáis en el mío. Lo que tendréis siempre aquí es una entrada con el enlace.

Para ver el Dos de Verónica, haced clic AQUÍ.

martes, 6 de abril de 2010

El tema del Taller: género negro


Cuando todo falla

Cuando se quedó solo al marcharse el Ingeniero de la casa del bosque en la que únicamente él y Gotlieb le podían localizar, Ramón, con las luces apagadas, contempló cómo oscurecía en el exterior, se emborrachó, lloró, se quedó dormido y al amanecer se marchó. El Ingeniero le dio ocho mil euros, que le dijo que había cobrado Gotlieb por buscarle, añadiendo que desapareciera porque en tres días iniciarían, precisamente allí, su búsqueda. Que era el último favor y no volviera a recurrir a él. Se marchó aunque sabía que Gotlieb solo haría ruido, buscándole donde no estaba. Porque también sabía que este no sería el único contratado y que moriría antes de gastar ese dinero.

Cuando el empresario creía que dilataba el pago de la droga a un proveedor, porque pensaba que contaría con el apoyo de cierto Servicio teóricamente desaparecido, no sabía que el proveedor era el Servicio.

Cuando el encargado del operativo, joven recién llegado con ideas nuevas, lo organizó con gente de la calle que creía trabajar para un proveedor latino, salvo Ramón, antiguo miembro despedido por sus chapuzas al que le daban trabajillos fáciles por la presión de su padre, creyó que iba a descubrir América y zozobró antes de cruzar el Estrecho.

Cuando el Servicio, de pequeño tamaño, fue oficialmente desmantelado ante la perspectiva de que llegaran tiempos nuevos, mantuvo los objetivos para los que había sido creado en 1945, pasando a financiarse de aquello de lo que más sabía, la delincuencia organizada disfrazada de una red de empresas de las que también, por los favores recibidos, obtenía buenos rendimientos.

Cuando el equipo que nunca debía haberse formado fue encargado de dar un susto, simplemente un susto, al empresario moroso, nadie les avisó de que aunque estaría de vacaciones con la familia en una propiedad junto una playa de difícil acceso, era probable que contara con algún guardaespaldas; pero que estaban avisados y no moverían un dedo. Quizá por eso uno del equipo se puso nervioso y disparó, hiriendo superficialmente a uno de ellos en un hombro.

Cuando se produjeron los disparos, Ramón huyó con el coche dejando a los otros, creando un problema cuando llegó la Guardia Civil, que tenía un cuartel cerca. Que un acto privado se convirtiera en público creó una serie de complicaciones del tipo que eran la pesadilla del Servicio. Tuvieron que hacerse demasiadas llamadas de teléfono para que se supiera que allí no había pasado nada. Pedir un favor significaba devolverlo. Por eso todos los que tuvieron que hacer las llamadas pidieron la cabeza del conductor.

Cuando en su empresa de importaciones y exportaciones situada en un piso alto de los impares de Gran Vía, tapadera de un intercambio de favores y centro de comunicación de lo secreto, visitó a Gotlieb uno de los funcionarios del espionaje oficia, dándole cuatro mil euros por los gastos de buscar a Ramón, salvo por ese detalle técnico la larga conversación fue la habitual entre dos viejos amigos que tenían muchas anécdotas de las que reírse juntos. Al quedarse solo entró en el cuarto del fondo, a prueba de todo tipo de intrusión, guardó el dinero en la caja fuerte, sacó el doble en billetes no rastreables y encargó al Ingeniero que se los llevara inmediatamente donde él sabía, con un mensaje de corte temporal de las comunicaciones.

Cuando el Ingeniero volvió al día siguiente al atardecer y se puso a trabajar tranquilamente, Gotlieb supo que todo estaba arreglado. Se encerró en el despacho, se sirvió un vodka triple, pensó en Ramón, el atolondrado; una buena persona que nunca debería haberse dedicado a eso, pero que entró por la influencia de su padre, al que ni el Servicio ni el hijo podían decir que no. Se había sentido protector de Ramón porque lo unía a él su pulsión más poderosa: el odio al padre, que les había echado a perder la vida. Maldijo a ese padre, que por falso orgullo se iba a quedar sin hijo. Maldijo una vez más al suyo, que se hizo nazi en Munich en el año 44, cuando supo que la guerra la iba a perder Alemania, y se vino a España a organizar la recuperación. Pensó en su hermanastro bastardo, que también había dedicado la vida a maldecir al padre de palabra, pensamiento y obra; e hizo algo inusual, como si se sintiera asfixiado. Abrió las gruesas cortinas del despacho, desde cuyo balcón se veía la Casa de Campo y hasta el horizonte de la sierra. Le gustó el furioso rojo anaranjado del poniente de Madrid, aunque sabía que esa belleza no era más que el efecto de la luz lateral al posarse sobre la contaminación y la suciedad del aire.

lunes, 29 de marzo de 2010

Verónica Leonetti y los 100e

Me ha resultado emocionante. Admiraba mucho el trabajo de Verónica y un día recibí un mensaje suyo diciéndome que quería ilustrar textos de L100e. Ir haciedo una historia gráfica paralela. Sentí que ma había pasado algo muy bueno. Solo puedo darle las gracias, porque da valor a lo pequeño.

Ha subido la primera, del uno. Podéis verla clicando aquí.

viernes, 19 de marzo de 2010

L100e: Cinco

cinco

La poesía entra en el sueño
como un buzo en un lago
Roberto Bolaño


En un cielo azul muy limpio hay niños vestidos de marinerito suspendidos cada uno de un globo de color. Estáticos como en un cuadro de Magritte sin malas intenciones.

Si prestas atención, ves que descienden lentamente, asumidos en la luz nueva.

Más abajo, el aire oscurece la lucha que se sugiere. Al suelo llegan como retratos de Saura con malas intenciones. Se deshacen.

Dejan una pasta grisácea que nos llega a los tobillos. Es duro moverse, respirar, en ese engrudo de la vida gris. De todos los días. Luchando cada paso con los restos de antes, que se reclaman sustrato permanente.

Cavamos un agujero cuando movernos es ya imposible. Aparecemos del otro lado como marineritos colgados de un globo. La luz es suave y no nos damos cuenta de que caemos.

