Los pasos perdidos
Había una ventana. En la habitación que ocupaba de niño, cuando vivíamos mi padre y yo solos. Daba a un pequeño patio con un limonero y un membrillo, cerrado por un muro bajo junto al que crecían arbustos que mi padre podaba para que no lo sobrepasaran. Basta con que lo tapen, me decía, porque los muros siempre son feos. Me gustaba abrirla para ver los limones y los membrillos, cuando los había. Los limones recogen el sol en la piel y reflejan la luz, como un espejo duro; por eso son amarillos por fuera pero no por dentro. Los membrillos se dejan atravesar por la luz y la van soltando poco a poco. Una luz velada, pero sincera. Con el frío, abría la ventana para ver los árboles sin frutos y las montañas a media distancia.
Mi padre me despertaba en cuanto se levantaba. Nos lavábamos juntos, desnudos de cintura para arriba, con agua fría y jabón, resoplando de frío y riéndonos. Después, él hacía cuidadosamente el café en la olla mientras yo calentaba la leche. Desde que cumplí 10 años añadía un poco de café en mi cuenco. Mojábamos pan del día anterior. Él ponía lo que había sobrado de las legumbres con carne de la cena en una sartén con cebollas y ajo, también pimientos cuando había, echaba la mitad en una tartera y me dejaba la otra parte en la cazuela, para la comida. Fregaba, se ponía el mono, con la boina, una gabardina por si llovía y una bufanda si hacía frío, y me traía un libro a la cocina. Léelo para mí y por ti; esta noche me cuentas lo que has leído. Faltaban dos horas y media para la escuela y me quedaba en la cocina, en silencio, leyendo y memorizando para contárselo como si él lo leyera.
Por la tarde llegaba de trabajar duchado y limpio; con las compras hechas. Mientras se cocían las legumbres, se ponía un vaso de vino, liaba un cigarrillo y se sentaba en la mesa de la cocina a oír mi historia. Así aprendí a fijarme en los detalles, por la importancia que él les daba. Había heredado de su padre, un obrero socialista y masón, la pasión por los libros, pero no tuvo tiempo de ir a la escuela y desarrollarla. Después de cenar, me compensaba contándome historias. La que más me gustaba era la del día en que su padre lo llevó a conocer la logia. Le emocionaba. El día que su padre, con el traje de los domingos, le enseñó el templo, que le impresionó, pero todavía más el Salón de los Pasos Perdidos, la antesala, donde los compañeros de su padre le saludaban afectuosamente y después charlaban en susurros, en pequeños grupos, preparando la reunión. Perdió al padre en una tapia del cementerio, pero nunca se olvidó de él ni de ese día. Fue la imagen que lo acompañó y le dio consuelo, aunque nunca pudo entender el significado real: que esos pasos que allí daban se perdían en la memoria y al entrar en la reunión solo quedaba lo pactado. Que eran un filtro adoptado y aceptado entre hermanos. Se emocionaba al hablar de esa fraternidad. Abogados, médicos, empleados y obreros, todos juntos tratando de mejorar el futuro; antes de que precisamente esa unión condujera a la tragedia. Toda su vida esperaba que yo leyera y aprendiera, porque estaba seguro de que volvería el tiempo en que los hombres trabajarían como hermanos. De haber vivido lo suficiente, se sentiría orgulloso de mí, por mi trabajo; pero también sentiría como un agravio mi desclasamiento: el de todos los trabajadores. En el fondo, era un aristócrata del movimiento obrero que creía en la unión de los mejores de la clase obrera con los mejores de la clase burguesa intelectual. No habría entendido los seiscientos y el apartamento en la Costa Blanca como objetivo primordial.
