
Ahí, por esas fechas, debió empezar fuerte la cosa de la educación del gato. Si en el trajecito de acompañar a mi hermana comulganta preveían una carrera en la Marina, como la de bastantes antepasados de la rama materna, el proyecto falló. El intento de encasquetarme el gorro fue un éxito, pero por poco tiempo. Hace poco, viendo unas fotos de mi hijo conmigo, en una playa, de poco más de un año de edad, preguntaba que de quién habría heredado el cabezón. Aquí encontré la respuesta. Estoy ahí, protegido por mi hermana, como creo que fue siempre. Y eso está bien. Pero no está claro que me guste estar obligado a estar quieto, frente a la cámara.

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Claramente fase intermedia: me gusta y no me gusta estar (más lo primero). El gorro no hay quien me lo encasquete y el traje de fiesta (¿sería una Virgen, aniversario especial?) se va quedando peligrosamente pequeño

Y para terminar, protegido otra vez, pero ya gato: observad que con mi codo derecho marco una distancia. Disfruto casi de todo y casi en todo momento, sobre todo en la calle. En el colegio (la libertad de mi vida como gato incluía el cumplimiento estricto de los deberes) aprendí a hacer o pensar dos cosas a la vez. La operación emprendida, por quien la emprendió, se da por concluida: muy poco tiempo después de esta última foto (la primera tengo 2 años, la segunda 2 y medio, la tercera casi 4 años) iba ya solo al colegio: tardando un montón y disfrutando de cada paso. Empezba la mejor parte de mi vida; la que no tiene historia.
Muy buenos días y buen fin de semana; a todas y a todos.

8 comentarios:
Estoy aquí, absorta. Deseando comerme esa historia dulce y amarga. Buen viaje.
¿eres quién?
¿quien yo creo?
Sí, soy yo, mitad tú, mitad cualquiera. No me gusta la escalera, siempre pienso en que luego hay que subir; y eso ahora me deprime. Subir.
Me gusta velar tus recuerdos, los verdaderos y los falsos porque esos tejeran a su vez los míos un día (ya siempre cálido) de un futurible.
Sí, sigo siendo yo, que como una de estrella a la que amputaron dos brazos, empieza a regenerarse.
Pues te diré que me convocaste entonces a un juego, ¿recuerdas?, necesario.
Y ahora te convoco yo a una salida obligatoria en cualquier dirección que nos lleve la escritura.
La velocidad no importa.
Acepto la convocatoría, sólo que yo me atengo a tus reglas, me dejor mecer en tu regazo.
Tu dirás...
pues el teléfono es un invento estupendo para quedar.
Pues tú mismo,
Yo después del día 31 podré quedar. A eso de mecerme me refiero. Vosotros mandad y decidid.
Esto es como un milagro.
Veo la infancia de Nán, sus rodillas (porque ¿de qué otro modo vería yo las rodillas de Nán?), su carita como ahora pero en blanco y negro y sin barba ni nada encima.
Hace ya bastante tiempo.
Y de pronto, en los comentarios, el futuro más inmediato, un presente encontronazo en el que se habla de quedadas y teléfonos y apuestas.
En fin.
Y todo aquí tan en silencio, menos el frigorífico, que siempre anda jodiendo batallas.
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