sábado, 15 de agosto de 2009

Parvulario de verano 4. Viajes

En esto soy el raro y me voy a dar la oportunidad de explicarme. Por qué no me gusta viajar. Luego, si queréis, me crucificáis por lo que me pierdo, aunque será mejor enfocarlo por lo positivo: que habléis de lo que es viajar, eso tan bueno, para vosotros.

Si nos vamos atrás-atrás, recuerdo que con unos 14 años le comenté a mi madre que muchas noches tenía un sueño angustioso en el que perdía un tren y corría por las vías hasta la siguiente estación, que estaba a punto de pillarlo pero se ponía otra vez en marcha. ¿Sabes lo que es eso?, me dijo, que cuando todavía no andabas mi madre enfermó en Madrid y tuve que hacer un viaje urgente, llevándote conmigo. En una de las largas paradas, bajé llevándote en brazos para comprar algo de comer y perdimos el tren. Fue angustioso y tú debiste captarlo.

Mano de santo. Fue oír aquello y no volver a tener el sueño. Pero el mar rollo de los viajes siguió. Que siempre, cuando llego, me encante lo que encuentro no elimina la terrible inseguridad y angustia previajera.

Además, a poco que me dejen, me las arreglo para embrollarlo todo. Es más, L, mi compañera, que es una excelente viajera profesional, cuando viaja conmigo ayuda todo lo que puede a mantener mi maldición del bebé perdido con su madre en una estación provinciana de tren. Como ejemplo, una relación sucinta del viaje de Madrid al pueblo de montaña de León. Los presumidos dicen que lo hacen en tres horas (no les creo). Yo lo hago en cuatro porque nunca paso de los ecológicos 120 por hora, salvo cuando me despisto y sin darme cuenta voy a más de 140 y piso el freno (¿alguno de esos momentos habrá coincidido con un radar y, además de ser lento, me multarán por exceso de velocidad?) Para saber si es la guinda del pastel habrá que esperar.

A las 08:15 del sábado pasado voy al aparcamiento, donde tengo el coche como lo han dejado L y una amiga tras una visita a Ikea. Imposible ver nada por el retrovisor interior del coche. Pero me parece bien, porque el mobiliario de la casa es de 1920 y tenía ganas de contar con sillones cómodos con lámpara de lectura.

A las 08:30 la recojo en el portal y, con más fuerza que maña, remetemos el pequeño equipaje entre las cajas. En la esquina de arriba, cuando he de girar, me dice que se olvidó de las llaves de la casa. “¿Vuelvo?”. “No, mi madre tiene copias”. Ya nos hemos alejado lo suficiente para que se dé cuenta de una cosa. “¿Y si no está cuando lleguemos?”. O sea, vuelvo; pero de más lejos.

A las 08:45, estamos en el portal de casa, con las llaves, y marchamos contentos y felices. ¡Ay! El quiosco de siempre que viajamos está cerrado por vacaciones. Ya en Princesa, solo encuentro uno lateral que me aparta del camino y me obligará a dar un rodeo. Pero no me voy de Madrid un sábado sin “mi” Babelia. ¿Sabéis que los tengo desde el número 1, encuadernados?

A las 09:00 tomamos la carretera que deberíamos haber tomado más de 20 minutos antes. Nada más terminar la autopista le pregunto si quiere tomar café en un sitio que está bien. Me dice que no y tomo la primera curva, pegando un frenazo en 50 metros y deseando que el de atrás sepa frenar, porque se ha producido un accidente de dos coches con vueltas de campana. En lugar de tomar café, esperamos paseando por la autovía a que todo se arregle. Ahora sí quiere tomar café. Paro en el primero que hay para que desayune; pero yo, desde luego, no quiero tomar café.

Volvemos al coche y 40 kilómetros después le digo que me estoy durmiendo. ¡Ahora! sí quiero tomar café. Así que paramos. Habréis visto que no nos tomamos casi nada a mal. Paramos en cuanto uno quiera: qué más da llegar más tarde.

Parece que ahora va a ir todo a las mil maravillas hasta el pueblo. Pero el exceso de confianza es malo. Veo que un dibujito del coche me indica que hay alguna puerta abierta. Como es un coche de gama baja, me dice que hay puerta abierta, pero no indica cuál: en los más caros te lo avisa con precisión. Yo creo que hacen todos los coches igual de buenos y les van quitando cosas conforme el precio va bajando. Empiezo a despotricar de la carga que llevamos y de que seguro que la colocó mal y una de las puertas de atrás no estuvo bien cerrada (por una rotura de una vértebra lumbar, no cargo con algo más pesado que una bandeja de pasteles y es L la que se ocupa de esas cosas). Como me conoce, aguanta con dignidad (o sea, sin oírme mucho) la diatriba. Parar en el arcén a recargar es peligroso, así que seguimos a baja velocidad hasta encontrar un punto adecuado.

Un coche me adelanta, me pita y señala una puerta abierta: ¡la mía!, que cerré mal al salir del café. Para esto el arcén sirve. Así que lo arreglo. Los siguientes 10 minutos de silencio de L me resultan humillantes.

Dado cómo iba el viaje, no parecía el mejor día para buscar una ruta alternativa. Desde luego, ninguna persona sensata lo plantearía. Nosotros sí. Con buenos mapas en la mano, L lo prepara todo muy bien. Solo me dice que le preste mucha atención en los últimos 2 kilómetros, que son los liosos para llegar antes y mejor a la carretera comarcal que lleva directa al pueblo.