El que se niega a abrir otro agujero envejece al instante. A veces se muere.

sábado, 13 de marzo de 2010

Tema de Taller: deporte

[para ver el número 7 de la Revista Bremen, cada vez mejor, y leer los relatos de mis compañeros, clicad AQUÍ]


Cuando a principio de noviembre me cité por primera vez con L, fui a dormir a su casa. Durante dos meses, todo era muy natural. Volvíamos a quedar cada tarde como por casualidad; al cabo de un mes ni siquiera había que quedar, porque simplemente no salía de allí. Cuando a los dos meses, por circunstancias que me aburriría contar, pero no porque ella estuviera embarazada, me preguntó si nos casábamos, le dije que de acuerdo. Cuando ya íbamos a casarnos y me dijo que sería más barato ir a vivir a un barrio, le dije que de acuerdo. No es que tuviera, ni tenga, confianza en ella. Desconozco lo que es confiar y lo que es desconfiar. Todo lo más, a veces siento algo parecido a ser prevenido. Lo que sucede es que no tengo ideas para la vida cotidiana. Acepto sin más lo que me proponen. Si estoy a gusto con alguien, me da lo mismo estar casado o no; vivir en el centro o en un barrio; tener un sofá, o dos, o ninguno.
L me encontró en un estado de locura continua y me fue cambiando sin agobiarme. No había que dar explicaciones para nada, pero todos los días me llevaba a un restaurante a comer y a otro a cenar. Comer dos veces todos los días, en lugar de beber sin comer tres días seguidos, serena el alma. Dormir con un cuerpo suave, también ayuda. No estaba tan loco como para perder todo eso.

Nos fuimos a Carabanchel Bajo. Seguíamos saliendo todas las noches hasta el amanecer; algunas tardes. No decía nada de mis encuentros con los infiernos y a veces hasta me acompañaba, pero hasta yo mismo me daba cuenta de que abordaba los problemas con más sensatez. Aquella primavera íbamos mucho por la tarde a la chabola de Tetuán donde se había semiocultado un amigo suyo que ahora era más amigo mío. Una chabola pared con pared con una cuadra ilegal. El amigo ocultaba a otro amigo huido de Galicia y los sacábamos a pasear llegando casi hasta Bravo Murillo. El amigo gallego desapareció un día. Ese verano vimos su foto en todos los periódicos y lo fusilaron ese mes de septiembre. Las apuestas eran fuertes, además de tontas.
Como he dicho, comiendo y durmiendo me volví más sensato y después de aquello me propuse rehuir un tiempo según qué infiernos. Me centré en el barrio. Todos los vecinos eran trabajadores. Llevaba años hablando de la clase obrera, en su nombre. Pero no sabía cómo hablar con los trabajadores de uno en uno. Sentíamos unos por otros cierta prevención. Qué difícil una conversación más allá de lo que se habla con un vecino en la escalera.
De pronto, Franco se murió y el miedo se hizo mayor durante un tiempo, pero llegó la Democracia y las primera elecciones locales libres. Los mítines en la plaza de toros de Vistalegre. Te cruzabas por la escalera con vecinos con gorras con la hoz y el martillo, con banderas republicanas. Empezamos a hablar, a tomar cañas en el bar de abajo. Enseguida, los hombres de la casa me propusieron unirme al grupo que tenían: hacían una quiniela múltiple. Desde luego, me hice de corazón del equipo del barrio, el Atlético Madrid. De fútbol no sabía nada, pero asistía a las reuniones de los martes en casa del señor Pepe, donde se hablaba de posibilidades de cada partido. También a las de los jueves, en las que el señor Pepe, siguiendo escrupulosamente los dictámenes de la Sibilas de los martes nos presentaba una plantilla trabajada de unas múltiples muy baratas. Después de cada reunión, unas cañas en el bar de abajo, en la que hablábamos de nuestras pobres y desnortadas vidas. Aprendimos a conocernos y tomarnos cariño. No conseguí aprender de fútbol; tampoco conseguimos acertar la quiniela que nos permitiría comprarnos una parcela cerca de Madrid. Pero aprendí a hablar de lo que hablaba la clase obrera: de fútbol y de la vida cotidiana.

El hijo mayor del señor Pepe había tenido un problema al nacer, por culpa de unos fórceps mal aplicados, y aunque trabajaba en las cuadrillas que arreglan las vías del Metro, su coeficiente de inteligencia era escaso. No se le admitía en las reuniones de los martes y los jueves, pero llevaba el atlético-madrileñismo hasta sus últimas consecuencias. Tenían un perro, León, que me producía bastante prevención. Grande y barriobajero, si se puede decir esto de un perro. Todas las noches lo sacaba a pasear. La de los domingos, si el Atlético había ganado, daba gusto verlos. Cada tres escalones se paraba a acariciarlo y se dejaba guiar por él. Pero si su equipo había perdido, pagaba con el animal su mala leche. Sobre todo cuando lo había visto con sus propios ojos, porque era socio desde niño. Y el AM entró en ese período en barrena y le dio por perder casi siempre. Se hablaba del tema de los malos tratos hasta en los bares. Desde luego, también en las cañas posteriores a las reuniones. Era un problema de la casa y como tal lo abordábamos. Acuciábamos al señor Pepe a que encontrara una solución. Tanto por su hijo como por León, que nos daba pena. Un día de verano, antes de comenzar la liga, el señor Pepe nos comunicó su decisión. Hay que decir que fue un movimiento pensado y audaz. Le había dado de baja del Atlético y hecho socio del Real Madrid. León no pudo saber nunca que gracias a la Democracia, que permitió que los hombres de la casa hablaran libremente de los problemas del grupo y presionaran para encontrar soluciones, vivió sus últimos años en un estado casi beatífico.

domingo, 7 de marzo de 2010

Rebeca Le Rumeur pone sus azules en Nanay

Nuestra amiga Rebeca ha pasado dos años, la mayor parte de ellos fuera de Madrid, borrando de su cabeza todo lo superfluo. Vuelve con un libro que se publicará en un mes y con esta exposición, titulada Del Azul, colgada en el bar Nanay, calle Barco 26, desde el 28 de febrero al 28 de marzo. Todos los días, menos lunes, de 7 de la tarde a la 1 de la noche.
Podéis ver el blog de la exposición pinchando AQUÍ.





La inauguración será el jueves 11 de marzo a las 9 de la noche.


