El olor descubierto
Trabaja en un cubículo espalda con espalda con María, su ayudante con contrato de aprendizaje, separados por apenas un metro. El aire acondicionado se ha estropeado en agosto y en toda la oficina llevan tres días sudando; en su cubículo más, porque María no ha hecho otra cosa que imprimir los manuales de las aplicaciones y de los sistemas de contabilidad, que desparramados en mazos por el suelo impiden enchufar el ventilador de urgencia traído para cada espacio.
El olor del sudor de ella bajo la blusa blanca de cuello Mao le inquieta. No le deja trabajar. Está ahí oliendo su cuerpo, un cuerpo que hace crecer la vergüenza que le produce su propia vulgaridad. Cuerpos del exterior del barrio, que no serán suyos, con perfumes incandescentes. Un rato antes, oyó que se levantaba y recogía la melena rubia. Una vez, en un movimiento rápido, había dejado al descubierto un segundo su cuello largo y blanco. Ahora que lo imaginaba desnudo y que la olía, notó una media erección que lo paralizaba. Intentó levantarse para ir al baño y las vio: gotas de sudor brillante, estáticas, en el cuello. Volvió a sentarse cuando la erección se completó. Alcanzando su grado máximo de vergüenza, volvió a mirar la pantalla, abrió un documento inservible y lo fue destrozando sin saber muy bien lo que quitaba o añadía.
La vergüenza que le habían hecho pasar los compañeros del barrio, por su torpeza física o sus sobresalientes, era la de sus iguales. Cuando la pandilla empezó a salir el domingo a las discotecas del centro de la ciudad, la encontró en un grado superior: la de un mundo brillante en el que era él quien destacaba negativamente. Nunca saldría del cubículo, porque nadie lo quería fuera y porque era feliz cumpliendo meticulosamente los encargos de su jefe y haciendo flotar los números hasta llegar algo más lejos de lo que le había pedido. Era el último reducto de la oscuridad en la que se ocultaba. Al terminar, siempre muy tarde, cogía el coche del parking del sótano y con las ventanas cerradas conducía hasta el barrio, donde estaba la neblina de una madre que le daba de cenar las mismas cosas insípidas de siempre, una novia que trabajaba de secretaria y con la que había comprado un piso en la ampliación del barrio, con piscina y jardín común. Aburridos el uno del otro.
Por la tarde notó un olor nuevo. A almendra amarga. No era un perfume distinto, porque olía el de siempre, combinado desde hacía tres días con el del sudor en una mezcla que sentía como agujas clavándose en su cuerpo. Media hora después, María se acercó su mesa. No pudo evitar que la mirada se le quedara fija un instante en los rodales de sudor de los pezones, que erguidos y excitados por el calor casi se transparentaban. Su rubor estalló. Ella sonrió al darse cuenta, hiriéndole. Sintiendo que podía correrse, pensó en el barrio; pero notó que los encantos de María lo arrasaban y lo convertían en otro territorio inseguro.

24 comentarios:
Mmmmmmmmmmm.
Ejem.
Vaya, creo que Mario necesita un sorbito de María para salir de su aburrimiento vital. O eso, o coge a su novia allí, en la oficina de sus amores, encima de los informes y delante de su jefe (y de María).
Yo nunca me he "puesto" por un compañero de oficina... bueno, he fantaseado alguna vez con un chico nuevo que llegó el año pasado y era bastante mono (se parecía a Alain Delon de jovenzuelo), pero todo se quedó en fantasías porque el chico era tan soso que lo dejé estar. Oye, a ver si era Mario...
Me ha gustado el relato. El calor, dicen, intensifica la libido.
Está claro: la María esa le pegaba al amaretto.
REYES… Mmmmm… ¡¿Qué me dices!? ¿De verdad te gustó?
SUE, imposible que sea el mismo: el mío tiene una hipersensibilidad metida en un cuerpo vulgar con una cultura y habilidades sociales vulgarísima. Esa percepción de sí mismo lo hace habitar en las zonas de oscuridad. Sabemos que es injusto, pero no escribo de la vida que me gusta, sino de la vida como él.
Un placer que te gustara y prueba, una vez en la vida, un amor de oficina. Te arrepentirás (y mucho), pero es por la experiencia.
QUIA SINT, has dado bastante en el clavo: es una casquivana, o vana de cascos, pero todavía (creo) no se ha refugiado en el pimple. Aunque si lo hiciera, el amaretto podría ser su elección.
Cuando leo estos relatos me reafirmo en que jamás sabré escribir ficción..¿ por que es ficción, no??
NáN, en mi oficina no hay nada que amar, de verdad te lo digo.
El único (aquí en confidencia) que me pone de lo lindo está en una oficina fuera de Madrid, en el sur, y además está casado (y hasta ahí puedo leer).
Absolutamente, MOLINOS. Y conste que no suelo responder a esa pregunta, porque siempre me pregunto de qué recuerdo o sensación salió, por lo que me parece que miento.
Además, siglo la regla de Hemingway: se cuenta la punta del iceberg, pero quien cuenta debe conocer todo lo que hay debajo. Así que he pasado varios días viviendo esa historia y personajes, que a mí acaban por parecerme reales.
