(foto tomada prestada de http://www.librodearena.com/hamlet/blog)L tiene un cuerpo de biblioteca entero dedicado a la novela negra. Para mí, un tesoro para cuando deje de andar descalzo y me ponga zapatillas. No es de extrañar que cuando leyó en Babelia sobre Fred Vargas saliera de casa y viniera con tres libros, para probar. Tampoco será de extrañar que acabe leyéndolos todos, como hace con “sus” autores desde que se enganchó con esto (creo que con Patricia Highsmith). Son libros en los que las vidas desbaratadas dejan colar el sentido de la vida. De mucho subrayar: y suele leerme los subrayados. Ya me había leído alguno, como de perfil, del primer libro de los tres que se puso a leer: Huye rápido, vete lejos.
Pero el martes, cuando se fue un amigo que estaba en casa, abandonó el enfoque de perfil y me pidió que me sentara. Sacó el libro y me leyó:
—Qué más da, Danglard. Hay trozos blandos y trozos duros, como en toda forma de vida, como en mí mismo o en usted. En esas rocas, a fuerza de que las golpee el mar, de que las atice, las partes blandas empiezan a fundirse.
—“Fundirse” no es la palabra.
—Qué más da, Danglard. Esos trozos desaparecen. Y las partes duras empiezan a sobresalir. Y a medida que pasa el tiempo, y a medida que el mar golpea, la debilidad parte en añicos arrastrada por el viento. Al final de su vida, la roca no es más que protuberancias, dientes, mandíbula de roca caliza dispuesta a morder. En vez de blandura hay huecos, vacíos, ausencias.
Al terminar, me dijo: “Nada más leerlo me di cuenta de que te describía a ti; que lo de las rocas es tu metáfora”. Le pedí que me lo leyera otra vez. Lo hizo. “Otra vez”, le dije. Como un niño. Y lo volvió a leer. Últimamente está bastante preocupada conmigo: hay cosas mías que la intranquilizan. Era evidente que consideraba, la comparación, negativa; también lo era que me gustaba verme retratado así.
Vino después una larga conversación. Privada: no interesa a los que leéis por aquí. Aunque hay tres puntos que sí pueden decirse, para que no haya tantos malos entendidos.
1) La experiencia de vivir conmigo le resulta amable: nunca se siente mordida por la mandíbula de roca. Aunque de mí para fuera, hay cosas que ve y otras que presiente.
2) Con respecto a los huecos, vacíos y ausencias, hace tiempo que sabe que no he dejado que cure ni cicatrice ni una sola de las heridas. Gorgotean, regurgitan, silban con el paso del aire en los conductos.
3) Fred Vargas se equivoca (dice L): hay una última fase en el final de las rocas. Cuando se convierten en un volumen redondeado que refleja las luces y conserva el calor. Dice que ella está en eso: que la voluntad de la roca importa.
Que ruja el mar. Que nos atice. Luego, ya veremos lo que ha ido quedando.
Pero el martes, cuando se fue un amigo que estaba en casa, abandonó el enfoque de perfil y me pidió que me sentara. Sacó el libro y me leyó:
—Qué más da, Danglard. Hay trozos blandos y trozos duros, como en toda forma de vida, como en mí mismo o en usted. En esas rocas, a fuerza de que las golpee el mar, de que las atice, las partes blandas empiezan a fundirse.
—“Fundirse” no es la palabra.
—Qué más da, Danglard. Esos trozos desaparecen. Y las partes duras empiezan a sobresalir. Y a medida que pasa el tiempo, y a medida que el mar golpea, la debilidad parte en añicos arrastrada por el viento. Al final de su vida, la roca no es más que protuberancias, dientes, mandíbula de roca caliza dispuesta a morder. En vez de blandura hay huecos, vacíos, ausencias.
Al terminar, me dijo: “Nada más leerlo me di cuenta de que te describía a ti; que lo de las rocas es tu metáfora”. Le pedí que me lo leyera otra vez. Lo hizo. “Otra vez”, le dije. Como un niño. Y lo volvió a leer. Últimamente está bastante preocupada conmigo: hay cosas mías que la intranquilizan. Era evidente que consideraba, la comparación, negativa; también lo era que me gustaba verme retratado así.
Vino después una larga conversación. Privada: no interesa a los que leéis por aquí. Aunque hay tres puntos que sí pueden decirse, para que no haya tantos malos entendidos.
1) La experiencia de vivir conmigo le resulta amable: nunca se siente mordida por la mandíbula de roca. Aunque de mí para fuera, hay cosas que ve y otras que presiente.
2) Con respecto a los huecos, vacíos y ausencias, hace tiempo que sabe que no he dejado que cure ni cicatrice ni una sola de las heridas. Gorgotean, regurgitan, silban con el paso del aire en los conductos.
3) Fred Vargas se equivoca (dice L): hay una última fase en el final de las rocas. Cuando se convierten en un volumen redondeado que refleja las luces y conserva el calor. Dice que ella está en eso: que la voluntad de la roca importa.
Que ruja el mar. Que nos atice. Luego, ya veremos lo que ha ido quedando.