Empezará la guitarrista clásica Cristina López, con cuyos temas leerán sus pequeños textos (lo digo porque todo pasará en dos suspiros) Kika Miriam de Castro, Virginia Barbancho, Lara Moreno, Fernando Ariza, Recaredo Veredas, Elvira Navarro, David Casas y Aroa Moreno. Sustituirá a Cristina la guitarra acústica y jazzera, con la que Nano leerá su texto, de Creatureing. Después, todo será vino, ver cuadros, algunos besos y abrazos, y muchas conversaciones.

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jueves, 25 de febrero de 2010

Tema de Taller: género epistolar

[ACTUALIZACIÓN: ya se ha subido la revista Bremen donde está este texto y los otros textos de ese taller. Para leerla, haz clic en revista Bremen nº 6]


CARTAS A BERTA



Madrid, madrugada del 12 de febrero de 2005


Querida Berta:

Hoy me ha mordido un perro. Inmediatamente he pensado en ti, en aquello que dijiste de que el día que un perro me mordiera a mí, sí sería noticia. En medio de la noche, con el brazo izquierdo inflamado, lleno de grapas, tranquilo y exaltado por todas las pastillas que me han dado, más las que he añadido de mi cajón, me he dicho ¿por qué no?
Nuestro último contacto fue hace un año y ocho meses, cuando agotaste la memoria del contestador con la frase “¡¿Pero quién te crees que eres?!”.
No te contesté; porque no lo sabía.
Ahora lo sé. Soy quien se acuerda de ti cuando le muerde un perro, quien recuerda con exactitud cuándo tuvimos el último contacto.


Madrid, 4:13 a.m. del 12 de febrero de 2005

Querida Berta:

Hablo de un perro grande, un perro lobo de pelo largo, precioso. Al cruzármelo en la acera me agaché hacia él diciendo ¡perrico bonico! El pobre animal, asustado, se lanzó sobre mí. Apenas tuve tiempo de echarme hacia atrás y protegerme con el brazo izquierdo, donde me dio varios bocados y me produjo desgarrones.
El dueño tiró de él y empezó a pegarle. Eso me enfureció, porque si el animal actuó así fue por miedo y el causante de ese miedo no podía ser otro que él. Intenté tranquilizarlos a los dos y acabé acariciando al perro con la mano derecha, mientras le decía al dueño que no pasaba nada, que la chaqueta era vieja, que no quería ni su nombre para poner una denuncia.
Ahora me doy cuenta de que te escribo no por lo que decía en la carta anterior, o al menos no solo por eso. Lo hago porque eres la única persona que conozco que se pondrá sin la menor duda de parte del perro y en contra de la crueldad del dueño, y del comportamiento estúpido del mordido.
Estas cosas hay que dejarlas dichas.
También hay que decir que fue una suerte que me protegiera con el brazo izquierdo, porque de haberlo hecho con el otro ahora no podría haber reabierto este contacto tan necesario.


Madrid, 5:00 a.m. del 12 de febrero de 2005

Querida Berta:

No nos engañemos. Aunque resulta paradójico: con nadie he tenido tanto engaño, al tiempo que el engaño ha sido inexistente. Cuando éramos tan jóvenes y tú tenías esas piernas tan largas que yo adoraba, ya hacías planes descaradamente por los dos: que nunca amaríamos a nadie como nos amábamos, pero que tú buscabas un hombre rico para llevar una vida de zarina prebolchevique; mientras que yo amaría también a los hombres, pero a muchos, porque era mariquita. Sin engaños. Tú eres la honorable esposa de uno de los muy honorables hijos de puta mafiosos del país.
Posiblemente acertaste un pleno en lo tuyo pero no en lo mío, porque no fuiste capaz de imaginar, y creo que era bien fácil, que ahora tengo un novio gordo que es fontanero. A veces me saca de quicio y me dan ganas de violarlo. Y lo violo. Pero cuando duerme con esa respiración agitada y ese sudor de los enfermos del corazón, me gusta dejar la mano sobre su pecho y ensartar el dedo índice en su abundante pelo sudoroso. Sentir cómo se calma y calmarme yo. Que durmamos los dos como niños.
Y por no engañarte, te diré que sigo llevando navaja grande, pero no por lo de antes. Los que hemos pasado años en cárceles y manicomios adoramos la fruta fresca y nada me gusta tanto como irla comprando en los puestos y sentarme en un banco a pelarla y comerla.
Pues te juro, de verdad, que la pesadilla volvió por un momento y tuve ganas de sacarla y cortarle la yugular al dueño del perro. Quedarme allí, cuidando del animal hasta verlo desangrarse a él; y que me detuvieran.
¿Sabes por qué no lo hice? Por ti.
Pero no tengo ganas de contártelo. Cierro la carta. Dormiré un poco sobre la mesa hasta que se levante mi peluche. Y si no hay otra carta que te explique por qué, tampoco te preocupes demasiado. Nunca nos hemos engañado: nada entre los dos ha tenido más importancia que un romanticismo literario barato. Cualquier momento de nuestra historia puede quedar interrumpido con el movimiento de dejar una taza de café sobre el platillo.


Madrid, 6:15 a.m. del 12 de febrero de 2005


Querida Berta:

Aunque quizá esta debería quedar oculta por lo siniestra, cada carta revela una intención más poderosa del motivo real de que me haya puesto en contacto contigo. Cuando pensé en degollar al dueño del perro, reprimí el deseo por ti, como te dije en la carta anterior. Me imaginé otra serie de años en el psiquiátrico de la cárcel y pensé en el período anterior, cuando te las arreglaste para visitarme cada dos semanas. Eso es el poder, ¿no? No hace falta que te recuerde lo que hacíamos en tus visitas. Sí podría contarte algo que no sabes: lo que sucedías días antes y días después de esa fecha. Pero si continuamos con este juego de las matrioskas, acabaremos encontrando nuestra propia calavera. Y a estas alturas, creo que el sentido de la vida es evitar encontrarnos con ella. Mejor dejarlo aquí.
Lo evidente es que no podría soportar que esta vez no me visitaras. Peor todavía: no podría soportar que lo hicieras.
Considera estas cartas como una consecuencia sin sentido de toda la química que he tomado esta noche. Como la consecuencia indeseable de un hecho fortuito. Como la necesidad, en un momento de derrumbamiento, de estar en contacto contigo.
Voy a meter esta última carta en su sobre. A ponerle el sello como a las otras. Mi novio ya está levantado y vestido con su mono azul. Él mismo las echará al buzón.
Que el mensajero, que seguramente ya detestas, te desanime de cualquier intento de responderme.

jueves, 11 de febrero de 2010

L100e: Cuatro

Cuatro



La parte del centro del dolor queda intacta.