Todo está preparado. Y va funcionando bien. Pero al entrar en esos dos kilómetros llenos de rotondas que la primera no la coges, la segunda sí y luego hay otra que... ¡Suena el móvil de L! Su madre está preocupada porque tendríamos que haber llegado hace mucho. Es más fácil desatenderme a mí que cortar a su madre en 100 metros. Me ocupo de todo y con sonrisa de triunfo le digo: “¡No ha sido tan difícil! Estamos en la nacional XXX que nos lleva a la comarcal YYY. Todo resuelto”.

Pierdo la tranquilidad al darme cuenta de un detalle. Me deslumbra el sol, que en la dirección correcta debería darme por detrás.

No hay nada que no se pueda arreglar y al final llegamos. Eso sí, sin tiempo para tomar unos vinos antes de comer.

14 comentarios:

Gemma dijo...

Jaja, Nano, tu relato es una delicia de obstáculos y buenos propósitos truncados... A mí, desde pequeña, viajar en coche siempre me mareó, así que lo aborrecía... Hoy, por suerte para mí, se ha convertido en algo más llevadero y hasta soportable. ;-P

Un besazo. (Me alegra muuuuucho tu vuelta.)

NáN dijo...

Así es la "vía" para mí (escrito en castellano, sin andalucismo).

Y como te puedes imaginar, tu bienvenida me deja una agradable sensación de cordialidad. He vuelto. ¡Yuhu!

Besazo

kika... dijo...

Me ha encantado el relato.

Y aunque no te lo creas, con este trabajo que tengo, tampoco me encanta viajar. Sobre todo en avión.

En moto sí. Me he hecho (bueno, de paquete) más de 100 kilómetros esta mañana. Es que estoy orgullosa, ya ves.

Pero lo dicho. Fantástico relato.

besos (para ti y para L)
K

Librería de Mujeres Canarias dijo...

Un relato digno de los mejores via jes y viajeros,querido Nano.Ese cúmulo de despropósitos y la manera en que la llenan ustedes de humor y resultados conseguidos me parece una maravilla. Ya te contaré cuando bajemos mañana en ese Madrid-Granada que sin duda nos llevará un día y muchas broncas. ¡Una pena lo de los vinitos!
Un abrazo

Isabel dijo...

¡Qué fuerte lo de los babelias!
Yo también los guardo, excepto cuando me hace falta sitio en el cajón, entonces, entresaco y tiro.
Sin sitio ya, los leo en internet y guardo en este espacio aireado lo que me interesa.

Y sobre los viajes, esta claro que tienen sus inconvenientes, pero son más los placeres; seguro que lo malo se te olvidó pronto.
¡Si hasta se olvidan los dolores de parto y repetimos!
Pero claro, eso sólo nos pasa a las blogueras.
Un beso a L Y BIENVENIDO.

A filla do mar dijo...

A pesar de que no tengo el gusto de conocer a tu compañera, he podido imaginarme la escena con todo lujo de detalles.

Me he reido un rato (y buena falta me hacía, para afrontar este primer día tras las vacaciones).

Un bico.

BB dijo...

Nano: Qué gusto tenerte de regreso
y qué placer leer tu relato!
A mí me encantan esos periplos
en coche. A tu tierra la conocí
así. Son recuerdos imborrables
y divertidísimos.
Un beso a L. y otro para ti.
BB

Anónimo dijo...

Entiendo todo menos lo de no tomar café, eso me parece imperdonable.
Un beso Nán , me alegra que vuelvas.

Elvira dijo...

Tu relato parece ilustrar aquella ley de Murphy de que si algo puede ir mal, saldrá mal. Te entiendo, pero le sigo viendo el encanto a los viajes... y a volver a casa. :-)

carol dijo...

Después de todo os merecías esos vinos, jeje...
Me he reído muchísimo, gracias.
Un abrazo.

Miguel Ángel Maya dijo...

...Muy divertido y curioso tu modo de contar el viaje...
...A mí me encanta viajar, y lo que más me gusta de todo de todo de todo es subirme a un coche, poner música e irme, perderme, olvidarme de todo. Pararme, reanudar, tomar un café, respirar el aire fresco de la cuneta (sobre todo si en la cuneta hay campo)...
...Y claro, por supuesto, llegar a tiempo para tomarte unos vinos antes de comer...

Miguel Ángel Maya dijo...

...No se me ha salvado el abrazo que te mando. Pues eso, un abrazo...

NáN dijo...

Queridas todas (incluye a Miguel).

Creo que al contar el trayecto, he provocado confusión alejando el foco del viaje entero.

Tendré que poner otro parvulario pronto sin que apenas hayáis hablado del VIAJE. Bueno si no es esta vez, será otra.

Al menos os habéis reído. (Como diría Baroja: ¿de mí, conmigo, por mí?). Lo cierto es que en la vida queremos que todo salga bien y a poco que pase el tiempo lo que recordamos con más placer, lo que contamos a los demás, son las meteduras de pata, los errores, los infortunios que no llevan más allá de un berrinche.

Ese es otro buen tema, mira tú.

Besos grandes, sin vosotros este parvulario estaría demasiado triste.

Anónimo dijo...

¡Eso es viajar! :D