Casi dos días desde que volví y leí los comentarios, sin haber puesto el mío. Ahora sé por qué: la respuesta tenía que darla en una entrada nueva. Por la cercanía que veía en todos los comentarios, que celebraban esa “Amistad Profana” de Brodkey a la que se refería la entrada copiada de una libreta de 1999.
Voy a referirme esta vez al comentario de Gael, que nos deja tan pocos escritos que a veces me olvido de que nos sigue leyendo y me sorprendo cuando me entero; pero además, nos sigue leyendo prácticamente a todos. Últimamente he mantenido conversaciones con algunos de los de este nodo en las que decía, más para provocar conversaciones que por otra cosa (aunque había una intuición de amistad griega que es un perfecto error en estos tiempos), que la amistad se daba entre chicos.
Me desdigo aquí mismo. Como dice Gael al referirse a que todo era algo más que un préstamo de libros que nos hacíamos, «Era mi pacto contigo, mi encuentro contigo, mi vida a partir de entonces». Y ciertamente, a lo largo de los años, viéndonos muy poco y casi siempre a instancias de L, ha existido ese pacto, esa confianza mutua, esa... amistad entre chica y chico: pactos y confianza son las claves. «... en esencia aquel entendimiento que empezaba a partir de las palabras de otros. Y que tanto tiene que ver con el curso de la amistad entre las personas», sigue diciendo. Que es una descripción no solo de la amistad entre ella y yo, sino que se parece bastante a lo que hacemos en estos blogs enlazados: entendernos a partir de las palabras de los otros y dejar que crezca la amistad entre las personas. Gael está a punto de decirlo: «Os leo siempre en silencio, leo vuestro amor mezclado con el amor a la literatura, a lo que uno lee de otro y lo proclama, a lo que se genera en estos lugares y me doy cuenta de que todo se ha amplificado y que aquel acto de entrega se ha multiplicado millones de veces a través de entradas como la tuya».
No celebraba (Gael) la amistad que nos une a ella y a mí, sino la de todos nosotros, el "como la tuya" incluye las de los demás en el término de comparación: esta amistad profana entre todos, que se nota en la confianza que nos tenemos. Una amistad de la que ella participa también y por eso corre a ver lo que ha escrito Lara cuando en su comentario Lara anuncia un escrito en la misma dirección.
Desde fuera, desde su aparente invisibilidad que solo rompe a veces, ante nosotros y ante los demás, todo lo que hacemos, las horas de leernos, de transcribir, de escribir, ha sido entendido, descrito y justificado. Algo así es difícil de agradecer en su valor.
Y además de ese canto rotundo a la Amistad Profana (y su necesidad), Harold Brodkey, del que da los 5 títulos en español (creo que hay algo más, sin traducir). Pero hay que hacer una división: tiene 4 libros de literatura (dos de relatos y dos novelas). Esta salvaje oscuridad. La historia de mi muerte, es un diario de esa muerte desde que le diagnostican que es enfermo de sida. No se puede mezclar este libro con los otros. Aconsejo la lectura de los otros (con mucho tiempo porque dos son extremadamente largos, además de densos), pero no puedo hacerlo con este, una crónica lúcida de la muerte. Aunque no contaré cosas que la pudieran identificar o describir un poco, ya que hasta el nombre es un alias, alguien cercano a ella y a mí murió de sida, lo que, además del dolor, nos impulsó a ciertas colaboraciones. Entonces no sabíamos que HB había enfermado, por lo que en cierta manera, también este quinto libro ha producido otra vuelta de tuerca en nuestra unión. También, por aquello y por ser lectores ya de HB, teníamos la perspectiva debida para que nuestra lectura, por una vez, no fuera muy lejana a su escritura (nuestro “enfermo” había sido también alguien de una inteligencia excepcional).
Todas las solapas de sus libros en Anagrama dicen (¿qué editor lo callaría?), que John Cheever (tenemos escritas entradas sobre él) lo definió como un escritor de primera magnitud, que Nancy Hale (que no sé quién es, tengo huecos por todas partes) que unas de las más extraordinarias figuras literarias de su generación eran Brodkey y Salinger, el más importante crítico americano, el pope Harold Bloom, dijo que «Brodkey es un Proust americano, sin paralelo desde Faulkner». Y para terminar los elogios, Susan Sontag afirmó: «Leo cada palabra que Brodkey escribe».
¿Y por qué el olvido en que le tienen? Voy a dar una de esas respuestas de intuición salvaje que suelo aventurar de vez en cuando: porque era “demasiado bueno” y cargaba un poco. Voy a poner unos extractos del libro, traducido para Anagrama por Marcelo Cohen; esta tarde lo he releído por encima para elegir los extractos. Lo hago porque no es un libro de literatura, como los otros, sino un documento excepcional de cómo encara un escritor así ciertas cosas; también es un documento literario imprescindible para los que quieren escribir: ver cómo describe un escritorio excepcional el modo en que encara esas cosas. Pondré un trocito del principio y otro del final, pero no creo que importe porque sabemos cuál fue. Quizá algunos prefiráis no entrar en ese tema. Quizá os baste con el Primer Movimiento: Amistad Profana. Si es así, es el momento de dejar de leer. Siempre se podrá regresar, cuando el segundo movimiento os atraiga.