Se hace hueso.



A veces el hueso se alarga, como para tapar la herida, pero no hace sino reabrirla; con sus bordes imperfectos.

Tocar un hueso-cuchillo es herirse, aún sin quererlo.

A veces el hueso se hace esfera, de tanto dar vueltas el pensamiento sobre lo mismo.

Deshacerse de un hueso-bola es imposible.

Por profundos que sean los abismos donde se lance, reaparece en la almohada, como el caramelo en un hotel barato.

Los dos huesos son intratables.



Estaba el doliente contemplándose en el viento, tan grande,

cuando cayó en la cuenta de que hacía frente a un problema de escala.

Creceré, se dijo, hasta que el dolor recupere su insignificancia.

miércoles, 10 de febrero de 2010

L100e: Tres

Tres



El corazón nuestro de cada día, Señor, ¿cuándo es el día?
La ausencia de respuesta fue inmediata.

Dejó de mirar al cielo
del que solo caía agua, y eso cuando llovía.
Vio que los corazones paseaban en distintos grados de desasimiento
que se hacían guiños y señales.
Comprendió que tenía que desnudar el suyo. Exponerlo a todo riesgo.
Que era así como era.

viernes, 5 de febrero de 2010

Un cambio de luz

El principio generador

El cese repentino de las fuertes rachas de viento y de lluvia que llevaba oyendo desde la noche anterior lo percibió como un estruendo. Lo sacó de la somnolencia en la que, desde un sillón, intentaba pasar esa fase dudosa en la que la gripe ha desaparecido, pero todavía no se ha recuperado la sensación de normalidad.
Sobresaltado, se asomó al balcón. Una capa continua de nubes plomo, casi galena, cubrió el cielo salvo por poniente, desde donde el sol en descenso derramaba una luz anaranjada, encajada en el canal de las casas y el plomo. Al no encontrar dónde sustentarse, vaciado por el viento el aire de todo lo que no fuera aire, el naranja se pegaba como un ácido fosforescente a las superficies sólidas. Juan, por un instante, tuvo la sensación de que si estiraba el brazo por encima del jardín del palacio que separaba su casa de la de enfrente, tocaría con los dedos el tejado fauve anaranjado de esta.
Pensó que era imposible y no se movió. Pensó que toda creación surge de un sentido de dislocación del espacio o del tiempo. Pensó que crear exige arriesgarse, incluso a hacer el ridículo más peligroso: ante uno mismo. Entre los tres pensamientos, los colores y los volúmenes volvieron a ser los de siempre.
Creyó que había desperdiciado una ocasión única en la que el vacío, de sonido y del aire, había plegado la realidad. Quedó con una sensación de derrota, como si algo le dijese: “esta puerta se había abierto solo para ti, pero ya se ha cerrado para siempre”.




La historia anterior podría, debería, terminar ahí. Es sencilla, geométrica. Hasta podría haber sido inventada fríamente. Pero, ¿sería justo? ¿No contar cómo se traman los hilos de una vida, sus rarezas; tan ásperas? Juan, existe. Seguro que preferiría que esto ni se afirmara, pero si alguien lee la historia de ese pliegue de la realidad, tiene derecho a saberlo. Juan ha tenido la gripe cuatro veces en su vida: con 21, 31, 41 y 51 años. Siempre una gripe brutal, con fiebre de casi cuarenta grados que le hacía meterse en la cama, tomar lo que le dieran y tener durante tres días estados de conciencia alterados. Si eso suena tremendista, no me importa rebajarlo a “diferentes”. Cada una de esas gripes había marcado el decenio siguiente: en dos ocasiones, mostrándole con claridad el camino para seguir vivo; en otras dos, negándole determinados caminos de la vida que deseaba tomar. Todo tan aritmético como cuando se cuentan los dedos de una mano.
Como consecuencia de la historia de la luz, comprendió que debía abandonar toda relación con el arte, en la que había empezado a avanzar. En los diez años siguientes tuvo dos hijos y llevó una vida metódica, obsesiva en el cumplimiento de los más diminutos de los deberes, sin resentirse jamás del aburrimiento. Solo conservó, en momentos de mucha intimidad, el hábito de la lectura.
Pasados muchos años, hablando de aquel cambio de luz y de su decisión, afirmó que había hecho lo correcto. Lo ilustró con una frase atribuida a Nicanor Parra, a cuento de la abundancia de escritores: “Tal vez convendría que leyéramos un poco más”.

sábado, 30 de enero de 2010

Mientras mantengas el paso (no te mueras)

Ser uno y débil y moverse
Roberto Bolaño

Recorrimos los suburbios,
anduvimos juntos entre la maleza,
dormimos en los cobertizos.
Juan Carlos Mestre



No creáis que no me lo digo a veces (o mejor, no creáis lo que digo): cuídate, Viejo Imbécil, te queda mucho por leer algo por escribir alguna risa que otra, ¿no? ¿O hubiera convenido un sí?, el lenguaje es tan confuso.

Conocí tiempos en los que salía un martes y volvía después del desayuno del domingo. Pasaba de mano en mano de conversación en conversación de peligro en alegría de brazos en brazos, si había suerte.

Dormía un rato en cualquier sofá o sillón o en la silla de una cocina con los brazos apoyados en la mesa o en una cama de uno, o para dos; si había suerte.

Metía la mano en todos los libros en todos los huecos de los cuerpos en todas las superficies que brillaban; en todos los cajones. Eres un cabrón me dijo alguien (varias veces), o quizá me lo dijeron varios (una vez). Soy un santo, respondía, que donde pone la mano pone la bala de tu esperanza. ¡Qué tiempos aquellos! que me invento.

No te mueras, mientras respires no te mueras. Comprendo que no es fácil. Que estos tiempos que no te inventas será por algo que están llenos de muertos que toman el autobús. No hay solo un millón de cadáveres en Madrid. La tentación, parece, es fuerte. De muerto no te iba a gustar la vida, porque te conozco te lo digo.

