viernes, 3 de agosto de 2007

Donde estuve y he estado tantas veces


Junto a la ventana de la cocina hay una mesita camilla que basta para dejar la taza de té, el libro y el cuaderno. Para leer, escribir y mirar. Con el fregadero a la espalda, que continúa en la antigua cocina de carbón, que ya no se usa, la nueva de gas y, en ángulo recto, la mesa grande con el escaño del lado de la pared. Donde se come, o se habla, normalmente. Recuerdo, hace muchos años, tres Navidades que fuimos allí, cuando funcionaba la de carbón: esa enorme superficie de más y de menos calor, sobre la que había numerosas ollas, haciendo chof-chof más rápido o más lento, olía todo bien y en la mesa grande siempre había alguna botella de vino de la tierra, de la que íbamos bebiendo vasos. Fueron los tiempos en los que la casa era joven, a la gente no le había dado todavía por morirse y yo era un recién llegado a esa familia. La cocina de gas no hace ruido y no es invierno. Me siento en la mesa camilla si no hay nadie en la cocina y leo, miro y escribo; por ejemplo ahí escribí, en una libreta negra, uno de los poemillas de la serie Diálogos anticonceptivos, de los que incluyo algunos.



[De Diálogos anticonceptivos]

El amor es mejor que la muerte.

Se lo dije a cara de perro al espejo.

Enseñándome como derecha

la mano que era izquierda,

me devolvió claramente el reflejo

de que la muerte era, con mucho,

preferible al amor.

Peor para ti, dije.

Apagué la luz

y lo dejé mudo.




La galería tiene historias de mañanas, de tardes, de noches. De crujidos. De bienestar, de melancolías. Mi estación preferida es la fría, después de comer, cuando ha sido calentada apenas por dos radiadores, pero el sol de toda la mañana la ha vuelto agradable. O si hace calor, en verano, para leer en la huerta. O de nuevo para mirar. La foto es hacia fuera, un 50% de lo que se ve, pero dejo sin enseñar cómo es ella misma, por dentro.

[de D. A.]

Tienen las esquinas

un modo esquinado de pensar.

De ahí les viene el nombre.

¿Y no crees que fue aquí,

sobre ti misma,

la primera vez que, no había amanecido,

despacio como la luz nos abrazamos?

“No es lo malo que estés equivocado,

lo malo es que lo sabes; y persistes”.

Harto, yo,

que si doblo ya algo es la edad,

la doblé.

La encontré, del otro lado,

tan poco propicia a aceptarte

en un pasado posible,

que la di por imposible

y me marché callado.



La casa nuestra es la de arriba, la de la galería, y la huerta es, desde el muro verde, todos esos árboles que se ven. Allí una huerta es donde hay frutales, no necesariamente donde se plantan hortalizas. Es una huerta de señoritos que casi nunca estamos, dejamos que un vecino que tiene las llaves se lleve la fruta, y la de arriba para los pájaros. Es de señoritos porque no se poda, así que son frutales grandes y hermosos, de sombra, pero de escasísima producción. Allí se ponen sillas y se hacen tertulias, a la caída de la tarde, aunque la mayor parte del día se toma el sol, entre los huecos de los árboles, o se duerme sobre la hierba, o se lee. Esos árboles son tan grandes y hermosos; aunque den poca fruta, dan sombra y belleza. La luz cambia cada medio metro, según la que se cuela entre las ramas y los árboles, y varía del dorado más intenso a una atmósfera verde. Esta vez sentí a veces que estaba trasladado a escenas impresionistas, de fines del XIX y principios del XX. A veces saco un cojín y medito. A veces me parece ver a quien no debió morir: sin que nos vieran, L y yo sacamos un poco de sus cenizas y las esparcimos por allí.
A veces, en los primeros tiempos, a la caída de la tarde, cuando se habían ido yendo todos, L y yo nos quedábamos a dejarnos rodear por la oscuridad y sentir que nos íbamos quedando helados.

[de D. A.]

Te negó el monte

y lo bajé a despecho y de inmediato.

Nada sabía el valle;

lo crucé desatento.