He leído esto, que hace tiempo escribí en una libreta, después de que un primo de mi hijo, cuando hablábamos de Pepe, ha preguntado quién era. Le he dicho que mi padre. Me sorprendió que dos generaciones después de la suya, alguien, aunque no fuera descendiente directo, ni siquiera lo hubiera oído mencionar. Que nadie le hubiera hablado del abuelo de su primo. De su luz tenue como la de un membrillo. En qué poco tiempo desaparecemos de la memoria. En cuatro generaciones, como mucho, el olvido es absoluto, el silencio sobre nuestra vida se vuelve eterno. Al morir se pierden nuestros pasos. Pocos años después, hasta el silencio deja de oírse.
29 comentarios:
Me ha encantado. Necesito silencio, supongo.
Muchos besos,
K
Hice un comentario precioso , perdón por la inmodestia , sobre este maravilloso texto.
Pero mi no menos maravillosa conexión de Cutrefone me ha tirado en el último minuto .
Lo siento, Nán , funciono por arrebatos y ya no me saldrá igual.
Pero repetiré lo esencial;
que eres un artista .
Besos.
Hermoso homenaje. Retratas a un hombre muy interesante al que seguro que me habría gustado conocer.
He caminado contigo por el sendero
del recuerdo, de la mano de tu
padre. Qué hermoso relato, Nano.
Qué manera de hacernos partícipes
de ese limonero, de ese membrillo,
bañados de luz a la espera del
fruto. He sentido el frío del
agua y la jabonadura, acompañada
de risas...
He saboreado estas vivencias tuyas
querido amigo, como si de miel
se tratase. Tu padre era un
sabio y tú has heredado todo
de él. Que algunos no lo recuerden
y qué, si tú lo llevas contigo,
con sus ideas de días mejores
para los trabjadores, como masón
que era. No, no hay silencio
posible para él. No lo hay.
Un beso muy emocionado para ti.
Baby
Queridas, es un ejercicio de taller, un relato, una ficción. Y si mi vanidad se alegra con lo que dicen KIKA y JUNE, no hay mejor elogio que el que ELVIRA y BB me hacéis, porque significa que he conseguido una construcción verosímil.
No obstante, toda ficción tiene un mimbre de realidad que la sostiene. La mirada de un hombre con el que te cruzas 1 segundo en la calle puede desencadenar esa ficción.
Mi padre, que sí se llamaba Pepe (¿es este el mimbre de este relato?) era una persona interesante, pero salvo dos pequeños nudos más, no tiene nada que ver con el personaje del relato.
Gracias, encendidas esta vez, a las cuatro.
Nano, me encantó tu relato, pero ya te contesto lo que me provocó.
Sobre Alejo, el padre, y más...
No soy de arrebatos, aunque lo parezca ;). Prefiero releerte, si a textos se refiere y más , y ya tú sabes.
Bs, Nan.
Hola, Nán. Me ha gustado mucho la historia de tu padre y tu abuelo. Se nota que tu padre estaba orgulloso de tu abuelo, como tú lo estás de tu padre.
Al leer el relato me doy cuenta de que no somos (me refiero a la generación actual) dignos de ellos.
Mucha gente dio su vida, o al menos una parte importante de ella, para conseguir una sociedad más fraternal y equitativa, y nosotros, aunque hemos recogido el fruto de su esfuerzo, no estamos a la altura de éste.
Tú hablas del seiscientos y el apartamento, pero no es sólo eso. Es el hecho de que para mucha gente su objetivo en la vida sea tener más bienes que el vecino. Por no hablar de esta moral que se admira a quienes han triunfado económicamente sin reparar en la forma como lo han conseguido (generalmente estafando o explotando a otros).
Pero esto último no importa. Lo que cuenta es el coche que se tenga, el barrio donde se viva, el tener segunda o tercera residencia... Eso por no hablar del trato que se da a los inmigrantes. Los que han sufrido humillación y explotación de otros más adinerados, ahora explotan a la pobre gente que viene de países subdesarrollados. No hay más que ver cómo se aprovechan muchas familias españolas de las empleadas de hogar internas (generalmente suramericanas), sometiéndolas a horarios interminables por 600 euros al mes.
Ya digo que no estamos a la altura de las personas que lucharon por una sociedad libre, igualitaria y justa, como tu padre o tu abuelo.