Sería una pena más, tanto azar desde hace millones de años, tanto código binario para llegar hasta aquí y que ahora ya ves. O que ahora ya no verías, aunque siguieras abriendo los ojos y caminando de aquí para allá. Eso es lo que me fastidiaría. El desperdicio de los sentidos, la pereza de no crear sensaciones, la descortesía de no alimentar sentimientos.

Al menos un muerto de verdad no paga impuestos. Pero tampoco es solución (lo de no saber, ya). ¿Cómo seguir teniendo coraje y fuerza cuando el cuerpo se desanima? Date una respuesta si te atreves. Hasta ahora no te han faltado las mentiras ni los trucos de tramoya necesarios.

viernes, 22 de enero de 2010

NO LO DIGO POR MOLESTAR, PERO...

El mar ya no es lo que era



Ilustración by Elena




(1)

Ahora que han muerto de viejos los marineros que cantaban las historias con garganta de mar. [“Y en el tubo traqueado el salitre le ha dejado, rumor de altamar”. Kiko Veneno]. O los de bajura, que estaban fuera pocos días, o solo una noche, y eran el pespunte que unía el paño de mar con el de tierra, llenando este de alegría, pero de nuevos fríos al partir; en el paño de mar desmigajaban pensamientos no pensados y los echaban al agua como cebo para los dioses antiguos. Se hundían con esa pesadez de lo que no se dice, alimentando las pesadillas de los seres de los fondos profundos. Los marineros muertos de viejos sabían cantar La Canción, porque el mar fue uno de los orígenes de los cantos.
Ahora los reproducen otros. Y en un primer momento hasta parece que canten mejor, porque los ingenieros de sonido les ponen trapos chillones para llamar la atención. Como si la canción fuera un monito de feria.
Por eso el mar no es ya lo que era.



(2)

Al querer pensar el mar y quedarme en blanco me vienen las palabras “tu coño insomne”, lo que además de indecente es injusto, porque son tantísimos los años que han pasado que porqué voy a pensar en él, ni de esta ni de cualquier manera, o en lo que habrá sido. Si habrá corrido la suerte de tantos sexos de entonces, detenidos como ballenas en las profundidades: perplejas, ariscas, dormidas sin sueño. Sin sueños.
Mejor pensar, y hace tantísimos años que no lo hacía, en cuando buscábamos el cabo más recóndito,
y en él lo más recóndito del cabo,
y luego a ratos la ocultación de las rocas de adentro,
donde tu pequeño coño de 16 años se me hacía agua en la boca. Un descubrimiento tras otro. [“You’re sixteen, you’re beautiful, and you’re mine”. B. Sherman]. Después volvíamos frente al mar, nos lanzábamos desde las rocas planas y movíamos los brazos y las piernas, creyendo que nadábamos. Sin darnos cuenta de que lo que hacíamos era dar las gracias.
Y es que quién sabe ya lo que fue el mar.



(3)


Cuando los mejores mares los surcaban naves negras, y el agua escuchaba los cantos de sus marineros, las olas aprendieron a moverse con el ritmo de los hexámetros dactílicos y los cantos repercutieron en la sal; la sal en los peces; los peces en nuestro estómago; y del estómago el ritmo pasó a la sangre y el cerebro. El corazón nos late así por el sonido de la primera ola. Desde entonces, Ulises es una llamada que llena los huecos del reloj.
El mar tiene zonas de otros colores, más pequeñas, que se llaman Defoe, Coleridge, Melville, Stevenson o London. Más cerca tenemos el tono Camoens, o Galdós, Blasco Ibáñez y Baroja. Hay para elegir; hasta para navegarlos de uno en uno.
Pero el Mar de Homero, madre y padre de todos ellos, no ha cambiado su manera de mecer.


(4)



Aún no sé por qué, pero tuve un hijo, que llevé al mar cada año desde el primero y me regaló la suavidad de la costumbre. Lo presenté al mar, y él y el mar hicieron un pacto que me obligó a regresar todos los años. No creo en esa solemnidad de que debemos la vida (una cadena de datos neurobiológicos) a nuestros padres, tanto como en que lo real es que vivir vivos (una cadena de experiencias) se lo debemos a los hijos.
Comíamos a unos 40 metros de la orilla. Al terminar, cuando levantábamos la mirada, la extensión de arena fina y ardiente reverberaba. Detrás estaba la pequeña franja de la orilla, donde nos poníamos, que se había ido deshabitando sin que nos hubiéramos dado cuenta, con las sombrillas a bandas blancas y azules. Más allá, la mar entera, sola para nosotros. Esa imagen es mía para siempre, vaya o no vaya. Después paseaba por la orilla de un lado a otro, con el agua por los tobillos, leyendo a los griegos cuando era posible.
El mar ante el que presenté al hijo, el que paseaba, el que es mío en la memoria, era el de Homero. Que es inagotable e inalterable.




(5)


Según los penúltimos datos, se espera un aumento de la temperatura de unos dos grados en los siguientes siglos. En el anterior período interglacial, hace unos 125.000 años, la temperatura global media era aproximadamente 1,3 grados superior a la de hoy, como consecuencia de los cambios producidos en la órbita de la Tierra alrededor del Sol. Un artículo publicado en la revista Nature, Robert E. Kopp et al, 17th December 2009. Probabilistic assessment of sea level during the last interglacial stage. Nature Vol 462, pp 863-868, demuestra que durante ese período los niveles del mar eran entre 6,6 y 9,4 metros superiores a los de hoy.

Metro de más o de menos, el mar sueña con volver a ser él mismo.


sábado, 16 de enero de 2010

Ojalá fuera así

Volvió del trabajo, otra vez una semana de cinco días después de tantas fiestas, sintiéndose especialmente sucio y avergonzado. Algo achispado, para cobrar fuerzas y poder mirar a la cara, con la conciencia limpia, a su compañera.

Decidió acostarse, solo media hora. Pero durmió dos, hasta las nueve en punto.

Soñó que estaba en una mesa larga de un bar, con gente que apenas conocía. La alegría se esparcía con facilidad. El sueño se vuelve complicado, porque hace tiempo que consiguió tener la capacidad de intervenir en los sueños, en duermevela, convirtiéndose en el guionista.

Hay un momento en el que sabe que se va a morir. Dulcemente. A su derecha hay una mujer. Le dice abrázame. Se recuesta en su pecho, que huele a vida. Profundiza en su muerte. Un momento después abre los ojos y le dice nadie había hecho esto por mí, gracias. Se muere.

