–Mujer, no lo eches ahí.
–Guárdalos tú en la caja fuerte –respondió.
Al salir, con la puerta semiabierta dijo para ser oída:
–Haré lo que pueda, Don Ramón, pero sin ayuda será difícil tenerlo terminado para la fecha que me ha dicho.
Se fue directa a la mesa y se sentó a trabajar, sintiéndose sucia; porque en la oficina todavía estaba Berta, la jefa del departamento. Prefería no limpiarse bien para no darle la seguridad de que la estaba sustituyendo. No le importaba sentirse sucia un rato; no le importaba que le metieran la polla un momento; sí le importaba acompañar a Don Ramón, muy de vez en cuando, en viajes de trabajo, vivir y comer en establecimientos lujosos y disfrutar de él haciendo guarrerías con las pastillas que él traía, porque fuera de la oficina era otro; no le importaba la oficina; no le importaba su novio, que confundía hacer el amor con una complicada, larga y aburrida gimnasia. Lo cierto es que nunca se había corrido, ni calentado, por la penetración de un hombre. Quizá por eso le daba tan poca importancia: no pasaba de ser una molestia, no más que cuando en un cóctel la sujetaban por el codo para que no pudiera abandonar una horrible conversación. Todo el mundo pensaría que se dejaba utilizar por los hombres, confundiendo la indiferencia con el interés.
***
Irina trabajaba en períodos de varios meses en los bares de tarde y noche de Madrid, cuando se había quedado sin dinero, y con lo ahorrado dejaba de trabajar otros meses para dedicarse a lo único que le interesaba: escribir poemas mínimos en el tratamiento de los objetos, pero largos en la extensión, que cuando tenía ocasión recitaba en bares, de memoria, mirándose las puntas de los pies. Necesitaba muy poco para vivir y ocupaba gratis un apartamento minúsculo que le había cedido su tía Berta. Irina, quizá por la ausencia de otros sentimientos hacia las personas, se sentía muy unida a toda su familia. De lejos, si estaba detenida, cualquiera la tomaría por un joven delgado, pero cualquier movimiento revelaba que era una mujer. Solo había tenido dos pequeñas historias de amor, que no le habían interesado, y apenas tenía amigas o amigos, que la sacaban de la concentración que consideraba necesaria para su obra. De cuerpo tan tenue, era solo ojos, donde el que mirara atención podía encontrar un torbellino de movimiento y vida.
No puso reparo alguno cuando tía Berta le pidió que la acompañara al tanatorio, porque se había muerto la madre de Don Ramón, su jefe. Se puso una ropa deportiva elástica, de color negro, y las gafas de montura roja. Apoyó a su tía, acompañándola en la entrada y los primeros saludos; abandonándola cuando ya se había introducido en un grupo. Salió a fumarse un cigarrillo. Allí fuera solo estaba Lucía, fumando, que inició un conversación con ella. Irina comentó que su tía había dicho que Ramón, el jefe, era una buena persona.
–Pues mira, a mí me parece un perfecto cerdo, como la mayoría de los hombres.
Fumaron dos o tres cigarrillos, casi sin hablar, pero las dos se sentían a gusto en esa mezcla de silencio y compañía; mirarse la una a la otra les producía a ambas una sensación agradable.
En ese momento salieron los dos compañeros que la habían llevado en coche y que ya se iban. Se despidieron saludándose con la mano. Poco después, se dieron cuenta de que ni se habían preguntado el nombre.