Es casi mejor que no puedan verlo, que no puedan vernos.
La gente como él no debería morir jamás...cuando los olvidamos es cuando mueren...no antes...
Besitos.
Un relato repleto de sentimiento.
Me has conmovido, niño.
Me quedo pensando en silencio.
Mil besos.
Un 20 te mereces. (Y un 30 también). Leerte y ver con todo detalle esas imágenes que construyes resulta inevitable. Como si estuviéramos viendo todos juntos una hermosa película.
Un besón
PS: Siempre me quedo con ganas de leer más. ;-P
Gracias, Nán. Soy yo otra vez. Después de dejar mi comentario he leído los comentarios previos y me doy cuenta de que tu relato es ficción. Bueno, es igual: eso no cambia sustancialmente las cosas.
Ah, leí tu comentario en mi blog. Muñoz Molina es uno de mis autores favoritos y no me pierdo sus columnas de El País/Babelia (ni tampoco los artículos que escribe en la revista Muy Interesante bajo el título de "Las dos culturas"). De sus obras me encantaron "El jinete polaco" y "Sefarad" (las otras novelas, no tanto). Aguardo anhelante la publicación de su nuevo libro, "La noche de los tiempos", que según creo sale el próximo jueves.
Las palabras vuelan, pero lo escrito queda, decía mi abuela.
Qué placer, EVA, que me releas. El camino del taller, del que para uso interno envié a mis compañeros 5 pasos, es complicado pero apasionante. Uno de mis compromisos personales era hacer relatos claros y directos, como este (pero no siempre, no siempre). Tu intención de relectura es uno de los cobros recibidos.
SAIZ (1 y 2), totalmente de acuerdo en los dos casos. Con respecto al 1, cuando vi la última película de Berlanga, hecha con la intenciónde que fuera su última película, y vi el último plano, en el que la cámara se detiene en una pintada en un muro que dice "tengo miedo", me sentí cercano a él.
En cuanto a tu comentario 2, también tienes toda la razón, que sea autobiográfico o no carece de importancia. Lo que se escribe como relato es ficción, se refiera o no a cosas que han sucedido realmente. Pero por otra parte, la ficción explica siempre la realidad, aunque sea perversamente, de una manera que los textos que pretenden reales no consiguen.
ZAYI, simplemente gracias por tu percepción y tu atención.
ESTNOM, tu conmoción es, como le decía a Eva, lo que me compensa.
GEMMA, oe, oe, oe , oé. Tu puntuación la celebro como cuando veo jugar a Iniesta.
Con respecto a la posdata, ¡qué cara tienes!, tú que sabes decir todo lo que hay que decir en 75 palabras.
ISABEL, no siempre para bien. De ahí el riesgo que corremos los que escribimos, entre los que estás tú.
Hola Nán,
Un relato entrañable y profundo!
¿Qué es lo que produjo el desclasamiento que fué disolviendo las mesas redondas de los caballeros fraternales? Sugieres que el cambio a objetivos materialistas. Es posible verlo así. Pero el relato también sugiere otra idea que me gustaría explorar.
El último párrafo del relato habla del olvido de las generaciones sobre las anteriores y del silencio eterno. Y me pregunto ¿será este silencio consecuencia de la orientación hacia el futuro de la hermandades y su escaso aprecio por la memoria, tal como sugieren sus prácticas en el salón de los pasos perdidos?
O dicho de otra forma ¿será que todos los progresismos están destinados a fracasar por arrasar con la memoria de la tradición (alma del pueblo) y concebir ésta únicamente en su aspecto negativo de reaccionaria?
En el relato se respira melacolía. De algún modo se reivindica el alma de estos caballeros (su memoria y tradición) pero sin convinción. Parece como si su herencia fuera el seiscientos... Qué triste!
Fantástico, NÁN, has atrapado el sol en ese membrillo (como en aquella peli). Siempre me queda una sensación de paz, desolada si quieres, pero paz, al leerte. Eres como un calmante vitaminado.
