I - Siempre hay casualidades: el motor de todo esto
Siempre hay casualidades. El otro día estaba leyendo en casa El secreto del mal, ese refrito sacado de los archivos que Bolaño tenía en su ordenador (ojalá encuentren otro ordenador con más refritos y los publiquen). De pronto, el lápiz de subrayar se me puso eléctrico al leer el primer párrafo del texto El viejo de la montaña. “Belano conoce a Lima”. Los personajes de los Detectives salvajes. Guardo una deuda impagable con ese libro. Después de haber abandonado la poesía desde hacía mucho tiempo, me llevó a leerla de nuevo febrilmente, con resultados espectaculares (para mí como lector). Cuando leí la novela, no sabía que Belano era Bolaño y que Lima era Mario Santiago. De hecho, desconocía la existencia del poeta Mario Santiago. Ahora ya no soy inocente y conozco su poesía: un gran poeta que me hace resonar. Bolaño, en cambio, cuya poesía completa también estoy leyendo ahora, me dice muy poco como tal. Seguro que habría vendido el corazón para ser aclamado como gran poeta (en realidad, vendió el hígado). Pero no lo es: su poesía es del día a día, introduce en ella todo lo que va haciendo: si supiéramos la fecha de cada poema, podría reconstruirse su vida cotidiana día a día. Lo que bebió, lo que comió, el regalo que recibió de un amigo. Pero nada más. Pienso ahora en Ashbery, de quien hace tanto tiempo que no escribo, que tenía también esas incursiones de lo cotidiano, pero pensadas con cincel del 4 para soltar de inmdiato un par de versos que son un regalo para toda la humanidad: los dos versos que a cada ser humano le explican algo de su esencia. Bolaño, que el diablo me perdone, no. Leeré y releeré su poesía completa por ser quien es: uno de los más grandes narradores de nuestro tiempo. Pero es un poeta que hasta hoy me parece estéril para los demás. Mi lápiz de subrayar se queda inerte página tras página (aunque me guste, y mucho, lo que leo). Pero no sería el narrador inmenso que es si no hubiera puesto en verso todos los sucedidos de su vida. Su verdadera poesía, la fulgurante, la que me deja KO, está en sus narraciones: gracias a tanta poesía domina la esencia, lo compacto, lo fulgurante del lenguaje. Como cuando en un libro posterior, al hablar de cómo Mario murió atropellado por un coche en la etílica madrugada de México DF, escribía (cito de memoria): “Y el coche se dio a la fuga y Mario se dio a la muerte”.
En la siguiente página del relato, vuelvo a electrizarme: habla de la alegría y la ferocidad. Hace muy poco escribí en un blog sobre la alegría que me producía un autor y supe que no había sido entendido (y que no merecía la pena hacerme entender). Pero ahora viene el pinche chileno mexicano catalán este y en un párrafo lo dice. Bendito sea Roberto Bolaño. Me tiene desde hace una semana en un tris de hacer cualquier burrada. Bendito sea. Ya me tocaba.
II - Siempre hay casualidades: los dos párrafos de Bolaño
(a)
Siempre hay casualidades. Un día Belano conoce a Lima y se hacen amigos. Ambos viven en México DF y su amistad se cimenta, como suele ocurrir entre los jóvenes poetas, en el rechazo a ciertas normas, en la afinidad con ciertas lecturas. He dicho que son jóvenes. En realidad, son muy jóvenes, y también son, a su manera, vigorosos y creen en el poder lenitivo de la literatura. Recitan a Homero y Frank O’Hara, a Arquíloco y John Giorno, y sus vidas discurren, aunque ellos no lo saben, en el borde del abismo.
(b)
Generalmente, para su propia comodidad, Belano suele pensar que tras la alegría se esconde la nostalgia por su propia juventud, pero en realidad tras la alegría se esconde la ferocidad: un espacio reducido y oscuro donde se mueven, pegadas e incluso sobreimpuestas, unas figuras borrosas y en permanente acción. Unas figuras que
se alimentan de violencia, unas figuras que apenas gobiernan (con una economía curiosísima) la violencia. La inquietud que el recuerdo de aquel día le provoca es, contra lo que dicta el sentido común, aérea. Y la alegría es subterránea, como un buque de perfecta geometría rectangular navegando por un surco.
A veces, Belano contempla el surco.
III - Siempre hay casualidades: lo personal que hay en esto
(Dedicado a Conde-Duque, a Mega, a Winsta, a todos los que me habéis pedido que cuente historias de la vida)
La parte I y la II las iba a poner aquí, pero esta parte III no. Os la iba a hurtar, aunque lleva una semana zumbándome con golpes bajos, de no ser por la casualidad. Pero tal como han ido las cosas, la contaré: me vaciaré del recuerdo.
Este lunes 14 de enero hizo 30 años de la muerte de mi madre. Y como este año cumpliré 60, se crea una elegante partición en dos: he vivido la mitad de mi vida estando ella viva y la otra mitad estando muerta. Me enteré del aniversario porque me lo dijo mi hermana por teléfono, pero eso no es porque no piense en ella. Hay dos preguntas en la vida que casi siempre contesto equivocadamente. Una es a qué día del mes estamos y la otra qué hora es. Qué casualidades tiene la vida: por la noche del día 14 me metí en el blog de Scout Finch,
“¿Será esto un blog?” y encontré una entrada titulada “Hoy hace cinco años...”, en la que hablaba de que hacía exactamente ese tiempo que se había muerto su tío, la muerte que más le había afectado. Pero no es esta, con ser muy casual, la casualidad que me lleva a esta tercera parte.