El río, por fin, sí.

“¿Me hablas de la luna

en mitad de la mañana?

Os conocí y la conozco.

Sube que te llevo”.

Le vi un reflejo de maldad,

un hambre de siglos

(¿sería el mismo que el de Ofelia?).

Metí los pies.

Me eché hacia atrás sobre la hierba.

Me dormí.

Y fue todo.



Es la biblioteca que dejó quien cité antes, con el cuarto que usó mi hijo. Si la estancia se alarga un poco, siempre hay algún libro con el que animar, por contraste, los que me había llevado.

[de D. A.]

Un aeropuerto es una máquina de abandono

si en uno una mañana te dejaron.

Solo hay dos clases de avión: los buenos y los malos.

Los que vienen y los que se van.

Pero los que vienen no acaban de venir

y los que se van lo hacen para siempre.

Si de lejos, caminando, veo uno,

me planto en jarras y le grito “¡hijoputa!”

al aire que sostiene los aviones

que te llevaron.

Hay veces que se ha levantado viento

mandándome callar.

“!Shhh!”, me grita.

Y me callo (por si son de los que vienen).

Pero insisto en lo que pienso.

De ser por ti, no te habrías ido.



La foto la bajé de Internet y he marcado con una flecha la posición de la casa. Está, el pueblo, más lejos de lo que parece y las casas no están tan juntas como la foto parece mostrar. Abajo, antes de que comiencen las montañas violentadas, corre el río, ancho y fuerte. Me gusta esta foto despintada porque muestra bien el entorno.
No he puesto nombres. Si alguno los conoce y comenta, que no los use. Es solo un pueblo, unas montañas, un río.

10 comentarios:

Reb dijo...

Es un paseo muy bonito comentado por la voz de alguien que durante unos segundos me ha parecido un niño.

Anónimo dijo...

Un pueblo, unas montañas, un río y un escritor que dibuja con palabras aquello que no se ve para hacerlo tan cercano que casi puede vivirse.

De los poemas me quedo con este:
"Te negó el monte

y lo bajé a despecho y de inmediato.

Nada sabía el valle;

lo crucé desatento.

El río, por fin, sí.

“¿Me hablas de la luna

en mitad de la mañana?

Os conocí y la conozco.

Sube que te llevo”.

Le vi un reflejo de maldad,

un hambre de siglos

(¿sería el mismo que el de Ofelia?).

Metí los pies.

Me eché hacia atrás sobre la hierba.

Me dormí.

Y fue todo."

Ha sido un inmenso placer esta lectura.
Gracias

NáN dijo...

Reb, Winsta, gracias por entrar a decir. ¿Niño? Si, es posible: noto que entra y sale, cada vez más libremente.

Paralelo 49 dijo...

Me gustan las montañas, los árboles, el verde, las ventanas, la mesa camilla. Me gusta que el amor sea mejor que la muerte, la cara de perro, que apagues la luz, la galería, los crujidos, la huerta (como si fueran lanciego). La caída de la tarde, los frutales. el río por fin, sí cuánto me gusta!. Y la caracola, la foto de Marlene, las flores secas, tus huellas. Me gusta mucho, tanto, todo.

carmen moreno dijo...

Qué precioso lugar, Primo, donde tu niñez, como dice Reb, se ve que aún vive, aunque para darse cuenta de eso, sólo hay que mirarte a los ojos: eres el niño más dulce, más travieso...

En cuanto a los poemas, son una patada en la conciencia. Qué bien que aún suceda eso.

Anónimo dijo...

Claro que el amor es mejor que la muerte, Nán... de hecho, el amor es lo que es (tal vez lo único que "es"), y la muerte, o bien no es o "es no" (no lo tengo aún muy claro). En cualquiera de los dos casos, ni punto de comparación.

Soy el primer habitante de mi casa. Así que es probable que acabe siendo el primero de los fantasmas que la pueblen (o la amueblen). Si yo fuera un fantasma y te viera leyendo junto a la estufa o contemplara desde la galería cómo meditas bajo un árbol sobre un cojín, se me haría más llevadero eso de estar criando malvas. Seguro.

manolotel dijo...