Interesante reflexión, TALIESIN. Introduces una tercera memoria que sí podría ser causa de lo que dices. Pero esa no está en las dos a las que me refiero.
La primera, la de nuestros antepasados, es un hecho que supongo habrá existido siempre, salvo en las familias de linaje, en donde se ha cultivado. Es normal que un padre o madre te hablen de sus padres, además de que lo normal es haberlos conocido. Por lo que nuestra memoria de ascendientes se corta prácticamente en los abuelos. En mi caso, por mención de mis padres, dado que el último de mis abuelos murió cuando yo tenía menos de tres años, además de que no vivíamos en la misma ciudad.
La segunda memoria a la que hago referencia es muy interesante: la de los masones en el salón de los pasos perdidos. Me parece genial. Ahí discuten, llegan a acuerdos y, una vez llegado, olvidan el proceso para centrarse todos en el resultado. Por eso son fraternos, porque no se quedan en las disensiones del proceso, sino en el resultado pactado. Las disensiones son un medio para llegar a una opinión común. Una vez que se ha alcanzado, nadie tiene nada contra nadie.
Por tanto, las dos memorias que sí están en el relato como tales no son culpables: una lo es por costumbre, la otra como método que armoniza.
La tercera, que tú mencionas, y que viene bien traída por el "desclasamiento", que es una ruptura con la memoria de lo que se había querido cambiar, sí es un problema. Pero no solo para los progresistas: es la sociedad del espectáculo, con su histérica necesidad de novedades y opciones distintas. El posmodernismo, vaya.
Mi querida BÁRBARA, acepto el rol de darte paz, aunque sea desoladamente. Pero ojo con lo del calmante, no vayan las farmecéuticas a denunciarme por suministro ilegal de fármacos.
me ha gustado mucho, pero mucho.
extrañamente, esa narración en primera persona, me evoca los otros pasos perdidos, los de Carpentier.
Creo que cuando nos vamos, cuando dejan de vernos y oirnos, nos van olvidando. Pero quizás lo peor es que se pierda, irremediablemente, lo que éramos, lo que recordábamos, nuestras rutinas y nuestras habilidades.
Seguro que le servían a alguien.
Ah, MORELLI, otro interesante comentario sobre la memoria. Creo que te refieres a esa primera memoria de la que hablaba en el comentario a Taliesin, la memoria personal de la propia familia. Sin duda es corta. Supongo que un "noble", que se ha criado viendo los cuadros de muchos antepasados suyos, escuchando sus historias, tiene una ventaja sobre los demás (normalmente, por azar y de partida tiene muchas ventajas socioculturales).
Pero si lo pasamos de lo personal a lo cultural, lo que me sugiere tu comentario, la cosa es peor. Lo trataré de explicar con una anécdota.
Desde que empezó el llamado "desarrrollismo", es decir el acelerón para sumarnos al capitalismo en su fase actual, prescindimos de todo el conocimiento (tecnología) anterior. Hubo un trabajo de ámbito nacional para acabar con todo lo anterior, lo malo y lo bueno. El cine de los sesenta estaba lleno de burlas hacia los "catetos". Estos eran despreciados. Los que habían ido a vivir y trabajar a la ciudad regresaban al pueblo como "superiores".
Sin embargo había todo un conocimiento y tecología que nos habían permitido vivir durante milenios. Cuando el capitalismno moderno, desarmados los rurales de toda autoestima, se hace cargo de la zona, en un trabajo "intensivo" (que no digo que no hiciera mucha falta para aumentar la producción para satisfacer una demanda creciente) que rompe, para mal, con todos los conocimientos acumulados.
Una anécdota: hay en Palencia un pueblo creado donde no había nada, hace más de veinte años, por la unión de quienes querían experimentar la agricultura y la ganadería biológica sostenible (incluyendo en lo sostenible que quienes la practicaban pudieran visir de eso) y una pareja de arquitectos. Me ceñiré a estos últimos para no alargar el comentario.