Más en vela que en sueño, piensa que así debería ser la muerte, suave y en los brazos de alguien con quien no se tiene intimidad.

Se despierta limpio, como si se hubiera frotado el alma con cepillos de quitar el sudor a los caballos. Su compañera prepara dos Campari. Cena un caldo. Ven el vídeo de la película Tres días en familia. Se entera de que la directora, Mar Coll, solo tiene 29 años, pero ha narrado una película intimista de un modo directo y personal. Le emociona, ya dije que tras dormir era un hombre nuevo, que haya en el mundo gente como ella. Se va con su compañera a El Parnasillo y vuelve a beber, pero ahora lo hace con calma infinita. Vuelve a casa y escribe todo lo anterior en su diario de los días río, que lo fecundan con su barro.

martes, 12 de enero de 2010

L100e: Dos

Dos


Cada vez más tan solo, ni siquiera lagrimea.

Las restricciones de espacio, incluso el emocional, requieren de economías en el gesto.

lunes, 11 de enero de 2010

L100e: Uno

Uno


El poeta va y dice.

Enseguida se marcha, despreocupado de los ecos.

martes, 5 de enero de 2010

Los Tres Hombres Sabios, qué gente tan agradable, han dejado un regalo a El Niño Que Fui

El Niño Que Fui soy yo, una de los 173 anima que formamos ese corpus mal autogestionado que responde al nombre de Nano. Aunque de los más viejos, y muy bajito, sigo teniendo mucha importancia; más que muchas de las anima farsantes y remilgadas que forman la mayoría estúpida. Por eso, Nano me ha dedicado el relato sobre el western que tocaba escribir en el Taller. Me ha hecho mucha ilusión. Y como sigo siendo tan exhibicionista como cuando vivía la vida real, que la mañana de Reyes iba a casa de mi madrina a recoger la pelota de goma de siempre, llevando encima el Winchester que dispara corchos de siempre y el arco indio con flechas de punta de ventosa de siempre, que tampoco me hacía demasiada gracia, pero yo creo que me lo traían a ver si había suerte y al llegar el verano no me fabricaba arcos con varas finas y usaba flechas de caña que sí hacían daño (nunca hubo esa suerte, para quien la esperara), pues lo exhibo.
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La voz que prepara


Al niño del cine de sesión doble
de los domingos



Te voy a pedir un gran esfuerzo, pero puedes hacerlo. Yo lo he hecho y para ti va a ser más fácil, porque te voy a guiar. Tienes que imaginar el Este: es enorme. Allí llegaron los primeros, huyendo de los tres tipos de estrechez: la mental, que no deja vivir y pensar como uno quiere; la física, que te confina en pequeños lugares sin medios para alejarte de ellos; la del hambre invencible, cuando todos los recursos ya tienen un dueño que parece venir de la eternidad, y encaminarse hasta su fin. Los que nada tenían, los que pensaban de otra manera, fueron allí; como la inmensa variedad de los que tenían cuentas pendientes que quedarían saldadas al pisar el litoral del otro lado del océano. Los despojos de Europa. Les fue fácil engañar, comprar, desterrar o eliminar a los nativos que encontraron. Lo hicieron. Les fue menos fácil deshacerse del Imperio antiguo. También lo hicieron.
Ya están solos, que es una forma de decir nosotros nos las arreglamos; tenemos un territorio dado por Dios; en Dios confiamos; nosotros decidimos. La conocida historia de somos una nació, la historia de siempre: nada te costará sentirlo, la memoria suple la imaginación.
El Este es grande, pero siguen llegando los que nada tenían. Es un El Dorado para todos. Pero los que nada tenían corren el peligro claro, preciso y punzante de convertirse otra vez en los que nada tienen. El Este se ha vuelto pequeño para los que llegaron y lo cruzaron sin encontrar la respuesta que les hizo partir. Se habla de las tierras de la miel, en el litoral del Oeste, pero todavía parecen cuentos para niños: hay que cruzar las grandes praderas, las Rocosas, los desiertos y tierras entre estas montañas y la cadena final, que baja hasta los naranjos. ¿Cómo creerse que crecen solos?
Ahora es cuando empieza tu tarea. Hasta el momento todo era sabido: la vieja historia europea; pero desde este momento nada sabes. Y lo que sepas, conviene que lo olvides. Quizás no esté de más que te apoyes en las imágenes de las películas que concuerden con cada una de las fases que vas a vivir, pero deberás centrarte en ellas aisladamente. En cada espacio, la suya. Vivirlas como si fuera la primera vez. Lo que has de hacer es descubrir, conquistar y apropiarte de lo descubierto y lo conquistado.

—¿Quién viene ahí? —pregunta el viento.
—Las hordas de hambrientos, Señor —responde la hierba, que llega hasta los límites del Este y sabe de lo que habla—. Hambrientos de comida, Señor, pero también de oportunidades de ser alguien, de ganar en el juego, de ganar en el duelo contra la muerte, de tocar la riqueza que siempre vieron de lejos.
—Cerrémosles el camino —grita el Viento, que se fortalece cuando se enfada—. Los que aquí viven no tienen nada que les sobre.
—No es posible, Señor. Ya han vencido el miedo al vacío, que es el peor de todos. Nada los detendrá. Lo mejor y lo peor avanza. El deseo los iguala y no podemos distinguir a los buenos de los malos. Pero no te preocupes, ellos encontrarán el pan de la supervivencia donde solo hay hambre, lo han hecho siempre. Les impulsa saber que todos parten de cero y algunos encontrarán el oro. Quieren ser los que empiezan la Historia y que esta vez sean ellos los que caigan arriba; sobre los demás. Llevan dentro un alarido que les asegura que va a ser así. ¿Qué puedes oponerles?

