
En Trieste nos encontraremos todos alguna vez, aunque me temo que no al mismo tiempo.
Además del chico que está a punto de dejar de ser doctorando, he tenido la suerte de ir viendo crecer a cuatro niñas muy cercanas: M, P, M, P (mi hermana siempre fue muy metódica). Ayer me he enterado de que las dos M leen los Ángeles, así que dedico esta entrada a Mercedes y a María (y a Paloma y Paula cuando quieran). Es justo, porque este libro, mi primer encontronazo de la larga historia que pienso tener con Claudio Magris, ¡otro autor triestino!, lo empecé a leer en la mesa del comedor de su casa de origen, la sobremesa del día de Reyes, cuando todos se pasaron a la sala a sestear.
El libro de Claudio Magris, Microcosmos en español, Microcosmi en original, con copy de 1997, está traducido para Anagrama por J. A. González Sainz. Los extractos que copio pertenecen al capítulo “Assirtides”.
«Al volver a la isla, se piensa a veces que a lo mejor también la muerte es el fruto de esta costumbre del olvido, que tal vez se muere porque nos olvidamos de que somos inmortales. ¿Cómo dice el Toro del Zodiaco en el relato de Kipling, uncido bajo el yugo del arado y acicateado hasta sangrar, al León también él subyugado? “Acuérdate, hermano, de que un día fuimos todos dioses”. Pero es demasiado tarde para recordar y para sacudirse el yugo. Acaso el yugo sea justo, el castigo por la culpa de haber conocido o incluso solo presagiado el amor y la felicidad y habernos olvidado; de haber tenido el reino y no habernos dado cuenta».
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«También Paolo de Canidole tuvo su día y su memoria se preserva entre la gente de las islas, en los relatos que cuentan su pequeña historia repitiendo siempre las mismas frases y las mismas palabras».
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«El héroe de Canidole esperaba, opaco, la muerte y, antes aún, la probable ceguera, porque no había nadie, en la isla, que pudiese ponerle las necesarias inyecciones de insulina. Una anónima eutanasia, lenta y segura, proveía al ex héroe, ahora ya inútil. Mirando a aquel anciano, que había desafiado a un ejército y ya no conseguía ni afeitarse, se entendía que era inevitable olvidarse de haber sido dioses.
Pero en su entumecido abandonarse a la destrucción había algo regio, la tranquilidad. En el semblante azorado de su mujer, que se mantenía a distancia y ofrecía casi con temor una jarra de agua fresca, se leía en cambio sólo una antigua sumisión a las cargas y batacazos de la vida, una amabilidad tronchada, la apagada resignación de quien no ha tenido su día, de quien no ha tenido nada. Ese rostro refutaba la armonía de aquel mar y aquel cielo perfectos.
Ella hablaba de un hijo muerto de niño; añadió sólo, con una punta de orgullo, que tenía hermanos y hermanas en América, que de vez en cuándo le mandaban unos dólares. Tenía el aspecto de quien pide perdón por existir, pero se animaba un poco al escuchar a uno de los visitantes, que se le dirigía con un afectuoso y respetuoso miramiento, por el cual, el día del juicio, muchas cosas le serían perdonadas. Se marchitaba junto a su hombre, el héroe abatido y frágil, plácido como un tronco corroído, majestuoso todavía en su tranquilo irse disolviendo. Pero tal vez la corona más verdadera se posaba, escondida, sobre la cabeza de la mujer sin nombre y sin historia, porque el peso que ella había llevado era más duro que la cacería de un ejército y la amabilidad que su semblante había sabido conservar era de una realeza más alta que la de Paolo, el héroe de Canidole».
Posiblemente, Claudio Magris quede unido para mí al recuerdo de esa mesa larga y ya recogida, a solas en el comedor mientras al otro lado de las puertas oía el susurro de una película de dibus para los niños, a poco volumen para que los mayores durmieran un poco.
Me gustan estas entradas largas y pausadas de una mañana de domingo, que en Madrid está gris y algo lluvioso, parece que un poco fresco, lo que por raro empieza a ser lo que llamaríamos "buen tiempo" y que os deseo a todos tan tan bueno.

7 comentarios:
Eo!
No he leído nada de Magris. Habrá que incluirlo en la lista... de espera. No sé cómo a Borges, al final de su vida, le dio sólo por releer cosas. Con la de ellas que hay por descubrir. Yo tengo una estantería de mi librería que sólo contiene los libros que tengo pensado fumigarme. Decía uno de mis mejores amigos (antes de que una astilla se nos metiera por medio) que una biblioteca no es más que un proyecto de lectura personal. Razón tenía (y debe seguir teniendo).
Abrazotes.
Es una lectura lenta, como de un amigo que sabe, que ha ido depurando para contar lo que más te sirve y más atractivo te resulta.
Se lee lento.
L fue a ver La cena, de Jean Claude Brisville, que comparten Tayllerand y Fouché. Me contó una escena en la que al terminar de cenar el primero, el poder de siempre, saca dos copas de un excelente cognac. El segundo, el poder advenedizo, tan cruel como el otro, lo bebe de un trago. Tayllerand le dice lo que se hace con una bebida tan excelente: se agita, se huele, se mira, se vuelve a oler. Se deja sobre la mesa y se conversa.
Yo diría que Claudio Magris es como esa copa de buen cognac.
Pero para gentes alejadas del poder.
Abrazos, compañero
Si se lee lento, entonces es para mí.
Ando por aquí leyendo fragmentos. Tendré que hacer como Rilke, buscar el suelo mojado, las farolas de Trieste. Y quedarme a orillas del Adriático...
En releer también se descubre.
Releer es otra manera de descubrir (eso quise decir)
Lento. Y estaría bien fumando en pipa. Si fumáramos. Pero lo dejaremos, en una versión para todos los públicos, en ese libro que se tiene al lado del sillón para leer unas páginas, con la punta del lápiz bien afilada. La primera vez que te levantas por algo, pones la postal donde te quedaste y lo dejas para la siguiente vez. Luego lees otras cosas; pero en una de las capas de cebolla de nuestro pensamiento, lo que has leído sigue funcionando y haciendo su trabajo. Porque al fin y al cabo nos cuenta pequeñas historias de la vida que forman una pequeña parte de la diversa cultura europea.
Y hasta fumando en pipa, si apetece.
despacio.
de espacio.
las nubes de la vieja Europa son secuestradas por los europeos de corazón más viejo.
espacio el nuestro, recorrido. intratable.
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