18 comentarios:
Me ha gustado mucho, Nán, este fragmento de profunda y cotidiana intimidad.
Qué buen rescate el subrayado de L!
A veces, Aroa, me recuerdo a un sobrinillo de Alicante, el tercero de los hermanos. Estaba yo en la terraza con su madre y él, pequeñísimo, se había quedado dentro, sentado en una mecedora de esas antiguas, de asiento y respaldo de mimbre.
"criiíc, criiíc", oíamos; "criiiíc, criiiíc"; "criiiiíc, criiiiíc",...
¿Qué hace?, le pregunté a la madre.
Conocer el límite en el que se abre la cabeza, me respondió con toda tranquilidad. Por suerte, el volcado irremediable de la mecedora solo le dejó un chichón.
La impenetrabilidad de las rocas sin ángulos es debida a que dos fracciones de materia no pueden ocupar a la vez un mismo sitio del espacio, y se da, única y exclusivamente, cuando la materia que forma la piedra no es porosa.
Cuando aparece porosidad se produce el efecto de que el espacio que ocupa no es el que le corresponde, sino que es mayor.
Es decir, ocupa el volumen que tiene su materia en sí (su zona impenetrable) más el volumen de la materia de sus poros (su zona versátil).
El volumen aparente es siempre mayor que el real.
De ahí la representación angulosa de la vida: una acción inconsciente para conseguir que la supervivencia sea más interesante que la propia existencia.
(Extraído de la película "El profesor chiflado")
Estupenda manera de relacionar tus dos últimas entradas. ¿Será que lleva razón L. y por eso te fascinan los icebergs?
En cuanto a lo de que haga tiempo que "no he dejado que cure ni cicatrice ni una sola de las heridas", es curioso, pero a mí me ocurre lo mismo. No consigo, ¿no se lo permito?, que cicatricen. Ellas me recuerdan quien soy.
Un abrazo.
PS: Estupendo también el extracto de Ese.
Me emocionáis los dos. Tiendo, incluso, a meterme, lo poco que puedo (yo también he leído Huye rápido, vete lejos), en la piel de L, y a veces me da por preocuparme. Apuesto por la voluntad de la roca, y por vosotros.
Tengo la impresión, Mega, de que "ese", un maestro de la mala praxis literaria con resultados más que excelentes, nos ha colado un último párrafo que no es de la película y nos da la clave de esa elección tuya y mía (si es que es una elección y no otra cosa: "una acción inconsciente para..."). En todo caso, venga de donde venga, "parece" que estamos bastante contentos con ese "fallo" del carácter.
En cuanto a la parte que sí "parece" de la película, me queda la duda de si ha aprovechado para llamarme "gordo".
Esa apuesta, Lara, está tres a uno. Gracias por la confianza.
Fe de errata
(No extraído de la película "El profesor chiflado")
Pd. Nunca tendría la osadía de llamar gordo a alguien sin antes saber cuánto pesa.
Según ese invento de la masa corporal, mido más a lo ancho que lo que debería medir según lo que mido a lo alto... pero tampoco demasiado, je, jé. Lo decía por el párrafo "Cuando aparece porosidad se produce el efecto de que el espacio que ocupa no es el que le corresponde, sino que es mayor". Y como yo había reconocido ser "poroso"... Pues eso, un poquito mayor del que me correspondería.
Tú no necesitas fe de erratas de esas. No para quien haya leído la cartela de tu blog. Y ya que estamos en lo personal, cuando dijiste que te daban un sugus cuando ibas al practicante, pensé que por primera vez tenía un dato tuyo y podía al menos delimitar algo tu edad, pero no: Google me ha informado de que en España entraron en 1961. Un intervalo demasiado grande.
Estoy de acuerdo con L con el tercer punto. Ese dónde las piezas encajan y se amoldan con el paso del tiempo... y dónde ya no hace falta explicar agujeros.
Besos querido Nán!!!!
Sinceramente. Nunca se me pasó por la cabeza que un caballero como tú tuviera en cuenta la edad de una señorita.
Pero como dijo en su día el maestro Georgie Dann "... tengo muchos más años de los que te imaginas, pero muchos menos de los que quisieras".
Si coleccionas datos te daré otro: a mi parecer represento más de los que tenía hace bastantes años.
L es una mujer tan sabia... A mí me encanta oírla porque habla poco, así que, cuando lo hace, ya tienes la certeza de que lo que diga estará muy meditado.
Hazle caso, Primo. Deja que cierren las heridas, que no se acaben infectando.
Qué gran escritor se ha estado perdiendo la maltrecha Literatura Española. Sí, me refiero a mi Primo.
Qué suerte convivir con alguien que rescate de sus novelas negras esos subrayados que leernos.
A mí no me gusta la novela de género, así dicho, asumiendo que pueden agruparse las novelas según el asunto tratado o la estructura que las precede. Pero debo admitir que la selección de L no tiene desperdicio.
Esperamos más "extracciones". Dale las gracias de nuestra parte, claro.
Debe ser un placer que la mujer a la que uno ama le lea a uno párrafos preferidos.