¿Fue real esta conversación? Es más que probable, aunque eso importa poco ahora. Escúchala una y otra vez hasta que sientas el terror de lo vacío que hay ahí delante. Ahora que puedes ver el mapa desde arriba, ya te da miedo la inmensidad. Imagina lo que debía ser enfrentar la pradera en horizontal, cuando no se ve el límite. Ahí estás tú. Si no eres capaz de sentirlo hasta notar que tiemblas no podrás entender lo que viene. Estaríamos perdiendo el tiempo. ¿Sientes la hierba bajo las botas? Es lo único a lo que te puedes sujetar (además de al miedo a lo conocido que te empuja por la espalda). Es muy importante que sientas la pradera, que la huelas. Desde ahora vives también en ese mundo; si te despistas en el otro, una estampida de bisontes te puede deshacer mientras crees que estás tomando café en la glorieta de Bilbao.
Hay indios, ya los irás sintiendo, porque vienen hacia ti, te quieren matar o expulsar. Y es justo, porque es lo que quieres hacer tú con ellos. Pero de la Justicia siempre has huido: que no esperen que vayas a ser justo con ellos. A tu favor tienes los rifles, sobre todo los Winchester de repetición y la precisión del Colt; cuando lleguen. Y el Séptimo de Caballería. Es una cuestión de tiempo y de agallas. El Centro, que es ya el oeste del este, su primera parte, es tan grande como el Este, ¿te acuerdas que te pareció inmenso cuando desembarcaste? El Oeste tiene a su favor que está vacío, ocupado por los que se ajustan a lo que la naturaleza da. Solo tiene hierba, pero espera a los ganados que pastarán cuando los bisontes hayan desaparecido, los indios hayan sido domesticados, el ferrocarril destruya a su paso lo que algunos habían construido: los perdedores a los que les quitan el campo cuando ya no quedan libres otros a los que se puedan ir. Esta es una historia de las buenas, de allá del Oeste. Por cada cien caídos, uno se enriquecerá: los primeros en caer de pie sobre los hombros y las espaldas de los demás.

¡Pero mira bien, fijamente, que por eso abandonaste lo que nada te daba!, Quieres llegar al sistema montañoso del Pacífico y a California, donde dicen que mana la miel y pueden crecer los naranjos y todo lo que plantes. Pero no debes precipitarte: ya habías fracasado en Europa y en el Este, no estás preparado para la Tercera Decepción. Has de sufrir aquí bastante tiempo. Atravesar la pradera hasta las Montañas Rocosas, que durante un tiempo se consideraron el final del Oeste, y cruzarlas para llegar a las grandes llanuras que hay entre las dos cadenas montañosas.
Por tanto, aquí nos quedamos. A sufrir y hacerte valer.

Somos gente fuerte, los que buscamos las oportunidades. Cada uno de los nuestros podría llegar antes y quitárnoslas. Es a los demás, a los que son como nosotros, a quienes hay que vencer en la carrera: la competencia es una de las leches que nos amamantan. Nada de camaradería. Nuestro lema dice “Each one trusts in himself”, pero hacia fuera lo pronunciamos “In God we trust”. Si lo piensas bien, significa lo mismo. No vas a ayudar a nadie y nadie te va a ayudar. Para cruzar las praderas y desiertos, no se forman caravanas de iguales que se protegen unos a otros. Los que tienen dinero, pagan para que unos exploradores los conduzcan. Los que no, emprenden el camino solos con la familia, por su cuenta.

¿Ves esos restos de una carreta, casi comidos por la hierba, confundidos con ella? ¿Y esas cruces de madera un poco más allá? Responden a una historia repetida. La carreta de una familia se rompe y todos se quedan allí, mirando el trozo de cielo bajo el que han quedado paralizados. De vez en cuando pasa alguien y, por cortesía civilizada, ofrece su ayuda, pero se la rechazan y no insiste; en realidad nunca pensó que la fueran a aceptar. No se ha llegado hasta allí para depender de los iguales. La familia muere y gentes piadosas que pasarán después se detienen, esta vez sí, para darles cristiana sepultura. Es el modo de avanzar, la primera ocasión de ponerse a prueba ante la suerte. Ya puedes imaginar que es el mismo modo que cuando se detienen y asientan. Cada uno para sí mismo: o somos self-made-men o no somos. ¿Cómo lo gritaba Hamlet hace no mucho? Ah, sí: “A partir de este momento, seré sanguinario o no seré nada”. Eso es. Le viene que ni pintado a la fase, porque no estamos en el Lejano Oeste, sino en el Salvaje Oeste. No son dos zonas geográficas, sino dos tiempos en la misma zona.
Aquello era un circo, un circo de verdad, cuando todavía había bisontes, indios, fuertes donde vivía el Séptimo de Caballería; una empresa descabellada que funcionó e impuso el orden necesario para que prosperara la posibilidad de los negocios. La vida en movimiento frenético, porque no podía ser más lenta que las balas. En realidad fue menos tiempo del que parece. Hubo hasta una Política India: masacrarlos y dejarlos en las reservas. Terminada la misión, la cosa cambió bastante. Se convirtieron en vaqueros, los cow-boys de las películas, porque tenían praderas para dar de comer a las vacas y trenes para alimentar al Este. Ellos interpretaron la etapa salvaje. Que terminó bajo una carpa de circo al que para verlo se pagaba entrada, como el Buffalo Bill’s Wild West Show, que hasta creo que recorrió Europa: los que hacían de artistas se representaban a sí mismos; pocos años antes habían hecho lo mismo, pero matándose de verdad. Fueron los supervivientes que se vieron obligados a seguir sobreviviendo con lo único que sabían hacer: primero como tragedia y después como espectáculo. Tampoco es tan raro: del circo al circo es un movimiento redondo.
No creas que de eso hace mucho, que mi abuelo ya había tenido a mi madre cuando Buffalo Bill era todavía un artista de tourné. Pero más cerca históricamente de nosotros, y mucho más cerca todavía por lo que nos ha contado el cine, está lo otro, el Lejano Oeste. Es nuestro destino en este movimiento que empezamos como un juego. El salvaje oeste lo cuentan las películas de indios y vaqueros. Nuestro periodo lo cuentan las películas del Oeste.