(Y no digas de esta agua no beberé).
Pero SUE, ¡los casados son un blanco perfecto! (siempre que no hablen de los problemas que tienen con su mujer; en ese caso, se les expulsa a patadas).
No estoy dando consejos sensatos y éticos, ¿verdad? Ya me lo dijo una vez mi madre: "Eres un mal ejemplo para tus amigos".
Por supuesto que no digo de este agua no beberé...ya me he tenido que tragar mis grandilocuentes palabras muchas veces....
Jajaja, muy mal consejo NáN, ¿tu quieres que me mate una mujer celosa?
No, no, yo en esas historias no me meto.
Jó, Nán, si las mujeres supieran de verdad lo que pasa por nuestros primitivos y palpitantes cerebros... Porque creen que lo saben pero -tú, Quia Sint y yo lo sabemos- no lo saben, no hasta el final del final del final del final.
Ah, y el relato es cojonudo, me ha gustado mucho. Qué hallazgo los rodales de sudor de los pezones...
Un abrazo.
Me gustan los relatos con una pizca de erotismo.
Los amores de oficina son fáciles, y más todavía cuando se trata de un ser tan gris como el protagonista. Les doy dos días como mucho, antes de que acaben revolcándose entre los manuales impresos. Para desgracia de él.
Y no les quedó otro remedio que echar los papeles que estaban en la mesa a un lado...
Muy sugerente Nán...mucho y a estas horas, ya me dirás.
Un beso.
Partiendo de la base, MOLINOS, de que escribir ficción es un acto tan innecesario como cualquier otro, en lo que pensaba es que solo necesita habilidad. Y la habilidad para escribir no ficción con la estructura de ficción la tienes más que demostrada.
Así que con cobardías andamos, SUE. Quién me lo iba a decir. Ya te dije que con los que hablan de su mujer, ¡ni agua! Además de plastas, terminan por contarlo. Pero bueno, un poco de riesgo también anima, ¿no? Claro que, en lugar de por cobardía puede que sea porque eres buena persona. Entonces, me callo.
Jua juá, JESÚS, ¿y no será que empezamos a saber lo que dan de sí nuestros cerebros cuando ya no nos va haciendo mucha falta? Me alegra que te haya gustado.
Si él te leyera, LAST CHILD, pondría velas a cualquier santo para que se cumplieran tus palabras. Su desgraciada vida entera la cambiaría por esos dos días. No te quepa duda.
Creo que es tu piedad y compasión las que se lo conceden, ZAYI. Y como la historia ya es de todos, tu final se hace realidad y todos los manuales han formado una alfombra de papeles en el suelo. En tal caso, ¡ojalá ella hubiera insertado números de página, para poder reordenarlos!
Un enorme abrazo general
Me encanta el trago dulce. Yo siempre bebo amaretto (antes y después de las batallas), aunque no me llamo María :)
Un beso, Nano.
Te puedes imaginar, GUERRERA, la alegría que me da saber que a veces andas por aquí.
Un beso, sí.
Lo de mediopensionista me ha gustao.
Y si además tu personaje trabaja en un cubículo..., pobre.
Está muy bien descrito, más cuando el relato erótico es difícil.
Felicidades, Nano.
Vegan NáN, la criatura es suya y comprendo que se ponga de su parte, pero si apesta a almendras amargas, es que está a palmero de amaretto por hora.
Sirwood
Muy bien descrito el peligro de los cubículos... Es un relato muy creíble que me ha hecho sonreir. Un abrazo, querido amigo.
Querida ISABEL, ni te imaginas la cantidad de gente que trabaja en cubículos abiertos por arriba. Por suerte estoy en un espacio diáfano, porque eso de no ver nada pero oírlo todo es tremendo. Muchas gracias por tus "felicidades", y un gran abrazo.
Si hubiera leído el texto 9 de los 100 escalones que hago con Verónica, SIRWOOD, sabría que una vez que la criatura es expuesta alaire, ya es de todos; y de quien menos es, del que la parió. Le pongo aquí el link por si se anima. Noveno escalón. Ya me están dando ganas que un día comamos juntos y después copeteemos amaretos para oler a almendara amarga, como dos gitanos finos.
Y como la criatura es más suya que mía, y además parece tener usted esas experiencias olfativas, ya empiezo a pensar que tiene razón.
Querida ISABEL ROMANA, que te haya resultado creíble y te haya hecho sonreír es más que sificiente para mi pequeño ego.
Un gran abrazo.
El calor pone -demasiado a menudo- las cosas en su sitio, qué duda cabe. Pero es que, además, se te da bien el género. Ahora que lo pienso, se te da bien el relato en general, lo abordes desde la perspectiva que lo abordes.
Un besazo
Que sepan todos que Gemma es la coeditora de Los nuevos nombres del cuento español actual. Es decir, alguien con critero en el tema. Si aquí lo ha perdido un poco no hay que culparla: me tiene mucho cariño. Y yo le agradezco ese cariño más todavía que el placer de leer lo que escribe.
Muy bien escrito y sugerente, NáN. Y lo del mar, precioso.
Un abrazo
Tantas gracias, ELIVIRA, por las dos menciones.
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