Los arquitectos, barceloneses, se comprometieron a crear edificios autosuficientes con toda la tecnología actual, alimentada por placas solares, pero con la comprobada tecnología antigua: un adobe que da frescor en verano y calor en invierno.
Leyendo los escritos, todas las pruebas daban un adobe de condiciones inferiores al tradicional. Ya no quedaban fábricas, pero quedaba vivo un señor de casi 90 añor que había trabajado en ellas.
Cuando los arquitectos le explicaron cómo fabricaban ese "adobe" defectuoso, el viejo comentó: "¡Ah, pero ¿no lo volteáis cada semana para que coja el sol por ambos lados?".
Las casas, ahora, son excelentes. Ese viejito, que ya habrá muerto, era el último que tenía, en su cabeza, el conocimiento tecnológico imprescindible.
Cuánto hemos perdido que no se recuperará, porque esos conocimientos se trasladaban de padres a hijos. No se ponían en protocolos, manuales de procesos ni nada semejante.
A mí también me ha encantado, NáN. De verdad, mucho.
Y los últimos comentarios sobre la memoria, cada uno a su manera, también. Muy interesantes.
Yo, como sabes, tiendo más a ver el aspecto personal, esa pérdida familiar. Pero lo último que habéis dicho es muy interesante, insisto.
Un abrazo.
"...a fuerza de retroceder en el tiempo, de resucitar imágenes, la muchacha comprendió, maravillada, que los ausentes siempre están presentes, que no basta con tomar un tren y partir en dirección determinada para hacerlos desaparecer..."
LA MEMORIA DE LAS PIEDRAS, Carol Shields
+besos
PORTO, estoy encantado con los comentarios. Me han hecho reflexionar mucho, primero sobre el derecho del autor a decir lo que pertenece o no a la biografía. Después, sobre las diversas memorias.
RAFA, tu cita tiene razón, vivimos un tiempo en la memoria de otros, pero es la de otros que han tenido mucho contacto con nosotros; o bien somos los otros que llevamos a gente en la memoria. Pero la cadena es corta.
Me encanta que te pases por aquí. ¿Cómo va esa segunda novela?
Un abrazo a los dos.
Ya. Pero ¿y si no fuera tan corta, la cadena? ¿Y si todos los hechos se van precipitando en una matriz moldeada por precipitados de los hechos de los que nos antecedieron y que es moldeadora (fado) de los eventos que tenemos que afrontar?
Esta memoria es en la que estaba pensando yo y es a la que se refiere, creo yo, el texto de Carol Shields. La presencia de los ausentes son imágenes (icónicas y sonoras) que constituyen el alma, "realidad" sobre la que se desarrolló la vida de las personas y los pueblos durante miles de años. Y creo que se podrían seguir desarrollando si aprendemos a dialogar con ellas para labrar un futuro adaptado a las nuevas necesidades, y arraigado.
Por cierto, se debe entender que las imágenes de la que hablo no son las que pueden estar depositadas en los museos, sino que están vivas en el corazón humano y que se encuentran a poco que se inicie el viaje en su búsqueda.
Saludos
Me ha encantado el texto NáN. El texto y todos los comentarios sobre la memoria.
(Tengo que hablarles más a mis hijos sobre mi madre y mis abuelos, hacer que no caigan en el olvido, al menos no tan pronto ...)
...Querido Nano, poderoso...
...Miguel Labordeta decía esto (no sé por qué me ha recordado a lo que has escrito)
"Me registro los bolsillos desiertos
para saber dónde fueron aquellos sueños.
Invado las estancias vacías
para recoger mis palabras tan lejanamente idas.
Saqueo aparadores antiguos,
viejos zapatos, amarillentas fotografías tiernas,
estilográficas desusadas y textos desgajados del Bachillerato,
pero nadie me dice quién fui yo.
Aquellas canciones que tanto amaba
no me explican dónde fueron mis minutos,
y aunque torturo los espejos
con peinados de quince años,
con miradas podridas de cinco años
o quizá de muerto,
nadie,
nadie me dice dónde estuvo mi voz
ni de qué sirvió mi fuerte sombra mía
esculpida en presurosos desayunos,
en jolgorios de aulas y pelotas de trapo,
mientras los otoños sedimentaban
de pálidas sangres
las bodegas del Ebro.