Supongo que uno debe haber hecho algo para merecerlo, por supuesto. Estar como una cabra, o algo así. Recuerdo una cita sobre las personas incómodas (que me toca heridas de esas que ni cierran ni deben, no sé si porque tenemos un fondo masoca o porque nos sirven de advertencia para el futuro):
"Enamorarse de una mujer tan incómoda es el peor infortunio. Jamás puede uno olvidarla. Las mujeres razonables, por comparación, parecen borrosas" (Adolfo Bioy Casares: Historias Fantásticas).
A veces uno tiene ganas de tener la capacidad de ser incómodo para los demás (¿para LAS demás?), aunque sea para ganar el espacio de lo improbable y perder la devaluación de lo seguro, de la certeza. Pero...
"... Una costumbre de doce o quince años se convierte en una segunda naturaleza" (Alejandro Dumas: Vente años después).
Imagínense la de cuatro décadas. Nada que hacer, más que esperar un milagro.
Me encanta leerte, Nán.
(Epa: ¿la palabra "blanco" en tu texto es una errata? ¿No es "blando"? Supongo que sí) (Bueh, no tiene la menor importancia).
Besos, querida Sonia, espero poder dártelos muy pronto. Habrá que reconocer que L tiene razón (espero que no lea esto).
Ese, me cuesta trabajo encontrar una Autoritas que supere a la tuya, sobre todo porque me estoy imaginando la coreografía de las chicas y cualquier filósofo inglés con el que te respondiera resultaría mucho más soso. Quede yo mal, pues. (Por cierto, el nuevo dato que me das me resulta muy tristramshandyano... quizá sea por lo del caballero).
Comparto, Flavia, cierto rechazo a la novela llamada de género. Solamente tuve ese gusto unos años, con la Ciencia Ficción, hasta que de pronto, un día, en mitad de un libro, dije “se acabó” y no la he vuelto a leer. Pero reconozco que para un futuro (espero que lejano), tener una historia para cada día que me permita olvidar la del día anterior no me parece nada mal. Pondré aquí, desde luego, cualquier subrayado de L que me atraiga, pero sin abusar, porque a veces entra por aquí y no le gusta mucho verse.
Prima, me consuela pensar que lo que se ha perdido la literatura lo han ganado los árboles de un soto, que no han tenido que ser cortados para papel. Y seguro que su sombra es mucho más amena que mis textos. Yo estoy aquí tan contento, como blogo; bien rodeado por lo que veo. ¡Pero Prima! Si tú no haces caso a ninguno de los que nos preocupamos por ti... ¿Cómo voy a hacerla caso por hacerte caso? (Es pronto es pronto es pronto).
Una errata, sí, Microalgo... ¡era! una errata. Gracias. Y sí, como una cabra. Es más fácil, más duradero, relacionarse con los que están así. ¿Sabes?, en tu comentario dices cosas que tienen mucho sentido, probablemente porque las estás diciendo como si te dispararas para todos los lados. Pero que sepas que los 40, ¡ja! no son nada (la roca no está al descubierto, no es solo roca, así que uno tiene la imaginación y el deseo, ¡el peligroso deseo!, de su parte). En fin, que me alegra un montón que te guste leerme. Los vientos de Cádiz de estos días deben ser de esos que os ponen suaves a los del frente de allí. Lo he dicho más veces, pero sigue siendo cierto: estamos aprendiendo rápido todos a escribir en los blogs. ¡Ah! y en la entrada de abajo, la de “Literaturas”, en el último comentario te dejé algún consejo para no meter la pata en las lecturas de relatos, como la metí yo al principio.
Entrañable la estampa, linimento la conversación, frescos los comentarios como el helado viento que nos atiza por aquí.
La ciencia ficción son los modernos libros de caballerías, mi estimado Quijano :-) pero ya sabe que según lo que cita Micro de Bioy, será usted muy recordado.
Siempre un aprendizaje recalar por esta costa.
Abrazos
De personas incómodas, nítidas y borrosas.
Sobre todo los comentarios, Manolotel, y no es por hacer la pelota a los que los hacéis. Aunque también el riesgo propio de exponerse. Pero los comentarios abren muchas veces huecos en el muro; no de heridas esta vez, sino de luces.
Por suerte, abandoné esos libros ante de armarme caballero galáctico en cualquier bareto...
Anónimo, sabes que sigues estando en la lista de la derecha. Que no haya posibilidad de comentar es una experiencia distinta, que al menos a mí me lleva a visitarte menos, pero entro a veces y te leo. La incomidad, creo que sí, nos acompaña muchas veces, con claridad o emborronada.
Fascinante el texto de Vargas.
Por una parte Mega y tú me dais envidia, pero yo no soy capaz de mantener las heridas abiertas, no soy tan valiente. Al contrario, yo las lamo y luego las lavo con cuidado, las desinfecto, las cubro con una venda y procuro que cicatricen, y que cicatricen bien lo antes posible. Cada vez me gusta menos sufrir. Yo me conformo con que sean las cicatrices de heridas ya curadas las que me recuerden que sigo ahí, un poco más maltrecha, pero ahí, al pie del cañon.
Un besazo Nán.
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