martes, 6 de abril de 2010

El tema del Taller: género negro


Cuando todo falla

Cuando se quedó solo al marcharse el Ingeniero de la casa del bosque en la que únicamente él y Gotlieb le podían localizar, Ramón, con las luces apagadas, contempló cómo oscurecía en el exterior, se emborrachó, lloró, se quedó dormido y al amanecer se marchó. El Ingeniero le dio ocho mil euros, que le dijo que había cobrado Gotlieb por buscarle, añadiendo que desapareciera porque en tres días iniciarían, precisamente allí, su búsqueda. Que era el último favor y no volviera a recurrir a él. Se marchó aunque sabía que Gotlieb solo haría ruido, buscándole donde no estaba. Porque también sabía que este no sería el único contratado y que moriría antes de gastar ese dinero.

Cuando el empresario creía que dilataba el pago de la droga a un proveedor, porque pensaba que contaría con el apoyo de cierto Servicio teóricamente desaparecido, no sabía que el proveedor era el Servicio.

Cuando el encargado del operativo, joven recién llegado con ideas nuevas, lo organizó con gente de la calle que creía trabajar para un proveedor latino, salvo Ramón, antiguo miembro despedido por sus chapuzas al que le daban trabajillos fáciles por la presión de su padre, creyó que iba a descubrir América y zozobró antes de cruzar el Estrecho.

Cuando el Servicio, de pequeño tamaño, fue oficialmente desmantelado ante la perspectiva de que llegaran tiempos nuevos, mantuvo los objetivos para los que había sido creado en 1945, pasando a financiarse de aquello de lo que más sabía, la delincuencia organizada disfrazada de una red de empresas de las que también, por los favores recibidos, obtenía buenos rendimientos.

Cuando el equipo que nunca debía haberse formado fue encargado de dar un susto, simplemente un susto, al empresario moroso, nadie les avisó de que aunque estaría de vacaciones con la familia en una propiedad junto una playa de difícil acceso, era probable que contara con algún guardaespaldas; pero que estaban avisados y no moverían un dedo. Quizá por eso uno del equipo se puso nervioso y disparó, hiriendo superficialmente a uno de ellos en un hombro.

Cuando se produjeron los disparos, Ramón huyó con el coche dejando a los otros, creando un problema cuando llegó la Guardia Civil, que tenía un cuartel cerca. Que un acto privado se convirtiera en público creó una serie de complicaciones del tipo que eran la pesadilla del Servicio. Tuvieron que hacerse demasiadas llamadas de teléfono para que se supiera que allí no había pasado nada. Pedir un favor significaba devolverlo. Por eso todos los que tuvieron que hacer las llamadas pidieron la cabeza del conductor.

Cuando en su empresa de importaciones y exportaciones situada en un piso alto de los impares de Gran Vía, tapadera de un intercambio de favores y centro de comunicación de lo secreto, visitó a Gotlieb uno de los funcionarios del espionaje oficia, dándole cuatro mil euros por los gastos de buscar a Ramón, salvo por ese detalle técnico la larga conversación fue la habitual entre dos viejos amigos que tenían muchas anécdotas de las que reírse juntos. Al quedarse solo entró en el cuarto del fondo, a prueba de todo tipo de intrusión, guardó el dinero en la caja fuerte, sacó el doble en billetes no rastreables y encargó al Ingeniero que se los llevara inmediatamente donde él sabía, con un mensaje de corte temporal de las comunicaciones.

Cuando el Ingeniero volvió al día siguiente al atardecer y se puso a trabajar tranquilamente, Gotlieb supo que todo estaba arreglado. Se encerró en el despacho, se sirvió un vodka triple, pensó en Ramón, el atolondrado; una buena persona que nunca debería haberse dedicado a eso, pero que entró por la influencia de su padre, al que ni el Servicio ni el hijo podían decir que no. Se había sentido protector de Ramón porque lo unía a él su pulsión más poderosa: el odio al padre, que les había echado a perder la vida. Maldijo a ese padre, que por falso orgullo se iba a quedar sin hijo. Maldijo una vez más al suyo, que se hizo nazi en Munich en el año 44, cuando supo que la guerra la iba a perder Alemania, y se vino a España a organizar la recuperación. Pensó en su hermanastro bastardo, que también había dedicado la vida a maldecir al padre de palabra, pensamiento y obra; e hizo algo inusual, como si se sintiera asfixiado. Abrió las gruesas cortinas del despacho, desde cuyo balcón se veía la Casa de Campo y hasta el horizonte de la sierra. Le gustó el furioso rojo anaranjado del poniente de Madrid, aunque sabía que esa belleza no era más que el efecto de la luz lateral al posarse sobre la contaminación y la suciedad del aire.

7 comentarios:

Librería de Mujeres Canarias dijo...

Pues es absolutamente trepidante y yo que llevo años sin leer novela negra, policíaca o como se llame, he quedado atrapada en el inicio, envuelta en el transcurso y bloqueada en el final de ventana abierta.
¡Bravo! Cómo se nota, cuánto, el conocimiento de los géneros. ¡La envidia me mata!
Beso

Dol dijo...

Y es que hay mucha belleza furiosa en aquello que se aposenta sobre lo contaminado .
Felicidades .

NáN dijo...

Querida y veloz IZASKUN, subí esto pero todavía no he tenido tiempo de pasearme por vuestros blogs. Esta tarde. Desde Dashiel Hammet (seguro que alguien podrá corregirme y llevarlo más atrás), la buena novela negra, la que no va de persecuciones, nos cuenta el entramado podrido, pero resistente, de la sociedad. Merece la pena. Además, no suele terminar con la detención de los culpables. En todo caso, de algún pringadillo. Como la vida misma. Te recomiendo prestar un poco de atención a estas novelas de lectura veloz.

Ay, REYES, el problema es el glamour de lo sucio. ¿Te acuerdas de lo guapísimos que iban Correa y el Bigotes a la boda de la hija de Aznar? Visto lo visto, ¿qué pintarían allí, Correa, además, como testigo... luego ¿íntimo del Jefe?

Isabel dijo...

¡Lo modernas que están ahora estas tramas clásicas!

Me gusta mucho la forma de contarlo, ese cuando marca mucho y bien.

VERONICA LEONETTI dijo...

A mi me ha dejado la sensación de que entre tanta acción en realidad no había pasado nada... hasta que se asomó por la ventana.

Zayi Hernández dijo...

Es de esos relatos que lees con el corazón saltando de párrafo en párrafo. Me gusta la mirada introspectiva que hace el protagonista de su propia vida...todo tiene una razón de ser, así dicen.
Muy Bueno Nán.
Besos.

NáN dijo...

Las tramas clásicas es lo que tienen, ISABEL, son perennes, con independencia del tipo de gobierno. Vivimos unos momentos afortunados en los que alguna de ellas está saliendo a la luz.

Te agradezco lo que dices del modo de contarlo.

Acertaste en el centro de la diana, VERÓNICA, siempre parece que no pasa nada y al final lo vemos en una metáfora. (Esa fue mi intención).

Gracias, ZAYI, conozco muy bien a Gotlieb, su hermano (te puedo revelar que el hermano es el autor de las cartas a Berta), al padre... Llevo años jugando en mis paseos a inventarme historias de esa familia, como una agradable obsesión Y, a veces, me resuelven una historia.

Bueno, como decía Isabel, estas historias están ahora en la noticias (la punta del iceberg), solo espero que como demócratas sepamos a quiénes tenemos que seguir cerrando el paso durante un tiempo, porque se han hecho uña y carne con parte del horror.