¿En qué escondidos armarios
guardan los subterráneos ángeles
nuestros restos de nieve nocturna atormentada?
¿Por qué vertientes terribles se despeñan
los corazones de los viejos relojes parados?
¿Dónde encontraremos todo aquello
que éramos en las tardes de los sábados,
cuando el violento secreto de la Vida
era tan sólo
una dulce campana enamorada?
Pues yo registro los bolsillos desiertos
y no encuentro ni un solo minuto mío,
ni una sola mirada en los espejos
que me diga quién fui yo."
...Un abrazo...
Largo me lo fiáis, hacia atrás, amigo TALIESIN. Aunque puedo aceptar, la ciencia y la experiencia lo dicen, que heredamos rasgos físicos, de carácter, hasta gestos ("ah, mi hijo pone el mismo gesto que conocí de mi abuelo"), no puedo creer en esa alma que dices. En el corazón, que no en los museos, se guardan muchas cosas, pero nada me dice que también entren ahí las experiencias concretas.
Puedo seguirte hasta muy lejos. De hecho, te sigo con placer en muchas de las cosas que cuentas. Pero tan lejos no, no tan lejos. Para mí, la cadena de la experiencia es corta... aunque sí creo que sea larga en ciertas impresiones generales, no individuales, que vienen dadas con la atmósfera, la geografía, la lengua y las costumbres.
Gracias, MARÍA, en esto vuestro placer es el mío, como dice la fórmula de cortesía, pero aquí realmente. Y más, si el texto te hace tomar caer en la cuenta de la importancia de contar: ¡no los dejes sin historias!
Gracias, gracias, gracias, querido MIGUEL ÁNGEL. Por lo que me dices y por esta canción (que por supuesto no conocía). Resuena tanto, es una memoria literaria (pero no porque sea literatura, sino por la precisón que busca en el reconocimiento) de primer orden; otra memoria más, la que has traído. Lo he leído varias veces y todavía me sacude cuando, andando por la calle, recuerdo
Pues yo registro los bolsillos desiertos
y no encuentro ni un solo minuto mío,
Qué bonita, la canción, sí.
Un abrazo.
Sí, realmente es una hipótesis arriesgada. Tan arriegada como la del silencio sin memoria, puro y duro. Arriegada en el sentido que con cualquiera de las dos creencias creamos nuestra realidad.
En todo caso, y a pesar de haberse registrado recuerdos concretos después de varias generaciones, a lo que yo me refería no era a esa memoria concreta, sino a otra que es una disposición para reaccionar de unha determinada manera, a una trama sobre la que se configura la “realidad”, el maya hindú, la apariencia en el que estamos inmersos, tan sutil que hace que incluso el silencio eterno que borró nuestros pasos, sea una memoria.
Gracias por tu consideración.
..no va mal, no va mal..., pero no tan bien como tu blog...
+besos, nos vemos pronto...
¿Verdad, PORTOROSA? En mi alergia a la cantautoría, me pierdo cosas como esta; menos mal que siempre hay algún amigo que selecciona lo válido.
No hay por qué, TALIESIN, a cada uno según sus merecimientos. El problema es que prefiero no correr riesgos en lo que no veo. Pero acepto algo parecido a lo que, para la lengua, proponía la gramática generativa de Chomsky, que estudié allá por el año del catapum: todos los seres humanos nacemos con la capacidad de una estructura profunda (y común) de la expresión lingüística, que nos permite de niños aprender con facilidad (y con menos facilidad de mayores) el idioma que nos toca, porque de esa estructura derivan todos.
R.C., menos lobos. ¡Cómo vas a comprar escribir una novela con atender un blog! (Parece que no nos vimos, porque me fui antes de llegar vosotros: de noche soy una causa perdida).
Abrazos a los tres.
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