Tras una semana marcada, como dije, por esa muerte y por Bolaño, aprovechando el buen día del domingo fui al cementerio. Miraba la lápida que comienza con mi abuela materna y va bajando poco a poco hasta incluir a todos los demás. Hay unas plantas al pie que trepan vivísimas tapando el nombre del hermano pequeño de mi madre, el poeta; tuve que apartarlas para ver la fecha. L, que estaba conmigo, separó unas flores y fue a dejarlas en la tumba, muy cercana, de Tierno Galván. Hice algo que no había hecho nunca en estos 30 años: me fijé en la tumba de al lado y me quedé de piedra al leer “Familia Bolaño”. La primera muerta, leí, “F. Bolaño, 24 de abril de 1950”. Pasé a mi tumba y la primera inscripción decía: “Excma. Srª Dª Pilar pataplín-pataplán, 27 de abril de 1950”. Resulta que yo pensando en un Bolaño y mi abuela hará este abril 58 años que lleva platicando con una Bolaño.
Fue entonces cuando decidí que contaría esto y lo que viene después (los recuerdos, antes de que “apaga la luz y luego apaga la luz”, lo que fue), que las casualidades las carga el diablo y lo hace para que las disparemos. Decidí que lo iba a contar en la misma entrada que lo de los dos párrafos de Bolaño. Decir quién soy, o por qué soy. Cómo soy.
Este domingo del 2008, el día era luminoso y pensé en el entierro, con todo el cementerio de Madrid cubierto por la nieve, que da una luz especial (y amortigua los sonidos en un silencio memorable). La luz tiene mucho que ver con esta historia. La luz y el control de la muerte. Cuando me concibieron mi madre estaba muy enferma y no se lo podía permitir. Un médico le había dicho que en su caso era imposible, por lo que no tenía que tomar precauciones. Pero pasó. Y fui temido y odiado. No hay dos palabras que lo describan mejor. Lo normal era que yo no hubiera llegado a nacer: lo peor era, que si tal cosa pasaba, ella seguramente moriría. Pero ni el uno ni la otra. Aguanté el frío del temor y del odio en su barriga y, luego, en los primeros meses, hasta que no pasó ninguna de esas cosas. Y todo cambió: de ser un superviviente nato y feroz, empecé a recibir la más fuerte de las corrientes del amor, sin sensiblerías, sin besuqueos. La compensación justa. Un equilibrio perfecto.
Y ella lo decidió, a pesar de que eran malos tiempos (finales de los 40) para las ablaciones, la quimio; a pesar de que había que tomar opiáceos y lo que fuera para aguantar, decidió que todos podían estar tranquilos porque no se pensaba morir hasta que tuviera un nieto varón en sus brazos. Mis hermanos, mucho mayores que yo, solo tenían niñas; y yo era todavía un niño alimentado con leche en polvo. Había que esperar. Entre tanto, dividía el tiempo entre el amor generoso que recibía, y aprendí a regalar a manos llenas, como se reparte lo que llega gratis y en abundancia, y la ferocidad del superviviente y el olvidado, que surge de pronto y te lleva a morder cualquier yugular si te mira mal.
Algo menos de treinta años después tuve un hijo, varón. En junio. Pasamos un verano excelente en un apartamento de la playa que ella alquiló y lo tuvo, al nieto, constantemente en brazos. En septiembre empezó a pasar lo que tenía que pasar y en Navidad todo se hizo inminente. Un excelente médico nos dijo que la cosa podía ser un espanto en un hospital, unos meses, o una delicia en la casa de mi hermana en Madrid, donde vivía, durante pocas semanas y con toda la morfina que necesitara. Y fue una delicia: estaba más joven que nunca. Pero se negaba a que mis hermanos mayores vinieran. Lo controlaba todo: “Aún no, ¿qué van a hacer aquí este tiempo si allí tienen el trabajo y la familia”. El 13 por la mañana dijo que les llamáramos y que se dieran prisa. Desde el mediodía que llegaron, aquello parecía la más amble de las excursiones al campo. Estaba radiante. Las conversaciones, tranquilas y llenas de significado, eran de una alegría “feroz”. Hacia las ocho dijo que le diéramos un beso y la dejáramos sola. Que apagáramos la luz, que le molestaba mucho, también los sonidos. Necesitaba estar sola. Cuando leí
Negra espalda del tiempo, de Javier Marías, con ese leit motiv (dicen que sacado de
Othello, pero yo no lo recuerdo) de “Apaga la luz y luego apaga la luz” pensaba siempre en esas horas. Aprendí mucho en ellas. Demasiado.
Para su tranquilidad, estaba en el último cuarto, digamos que el de la plancha, más allá de la cocina. Apagamos su cuarto y la luz del pequeño vestíbulo que separaba ese cuarto de la cocina. Fuimos al salón. Al rato sonó el timbre que tenía alcance. Se quejaba de la luz y pidió que apagáramos la cocina. Apaga la luz y luego apaga la luz. Poco después, le hería una lámpara pequeña de la antecocina, y después, la del pasillo que da al comedor. Apaga la luz y luego apaga la luz. Fuimos todos retrocediendo en las oscuridades hasta el salón, donde se hablaba en susurros y nos fuimos quedando dormidos allí mismo o por las habitaciones. Hasta que alguien notó algo y fue: nos llamó a tiempo de compartir los últimos minutos (dos o tres).
Así que en esta historia se explican algunas cosas, se iluminan otras, se callan las más. Se da a los amigos lo que van pidiendo.
Y sobre todo, se ve que esto no acaba de acabarse. Quizás sería más fácil si me callara.