Esta salvaje oscuridad. La historia de mi muerte
Del principio del libro
Conocimiento de la evidencia
«Tengo sida. Me sorprende. Desde 1977 no he estado expuesto, es decir, que mis experiencias, mis aventuras homosexuales ocurrieron en gran medida durante los años sesenta y setenta,» [...] «Pero al atardecer siguiente había empeorado tanto que no lograba encontrar un punto de equilibrio entre las ráfagas de molestias. No recuerdo haber sentido pánico, pero me encontraba tan mal que por primera vez en la vida me preocupaba la muerte (al menos por enfermedad). Ellen me trataba con una atención incansable y una especie de dulzura, sin atisbo visible de independencia ni ironía. Nunca había sido así conmigo, ni siquiera sexualmente. Hay que conocerla para saber lo raro que es en ella cualquier otro estado que la autonomía. Era extraño cómo la enfermedad se hacía más pesada y se asentaba de hora en hora, con una especie de sorda rapidez. Una y otra vez, con un estruendo, se precipitaba a un nuevo nivel de horror, lo consolidaba y luego se hundía pesadamente en un nivel aún peor. No había nada que parara la asfixia. Yo seguía disimulando por Ellen, o intentándolo, hasta que en una especie de extremo silencio interior dejó de funcionar todo. [...]
Me rendí. Dije que era mejor ir al hospital. [...]
... y me subieron a la ambulancia. Así terminó mi vida. Y empecé a morir».
Estrategias iniciales
«Barry [el médico] habló de tranquilizantes y asesoramiento para lidiar con el shock, la desesperación y la consabida pena. “Estoy perfectamente. Oye, es la muerte, nada más. No es lo mismo que perder el pelo o todo el dinero. No tengo que soportarlo en vida.” Quería hacerlos reír. Quería que me admirasen, cierto, pero también quería que Ellen dejara de temblar [...] Supongo que había decidido intentar que no me humillaran y eso implicaba que no me compadecieran aquellas dos personas, las únicas que en las semanas siguientes vería con regularidad».
Última página del libro
«No puedo cambiar el pasado, y no creo que lo hiciera. No espero ser comprendido. Me gusta lo que he escrito, los cuentos y las dos novelas. Si me ofrecieran verme libre de mi enfermedad a cambio de mi obra, no lo aceptaría.
Es posible que uno se haya cansado del mundo –que esté cansado de los que cagan plegarias, de los que cagan poemas, cuyos rituales distraen y son simpáticos y agradables pero peor que irritantes porque carecen de realidad—y siga queriendo mucho la realidad. Uno quiere vislumbres de lo real. Dios es una inmensidad; mientras que esta enfermedad, esta muerte que está en mí, este pequeño hecho, bien concreto, pedestre, es meramente real, sin milagros ni adoctrinamientos. Estoy en una balsa desamarrada, un punto que se mueve en la blanda, fluida superficie de un río. Por todos mis pensamientos, en ondas cada vez más amplias, se extiende lo desconocido, el tenso equilibrio, los miedos y la precariedad. ¿Paz? Nunca la hubo en el mundo. Pero en viaje por las dóciles aguas, bajo el cielo, sin amarras, yo oigo ahora mi risa, primero nerviosa, luego de auténtico asombro. Me rodea por entero».
Y Harold Brodkey ya no volvió a escribir una sola palabra más que pudiera leer Susan Sontag, o nosotros.
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6 comentarios:
Qué grande todo lo que leo en tu blog.
Os aporto un ensayo breve sobre la amistad incluído en el libro de uno de los grandes críticos de la literatura:
El espíritu de las obligaciones de William Hazlitt (1778-1830). En especial el ensayo que da título al libro.
No sé por qué, últimamente me da por leer sobre la amistad.
Gracias Nán por tus recomendaciones.
Tomo apunte sobre HB (su primera parte de momento). En cuanto a lo otro, suscribo, la amistad y la confianza observada. Ese pacto toma color y forma y más en este medio. ¡Un grande Nan!
Beatriz y Walter, qué bien veros por aquí. Sobre todo en una entrada sobre la amistad. Y sobre todo, también, en una entrada que lo que tiene de bueno viene del comentario que dejó una amiga. También de un gran escritor injusta y prematuramente olvidado. Si leéis a Brodkey, vosotros mismos los comprobaréis (pero dadle un poco de tiempo a esa lectura).
Anoto con entusiasmo esa recomendación, Beatriz, porque me gustan mucho los escritores ingleses de esa época. No sabía nada de él, pero por lo que he encontrado en Google parece interesantísimo. ¡Gracias!
Como dice Benítez Reyes, la muerte siempre tiene que montar el número.
Hoy mismo se acaba de morir Bergman.
No sé si firmo por morirme con la misma lucidez que Brodkey. Lo mismo sí. O tal vez no.
No sé.
Un abrazo, Nán.
Me alegro de que hayas entrado en razón
Aunque discuta con cierta vehemencia, y con mucho placer, no es infrecuente que "me deje arrabatar por la razón". Aunque casi nunca durante la discusión. Duermo la aceptación.
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