Ahora sí que te ruego la máxima concentración, porque estamos en el meollo: la mente abierta y los sentimientos dispuestos a imprimirse en ella, para que cuando lleguen las historias las puedas vivir. Lo primero que has de conocer, como si vivieras en él, es el pueblo, porque es el centro de todas las historias. Incluso aunque transcurran en las quebradas, los valles, las montañas cercanas, siempre empiezan o terminan en un pueblo.
Desde el aire, a vista de pájaro (o del avión desde el que se rueda la panorámica), parecen incomprensibles: una cuantas casas, agrupadas sobre todo al lado de una calle ancha (antes o después, recuerda, han de pasar por allí las vacas, conducidas por los vaqueros en un viaje de meses; o más tarde hasta la estación de ferrocarril). En medio de la nada más absoluta y estéril.
Bajemos al suelo. ¿Qué hace esa gente allí, de qué vive? Porque no hay agricultura ni ganadería a la vista. Sin embargo, sí hay una oficina del sheriff, un banco, una funeraria, un salón donde se reúnen a beber, a jugar al póker entre ellos o con tahúres profesionales, y a juntarse con las chicas, jóvenes y procaces; también hay una tienda que vende de todo, desde herramientas y comidas enlatadas, sobre todo judías, hasta trajes de París que se piden por encargo; está la oficina de la diligencia antes de que haya una estación de ferrocarril; también hay una iglesia y una escuela, y hasta una peluquería y un hotel. Hay más personajes, que ocupan todos los lugares que hemos citado, pero no llegamos a saber muy bien a qué se dedican. Las mujeres se pueden dividir en tres grupos, las procaces chicas del salón, venidas de las ciudades con sus ropas de colores chillones, las mujeres de los habitantes del pueblo, de mediana edad y todas bastante feas, y la maestra de la escuela, que es joven y bella, pero no es procaz ni viste ropas chillonas. A veces, se convierte en la novia del protagonista de la historia y se casa, antes de volverse fea, suponemos que para que otra hermosa joven ocupe su lugar.

Sabemos quiénes son, pero también que no pueden vivir de ellos mismos: no hay un recorrido posible de los dólares de unos a otros que dé para todos. Haz un ejercicio imprescindible, para familiarizarte, y verás que tengo razón. Llega al pueblo, en diligencia o ferrocarril. Eres agradable y hablas con todos. Hospédate en el hotel y come una chuleta con judías en el restaurante. Pasea y charla, compra algo en la tienda, córtate el pelo, la peluquería es un centro social de primer orden. Después, ve al salón: es mejor que a los jugadores los observes, pero sin entrar en la partida. Muchas de las historias del Oeste terminan con el forastero arruinado o, en caso de buena fortuna en el juego, muerto en un duelo en la calle ancha. Bebe whisky y hasta sube a los dormitorios con la chica que más te guste. El domingo, acude a los oficios religiosos. Desde entonces ya puedes saludar a los del pueblo, hacerles una reverencia a las mujeres, sobre todo a la esposa del predicador. Incluso mirar de cerca a la maestra.
Pero sigues sin saber de qué viven, ofreciendo tantos servicios. ¡Un momento! ¿Te quedaste a charlar en la tienda, como te dije? ¿No viste que llegaba gente en carros, hacía grandes compras y se marchaban o se quedaban a visitar la peluquería o a beber en el salón? Tienes que prestar más atención: vives ahí, ¿recuerdas? Esa es la gente que pone el dinero: los de los ranchos que quedan fuera de la panorámica de la vista de pájaro. Habría que hacer la toma desde mucha más altura para que entraran en el cuadro. Son los que viven alejados, dedicados a la cría de ganado. O a una débil agricultura, pero suficiente para proporcionar trigo y judías. También llegan de las montañas próximas mineros del oro, con una pequeña bolsa con gruesas pepitas que malvenden en el banco.
Los que cuidan pequeños ranchos, con un poco de agricultura y algo de ganado, casi para consumo propio, son seres pacíficos. Aunque alguna vez, una injusticia convierte a uno de ellos en un forajido. Apréndete esta palabra porque se trata de un personaje principal de muchos western, tanto si se le presenta como un malvado o, románticamente, como un hombre bueno. Son más habituales los trabajadores de los ranchos que acuden al pueblo a gastarse la paga de muchas semanas. Estos son malos de corazón y crean conflictos. Pero si se les mete en la cárcel del pueblo (la oficina del sheriff) o si el juez que vive en el pueblo o viene de un pueblo cercano(no lo he citado porque, salvo excepciones, cumple su función y desaparece) los quiere enviar a la horca o a un presidio, el dueño del rancho viene con gente armada a liberarlos, porque al fin y al cabo es con su dinero metido en el banco, con sus abundantes compras más el gasto que hacen sus hombres, .con lo que viven los ciudadanos del pueblo. Ahí sí que hace falta un buen sheriff, que no es raro que en otro tiempo fuera forajido y sepa disparar bien, para el previsible enfrentamiento con los del rancho. Cuando ese sheriff no existe, los malvados abusan hasta que llega el hombre adecuado. A la gente de allí, como los buenos sheriffs tardaban en llegar, y los jueces también, o llegaban borrachos, les gustaba lo que propuso Lynch y preferían linchar rápidamente a los apresados, sin tiempo para demostrar que eran inocentes, si lo eran. Tampoco es que el sistema lo descubriera Lynch: lo de matar pronto y que luego Dios decida viene de lejos. Pero en las historias del Oeste, el linchamiento y el duelo en la calle ancha se iluminan con una luz mucho mejor.
Nos falta el personaje principal: el pistolero. Normalmente, contratado por el del rancho, o por el dueño del banco cuando le han robado. Aunque también recorre la zona perseguido por su fama, sin que nadie le contrate. Haber matado en duelo a un hombre te convierte en pistolero. Siempre habrá quien quiera quitarte esa corona midiéndose contigo. Si no eres muy bueno, mueres pronto y no hay historia, pero si de verdad eres bueno irás matando a los que te ofendan para hacerte salir a la calle a disparar. No hay delito en dos hombres que se enfrentan cara a cara en la calle, con sus pistolas. Se ve como una restitución: del orden, de la verdad o del abuso criminal, según quién gane. Contemplar un duelo desde la ventana del salón o la terraza del hotel te proporcionará una experiencia profunda de la muerte como justicia y te será más fácil entender las historias. Porque la muerte violenta es el lago donde flotan las historias del Oeste. Demasiado parecidas a los relatos de los griegos como para no pensar en la impostura de los escritores de este género.

Ya has sentido todo lo que debías sentir para que estas historias no sean una más entre muchas. Se terminó el esfuerzo. Ya puedes adoptar una actitud pasiva para escuchar la historia del Oeste que nos va a contar David, el que más a gusto se siente en ellas, el que empezó a contárnoslas. Después vendrán la de Juan y la de Marina y la de Ernesto y la de Javier y la de María y la de Fernando y la de Róber y la de Nacho.
Te has ganado este placer.

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Y ahora ya podéis hacer clic aquí, EXACTAMENTE AQUÍ, para leer esas historias. De verdad que merece la pena.