Ha sido un paseo vital intenso y lleno de latidos. Propios unos, cercanos otros, casi engarzados con los tuyos otros. El paisaje dibujado por las palabras acerca su perfil de postal pero, no sepia, sino lleno de color y de calor. Y entre el azul y el verde una tibieza como a humanidad que nos recoge en la sencillez de los objetos cotidianos: Una mesa, una silla, una ventana, una galería, unos libros abiertos y ese avión indiferente, ladrón de sentimientos que a veces sobrevuela como una sombra inclemente el corazón.

Pues eso he sentido mientras leía unos poemas construidos, ya digo, desde la cercanía y la humanidad.

Me gusta venir sin prisa y reposar tus versos, amigo Nan, cuando, como me sucede últimamente, se me aceleran los acontecimientos.

Hasta pronto. Un abrazo

Lara dijo...

Cada vez que (últimamente) sacas esas libretas que guardas en los bolsillos o en los cajones como si guardaras a alguien, efectivamente, yo me pongo nerviosa. Porque está lo que tú nos cuentas, las fotos, las anécdotas, pero luego están esos testigos raros, los poemas, los que lo dicen todo.

Me gustó mucho verte el otro día, tan rápido y tan café.

¡Besos!

Beatriz Russo dijo...

Y yo estoy en Berlin, pasando con tus ángeles por las calles. Un mes de vida berlinesa y todo será diferente a mi vuelta. Cómo cambia el corazón esta ciudad.
Te mando un abrazo desde los tejados con playas artificiales.

NáN dijo...

Queridos comentaristas, hace tiempo que la calidez y calidad de los comentarios supera las del texto original. Como si yo planteara un menú y vosotros lo cocinarais, con el lento chof-chof del cariño.

En todo caso, en esta perezosa mañana de domingo quiero contestaros, aunque tarde, de uno en uno.

Recibido, Beatriz, el abrazo que me envías desde Berlín: hay que tener conciencia de la propia conciencia para percibir que una ciudad te cambia el corazón. Abrazo fuerte para ti.
Mezcolanza, sí, Lara, es el medio de mostrarme ante vosotros. De decir-me. Aunque leo lo que comentáis y ya soy otro (mejor). El café, estupendo; tu presencia en aquella zona (la zona Zero de la vida) alborota lo que nos queda de cronopios.
Amigo nuevo, Manolotel, has recogido la sencillez, la cercanía y la humana sencillez. La parte de que una silla, una mesa, una ventana, un pueblo y montañas con río es, muchas veces, más de lo que necesitamos. Bienvenido, hasta pronto y que puedas ralentizar los acontecimientos hasta la velocidad que a ti te venga bien.
Enhorabuena por tu traslado, Don Micro. Hay casas en las que ya no caben (los fantasmas), así que no sería de extrañar que alguno de los avispados se mude a la tuya (es luminosa y eso les debe encantar). Aceptando lo que dices, al menos el amor se hace varias veces (supongo que todo estaremos de acuerdo en que eso es una ventaja), mientras que las teorías reencarnacionistas no están probadas. (Por si acaso, vivamos en esta lo más que podamos, de cantidad perso sobre todo calidad).
Si conseguimos que la casa se mantenga en pie (andamos en ello), conocerás el sitio, Carmen (espero que todos lo vayáis conociendo). Que veas así esos poemas me causa un enorme placer. Incluso aunque lo dijeras por amiga, más que por lectora: el placer de leer eso para mí es intenso.
Paralelo 49, escudriñadora de todo lo que se dice y hasta de lo que se ve si se amplía. Fue leerte "Me gusta mucho, tanto, todo" y quedar encantado. Sé que en fotos no puedo competir, pero procuro al menos que lo que se muestra en ellas sea lo que quiero mostrar (el encuadre es mi arma).

Copio a Paralelo: "Me ha gustado mucho, tantoto, todo" lo que habéis dicho. También lo de Winsta y Reb, a quienes ya había contestado pero a quienes no quiero dejar fuera de esta colectiva declaración de amor por todos vosotros.